Rafael Barret. Introducción



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¿Probabilidad de que salga el punto l? Casos favorables: 1; casos posibles: 6.Contestación: 1/6.

¿Probabilidad de que no salga? Casos favorables: 5. Casos posibles: 6. Contestación: 5/6.

D'Alembert sonríe y nos advierte que no hay más que dos casos posibles: o el suceso en cuestión ocurre o no ocurre. La probabilidad de cualquier suceso es siempre ½, y no vale la pena de seguir adelante.

A lo que responderemos que los casos han de ser igualmente probables. Con lo que nos reducimos a definir lo probable por lo probable.

¿Cómo sabremos que dos casos posibles son igualmente probables? Una especie de sentido común indestructible nos guía en el ejemplo del dado. ¿Será siempre así?

Desgraciadamente, no. El ilustre Bertrand (Calcul des Probabilités) se propone encontrar la probabilidad para que, en una circunferencia, una cuerda trazada al azar sea mayor que el lado del triángulo equilátero inscripto. Adoptando sucesivamente dos puntos de partida, el autor halla con el uno ½, y con el otro l/3.

Pero en el problema de Bertrand los casos posibles son infinitos. Ninguna contradicción resulta de los problemas planteados con el dado, con los naipes, con unas que contienen bolas de distintos colores, etc. Es que aquí los casos posibles son numerables.


Es decir que el concepto de probabilidad es inaplicable, en su sentido raíz, a cuestiones de continuidad, como son precisamente la inmensa mayoría de las cuestiones que se presentan en la mecánica y en la física.

Nada de esto debe extrañarnos. Muchos conceptos, como el de número y los de las operaciones elementales, han ido modificándose, generalizándose, para abrazar una mayor extensión de conocimiento. Aplicados directamente a su sentido primero, conducen a contradicciones por el estilo de la que ofrece Bertrand.

La generalización del concepto de probabilidad, generalización que lo hace aplicable a cuestiones geométricas y físicas, consiste esencialmente [104] en atribuir a la probabilidad que se busca una forma arbitraria, sin otro requisito que satisfacer el principio de razón suficiente y la condición de continuidad. Sucede entonces que la expresión de la probabilidad a que se llega suele ser independiente de la hipótesis inicial; de otro modo: la probabilidad es siempre la misma, y libre de toda contradicción.

Los curiosos que posean las matemáticas elementales pueden leer el Traité des Probabilités del célebre Poincaré, donde se tratan muchas cuestiones de esta clase, elegantemente planteadas y resueltas.

Mi propósito no es insistir en la parte técnica del asunto, ni en sus importantes consecuencias para la ciencia positiva, sino dejar sentado lo legítimo, lo intuitivo del concepto de probabilidad, e indicar los extraños aspectos que ofrece el estudio de ese concepto.

Vuelvo a tomar el lado. Lo arrojo: ha salido el punto 1. Sin embargo, era cinco veces más probable que saliera otro, y no ése. Es extraño que haya salido el punto 1. Pero, ¿no sería igualmente extraño que hubiera salido cualquiera de los demás?

He aquí que nos parece extraño algo que no puede menos de suceder.

¿Por qué ha salido el punto 1? El dado sigue una trayectoria que depende del impulso de mis dedos, de la resistencia del aire, de la acción de la gravedad. El punto que representa al quedar inmóvil depende de todo eso, y además de las asperezas, de la elasticidad, de la dureza no sólo del piso, sino del mismo dado. ¿Qué hay de arbitrario en todo eso? Nuestra ciencia nos declara que absolutamente nada.

Para los que hagan sus reservas respecto a la mano y al cerebro que mueve esa mano, se dispondrá una máquina, como la ruleta, que lance el dado. El problema será el mismo.

Hay que admitir que si ha salido el punto 1, es que era fatal que saliera.

Vuelvo a arrojar mi dado. No sale el punto 1. ¿Qué es lo único que puedo decir? Que esta vez era imposible que saliera.

En la realidad no hay más que sucesos fatales y sucesos imposibles. ¿Qué tiene que ver nuestro concepto de probabilidad con todo esto?

Pero siempre expresamos nuestra ignorancia con palabras de probabilidad. Ignoramos si saldrá el sol mañana, y en vez de hacer constar sencillamente esa ignorancia, o de puntualizar que es fatal o imposible que salga el sol mañana, decimos: «Es enormemente probable que el sol salga mañana».

