¿Quién hay ahí?



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¿Quién hay ahí?

John W. Campbell, Jr.

1

Aquello hedía. Con un hedor extraño, el hedor de una mezcla de olores que sólo conocen las cabañas sumergidas en los hielos de un campamento antártico, y en el que se advierten el olor a sudor humano y el denso dejo a aceite de pescado de la esperma de foca derretida. Un dejo a linimento combatía el rancio hedor a pieles impregnadas de sudor y de nieve. El acre olor a grasa de cocinar quemada y el olor animal y no desagradable de los perros, diluidos por el tiempo, se cernían en el aire.

Los olores a aceite de máquina que subsistían contrastaban claramente con el de los arneses y cueros. Pero, en cierto modo, entre todo aquel hedor a seres humanos y a sus compañeros -los perros, las máquinas y la cocina- se percibía otra tonalidad. Era algo raro, asfixiante, el dejo apenas perceptible de un olor extraño entre los olores de la industria y de la vida: Y era un olor a vida. Pero provenía del objeto que yacía atado con cuerdas y lona embreada sobre la mesa, goteando lenta y metódicamente sobre los pesados tablones, húmedo y delgado bajo el resplandor sin pantalla de la luz eléctrica.

Blair, el pequeño biólogo calvo de la expedición, tiró nerviosamente de la envoltura, descubriendo el hielo límpido y oscuro que había debajo y reintegrando luego a su lugar la lona embreada, con gesto de impaciencia. Sus pequeños movimientos de pájaro y su reprimida ansiedad hacían bailar su sombra sobre la orla de la ropa interior de un gris sucio que pendía del bajo cielo raso, y sobre su orla ecuatorial de cabello erizado y gris en torno de su pelado cráneo, formando una cómica aureola.

El comandante Garry se adelantó hacia la mesa. Lentamente, sus ojos rastrearon los círculos de hombres apretujados en la Casa de la Administración. Su cuerpo alto y erecto concluyó de erguirse y asintió.

-Treinta y siete. Todos están aquí.

Hablaba en voz baja, pero ostentaba la clara autoridad de un comandante nato, de un comandante que no sólo lo es por su título.

-Ustedes conocen en líneas generales lo que hay en la trastienda de este descubrimiento de la expedición del Polo Secundario. He estado conferenciando con el segundo comandante McReady y con Norris, así como con Blair y el doctor Copper. Hay una diferencia de opiniones, y como esto involucra a todo el grupo conviene que todo el personal de la expedición se ocupe del asunto.

“Voy a pedirle a McReady que les proporciones los detalles, ya que ustedes han estado demasiado atareados con sus respectivos trabajos para seguir de cerca los esfuerzos de los demás. ¿McReady?

Al surgir del segundo término, donde se cernía el azul del humo, McReady parecía una figura de algún mito olvidado, una estatua de bronce dotada de vida y que caminaba: Media metro noventa, y cuando se detuvo junto a la mesa, después de una mirada característica hacia arriba para cerciorarse de que tenía espacio suficiente bajo las cortas vigas del techo, se irguió. Llevaba aún su chaqueta, resistente y de un anaranjado detonante, pero que dada su enorme complexión física no parecía fuera de lugar. Aun allí, a metro y medio por debajo del viento que zumbaba sobre la desolada extensión antártica, penetraba el frío del continente helado y daba sentido a la aspereza del hombre. Y McReady era de bronce: su barba, de un rojo broncíneo, y la roja cabellera a tono con ella. Las nudosas manos que se crispaban y descansaban continuamente sobre los tablones de madera, eran de bronce. Hasta los hundidos ojos, bajo aquellas gruesas cejas, tenían tonalidades broncíneas.

La durabilidad del metal, que resistía al tiempo, se revelaba en los ásperos y duros contornos de su rostro y en los suaves tonos de su gruesa voz.

-Norris y Blair están de acuerdo en una cosa: en que el ser que hemos hallado aquí no es... de origen terrestre, Norris teme que pueda haber peligro en eso; Blair dice que no lo hay.

“Pero volveré a explicar cómo y por qué lo encontramos. Según todo lo que se sabía antes de que viniéramos aquí, parece ser que este punto se halla exactamente sobre el polo magnético sur de la Tierra. La brújula no apunta directamente hacia aquí, como todos ustedes saben. Los instrumentos más delicados de los físicos, especialmente diseñados para esta expedición, y su estudio del polo magnético, percibieron un efecto secundario, una influencia magnética secundaria y menos poderosa a unos ciento treinta kilómetros al sudoeste de aquí.

