Rafael Barret. Introducción



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El amor puro no sería tan eficaz. ¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a quedarse tan imbécil, que «la ensayaron para la cocina, y hubo que renunciar, todo se le caía de las manos», según cuenta su respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero ¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano temblaran de compasión, serían menos útiles.

Procuremos cuidar la salud de las gentes como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso, habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el seguro de la civilización.

[?]

Insubordinación

El consejo supremo de guerra -supremo, ¡ay!- ha castigado al conscripto Gismani, de Paraná, con tres años de presidio. Se trata de una insubordinación. Parece que es un crimen terrible. ¿Qué ha hecho Gismani? Dirigir frases ofensivas a su sargento. ¿Por qué? Esto no interesa mucho al consejo supremo, pero de la misma sentencia se deducen algunos antecedentes. La familia de Gismani tramitaba la excepción. «Está probado que Gismani padece de una bronquitis asmática [94] crónica. El sargento Pedroza oyó decir, durante el descanso, al soldado Gismani, que aunque le dieran de palos no trotaría más por no poder ya hacerlo, y entonces mandó formar inmediatamente y ordenó diversos movimientos al trote... El soldado Gismani, después de dar algunos pasos al trote, terminaba dicha instrucción al paso, contestando al sargento Pedroza, que cada vez le gritaba que trotara: «no puedo trotar, mi sargento...».

Si el consejo hubiera sido menos supremo y más humano, habría dicho: «Gismani, eres un mártir, Pedroza, eres una bestia. Que cuiden a Gismani y que apliquen un bozal a Pedroza. ¿Y qué ejército es ese donde los enfermos trotan mientras se averigua si pueden trotar o no? ¡Remédiese tanto desatino!» Por desgracia, el consejo estaba formado de héroes, y según su ley de hierro la insubordinación privada sobre lo demás. Insubordinarse contra la justicia, contra la piedad, contra los derechos del dolor no es tan grave como insubordinarse contra su sargento. Tres años de presidio. Y gracias. Un conscripto es muy poquita cosa ante un consejo supremo de guerra. Si Gismani hubiera tomado la precaución de ser general, habrían respetado su bronquitis. Ya lo ha observado Clemenceau: «Cuando un soldadito da un puñetazo a su sargento, se le fusila; el honor del ejército lo quiere. Mas cuando los grandes jefes, todo galoneados de oro, faltan a su deber, el honor del ejército no permite que se les pida cuentas». Clemenceau aludía a la expedición francesa de Madagascar, donde sin combatir murió cerca de la mitad de las tropas, por la ineptitud de los superiores. Yo no aludo a la Argentina, ni a nadie; recuerdo que el rigor de los tribunales se reserva preferentemente para los pobres, para los inofensivos. Es un hecho común. Los fuertes no serían fuertes si no impresionaran al juez. Por otra parte, Gismani era estudiante y repórter. Era con razón sospechoso. Un intelectual en un cuartel es ya una insubordinación presunta. La inteligencia es sediciosa. Siendo difícil desterrarla de la vida civil, suspendámosla siquiera en las filas, o dejarán de ser filas -alineación de cráneos y de mentes- para ondular como un látigo. Y quizá Gismani era algo peor: un original. ¿Concebir un original haciendo el ejercicio? ¿Un poeta trotando a la voz de orden? ¡Cuánto desprecian, y con cuánto motivo, a esos soñadores, a esos cobardes, los varones auténticos, educados en la escuela del sargento Pedroza!