Y sentimos que decimos la verdad. [105]

¿Cómo explicar que ese concepto tan intuitivo y fundamental de la probabilidad no tenga en la realidad correspondencia alguna?

No tratemos tan mal a la realidad. Tomemos a ella un poco más despacio.

En vez de arrojar el dado una vez, hagámoslo cien, mil veces, y contemos las que ha salido el punto 1. Encontramos que ha salido con una frecuencia próximamente cinco veces menor que los demás puntos; lo mismo que nos advertía nuestro concepto de probabilidad.

Y cuanto mayor sea el número de pruebas que hagamos, tanto más se acercarán los hechos a la idea.

-¿No sabíamos absolutamente nada de una serie de fenómenos, y hemos predicho una ley? ¿Qué significa esto?

Los fenómenos estaban fatalmente preparados de toda eternidad, y sin embargo, nuestra ignorancia los reglamenta de antemano.

Llueve durante dos horas en un patio embaldosado. Nada sé de la curva caprichosa que seguirá, desde el misterioso seno de la nube, cada gotita de agua. No sé nada, y, sin embargo, afirmo que cada baldosa recibirá próximamente el mismo número de gotas.

Y así es.

Un gas se supone compuesto de una cantidad colosal de moléculas, que vuelan en todas direcciones con velocidades grandísimas. Nada sé de las trayectorias de esas moléculas, y, sin embargo, de mi misma completa ignorancia deduzco una ley de la probabilidad que me conduce como por la mano a la ley de Mariotte, hermosa ley física de innumerables aplicaciones.

Abramos una tabla de logaritmos. Nada hay allí de arbitrario. Cada cifra es hija fatal de la aritmética. Puedo volver a calcular cada cifra por medio de deducciones inatacables. Por el momento ignoro los millares de signos allí estampados. Apoyado en mi misma ignorancia, sostengo que la cifra 1 se encuentra tan frecuentemente impresa como la cifra 7.

Y así es.

Mi ignorancia sabe, predice y descubre.

¿Cómo resolver esta antinomia?

Pascal, que lo ha dicho todo, escribe no sé dónde, que el mismo principio de contradicción está sujeto a crítica.

La discusión del problema de la voluntad hará recordar algún día la frase de Pascal, frase que por otra parte no es inadmisible en matemáticas. Pero confesemos que no hay necesidad de sospechar que [106] una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, para resolver la antinomia de probabilidad.

Si mi ignorancia sabe, es que no hay tal ignorancia.

Cuando confirmo que ignoro las trayectorias de las gotas de lluvia, afirmo implícitamente que el conjunto de causas que separan esas trayectorias de la vertical, o alteran sus distancias relativas, se destruyen las unas a las otras. Cuando afirmo que ignoro si saldrá cara o cruz al echar al aire una moneda, afirmo que en un gran número de pruebas se destruyen las causas que deciden el resultado del fenómeno. En todos estos ejemplos, ignorar es afirmar una simetría.

Es muy de observar que nada podemos predecir de una sola prueba. ¿Saldrá cara en este momento? Las pequeñas causas que lo han de decidir no tienen tiempo para luchar en masa con las otras y poner de relieve la ley. Por eso la sensación de azar positivo, de ignorancia real, es típica en este caso. Por eso los jugadores se arruinan a la larga. Siempre juegan a un golpe. Verdad es que en una gran serie de golpes todos los jugadores estarían de acuerdo, y no habría contra quién jugar.

La idea de simetría la adquirimos al solo enunciado de la cuestión, y de ella deducimos la ley de probabilidad por una función de la inteligencia análoga a la función analítica del cálculo. Examínese todos los sucesos a que atribuimos un concepto de probabilidad y se descubrirá una base de conocimiento directo del fenómeno. La ley de probabilidad expresa precisamente ese conocimiento, y cuanto se aparte de ella, a posteriori, la realidad, otro tanto nuestro conocimiento se apartará de la exactitud.

Es que pocas veces sabemos, pero menos veces todavía, ignoramos.

[?]

