Qiu xiaolong



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QIU XIAOLONG

MUERTE DE UNA HEROÍNA ROJA

SERIE DEL INSPECTOR CHEN CHAO 1

CAPÍTULO 1

El 11 de mayo de 1990 encontraron el cuerpo a las cinco me­nos veinte de la tarde en el canal Baili, un lugar poco fre­cuentado a unos treinta kilómetros al oeste de Shanghai.

De pie, junto al cuerpo, Gao Ziling, el capitán del buque Vanguardia, escupió tres veces con fuerza sobre la tierra hú­meda. Un intento desganado de conjurar los espíritus malig­nos del día, un día que había empezado con la reunión, du­rante tanto tiempo anhelada, de dos amigos que llevaban más de veinte años sin verse.

Era una pura casualidad que el Vanguardia, una patru­llera guardacostas del Departamento de Seguridad Fluvial de Shanghai, se hubiera aventurado hasta el canal Baili, al que llegó alrededor de las una y media. No solía acercarse a aque­lla zona. Ese paseo, tan poco habitual, se debía a una insinua­ción de Liu Guoliang, el viejo amigo al que Gao no había vuelto a ver desde los años del instituto, donde habían sido buenos compañeros. Tras acabar los estudios, a principios de los años sesenta, Gao empezó a trabajar en Shanghai y Liu emprendió una carrera en la Universidad de Beijing antes de marcharse a un centro de experimentación nuclear en la pro­vincia de Qinghai. Durante la Revolución Cultural perdieron el contacto. Ahora Liu había venido a Shanghai para presen­tar un proyecto a una empresa estadounidense y, entretanto, se había tomado un día libre para encontrarse con Gao. Vol­ver a verse después de tantos años era un acontecimiento gra­to que los dos habían estado esperando.

La idea surgió cerca del puente de Waibaidu, allí donde confluyen las aguas del río Suzhou y del río Huangpu, cuya línea divisoria puede verse a la luz del sol. El Suzhou estaba todavía más contaminado que el Huangpu. Parecía una lona alquitranada que contrastaba con el azul claro del cielo. A pe­sar de la agradable brisa de verano, las aguas del río apesta­ban. Gao no paraba de disculparse. Debería haber elegido un lugar más en consonancia con la ocasión, como el Salón de Té en Medio del Lago, por ejemplo, en la Ciudad Vieja de Shan­ghai, para poder disfrutar de una plácida tarde en la que con­versar de tantas y tantas cosas frente a un exquisito juego de tazas y platillos de té con la vibrante música de pipa y sanxun de fondo. Gao, sin embargo, no podía dejar el Vanguar­dia por un día, y ninguno de sus compañeros había querido cambiarle el turno.

Al ver las aguas llenas de lodo, en las que flotaban detri­tos tales como botellas de plástico, latas de cerveza vacías, en­vases y paquetes de cigarrillos aplastados, Liu sugirió que continuaran navegando en busca de otro lugar donde pescar. El río había cambiado hasta tal punto que apenas lo recono­cían, aunque ellos, los dos amigos, no habían cambiado tanto. Y la pesca era una pasión que habían compartido en sus años de instituto.

En Qinghai he echado de menos el sabor de la carpa —confesó Liu—.

Gao cogió al vuelo la insinuación. No tendría problemas para explicar que había bajado por el río como parte de una inspección rutinaria, y podría, además, hacer gala de sus ha­bilidades como capitán. Así que propuso salir rumbo a Baili, una derivación del río Suzhou, a unos ciento diez kilómetros al sur del puente Waibaidu. El canal Baili aún no había pade­cido los efectos de las reformas económicas de Deng Xiaoping. Se mantenía apartado de las carreteras principales y a varios kilómetros del pueblo más cercano. Sin embargo, no les resultó fácil llegar hasta allí por el río. Pasada la impo­nente refinería oriental que dominaba Wusong, el paso se es­trechaba, y algunos tramos eran tan poco profundos que la navegación se hacía casi imposible. Tuvieron que abrirse ca­mino echando a un lado las ramas que sobresalían, y tras grandes esfuerzos, por fin llegaron a un área de aguas entur­biadas por arbustos y altas hierbas.

Por fortuna, Baili resultó ser el lugar maravilloso que Gao había prometido. Era pequeño, pero el nivel del agua era bueno gracias a las lluvias del mes anterior. Los peces abundaban, pues el canal apenas estaba contaminado. En cuanto lanzaron los cebos, notaron que empezaban a picar, y al poco rato comenzaron a recoger los sedales. Los peces daban saltos y caían dentro del bote boqueando y retorcién­dose.

Mira éste —Liu señalaba un pez que coleaba a sus pies—. Pesa más de una libra.

Fabuloso —dijo Gao—. Parece que nos has traído suer­te.

Minutos después, Gao también quitaba el anzuelo de un robalo con la uña del pulgar.

Feliz, volvió a lanzar el hilo con un movimiento experto de la muñeca. Antes de que hubiera recogido la mitad, algo dio a su hilo un tirón formidable. La caña se arqueó y una enorme carpa saltó en el aire bajo los destellos del sol.

No tenían mucho tiempo para conversar. El tiempo co­rría hacia atrás mientras las escamas plateadas titilaban bajo la luz dorada del sol. Veinte minutos..., o veinte años. Habían vuelto a los viejos tiempos. Dos alumnos del insti­tuto, sentados uno al lado del otro, conversando, bebiendo y lanzando los anzuelos como si el mundo colgara de sus hilos.

¿A cuánto se vende una libra de carpa? —Preguntó Liu, que ahora sostenía otra más en las manos—. ¿Una de este tamaño?

Yo diría que por lo menos a treinta yuanes.

Ya tengo más de cuatro libras. Suman unos cien yuanes, ¿no? —dijo Liu—. Llevamos aquí sólo una hora y lo que he pescado vale más que el salario de una semana.

¡Qué dices! ¿Bromeas? —exclamó Gao mientras le quitaba el anzuelo a un percasol—. ¡Un ingeniero nuclear de tu reputación!

Es la pura verdad. Debería haberme dedicado a la pes­ca en la región al sur del río Yangtsé —Liu meneaba la cabe­za—En Qinghai, a veces, pasamos meses sin probar pescado.

Liu había trabajado veinte años en una región desértica donde los campesinos locales seguían una venerable tradición que consistía en servir un pescado tallado en madera para ce­lebrar la Fiesta de Primavera. El carácter chino para "pez" también puede significar excedente, un signo de suerte para el nuevo año. Se habría olvidado su sabor, pero no la tradi­ción.

No me lo puedo creer —se indignó Gao—. El gran científico que fabrica bombas nucleares gana menos que un insignificante vendedor ambulante de huevos cocidos en té. ¡Es una vergüenza!

Así es la economía de mercado —añadió Liu—. El país cambia, y cambia en la dirección correcta. La gente vive me­jor.

Pero es una injusticia... Quiero decir, en tu caso.

Bueno, actualmente no puedo quejarme demasiado. ¿Te puedes imaginar por qué no te escribí durante los años de la Revolución Cultural ?

No, ¿por qué?

Me acusaron de intelectual burgués y me encarcelaron durante un año entero. Incluso, después de ser liberado, se­guía siendo un personaje "políticamente turbio", de forma que no quise comprometerte.

Siento mucho lo que me comentas —dijo Gao—, pero tendrías que haberme informado. En realidad, lo podría ha­ber imaginado al ver que me devolvían las cartas.

Todo eso ya pasó —respondió Liu—. Aquí estamos de nuevo, juntos, pescando y desquitándonos de los años perdi­dos.

¿Sabes? —apuntó Gao queriendo cambiar de tema—, tenemos bastante para preparar una buena sopa.

Una sopa maravillosa. ¡Mira, tengo otro! —exclamó Liu y comenzó a tirar del hilo que traía una perca—. ¡Mide casi treinta centímetros!

