Psicologia de la conducta jose bleger


José Bleger Bibliografía Capítulo IV Ámbito de la conducta



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José Bleger

Bibliografía

Capítulo IV Ámbito de la conducta



Daval, S., y Guillemain, B.; Girod, R.; Estes, W.K.; Freud, S. (j); Goldstein, K (a b)- Katz, D. (a); Koehler, W.; Koffka, K. (b); Lefebvre, H., Lewin, K. (a, b, c)- Merleau Ponty, M. (c); Mcrton, R.K.; Oñativia, O.V.; Rapaport, D. (b); Uexküll,

1. Campo y ámbito

Hemos desarrollado el concepto de que toda conducta se da siempre en un campo y hemos distinguido en este último subestructuras, alguna de cuyas relaciones hemos estudiado. El campo es siempre una delimitación en el espacio y en el tiempo del fenómeno que se estudia.

Otra delimitación, metodológicamente necesaria, es la que se hace en función de la amplitud con que se considera el suceso humano que se analiza. Con gran frecuencia se mezclan conclusiones derivadas de ámbitos como totalmente excluyentes. Otro hecho frecuente es el no reconocer las diferencias entre campo y ámbito. El primero se refiere a la totalidad de los elementos que interaccionan en un tiempo dado, pero es la amplitud de esta totalidad la que permite reconocer los diferentes ámbitos.

Todos los fenómenos y objetos existentes en la naturaleza están siempre en relación, como totalidad única, y un conjunto de elementos puede ser tomado para su estudio con una amplitud variable. Esta es una de las características fundamentales del ámbito, el cual tiene aún otra par­ticularidad: la de que no se refiere ni abarca todos los elementos y fenó­menos, sino que se refiere a la amplitud de los sucesos y vínculos humanos. Un individuo puede ser estudiado en forma aislada, pero el estudio puede igualmente recaer sobre conjuntos de individuos o bien sobre fenómenos aun más amplios como las conductas, normas y pautas, consideradas como instituciones sociales.

2. División del ámbito

Según la extensión o amplitud con la cual se estudia un fenómeno, se pueden reconocer tres tipos de ámbitos:

a) Ámbito psicosocial: es aquel que incluye un solo individuo, que es estudiado en sí mismo, autónomamente; es el encuadre adoptado por todo


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Ambito de la conducta

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el conjunto de la psicología tradicional. El estudio de un individuo, a través de todos sus vínculos o relaciones interpersonales, pertenece también al ámbito psicosocial, pero el análisis se centra siempre en el indi­viduo.

  1. Ámbito sociodinámico: aquí el estudio está centrado sobre el grupo, tomado como unidad, y no sobre cada uno de los individuos que lo integran, como era el caso anterior.

  2. Ámbito institucional: la relación de los grupos entre sí y las insti­tuciones que los rigen constituyen en este caso el eje de la indagación.

Fig. 8. División del ámbito



Los tres ámbitos no son excluyentes, sino que, a la inversa, todo estu­dio completo debe abarcarlos a todos, en su unidad y su interjuego, o —por lo menos- no tomar a uno de ellos como la totalidad o confundir y super­poner indiscriminadamente los fenómenos que tienen lugar en uno y en otro. Se trata, en rigor, de un solo y único ámbito, en el cual el estudio se pliede centrar sobre el individuo, el grupo o las instituciones.* (Fig. 8.)

3. Psicología individual y social

Esto nos permite aclarar y reiterar, que no existen dos psicologías —individual y social—, porque todos los fenómenos humanos son, indefec-

* En un libro posterior distingo y agrego un cuarto ámbito, el de la comunidad. Psicohigiene y psicología institucional, Bs. As., Paidós, 1966.

hlernente, también sociales y porque el ser humano es un ser social. Más aun, la psicología es siempre social, y con ella se puede estudiar mbién a un individuo tomado como unidad, porque el estudiar indivi­duos no es lo característico de la psicología individual; lo característico de sta última es enfocar los fenómenos individuales como abstractos y refe­ridos totalmente al sujeto mismo.