Castigos corporales

Se pega en el presidio, en el cuartel, en la escuela. Se pega en todos los países. Conocéis el clásico knut ruso, el cat of nine tails, gato de nueve colas inglés, el rebenque gaucho. ¿Qué policía no sacude el polvo a los clientes alborotadores? El semitormento militar del cepo y del plantón se usa corrientemente. Pero se pega menos que antes; se pega de una manera disimulada, avergonzada; tenemos el pudor del látigo. Lo que no [107] quita para que algunos reglamentos fijen todavía, con ingenuidad, los castigos corporales. En varias cárceles de Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Estados Unidos se administran hasta treinta o cuarenta azotes. El señor Mimande ha visto en Sidney canaletas para retirar la sangre. Hace poco el comité del Consejo de Educación de Londres resolvió que las maestras se limiten a golpear, con la mano abierta, sobre la mano o el brazo de los bebés. Respecto a los mayorcitos, se prohíbe que se les golpee en el cráneo o en la cara; ha de elegirse una parte donde no haya peligro de «daño permanente». Esto no me sosiega del todo; el resultado de una paliza es también «función», como dicen los analistas, del número y de la fuerza de los palos. Un bastonazo en las nalgas es preferible a uno en las narices; dos mil bastonazos matan en cualquier sitio que le den. Cierto regimiento quinto, de que ustedes tendrán noticia, ha dejado sin existencia a unos cuantos ciudadanos, y a otros, más dichosos, solamente sin trasero. En Corea, donde se empleaba, para acariciar a los ladrones, una plancha de encina de seis pies de largo, se ha observado que al décimo golpe la madera sonaba ya contra los huesos desnudos. La escasa excitabilidad nerviosa de las razas amarillas exige un exceso de rigor. Salvo en Rusia -asiática a medias- Europa no soporta el espectáculo de la tortura, y Montjuich y demás establecimientos inquisitoriales son excepciones que nos horripilan. La pena capital, a pesar de la rapidez quirúrgica con que se inflige, lastima igualmente nuestra sensibilidad, esa consejera hipócrita de que estamos tan vanidosos.

Entendámonos. Pegar en el hogar o en la escuela es una sandez irremediable; cuando le preguntaron a Carrière qué método le parecía mejor para evitar las guerras, el artista contestó: «no injuriéis, no golpeéis a vuestros hijos; los hombres se devuelven de grandes los golpes que reciben de pequeños». ¿Pegar en el presidio? ¡Oh! La tortura no es una terapéutica, mientras que el delincuente es un enfermo, y la sociedad, que produce al delincuente, está más enferma aún; no son castigos ni venganzas lo que necesitamos, sino médicos, sobre todo médicos sociales. ¿Jueces? ¿Para qué? ¿Juzgar antes de comprender? Y si algo comprendemos, es que el código constituye la causa principal del delito. ¡No es escandalicéis...! Considerad que el código mantiene a todo trance la actual distribución de la riqueza, es decir, la actual distribución de la miseria, ¿y qué es la miseria, sino la madre del delito, como lo es de la ignorancia, de la desesperación, del alcoholismo y de la tuberculosis, la madre de la muerte? Sí, el mundo es un inmenso hospital, ¡pero [108] nuestro botiquín es tan reducido! ¿Por quién empezar? ¿Por los Soleilland? ¿Por los asesinos y los estupradores? Si la tortura previene la reincidencia, torturad. La tortura es barata y expeditiva. Torturad, respetando la salud física del sujeto. Torturadle y soltadle. Es más feroz, más ruin y más caro meterle en una celda, donde se volverá primero tísico y después idiota.

Las celebridades del crimen suelen gozar de privilegios. Para ellas, el proceso es a veces una apoteosis, y el presidio un sanatorio. Gallay, insigne bandido, escribía desde la Guayana, lugar de su deportación: «con alimento sano y ejercicio moderado, se vive aquí muy bien... los condenados oscuros, los de provincias, sucumben pronto, pero la administración mima a los asesinos famosos, cuyo nombre permanece en la memoria del público... disfrutan un clima benigno, y no trabajan... yo miro la Guayana como mi residencia definitiva... voy a rehacerme una posición... En Francia estaba anémico; me he repuesto enteramente en el presidio». Lucheni, el matador de la anciana emperatriz Isabel de Austria, habita un cómodo cuarto en el segundo piso de la prisión de Ginebra, con luz eléctrica, timbre, espejos y biblioteca de autores clásicos. Gracias a su estúpido crimen Lucheni ha conocido los calzoncillos y las medias, Montesquieu, Rousseau, Pascal, Montaigne, café con leche y chocolate de primera calidad. Entre tanto, la honradez tiene hambre, y los niños, los santos niños que abren los pétalos de su vida al amor del sol y al odio de los hombres, se pudren por millares en los estercoleros de la civilización... ¿Qué queréis? ¡Somos tan sensibles, tan buenos, tan compasivos! Contentémonos con que a Lucheni no le falte su chocolate...

