Psicologia del Desarrollo



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Conocimiento factual

De las cuestiones prácticas de la vida

Conocimiento de los proce-

dimientos para las cuestio-

nes prácticas de la vida.







Conocimiento del

contexto de los cambios

de la vida y la sociedad


Conocimiento que

considera la relatividad

de los valores de la vida

Sabiduria como conocimiento experto





Conocimiento que considera las incertidumbres de la vida

En todos los casos el modo como afronte su vejez una persona, será el resultado del plan de vida que se haya fijado. Parece contradictorio que se hable de un “plan” a estas alturas de la vida. Sin embargo de esto dependerá cómo se sienta cada sujeto con respecto al medio que le rodea y con respecto al fin que se avizora.


Hay adultos que tienen como último fin útil de su vida, su jubilación. Para ellos ser jubilado es convertirse en un ser inútil, improductivo, dependiente. Se dice de estas personas que no se jubilan de un trabajo sino que se jubilan de la vida. En estas condiciones un jubilado pasa a ser un mueble más en el hogar que ya sólo está esperando a que le llegue la muerte. Cuando hablamos de un plan de vida, la gente adulta debe aprender a desarrollar proyectos de lo que va a hacer cuando se vea por fin liberado de las responsabilidades del trabajo que lo mantuvo ocupado por 30 o 40 años. Utilizar el tiempo libre para realizar un trabajo voluntario; aprender la técnica que uno siempre quiso; desarrollar las manualidades que no tuvo tiempo de hacer antes; escribir la obra que siempre deseó y no tuvo la oportunidad de realizar o simplemente viajar; este es el proyecto de vida que puede mantener activos a los adultos tardíos y, aparte de mantenerlos ocupados, darles un aliciente para su vida.
Con todo, la muerte tiene que llegar. Esta es la única certeza confiable que se puede tener en la vida. Y sin embargo a pesar de ser un acontecimiento absolutamente natural, de ser lo único que sabemos que va a suceder con toda certeza, que nadie escapa a la muerte, ninguno estamos preparados para recibirla.
Hasta hace poco tiempo la psicología se empezó a interesar en este fenómeno que, aunque no es fácil de enfrentar, genera mucha ansiedad y depresión no sólo entre los que sienten cercana su muerte, sino entre los familiares y amigos cercanos. Y esta situación no deja de ser paradójica: en otras culturas de las llamadas primitivas, la muerte es un suceso natural en el que la familia y la sociedad tomaban parte activa. En nuestro medio, la gente no muere con su familia, sino rodeada de personas extrañas que la asisten en forma mecánica y profesionalizada sin siquiera la mano de un familiar o de sus seres queridos. La paradoja radica en que una persona promedio de 21 años de edad, jamás ha asistido a una muerte real, pero ha presenciado alrededor de 13,000 muertes en la televisión6.
Contrariamente a lo que podría pensarse, los ancianos no están más preocupados acerca de la muerte de lo que están los adultos jóvenes. Tal parece que la resignación a lo inevitable, es una característica de la madurez. En una encuesta hecha entre ancianos, solo el 10% de ellos contestaron que tenían miedo a morir, a lo que le temían era a una agonía lenta y dolorosa, lo cual es perfectamente explicable.
Una investigadora, la Dra. Kübler-Ross recientemente se interesó por el estudio de la muerte y los moribundos y encontró que nadie, ni el personal médico que atiende a los que están a punto de morir, estaba preparado para tratar este proceso. Dice la doctora que los médicos y el personal del hospital, se han capacitado para cuidar la vida, para luchar contra la muerte y que entonces sienten como un fracaso, del cual no quieren hablar, cuando un paciente llega a fallecer. De hecho descubrió que cuando los médicos establecían el diagnóstico de muerte inminente (paciente terminal), le hablaban menos, evitaban cualquier contacto innecesario y le brindaban menos cuidado rutinario. Esto la llevó a pensar que estos pacientes debían morir en su casa, con sus familiares, cerca de sus cosas queridas.
También determinó que un paciente terminal pasa por cuatro etapas a partir de que se establece el diagnóstico:

  1. Negación: en esta etapa el paciente no acepta la posibilidad de su muerte y niega que eso le vaya a pasar a él. Busca otros diagnósticos, otras opiniones y se afana por convencerse de que eso no está ocurriendo en realidad.

  2. Ira. Una vez que confirma que en efecto morirá, se produce un gran resentimiento, un enojo contra los médicos y contra todos. Se frustra porque sus planes y sus sueños ya no serán realizados. En este momento su angustia radica en la pregunta: ¿Por qué yo?

  3. Negociación: durante esta etapa el paciente trata de ganar un poco más de tiempo, negocia con Dios, con las enfermeras, con quien esté a su alcance. Hace promesas a cambio de otra perspectiva en la evidencia de su muerte.

  4. Depresión. Cuando todas las negociaciones fallan, cuando el tiempo pasa y no resuelve nada, aparece la desesperanza y con ella la depresión. Reniega de todo lo que perdió o que no pudo obtener y se deprime ante su muerte próxima.

  5. Resignación. Es la etapa final. Acepta su destino y se resigna a esperar al fin.

Puede suceder que algunas personas no sigan las etapas en ese orden, pero en general se pueden observar dichos estados en casi todos los seres humanos.


