Purves, Libby Como no ser una madre perfecta [R1]



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COMO NO SER UNA MADRE PERFECTA



**Libby Purves**


Libby Purves empezó tarde: tuvo su primer hijo a los treinta y dos años. Antes se entrenó para la maternidad cargando pesados magnetofones el día entero (en Radio BBC de Oxford), levantándose a las tres y media de la mañana (cuando era directora del programa Today de Radio 4) y mediando en discusiones acaloradas (como directora de Choices en el canal televisivo de la BBC). También obtuvo una provechosa experiencia como camarera, cuando calmaba borrachos belicosos y limpiaba suelos, y como jefa de redacción, durante seis meses apasionantes, de la revista Tatler. Armada de toda esta experiencia, se lanzó a la tarea —con una confianza totalmente fuera de lugar— de tener una familia de cinco hijos; hasta el momento, ha conseguido dos y está empezando a flaquear un poco. Libby Purves lleva publicados varios libros y escribe para diversos periódicos y revistas. Actualmente vive en Suffolk con su marido, Paul Heiney, un hijo de tres años y medio y una hija de dos. Una vez por semana se escapa de la vida hogareña y viaja a Londres para dirigir el programa periodístico Midweek (en Radio 4), en donde sólo se permite hablar a dos personas a la vez, y en donde nadie necesita que le limpien la nariz.

Título original: How Not to be a Perfect Mother

Publicado en inglés por Fontana, Londres

Traducción de Cristina Pina

Cubierta de Julio Vivas

Esto es una copia de seguridad de mi libro original en papel, para mi uso personal. Si ha llegado a tus manos, es en calidad de préstamo, de amigo a amigo, y deberás destruirlo una vez lo hayas leído, no pudiendo hacer, en ningún caso, difusión ni uso comercial del mismo.

© 1986 by Libby Purves

© 1987 de todas las ediciones en castellano,

Ediciones Paidós Ibérica, S. A.,

Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona

y Editorial Paidós, SAICF,

Defensa, 599 - Buenos Aires



http://www.paidos.com

ISBN: 84-7509-460-0

Depósito legal: B-19.339/2000

Impreso en Novagràfik, S.L.,

Vivaldi, 5 - 08110 Montcada i Reixach (Barcelona)

Impreso en España - Printed in Spain


Edición digital Marzo, 2008

Scan: Adrastea

Corrector: Anónimo

A mis hijos y a Paul

SUMARIO


AGRADECIMIENTOS



Mi más profunda gratitud por sus consejos y su ejemplo a:


Joyce and Virginia Ash

Wiz Mosson

Janet Bellis

Tina Potter

Clare Brindley

Lorraine Price

Judy Brooks

Judy Purves

Anna Carragher

Debbie Pyn

Tina Clubb

Natasha Quested

Belinda Devenish

Jenny Rogers

Helen Fraser

Anna Southall

Jill Freud

Penny Steel

Nikki Freud

Sheridan Steen

Sarah Gleadell

Caroline Stevens

Valerie Grove

Heather Taylor

Sandy Guertin

Lynn Templeton

Fiona Hamilton

Valentine Thornhill

Lynn Hurst

Teresa Walsh

Wendy Jobson

Nicky Wilson

Priscilla Lamont

Sally Wright

...y a muchos otros.


Y, por supuesto, a mi madre.

Libby Purves

1986

INTRODUCCIÓN



El deber de una madre es bien claro: ser perfecta. Las madres, como todos sabemos, son sagradas. Son dulces, afectuosas, solícitas y abnegadas «madonnas». Siempre están a mano. Tienen un corazón tierno y una paciencia infinita. Una madre es como el legendario pelícano que se desgarra el pecho para alimentar a sus criaturas. Cualquier madre daría la vida por su hijo...

Bueno, sí, es cierto. Soy madre y realmente daría la vida por mis hijos, pero no veo la razón de hacerlo cada santo día. Bajo el manto de cada madre hay un ser humano común y malhumorado; no existe una fábrica especial de santas que produzca tranquilas y abnegadas «madonnas» en serie. Cualquier jovencita liberada, intrépida y egoísta corre el riesgo de que la recluten para llevar el halo materno. Y la transición del sano egoísmo adulto al estado de ángel maternal puede ser dolorosa; algo así como una mariposa que intentara volver a su crisálida. Precisamente, es esta transición, en sus primeros años, el tema de este libro.



