Psicologia de la conducta jose bleger


Meta final ficticia y fantasía inconsciente Estudio comparativo*



Descargar 1.57 Mb.
Página20/20
Fecha de conversión03.12.2017
Tamaño1.57 Mb.
Vistas3948
Descargas1
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20

Meta final ficticia y fantasía inconsciente Estudio comparativo*

Para proceder a un estudio comparativo entre meta final ficticia y fan­tasía inconsciente debemos primero definir y ubicar cuidadosamente cada una de estas dos expresiones o conceptos, ya que con frecuencia reciben significados diferentes en distintas escuelas o teorías psicológicas, o son utilizados de manera tal que no siempre coinciden. A partir de esta cuida­dosa ubicación semántica se podrá facilitar la labor comparativa que es el objetivo fundamental de nuestra tarea actual.

En este sentido, el plan que utilizamos consiste en definir cada uno de estos conceptos y diferenciarlo de otros similares, para luego realizar el estudio comparativo de tres maneras: considerando los fenómenos desig­nados o incluidos en cada una de estas expresiones; considerando la doc­trina y los modelos conceptuales en que cada una se ha acuñado y desarro­llado y, en último término, estableciendo la comparación dentro de un modelo conceptual posible, común a ambas. Lógicamente, estas tres moda­lidades de análisis del problema están estrechamente relacionadas, pero creemos sin embargo de suma utilidad diferenciar en lo posible los tres contextos. Al finalizar, y a manera de resumen, se incluye un cuadro com­parativo con los resultados alcanzados en nuestra indagación.

1. Meta final ficticia

Las palabras meta, objetivo y finalidad aparecen con mucha frecuencia en la psicología contemporánea, ya sea en el campo de la psicología clínica como en el de la psicología experimental. El diccionario de Drever da la

* Redactado en 1963 para el concurso para optar al cargo de Profesor titular del Departamento de Psicología de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, con tema propuesto por el Jurado. Publicado en Acta psiquiát. psicol. Amér. fot., 1967.13.

260

José Bleger

siguiente definición de meta: "Resultado final hacia el cual se dirige la acción, muscular o mental". El mismo autor agrega la definición que para Adler tiene este término y que consideraremos más adelante en forma especial.

Para Warren el término tiene distintas acepciones: a) "Resultado final de cualquier actividad de un organismo, sea muscular o ideacional, indivi­dual o social, tal como lo especifica o formula un observador antes de alcanzarlo"; b) "resultado final que un organismo trata de conseguir"; c) "objeto o estado por el cual lucha un organismo, y referido por él al futuro inmediato o remoto mediante su actuación en el momento actual".

La meta se diferencia del propósito porque este último designa la determinación (consciente o inconsciente) que guía las actividades del organismo hacia la meta. De esta manera, la meta es el objetivo, resultado o fin de un comportamiento, mientras que el propósito es lo que guía la actividad del organismo hacia dicho resultado. El propósito es una motiva­ción que actúa al comienzo, mientras que la meta se refiere al fin.

Meta debe ser considerada como sinónimo de fin u objetivo, sin que estos términos impliquen necesariamente la filiación a una concepción teleológica excluyente de la determinación causal. Se puede admitir la fina­lidad en el sentido tilico, de manera opuesta o diferente del sentido ecbá-tico, que se refiere, este último, a la finalidad como mero resultado o con­secuencia, pero sin intención o propósito. Aunque de estos aspectos no nos ocuparemos especialmente aquí, podemos señalar que la meta implica un propósito en el sentido télico, no así en el sentido ecbático.

Tenemos ahora que introducir una ampliación que necesariamente complica los hechos, pero que a su vez aclara un espectro más amplio de los mismos. Dicha complicación consiste en que debemos distinguir entre una meta inmediata o próxima y una meta mediata, distal o final. La pri­mera es la que se da en el estudio de la conducta o comportamiento toma­do como unidad de análisis, mientras que la segunda es la que se aplica en la consideración de la personalidad total o un conjunto muy amplio de sus manifestaciones. Estudiaremos cada una de estas dos modalidades, empe­zando por la primera de ellas, y sin pretender agotar el tema, recurriremos a algunos autores de distintas escuelas y representantes de diferentes teorías.