-«¡Trote usted! -¡No puedo!» Hay que obedecer, sin embargo; hay que trotar, aunque el asma te ahogue. No eres un asmático, eres un [95] recluta. Habrías de trotar aunque no tuvieras piernas. El sargento es Dios. Para Dios no hay imposibles. Resucita a los muertos y los hace trotar. ¿No trotas? Tres años de presidio. Detrás del sargento-Dios está la sociedad llena de espanto; si el sargento pierde sus atributos celestes seremos todos aniquilados, raídos de la faz de la tierra. La autoridad del sargento es nuestro talismán precioso. Conservémoslo. ¡Tabú, tabú! En cuanto a la justicia... es una preocupación de anarquistas. Pretender que sea justa la máquina de guerra, es ocurrencia de locos. Una espada es justa si corta bien. Hubiera yo deseado discurrir sobre el asunto Gismani, no como militar, sino más modestamente: como hombre. Me detiene el peligro de pasar por dinamitero. ¡El buen sentido es tan revolucionario! No es tiempo aún de que la humanidad sea humana. La Nación, de Buenos Aires, en cambio, no se resigna. Propone para Gismani el indulto. «No tiene otro objeto esta atribución del presidente de la República, dice, que impedir cualquier error posible, cuando las disposiciones generales de la ley, aplicadas en un caso particular, resultan contrarias a la inspiración de la justicia». Enternece la humildad con que se confiesa que las leyes son injustas, a la vez que sagradas. Si conducen a monstruosidades demasiado intolerables -caso Gismani- queda el recurso de implorar de rodillas, ante el señor presidente, una excepcional contraorden, una gracia, un milagro. Así la justicia es, entre nosotros, de índole milagrosa. La justicia debe administrarse muy de tarde en tarde, so pena de debilitar profundamente el organismo social. El primer magistrado -indulte o no a Gismani- comprenderá que su poder se funda en la intangibilidad de los sargentos, y que aplicar con exceso la justicia sería antipatriótico.

[LA RAZÓN, 2 de setiembre de 1909]


La obra que salva

Casi siempre que el telégrafo nos anuncia el fallecimiento de un hombre ilustre, se nos advierte que el condenado trabajó hasta el fin. Coquelín estudiaba el papel que le había confiado Rostand; Mendès escribía una comedia; Nogales, ciego a consecuencia de la enfermedad que le aquejaba, dictaba artículos a su hija. No cito sino desgracias recientes. Esos cadáveres, con la herramienta en la crispada mano, nos dan una lección. [96]

Nos es permitido creer que el trabajo es indispensable a la escasa felicidad que puede encontrarse en la vida. No el trabajo esclavo, el trabajo que repite, sino el trabajo libre, el trabajo que crea. El primero es una inútil tortura, y la mayor parte de nosotros estamos sujetos a su ignominia; el segundo es una emancipación gloriosa; y Dios, al contemplar de qué modo ha embellecido y ensanchado el universo, aquello que por castigo nos impuso, debe de estar lleno de asombro. Deseemos que en el porvenir sean las máquinas las que se encarguen de ejecutar inhumanas labores, libertando la inteligencia del obrero servil, y haciéndole partícipe de la alegría máxima. Sin duda sería mezquino y vano pretender vivir sin dolor; nada tan despreciable como el ser que consiguiera mantenerse indiferente o satisfecho ante el espectáculo de las cosas. El dolor es un elemento normal en el mundo. No sufrir es un síntoma patológico. O los nervios se desorganizan, o el alma su pudre. Se trata de utilizar el sufrimiento, y sobre todo se utiliza lo que se ennoblece.

La vida es un drama misterioso. No lo comprendemos, pero conocemos bien los instantes en que la acción se vuelve decisiva y suprema, y sabemos, vendados los ojos, que en cierta medida de nosotros depende aumentar la hermosura del destino. ¿De qué manera? Siendo lo que somos, realizándonos, renovándonos en la obra. Nacemos con inmensos tesoros ocultos, y la verdadera desdicha es la de hundimos en la sombra sin haberlos puestos en circulación, así como la dicha verdadera consiste en la plenitud del organismo entregado por entero a lo que no es él. La solución egoísta es la peor, porque es insignificante. ¡Qué tristeza, llegar intactos y con los bolsillos repletos a la tumba! No defraudemos a lo desconocido. No desaparezcamos a medio consumir. Que la muerte nos sea natural.