Mi señora no es una intelectual, pero sabe cocinar ex­celentes sopas de pescado. Con unas tajadas de tocino de Jinhua, una pizca de pimienta negra y un par de cebolletas ver­des. ¡Vaya sopa más sabrosa!

Tengo muchas ganas de conocerla.

Para ella tú no eres un extraño. Le he enseñado muchas veces una foto tuya.

Sí, aunque de hace veinte años —dijo Liu—. ¿Cómo podría reconocerme en una foto de los tiempos del instituto? ¿Recuerdas ese famoso verso de He Zhizhang «Mi acento no ha cambiado, pero mi pelo ha encanecido»?

El mío también —reconoció Gao—.

Había llegado la hora de regresar.

Gao retomó el timón. El motor empezó a vibrar y a re­chinar. Lo aceleró al máximo. El tubo de escape escupió un humo negro, pero el bote no se movió. El capitán Gao se ras­có la cabeza y se volvió hacia su amigo como pidiendo discul­pas. No alcanzaba a entender qué pasaba. El canal era estre­cho, y no obstante, bastante profundo. Era imposible que la hélice, protegida por el timón, se hubiese atascado en el fon­do. Quizá algo había quedado prendido, una red de pesca des­garrada o un cable suelto. Lo primero era poco probable, pues el canal era demasiado angosto para que los pescadores lan­zaran sus redes; pero si el problema se debía a un cable, sería difícil desenredarlo para liberar la hélice.

Gao apagó el motor y dio un salto hasta la orilla. Tampo­co consiguió situar el problema, por lo que empezó a sondear el agua turbia con un largo palo de bambú que acababa de comprar a su mujer para colgar la ropa en el balcón. Al cabo de unos minutos, dio con algo cerca de la quilla. Parecía un objeto blando, más bien grande y pesado.

Gao se quitó el pantalón y la camisa, y entró en el agua. No le costó dar con el bulto, pero tardó varios minutos en arrastrarlo por el agua y llevarlo hasta la orilla. Era una bol­sa grande de plástico negro. Estaba cerrada con una cuerda. Gao desató el nudo con cierta cautela y se inclinó para mirar en el interior.

¡Diablos! —maldijo—.

¿Qué pasa?

Mira esto. ¡Pelo!

Liu se inclinó y se quedó de piedra. Era el pelo de una mu­jer muerta y desnuda. Con ayuda de Liu, Gao sacó el cuerpo de la bolsa y lo pusieron boca arriba sobre la tierra.

La mujer no podía llevar demasiado tiempo en el agua. Su rostro, aunque ligeramente hinchado, era joven y agradable. Unas briznas verdes de junco se habían enredado en su mata de pelo oscuro. El cuerpo era de un blanco fantasmal, con los pechos fláccidos y las piernas fornidas. El negro vello púbico estaba mojado.

Gao volvió rápidamente al bote, sacó una manta vieja y la lanzó sobre el cadáver. Fue lo único que atinó a hacer en ese momento. Luego rompió el palo de bambú en dos tro­zos. Era una lástima, pero ahora traería mala suerte. No so­portaba la idea de que su mujer lo usara todos los días para tender la ropa.

¿Qué haremos? —preguntó Liu—.

No podemos hacer nada. No toques nada. Hay que de­jar el cuerpo así hasta que venga la policía.

Gao sacó su teléfono móvil. Vaciló antes de marcar el nú­mero de la policía de Shanghai. Tendría que redactar un in­forme y relatar cómo había encontrado el cuerpo, pero ante todo, tendría que explicar qué hacía él allí a esa hora del día y con Liu a bordo. Se suponía que estaba de turno, cuando, en realidad, había salido a divertirse con un amigo mientras pes­caban y bebían. Con todo, decidió que contaría la verdad. No le quedaba otra alternativa. Marcó el número.

Inspector Yu Guangming, de la brigada de asuntos es­peciales —contestó una voz—.

Soy el capitán Gao Ziling, del Vanguardia, Departamento de Seguridad Fluvial de Shanghai. Quiero informar de un homicidio. Se ha encontrado un cuerpo en el canal Baili. El cuerpo de una mujer joven.

¿Dónde está el canal Baili?

Al oeste de Qingpu, pasada la papelera número dos de Shanghai, a unos once o doce kilómetros.

Espere un momento —dijo el inspector Yu—. Déjeme ver si hay alguien disponible.

El capitán Gao se iba poniendo cada vez más nervioso a medida que se prolongaba el silencio al otro lado del teléfo­no.

Nos han informado de otro asesinato después de las cuatro y media —dijo finalmente el inspector Yu—Todo el mundo está fuera/incluso el inspector jefe Chen, pero iré yo. Supongo que usted sabrá lo suficiente para no meter la pata. Espéreme ahí.

Gao miró su reloj. El inspector tardaría al menos dos ho­ras en llegar, sin contar el tiempo que tendría que pasar con él después. Luego los requerirían como testigos, y entonces era probable que tuvieran que ir a la comisaría para decla­rar.

El tiempo era muy agradable y la temperatura suave. Las nubes se desplazaban perezosamente por el cielo. Gao vio un sapo oscuro que saltaba dentro de una grieta entre las rocas. Su lomo gris resaltaba sobre el color blanco hueso de la pie­dra. Un sapo también podía ser un bicho de mal agüero. Gao volvió a escupir. Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho.

Suponiendo que consiguieran llegar a casa para la cena, los peces llevarían horas muertos. Era un detalle importante a la hora de preparar una sopa.

Lo siento mucho —se disculpó Gao—. Debería haber elegido otro lugar.

Como afirma nuestro antiguo sabio: «Ocho o nueve veces de cada diez, las cosas de este mundo saldrán mal» — respondió Liu con renovada ecuanimidad—. Nadie tiene la culpa.

Mientras volvía a escupir, Gao observó los pies de la mu­jer muerta que asomaban fuera de la manta. Unos pies blan­cos y hermosos, con las plantas arqueadas, los dedos bien for­mados y las uñas pintadas de rojo.

Entonces se fijo en los ojos vidriosos de una carpa muer­ta que flotaba en el cubo. Por un instante, tuvo la sensación de que el pez lo miraba impasible. Su vientre era de un blan­co espectral y estaba hinchado.

Nunca olvidaremos el día en que volvimos a encon­trarnos —dijo Liu—.
CAPÍTULO 2

A las cuatro y media de aquel día el inspector jefe Chen Cao, responsable de la brigada de asuntos especiales de la División de Homicidios del Departamento de Policía de Shanghai, no sabía nada del caso.

Era un viernes por la tarde y hacía un calor sofocante. De vez en cuando él oía cantar a las cigarras en un álamo frente a la ventana de su flamante piso de una habitación, en la primera planta de un edificio de ladrillos grises. Desde su ventana divisaba el denso tráfico que avanzaba lento por la calle Huaihai, aunque lo suficientemente lejos para evi­tar el ruido. El edificio estaba bien situado, cerca del centro del barrio de Luwan. A pie, tardaba menos de veinte minu­tos en llegar a la calle Nanjing, al norte, o al templo del dios protector de la ciudad, al sur, y en las claras noches de vera­no podía oler la brisa penetrante que llegaba desde las ribe­ras del Huangpu.

El inspector jefe Chen tendría que haberse quedado en el despacho, pero se encontraba solo en su piso, ocupado en la solución de un problema. Recostado en un sofá de cuero, con las piernas estiradas sobre una silla giratoria de color gris, estudiaba una lista escrita en la primera página de una pe­queña libreta. Garabateó unas cuantas palabras, las tachó y se puso a mirar por la ventana. Bajo la luz de la tarde, obser­vó cómo una enorme grúa se recortaba contra el perfil de una obra, a una manzana de distancia. El bloque de pisos aún no estaba terminado.