Kurt Lewin, uno de los representantes de la escuela de la Gestalt, formuló la teoría del campo como intento de introducir un nuevo instru­mento en la psicología y, utilizando la rama de la matemática conocida como topología, llevó a cabo el estudio del fenómeno psicológico como un movimiento hacia metas de distintas regiones del campo, con su sistema de tensiones y barreras. Las tensiones o necesidades, consideradas como sis-

Apéndice

261


temas de fuerzas interrelacionadas, aparecen como vectores del movimien­to por el cual se reduce la tensión del campo. De esta manera, el comporta­miento tiende a la resolución de las tensiones, que se logra con una rees­tructuración del campo; tal reestructuración es, pues, la meta o finalidad de la conducta.

Muy estrechamente relacionado con los estudios de K. Lewin, debe­mos recordar el "efecto Zeigarnik" que estudia el destino de un compor­tamiento que no ha llegado a su meta y que —por lo tanto— no ha reduci­do la tensión que lo puso en juego; a través de numerosas experiencias, Zeigarnik llegó a demostrar en forma fehaciente que dicha tensión no se extingue y que se recuerdan con mayor facilidad las tareas que han queda­do inconclusas, es decir, aquellas que no han llegado a su meta o fin.

También se hallan muy relacionados con estas investigaciones los estu­dios iniciados por Dembo, sobre eP'nivel de aspiración", que consiste en las expectativas o la meta que se desea alcanzar con un comportamiento deter­minado, y que puede ser estudiado de manera cuantitativa y experimental.

Entre las escuelas o corrientes conductistas de un objetivo sistemático, el concepto de meta fue subrayado por autores como Clark Hull y Tolman. El primero de ellos, de la Universidad de Yale, estudió la meta como el objeto que resuelve o pone fin a la tensión que ha promovido una activi­dad, y señaló el hecho de que la actividad se refuerza cuanto más cerca se está de la meta, es decir, cuanto más próximo se halla el objetivo que se persigue. Este estudio se puede reaüzar cuantitativamente estableciendo un así llamado "gradiente de meta". El refuerzo de la meta "casi alcanzada" fue también estudiado por el mismo Lewin en el campo de la psicología social; Lewin encuentra un ejemplo de cómo una meta cercana o próxima crea una fuerza muy potente en su dirección en los presos que, próximos a completar su período de reclusión, se fugan unos días antes de que éste llegue a término.

Tolman, moderno representante del behaviorismo, incluye en sus estu­dios el concepto de finalidad o meta de la conducta en su concepción de la purposive behavior. Para este autor, las metas estructuran el campo o, en otros términos, confieren significado a los objetos del medio circundante y de los cuales se vale el organismo para llenar sus propósitos.

Si ahora consideramos de manera conjunta el significado de meta para estos distintos autores, llegamos a la conclusión de que todos ellos toman en cuenta las metas próximas o inmediatas, es deeir, el resultado u objetivo hacia el cual tiende un comportamiento o una conducta considerada en sí misma como unidad de análisis.

En cuanto a lo que podríamos llamar el "destino de la meta" (próxi-

262


José Bleger

ma o inmediata), tenemos que diferenciar, por lo menos, tres casos distin­tos: a) aquel en que se alcanza la meta y se reduce la tensión; b) aquel en que el comportamiento no alcanza su meta, pero resuelve o alivia la ten­sión (descarga); c) el bloqueo de la meta. En el primer caso se trata de un comportamiento adaptativo o integrativo, en el segundo de un comporta­miento disociativo (intervención de los mecanismos de defensa); y el ter­cer caso es el del "efecto Zeigarnik". Dado que esto no incluye todavía el punto central del tema que se desarrollará, nos limitaremos aquí sólo a estas in dicaciones.