En la lucha por afirmarnos y prolongar nuestro grito, disponemos de recursos muy superiores a los de otras especies. El animal vence al tiempo gracias al amor físico. Nosotros poseemos además la prodigiosa matriz del genio. Y convenzámonos de que todos, microscópicos o gigantes, tenemos el genio; todos traemos algo nuevo a la tierra, hay que descubrirlo; hay que beneficiar el metal del espíritu, y trabajar es trabajarnos. El sexo asegura la carne de la próxima generación, y el genio prepara los materiales para el genio futuro. Sin el trabajo que edifica y conserva la cultura de hoy para el trabajo de mañana, la humanidad estaría detenida en un perpetuo comienzo. Nuestra persona continuaría, por breve espacio, y fragmentariamente, representada en nuestros [97] hijos, que a veces son nuestra antítesis, y a veces nuestra caricatura. Combatiríamos al azar, privados del monumento, de la estatua, del cuadro y del libro, naves sublimes con que cruzamos el océano de los siglos.

Es por la obra que nos ponemos en contacto con la enorme esfinge. No es seguramente como espectadores que descifraremos el enigma de la realidad, sino como actores. El trabajo hace la autopsia. No extrañemos la calma con que los héroes del arte y de la ciencia aguardan el término necesario de sus tareas. Para ellos, para su sensibilidad maravillosa, la vida es un viaje divino y resplandeciente: mueren fatigados y encantados; así se duermen los niños en la mesa, sobre sus cuentos de hadas, cuando viene la noche. El mayor problema filosófico es reconciliarnos con la muerte, y quizá lo resolvamos mediante la obra. De la adoración a la obra propia, nos elevamos al culto de la obra colectiva. Pensaremos en lo pobre, en lo ruin que sería a la larga una sociedad de inmortales, aunque estuviese compuesta de Newtons, Homeros y Césares. Pronto agotaría sus recursos; pronto giraría, estéril, en la presión de la forma única, y reclamaría desesperada una salida hacia la negra inmensidad. Entenderemos que la muerte es la gran renovadora, que no es ella quien nos destruye, sino quien nos engendra, y acogiendo maternalmente los trabajos de las venideras centurias, no sólo diremos, como el poeta a su poesía: «Ya puedo yo morir, puesto que tú vives»; diremos también: «¡Muramos contentos para que vivas tú, oh poesía universal!».

[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1909]


El mito naturista

El asunto exige reconsideración. ¡Es tan interesante ver retoñar, en donde menos uno se lo espera, la antigua sentimentalidad religiosa! He blasfemado contra Nuestra Señora Natura infinitamente buena, razonable y feliz; he dicho que todo lo que existe es natural, la enfermedad como la salud; he desconocido el dogma naturista que hace de la enfermedad castigo de los pecados. Se me ha llamado ignorante, supremo anatema de nuestro siglo; en otro tiempo me habrían llamado infiel. Y, sin embargo, ¿con qué fundamento supondríamos que lo frecuente y [98] lo raro, lo normal y lo monstruoso, la enfermedad y la salud no obedecen a las mismas leyes naturales? La naturaleza, para un cerebro sin religión, se reduce a un conjunto de leyes uniformes, que estamos empezando a descifrar, y si admitiéramos fenómenos antinaturales, renunciaríamos al conocimiento. La historia de la fisiología, y hasta la de la psicología, muestra de qué inmensa utilidad ha sido el estudio de lo patológico para comprender la salud.

Por otra parte, la salud aparece como un término medio, casi nunca realizado; aparece como un equilibrio fugaz, pronto deshecho en el torrente vertiginoso del mundo. No me refiero al hombre, al pecador, sino a la entera escala zoológica y botánica. Para convencerse, no es preciso abrir un manual de patología comparada; interrogada a un horticultor, a un ganadero, a un criador de aves de corral. Los animales, ya salvajes, ya domésticos; las plantas, ya cultivadas, ya silvestres, se enferman y se pudren igual que nosotros. Y aun lo que no vive parece desfallecer: los metalúrgicos hablan de la «fatiga» de las aleaciones; los joyeros, de las dolencias de las piedras. Donde se dibuja un organismo, se instala, tarde o temprano, lo morboso, con su lúgubre desenlace. He aquí -y evito detalles técnicos inoportunos- lo que los hechos nos dan. Pero, ¿de qué sirve invocar los hechos, cuando se nos opone la fe? La fe consiste en creer lo contrario de lo que sucede. Si la fe aceptara los hechos, no sería la fe, sino la ciencia.