Con la psicología individual es posible también estudiar grupos socia­les tanto como con la psicología social se pueden estudiar individuos.

Lo que queremos subrayar es que el ámbito psicosocial no pertenece in­defectiblemente a la psicología individual, así como el ámbito sociodinámico no corresponde siempre a la psicología porque una y otra no se definen por la cantidad de individuos que estudian, sino por la forma de estudiarlos.

Si, por ejemplo, se estudian los grupos y las normas sociales como pro­venientes del destino de la libido individual, se están estudiando fenóme­nos sociales con la metodología de la psicología individual, mientras que si se estudia un solo individuo pero en función de sus vínculos, experiencias sociales, de la asimilación y organización de las mismas, como pautas de conductas de su propia personalidad, estamos utilizando la psicología social.

Cuando decimos que no hay dos psicologías, queremos significar que la psicología es siempre social, se estudien individuos, grupos o normas sociales. La psicología individual (como método, no como estudio de indi­viduos) es una abstracción que debe ser totalmente eliminada del campo científico.

De esta manera, para nosotros, cuando se habla de psicología indivi­dual y social, se habla en realidad de ámbitos: psicosocial para la primera y sociodinámico e institucional para la segunda, la cual puede ser, a su vez, subdividida en micro y macrosociología.

4. Teoría del campo de K. Lewin

En toda la exposición sobre campos y ámbitos de la conducta que hemos realizado hasta aquí, y que utilizaremos en el libro, se han utilizado portaciones básicas de K. Lewin, pero sin atenernos estrictamente a sus teorías y conceptos. Por su gravitación sobre la psicología contemporánea, creemos necesario reseñar brevemente cuáles son estos aportes, en la forma en que han surgido en su creador.

Para K. Lewin, la persona es inseparable del ambiente, y llama Am­biente psicológico a todo lo que rodea al individuo; el conjunto del indivi­duo con su ambiente constituye el Espacio vital, que contiene así la tota-




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lidad de hechos que pueden promover y condicionar la conducta; estos hechos son sólo los existentes en un espacio y en un momento dados.

Entre todos los hechos existentes en un momento dado, el espacio vital es una parte del mismo, constituida por la persona y su medio psico­lógico, tal como existe para ella; pero, además, existe una multitud de pro­cesos en el mundo físico o social, que no afecta el espacio vital del indivi­duo en ese momento, y al que se denomina Espacio no psicológico. Entre ambos existe una tercera zona de hechos o sucesos, llamada Zona limí­trofe, constituida por ciertas partes del mundo físico o social que afectan el espacio vital.

El espacio vital de Lewin es el que nosotros hemos comprendido como campo psicológico, incluyendo el campo de conciencia.

Bibliografía

Freud, S. (b); Gurwitsch, A.; Katz, D.; Koehler, W.; Koffka, K. (b); Lewin K (a, b, c); Rapaport, D. (b).


Capítulo V Conducta y jerarquización de áreas

1. No hay área privilegiada*

Desde el punto de vista psicológico no hay área privilegiada, en el sentido de que en un campo dado la respuesta o reacción (conducta) es simultánea en las tres áreas y que, por lo tanto, éstas siempre coexisten; aunque, como lo hemos visto, puede darse una alternancia en el predomi­nio. La afirmación de que no hay área privilegiada, entre otras cosas, se opone al supuesto con el que trabajó siempre la psicología hasta comienzos de este siglo: el de que la conducta se origina en la mente.