Tenemos que dar ahora un segundo paso para considerar la meta final, mediata o distante, es decir, aquel resultado u objetivo hacia el cual tiende la personalidad mediante un conjunto muy numeroso de comportamientos que, considerados en forma aislada, pueden perseguir metas parciales (in­mediatas o próximas) distintas o aun divergentes. El primer autor que dedicó atención sistemática a este problema y que basó gran parte de su doctrina en este concepto es indudablemente Alfred Adler, y a él nos tendremos que referir con cierto detenimiento.

Adler es decidido opositor de los sistemas causalistas y explicativos en psicología, y afirma su creencia en el determinismo finalista en un intento de estructurar una psicología de los valores. Para él, todo fenómeno aními­co se dirige siempre hacia una meta, es decir, tiene un objetivo rector; esta meta, es lo que configura el así llamado "estilo de vida", que consiste en el conjunto o la totalidad de una manera peculiar de ser. Si una persona, por ejemplo -dice Adler— tiene mala memoria, la pregunta que debe plantear­se es la siguiente: ¿a qué tiende la debilidad de la memoria? "Entonces des­cubriremos, por ejemplo, que esta persona intenta demostrarse a sí misma y a los demás que -por ciertos motivos que deben quedar inexpresados o inconscientes, pero susceptibles de presentarse adecuadamente mediante la falta de memoria- debe evitarse una acción o una decisión (cambio de profesión, estudio, examen, matrimonio, etcétera). Así la falta de memo­ria quedaría desenmascarada como tendenciosa, y se revelaría su signifi­cado como una lucha contra la derrota."

"No nos podemos imaginar una vida espiritual sin una meta." "La vida del alma humana está determinada por un objetivo." Estas son afirma­ciones de Adler que aparecen reiteradamente en sus escritos. Este objetivo hacia el cual se dirigen todos los movimientos del ser humano se forma bajo la influencia de las impresiones que el mundo exterior ha producido sobre el niño a edad muy temprana, ya en los primeros meses de vida. Lo que predomina en la infancia es una condición de extremo desvalimiento o, en otros términos y según Adler, "la vida del alma comienza siempre con un sentimiento de inferioridad". Este último actúa como motor o



Apéndice

263


fuerza impulsora, imponiendo la necesidad de tender a la meta de lograr mayor seguridad y tranquilidad: afán de dominio y superioridad. Tal es la meta que sirve de vector o línea de organización u orientación de toda la vida del individuo en su ambiente, que de otro modo aparece como caos. Toda la vida del individuo está cruzada por una "línea de movimiento" que va desde las primeras impresiones infalibles hasta el presente y se pro­yecta en el futuro. Esta línea de movimiento tiene una unidad indestruc­tible, aun en el caso de que el individuo realice movimientos expresivos que parecen contradecirse recíprocamente. Al respecto, dice Adler: "para usum delphini formularé a continuación la afirmación siguiente: una vez comprendido el objetivo de un movimiento psíquico o de un plan de vida, cabe esperar una completa congruencia entre cada uno de los mo­vimientos parciales, de una parte, y el objetivo y el plan de vida, de otra".

En el descubrimiento de la meta final o estilo de vida, tiene para Adler mucha importancia el comparar el afán de dominio y superioridad con el sentimiento de comunidad; "ningún hombre con plenos sentidos puede desarrollarse sin el cultivo y la suficiente actividad del sentimiento de comunidad." El sentimiento de comunidad es contrapesado por la meta u objetivo final que, como ya dijimos, no es otra cosa que el afán de superioridad, soberanía y dominio de los demás. La tendencia a la superioridad aparece de manera oculta justamente por la influencia del sentimiento de comunidad; se esconde, según Adler, "tras una careta amistosa". Este sentimiento de comunidad se manifiesta ya en los prime­ros impulsos de la vida anímica infantil y no deja nunca de tener influen­cia, de tal manera que "las diferencias humanas están condicionadas por la magnitud del sentimiento de comunidad y el afán de dominio, factores que se influyen recíprocamente. Es un juego de fuerzas cuya forma feno­menal constituye lo que llamamos carácter".