¡Dios es misericordioso! ¡Nuestros sufrimientos vienen de habernos apartado de Dios! ¡La naturaleza es misericordiosa, es salud y alegría! Si nos enfermamos, es por habernos salido de la naturaleza. Una de dos: o las enfermedades de la bestia y del árbol son pura broma, o el árbol y la bestia pecaron también. No me sorprende que me propongan animales modelos, animales «virtuosos».

¿Recordáis la devoción del asno y del buey, que calentaron con su aliento al niño Jesús? ¿Por qué entonces el elefante se extingue, la honesta vaca padece de tuberculosis y el noble caballo mal de cadera y muermo? ¿Por qué la naturaleza los trata así? Confesemos que es más brillante el aspecto del águila y del tigre. El gato, ese pequeño Satanás, ese impenitente carnívoro, tiene, según el vulgo, ¡siete vidas! ¡Oh!, que el régimen vegetariano nos convenga, que el agua y el aire y el sol nos estimulen, es posible, probable, plausible. Lo curioso es que se atribuyan al problema proporciones desmesuradas, al punto de remover el cosmos y adoptar una religión para justificar las compresas húmedas. Y es [99] doblemente curioso que el resultado sea una mayor eficacia terapéutica. En todo naturista hay un ingenuo taumaturgo.

¡La naturaleza es salud y alegría!... grito místico. La naturaleza no es saludable ni nociva, alegre ni triste, buena ni mala. La naturaleza es y nada más. ¡Bendito optimismo, evocador de no sé qué naturaleza de clima templado, de jardinillo y auras y arroyuelos y abejitas laboriosas. En cuanto a la naturaleza de los desiertos de arenas calcinadas o de hielo, de volcanes de la Martinica y terremotos de Messina, y de pelícanos que ofrecen sus entrañas y aves que de contrabando hacen empollar sus huevos por el prójimo, y hembras que devoran la mitad de sus crías, y tórtolas y búhos y hienas y cisnes; la naturaleza del canibalismo y de la bulimia y de las plantas insectívoras y de los largos ayunos invernales, de mantis y arañas que se comen a sus machos enamorados y de efímeras que no hacen sino amar y no se nutren y ni siquiera tienen boca; la naturaleza de la hormiga, del ruiseñor y del vampiro; de los seres que viven suspendidos en rayo de luz, hundidos en el fétido fango, flotantes en el mar, confundidos con la podredumbre de los cadáveres o con la borra de sí mismos, seres con demasiados sexos o sin sexo, solitarios o en masas, invisibles o enormes, a veces sin forma, a veces momificados, a veces engendrando de pronto especies imprevistas, seres de locura, que palpitan horas, minutos, segundos parásitos innumerables que habitan la carne ajena, que hacen su nido en un glóbulo de sangre o que para reproducirse emplean hasta los órganos sexuales de su huésped... en cuanto a esa naturaleza donde descubrimos, si queremos, la caricatura de todas nuestras imaginaciones, de todas nuestras virtudes y de todos nuestros crímenes, y tantas cosas para las que no hay nombre en nuestra pobre lengua; en cuanto a esa realidad que nos abruma, con su desbordamiento sombrío, ¡fe se necesita para ajustarla a los patrones morales de nuestras cabecitas de 1910!

