Puerta al verano robert heinlein



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PUERTA AL VERANO

ROBERT HEINLEIN
Título original: The Door Into Sutnrner

Traducción de F. Hernández


© 1957 by Robert A. Heinlein

© 1986, Ediciones Martínez Roca S.A.

© Por la presente edición Editorial EDISAN, S.A.
Capitán Hava 21, 28020 Madrid.

Telfs: 4597562 - 4597751

Télex: 49416. Pubí. E Avisar Edisan

ISBN: del Tomo: 84-86472-74-1

ISBN: obra completa: 84-86472-72-5

Depósito Legal: M. 13.163-1987

Impreso en España/Printed in Spain

por Grafur, S.A.



C~/ Igarsa, Naves E-F

Paracuellos del Jarama - Madrid

Encuadernación: Huertas, S.L.

Fuenlabrada (Madód)


Impreso en abril de 1987

Edición para América: agosto de 1987


Para

A. P. y Phyllis, Mick y A rnette,

A elurophiles todos.

PUERTA AL VERANO

1

Un invierno, poco antes de la Guerra de Seis Semanas, mi gato - Petronio el Arbitro- y yo vivimos en una vieja granja de Con­necticut. Dudo de que la granja siga allí, ya que se hallaba situada cerca del área de tiro cercana a Manhattan, y esas construcciones de viejo armazón arden como papel de seda. Pero aunque siguiera en pie no sería utilizable como vivienda, debido a los derribos. Pero a Pet y a mí nos gustaba. La falta de agua corriente hacía que el alquiler fuese bajo, y lo que antes había sido el comedor tenía una buena luz del norte para mi mesa de diseño.



El inconveniente residía en que el lugar tenía once puertas que daban al exterior. Doce, si contamos la de Pet. Yo siempre procu­raba una puerta para Pet - en este caso un tablero ajustado a la ventana de un dormitorio que no se utilizaba, y en el cual había cortado una gatera justo para que pasaran los bigotes de Pet -. He pasado gran parte de mi vida abriendo puertas para gatos... Una vez calculé que, desde el comienzo de la civilización, se han emplea­do de esta manera novecientos setenta y ocho siglos. Puedo enseña­ros los cálculos.

Pet solía utilizar su propia puerta salvo cuando conseguía que yo le abriese una de las que utilizaban las personas, lo cual era de su preferencia. Sin embargo, nunca utilizaba su puerta cuando había nieve en el suelo.

Cuando Pet era muy pequeño, todo pelusa y ronroneos, ya había adquirido una sencilla filosofía: yo me ocupaba de la vivienda, del racionamiento y del tiempo, y él se ocupaba de todo lo demás; pero me hacía especialmente responsable del tiempo.

Los inviernos de Connecticut sólo son adecuados para las tarje­tas de Navidad; aquel invierno, Pet observaba regularmente su pro­pia puerta, negándose a salir debido a aquella desagradable sustan­cia blanca que había en el exterior (no era ningún tonto), y luego me hostigaba para que abriese una ~e las puertas para personas. Estaba convencido de que al menos una debía conducir a un tiempo de verano. Eso significaba que en cada ocasión tenía que ir con él a cada una de las once puertas, mantenerla abierta hasta que sé con­venciera de que también allí era invierno, y luego pasar a la puerta siguiente mientras sus críticas a mi mala administración crecían en acritud con cada decepción.

Luego permanecía en el interior hasta que la presión hidráulica materialmente le obligaba a salir. Cuando regresaba, el hielo de sus patas resonaba como zuecos sobre el suelo de madera, y me miraba y se negaba a ronronear hasta que se lo había arrancado todo..., después de lo cual me perdonaba hasta la próxima ocasión.

Pero nunca abandonó su búsqueda de la Puerta al Verano.

Y el 3 de diciembre yo también la estaba buscando.

Mi pesquisa era casi tan desesperada como lo había sido la de aquel invierno en Connecticut. La poca nieve que había en el sur de California la guardaban en las montañas para los esquiadores, no en Los Ángeles, donde probablemente tampoco hubiera podido pasar a través de la contaminación. Pero el tiempo invernal estaba en mi corazón.

