Rafael Barret. Introducción



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Así rehabilitaríamos la esclavitud -y conste que en ella se ha fundado la civilización más ilustre de la historia. ¿Por qué no hemos de ser consecuentes? En resumen, el Estado no es sino el mecanismo con que se defiende la propiedad. Si se castiga al que atenta contra ella mediante el robo, y al que la mueve antes de tiempo mediante el asesinato, ¿no es lógico castigar también al que la suprime en germen? La propiedad se gasta; su valor se consume, y es necesario reponerlo sin descanso. El ladrón la mata; pero el huelguista la aborta. Para un [83] fabricante, una huelga prolongada de sus talleres equivale a la fuga de su cajero; el patrono volverá los ojos al Estado, exigiendo auxilio. Un trabajador es una rueda de máquina; mas una rueda libre, capaz de salirse de su eje voluntad, es algo absurdo y peligroso. No se concibe una propiedad estable sin la práctica de la esclavitud.

Todavía la practicamos, sin duda, aunque cada vez menos. Estamos desde hace siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño de los que nada tienen sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere, gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser arena; se cuaja en roca. No es extraño que el sufragio universal haya sido tan inocuo; encontró una multitud incoherente incapaz hasta de conocer sus males, y vagamente de acuerdo con el Estado. Detener al pobre trabajador, sucio y jadeante, de regreso al negro hogar, donde como de costumbre hallará dormidos a sus hijos, y proponerle que gobierne su nación, es en verdad pueril. Preferirá comer mejor y disponer de dos horas para jugar con sus niños. Y lo ha logrado en muchas regiones. Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y trasmite el pensamiento están en sus manos; el alambre que lleva la orden de un Rockefeller no se niega a llevar la del siervo rebelde, y nuestra cultura, que día por día necesita instalaciones fabriles y de tráfico más y más enormes, pone en contacto y en pie de guerra mayor cantidad de proletarios; las huelgas -esas mortíferas declaraciones de «paz»- aumentan en extensión y en rapidez, y a medida que la propiedad se acumula en moles crecientes, su estabilidad se hace siempre menor.

El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejército compuesto de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de hombres que tienen la irritante pretensión de vivir. Ya que de derechos hablamos, ¿qué es un derecho, sino una concesión, un permiso de las bayonetas? Recordemos, no obstante, que los soldados no son ricos ni felices, y que los fusiles, los cañones y los acorazados no se construyen solos. ¿Vendrá el momento en que los astilleros huelguen? ¿Vendrá una huelga militar? Lo ignoramos. Es evidente que los trabajadores atraviesan una época de prosperidad, de juventud. A regañadientes, como a lobos que le persiguieran, el Estado [84] les arroja jornadas breves, salarios más altos, pensiones, indemnizaciones, y los lobos tragan esos pedazos de carne fresca, y corren con doble vigor, y avanzan y se echan encima. ¿Dominará el Estado? ¿Aprovechará la obediencia aún bastante segura del Ejército? ¿Será vencido? Nadie lo sabe. Los vastos movimientos sociales nos son tan misteriosos como nos lo serían las mareas, si un cielo nublado eternamente nos ocultara la luna y el sol. Aguardemos los episodios de la lucha entre el trust del oro y el trust de la miseria.

[LA RAZÓN, 10 de abril de 1909]


Marcar el paso

No hay nada tan prudente, tan correcto, tan tranquilizador como marcar el paso. Educar es enseñar a marcar el paso en los negocios de la vida, a copiar el ritmo ajeno y conservarlo, a integrar el gran volante regulador de la máquina humana. Hoy como ayer, mañana como hoy, he aquí la divisa de toda sociedad perfecta, y naturalmente el Estado, que se cree perfecto; el Estado es lo contrario de cambiar de estado; no existe gobierno que no se estime lo suficiente para conservarse a sí mismo, y sería absurdo que no fueran conservadores los que se encuentran a gusto. Los demás, los que obedecen, deben obedecer siempre, y siempre igual, de idéntica manera; deben evitar molestias a los que mandan, y guardarse de provocar contraórdenes, rectificaciones y reiteraciones. ¿De qué serviría mandar si costara trabajo? Lo razonable es que el mando sea definitivo y eterno.

Se ve cuán sensato es el proceder de ese oficial argentino que durante la instrucción atravesó con la espada la ingle a un estúpido recluta que no marcaba bien el paso. ¡Pobre oficial! Había perdido la paciencia. ¡Cuánto habrá sufrido, cuántas veces habrá repetido sus órdenes! Obligar a repetir una orden, ¿no es ya rebelarse a medias? Tal vez murió el recluta. Pero un recluta que no consigue aprender a marcar el paso es, desde luego, algo contradictorio y casi inexistente. No es justo llamar homicidio a una sencilla verificación. Un recluta es un aparato que marca el paso. Un soldado es un aparato que transporta las armas de fuego y aprieta los gatillos. El emperador Guillermo dijo en una revista que un soldado, si se lo ordenan, está en la obligación de fusilar [85] a su madre. Comprended de qué modo se hizo Alemania poderosa y magnífica.