“La expedición magnética secundaria salió a investigar. No hay necesidad de detalles. Lo hallamos, pero no era el enorme meteorito ni la fuente magnética que esperaba encontrar Norris. La ganga de hierro es magnética, como ustedes saben: el hierro, con tanto mayor motivo..., y ciertos aceros especiales, más magnéticos aún. A juzgar por las indicaciones superficiales, el polo secundario que encontramos era pequeño, tan pequeño que su efecto magnético era ridículo. Ningún material magnético concebible podía causarlo. Los sondeos del hielo indicaron que estaba dentro de los treinta metros de la superficie del ventisquero.

“Creo que ustedes deben conocer la estructura del lugar. Hay una ancha meseta, una extensión llana que llega a más de doscientos treinta kilómetros al sur de la estación secundaria, según dice Van Wall. Él no tuvo tiempo ni combustible para volar más lejos, pero aquella meseta se extendía con la misma lisura hacia el sur. Ahí mismo, donde estaba enterrado eso, había un cerro hundido en el hielo, una muralla de granito que había impedido que los hielos se arrastraran hacia el sur.

“Acampamos durante doce días allí, en el borde de esa cordillera hundida en el hielo. Cavamos nuestro campamento en el azul hielo que formaba la superficie. Pero durante doce días consecutivos el viento sopló a 70 kilómetros por hora: Llegó hasta los 80 y bajó a los 60. La temperatura era de 63 grados bajo cero. Aumentó a 60 y bajó a 68. Aquello era meteorológicamente imposible y prosiguió en forma ininterrumpida durante doce días y doce noches.

“Más al sur, el aire helado de la meseta polar del sur surge de ese cuenco de 6.000 metros, baja por un desfiladero de la montaña, pasa por sobre un glaciar y sigue hacia el norte. Debe de haber una cordillera que forma túnel y lo encauza, y lleva ese aire helado por espacio de 600 kilómetros hasta dar con la pelada meseta donde encontramos el polo secundario, y a 550 kilómetros más al norte llega al océano Antártico.

“Allí siempre ha habido hielos, desde que la Antártida se heló hace veinte millones de años. Nunca debe de haberse producido un deshielo.

“Hace veinte millones de años, la Antártida estaba empezando a helarse. Pero practicamos investigaciones y bosquejamos conjeturas. Lo que sucedió fue poco más o menos esto:

“Algo bajó del espacio, una nave. La vimos allí, en el hielo azul: era algo así como un submarino sin torrecilla ni timones orientadores, de 90 metros de longitud y 15 de diámetro en su parte más gruesa.

“Aquello bajó del espacio, impulsado y llevado por fuerzas que los hombres no han descubierto aún, y no sé cómo, quizás algo funcionó mal, quedó atrapado en el campo magnético de la Tierra. Vino aquí, al sur, sin gobierno probablemente, circunvalando el polo magnético. Hubo probablemente una fuerte nevada, así como un acarreo de materiales de los ventisqueros, y volvió a nevar mientras el continente se helaba: El torbellino debió de ser allí particularmente fuerte, ya que el viento lanzaba un compacto manto blanco sobre el borde de esa montaña, ahora enterrada.

“La nave chocó al avanzar con una masa de granito y quedó destrozada. Aunque no murieron todos los pasajeros, el aparato debió de quedar estropeado y su mecanismo de impulsión bloqueado. Norris cree que lo atrapó el campo magnético de la Tierra.

“Uno de los pasajeros salió de la nave. El viento que soportamos allí nunca bajó de los 41 kilómetros por hora y la temperatura nunca excedió los -60º. Luego, el viento debió arreciar. Y la nevada caía en maciza sábana. Ese ser debió de extraviarse a diez pasos de distancia.

McReady hizo una breve pausa, y su grave y firme voz dejó paso al zumbido del viento en las alturas y al incómodo y malicioso gorgoteo en la chimenea del hornillo de la cocina.

El viento, un viento ventisquero, soplaba en lo alto. Ahora, la nieve recogida por las murmurantes ráfagas caía en líneas parejas y cegadoras sobre la parte delantera del sepultado campamento. Si un hombre salía de los túneles que unían los edificios subterráneos del campamento, se perdía a diez pasos de distancia. Afuera, el dedo delgado y negro del mástil radio telefónico se erguía a 100 metros de altura, y más arriba estaba el claro cielo nocturno. Un cielo de viento débil y gimiente que cubría el manto lamiente y enroscado del alba. Y, al norte, llameaban en el horizonte los extraños y airados colores del crepúsculo de la medianoche. Eso era la primavera a 100 metros de altura sobre la Antártida.