El problema al que se enfrentaba el inspector jefe, a quien acababan de asignarle un piso, era su fiesta de inauguración. Conseguir un piso nuevo en Shanghai era una ocasión digna de celebrar. Él mismo estaba encantado. Presa de un impulso repen­tino, había enviado las invitaciones, y ahora se preguntaba cómo entretener a sus invitados. Como le había advertido su amigo Lu, alias Chino de ultramar, no bastaría con preparar una simple cena. Un acontecimiento como ése merecía un banquete especial.

Volvió a repasar la lista de invitados. Wang Feng, Lu Tonghao y su mujer Ruru, Zhou Kejia y su mujer Liping. Los Zhou ya habían llamado para avisar que tal vez no irían, por­que debían asistir a una reunión en la Universidad Normal del Este de China. Aun así, más le valía estar preparado para dar de comer a todos.

Sonó el teléfono, instalado sobre el archivador. Se acercó y cogió el auricular.

¿Diga? Soy Chen.

Felicidades, camarada inspector jefe Chen —dijo Lu—. Mmmh, desde aquí huelo los aromas exquisitos de tu nueva cocina.

Espero que no llames para decir que vas a llegar tarde, Chino de ultramar. Sabes que cuento contigo.

Por supuesto que vamos. Sólo que al pollo del mendi­go todavía le quedan unos minutos en el horno. Te garantizo que comerás el mejor pollo de Shanghai. Cocinado única­mente con agujas de pino de las Montañas Amarillas. Ya ve­rás qué sabor tan especial. No te preocupes, por nada del mundo nos perderíamos la fiesta de inauguración de tu piso. Eres un tipo con mucha suerte.

Gracias.

No te olvides de poner unas cuantas cervezas en la ne­vera, y los vasos también. Notarás la diferencia.

Ya he puesto media docena de botellas Qingdao y Bud, y no pondré a calentar el vino de arroz Shaoxing hasta que lleguéis. ¿Te parece bien?

Pues ahora puedes considerarte casi un gourmet. Tal vez lo seas. Desde luego, no se puede negar que aprendes rá­pido.

Típico de Lu. Al otro lado del teléfono, Chen percibía en la voz de su amigo el entusiasmo que se apoderaba de él cuan­do había una cena de por medio. Nunca hablaba más de unos minutos sin que llevara la conversación a su tema predilecto, la comida.

Con el Chino de ultramar como maestro, algo tenía que hacer.

Esta noche, después de la fiesta, te daré una nueva re­ceta —anunció Lu—. ¡Qué suerte, camarada inspector jefe! Tus grandes ancestros habrán quemado varas de incienso al dios de la Fortuna, y también al de la Cocina.

La verdad es que mi madre lleva tiempo quemando in­cienso, pero no sé a qué dios en particular.

Yo sí lo sé, a Guanyin. Recuerdo que en una ocasión la vi postrarse ante una estatua de tierra cocida. Habrá sido hace más de diez años, y se lo pregunté.

Según Lu, el inspector jefe Chen había caído bien en el regazo de la Fortuna, bien de cualquier otro dios de la mi­tología china que trajera suerte. Al contrario de la mayoría de los de su generación, y a pesar de ser un "joven instrui­do" que había terminado sus estudios en el instituto, a Chen no lo enviaron al campo a comienzos de los años se­tenta "para ser reeducado por los campesinos pobres y de clase media—baja". En su condición de hijo único, le per­mitieron quedarse en la ciudad, y él se dedicó a estudiar in­glés por su cuenta. Al acabar la Revolución Cultural, Chen ingresó en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Beijing con una muy buena nota en inglés en el examen de selec­ción, para después conseguir un empleo en el Departa­mento de Policía de Shanghai. Y ahora, una prueba más de su suerte: en una ciudad superpoblada como Shanghai, con más de trece millones de habitantes, la escasez de vivienda era un problema grave. Sin embargo, le habían asignado un piso privado.

El problema de la vivienda en Shanghai tenía una larga historia. Durante la dinastía Ming, Shanghai no era más que una pequeña aldea de pescadores. Con el tiempo, se había con­vertido en una de las ciudades más prósperas del Lejano Oriente: empresas e industrias extranjeras brotaban como re­toños de bambú después de una lluvia de primavera; y, como consecuencia, llegaba gente de todas partes. Bajo el dominio de los señores de la guerra en el norte y de los gobiernos na­cionalistas, la vivienda no logró crecer al mismo ritmo que la población. Con la llegada de los comunistas al poder en 1949, la situación cobró un giro inesperado: el Presidente Mao fo­mentó las familias numerosas, llegando incluso a ofrecer ayu­das alimentarias y guarderías gratuitas. Las consecuencias no tardaron en volverse desastrosas. Por aquel entonces, se obli­gaba a dos o tres generaciones de una misma familia a com­partir una sola habitación de doce metros cuadrados. La vi­vienda pronto se convirtió en un problema candente para las "unidades laborales" del pueblo (es decir, empresas, oficinas, colegios, hospitales o comisarías de policía) que administra­ban una cuota anual de viviendas asignadas por las autorida­des municipales y se encargaban de decidir a qué empleados se asignaban los pisos. La satisfacción de Chen se debía, en parte, a que había obtenido el piso gracias a la intervención especial de su unidad laboral.

Mientras preparaba el ágape y cortaba unos tomates para la guarnición, Chen recordó la canción que entonaban bajo el retrato del Presidente Mao en la escuela primaria, una can­ción que había sido muy popular en los años sesenta: La bon­dad del Partido me alegra el corazón. En su piso, en cambio, no había ningún retrato del Presidente Mao.

No era un piso lujoso. No tenía una cocina de verdad, sólo un pasillo estrecho con un par de fogones en un rincón y un pequeño armario fijado a la pared. Tampoco contaba con un au­téntico cuarto de baño: un cubículo que daba justo para un re­trete y una placa de cemento con una ducha de acero inoxi­dable. Por supuesto, nada de agua caliente. Ahora bien, había un balcón que podía servir de trastero para guardar baúles de mimbre, paraguas viejos y escupideras de cobre oxidadas, o cualquier cosa que no se pudiera dejar en la sala. Pero él no tenía ese tipo de objetos, de modo que en el balcón había puesto una silla plegable de plástico y un par de estanterías.

Le parecía que el piso se adecuaba a sus necesidades.

En el trabajo algunos se habían quejado de sus privile­gios. Para quienes habían cumplido más años de servicio o tenían familias numerosas y seguían en la lista de espera, la reciente asignación de aquel piso al inspector jefe Chen era otra muestra de la injusta política de renovación de cuadros, y él lo sabía. Pero decidió no pensar en lo ingratas que eran esas protestas. Debía concentrarse en el menú de esa noche.

No tenía demasiada experiencia en preparar fiestas. Con un libro de cocina en la mano, se limitó a las recetas del capí­tulo Preparación fácil, pero hasta ésas exigían un tiempo con­siderable. No obstante, plato tras plato fueron apareciendo vistosamente en la mesa, lo que provocó que la sala se llena­se de una agradable mezcla de aromas.

Hacia las seis menos diez ya había terminado. Se frotó las manos, bastante satisfecho con los resultados de su trabajo. Como platos principales, había callos en un lecho de verde napa, delgadas lonchas de carpa sobre unas finas hojas de/icai y gambas peladas al vapor con salsa de tomate. También había una bandeja de anguilas con puerros y jengibre que ha­bía encargado a un restaurante. Abrió una lata Meiling de cerdo al vapor y le añadió verduras para dejar preparado un plato más. Al lado puso una bandeja pequeña con rodajas de tomate y otra con pepinos. Cuando llegaran los invitados, ha­ría una sopa con el caldo del cerdo en conserva y pepinillos.

Estaba buscando una olla para calentar el vino Shaoxing cuando sonó el timbre.

La primera en llegar fue Wang Feng, joven reportera del Wenhui, uno de los periódicos más influyentes del país. Atractiva, joven e inteligente, poseía todas las cualidades de una periodista de éxito. En ese momento no llevaba su male­tín de cuero negro, sólo traía una enorme tarta de nueces.

¡Felicidades, inspector jefe Chen! —dijo—. Tienes un piso muy espacioso.