¿Queréis orden? Cumplid la orden. Ciudadanos, ajustaos a la ley. No es buen juez el que la discute y mejora, sino el que la ejecuta. Imitemos a los astros; admiremos la exactitud verdaderamente militar con que acaecen los eclipses; los planetas marcan el paso, y los átomos sin duda también. Nuestra ciencia busca la ley en todos los fenómenos, y lo terrible es que la va encontrando. Quizá se llegue al ideal de prever matemáticamente los detalles del porvenir. ¡Gracias que tendremos nosotros la suerte de irnos mucho antes! Cosa triste ha de ser el predecir los movimientos de nuestro cielo interior, calcular para dentro de diez años los eclipses de nuestro espíritu, conocer a un tiempo la fecha del placer y la del sufrimiento, la de la ilusión y la de las decepciones; saber en plena juventud el minuto de la primera cana, la enfermedad que nos asesinará y las muecas de nuestra agonía. La esperanza se hará más insoportable que el recuerdo. Si nuestra alma marca el paso, ignorémoslo.

Marcar el paso no supone avanzar. En táctica, equivale a suspender la marcha y simularla agitando las piernas sin adelantar un centímetro. Símbolo curioso. La existencia de la ley no supone una realidad concreta. Al revés. Por ejemplo, la ley de los días de la semana es que detrás del lunes venga el martes, luego el miércoles, etc. «Si» hoy es lunes, mañana será martes, pero ¿qué razón hay para que hoy sea lunes, y no viernes? Ninguna. Estamos, ¡horror!, fuera de la ley. «Si» Mercurio se halla hoy en tal lugar del firmamento, mañana estará en tal otro. ¿Pero por qué «está» en este instante aquí y no allí? La ley no es una realidad, es una relación, es un «si». La única salida de semejante laberinto es que no hay aquí ni allí, ni ayer ni hoy, y que el Universo marca el paso, como un juicioso recluta, sin abandonar su socarrona inmovilidad.

[LA RAZÓN, 13 de abril de 1909]

Suicidas anónimos

Todas las ciudades populosas del globo ven de año en año aumentar el número de suicidios. Buenos Aires se contenta con tres o cuatro diarios; Nueva York, más civilizada, llega a veinte, a veinticinco, a [86] treinta. Siempre hay algunos anónimos; un tiro suena en un solar de los suburbios; o bien al despuntar el alba los traperos descubren un despojo humano que cuelga de una verja. Es un muerto, y nada más. Es uno que se ha marchado dejando tan sólo un cadáver mudo, sin papeles en los bolsillos. Es uno que se ha llevado entero su secreto. Y por diez casos, si queréis, de suicidios que se deben a la degeneración, habrá uno en que la víctima -o el triunfador- es un hombre inteligente y sano; en que un alma fuerte ha hecho su balance, y ha encontrado preferible el silencioso abismo sin color y sin fondo al vil padecer de todos los días. ¿Cobarde? ¿Cuál es la cobardía mayor, temer la vida o temer la muerte? ¿Resignarse a lo conocido o afrontar el misterio? Matarse es una cobardía a la que pocos se atreven; el presidiario que intenta evadirse, horadando el muro, es más viril que el que se queda esperando órdenes en el calabozo, y me parece cosa grande convertir en llave el cañón de un revólver, y salir del mundo por el pequeño agujero de la sien.

Y hacer esto sin discursos, ¿no es soberbio? «Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse», dijo el sombrío Vigny; las «siete palabras» de los fanáticos, desde Jesús a Ravachol; de los filósofos, desde Sócrates a Goethe; de los guerreros, desde Leónidas hasta el oficial español que rodeado de carlistas les invita a fusilarlo de una vez: «¡Libradme pronto de vuestra presencia!»; las de los infinitos moribundos históricos, de los que se despiden del respetable público y de los que todavía se yerguen en el patíbulo para que los fotografíen, son interesantes y suelen ser ingeniosas, pero indignas de la muerte. No hay sepulcro ni epitafio a la altura del asunto. Las Pirámides, en su pretensión de luchar contra la Nada, se vuelven microscópicas: hacen reír. Admiremos el buen gusto de los que desaparecen por su voluntad y sin literatura.