Recientemente han surgido grupos que piensan en la eutanasia. Esta propuesta la hacen basados en que si la muerte es tan natural y positiva, ¿se podría dar a cada quien la decisión de seleccionar cuándo y cómo quisiera morir? ¿Si un paciente destinado a morir está consciente de ello, podría exigir su “derecho a morir”? Nuestra sociedad protege la vida aún de quien no la quiere. Basta ver los esfuerzos que se hacen por salvar a los suicidas que atentan contra su vida. Mucho menos se permite que otros ayuden a morir o intervengan en las decisiones sobre la vida de alguien. Hace poco, fue noticia el caso de un doctor norteamericano que proporcionaba a sus pacientes unos aparatos que les administraban la dosis mortal de una sustancia cuando ellos apretaban un botón. Pues este doctor fue llevado a juicio por “ayudar” a aquellos que se aplicaban por su propia voluntad el veneno.
¿Por qué este temor a la muerte? ¿Por qué se lucha tan desesperadamente por mantener en vida inclusive a los que quisieron quitársela? Tal vez todo radica en el desconocimiento fundamental que tenemos acerca de ese evento. Acerca de la muerte no hay un acuerdo generalizado: unos opinan que es el final de todo; otros creen que es un nuevo comienzo; algunos más piensan que es el paso a la eternidad del alma, en fin que nos encontramos ante una serie de creencias y opiniones que no tienen más sentido que tranquilizar a las personas acerca de un hecho que sólo les provoca incertidumbres.
La religión o las religiones en general son las que proporcionan el mayor número de explicaciones acerca del fenómeno. Es por esta razón que muchos ancianos se vuelven más religiosos en esta última etapa. Al sentir que su vida llega su fin, sienten que les van a pedir cuentas según se hayan portado en su existencia. Sobre todo en aquellas religiones que aseguran que la muerte es el cobro de todas las reglas no cumplidas: si no se cumplió con los “mandamientos” se corre el riesgo de que los jueces divinos no los acepten en su paraíso, y no solo eso, sino que les manden un castigo eterno para que paguen sus incumplimientos.
Aunque se dice que la muerte se experimenta según la cultura en la que se viva, la verdad es que todos los seres humanos tienen temor innato ante el fenómeno de la muerte, aún en aquellas culturas que aparentemente se ríen de la muerte, como la mexicana. La verdad es que la risa no es una burla, sino una muestra del respeto ancestral que tenían los antepasados ante los muertos que no se van del todo, sino que permanecen entre nosotros, atentos ante nuestro comportamiento.
RELACIONES SOCIALES EN LA VEJEZ

Conceptos clave: -integridad- -expectativas- -pérdida- -relaciones con la familia- -relaciones con amigos- -sexualidad en la pareja- -centros sociales- -propósitos del sexo-

Estudia atentamente.

En esta etapa final, lo peor que tiene que soportar el anciano no es el deterioro de la salud, ni las enfermedades crónicas que se presentan a partir de la etapa anterior, ni siquiera las dificultades económicas propias de los jubilados, sino la pérdida de amigos y familiares cercanos. Esta certeza de que todos se van y se va quedando solo, y que además pronto le tocará a él, es un golpe a la serenidad y la estabilidad de cualquiera. Según Erikson la etapa de desarrollo psicosocial que transcurre a esta edad es la de integridad vs desesperación. En este momento los ancianos que voltean atrás y ven que su vida tuvo algún sentido, que a pesar de las circunstancias en que se desarrollaron, sus expectativas se vieron cumplidas, estas personas tendrán un sentido de integridad. Aquellos que no ven sino una serie de fracasos y decisiones equivocadas, tenderán a sentir mayor desesperación. Idealmente el conflicto se soluciona con una buena integridad matizada con algo de desesperación realista. Implica una aceptación de lo hecho, sin grandes arrepentimientos por lo que pudo haberse hecho o por lo que no se hizo en el momento apropiado. Esto último parece que es una de las situaciones que más dañan a los ancianos: el arrepentimiento por no haber hecho algo muy deseado y que jamás se animaron a hacerlo. Por ejemplo, alguien que haya deseado subir a la montaña más alta de su localidad y que no lo hizo durante su juventud, por miedo, por indecisión, por cualquier circunstancia, y que toda su vida se la pasó lamentándose de no haberlo hecho. Casi siempre el dolor aparece cuando la gente se da cuenta de que no hay vuelta atrás y que lo que no se hizo, no podrá hacerlo nunca más.



En todo caso, la mayoría de las personas de edad, desarrollan lazos muy fuertes con al menos una persona cercana ya sea una familiar o un amigo. La familia sigue siendo la fuente principal de apoyo emocional. Cuando el cónyuge aún vive, la satisfacción de seguir estando juntos es la mayor realización. Las parejas que permanecen juntas a pesar de las dificultades, son aquellas que pueden resolver sus diferencias y que pueden tener relaciones más largas altamente satisfactorias. En estas familias casi siempre se reúnen varias generaciones y la familia suele estar formada por varios nietos y biznietos. Las relaciones con ellos son fuertemente amistosas en casi todos los casos.
En muchas ocasiones unos de los cónyuges está enfermo, por lo que el otro tiene que hacer la función de auxilio aún cuando él o ella estén enfermos también y lo más probable es que sea la mujer quien desempeñe este rol.

Muy a menudo las relaciones con hermanos suelen estrecharse, aún aquellas que fueron distantes durante gran parte de la vida adulta. Los hermanos proporcionan consuelo y apoyo y con frecuencia se cuidan unos a otros en las enfermedades. También apoyan bastante a los viudos para superar el duelo de la pérdida de la pareja, aunque este apoyo dependa, a veces, de situaciones como el sexo, el estado civil, la proximidad o el estado civil de sus hermanos.



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