En la superficie, estaba la muerte blanca. Una muerte en que los dedos, helados y rígidos como agujas, rehuían el viento y absorbían el calor de todas las cosas tibias. El frío... y una blanca niebla del interminable nevar de los ventisqueros, de las muy finas partículas de nieve que lo lamían todo y oscurecían todas las cosas.

Kinner, el pequeño cocinero con cicatrices en el rostro, se estremeció. Cinco días antes había salido a la superficie para ir a un escondrijo de carne helada. Llegó a él, inició el regreso... y, de pronto, surgió del sur el viento ventisquero. La fría y blanca muerte que cruzaba el suelo lo cegó en veinte segundos. Prosiguió la marcha a ciegas, describiendo círculos. Transcurrió media hora antes de que unos hombres, guiados desde abajo con una cuerda, lo hallaran en la impenetrable lobreguez.

Le era fácil a un hombre -o a un ser- extraviarse a diez pasos.

-Y el viento era entonces, probablemente, más impenetrable de lo que creemos.

La voz de McReady le evocó a Kinner el bienvenido y húmedo calor del edificio de la administración.

-El pasajero de la nave tampoco estaba preparado, según parece. Se heló a tres metros del misterioso aparato.

“Cavamos para encontrar la nave y nuestro túnel dio por casualidad con aquel ser... helado. El hacha para el hielo de Barclay le golpeó el cráneo.

“Cuando vimos lo que era, Barclay volvió al tractor y encendió el fuego y, cuando empezó la presión del vapor, llamó a Blair y al doctor Copper. El propio Barclay estaba enfermo, entonces. En realidad, estuvo enfermo durante tres días.

“Al llegar Blair y Copper, sacamos a aquel ser metido en un bloque de hielo, como ustedes ven, lo envolvimos y lo cargamos en el tractor para volver aquí.

“Queríamos entrar en la nave. Llegamos al flanco de la misma y descubrimos que su metal era desconocido para nosotros. Nuestras herramientas no magnéticas de berilio-bronce no podían afectarlo. Barclay tenía alguna herramienta de acero en el tractor y tampoco eso lo raspaba. Hicimos tests razonables: hasta intentamos algún ácido de los acumuladores, sin resultados. Cuando llegamos a una compuerta casi cerrada, cortamos el hielo a su alrededor. A través de una pequeña hendidura pudimos mirar y vimos que allí sólo había metal y herramientas, de modo que decidimos desprender el hielo con una bomba.

“Teníamos bombas de decanita y de termita. La termita ablanda el hielo; la decanita podía destruir cosas de valor, mientras que el calor de la termita aflojaría simplemente el hielo. El doctor Copper, Norris y yo pusimos una bomba de termita, le hicimos una conexión y llevamos el conector por el túnel hasta la superficie, donde esperaba Blair con el tractor a vapor. A cien metros al otro lado de aquel muro de granito hicimos estallar la bomba de termita.

“El metal de la nave, que era seguramente una aleación con un noventa y cinco por ciento de magnesio, se incendió. El resplandor de la bomba fulguró y se extinguió; luego, empezó a brillar de nuevo. Volvimos corriendo al tractor y gradualmente el resplandor se acentuó. Desde donde estábamos pudimos ver todo el témpano, iluminado desde abajo por una luz insoportable: la sombra de la nave era un gran cono oscuro que llegaba hasta el norte, donde la luz crepuscular había desaparecido casi. Aquello duró un instante, y contamos otras tres sombras que debían de ser pasajeros helados allí. Luego, los hielos se abatieron sobre la nave.

“No sé cómo, en el cegador infierno, pudimos ver grandes objetos inclinados, moles negras. Aquellos debían de ser los motores, lo sabíamos. Secretos que se diluían en una radiación flamígera..., secretos que habrían podido darle al hombre los planetas. Cosas misteriosas que podían levantar y arrojar esa nave... y que se habían impregnado de la fuerza del campo magnético de la Tierra.

“El aislamiento, algo, cedió. El campo magnético de la Tierra, que había impregnado los motores, quedó libre. La aurora cayó en el cielo, y la meseta entera quedó bañada en un fuego frío que impedía la visión. El hacha para hielo que tenía en la mano se calentó al rojo. Los botones de metal de mis ropas me quemaron, y un relámpago azulado saltó hacia arriba desde más allá de la pared de granito.