Es justamente este balanceo entre el afán de superioridad y el senti­miento de comunidad lo que introduce una diferencia muy importante en las metas finales, entre aquellas que tienen o llenan un fin útil o social adecuado y las que no lo hacen. Estas últimas constituyen la meta final ficticia, en la que predomina el afán o anhelo de superioridad y dominio sobre el sentimiento de comunidad.

La meta u objetivo, tanto como la dinámica de la vida psíquica, es común al hombre sano y al enfermo. Lo que distingue a este último es una excesiva o reforzada "tendencia hacia la seguridad", pero en todos los seres humanos cualquier movimiento psíquico tiende siempre a un objetivo de superioridad, a un afán desmedido de sentirse semejante a un dios. Lógica­mente, este objetivo de una superioridad absoluta no es alcanzable y perte­nece al dominio de las fantasías o ficciones, lo cual no quiere decir que no tenga importante gravitación en toda la conducta. Este objetivo o meta

264

José Bleger

final ficticia, como se deduce fácilmente, entra en contradicción con la realidad, pero constituye una premisa fundamental de la vida psíquica: por un lado tiene efectos positivos en cuanto da seguridad y obliga a la supera­ción, pero presenta también aspectos negativos, en cuanto aleja de la reali­dad. Si predomina sobre el sentido de realidad o el sentimiento de comuni­dad, conduce a una verdadera existencia marginal, en el mejor de los casos en el arte, pero también en la neurosis o el crimen. Toda neurosis debe ser entendida como un predominio de este afán de superioridad, como una tentativa equivocada o ficticia de lograr un sentimiento de seguridad, liberándose del de inferioridad; deja sin resolver de modo real problemas muy importantes relativos a la seguridad, el trabajo, el amor, el sexo, etcé­tera, y se refugia en los síntomas que protegen la meta ficticia, otorgando una falsa seguridad y una falsa solución. El hombre neurótico o psicótico se aferra a la consecución de su meta final ficticia, su "ficción directriz", lo cual sólo se logra con una limitación del sentido de realidad o del senti­miento de comunidad, con una necesaria limitación de la propia vida, mientras que la persona sana considera su meta final ficticia como una imagen ideal o como una "orientación aproximativa", sin sacrificar el sen­timiento de comunidad o la realidad objetiva. En síntesis, el neurótico se aferra mucho más a esta ficción por su prevalente sentimiento de inferio­ridad para encarar los problemas de la realidad; es su refugio.

Con lo expuesto hasta aquí, se deduce con facilidad que la meta final ficticia recibe su último adjetivo por el hecho de que resulta inadecuada, falsa, convencional o irreal, si se la relaciona con la realidad externa, pero de ninguna manera es ficticia si se la considera desde el punto de vista de la realidad interna o psicológica del individuo.

Tal como lo hicimos con la meta próxima o inmediata, podemos rese­ñar rápidamente los "destinos" de la meta final ficticia. Uno de estos desti­nos es el de su predominio absoluto sobre el sentimiento de comunidad o el sentido de realidad, como ocurre en las psicosis. Un segundo destino es aquel en el cual sufre ciertas modificaciones para armonizar o transar con el sentimiento de comunidad; son los llamados por Adler "arreglitos" o "falsificación del mundo externo". En tercer lugar, el sentimiento de comu­nidad predomina e impone cierta rectificación de la meta final ficticia.

El segundo de los "destinos" que hemos señalado se da en las situacio­nes en que el neurótico se halla sometido a las exigencias de su meta final ficticia, pero también necesita en cierta medida atender a las exigencias de la realidad como tales y recurre entonces a ciertas transacciones ("arregli­tos"), a actitudes aparentemente contradictorias y disociadas, en una dis­tancia con la realidad que puede graduarse de la siguiente manera: 1) Movi­miento de rechazo (por ejemplo: suicidio, asma, parálisis histérica, crisis

Apéndice

265


epiléptica, amnesia). 2) Movimiento detenido (inhibiciones, por ejemplo: impotencia, eyaculación precoz). 3) Dudas en el pensamiento, en las accio­nes: aquí, a diferencia del caso anterior, se evita la decisión misma. 4) Creación de obstáculos y superación ("Ponerse a prueba").

