Pura carreta de libros



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PURA CARRETA DE LIBROS
Biblioteca Pública Municipal de Sabaneta

El clima es apenas cálido. Sabaneta se extiende hacia el sur del Valle de Aburrá como un barrio más de Medellín. El paso de ciudad a municipio es imperceptible: la ciudad ha terminado por devorar al pueblo. Paradójicamente, Sabaneta sigue conservando ese aire rural propio, con ritmos distintos a los de la capital vecina. Le pido al taxi que me lleve a la biblioteca. Un hombre de mediana edad nos indica el lugar: “Cuando vean un niño de yeso que tiene una paleta en la mano, ahí es”. Seguimos. Son las ocho de la mañana y miro por la ventana del taxi tratando de vislumbrar a un niño de yeso con una paleta. No veo nada. Por fin me doy cuenta de que hay una escultura de un niño sosteniendo la llama de la sabiduría. Los sabios quedaron atrás, pienso.



Al entrar a la biblioteca pública municipal de Sabaneta me recibe Oswaldo Gutiérrez Tobón. Es un hombre de unos cuarenta años, cruzado por un bigote a la usanza antioqueña y un par de lentes dándole un aire de ratón de biblioteca. Me presenta a su gente. Descubro el salón en el cual tienen dispuestos los libros del premio por el cual yo estoy haciendo estas crónicas. Vuelve a decirme lo que muchos me han dicho: que es una maravilla, que no se esperaban libros de esa calidad. Sin embargo, después confesará que no le parecieron tantos libros. “La gente de Sabaneta aún no cree que tengamos tantos libros nuevos. No nos alcanzará la vida para leer tanta maravilla. Nos imaginábamos que cien millones de pesos en libros llenarían todas nuestras mesas y estanterías. Están muy caros los libros, apenas llegan a 4.000”.

La biblioteca está en una vieja casona que alguna vez fue colegio. He aprendido en estos viajes que muchas de las bibliotecas públicas colombianas fueron colegios. Oswaldo es egresado de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia. Se graduó en 1989. Desde hace siete años está al frente de la biblioteca de Sabaneta a pesar de tener oportunidades en Medellín. Le pregunto si es mero altruismo: “Aunque trabajé en bibliotecas universitarias y centros de comunicación, esta experiencia me llena mucho más pues presencio una efectiva ayuda a los demás”. No insisto con mis preguntas sobre el altruismo.

Voy tratando de recordar los nombres de la gente que está a su lado. Me viene a la memoria Bolivia Londoño, una mujer con una apariencia de otro tiempo. Sonriente, con el pelo pintado de canas, es la asistente de Oswaldo y quien se ocupa de apoyar los procesos técnicos. Cuando hablamos de su trabajo sólo me dice que se siente afortunada de trabajar entre libros.

Sentados en uno de los orgullos de Oswaldo, la bibliocarreta, le pido que me diga por qué es importante ser bibliotecario. Me equivoqué, pienso. Hay una diferencia radical –para los bibliotecólogos– en el apelativo: los unos son expertos, los otros también pero a punta de manejar bibliotecas todo el día. Se encarga de corregirme: “Ser bibliotecólogo es tener la llave del tesoro más grande de la humanidad: el conocimiento. Poder compartir con mis amigos los usuarios de la biblioteca pública, todo el pasado y presente en los libros, es viajar en el tiempo, es educar, es tener el poder de la información, es cultivar en los niños y jóvenes las mentes creativas cual la cera al toque de los dedos”. Con metáfora o sin ella pasamos a otros temas. Le pido que me hable de la gente que trabaja con él. Aparece entonces Carolina Restrepo. Es una mujer joven a la que la sonrisa le llena el rostro de puro entusiasmo. Se presenta y habla. Para ella este es un proyecto de vida al punto de haber cancelado un par de semestres por estar al pie de Oswaldo y la biblioteca. Estudia psicología y ya va en cuarto semestre. Su cargo oficial es el de promotora de lectura.