“Luego, las murallas de hielo se desplomaron sobre aquello. Por un momento, chilló como el hielo seco cuando es oprimido entre metales.

“Estábamos a ciegas y durante horas vagamos a tientas por las tinieblas mientras nuestros ojos se reponían. Descubrimos que todas las bobinas, dinamos y receptores radiotelefónicos, auriculares y altavoces, en un kilómetro y medio a la redonda, estaban fundidos. De no haber tenido el tractor a vapor, no habríamos llegado al campamento secundario.

“Van Wall levantó el vuelo del Gran Imán al salir el sol, como ustedes saben. Volvimos a la base lo antes posible. Esta es la historia de... eso.

La gran barba de bronce de McReady señaló el objeto que estaba sobre la mesa.

2

Blair se movió con malestar, y sus pequeños dedos huesudos se retorcieron bajo la fuerte luz. Las pequeñas manchas marrones de sus nudillos se movieron hacia atrás y adelante, mientras los tendones temblaban bajo su piel. Apartó un fragmento de lona embreada y miró con impaciencia el oscuro objeto rodeado de hielo que estaba dentro.

El corpachón de McReady se irguió. Ese día había viajado sesenta kilómetros en el tractor que se balanceaba y trepitaba, avanzando hacia el Gran Imán. Hasta su serena voluntad era apremiada por la ansiedad de volver a confundirse con seres humanos. Reinaba la calma y el silencio en el campamento secundario, donde un viento-lobo llegaba ululando desde el polo. El viento-lobo aullaba en sus sueños: el viento zumbaba y el maligno y execrable rostro de aquel monstruo miraba de soslayo, tal como él lo viera por primera vez a través del hielo límpido y azul, con un hacha de bronce hundida en el cráneo.

El gigantesco meteorólogo volvió a hablar.

-El problema es el siguiente -dijo-. Blair quiere examinar ese ser. Deshelarlo y hacer placas microscópicas de sus tejidos. Norris no cree que esté exento de peligros, y Blair sí. El doctor Copper está de acuerdo con Blair. Norris, naturalmente, es un físico y no un biólogo. Pero hace hincapié en un punto que todos debemos oír. Blair ha descrito las formas de vida microscópicas que los biólogos llaman vivas, aun en estos parajes tan fríos e inhospitalarios. Se hielan en cada invierno y se deshielan en cada verano, durante tres meses, y viven.

“Lo que hace notar Norris es que se deshielan y reviven. Debe de haber existido vida microscópica vinculada a ese ser. La hay en todos los seres vivos que conocemos. Y Norris teme que pongamos en libertad una plaga, alguna enfermedad con gérmenes desconocidos para la Tierra, si deshelamos a esos seres microscópicos que han estado congelados ahí durante veinte millones de años.

“Blair admite que esta microvida puede conservar la facultad de vivir. Los seres inorgánicos, como las células individuales, pueden conservar la vida durante periodos desconocidos cuando se les congela sólidamente. En cuanto al ser en sí, está tan muerto como los mamuts congelados que se encuentran en Siberia. Las formas de vida orgánicas y de desarrollo superior no pueden soportar ese tratamiento.

“Pero la microvida pudo hacerlo. Norris insinúa que podemos liberar alguna forma de enfermedad contra la cual el hombre, por no conocerla, sería totalmente impotente.

“La respuesta de Blair es que quizá existen estos gérmenes vivos aún, pero que Norris ha planteado el asunto a la inversa. Distan mucho de ser absolutamente inmunes al hombre. Nuestra química de la vida, probablemente...

-¡Probablemente!

El pequeño biólogo irguió la cabeza con un movimiento rápido, propio de un pájaro. La aureola de cabellos grises que le rodeaban la calva se encrespó, como irritado.

-Oiga... Una mirada...

-Lo sé -confesó McReady-. Ese ser no es terrestre. Parece imposible que pueda tener una química vital suficientemente semejante a la nuestra como para que el contagio resulte posible, ni aun en forma remota. Yo diría que no hay peligro.

McReady miró al doctor Copper. Éste movió lentamente la cabeza.

-Ninguno -afirmó, con aire confiado-. El hombre no puede contagiar ni ser contagiado por gérmenes que viven en parientes tan lejanos como las serpientes. Y éstas se hallan, se lo aseguro a ustedes -y el rostro pulcramente afeitado del doctor Copper hizo una mueca de malestar-, mucho más cerca de nosotros que... eso.