Gracias —respondió Chen y le cogió la tarta—.

La invitó a conocer el interior en una breve visita de cin­co minutos. Daba la impresión de que a Wang le agradaba el piso. Miró por todas partes, abrió las puertas de los armarios, entró en el cuarto de baño y se apoyó en la punta de los pies para tocar la tubería y la alcachofa de la ducha.

¡Y además tienes cuarto de baño!

Ya ves, como todos los habitantes de Shanghai siempre he soñado con tener un piso en este barrio —comentó Chen y le ofreció una copa de vino espumoso—.

Hay una vista maravillosa desde la ventana —prosi­guió ella—. Parece un cuadro.

Wang se había apoyado en el marco recién pintado de la ventana, con los pies cruzados y una copa en la mano.

Tú eres quien la convierte en un cuadro.

A la luz del atardecer que se filtraba entre las persianas de plástico, la tez de Wang parecía una porcelana de tonos ma­tes. Tenía ojos claros y almendrados, lo "bastante alargados como para darle ese aire distinto. El pelo negro le caía por la espalda como una cascada. Vestía una camiseta blanca y una falda plisada, con un cinturón ancho de piel de cocodrilo que ceñía su cintura de "avispa emancipada" y que le realzaba los pechos.

"Avispa emancipada". Era una imagen inventada por Li Yu, el último Emperador de la dinastía Tang del sur y, además, poeta brillante que había descrito la belleza admirable de su concubina favorita en célebres poemas. Al Emperador-poeta le angustiaba la idea de que se rompiese su amante en dos si la estrechaba con demasiada pasión. Se decía que la costum­bre de vendar los pies también había comenzado durante el reinado de Li Yu. «En cuestión de gustos, no hay nada escri­to», pensaba Chen.

¿Qué quieres decir? —preguntó Wang—.

«Con su fina cintura, ingrávida, baila sobre la palma de mi mano», pero el famoso verso de Du Mu no basta para ren­dirte justicia —dijo él, modificando la cita al recordar el trá­gico fin de la concubina imperial, la cual, tras la caída de la di­nastía Tang, había muerto ahogada en un pozo—.

¿Más falsos cumplidos copiados de la dinastía Tang, mi inspector jefe poeta ?

Ahora se parecía más a la elocuente mujer que Chen ha­bía conocido en las oficinas del diario Wenhui, y esa idea lo alegró. Wang había tardado mucho tiempo en superar el trau­ma de la huida de su marido, quien aprovechó un viaje de es­tudios a Japón para no volver a China cuando caducó su visa­do. Como era de esperar, para ella fue un golpe difícil de encajar.

Sólo poéticamente —confesó Chen—.

Con este piso nuevo ya no tienes excusa para seguir soltero —Wang vació su copa y echó hacia atrás su larga ca­bellera—.

Bueno, preséntame a una chica.

¿Necesitas mi ayuda?

¿Por qué no? Si estás dispuesta a prestármela —cam­bió de tema—. Pero, cuéntame, ¿cómo te van las cosas? Quie­ro decir... con tu piso. Apuesto a que no tardarás en tener uno propio.

Para eso tendría que ser inspector jefe, una estrella po­lítica en ascenso.

Por supuesto —alzó su copa—. Te lo agradezco mucho.

Pero era verdad lo que decía, al menos hasta cierto punto.

Se habían conocido en un ambiente profesional. A Wang le asignaron un reportaje sobre los "policías del pueblo", y Li, el secretario del Partido en el Departamento de Policía de Shanghai, le mencionó el nombre de Chen. Cuando se entrevis­tó con él en su despacho, Wang mostró más interés por sus acti­vidades nocturnas que por su trabajo durante el día. Chen había traducido varias novelas policíacas occidentales. A la periodista no le entusiasmaba demasiado el género, pero descubrió en ello una perspectiva novedosa para su artículo. Los lectores respon­dieron favorablemente a la imagen de un joven policía que «tra­baja hasta altas horas de la noche traduciendo libros y amplian­do los horizontes de sus conocimientos profesionales mientras la ciudad de Shanghai duerme plácidamente». El artículo des­pertó el interés de un viceministro en Beijing, el camarada Zheng Zuoren, quien creyó haber descubierto en Chen un mo­delo nuevo de policía. En parte gracias a las recomendaciones de Zheng, lo habían ascendido a inspector jefe.

Sin embargo, no era del todo cierto que Chen hubiera decidido traducir novelas policiales para enriquecer sus co­nocimientos profesionales. Se debía más al hecho de que, en aquellos tiempos, trabajando exclusivamente como agente, necesitaba más dinero. También había traducido una colec­ción de poesía imaginista estadounidense, pero la editorial sólo le había ofrecido doscientos ejemplares en lugar de pa­garle por la traducción.

¿Estabas tan segura de las motivaciones que tenía para traducir?

Claro que sí, y así lo decía en ese artículo: el sentido de la dedicación de un policía del pueblo. Wang rió e inclinó su copa a la luz del sol. En ese momento ya no era la periodista seria que había hablado con él, muy erguida en su silla fren­te al escritorio de su despacho y tomando notas en una libre­ta. El tampoco era un inspector jefe, únicamente un hombre que disfrutaba de la compañía de una mujer en su propia casa.

Ha pasado más de un año desde el día en que nos co­nocimos en aquel pasillo de las oficinas del Wenhui —dijo Chen llenando de nuevo las copas—.

«El tiempo es un pájaro./Se posa y alza el vuelo» — contestó—.

Eran versos de un poema de Chen titulado Separación. Fue todo un detalle por su parte recordarlos.

Te habrás inspirado en una separación que no puedes olvidar —prosiguió ella—. En la separación de una persona muy querida.

Su intuición no le fallaba. El poema estaba inspirado en su separación de una gran amiga que tenía en Beijing hacía años, una separación que todavía no olvidaba. Chen nunca se lo había contado a Wang. Ella lo miró por encima del borde de su copa y luego bebió un trago largo con ojos chispeantes.

¿Había un asomo de celos en su voz?

El poema había sido escrito hacía mucho tiempo, pero no quería hablar en ese momento de su significado.

Un poema no tiene por qué versar sobre episodios de la vida del poeta. La poesía es impersonal. Como dijo T. S. Eliot, «La poesía no consiste en expresar una crisis emocio­nal».

¿Qué has dicho? ¿Crisis emocional? —una voz animada interrumpió la conversación—.

Era Lu, el Chino de ultramar, quien tras cruzar el um­bral, entraba ruidosamente en escena. Traía un enorme pollo de mendigo, y con su cara rubicunda y su cuerpo rollizo, era la expresión de la alegría en persona, una alegría realzada por su traje blanco a la moda, con una chaqueta de hombreras bastante gruesas y una llamativa corbata roja. Su mujer, Ruru, delgada como un junco de bambú y de rasgos angulo­sos, llevaba un vestido amarillo muy ceñido y traía una cace­rola de cerámica de color púrpura.

¿De qué estáis hablando? —preguntó ella—.

Lu dejó la comida en la mesa y se tumbó en el flamante sofá de cuero. Los miró con una expresión llena de curiosidad.

Chen se ocupó en sacar el pollo de mendigo de su envol­torio, lo cual le dio una buena excusa para no contestar a la pregunta. Olía de maravilla. Al parecer, la receta nació cuando un mendigo cocinó un pollo envuelto en hojas de loto y arcilla enterrándolo en un lecho de brasas. El resultado era espectacu­lar. Seguro que Lu había dedicado horas en prepararlo.

Chen se fijó en la olla de cerámica.

¿Qué es esto?

Estofado de calamares con cerdo —explicó Ruru—. Lu me ha dicho que era tu plato preferido en el instituto.

Camarada inspector jefe, cuadro del partido en ascen­so y, por si fuera poco, poeta romántico —siguió Lu—, no ne­cesitas para nada mi ayuda con ese nuevo piso, y menos aún con esta chica, bella como una flor, a tu lado.