La experiencia común y diaria nos confirma y nos convence de que ciertas acciones o comportamientos (mover un brazo, caminar, comer, estudiar, etcétera), correspondientes al área del cuerpo y del mundo exter­no, pueden originarse en un acto de voluntad, y que las mismas pueden ser previstas, planeadas, anticipadas o preparadas mentalmente; en forma simbólica, en el área de la mente, puedo anticipar y preparar lo que voy a escribir, por ejemplo. Este tipo de experiencia ha sido el modelo de inter­pretación científica de todos los fenómenos psicológicos; se supone, o se trabaja implícitamente con el a priori de que toda conducta del hombre depende de una previa ordenación o existencia en la mente, tomando a esta última como la fuente u origen de todas las manifestaciones de la con­ducta. De esta manera, se confunde el área de la que se manifiesta un fenó­meno (sus cualidades fenoménicas), con un ámbito o un ente privilegiado en el que se originan todas las manifestaciones de la conducta, lo cual constituye una supervivencia de la mitología dentro de la psicología moderna, al convertir el área mental en una entidad llamada Mente. No hay nada que exista como mente; sólo existen fenómenos mentales.

* La concepción de las áreas de la conducta que se desarrolla en este capítulo corresponde a lo que he designado "Principio de equiparación de las áreas de conduc­ta" en el Apéndice de Psicología concreta de G. Politzer. (Politzer, G.: Escritos psi­cológicos. Tres tomos. Buenos Aires, Edit. J. Alvarez, 1965.)



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Una de las primeras consecuencias, para la psicología, de este esquema animista y de la extensión de la experiencia diaria, como fenómeno subje­tivo, a principio científico, ha sido la limitación del objeto de estudio de la psicología: ésta se atuvo solamente al estudio de una parte del ser humano: a las manifestaciones de su mente. Se supone que todas aquellas conductas o comportamientos que no aparecen con su determinante mental no son fenómenos psicológicos, sino fisiológicos o biológicos. Entre estos últimos se distingue todavía aquellos causados o determinados por la mente, a los cuales se aplica el término de psicogenéticos. Para el resto queda la denominación de somáticos u organogenéticos. De esta manera, los fenómenos en área dos y tres pueden ser, a veces, organogenéticos, y otras veces, psicogenéticos, y una preocupación fundamental de este enfo­que de la psicología es la de discriminar entre uno y otro.

I \ tt Fenómenos psíquicos

Mente I _ (área 1)

Fig. 9. Esquema de la concepción tradicional en psicología



2. La mente inconsciente

Un segundo tipo de consecuencia, que aún subsiste gravitando de manera muy intensa sobre el desarrollo científico de la psicología, comien­za con un hallazgo de la más alta importancia, proveniente del campo de la psicopatología. Abocado Freud al estudio de los síntomas neuróticos, halló que los mismos aparecen o desaparecen en función de determinadas experiencias de la personalidad, y que el origen de estos síntomas se puede vincular a la vida y a las experiencias psicológicas; en otros términos, que los síntomas tienen significado psicológico.



No tardó en hacerse una generalización -por otra parte, justificada y reiteradamente verificada como correcta— de este descubrimiento a toda conducta del ser humano: síntomas corporales, síntomas neuróticos, psicó-ticos (delirios y alucinaciones), el sueño, las equivocaciones, el chiste, etcétera.

De estos descubrimientos derivaron varios hechos fundamentales que nos interesa subrayar ahora: a) que todas las manifestaciones del ser humano, sean cuales fueren sus características particulares, pueden ser incorporadas o englobadas con la denominación de conductas; b) el carác­ter unitario de los fenómenos de conducta, con una transición entre lo normal y lo patológico; c) que toda conducta tiene un significado y es por lo tanto una manifestación psicológica.

Una persona que desea realizar el trabajo de escribir unas planillas tiene, en el momento en que se dispone a hacer lo que desea, unos calam-



Fig. 10. Esquema de la concepción freudiana



ores en el brazo que se lo impiden, y esto se reitera cada vez que recomien-Za o intenta retomar la tarea. El desear escribir es la conducta en el área de « mente. Para la psicología clásica éste es el fenómeno psicológico y todo

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lo que ocurre en el brazo está fuera de la psicología y responde únicamente al nivel fisiológico o biológico.