No me encontraba enfermo (aparte de una resaca acumulativa), aún me faltaban unos cuantos días para llegar a los treinta años, y estaba lejos de no tener dinero. La policía no me buscaba, ni tam­poco ningún marido, ni ninguna citación judicial. No había nada en mí que una leve amnesia no hubiera podido curar. Pero en mi corazón había invierno y estaba buscando una puerta que diese al verano.

Si les parezco un hombre que padece un caso agudo de autocom­pasión, están en lo cierto. Sobre el planeta debía haber dos mil millones de hombres en peor estado y, no obstante, yo estaba bus­cando la Puerta al Verano.

La mayoría de las puertas que he comprobado últimamente han sido basculantes, como las que tenía frente a mi: SANS SOUCI Bar-Grill, anunciaba el letrero. Entré, escogí un compartimento hacia el medio, puse cuidadosamente sobre el asiento el maletín que llevaba, me instalé junto a él, y esperé al camarero.

El maletín dijo:

-¿Uaaarrr?

-Estate quieto, Pet -dije.

-¡Miauuu!

-Tonterías, acabas de ir. Cállate, que viene el camarero.

Pet se calló. Yo levanté la mirada al acercarse el camarero y le dije:

-Un whisky doble, un vaso de agua corriente y una ginger ale.

El camarero se quedó perplejo:

-¿Ginger ale, señor? ¿Con whisky?

-¿La tiene o no la tiene?

-Sí, claro que sí, pero...

-Pues tráigala. No voy a beberla; sólo quiero reírme de ella. Y traiga también un platillo.

-Como usted diga, señor. –Dio

lustre al tablero de la mesa-. ¿Y un pequeño bistec, señor? ¿O un escalope, que están muy bien hoy?

-Mire, amigo, le daré propina por los escalopes si me promete que no me los servirá. Lo único que necesito es lo que he pedido... Y no se olvide del platillo.

Se calló y se marchó. De nuevo dije a Pet que se calmara, que había desembarcado la Infantería de Marina. El camarero regresó, satisfecho su orgullo al traer la ginger ale sobre el platillo. Hice que la abriera mientras yo mezclaba el whisky con el agua.

-¿Desea otro vaso para la ginger ale, señor?

-Soy un buen cowboy; la bebo directamente de la botella.

Se calló y dejó que pagase y le diese propina, sin olvidar la correspondiente a los escalopes. Cuando se hubo ido puse un poco de ginger ale en el platillo, y golpeé el maletín:

-La sopa está servida, Pet.

El maletín no estaba cerrado; nunca lo cerraba cuando él estaba dentro. Lo acabó de abrir con sus patas, sacó la cabeza y miró rápidamente alrededor, luego alzó su pecho y colocó las garras sobre el borde de la mesa. Yo levanté mi vaso y nos miramos el uno al otro:

-Brindemos por la raza femenina, Pet... ¡Encuéntralas y olvídalas!

Pet asintió; aquello estaba de acuerdo con su filosofía. Inclinó gentilmente la cabeza y comenzó a sorber su ginger ale.

-Si es que puedes, claro está -añadí, bebiendo un trago largo.

- Pet no respondió. Olvidar una hembra no suponía ningún esfuerzo para él; era un tipo nacido para soltero.

Frente de mí, y a través de la ventana del bar, había un anuncio luminoso que variaba constantemente. Primero se podía leer: TRA­BAJE MIENTRAS DUERME. Y luego: Y DISIPE SUS PREOCUPACIONES DURANTE EL SUEÑO. Después, en letras de doble tamaño, res­plandecientes:

COMPAÑÍA DE SEGUROS MUTUOS

Leí varias veces los tres anuncios sin pensar en ellos. Sabía tanto, o tan poco, sobre la animación interrumpida, como todo el mundo.

Cuando fue anunciada por vez primera había leído un artículo divulgativo al respecto, y dos o tres veces por semana me llegaba en el correo de la mañana propaganda de una compañía de seguros, generalmente la tiraba a la papelera sin ni siquiera mirarla, pues no creía que me pudiera interesar más que la de lápices para labios.

En primer lugar, hasta hacía poco, no hubiera podido pagar un sueño en frío: era demasiado caro; en segundo lugar, ¿por qué un hombre a quien interesaba su trabajo, que ganaba dinero y esperaba ganar más, estaba enamorado y a punto de casarse, iba a querer suicidarse?