¿Y ahora qué tonterías dices? —preguntó Wang—.

Nada, sólo hablo de la cena... Huele deliciosamente. Creo que me va a dar algo si no empezamos enseguida.

Siempre es así, con su viejo amigo se olvida de sus mo­dales —explicó Ruru a Wang, a quien ya había visto en otras ocasiones—. Sólo el inspector jefe Chen sigue llamándolo Chino de ultramar.

Son las siete —avisó éste—. Si el profesor Zhou y su mujer no han llegado a esta hora, es que ya no van a venir. Así que podemos empezar.

No había comedor. Con ayuda de Lu y Ruru, Chen insta­ló la mesa y las sillas plegables. Cuando estaba solo, comía en el escritorio, pero había comprado el conjunto de mesa y si­llas plegables para ocasiones como ésa.

La cena fue un gran éxito. Chen había dudado de sus cua­lidades como cocinero, aunque los invitados acabaron todos los platos rápidamente. La sopa improvisada fue muy cele­brada, y Lu incluso le pidió la receta.

Ruru se levantó de la mesa y se ofreció para lavar los pla­tos en la cocina. Chen protestó, pero Lu intervino:

No deberíamos privar a mi buena esposa de esta opor­tunidad, camarada inspector jefe. Deja que demuestre sus vir­tudes domésticas femeninas.

Sois unos machistas —sentenció Wang y acompañó a Ruru a la cocina—.

Lu ayudó a Chen a recoger la mesa, guardó las sobras y preparó una tetera de té wulong.

Tengo que pedirte un favor, viejo amigo —le dijo des­pués de servirse una taza de té—.

¿De qué se trata?

Siempre he soñado con montar un restaurante. Para tener éxito, lo más importante es la ubicación. He dedicado mucho tiempo a buscar un sitio. Ahora tengo una oportuni­dad única en la vida. ¿Conoces el restaurante La Ciudad del Marisco en la calle Shanxi?

Sí, he oído hablar de él.

Resulta que Xin Gen, el propietario, es un jugador em­pedernido. Juega día y noche. No se ocupa de su negocio. To­dos sus cocineros son unos imbéciles. Y ahora el restaurante ha quebrado.

Entonces, deberías intentarlo.

Para estar tan bien situado, el precio que pide Xin es in­creíblemente bajo. De hecho, ni siquiera tengo que pagarlo todo, porque está desesperado. Me pide una entrada del quin­ce por ciento. Así que, para empezar, sólo necesito un présta­mo. He vendido los abrigos de piel que me dejó mi padre, pero todavía me faltan varios miles de yuanes.

No podrías haber escogido mejor momento, Chino de ultramar. Acabo de recibir dos talones de la editorial Lijiang: uno por la reedición de El enigma del ataúd chino y el otro como adelanto por Pasos sigilosos.

En realidad, no era un buen momento. Chen había pen­sado en comprar algunos muebles para su piso nuevo. En una tienda de antigüedades, en Suzhou, había visto un escritorio de caoba de estilo Ming, quizá auténtico. Costaba cinco mil yuanes. Era caro, pero quizá fuese la mesa donde él escribiría sus futuros poemas. Varios críticos se habían quejado de su distanciamiento de la tradición de los clásicos de la poesía chi­na, y tal vez ese escritorio antiguo le transmitiría mensajes del pasado, de modo que le había escrito a Liu, el editor jefe de la editorial Lijiang, pidiéndole un adelanto.

Chen sacó los dos talones, los firmó en el dorso, añadió un talón personal y se los entregó a Lu.

Aquí tienes. Invítame cuando tu restaurante se haya convertido en todo un éxito.

Te lo devolveré —respondió Lu—. ¡Y con intereses!

¿Intereses? Una palabra más de intereses y me devuel­ves los talones.

Entonces, ven y conviértete en mi socio. Tengo que ha­cer algo, amigo mío. Si no, esta noche Ruru y yo tendremos una crisis.

¿De qué estáis hablando? ¿Otra crisis?

Wang había vuelto a la sala de estar, seguida de Ruru.

Lu no contestó. Se situó en la cabecera de la mesa, hizo sonar una copa con un palillo y comenzó un discurso:

Tengo algo que anunciaros. Ruru y yo llevamos varias semanas trabajando para abrir un restaurante. Nuestro úni­co problema era que no teníamos el capital. Ahora, gracias a un préstamo muy generoso de nuestro gran amigo, el camarada inspector jefe Chen, el problema acaba de solucionarse. El suburbio de Moscú, que así se llamará el nuevo restauran­te, abrirá pronto. En realidad, muy pronto.

» Nuestros periódicos nos dicen que estamos empezando un nuevo período en la China socialista. Algunos viejos con­servadores se quejan de que China avanza hacia el capitalis­mo en lugar de hacia el socialismo, pero ¿a quién le importa? Sólo son etiquetas, nada más que etiquetas. Si la gente dis­fruta de una vida mejor, es lo único que importa. ¡Y todos tendremos una vida mejor!

» Mi amigo también ha prosperado. No sólo ha sido ascen­dido a sus treinta y pocos años a inspector jefe, sino que además tiene un piso maravilloso. Y tenemos a una bella periodista que ha venido a la inauguración. ¡Que comience la fiesta!

Lu brindó con la copa en alto y puso una cinta en el radiocasete. Los acordes de un vals invadieron la sala.

Son casi las nueve —dijo Ruru, que miraba su reloj—. No puedo tomarme la mañana libre.

No te preocupes —contestó Lu. Llamaré y diré que es­tás enferma. Una gripe de verano. Y tú, camarada inspector jefe, ni una palabra sobre tu trabajo en la policía. Dejadme, sólo por una noche, ser un verdadero Chino de ultramar.

Típico de Lu —sonrió Chen—.

Un auténtico Chino de ultramar —añadió Wang—, bebiendo y bailando toda la noche.

Al inspector jefe Chen no se le daba demasiado bien el baile.

Durante la Revolución Cultural, lo más parecido a un baile para los chinos era la Danza de la Fidelidad. La gente golpeaba con los dos pies en el suelo al unísono para demos­trar su fidelidad al Presidente Mao. Sin embargo, se decía que, incluso durante esos años, se celebraban numerosas fiestas en el interior de la Ciudad Prohibida. Se contaba que, en una ocasión, el Presidente Mao, quien bailaba estu­pendamente, «tenía las piernas entrelazadas con las de su compañera incluso después de haber acabado el baile». Na­die sabía si esta sabrosa anécdota era verídica o no, pero lo cierto era que, hasta mediados de los años ochenta, los chi­nos no podían bailar sin temor a ser denunciados a las au­toridades.

Más me vale bailar con mi leona —dijo Lu con cara de resignación—.

La elección de Lu no dejaba a Chen otra pareja que Wang.

Nada descontento, Chen se inclinó y cogió la mano que le tendía Wang. De los dos, ella era la que mejor bailaba, por lo que llevó la iniciativa en el espacio limitado de la sala. Gi­raba y giraba con sus tacones, algo más alta que Chen, y su pelo negro contrastaba con el blanco de las paredes. Para ver­la, Chen tenía que levantar la mirada.

Una suave y lánguida balada se elevaba en la noche. Wang dejó descansar la mano en el hombro de Chen. Al cabo de un rato, se quitó los zapatos.

Estamos haciendo demasiado ruido —dijo mirándolo con una sonrisa radiante—.

¡Qué chica más atenta! —añadió Lu—.

¡Qué pareja más guapa! —recalcó Ruru—.

En efecto, Wang era muy atenta. Chen también estaba preocupado por el ruido. No quería que sus nuevos vecinos protestaran.

Ciertos pasajes de la canción exigían un lento pasodoble. La pareja no tenía que hacer ningún esfuerzo especial para se­guir la melodía, que subía y bajaba como una ola que los transportaba. Wang se movía, ligera, con los pies descalzos, y su pelo rozaba a Chen en la nariz.