La naturaleza ayuda en el proceso: en los primeros días, la tendencia a la perfecta «pelicanidad» es fuerte. Cuando nace, el bebé, cualquier mujer normal se vuelve crónicamente abnegada. La criatura descansa en la cuna de plástico del hospital, hipnotizándola con sus ojitos azules como cuentas y, aunque le duele todo y la cabeza todavía le da vueltas, la fuerza de voluntad del bebé puede vencer su agotamiento para que le satisfaga sus exigencias. El pequeño chupa atareadamente, determina su propio horario de sueño, que no tiene relación con el de nadie, moja los pañales cada vez que le da la gana y se alimenta de la manera más excéntrica: tres veces en sesenta minutos y, de pronto, ni una gota durante horas. Cualquier pequeño obstáculo en el camino de la inexorable voluntad del bebé le hará chillar con una potencia cuidadosamente programada para imponer la inmediata obediencia materna. Exige que le hablemos a medianoche, pero se duerme groseramente en medio de la más hermosa canción de cuna de la abuelita; no tiene modales, ni consideración, ni responsabilidades. Simplemente se dedica a crecer.

Enfrentada con semejante tirano, una abandona todo y se deja llevar por la corriente, sirviendo al bebé y olvidándose de que alguna vez tuvo gustos propios. Al principio todo funciona bien: durante los primeros meses posteriores al nacimiento, ninguna mujer espera otra cosa que sobrevivir y tomarse una copa imprevista, tranquilamente sentada frente al televisor. El problema es que el hábito de la abnegación tiende a prolongarse demasiado, reforzado por la imagen sentimental que tenemos de la maternidad. A veces, la razonable teoría de «alimentarlo cuando quiera» continúa irracionalmente durante dieciocho años y se amplía para incluir la exigencia de lavar los restos de las fiestecitas adolescentes y la de prestarles el coche todos los sábados por la noche. Pero incluso en los primeros días, exageramos el sacrificio: salimos de casa en días helados, con los niños abrigados como esquimales, pero demasiado preocupadas como para ponernos nuestro propio abrigo. Interrumpimos cualquier conversación cinco veces por minuto para limpiar narices y responder a insistentes vocecitas que suenan a la altura de la rodilla; andamos kilómetros en medio de la ventisca para comprar unas pinturas (bueno, yo lo hice una vez). Después de unos años de semejante vida, terminamos vestidas como andrajos y disculpándonos con todo el mundo. Porque las madres más extremadamente abnegadas, aquellas que no se permiten el menor placer personal, son a menudo las que se sienten más culpables y deprimidas.

Es un placer inmenso ser madre. Es divertido ver cómo crece el bebé, cómo sonríe y habla, y empieza a inventar bulliciosos juegos privados con pedazos de manguera y baldes llenos de arena; pero también es algo terriblemente difícil. Porque es un trabajo ineludible: hasta las niñeras profesionales y las enfermeras que tienen su primer hijo terminan llorando a lágrima viva cuando se dan cuenta de que no tendrán días libres. La jornada laboral de una madre puede estirarse hasta tener dieciocho horas o más, si ella lo permite.

Pero, ¿por qué debemos permitirlo? Si hay atajos que se pueden tomar sin hacer daño a nadie, ¿por qué no tomarlos? ¿Por qué no doblegar al bebé, de vez en cuando, a nuestra propia conveniencia? ¿Acaso una «madonna» no puede despatarrarse de tanto en tanto con una cerveza y un libro en la mano? Este libro trata de la manera cómo las madres reales y falibles pueden pasar verdaderamente el día. En el mercado hay muchos manuales técnicos dedicados al bebé: algunos son excelentes, otros se las arreglan para que el baño del bebé parezca tan complicado como desarmar el motor de un avión de caza; casi todos tienen un tono perfeccionista. Este es un libro imperfeccionista sobre la alegre manera de simplificar problemas sin sentirse culpable.

Por supuesto que una tiene que cuidar adecuadamente a los bebés y a los niños. Es difícil no hacerlo, cuando cada sollozo de temor o cada boquita temblorosa pueden hundirnos en la más dolorosa compasión. Pero con un poco de astucia, una puede recobrar parte de su propia vida sin dañar a la criatura. Los soldados siempre entendieron este principio: uno debe pelear en la guerra y, probablemente, sacrificar la propia vida, pero entre tanto se puede burlar el sistema, esconder una tableta de chocolate extra en la mochila y echarse una siestecita detrás de la cocina, mientras algún otro pela la montaña de patatas que le tocaba a uno pelar. Claro que uno se detiene justo antes de la traición o la deserción, pero siempre hay reglas para quebrantar.