Vale más Torquemada que vosotros, cocodrilos filantrópicos, hoteleros de Lucheni y compañía, vicentinos de la prudente limosna, implacables conservadores de la miseria. Estáis enfermos también. Os curaremos, cuando os llegue el turno, y por cierto que no será con lágrimas ni con chocolate. «¡Sed duros!», decía Nietzsche, en cuyo cerebro de poeta furioso no cabían a un tiempo la dureza y el altruismo. Seamos duros, digo yo, pero no como la espada. Seamos duros como el bisturí.

[LA RAZÓN, 22 de abril de 1910] [109]


Poetas vencidos

Según las estadísticas de Novicow, enemigo burlón del socialismo, los nueve décimos de la humanidad no se nutren ni se visten lo bastante. Por cada homo sapiens bien alimentado, arropado y alojado, nueve padecen el hambre y el frío. Es un caso único, porque no conocemos ninguna especie en que haya nueve animales desollados por uno con pellejo. No producimos pan, tejidos y viviendas para quienes los necesitan, sino para los que tienen dinero, y sólo tienen lo indispensable aquellos a quienes les sobra algo. Se comprende que no se diviertan en este valle de lágrimas los que comenzaron por no poseer nada. Se ven reducidos a alquilar su carne y su conciencia, si pueden. Perdonémosles: ansían dar de comer a sus hijos; quizá no los aman lo suficiente para matarlos. Y los ricos ¿qué diablos han de hacer sino emplear toda su atención en conservar su oro, el supremo fetiche sin el cual la vida es entre nuestros hermanos un infierno?

En verdad que no es tiempo aún de que bajen a la tierra los poetas puros, un Tillier, un Guérin, un Herrera y Reissig. Es demencia, en las actuales circunstancias, ocuparse del ritmo. No hay ritmos entre nosotros, sino espasmos. ¿Música del Verbo, en medio de los aullidos de la desesperación y los resoplidos de la hartura? No nos traigáis ahora acentos armoniosos; sería el colmo de la disonancia. Ángeles, para visitar nuestra guarida, esperad a que haya partido la Bestia...

Empiece el poeta, el poeta «estricto» por disfrutar las rentas del lord Byron; orne su torre de marfil y enciérrese en ella; tal vez así se haga tolerable su vocación. Pero el poeta sin fortuna está condenado. ¿Habrá mayor calamidad que el genio desprovisto de aptitudes industriales? Cuando aparece el delicioso monstruo, sus padres se consternan, las gentes se ríen de sus cabellos largos y de sus aires distraídos. Después, abandonado a sí mismo, el creador de belleza abriga la inaudita pretensión de vivir. ¡Vivir! Eso es fácil para los que venden cosas útiles, fideos, mujeres, votos. ¿Qué presentas en el mostrador social? ¿Belleza? ¿Belleza absoluta, tuya, el elixir de tu alma vibrante, belleza desnuda, belleza a secas? Es un artículo sin salida. La belleza se soporta, mas no se paga. Agradece, ¡oh poeta!, que te dejen morir en un rincón y no te lapiden los transeúntes. [110]

Los miserables (nueve décimos del conjunto) te dirán: No te entendemos. ¿Quieres hacernos soñar? Háblanos de venganza. No; eres demasiado misterioso y demasiado apacible. Preferimos el alcohol.

Los satisfechos te dirán: No te entendemos. ¿Qué estilo es ése? ¿Por qué no escribes como todo el mundo? No nos hagas pensar, ¡Por Dios!, no estamos acostumbrados. Respeta nuestras digestiones. Más vale que olvides tus simbolismos, y prepares un folletín a lo Conan Doyle, una comedia de aparato a los Chantecler. ¿Te encoges de hombros? Conan Doyle cobra un peso por palabra. Rostand es académico y tú no te has desayunado hoy... Te protegeré, si me haces de cuando en cuando algún bombito...