Al comenzar la melodía siguiente, él intentó tomar la ini­ciativa. Tiró de ella para hacerla girar, pero su movimiento fue tan súbito que Wang chocó contra él. Chen sintió el contacto de todo su cuerpo, suave y flexible.

Tenemos que irnos —avisó Lu cuando terminó la can­ción—.

Nuestra hija estará preocupada —agregó Ruru cogien­do la marmita que había traído—.

La decisión de Lu tenía algo de inesperada. Costaba creer que hacía sólo media hora se había declarado Chino de ultra­mar para toda la noche.

Será mejor que yo también me vaya —avisó Wang se­parándose de Chen—.

No, tienes que quedarte —dijo Lu sacudiendo enérgi­camente la cabeza—. Cuando se inaugura una casa, no es co­rrecto que todos los invitados se marchen al mismo tiempo.

Chen entendió por qué los Lu querían irse. El Chino de ultramar se definía a sí mismo como un intrigante y, al pare­cer, experimentaba un gran placer con esas maniobras suyas, siempre bienintencionadas.

Chen sintió una grata sorpresa cuando vio que Wang no insistía en irse con ellos. Al contrario, Wang cambió la cinta y puso una canción que él nunca había escuchado. Los cuer­pos estaban ahora más juntos. Era verano. Chen sentía la sua­vidad de Wang a través de su camiseta, y las mejillas le ardí­an al contacto con su pelo. Wang se había puesto un perfume de esencia de gardenias.

Hueles de maravilla —dijo Chen—.

¡Oh!, es el perfume que Yang me mandó desde Japón.

De pronto, el hecho de darse cuenta de que estaban solos y de que el marido de Wang estaba en Japón fue una coinci­dencia que contribuyó a aumentar la tensión que sentía Chen. Al dar un paso en falso, pisó a Wang en uno de sus pies descalzos.

Lo siento mucho. ¿Te he hecho daño?

No, la verdad es que me alegro de que no tengas expe­riencia.

La próxima vez intentaré ser mejor pareja.

Basta con que seas tú mismo —dijo ella—.

El viento amainó y dejó de agitar la cortina estampada con flores. Por la ventana entró un rayo de luna que iluminó el rostro de Wang. Era un rostro joven, lleno de vitalidad. En ese momento, Chen sintió que algo vibraba en su interior, una cuerda, una clavija, muy dentro de él.

¿Volvemos a empezar? —preguntó—.

Pero entonces sonó el teléfono. Sorprendido, Chen miró el reloj de pared. Muy a su pesar, soltó a Wang y cogió el au­ricular.

¿Inspector jefe Chen?

La voz le sonó familiar, pero por algún motivo, era como si le llegara de un mundo ajeno. Con un gesto de resignación se encogió de hombros.

Sí, soy Chen.

Soy el inspector Yu Guanming. Llamo para informar­le de un caso de homicidio.

¿Qué ha pasado?

Se ha encontrado el cadáver desnudo de una mujer jo­ven en un canal, al oeste del distrito de Quingpu.

Enseguida voy —dijo Chen mientras Wang apagaba la música—.

Tal vez no sea necesario. Ya he inspeccionado la esce­na. No tardarán en llevar el cadáver al depósito. Sólo quería comunicarle que he ido yo porque no había nadie más en el despacho, y no he podido encontrarlo a usted.

De acuerdo. Aunque la nuestra sea una brigada de asuntos especiales, debemos responder si no hay nadie más disponible.

Entregaré un informe más detallado mañana por la mañana —le indicó el inspector Yu al cabo de unos segun­dos—. Le ruego me disculpe si lo he molestado a usted o a sus invitados... en su piso nuevo.

Seguro que Yu habría oído la música de fondo. A Chen le pareció detectar una nota sarcàstica en la voz de su ayu­dante.

No tiene importancia. Si ya ha inspeccionado la escena del crimen, creo que podremos hablar de ello mañana.

Entonces, hasta mañana. Y que disfrute de la fiesta en su nuevo piso.

"No cabe duda de que en el tono de Yu hay un dejo de sarcasmo", pensó Chen. Sin embargo, era una reacción com­prensible de un colega que, a pesar de ser mayor, no había te­nido suerte en la adjudicación de viviendas.

Gracias —Chen se giró y vio a Wang, que ahora lo mi­raba desde la puerta. Se había puesto los zapatos—.

Tienes cosas más importantes que reclaman tu aten­ción, camarada inspector jefe.

Es un caso nuevo, pero ya se han ocupado de ello —ex­plicó él—. No tienes por qué irte.

Será mejor que me vaya —dijo ella—. Es tarde.

La puerta estaba abierta. Se miraron cara a cara.

Detrás de ella se veía la calle a oscuras a través de la ven­tana del pasillo. Tras él, el interior del piso nuevo, iluminado por la luz de color blanco lirio.

Se abrazaron antes de despedirse.

Chen salió al balcón, pero no pudo ver la esbelta figura de Wang que se perdía en la noche. Sólo oyó un violín desde una ventana abierta en la esquina de la calle. Le vinieron a la men­te dos versos de Cítara, de Li Shangyin:
«La cítara, sin motivo, tiene rotas la mitad de sus cuerdas.

Una cuerda, una clavija, que evoca recuerdos de los años mozos».
Li Shangyin era un poeta difícil de la dinastía Tang, sobre todo conocido por esos versos pareados poco comprensibles. Desde luego, no se referían al instrumento musical. ¿Por qué le habían venido tan súbitamente a la memoria esos versos? No lo sabía. ¿El asesinato? Una mujer joven, una vida des­truida en la flor de la edad, las cuerdas rotas, los sonidos per­didos. ¿Había vivido sólo la mitad de su vida o había algo más


CAPÍTULO 3

Las dependencias de la policía de Shanghai se encontraban en un edificio de ladrillo marrón de unos sesenta años, en la calle Fuzhou. Dos soldados armados montaban guardia en la verja gris de la entrada, pero al igual que los demás po­licías, Chen entraba por una pequeña puerta situada al lado de la portería. De vez en cuando las puertas se abrían de par en par para recibir a alguna visita importante, y entonces se podía divisar desde el exterior una calzada que se curvaba alrededor de un parterre que quedaba en el centro de un gran patio.

Tras responder al saludo rígido del centinela, el inspector jefe Chen subió hasta su oficina en la segunda planta. No era más que un pequeño cubículo dentro de un amplio despacho que se repartía entre más de treinta agentes del Departamen­to de Homicidios. Todos trabajaban codo con codo, utilizando las mismas mesas y compartiendo los teléfonos.

Reluciente bajo la luz matutina, la placa de latón con su nombre en la puerta de su cubículo «inspector jefe chen cao» atraía a veces su mirada como un imán. El interior era pequeño. Una mesa marrón de encina con una silla giratoria, también de color marrón, ocupaba la mayor parte del espacio. Había, junto a la puerta, un par de tazas de té sobre un ar­chivador metálico de color verde oscuro y un poco más allá, en el suelo, cerca de una estantería con libros, reposaba un termo. En la pared no había más que un retrato enmarcado del camarada Deng Xiaoping en el puente de Huangpu, bajo un paraguas negro que sostenía el alcalde de Shanghai. El único lujo del despacho era una pequeña nevera a la que, se­gún lo dispuesto por Chen, tenían acceso todos los miembros del personal. Como su piso, el cubículo le había sido entrega­do con el ascenso.

La idea que predominaba en la oficina era que el ascenso de Chen era producto de la nueva política de cuadros del camarada Deng Xiaoping. Hasta mediados de los años ochenta, los cuadros del Partido ascendían, paso a paso, en un proceso lento. Sin embargo, cuando alcanzaban un nivel alto, perma­necían en él durante años. Algunos nunca se jubilaban, afe­rrándose a su cargo hasta el final. Por lo tanto, un inspector jefe de cincuenta y pocos años podía considerarse un hombre afor­tunado.