¡La naturaleza es salud y alegría! Y todo muere. Mueren los individuos y las razas, los astros y los átomos, la corteza terrestre es un vasto Gólgota de fósiles; cerca de nosotros, lívida faz en que se han petrificado los espasmos de la agonía, gira la luna difunta. No sabemos si nace cuanto merece nacer, pero sabemos que todo muere aunque no merezca morir. Con igual indiferencia, el destino apaga las estrellas y los ojos de los hombres. Acaso perecemos a fuerza de salud y alegría; acaso la muerte es un bondadoso simulacro y resucitaremos, ya en alas del eterno retorno, ya mediante sucesivas reencarnaciones. Acaso las señoras [100] Blavatsky y Annie Besant posean la clave definitiva del Universo. ¿Por qué no? Pintemos, pues, sobre los tenebrosos muros de nuestra cárcel las deliciosas avenidas de la libertad. Para ser dichosos basta un poquito de fe.

[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1910]

El altruismo y la energía

Nietzsche, en su obstinado desprecio al cristianismo, hace de la piedad para con los inermes, de la simpatía hacia lo abortado, lo enfermo y lo triste, del anhelo de justicia reparadora en fin, otros tantos síntomas de una degeneración contagiosa. Para el terrible alemán, el egoísmo -egoísmo elevado, trágicamente bello a veces, propio de un metafísico Satanás- es sinónimo de energía.

Las varias formas del egoísmo, desde la vanidad a la ambición insaciable, desde la mezquindad de la solterona balzaciana a la codicia de un Rockefeller, desde la impertinencia del dandy a la ferocidad sanguinaria de Calígula, se manifiestan, sin duda, con extrema energía aparente en muchos casos. Pero conviene observar que los ejemplos famosos con los cuales los grandes de la tierra fijaron el recuerdo de su tonto y omnipotente capricho, no demuestran energía personal, sino la energía exterior acumulada por el azar en torno de una figura casi siempre insignificante. Nerón incendia a Roma. Suponiéndolo cierto, ¿qué prueba? ¿La energía de Nerón? Lo que prueba es el abatimiento de una sociedad que permite tales atrocidades. Las fuerzas enormes que el emperador tenía en sus vacilantes manos de imbécil no le pertenecían. Se había encontrado con ellas. Nerón jugaba con los resortes de un colosal mecanismo que se le había regalado para diversión suya y para ignominia de la época.

Por lo contrario, Nerón era débil, como la mayor parte de los egoístas históricos a quienes se ha juzgado indispensables tan sólo porque no concluyeron totalmente con el género humano. Se vio la debilidad de Nerón a su caída. En aquel tiempo en que la dimisión de un funcionario consistía en suicidarse, trató el César de hacerlo, y su cobarde espada no acertaba. Tuvo un soldado que rematarle como a una res. Para decidir de la verdadera energía de un hombre, esperad a que caiga de su falso [101] pedestal, esperad a que se le deje desamparado y desnudo. ¡Oh bochorno de los millonarios que al arruinarse aceptan el oficio de proxenetas o de tahures, oh vergüenza de los reyes destronados en el siglo XIX, escabulléndose por la puerta trasera de sus palacios, a semejanza de lacayos despedidos! Napoleón mismo disminuye y decae en Santa Elena.

Napoleón era débil también, porque era egoísta. Puso el genio al servicio de su egoísmo infinito. Este parásito formidable de la humanidad estaba maravillosamente armado para devorarla. Napoleón, incapaz de irradiar energía y hasta de producirla en cantidad suficiente a su vida interior, robaba con avidez la energía externa. Su procedimiento evoca el de ciertos parasitismos en que el animal nutrido con jugos prestados es de una organización muy superior a la de su huésped. La debilidad trascendental de Napoleón necesitó un prodigio de inteligencia para la conservación del individuo.

Egoísmo es debilidad. Los cuerpos fríos se calientan a expensas de los otros. Elevad la temperatura de un pedazo de hierro, y a medida que aumentéis la energía del metal, lo iréis haciendo más y más generoso. Llegará un momento en que de puro ardiente resplandecerá y os iluminará el camino. La energía en exceso desborda y se desparrama por el espacio. Las almas generosas desbordan de amor. ¿No es natural el egoísmo en los niños y en los viejos, en las edades indefensas? Pero el egoísmo en la pujante juventud es doblemente odioso. Los que consumen son los que no crean. Los que expolian son los desheredados de la voluntad. Los que matan, ¡ay! son los que se están muriendo.