Las investigaciones de Freud condujeron al descubrimiento de que este calambre del sujeto, cada vez que se dispone a escribir, tiene una histo­ria ligada a la vida del mismo y que, aunque el sujeto conscientemente desee escribir, su calambre significa, pues, rechazo de la tarea que —por otra parte— se desea, consciente y sinceramente, realizar.

Lo que ocurre ulteriormente es que, tomando como modelo la expe­riencia diaria a la que nos hemos referido, se admite necesariamente que si hay "un contenido mental" (el deseo de escribir), al rechazo de escribir tiene que corresponder también otro contenido mental: el deseo de no escribir. Y se postula entonces la existencia de una Mente inconsciente por debajo o detrás de la mente consciente. De aquí deriva el estudio de las complejas relaciones entre estas dos mentes o esta mente de "doble fondo".

Este tipo de teoría se estructura en la matriz del supuesto privilegio de la conducta del área de la mente.



La conducta es un proceso, una corriente continua, y en ella —como en la sucesión de cualquier fenómeno— lo que precede está condicionando lo que sigue, y en este sentido la motivación no es otra cosa que una conducta. Pero debe tomarse la conducta como una unidad compleja que se manifiesta siempre, en todo momento, simultáneamente en las tres áreas y en un campo total. Lo que un sujeto piensa o desea no es —en rigor-lo que inicia la conducta; es en sí mismo una parte de la conducta total y parte de un campo psicológico. Cuando desea o piensa, el deseo o el pen­samiento que aparecen en el área de la mente son parte de una conducta total del pensar o hacer, en la que participan al mismo tiempo las otras dos áreas. Cuando se desea escribir el deseo no es sólo mental; es desde un comienzo un fenómeno total que unitariamente y como totalidad es el emergente de un campo dado. Los estímulos externos no actúan sobre la mente y desde allí sobre todo el organismo; actúan directamente sobre el sistema nervioso central.

Las manifestaciones en el área de la mente no constituyen una escala intermedia entre el "afuera" que estimula y las conductas que son respues­tas, dejando de lado, por ahora, el hecho de que este esquema de estímulo-respuesta como arco que se extiende desde un receptor a un efector, debe ser también sometido a una profunda revisión, porque está estructurado en el más franco elementalismo.

Las respuestas, las manifestaciones de conducta, no son psicológicas por un presunto pasaje por el área de la mente; toda conducta es siempre en el ser humano de carácter psicológico, porque se da con los caracteres

correspondientes al más alto nivel de integración, sea cual fuere su área de expresión predominante. Además, no hay una cosa que se llame "Mente" por la que tengan que pasar los fenómenos para devenir mentales o psico­lógicos: el área de los fenómenos de conducta calificados como mentales no es un receptáculo o una parte constitutiva del ser humano, y sólo existe funcionalmente en tanto dicho fenómeno se manifiesta. De otra manera se transforma, otra vez, un atributo o una cualidad de un fenómeno en una entidad, es decir, se "cosifica" el fenómeno.

La conducta de áreas dos y tres (cuerpo y mundo externo) no es exte-riorización o producto de un fenómeno que principal u originariamente ocurre "dentro". Tanto lo "interior" como lo "exterior" son manifesta­ciones de igual valor; desde el punto de vista de la dinámica psicológica, ambos son partes de un todo (un sujeto en una situación dada, en un momento dado). Todo esto significa que entre las áreas de la conducta, ninguna es privilegiada: todas son psicológicas y no pueden dejar de serlo en el ser humano, tal como se presenta en la realidad concreta y no en las simplificaciones de laboratorio. Las tres áreas guardan la misma relación de condicionamiento u origen con el sistema nervioso central.

Kantor, psicólogo conductista, reconoció en la vida psíquica los aspec­tos cognoscitivos, afectivos y conativos, pero los llamó "fases" de la res­puesta. Esto se corresponde con la división en las áreas de la conducta que nosotros desarrollamos, pero posiblemente el término "fases" que prefiere Kantor sea, metafísicamente, menos comprometido.