Con los drásticos cambios introducidos por Deng, los cua­dros superiores también tuvieron que retirarse tras alcanzar la edad de la jubilación. La juventud y la formación se con­virtieron de pronto en el criterio fundamental en el proceso de ascenso de los cuadros. Chen estaba cualificado en ambos aspectos, aunque algunos de sus superiores no veían con tan buenos ojos sus méritos. Para ellos, la formación académica no significaba gran cosa, y más en el caso de Chen, especiali­zado en literatura inglesa. De hecho, creían que la edad sig­nificaba experiencia en el terreno.

El estatus de Chen se debía a una especie de equilibrio. Por regla general, el Departamento de Homicidios estaba di­rigido por un inspector jefe. El antiguo director del Departa­mento se había jubilado, pero el nombre de su sucesor seguía siendo una incógnita. La categoría administrativa de Chen era, simplemente, la de jefe de una brigada de asuntos espe­ciales que contaba con sólo cinco miembros, incluido el ins­pector Yu Guangming, su ayudante.

Al inspector Yu no se le veía por ninguna parte en el des­pacho, pero Chen encontró su informe entre los montones de papeles esparcidos en su mesa.
«Agente presente en la escena: inspector Yu Guangming. Fecha: 11 de mayo de 1990.

1 El cuerpo. Una mujer muerta, sin nombre, desnuda. El cuerpo fue encontrado dentro de una bolsa de plástico en el canal Baili. La edad probable se calcula entre los veintio­cho y los treinta y dos años. Constitución sana, unos cin­cuenta kilos de peso, un metro sesenta. Difícil saber el as­pecto que tenía en vida. La cara un poco hinchada, pero sin contusiones ni rasguños. Cejas delgadas y negras, y nariz recta. Frente ancha. Piernas largas y bien torneadas, pies pequeños de dedos largos. Las uñas de los pies pintadas de rojo. Manos también pequeñas, sin anillos. Bajo las uñas no se han encontrado sangre, tierra o piel. Caderas anchas, abundante vello púbico negro carbón. Es posible que haya tenido relaciones sexuales antes de morir. No había marcas de golpes. Sólo se observó una leve moradura, apenas visi­ble, alrededor del cuello y un ligero rasguño en la clavícula. Aparte de eso, piel suave y sin señales de heridas. Ausencia general de contusiones en las piernas, lo cual también de­muestra que, al parecer, no opuso resistencia antes de morir. Pequeños vasos sanguíneos rotos en torno a los ojos, que po­drían ser indicio de muerte por asfixia.

2 La escena. El canal Baili, un canal pequeño que de­semboca en el río Suzhou, a unos quince kilómetros al oes­te de la fábrica de papel de Shanghai. Para ser más precisos, un afluente muerto del río sobre el que cuelgan arbustos y hierbajos. Años atrás, fue elegido como sitio para una plan­ta química, aunque posteriormente el plan del gobierno fue desestimado. En un lado hay una especie de cementerio con varias tumbas desperdigadas. Es un canal de difícil acceso, ya sea por agua o por tierra. No hay recorrido de autobu­ses. Según los habitantes locales, pocas personas acuden allí a pescar.

  1. Los testigos. Gao Ziling, capitán del Vanguardia, del Departamento de Seguridad Fluvial de Shanghai. Liu Guoliang, antiguo compañero de instituto de Gao, ingeniero nuclear en Qinghai. Los dos son miembros del Partido, ca­reciendo de antecedentes penales.

4. Posible causa de la muerte. Estrangulamiento y agresión sexual».

Al acabar de leer el informe, el inspector jefe Chen en­cendió un cigarrillo y permaneció un rato sentado. Con las volutas de humo brotaron dos posibilidades: o la mujer había sido violada y asesinada en una embarcación y luego lanzada al canal, o el crimen se había perpetrado en otro lugar y el cuerpo había sido llevado hasta allí.

La primera hipótesis no le parecía demasiado plausible. Sería sumamente difícil, cuando no imposible, que el asesino cometiera el crimen en la embarcación, en compañía de otros pasajeros. Y si estaban los dos solos en el barco, ¿qué sentido tendría ocultar el cuerpo en una bolsa de plástico? El canal es­taba muy aislado, y lo más probable era que el crimen se hu­biese cometido durante la noche, por lo cual no habría sido necesario envolver el cuerpo. En la segunda hipótesis quizá encajaba la bolsa de plástico, pero entonces el asesinato podría haberse perpetrado en cualquier lugar.

Chen echó una nueva mirada en el despacho grande y vio que el inspector Yu había vuelto a su mesa y que bebía una taza de té. Con un gesto mecánico buscó el termo en el suelo. Todavía quedaba agua, no haría falta bajar al calentador co­lectivo. Marcó la extensión de Yu.

Inspector Yu Guangming, venga a mi despacho. Yu se presentó en la puerta en menos de un minuto. Era un hombre alto de cuarenta y pocos años, de constitución me­diana, con el rostro curtido y la mirada profunda y penetran­te. Sostenía una carpeta de color marrón en la mano.

Habrá tenido que trabajar mucho anoche —dijo Chen ofreciendo una taza de té a su ayudante—. Un trabajo bien hecho. Acabo de leer su informe.

Gracias.

¿Alguna novedad sobre el caso?

No, todo está en el informe.

¿Y por el lado de la lista de personas desaparecidas?

No hay nadie que corresponda a su descripción —Yu le entregó la carpeta—. Han revelado algunas fotos. No puede haber estado mucho tiempo en el agua. Calculo que no han sido más de veinte horas.

Chen miró las fotos. Eran imágenes de la mujer muerta en la orilla, desnuda o parcialmente tapada. Había varios pri­meros planos. El último de la cara, en el depósito, con el res­to del cuerpo tapado con una sábana blanca.

¿Qué opina? —preguntó Yu soplando suavemente en su taza de té—.

Un par de hipótesis. Nada concreto hasta que acaben los forenses.

Sí, el informe de la autopsia llegará por la tarde.

¿Cree que podría ser alguien de algún pueblo de los al­rededores?

No, no lo creo. He llamado a los Comités de los pueblos de la región. No han informado de nadie desaparecido.

¿Y el asesino?

No, tampoco hay muchas probabilidades. Como dice el refrán «El conejo no come cerca de su madriguera», pero qui­zá conozca bien la zona del canal.

Entonces, hay dos posibilidades —dijo Chen—.

Yu escuchó el análisis del inspector jefe sin interrumpir.

En cuanto a la primera, me parece poco probable —se­ñaló cuando Chen terminó—.

Sin embargo, el asesino no hubiera podido llevar el cuerpo hasta el canal si no dispusiera de un medio de trans­porte —aventuró Chen—.

Puede que se trate de un taxista. Hemos tenido casos parecidos. El caso de Pan Wanren, ¿lo recuerda? Violada y asesinada. Una gran similitud, salvo que el cuerpo fue aban­donado en un arrozal. El asesino confesó que no tenía inten­ción de matarla, pero que le entró pánico al pensar que la víc­tima pudiera identificarlo por su coche.

Sí, lo recuerdo. No obstante, si el asesino violó a esta chica en el coche, ¿por qué se habría dado el trabajo de ocul­tar el cuerpo en una bolsa de plástico?

Tenía que ir en coche hasta el canal.

Le hubiera bastado esconderla en el maletero.

A lo mejor tenía la bolsa en el coche.

Quizá.

Cuando asesinan a una mujer después de violarla —Yu se cruzó de piernas—, el móvil del crimen no suele ser otro que el deseo del violador de ocultar su identidad. La víctima podría identificarlo a él o al coche. De modo que la hipótesis del taxista es válida.

También puede que el asesino fuese un conocido de la víctima —siguió Chen mientras estudiaba la fotografía que tenía en la mesa—. Al abandonar el cuerpo en el canal, sería complicado relacionar la desaparición con el asesino, lo cual podría explicar lo de la bolsa: disimular el cuerpo cuando lo metió en el coche.