La avidez del corazón del avariento, del cruel, es cosa melancólica. Consagrar la existencia entera a reunir dinero o a reunir súbditos o esclavos, es inconcebible para todo espíritu que no haya perdido el contacto fundamental con las realidades absolutas. El egoísta es un aislado, un privado de los efluvios vitales del universo. El egoísmo se acompaña por lo común de una atrofia no solamente sentimental, sino intelectual. La avaricia suele coincidir con la semiestupidez. Una variante atenuada, la manía de coleccionar estampillas o cualquier otra clase de objetos, al estilo de las urracas, no se encuentra seguramente entre los aficionados a coleccionar ideas. ¡Y en cuántas ocasiones la crueldad se deriva de lo difícil que es para numerosos ciudadanos imaginar el dolor ajeno! Al egoísta le falta siempre algo: por eso se lo quita al prójimo. El altruista da precisamente lo que le sobra.

La debilidad del egoísta proviene con frecuencia de que el medio es pobre, de que no hay para todos. Las bestias carniceras son las que tienen [102] que perseguir un alimento escaso y protegido. La abundancia reduce el número de egoístas. Los nueve décimos de la población humana no comen lo bastante. No nos extrañemos, pues, que el hombre se entregue a la lúgubre pasión del oro. El oro es pan y ropa y techo en primer lugar, y no hay techo ni ropa ni pan para todos los habitantes del planeta, a causa de lo torpes y miedosos que somos. Todos estamos amenazados de muerte si nos quedamos sin oro, y nos lo arrebatamos. El egoísmo es, pues, una contingencia por lo general; expresa una relación defectuosa con el ambiente, es una momentánea solución al problema del individuo. La especie resuelve sus problemas de distinta manera. La procreación, la crianza de la prole, acciones de largo alcance, son explosiones de altruismo. Es evidente, además, que el altruismo es mejor cimiento social que el egoísmo; así lo inmediato y lo precario y lo urgente es obra quizá de egoísta, mientras que los altruistas construyen lo profundo y lo duradero. ¡Son los más fuertes!

Darwin, estudiando biología, perdió la fe. «No puedo vencer la dificultad que resulta de la extensión del sufrimiento en el mundo, dice... No puedo persuadirme de que un Dios bienhechor y todopoderoso haya creado los icneumones con la decidida intención de dejarles alimentarse de orugas vivas, o de que el gato haya sido creado para torturar al ratón». Nietzsche se alegra de espectáculo tan siniestramente artístico, y aplica a la médula europea los botones de fuego de una salvaje filosofía. ¿Y quién sabe? Darwin y Nietzsche no han visto tal vez más que lo provisorio.

[EL DIARIO, 18 de julio de 1908]

La antinomia y la probabilidad

No estamos seguros de nada. ¿Saldrá el sol mañana? Es muy probable.

¿Existiremos dentro de un mes? He aquí algo mucho menos probable.

¿Qué oscuro instinto nos dice todo esto?

Pero ¿es realmente oscuro este instinto? ¿No dependerá la vaguedad de sus contestaciones de la vaguedad de las preguntas?

Tomo un dado. Si lo arrojo, ¿qué punto saldrá? No lo sé. [103]

No sé si saldrá el 1 o el 6. Pero es exactamente tan probable que salga uno como otro. Cosa ésta tan cierta como un axioma. Puedo afirmar más: que la probabilidad de que salga el 1 es cinco veces más pequeña que la probabilidad de que no salga.

El sencillo ejemplo del dado nos autoriza aparentemente a definir la probabilidad. La probabilidad de un suceso sería la relación del número de casos favorables al número total de casos posibles.




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