También en psicología tenemos que esforzarnos por volver a retomar los hechos tal cual son, destejiendo una trama muy compleja dada por siglos de animismo e idealismo entretejido con religión. Este camino es muy difícil de retomar en psicología, pero una buena parte ya está hecha. La distorsión reside, fundamentalmente, en un antropomorfismo. Por ejemplo, según la concepción tradicional de la psicología, la depresión es un estado de ánimo particular, un sentimiento; este sentirse deprimido



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puede "dar efectos" externos, tales como desgano y desinterés por todo, descuido por el aseo personal y la vestimenta, etcétera. El punto de partida de este planteo es falso. La depresión no es un sentimiento ni una idea. Es fundamentalmente un suceso humano, una experiencia vivida y no sólo una vivencia. Y este suceso puede tomar, simultáneamente, todas las áreas de la conducta o puede tomar alguna de ellas, y en el caso de que se mani­fieste en las áreas dos y tres, el individuo está deprimido sin tener ni el sentimiento ni la idea de estar deprimido. Como ya hemos visto, en momentos distintos puede haber alternancia entre las áreas, tanto como una relativa estabilidad de expresión en alguna de ellas. El sentirse depri­mido es un aspecto de la depresión, que puede faltar sin que ésta deje de ser tal. Evidentemente tenemos en psicología una gran herencia subjeti-vista que aún influye en gran proporción. No se trata de hacer una psico­logía sin la experiencia subjetiva, se trata de ubicar a esta última en el marco y el contexto de lo que le corresponde, sin instituirla en elprimum movens o entelequia de todos los fenómenos humanos.



Lo que hemos descripto para el caso de la depresión ocurre con todos los fenómenos; tomemos el de la memoria. El recordar un suceso o un pensamiento es una conducta en el área de la mente, pero se puede recor­dar también en cada una de las otras dos áreas: se puede repetir un gesto o una actitud corporal (área dos) y se puede repetir una acción (área tres). Este es otro de los aportes de S. Freud, el de la relación entre el recordar y el repetir: son todos fenómenos de memoria que, por lo tanto, se pueden dar en las tres áreas. Pero cuando se repite (en áreas dos y tres), no es imprescindible postular que primero se haya recordado con la mente y que los fenómenos de áreas dos y tres sean efectos de la memoria en el área uno. Es tan legítima y original la memoria en esta área como en las otras dos. Por otra parte, siempre que se recuerda o repite, esta conducta es el emergente de un campo total, es decir, que hay factores presentes, aquí y ahora, que hacen que se activen recuerdos. Antes de ser conducta, en cualquiera de las áreas, es una situación total, un campo de la memoria.

Incluyamos en otro ejemplo el campo. Observamos.una madre que tiene en sus brazos a su hijo A y juega con él en un momento dado, lo deja y va a la cuna, levanta a su otro hijo B y comienza a amamantarlo. A se dirige entonces a la mesa, toma un vaso y lo rompe. Decimos que A tiene celos.

Según el criterio subjetivista, vivencial (el "modelo mentalista")» A actuó así porque sintió celos. Subrayamos dos tesis implícitas en esa afirmación: 1) que los celos son contenidos mentales, y 2) que el romper el vaso es consecuencia del contenido mental (los celos).

Aquí, según este modelo, empieza a actuar el fantasma de la intros-



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ección-' ¿Cómo comprobar que A realmente tuvo o tiene los celos en la eI1te, en su experiencia subjetiva?

A todo esto respondemos, primero, que no hay por qué esforzarse en contestar planteos que son erróneos; segundo, que reformando el plan­teo se resuelve el problema.



Cuando se dice que A tiene celos, se está dando la descripción de un suceso, su significación como acontecimiento humano. Los celos constitu­yen el significado de una situación total, de un campo total.