Mejor sería que estos héroes vivieran. Vivirían si fueran religiosos, y también si tuvieran ideales terrestres. Las vírgenes de Esparta dieron en suicidarse, y la epidemia cesó en cuanto fue ordenada la exposición de sus cuerpos desnudos, como castigo póstumo. Virginia perece por no desnudarse. Un sentimiento bien cultivado hace despreciar por igual la vida y la muerte. Es pueril reprochar al cristianismo su falta de verosimilitud científica; el cristianismo sacó del dolor recursos maravillosos, y libró a los bárbaros de la negra pesadilla final; ¡cuántos, a cambio de evitar el aniquilamiento absoluto, elegirían el infierno! En el infierno se sufre, se conspira, se maldice, se vive. ¡Venga la inmortalidad, aunque sea la de la desesperación! Los atenienses, enamorados de lo perfecto, no [87] se suicidaban; no querían perturbar con lo ignoto la armoniosa teoría de sus ritmos; no querían oscurecer la faz radiante de sus estatuas con la sombra del Enigma; negaron la muerte sonriendo; robaron la carne a las podredumbres, haciendo de ella una llama alegre, y cubrieron con una máscara de flores las fauces del horror. Tomaron de la Esfinge su cabeza de diosa, y sus voluptuosos pechos; no vieron el tronco bestial que se hundía en la noche. Nosotros no comprendemos siquiera lo perfecto; lo hemos reemplazado por lo infinito; estamos en viaje; no podemos detenemos, y nuestra única fe es la velocidad. Los dioses, Dios, lo bestial, la noche, la locura, todo lo hemos recorrido, a la luz glacial de la ciencia. ¿Y qué han de hacer los de tardo paso, aquellos para quienes la religión y la verdad son igualmente irrespirables? ¿Qué será el suicidio para ellos? ¡La última invocación al azar!

Les habéis dicho: «sois libres», y habéis creado la clase lastimosa de los ciudadanos libres que «se alquilan por pan», según la expresión bíblica; les habéis dicho: «hemos restablecido las posibilidades; el cualquiera tiene abierto el camino para ser rey; el mendigo para ser millonario», y habéis añadido a las viejas desdichas una esperanza absurda. El suicidio no es hoy signo de decadencia. Lo era en Roma; pero en Roma no eran los esclavos los que se suicidaban, eran los señores. Hoy no son los señores los que se suicidan; son, sobre todo, los esclavos. Y por mucho que volemos hacia el vago horizonte, quizá no nos desprendamos enseguida de los espectros que nos persiguen; quizá nos acompañen largo trecho los suicidas anónimos.

[LA RAZÓN, 4 de mayo de 1909]

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales -sobre todo los animales superiores- tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d'un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El [88] caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara al fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

«Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

«Tú me das de comer -¡oh misterio adorable!-, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

»Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad, nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

»Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, [89] las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores oscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

»Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora)».

[LA RAZÓN, 27 de mayo de 1909]

Dios


La grandeza de Dios, velada de azul con la distancia, aparece en lo alto del pasado como deslumbradora cumbre de soledad y de hielo; a instantes se disuelve el ancho y oscuro pedestal que la ata a tierra y entonces, suspendida en el vacío, finge una ilusión tejida por la luz.

Pero las ilusiones, si alguna lo es, tienen un poder mayor que la evidencia, porque no son destruidas sino por otras ilusiones y no por las cosas. La mentira divina fue más real que todas las verdades. Llenó el firmamento y el abismo, y nuestra ciencia terrible es incapaz todavía de medir el hueco que ha dejado. Preñó las almas y moldeó las pasiones, dando al crimen mismo un sagrado resplandor. Fue la poesía de la vida para las vírgenes, el consuelo de ella para los miserables y el desprecio de ella para los héroes. Hizo surgir y flotar las entrañas sobrenaturales del mundo, desvanecidas hoy y buscadas a tientas.

Y sin embargo, Dios fue vencido: vencido por el número. Era fuerte, mas estaba solo; tenía que luchar contra la humanidad innumerable, contra las humanidades renovadas en cada siglo, inquietas; diversas, imprevistas; contra las humanidades lejanas que no alcanzó a poseer bastante pronto; contra las ideas, los caprichos y las locuras; contra la marcha insensible de lo desconocido; contra lo infinitamente pequeño, [90] contra el azar y la fatalidad. Para someter a lo múltiple, intentó lo múltiple. Preparó santos y predicadores, mártires y filósofos, templos y fortalezas y expediciones de conquista, el rayo del milagro y el recurso de la esperanza y de lo imposible. Aplicó la tortura y sembró el ensueño. Desató un huracán de llamas y de prodigios. Se volvió político y guerrero, y por fin, para apoderarse del hombre, se hizo hombre. Y todo fracasó. Sus huestes se desgarraron entre sí, desgarrándole a Él. Su enorme sombra vaciló. Una doctrina extraña nació en silencio: una divinidad nueva se levantó en el horizonte, prometiendo riqueza y libertad aquí abajo. Los hombres consentían en vivir y aceptaban la muerte. Y Dios fue desposeído, desahuciado, procesado y condenado; le imputaron y le imputan todas las injusticias, todos los embustes, todos los absurdos, todos los males. Hasta se le echó en cara que no existe.