Si un hombre padecía una enfermedad incurable, o en todo caso esperaba morirse, pero creía que los doctores de una generación su siguiente serían capaces de curarle, y podía permitirse pagar el sueño frío mientras la ciencia médica buscaba solución a su caso, entonces el sueño frío era una decisión lógica. O si su ambición consistía en hacer un viaje a Marte y pensaba que suprimiendo una generación de su película personal podría conseguir un billete para el viaje, me figuro que entonces también era lógico... Se había publicado la historia de una pareja de buena sociedad que se casó y se fue directamente de la alcaldía al santuario del sueño de la Compañía de Seguros del Mundo Occidental, dejando instrucciones para que no se les despertara hasta que pudieran pasar su luna de miel en un transatlántico interplanetario..., aunque yo sospeché que se trataba de una propaganda organizada por la compañía de segu­ros, y que habían salido por la puerta trasera con nombres falsos. Eso de pasar la noche de bodas tan en frío, como un pescado congelado, no me parece a mí que sea muy creíble.

Además, había también la incitación directamente financiera, aquella sobre la cual las compañías hacían más hincapié: «Trabaje él mientras duerme». Estáte quieto y deja que lo que hayas ahorrado se convierta en una fortuna. Si tienes cincuenta y cinco años y tu caja de pensiones te paga doscientos al mes, ¿por qué no dejar que vayan pasando los años, despertar todavía a los cincuenta y cinco, y dejar que te paguen mil por mes? Y eso por no mencionar lo que supondría despertarse en un mundo nuevo y mejor, que probable­mente te ofrezca una vida más larga y más sana durante la cual disfrutar de tus mil al mes. Este último argumento era el que real­mente utilizaban a fondo las compañías, todas las cuales probaban, con número indiscutibles, que su selección de acciones acumulaba dinero con más rapidez que las otras. «¡Trabaje mientras duerme!»

Eso nunca me había atraído. No tenía cincuenta y cinco años, no quería retirarme, y no veía nada malo en mi época.

Es decir hasta hace poco. Ahora estaba retirado, tanto si me gustaba como sino (no me gustaba): en vez de estar en mi luna de miel me encontraba en un bar de segunda clase; en vez de mujer tenía un gato con muchas cicatrices y un gusto morboso por la ginger ale; y en cuanto a lo de gustarme mi época la hubiese cam­biado por un cajón de botellas de ginebra, y las hubiese roto una tras otra.

Pero no estaba arruinado.

Metí la mano en mi americana, saqué un sobre y lo abrí, había en él dos cosas. Una era un cheque certificado, por una cantidad superior a la que nunca había tenido; la otra era un certificado de acciones en Muchacha de Servicio. Los dos documentos empezaban a estar un poco arrugados, pues los había llevado encima desde que me los entregaron.

¿Y por qué no?

¿Por qué no esconderme y dejar que mis preocupaciones se des­vanecieran durante el sueño? Siempre sería mejor que alistarse en la Legión Extranjera, menos sucio que el suicidio, y me disociaría por completo de las personas y de los acontecimientos que me habían amargado la vida. Así que, ¿por qué no?

No me interesaba excesivamente la posibilidad de enriquecerme. Claro que había leído Cuando el dormido despierte - de H. G. Wells, no sólo cuando las compañías de seguros comenzaron a regalar ejemplares, sino antes, cuando no era más que una novela clásica; sabía de lo que eran capaces el interés compuesto y la plusvalía de las acciones. Pero no estaba seguro de disponer de suficiente dinero para comprar el Sueño Largo y al mismo tiempo efectuar un depósito lo bastante importante para que mi interés valiera la pena. El otro argumento me atraía más: meterme en la cama y despertar en un mundo diferente. Quizás en un mundo mucho mejor, según las compañias de seguros querían hacernos creer..., o quizá peor, aunque, desde luego, diferente.

Sin embargo, podía tener la seguridad de una diferencia impor­tante: podía dormir lo suficiente para tener la certeza de que sería un mundo sin Belle Darkin, y sin Miles Gentry; pero sobre todo sin ha Belle. Si Belle estaba muerta y enterrada, podría olvidarla y olvidar ­lo me de lo que me había hecho, en vez de amargarme pensando en que sólo se encontraba a unos cuantos kilómetros de distancia.

Veamos, ¿cuánto tiempo sería necesario para eso?