Vance Norris se movió con irritación. Era relativamente bajo en aquella reunión de hombres altos; medía menos de metro setenta y su complexión rechoncha y vigorosa tendía a dar la impresión de que era más bajo aún. Si McReady era un hombre de bronce, Norris era todo acero. Sus movimientos, sus pensamientos, todo su porte tenía el ágil y duro impulso de un resorte de acero. Sus nervios eran acero, enérgico y rápido para obrar, rápido para corroerse.

Se había decidido ahora sobre la posición por la cual abogaría y fustigó en su defensa con un fluir característico, veloz y cortado de palabras:

-¡Al diablo con la química distinta! Ese ser quizá esté muerto, o quizá no lo esté; pero no me gusta. ¡Maldita sea, Blair! Muéstreles el monstruo que está cuidando ahí. Muéstreles esa cosa sucia y que decidan por sí mismos si quieren que eso se deshiele en este campamento.

“Y a propósito... Tiene que deshelarse esta noche en una de las cabañas, si queremos que se deshiele. Alguien... ¿quién está de guardia hoy? ¡Ah, Connant! Habrá rayos cósmicos esta noche. Bueno, usted tiene que velar a esa momia suya de veinte millones de años. Desenvuélvala, Blair. ¿Cómo diablos pueden saber qué compran si no lo ven? Quizá esto tenga una química distinta. No sé qué otra cosa tiene, pero sé que tiene algo que no quiero. A juzgar por la expresión de su fisonomía, y no es humana, de modo que quizá ustedes no puedan juzgarla, estaba irritado cuando se congeló. Decir irritado, en realidad, es lo más aproximado a sus sentimientos, los de un odio frenético, loco, demencial. ¿No han visto esos tres ojos encarnados y esos cabellos azules que parecen gusanos que se arrastran? Nada de lo engendrado en la Tierra tiene la indecible sublimación de la devastadora ira que ese ser exhibió en su semblante al contemplar a su alrededor la helada desolación terrestre, hace veinte millones de años. ¿Loco?. Su locura era bastante evidente... ¡una locura quemante y ampollante!

“¡Qué demonios! He tenido constantes pesadillas desde que contemplé esos tres ojos encamados. Pesadillas... Soñé que ese ser se deshelaba y resucitaba... que no había estado muerto y ni siquiera totalmente inconsciente durante esos veinte millones de años, sino sólo detenido, esperando..., esperando. También ustedes soñarán, mientras que ese maldito ser que la Tierra no quiso poseer gotea, gotea esta noche en la Casa del Cosmos.

“Y usted, Connant… -dijo Norris, volviéndose rápidamente hacia el especialista en rayos cósmicos-; usted se divertirá pasándose la noche desvelado en el silencio. El viento gime arriba..., y eso gotea... -y Norris se interrumpió por un momento y miró a su alrededor-. Lo sé. Eso no es ciencia. Pero es psicología. Ustedes tendrán pesadillas durante un año más. Todas las noches desde que miré eso las tuve. Por eso lo odio, por cierto que lo odio, y no quiero tenerlo cerca. Vuelvan a ponerlo en el lugar del que proviene y que se congele durante otros veinte millones de años. He tenido algunas bonitas pesadillas... he soñado que ese ser no era como nosotros, lo cual es evidente, sino de una carne distinta, que eso puede realmente controlar. Que puede cambiar de forma y parecer un hombre... y esperar el momento de matar y comer...

“Eso no es un argumento lógico. Sé que no lo es. Pero ese ser, de todos modos, no tiene una lógica terrena.

“Quizá tenga una química corporal extraña, y sus gérmenes una química orgánica extraña. Un germen tal vez no soporte eso, pero... ¿qué les parece un virus, Blair y Copper? Ustedes dicen que un virus sólo es una molécula de enzima. Le bastaría una molécula de proteína de cualquier cuerpo para trabajar con ella.

“¿Y cómo pueden estar tan seguros de que, del millón de variedades de vida microscópica que eso pueda tener, ninguna de ellas es peligrosa? ¿Qué me dicen de enfermedades como la hidrofobia, que ataca a todos los animales de sangre caliente, sea cual fuere la química de su cuerpo? ¿Y de la psitacosis? ¿Tiene usted un cuerpo como el del loro, Blair? ¿Y la descomposición común... la gangrena... si se quiere? ¡Ese ser no es exigente en cuanto a la química del cuerpo!