Mallarmé, Villiers de L'Isle-Adam y Verlaine fundaron la poesía moderna. Mallarmé -¡favorito de la suerte!- daba lecciones de inglés. Villiers se resignaba a darlas de box, y se resintieron sus pulmones de las trompadas que recibía. Verlaine adoptó con placidez la vida de vagabundo, y compuso sus poemas en la taberna, en la cárcel y en el hospital. ¡Y son los gloriosos! Pero los que ni siquiera gozarán, como Bécquer, la fama póstuma, los niños que esconden bajo su raída carpeta de empleados el divino aleteo de su fantasía, deben pedir a la muerte el consuelo de no ver a la Bestia vomitar sobre las flores; deben elevar al destino la plegaria de Carlos Guérin:

«Mejor que una honra mediocre, concédeme -Dios justo, morir joven y con el alma ebria -De voluptuosidad, poderoso orgullo, y con la fe -De que habría sido grande si me hubierais hecho vivir...».

[LA RAZÓN, 9 de abril de 1910]


Perros


El perro ha sido nuestro camarada en los malos días, nuestro aliado contra el exterior hostil, cuando nos refugiábamos en cavernas y vivíamos de la caza. Esta larga cohabitación, sin embargo, no explica del todo la profunda correspondencia entre el alma humana y el alma canina. Otros animales nos acompañaron también desde un pasado inmemorial. El gato es quizás el más doméstico, en el sentido estricto de la palabra; [111] el favorito de Baudelaire fue dios, y amado de los profetas. No hace muchos años que los miembros de la academia de ciencias de París se preguntaron por qué, siempre que se suelta un gato en el aire, cae sobre sus patas. La sección de mecánica contestó satisfactoriamente, pero si el problema se hubiera presentado a la academia de las Inscripciones, acaso se habría respondido que Mahoma, para no molestar su gato dormido sobre su manga, se cortó la manga y se marchó. A su vuelta, acariciole tres veces el enarcado lomo, y desde entonces los gatos caen de pie. El gato es el amigo de los artistas y de los teólogos porque es raro, fantástico y bello; el perro es el amigo de las buenas gentes porque es honrado y familiar. Tan habituados estamos a la sublime mirada del perro, que se necesita un momento de reflexión para darse cuenta de lo maravilloso del fenómeno. En esos ojos de absoluta transparencia encontramos la seguridad de que hay en el universo un ser que siente con el hombre. Los demás ojos, ojos de bestias, ojos de flores, ojos de astros, conservan su misterio impenetrable. Son opacos símbolos, mientras que la mirada del perro, humilde y desnuda, es la única mirada que la naturaleza deja llegar directamente hasta nuestro corazón...

Y notad que no se trata de inteligencia. La hormiga, cuya inteligencia asusta, es incomunicable con nuestra especie. El mono, nuestro infortunado primo, es más inteligente que el perro, y tiene sobre él las ventajas del parentesco, de la semejanza física, de las aptitudes que le permiten imitar nuestros menores ademanes. Pues su mano, al tocar la nuestra, nos hace estremecer de repugnancia; en cambio, ¡con cuánta cordialidad estrechamos la pata torpe del perro! ¡Cómo entendemos el lenguaje de sus músculos! ¡Qué elocuente es su cola, hasta cuando se la rebana Alcibíades, convirtiéndola en un muñón que sigue moviéndose, y anunciando la alegre lealtad que tal vez no merecemos! El perro es una evidencia viva. En él todo habla, todo canta su fe en nosotros, todo resplandece de su ternura, y si en lamentables ocasiones se hace sucio, ridículo, obsceno, es a fuerza de ingenuidad y por horror a la coquetería y a los engaños del arte. Su robusto apetito le calumnia; su moral no está manchada por el interés. Perros hubo que murieron de hambre junto a las provisiones que se les había confiado, o de pena sobre la tumba de sus dueños.

¡Paz a las solteronas que levantan mausoleos a sus canes difuntos, o instituyen herederos a los que las sobreviven! ¡Paz a los protectores de animales, paz a los antiviviseccionistas! Comprendamos, recordando los ojos de nuestro perro, el cándido fanatismo que erigió una estatua en [112] Londres al famoso Brown Terrier Dog, con la inscripción siguiente: «A la memoria del Brown Terrier Dog, asesinado en los laboratorios del Colegio de la Universidad en febrero de 1903, después de haber sufrido la vivisección durante más de dos meses, y de haber pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a aliviarle. En memoria también de los 232 perros vivisecados en el mismo lugar durante el año 1902. Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta cuándo subsistirán estas cosas?». Se acaba de trasladar la estatua a otro sitio; los estudiantes de medicina trataban continuamente de echarla al suelo, y la policía se cansó de gastar 700 libras anuales en custodiarla. ¡Paz a los estudiantes de medicina! Reconozcamos que sus argumentos son formidables.¿Dónde está la verdad? La vida del espíritu reside en la duda. Acostumbrémonos a dudar sin perder el reposo, y disculpemos a los que aman a los perros más que a los hombres. La mayor parte de los hombres no son hermanos nuestros sino por la figura. Tienen -¡ay!- ojos de monos. Si Otelo hubiera visto una mirada de perro fiel en los ojos que le imploraban, no habría estrangulado a Desdémona. Aceptemos con una indulgente sonrisa la noticia que inserta el Daily Mail del último correo:

«Eduardo VII ha paseado esta mañana, acompañado del coronel Holford, caballerizo, y de su perro César».