Volvemos al tema de la bibliocarreta porque estamos en plan de echar carreta y porque además Carolina es una de las conductoras. No suena mal: conduzco un carro de libros. Dice Oswaldo que es una idea que le produce orgullo sobre muchas otras. “Estoy enamorado de este programa. He creado dos puestos de trabajo. Hemos mojado prensa y aparecido en múltiples programas de televisión. Nos han buscado para ofrecer publicidad en las paredes de la bibliocarreta. Es noticia para los medios el que una biblioteca en estos tiempos esté en la calle conquistando lectores. Porque bibliobuses siempre han existido, desde que se inventó el automóvil, las cajas viajeras también llevan tiempo en nuestro medio y los Paraderos Paralibros Paraparques están en muchas partes. Nuestro logro es un híbrido entre caja viajera y bibliobus. Como bibliotecólogo es un honor ser considerado inventor de la bibliocarreta y contribuir a la noble tarea de muchos colegas que se esfuerzan por tener bibliotecas sin muros.”

Vamos hacia la plaza en compañía de Oswaldo y Carolina. Mientras me siguen contando sobre la bibliocarreta alcanzo con la mirada el parque principal. A pesar de un centro comercial en una de sus calles sigue pareciéndome más pueblo –y más lindo– que Rionegro, que viene a ser otra ciudad tan caótica como todas las nuestras. Recuerdo la historia de los ’niños’ de Vallejo que venían hasta esta plaza a pedirle a María Auxiliadora para que les diera puntería. Tantas motos e historias, libros y prensa, y la placita ahí, quieta, como queriendo enmudecer ante el paso del tiempo. Rubén Darío está sentado bajo un árbol de alguna cosa que no me atrevo a preguntar. Lo saludo mientras él atiende a dos de los paseantes. La bibliocarreta abrió desde las ocho de la mañana, hora en la cual yo andaba buscando a un niño lamiendo paleta. Me llama la atención el afecto que le procura Rubén Darío a los libros. Él es el alter hominis de Carolina. A él le toca la zona rural mientras que Carolina se ocupa de la zona urbana: cada uno con su carreta. Me cuenta que escribió un libro. Me lo muestra. Es la historia de dos muchachos que al comienzo de los años 80 decidieron irse a buscar fortuna a Aruba y encontraron la muerte en un contenedor de carga en Puerto Rico. Le pido que hablemos luego. Me interesa su historia pero antes Oswaldo y Carolina me han pedido que vayamos hacia uno de los conjuntos residenciales en los cuales se encuentra el primer modelo de bibliocarreta con nombre: Leo Parejo. El ingenio me saca una sonrisa, pero sólo eso.



Finalmente estamos ante el prototipo. Es más bibliocarretilla que bibliocarreta. Los niños juegan con ella mientras la aporrean con las bicicletas. Carolina la abre casi todos los días. Hace una mueca extraña cuando le dice a Oswaldo que lo del “mimo no está funcionando”. No resulta lo del mimo porque asusta a le gente, me informa. “Mire que ayer nomás el muy necio se me fue puerta por puerta y apenas le abrían ¡suaz¡ salía de repente y la gente le tiraba la puerta en la cara.” Bueno, han mejorado: ¡antes tenían un payaso!

Pasamos revista a los libros. Conozco los títulos. Hay más de setenta. Desde Anthony Browne hasta Saramago duermen juntos dentro de la boca de Leo Parejo. Creo que exagero en la lúdica de las imágenes, pero qué le vamos a hacer. Finalmente Oswaldo me cuenta que hacer una bibliocarreta le cuesta tres millones de pesos. Se trata de un mueble de metal adecuado con llantas de bicicleta que llevan a todas las esquinas y veredas de Sabaneta. Tienen préstamo a domicilio y clubes de lectura que manejan Carolina y Rubén Darío. La idea la han patrocinado la Compañía Nacional de Chocolates y una librería de Medellín.

Subimos por una calle empinada donde un hombre en pantaloneta lava un carro. Desde que nos ve grita que gracias por el favorcito. Oswaldo le sonríe y Carolina le dice que la lámpara debe pedírsela a otra gente, que ellos se ocupan es de la lectura. Me entero de que el hombre es uno de los presos más antiguos de Sabaneta. Por eso está en la calle. Por eso pide una lámpara ¿para qué? “Y también una mesa de ajedrez, que les cambiemos la mesa de ping pong.... pero nosotros no podemos con eso”, dice Oswaldo.