Pasar de «madonna» a sargento implica un cierto deterioro de la propia imagen, lo admito; pero es mucho más fácil de sobrellevar y bastante más divertido. A veces, como sargento, una hace las mismas cosas que los perfeccionistas pretenden que haga, pero por razones ligeramente distintas. Durante las peores dificultades del amamantamiento temprano, cuando el supuesto beneficio teórico para el bebé no compensaba el dolor, pensaba constantemente que cuanta más leche materna le diera, menos me vería expuesta a tener que cuidarlo durante las horripilantes enfermedades infantiles. A veces una se instruye. Una vez, observaba a dos madres tomando el té, crucificadas por sus respectivos retoños. Una de ellas repetía sin cesar: «No toques la taza, querido, está caliente; puedes quemarte.» La otra lo planteaba de otra manera: «No toques esa taza, querido, es de mamá.» Advertí que la segunda se las arreglaba para tomar su té, apartando a la pequeña bestia con el brazo y defendiendo sus derechos; mientras la otra ponía su taza en una estantería segura, pero no lograba beber una gota. Finalmente esta última se fue, cansada y sedienta, rumbo a otra sesión agotadora de juegos acuáticos y adulación durante el baño del bebé. Sospecho que la madre más egoísta y menos «perfecta» (que, sin duda, aprovechaba la hora del baño para pintarse las uñas de los pies, mientras la criatura, imperturbable, lo salpicaba todo) era la más feliz de las dos. Y en cuanto a los niños, dudo que prefirieran un estilo al otro.

Este libro cubre los tres primeros años, o un poco más, según las características del niño. Nunca entendí el sentido de incluir a todos los «preescolares» en una misma categoría; los tres primeros años son los que entrañan el máximo desconcierto y los cambios más rápidos. El bebé aterriza, tan misterioso como un OVNI, tan extraño como un sueño. Lentamente se convierte en algo más parecido a un ser humano adulto y, cuando empieza el cuarto año, ha recorrido un largo camino hacia esa meta. A los tres años y medio, el pequeño individuo habla lo suficiente como para razonar con él, sabe (aunque pueda no aceptarlo) que lo justo es justo y las órdenes son órdenes. Una no tiene que adularlo eternamente para que se quede quieto mientras se le asea; puede comunicarse con extraños y comer con cuchillo y tenedor. También a esa edad los niños se transforman en individuos muy diferentes entre sí. No es que no sean individuos hasta los tres años, pero antes las cualidades comunes superaban en mucho las diferencias. Todos los bebés de seis meses manotean la cuchara cuando una trata de darles de comer; todos los que empiezan a caminar se vuelcan lo que hay en las mesas sobre la cabeza, y las cualidades específicas de un niño de dos años (no muy diferentes de las de una maleta llena de explosivos en un baile con violentas sacudidas) también son bastante universales. Pero después de los cuatro años, una puede haber conseguido un curtido pistolero o una delicada dama victoriana (sea del sexo que fuere); un intelectual, un atleta o un aristócrata. Se distinguen unos de otros, son pequeños pero diferentes, cada uno con su bagaje privado de herencia, azar y condicionamiento. Por eso, los maduros tres años me parecieron una buena edad para detenerme; también porque es el período que mejor conozco por mi propia experiencia. Para rellenar los agujeros y captar la enorme e ingeniosa variedad de estilos maternales, consulté a cincuenta amigas, con ochenta y seis hijos en total. Algunas son de mi generación, otras mayores o menores; algunas trabajan, otras son amas de casa, otras, madres solteras. A todas les estoy infinitamente agradecida por sus consejos, confesiones, apoyo y ocasional reprobación.

Una última disculpa. Actualmente, los escritores se enredan tratando de ser justos con ambos sexos (en los cuentos de mi infancia, un bebé era «él» y punto). Algunos dicen «él/ella» todo el tiempo, o bien alternan «él» y «ella», con lo que se tiene la inquietante impresión de un constante cambio de sexo; otros, valerosamente, confiesan que como sus hijos son todos varones o todas niñas, se limitan al sexo que mejor conocen. Y nadie se atreve a decir «eso», ni siquiera para aludir a un feto, pues las madres se sentirían mortalmente ofendidas.