Blair alzó los ojos en medio de la perorata y su mirada se encontró por un momento con los ojos airados y grises de Norris.

-Hasta ahora, lo único de contagioso que a su entender causó ese ser fueron los sueños. Llegaré a admitirlo.

Una sonrisa traviesa y algo perversa iluminó el rostro cubierto de cicatrices del hombrecillo.

-También yo lo tuve. Eso es. Ese ser contagia sueños. Sin duda, una enfermedad peligrosísima.

“En cuanto a sus demás cosas, ustedes tienen una idea lamentablemente errónea sobre los virus. En primer lugar, nadie ha demostrado que la teoría de la enzima-molécula, y sólo eso, los explique. Y en segundo lugar, cuando ustedes contraigan la enfermedad del tabaco o la herrumbre del trigo, avísenme. Una planta de trigo está mucho más cerca de la química del cuerpo de ustedes que este ser de otro mundo.

“Y la hidrofobia de ustedes es limitada, rigurosamente limitada. Ustedes no pueden contagiársela de una planta de trigo o un pez... Aunque éste es un descendiente colateral de un ascendiente común de ustedes, ni contagiársela a ellos. Un ascendiente de éste, Norris, no es.

Blair señaló con la cabeza el bulto envuelto en lona embreada que se hallaba sobre la mesa.

-Bueno, deshiele ese maldito ser en un tubo de formalina, si hace falta. He insinuado que...

-Y yo he dicho que eso no tendría sentido. No se puede transigir. ¿Por qué han venido aquí usted y el comandante Garry a estudiar el magnetismo? ¿Por qué no se conformaron con quedarse en su país? Hay bastante fuerza magnética en Nueva York. Me sería tan imposible estudiar la vida que tuvo en otros tiempos este ser, basándome en una muestra conservada en formalina, como a ustedes obtener la información que querían en Nueva York Y... ¡si a ésa se la trata así, nunca, en tiempos futuros, podrá haber un facsímil! La raza de la cual proviene debió de desaparecer durante los veinte millones de años que se pasó congelado, de modo que aunque proviniera de Marte, nunca encontraríamos nada semejante. Y... la nave ha desaparecido.

“Sólo se puede hacer una cosa... y es lo mejor. Hay que deshelar eso lenta y cuidadosamente, y no en formalina.

El comandante Garry volvió a adelantarse y Norris retrocedió, murmurando con enojo:

-Creo que Blair tiene razón, caballeros. ¿Qué opinan ustedes?

-Nos parece conveniente, en mi opinión... Sólo que quizás él deba vigilarlo mientras se deshiela.

Y sonrió lastimeramente, apartándose un mechón del color de la cereza madura caído sobre su frente.

-Buena idea, en realidad... si él se queda velando junto a su hermano cadáver.

Ansiosamente, Blair estaba desatando las cuerdas. Un solo tirón de la lona embreada y dejó al descubierto aquel ser. El hielo se había derretido un poco con el calor de la habitación y era límpido y azul como un buen cristal grueso. Brillaba, húmedo y bruñido, bajo la áspera luz del globo de vidrio sin pantalla que pendía de arriba, en el techo.

Todos se tornaron repentinamente rígidos. Aquello estaba boca arriba sobre las rústicas y grasientas tablas de la mesa. El roto mango del hacha de bronce para hielo estaba sepultado en el extraño cráneo. Los tres ojos frenéticos, llenos de odio, brillaban con un fuego vivo, relucientes como sangre recién derramada, desde un rostro enmarcado por un nido repulsivo de gusanos que se retorcían, de azules y móviles gusanos que se arrastraban donde debía crecer el pelo...

Van Wall, un piloto de metro ochenta de estatura y casi cien kilos de peso, con nervios habituados al hielo, dejó escapar una exclamación extraña y estrangulada y salió tambaleándose al pasillo. La mitad del grupo se dirigió hacia las puertas. Los demás de alejaron a tropezones de la mesa.

McReady estaba de pie cerca de la mesa observándolos, el corpachón sólidamente plantado sobre las vigorosas piernas. Norris, desde el otro extremo, contemplaba fijamente a aquel ser, con odio feroz. Fuera, Garry hablaba con media docena de hombres a un tiempo.

Blair tomó un martillo. El hielo que servía de envoltura al ser se deshizo rápidamente bajo su contacto, abandonando aquello que le protegiera durante veinte mil millares de años...





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