Luego nos sentamos en la plaza. Quien habla es Carolina. Dice que ella suspendió su carrera para hacer posible el proyecto. Oswaldo sonríe pues recuerda que al comienzo le soltó, sin más, a su promotora número uno: “Usted vino fue a pedirme empleo”. Ella, vuelve a aclararle, mientras come un pandebono con café: “No yo no vine por empleo, vine porque me interesa este proyecto. Al comienzo, la gente nos paraba en la calle preguntando si vendíamos algo. Nos tocaba explicarles de qué se trataba”. Interrumpe Orlando: “No contábamos con que esto iba a tener tal impacto. Pero por algo será que varios medios ya nos han sacado el proyecto. Y la gente con eso se dio cuenta que no eran tres loquitos paseando una carreta llena de libros”.
Tienen pautas radiales en su dial comunitario. Salen todos los días por lo menos dos horas. La gente sabe que esos son los de la biblioteca y por eso terminan visitándola. Los dos siguen hablando de contratos y contactos con las empresas privadas que quieran financiar la biblioteca, mientras viejos arrieros se reúnen a contarse las últimas del día frente a la reja de la iglesia.

Aunque tengan ferias del libro con tertulias literarias que van desde la historia del bolero hasta homenajes a escritores, piensan que aún falta mucho camino por recorrer. “Parecemos jugando al carrito chocón a ratos –dice Carolina– pero siempre nos devolvemos y cogemos para otro lado”. Además tienen un programa con estudiantes de la Universidad de Antioquia, llamado Libres por los Libros. Recuerdo al hombre de la pantaloneta lavando el carro: libre por el jabón. “Hacemos peñas literarias, llevamos conciertos o a Leo Parejo cada mes”.



“ El programa estrella es la bibliocarreta, de todos modos. La primera fue la blanca, después vino Leo Parejo, luego la ChocoCarreta –pintada como una chocolatina– y la otra, la blanca que atiende Rubén Darío. Le digo que es estrella porque hace poco nos conseguimos un millón de pesos para hacer un concurso sobre un diseño novedoso de nuevas bibliocarretas. Nos llegaron neveras con ruedas, una carreta del oeste y ganó una zorra”. Empieza a sonar de fondo una canción de Julio Jaramillo. El próximo proyecto de Oswaldo es gestionar la compra de un carro-moto para llegar hasta lugares más lejanos. “Es difícil porque valen diez millones de pesos, pero algo nos inventaremos.” Carolina se levanta y se despide: tiene que abrir su bibliocarreta. Oswaldo hace el mismo ademán y cuando los veo irse pienso en que son felices, a su manera, inventándose “carretas” para llevar la lectura a más gente.

Camino por la plaza y alcanzo a Rubén Darío. Es un hombre inalterable, con esa quietud de quienes andan con el pasado encima. Comienza a hablarme del “mejor trabajo del mundo” que tiene hace unos ocho meses. Luego saca un diario en el que guarda las experiencias del día. Lee la del día anterior: “Salí al parque en compañía de Oswaldo con la carreta blanca. Dos señores se acercaron, miraron y se fueron haciendo caso omiso a mi petición de que se sentaran y leyeran un libro sin ningún compromiso. En menos de media hora se acercaron cuatro usuarios y ojearon algunos textos. Se les brindó un rico dulce, cortesía de la biblioteca de Sabaneta. Llegaron dos usuarios que, extrañamente, querían leer gratis mi libro, El polizón. ‘Señores por favor, es necesario invertir en la compra para poder prestarlo a la comunidad que quiere leerlo’. Estoy feliz con la acogida de la bibliocarreta por parte del público. Los niños vienen. Los ancianos se detienen; en general a todo el mundo le causa gran felicidad. Varias mujeres que venden veladoras en el parque se ponen dichosas cuando llego. Pienso que no es sólo por la lectura sino porque, acaso, la situación está tan dura que apenas venderán un par de veladoras al día y por lo menos pueden ponerse a leer.”



Su diario continúa por minutos. Me pierdo en las imágenes que va leyendo. Las señoras que salen de misa se sientan a leer. Un auto se detuvo el día anterior y pretendió comprar un libro de recetas de cocina. Un par de hombres sentados bajo el árbol. Camino a la salida hacia Medellín con la voz de ese polizón que guardó sus sueños en un viaje hacia ninguna parte y encontró puerto halando una carreta llena de libros.


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