[LA RAZÓN, 13 de mayo de 1910]

Artículos de señora

«La mujer no tiene estilo, asegura Lamartine; por eso lo dice todo tan bien». ¡Bah!, examinad la literatura verdaderamente femenina, la de los manuales devotos y gastronómicos, la de las revistas de modas, y decidme si no se la reconoce a la legua. Trasuda una pringue faubourg Saint Germain barata, mezcla de coldcream, salsa mayonesa y emplasto milagroso. Las elegantes no pueden digerir en castellano, ni menos acicalarse y vestirse. Leed la crónica de la última fiesta social. Se reduce a una descripción de trapos. Hay trajes color bois de rose, fraise, mauve, vieux-or, etc. ¿Traducir al español? ¡Nunca! Sería arrebatar a las damas sus más nobles sueños. ¿Cómo renunciar a las delicias de las telas printinées y froutillées, a lo exquisito de pronunciar broderie en vez de bordado, tricorne en vez de tricornio, y jais en vez de azabache? ¿Habrá algo tan ideal como llevar una oiseau du paradis sobre la cabeza? Un [113] «pájaro del paraíso» equivaldría a una gallina. Es del mejor tono adornarse con plumas ton-sur-ton. Los sombreros tope me sorprenden. ¿Tope? ¿Hasta el tope? ¿Será también francés? Tope-là significa «¡venga esa mano!». Quizá se trata de sombreros cordiales. En cambio, la peau de soie me encanta. Piel de seda, una seda que hace el efecto de la misma piel... ¡Eso si que es feminismo!

¡Ay!, del interés que conceden a sus vestidos deduciréis la preocupación de las señoras de ambos continentes por su pellejo, por su vestido incambiable, definitivo y primero que Dios las impuso. ¡Quién tuviera una piel chic, a la moda siempre, una piel que no se hinche, que no reluzca, que no estire, que no cuelgue, que no se manche, que no se llene de granos, de irritaciones, de escamas y puntos negros! ¡Una piel que no se marchite, se arrugue y muera! ¡Quién conservara la luminosa piel de la niñez perdida! Recorred los copiosos consultorios de los periódicos del ramo. Las innumerables Mimís, Rosas de China, Totós, Lilianas, Tulipanes blancos y Violetas de Parma de la correspondencia anónima imploran el agua maravillosa, el ungüento prodigio que las hará aparecer jóvenes. ¡No envejecer, no envejecer! ¡Siquiera un siglo o dos de belleza, siquiera otro año! Y si la belleza auténtica es imposible, ¡oh charlatanes de la medicina!, prometed a las pobres mujeres una mentira piadosa, un simulacro, una sombra; hacedlas horribles a dos metros de distancia, pero deseables a cien. Y llueven las recetas, los consejos; pastas, lociones, harinas, grasas, polvos, linimentos, masajes, pulverizaciones, cremas, cataplasmas y duchas. Porque no es sólo la piel; son los dientes que se oscurecen, vacilan y se pudren; son los cabellos que se enseban, se decoloran, se rompen, se bifurcan o sencillamente se van; es el vientre que desborda o las canillas que se secan. Y las víctimas se resignan a todo, a las dietas más repugnantes, a no dormir, a caminar sin descanso, a la tortura misma, inyecciones de parafina, máscaras de yeso, desolladuras, fulguraciones, aparatos de tomillos para estrechar la nariz, «hemisferios» y flagelación para levantar los senos que se ablandan. ¡Todo, hasta el martirio, con tal de robar por un instante la aureola de la vida! Tan profundamente apasionado es el acento de estas hembras desoladas, que estoy por ver en ellas las representantes del único feminismo indiscutible, el de las reivindicaciones no sociales, sino fisiológicas; el de la lucha contra la fealdad y la decrepitud.




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