Belle tenía veintitrés años, o así. Bueno, de todos modos tendría menos de treinta. Si yo dormía setenta años, ella estaría muerta y enterrada. Digamos setenta y cinco, para estar seguros.

Luego recordé los progresos de la geriatría: se hablaba de los ciento veinte años como una duración «normal». Quizá tuviese que dormir cien años. No tenía la seguridad de que ninguna compañía de seguros llegase a ofrecer tanto.

Luego me vino una idea levemente diabólica, inspirada por el calorcillo del whisky. No hacía falta dormir hasta que Belle hubiese muerto: era más de lo necesario -y una venganza adecuada contra una hembra - ser joven cuando ella fuese vieja. Lo bastante para fastidiaría; algo así como unos treinta años.

Sentí una pata, suave como un copo de nieve, sobre mi brazo:

-¡Msss.! -anunció Pet.

- Tragón - le dije, y le serví otro platillo de ginger ale. Me dio las gracias con una cortés espera, y luego comenzó a lamerlo.

Pero había interrumpido mí placentera y perversa meditación. ¿Qué diablos iba yo a hacer con Pet?

No se puede regalar un gato lo mismo que se regala un perro; no lo soportan. A veces continúan en la casa, pero no en el caso de Pet; para él yo era la única cosa estable en un mundo cambiante desde que lo habían separado de su madre, hacía nueve años... Incluso había conseguido conservarlo junto a mí en el Ejército, y eso sí que era difícil.

Él disfrutaba de buena salud, y probablemente continuaría así a pesar de que era una masa de cicatrices. Si conseguía corregir cierta tendencia a atacar con la derecha, seguiría ganando batallas y engendrando gatitos durante otros cinco años por lo menos.

Podía pagar para que lo mantuvieran en un hogar hasta que muriese (¡ni pensarlo!), o hacer que le dieran cloroformo (igualmen­te inimaginable), o abandonarlo... A eso es a lo que uno se ve reducido en el caso de un gato: o bien se sigue cumpliendo con la obligación que se ha asumido, o bien se abandona al desgraciado, se le deja en estado salvaje y se destruye su fe en la justicia eterna.

Del mismo modo que Belle había destruido mi fe.

Así pues, amigo Danny, vale más que lo olvides. Tu vida puede haberse agriado tanto como unos pepinillos, pero eso no te libera en lo más mínimo de cumplir tu obligación con este gato malcriado.

Apenas llegué a esa verdad filosófica, Pet estornudó: las burbu­jas se le habían subido a la nariz:

- Gesundheit! -dije- y acostúmbrate a no beberlo tan rápido.

Pet no me hizo caso. En conjunto, sus modales eran mejores que los míos, y él lo sabía. Nuestro camarero había estado dando vuel­tas alrededor de la caja hablando con el cajero. Era la hora de poco trabajo después del almuerzo, y los otros clientes estaban en el bar. El camarero alzó la mirada cuando dije Gesundheit! y habló con el cajero. Los dos miraron hacia nosotros, el cajero levantó la porte­zuela del bar y se aproximó.

- Policías, Pet -dije en voz baja.

Miró alrededor y se escondió en el maletín y yo junté los bordes del cierre. El cajero se acercó y se inclinó sobre mi mesa, mirando rápidamente a los dos asientos.

-Lo siento, amigo -dijo tranquilamente-, pero tendrá que sacar ese gato.

-¿Qué gato?

-Ese al que estaba dando de comer en este platillo.

-No veo ningún gato.

Esta vez se inclinó y miró bajo la mesa.

-Lo tiene usted en ese maletín -dijo acusadoramente.

-¿Maletín? ¿Gato? -dije perplejo-. Amigo mio, supongo que estará usted empleando una figura retórica...

-¿Qué? No utilice usted palabras raras. Tiene un gato en ese maletín. Ábralo.

-¿Tiene un mandato judicial?

-¿Cómo? No diga tonterías.

-Es usted quien dice tonterías al pedirme que le enseñe el inte­rior de mi maletín sin un mandato judicial. Enmienda cuarta. Ade­más, hace ya años que terminó la guerra. Y ahora que nos hemos puesto de acuerdo, haga el favor de decir al camarero que traiga lo mismo. O tráigamelo usted...

Se entristeció.