A no actúa de esa manera por consecuencia de los celos; esa forma de actuar, en esa situación total, eso son los celos. La causa no son los celos, sino el campo que se ha estructurado. Los celos son el significado de la conducta.

El niño puede no sentir o no tener conciencia de sus celos. Esto no altera el hecho de que está celoso como manifestación preponderante en el área tres.

No hay por qué transformar el significado de una situación (los celos) en un contenido mental previo, que sea la causa de la conducta resultante.

Los celos constituyen la descripción significativa de la situación total, incluida en ella, por supuesto, la conducta del sujeto; pero el significado no es causa: el niño A no actuó así por celos. Actuó así porque su madre levantó al hermano en su lugar. (El problema de la motivación se verá por separado.)

Supongamos ahora, en una situación similar, que el niño A puede comunicarnos sus experiencias subjetivas; podrá confirmar que tiene celos, en cuyo caso las manifestaciones en las tres áreas son coincidentes. Podrá decir que no tiene celos, en cuyo caso las áreas estarán en contradicción, pero eso no anula su conducta celosa. Que las manifestaciones sean contra­dictorias en tres áreas no excluye que sean todas correctas.

3. Retorno del mito de la introspección

Cuando un sujeto -siguiendo el ejemplo anterior- dice que tiene o que no tiene celos, ¿cómo verificar lo que nos dice? ¿Cómo verificar los datos obtenidos por introspección?

En primer lugar, cuando en una situación determinada se dice algo, se siente o se piensa algo, eso no es otra cosa que conducta en el área uno; de ninguna manera eso es introspección, porque el individuo reacciona en esa área con manifestaciones que son el resultado del campo total, y de mnguna manera es una observación interior o una percepción de lo que le Pasa "dentro".

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En segundo lugar, no hay nada que se haga necesario verificar. Si el sujeto dice que siente o que piensa algo, ésa es su conducta y hay qUe tomarla como tal. Se preguntará, con toda razón, cómo saber que el sujeto no está simulando o nos está engañando. El problema de la simulación es como el problema de la introspección: psicológicamente es un falso pro-blema. Es muy similar al problema que se le planteó a Freud, cuando estu­dió situaciones traumáticas como causantes de síntomas neuróticos y luego encontró que esos traumas no habían ocurrido en la realidad, sino que eran fantasías; pensó que toda la teoría sufría con esto un desmentido, hasta que tomó los hechos psicológicos "en serio" y vio que las fantasías tenían tanto valor patogenético como si hubiesen sido realidad. Tenemos, no­sotros también, que "tomar en serio" todos los fenómenos psicológicos y no caer en la defensa que el propio paciente estructura para sí mismo y para poder con ella tolerar la realidad. Si asistimos a una conducta de celos en áreas dos y tres y el individuo nos dice que él no siente celos, es porque en realidad no siente tales celos. Si simula y dice que no tiene celos cuando en realidad los sintió, el único que se engaña es él mismo; nosotros no tene­mos por qué entrar en la simulación y tomamos lo que dice como un exis­tente psicológico real, de valor psicológico, y no como un dato de intros­pección del que hay que verificar si es verdad o no. Dicho de otra manera, no hay posibilidad de datos falsos o de simularlos.

Una mujer joven de personalidad histérica realizó varios intentos de suicidio; en un momento dado, al referirse a ellos, dijo que todos esos intentos de matarse no eran serios, que eran simulados. Le contesté que no, que el intento de suicidio siempre va en serio, y que ella creía que simulaba para defenderse de sus deseos muy serios de matarse.

El mito de la introspección tiene una de sus fuentes básicas en el supuesto de la conciencia como conocimiento, y en la extensión, a toda la psicología y a toda la conciencia, del esquema de la percepción del mundo externo. De esta manera se supone que los fenómenos del área uno consti­tuyen una percepción de los fenómenos subjetivos o "interiores" que tienen lugar en las otras dos áreas. Y esto es totalmente




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