Y existe, sí, respira en larga decadencia. Su dolor infinito baña las fábricas complicadas que sobrevivieron a su gloria; su débil voluntad estremece aún, de tarde en tarde, la red ya caduca con que sus ministros trataron de apresar el globo. Su espíritu, despedido de la razón viril, se refugia en la ingenua y mudable fantasía de las mujeres y de los niños; su historia marchita entretiene a los poetas y a los sabios; su espectro vaga en la penumbra de las catedrales desiertas. Dios se arrastra entre sus propias ruinas; sólo las ruinas humanas se arrastran hacia Él; sólo la desesperación y la noche visitan su fúnebre aislamiento. Apagada la radiante hoguera, todavía remueven la ceniza manos temblorosas y humildes, manos de viejos y de agonizantes.

No fue el Hombre quien perdió la fe en Dios, sino Dios, al renunciar a su ideal inmenso, quien perdió tal vez la fe en el Hombre. Pero ni los Hombres ni los Dioses conocen el destino.

[GERMINAL, Nº 8, 20 de setiembre de 1908]


La mujer y la muerte

Apenas nacemos, nos sentimos copados por la muerte. Avanzamos irresistibles y atónitos dentro del círculo, atados al lomo de los potros salvajes. Y árboles, astros y bestias, y las olas y la llama y nuestros mismos sueños son figuras indescifrables que se yerguen o huyen. Y vivimos inclinados y llenos de angustia, y no vemos el fondo de las cosas. [91]

Pero entre las formas sin número que pasan rozándonos, o espían, o aguardan inmóviles, hay una más dulce y más fuerte. Es una sombra tan familiar y tan próxima, tan semejante a nosotros, que nos dejamos ir a la ilusión de que es nuestra sombra, y de que palpita cuando palpitamos; nos parece nuestro propio rostro, reflejado en aguas invisibles que lo deforman vagamente. Es el extremo accesible del misterio, la flor maravillosa que alzan hasta nuestro ser los tallos plantados más allá de la muerte. Y el amor, que es sed de misterio, nos lleva a la mujer; nos asomamos a sus ojos porque está en ellos la sima eterna; su boca de sangre es la esclusa en que nos hemos de encajar y desvanecer, y entre sus brazos ensayamos la agonía.

Amar es el simulacro de morir. Nuestra existencia se ennoblece con estas representaciones del drama sagrado. El amor que, como todo lo real, arraiga en el espíritu, arrastra la carne y estremece la médula de nuestros huesos; en su corriente todo vacila y cae, se transfigura el mundo y cambian de color las estrellas. Sólo la muerte tiene poder tan grande; sólo ella devora también con nuestro espíritu nuestra carne y nuestros huesos; sólo ella es capaz de abrir el mundo y revelarlo. Y así como ponemos en la muerte un tesoro de certidumbres, lo ponemos en la mujer, salvadora de gérmenes, hermana de la tierra, fresca fuente de olvido, madre de la belleza y de la melancolía. La mujer sabe que no se la posee sin desearla; la mujer puede decir: «Este es mi hijo». Nosotros amamos y dudamos. El misterio se vuelve múltiple, irónico y cruel. Nos preguntamos quién es mayor enemigo del amor, si la traición o la fidelidad y la sabia vejez, trayéndonos el dolor y el hastío, afina nuestra inteligencia y nos preparan a los últimos amores.

Para la muerte es lo que en nosotros sobra de la mujer, o lo que la mujer nos dio. La mujer empieza y la muerte concluye. Ir hacia una es hacer camino hacia la otra. Son las aliadas del misterio. Adivinamos sin embargo en la muerte algo absoluto y suyo, radicalmente nuevo; nos basta entrever, al fulgor del postrer relámpago, el terrible gesto que no termina, para convencemos de que la muerte es más seria y más definitiva que el amor. Agradezcamos el destino que orna nuestros pobres días, enviándonos ese profundo y suave emisario de ultratumba, símbolo de la vida y de la fecundidad.

[GERMINAL, Nº 9, 27 de setiembre de 1908] [92]

La beneficencia

Las instituciones de beneficencia se multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva. De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el aniquilamiento de las razas -presupuestos de guerra- dedica fondos cada vez más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios, reservas de toda clase para la lucha económica.

Conviene advertir que no se trata de caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni el que da tiene nada que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la semiesclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales. Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos. ¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan; si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos? [93]




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