-Amigo, no se trata de nada personal, pero tengo que pensar en la licencia. «Ni perros ni gatos», lo dice en la pared. Nuestro objetivo es mantener un establecimiento en condiciones higiénicas.

-Pues han fracasado. -Levanté mi vaso-. ¿Ve usted las mar­cas de lápiz de labios? Debería vigilar a su lavaplatos, en vez de dedicarse a registrar a sus clientes.

-No veo ninguna marca...

-Porque la he limpiado casi del todo. Pero llevémoslo al Depar­tamento de Sanidad y que revisen la cuenta de bacterias.

-¿Tiene usted insignia? -suspiró.

-No.


-Pues estamos a la par. Yo no registro su maletín y usted no me lleva al Departamento de Sanidad. Y, si desea usted otra bebida, vaya al bar y que le sirvan... a cuenta de la casa. Pero no aquí. -Se volvió e indicó el camino.

Me encogí de hombros.

-En todo caso, ya nos marchábamos.

Cuando pasé por delante de la caja, el cajero levantó la mirada.

-¿No estará molesto, verdad?

-No. Pero tenía la intención de traer más tarde a mi caballo para que echara un trago; ahora ya no lo haré.

-Como quiera. Las ordenanzas no dicen nada acerca de caballos. Pero... otra cosa: ¿ese gato verdaderamente bebe ginger ale?

-Cuarta enmienda, ¿recuerda?

-No quiero ver al animal, sólo saberlo.

-Pues bien -adrnití-, le gusta más con un poco de angostura, pero lo bebe sin ella si no tiene más remedio.

-Le estropeará los riñones. Mire eso, amigo...

-¿Qué debo mirar?

-Echese hacia atrás, de manera que su cabeza quede cerca de la mía. Ahora mire al techo, sobre cada uno de los compartimentos... A los espejos de los decorados. Se que allí había un gato porque lo vi.

Me incliné hacia atrás y miré: el techo estaba decorado con muchos espejos; entonces vi que algunos de ellos estaban orientados de manera que permitían que el cajero los utilizase como perisco­pios sin moverse de su sitio.

-Necesitamos eso -dijo, como excusándose-. Le escandaliza­ría saber lo que pasa en esos compartimentos... Si no les tuviésemos vigilados... El mundo está perdido.

-Amén, amigo. -Y me marché.

Una vez hube salido, abrí el maletín y lo llevé colgado de un asa. Pet sacó la cabeza.

-Ya has oído lo que ha dicho ese hombre, Pet. «El mundo está perdido.» Más que perdido cuando dos amigos no pueden echar un trago juntos sin que les espíen. Esto lo prueba.

-¿Ahorrra? -preguntó Pet.

-Puesto que lo dices... Y si vamos a hacerlo no hay motivo para demorarlo.

-¡Ahorrra! -respondió Pet, enfáticamente.

-Hay unanimidad. Está aquí mismo, al otro lado de la calle.

La recepcionista de la Compañía de Seguros Mutuos era un buen ejemplo del diseño funcional. A pesar de sus formas aerodinámicas, exhibía por el frente espacios para el radar y todo cuanto se necesi­taba para su misión fundamental. Me tranquilicé pensando que para cuando yo saliese ella seria ya una marmota, y le dije que quería ver a un vendedor.

-Siéntese, por favor. Veré si alguno de nuestros ejecutivos para clientes está libre. -Antes de que pudiera sentarme, añadió-: Nues­tro señor Powell le verá. Por aquí, por favor.

Nuestro señor Powell ocupaba un despacho que me hizo pensar que a Seguros Mutuos no le iban mal las cosas. Me dió un húmedo apretón, me hizo sentar, me ofreció un cigarrillo e intentó coger mi maletín, pero yo me aferré a él.

-Y bien señor, ¿en qué podemos servirle?

-Deseo el Largo Sueño.

Arqueó las cejas, y sus modales se hicieron más respetuosos. Sin duda Seguros Mutuos no volvería la espalda a siete billetes, pero el Largo Sueño les permitía meter mano a todos los intereses del cliente.

-Una decisión muy acertada -dijo con reverencia-. Es lo que yo querría hacer si pudiera. Pero las responsabilidades familiares... ¿sabe? -Extendió la mano y cogió un formulario-. Los clientes para el sueño suelen tener prisa. Permítame que le ahorre tiempo y molestias llenando esto en su nombre... Haremos lo necesario para que el examen físico se haga de inmediato.