Sí, pero no hay mucha gente que tenga coche propio, excepto los cuadros superiores. Y nadie le pediría a su chofer que lo ayudase en una misión como ésa.

Es verdad, no hay muchos coches privados en Shang­hai, pero el parque aumenta rápidamente. No podemos des­cartarlo.

Si el asesino conocía a la víctima, la primera pregunta que tenemos que hacernos es por qué. Una relación secreta con un hombre casado. Hemos visto casos así, aunque casi sin excepción, la mujer estaba embarazada. He llamado al doctor Xia temprano por la mañana y lo ha descartado —Yu encen­dió un cigarrillo sin ofrecerle ninguno—. Con todo, su teoría sigue siendo plausible, y si es así, lo más probable es que no podamos hacer nada hasta conocer la identidad de la víctima.

Entonces, según su teoría, ¿cree que deberíamos em­pezar por comprobar el servicio de taxis?

Podríamos, pero no será fácil. La situación ya no es como hace diez años, cuando apenas había taxis en Shanghai —explicó Yu—. Uno podía pasarse horas esperando en la ca­lle sin conseguir pillar uno. Ahora quién sabe cuántos hay. Es­tán por todas partes y no dejan de ir de un lado a otro, como las langostas. Seguro que son más de diez mil, sin contar los taxistas que trabajan por cuenta propia, que deben de ser otros tres mil.

Sí, son muchos.

Hay otra cosa, y es que ni siquiera estamos seguros de que la chica fuera de Shanghai. ¿Y si viniese de otra provin­cia? En ese caso tardaremos todavía más en averiguar su iden­tidad.

El aire en el despacho se había vuelto espeso con el humo.

Entonces, ¿qué cree que deberíamos hacer? —pregun­tó Chen mientras abría la ventana—.

El inspector Yu esperó un momento y preguntó a su vez:

¿Tenemos que ocuparnos de este caso?

Es una buena pregunta.

Respondí a la llamada porque no había nadie más en el despacho y porque no pude encontrarlo a usted. Pero sólo so­mos la brigada de asuntos especiales.

Era cierto. La brigada no tenía que ocuparse de un caso hasta que éste fuera declarado especial por el Departamento. La solicitud podía provenir desde otra provincia o desde otra brigada, aunque en la mayoría de los casos se debía a motivos políticos no declarados. Por ejemplo, una redada en una li­brería privada que vendía cds pornográficos no sería una ta­rea difícil ni especial para un policía, si bien llamaría dema­siado la atención y daría pie a varios titulares de prensa. En otras palabras, se consideraba que un caso era especial cuan­do el Departamento tenía que adecuar sus objetivos a ciertas obligaciones políticas. La investigación sobre una mujer des­conocida descubierta en un pequeño canal remoto segura­mente pasaría a la brigada de homicidios sexuales, a la que, en principio, correspondía.

Eso explicaba la falta de interés del inspector Yu en este caso, aunque era él quien había contestado la llamada telefó­nica, acudiendo a la escena del crimen. Chen siguió revisan­do las fotos hasta que se detuvo ante una y la cogió.

Pida que reencuadren ésta y que la amplíen. Tal vez al­guien pueda reconocerla.

¿Qué pasa si nadie se presenta?

En ese caso tendremos que empezar un rastreo... si nos asignan la investigación, claro.

Eso, un rastreo —dijo Yu quitándose una hoja de té de los dientes—.

La mayoría de los policías detestaba ese tipo de incordios.

¿Con cuántos hombres contamos para esa tarea?

No demasiados, camarada inspector jefe —reconoció Yu—. Nos falta personal. Qing Xiaotong está de viaje de luna de miel. Li Dong acaba de dejarnos para instalar una frutería y Liu Longxiang sigue en el hospital con un brazo roto. En realidad, en la llamada brigada de asuntos especiales sólo que­damos usted y yo en este momento.

Para Chen no pasó desapercibido aquel tono mordaz. Yu tardaría un tiempo en asimilar su fulgurante ascenso, y me­jor no hablar de su nuevo piso. Esa dosis de antagonismo no le extrañaba en absoluto, sobre todo de parte del inspector Yu, que había ingresado antes que él en el cuerpo y tenía una for­mación técnica, así como parientes con un largo historial de servicio en la policía. Sin embargo, el inspector jefe Chen quería que se lo juzgara por sus logros en el ejercicio de sus funciones, y no por cómo había llegado a ocupar su puesto. Por eso estaba tentado de aceptar el caso, puesto que se trata­ba desde el principio de un auténtico caso de homicidio. Pero el inspector Yu tenía razón, estaban faltos de personal y tení­an muchos asuntos especiales pendientes, por lo que no po­dían permitirse aceptar algo que se habían encontrado sin proponérselo: un crimen sexual sin indicios ni testigos. El pa­norama no era nada bueno.

Hablaré con el Secretario del Partido Li. Entretanto ha­remos copias de las fotos y las distribuiremos en las comisa­rías. Es lo habitual. Da igual quién se ocupe del caso.

Luego añadió:

Si tengo tiempo iré al canal esta tarde. Cuando fue us­ted, debía de estar bastante oscuro.

Pues sí, es un paisaje muy poético —ironizó Yu mien­tras se levantaba y apagaba su cigarrillo—.

Y sin ocultar su sarcasmo prosiguió:

Quizá se le ocurra un par de versos magníficos.

Nunca se sabe.

Cuando Yu salió, Chen se quedó sentado tras su mesa, pensativo. Le molestaba la animosidad no disimulada de su ayudante. El comentario que había hecho de pasada sobre la pasión de Chen por la poesía era otra puya más. Sin embar­go, en cierto modo, Yu tenía razón.

Chen nunca había tenido la intención de convertirse en policía, al menos durante sus años en la universidad. Publica­ba sus poemas y era un alumno destacado del Instituto de Lenguas Extranjeras en Beijing. En aquella época, estaba de­cidido a seguir una carrera literaria. Un mes antes de licen­ciarse, se inscribió en un máster en literatura inglesa y nor­teamericana. Su madre aprobó la decisión, quizá recordando al padre de Chen, un profesor de la escuela neoconfuciana que había gozado de gran prestigio. No obstante, un buen día le informaron de que un cargo prometedor le esperaba en el Mi­nisterio de Asuntos Exteriores. A comienzos de los años ochenta, eran las autoridades las que asignaban un empleo a todos los universitarios que se licenciaban. Dado que él era uno de los alumnos en la lista de honor, el Ministerio solici­tó sus antecedentes. La carrera diplomática no era la opción elegida por Chen, aunque, normalmente, dicha carrera fuera considerada una de las mejores opciones para un licenciado en inglés. Pero entonces, en el último momento, se produjo otro cambio inesperado. En el curso de la investigación em­prendida por las autoridades, se descubrió que un tío de Chen había sido condenado por actividades contrarrevolucionarias y ejecutado a comienzos de los años cincuenta. Aunque él no lo conocía, una relación familiar de ese tipo era políticamen­te inadmisible para un aspirante a un cargo diplomático. Su nombre fue tachado de la lista del Ministerio y, al final, le asignaron un puesto en la policía de Shanghai. Durante los primeros años, su trabajo consistió en traducir un manual de técnicas de interrogatorio que nadie quería leer y en redac­tar para el Secretario del Partido Li informes políticos que él no quería escribir. Sólo en los últimos años había trabaja­do como policía: primero en el escalafón más bajo y, luego, sin saber por qué, como inspector jefe, aunque exclusiva­mente encargado de los asuntos especiales que le pasaban otros. El resentimiento que expresaban Yu y otros compa­ñeros de la oficina se debía no sólo a su rápido ascenso, pro­ducto de la política de cuadros de Deng, sino también a sus actividades literarias que, en opinión, además de en conve­niencia, de todos, constituían una desviación de sus obliga­ciones profesionales.

Chen volvió a leer el informe del caso y se dio cuenta de que era la hora de comer. Al salir, encontró un mensaje para él en el despacho. Lo habrían dejado antes de que llegara por la mañana.



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