Yo tengo uno de cada sexo y, tras mucho pensarlo, decidí usar él y ella indistintamente y según mi humor. Espero que no les moleste demasiado. Después de todo, nadie es perfecto.

Capítulo 1

EMBARAZADA, ORGULLOSA Y ATERRORIZADA



Durante mi primer embarazo, cuando estaba dispuesta a describirle el mínimo movimiento y la última punzada al primero que se cruzaba en mi camino, fui a comer con una amiga que ya tenía una pareja de niños menores de dos años. Me senté en todo mi esplendor esférico, con las manos cruzadas sobre mi abultada barriga, mientras ella fregaba y secaba, sujetaba tambaleantes sillitas altas y se embarcaba en delirantes y desesperados razonamientos acerca de que Luisito debía comer sus zanahorias y de que la vieja zapatilla con forma de conejito realmente no quería sentarse en el cazo de hervir la leche. En ese momento y por primera vez se me ocurrió que el embarazo es una pésima preparación para la maternidad.

Cuando una está embarazada, se compra ropa nueva, piensa en su dieta, mantiene los pies en alto y se preocupa sin parar por cada retortijón y cada hinchazón de su valioso cuerpo. Una asiste a clases sobre sus órganos internos, se examina ansiosamente los dedos buscando signos de edema y todos le dicen que debe estar orgullosa de sí misma.

Una vez llega el bebé, ¿qué ocurre? Nunca más levanta los pies, se alimenta con las sobras de la olla, usa camisas viejas salpicadas de plátano regurgitado y se pasa el día acarreando el cuco de un lado a otro. En cuanto a los valiosos órganos internos, es difícil que una se dé cuenta de que tiene apendicitis, y menos todavía los demás.

Para lo único que prepara el embarazo es para el parto, el cual, por difícil que sea, es básicamente un acontecimiento en el que eres el centro de atención. La gente te pone almohadas en la espalda y todo el mundo se pasa repitiendo lo bien que lo estás haciendo («¡Seis centímetros de dilatación! ¡Bien hecho, mami!»). Nunca se te ocurre prepararte para los años posteriores a esas pocas horas excitantes, cuando pasas a ser simplemente una atormentada bolsa de harapos en el mundo de tu bebé, y cuando —lejos de decirte «lo bien que estás haciéndolo»— el mundo entero te culpa, con justicia, por cada mancha, rascada, rabieta y lata de cerveza arrojada desde el balcón. Es cierto que existen algunas llamadas «Escuelas para padres», pero ninguna que te instruya para dirigir una operación de comando a través de un laberinto intrincado de andadores, mientras llevas un tazón de papilla de manzana, contestas preguntas delirantes y ni por un minuto le sacas el ojo de encima al tenso diálogo entablado entre el pequeño de dos años y el gato.

Las mujeres que, como mi amiga, ya son madres, tienen poca paciencia con los procesos propios del primer embarazo de las otras. Recuerdo cuando le ofrecí a la directora de una revista mi sutil y emotivo Diario de nueve meses y le expliqué cuán fascinante era el hecho de que, si bien al comienzo me sentía vulnerable aunque protectora, al entrar en el tercer mes me sentí, bueno, algo así como protectora aunque vulnerable; y también lo útiles que resultaban las bolsas higiénicas de los aviones para ir en metro. Por un instante, a la directora, que tenía un hijo, le brillaron los ojos; después, valerosamente, aceptó publicar esa basura. Sin embargo, cuando logré terminarlo, mi hijo había nacido y, a mi vez, no alcanzaba a entender la razón de todo ese alboroto.

Por eso, no sin cierta timidez, incluyo un capítulo sobre el embarazo y sus problemas. Sólo puedo decir que, en su momento, me parecieron tan enormes como mi barriga.