-Un momento.

-¿Qué?

-Una pregunta. ¿Están ustedes en condiciones de organizar sue­ño frío para un gato?



Pareció sorprendido, y luego molesto:

-¿Está bromeando? Abrí el cierre del maletín y Pet sacó la cabeza.

-Le presento a mi compañero. Le ruego que conteste a mi pregunta. Si la respuesta es «no», entonces me dirigiré a la Obligación del Valle Central. Sus oficinas están en este mismo edificio, ¿verdad?

Esta vez se horrorizó:

-Señor... ¡Oh! No entendí bien su nombre...

-Dan Davis.

-Señor Davis, cuando alguien entra por nuestra puerta está bajo la benevolente protección de la Mutua de Seguros. No podría permitir que usted se fuera a Valle Central.

-¿Y de qué manera piensa impedírmelo? ¿Judo?

-¡Por favor! -Echó una ojeada alrededor con aire preocupa­do-. Nuestra compañía es ética.

-¿Quiere decir que Valle Central no lo es?

-No dije eso; fue usted, señor Davis, no deje que le influya...

-No lo conseguiría.

-....pero examine usted el contrato de cada una de las compa­ñías. Consulte con un abogado o, mejor aún, con un asesor oficial. Averigüe lo que le ofrecemos, y actualmente entregamos, y compá­relo con lo que Valle Central pretende ofrecer. -Miró nuevamente a su alrededor y se inclinó hacia mí-. No debería decirlo, y confío en que usted no lo repetirá, pero ellos ni siquiera utilizan las tablas oficiales.

-Quizá tratan mejor al cliente.

-¿Cómo? Mi querido señor Davis, nosotros distribuimos todos los beneficios sobrantes. Nuestros estatutos nos lo imponen... Mien­tras que Valle Central es una compañía por acciones.

-Quizá debiera comprar algunas de las suyas... Mire señor Po­well, estamos perdiendo el tiempo. ¿Seguros Mutuos aceptará a mi compañero aquí presente o no? Si es que no, entonces llevamos aquí demasiado rato.

-¿Quiere decir que está dispuesto a pagar para conservar viva a esa criatura en hipotermia?

-Quiero decir que deseo que los dos tomemos el Largo Sueño. Y no le llame usted «criatura»; su nombre es Petronius.

-Usted perdone. Expresaré mi pregunta de otro modo: ¿Está usted dispuesto a pagar dos cuotas de custodia, para mantener a ustedes dos, a usted y a... bueno a Petronius, en nuestro santuario?

- Si, pero no dos cuotas corrientes; algo extra sí. Pueden ustedes meternos a los dos en el mismo ataúd... Honestamente no pueden cargar lo mismo por Pet que por un hombre.

-Esto es muy poco corriente...

- Desde luego. Pero ya discutiremos el precio luego... o lo dis­cutiré con Valle Central. De momento, lo que necesito saber es si ustedes pueden hacerlo.

- Bueno... -Tamborileó sobre su mesa-. Un momento. -Cogió el teléfono y dijo-: Opal, póngame con el doctor Berquist.

No oí el resto de la conversación, pues colocó la protección para conversación secreta. Pero, al cabo de un rato, dejó el teléfono y sonrió como si se le hubiese muerto un tío rico:

-¡Buenas noticias, señor! De momento había olvidado el hecho de que los primeros experimentos que tuvieron éxito, se efectuaron con gatos. Las técnicas y factores críticos para gatos han sido esta­blecidos en su totalidad. Incluso hay un gato en el Laboratorio de Investigaciones Navales de Annapolis que, desde hace más de veinte años, se encuentra vivo en hipotermia.

-Yo creía que el LIN había sido destruido cuando se apodera­ron de Washington.

-Solamente los edificios de superficie, señor, pero no las cáma­ras profundas. Lo cual es un tributo a la perfección de la técnica; el animal permaneció sin cuidados, excepto los de la maquinaria auto­mática, durante más de dos años... Y, sin embargo, vive aún, sin alterarse ni envejecer. Lo mismo que usted vivirá, cualquier período de tiempo que decida encomendarse a nuestra compañía, señor.




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