El efecto secundario más provechoso de estar embarazada es el «complejo de prima Isabel» (véase Lucas 1: 39-41). Se trata de una irresistible necesidad de visitar a otras mujeres embarazadas para comparar experiencias. Te haces con algunas buenísimas y útiles amigas, de las que necesitarás más adelante. Cuando las embarazadas nos juntamos, infaliblemente nos volvemos tan íntimas que damos asco, nos contamos las cosas más asombrosamente francas sobre nuestras diversas membranas y nuestros impulsos, como si nos preparáramos para la abierta desvergüenza de la sala de partos. (Si dos técnicos de televisión entran en una sala de maternidad llevando chaquetas blancas, media docena de primerizas empiezan a tironearles la ropa y a tratar de consultarlos sobre sus pezones, sus hemorroides y sus puntos.)



Dado que los encuentros con madres experimentadas tienden a producir el tipo de vergonzosa culpa que sentí durante aquella comida caótica con dos niños, la compañía de otras embarazadas primerizas es esencial si quieres discutir los diversos y fascinantes procesos que se desarrollan bajo tu blusón. También puedes compartir tu inocente idealismo acerca de los niños, que por alguna razón parece enfurecer a la gente que ya está bregando con la cara oscura de la maternidad. Si planeas dar a luz de pie, al ritmo de Mozart, o bajo el agua con una partera progresista que permanezca a tu lado con un té de hojas de frambuesa, puedes divagar sobre tus teorías acerca del parto con tu amistosa prima Isabel. Si te propones convertir a tu recién nacido en un genio usando tarjetas mnemotécnicas y amamantarlo durante cinco largos años, espléndido, díselo todo a ella. Si tienes visiones de volantes impecables alrededor de una delicada cuna, instalada en un cuarto florido, con estantes llenos de pañales esponjosos tan blancos y suaves como el plumaje de un cisne, cuéntaselo a ella también; y mantén deliciosas y pequeñas charlas sobre productos para suavizar la ropa. Discute con ella sobre niñeras, sobre educación estatal, sobre la importancia de que el niño esté rodeado de arte, sobre la moral de Caperucita Roja. Dedícale radiantes sonrisas a todo el mundo, sueña tus sueños; proclama lo desagradable que resulta el título de este libro y planea una vida de sereno autosacrificio. Pronto estarás aquí abajo, con el resto de nosotras, aprendiendo astucias maternas. Bienvenida. Mientras tanto, hay que arreglárselas con las molestias y las irritaciones del embarazo. Es un poco como estar bajo ocupación o tener intrusos adentro. De pronto llevas a un pequeño pasajero importante, vulnerable y decidido, acurrucado cómodamente ahí dentro, sacudiéndote el estómago y la vejiga de aquí para allá, tomando lo que necesita sin molestarse en pedir permiso. Por ejemplo, te pondrás seriamente anémica antes de que a él le falte hierro. En cuanto a la comida, han nacido bebés sanos de madres medio muertas de hambre. El bebé es quien manda. Lo único que puedes hacer es asegurarte de que no lo estás forzando a absorber nada que no deba, como humo de cigarrillo, alcohol o drogas. Tras cada nuevo informe de la investigación que se realiza al respecto, esas indulgencias son cada vez más difíciles de justificar; no bien un puñado de lúgubres médicos llega a la conclusión de que «incluso un vaso de vino por día» puede dañar al feto, otro llega jadeando a la conclusión de que el nonato «se retuerce y retrocede» apenas la madre permite que el pensamiento de un cigarrillo se le cruce por la cabeza. Hay libros con base más científica que éste para persuadirte en uno u otro sentido. Todo lo que ofrezco aquí es mi propio razonamiento egoísta: me mantuve con un par de vasos de vino por semana y ni un analgésico durante los nueve meses de mis dos embarazos. Simplemente me repetía que el bebé tendría que nacer excepcionalmente grande, fuerte y a prueba de golpes, porque iba a tener una madre miserablemente egoísta. La táctica funcionó. Cada copa y cada fármaco rechazados parecían una forma de reaseguro frente a la posibilidad de tener un bebé enfermizo y molesto. No podría defender esta línea de razonamiento ante un tribunal, pero me mantuvo perfectamente feliz y abstemia a lo largo de dos embarazos.

Abandonar el alcohol y el cigarrillo, sin embargo, es un problema leve. Otros asuntos físicos son más fastidiosos. (El único consuelo misericordioso que te ofrece la providencia, que yo recuerde, es que, precisamente cuando tus tobillos se han hinchado de manera tan repugnante que apenas soportas mirarlos, la barriga te crece en tal forma que, de todos modos, no te los puedes ver.) A continuación encontrarás algunos comentarios y algunos remedios para las dolencias del embarazo.





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