Sin intención de extendernos aquí sobre un tema que nos resulta muy atrayente, recordemos el "proyecto" de Sartre, que sería útil confrontar con la concepción de Adler, para hallar sus posibles coincidencias o diver­gencias. De la misma manera, dentro del análisis freudiano se podría rela­cionar la meta final ficticia con el narcisismo y el principio del placer en oposición al principio de realidad, equivalente este último, por lo menos en cierta medida, al sentimiento de comunidad postulado por Adler. Pero no hay que olvidar tampoco, a pesar de las coincidencias que indudable­mente existen para parte de las descripciones, el hecho de que para Freud estos conceptos que hemos recordado se hallan estrechamente relacionados con la vida instintiva y la libido, conceptos que son expresamente rechaza­dos por Adler.

También podría hacerse extensiva la comparación de la meta final fic­ticia a otros conceptos introducidos por Freud y ya no tan directamente ligados a sus concepciones instintivistas, tales como el de yo ideal e ideal del yo. En cuanto al estudio comparativo con la fantasía inconsciente, centro de nuestra atención actual, ahora nos referiremos con cierto detalle a dicho concepto.

2. Fantasía inconsciente

El término fantasía fue definido por Aristóteles de la siguiente manera: "Ora el aspecto, sea verdadero, sea falso, de la cosa que es objeto ... ora la acción por la cual formamos en el espíritu las imágenes de las cosas" (Lalande). El diccionario de Warren da la siguiente definición: "representación mental de una escena o un suceso que se representan como irreales, pero que se esperan o desean. Se emplea con frecuencia, en sentido amplio, como sinónimo de imaginación".

La acepción psicoanalítica del término fantasía varía según las distin­tas épocas y autores, pero es indudable que rebasa ampliamente el signi­ficado que tiene en las demás corrientes psicológicas. Una muy importante actualización del tema fue realizada por S. Isaacs, de la escuela inglesa de M. Klein, a quien se debe en gran medida no sólo la enorme difusión del término, sino también su amplitud. Por otra parte, resulta muy llamativa la discordancia existente entre la difusión del término y del concepto de

266

José Bleger

fantasía inconsciente y la falta de estudios dedicados específicamente al tema. Tomaremos como base para nuestra exposición el trabajo de S. Isaacs, que es, además, la fuente obligada e irreemplazable en lo relativo a este punto.

El estudio de la fantasía inconsciente comprende la aclaración de, por lo menos, tres aspectos fundamentales: su naturaleza, su función y su con­tenido.

Las fantasías inconscientes se hallan presentes desde el nacimiento, pero nunca son observadas como tales sino deducidas de la observación de la conducta. Agreguemos que, además, no sólo se las infiere por simple deducción de la observación de la conducta, sino que también intervienen los supuestos teóricos con los cuales se realiza dicha observación y, en este caso, el supuesto fundamental es el de la teoría de los instintos. Dejamos de lado en esta oportunidad el valioso estudio metodológico que aporta S. Isaacs, y que no sólo es válido para el estudio de la fantasía inconsciente sino también para otros fenómenos psicológicos.

En inglés se ha adoptado una ortografía especial para la fantasía inconsciente (phantasy), para diferenciarla de las ficciones y sueños diur­nos, es decir, de la acepción no psicoanalítica del concepto en el sentido de fantasía consciente (fantasy). "El término psicoanalítico 'fantasía' (phan­tasy) significa en esencia contenido mental inconsciente, que puede o no hacerse consciente" (S. Isaacs).

Las fantasías inconscientes operan o actúan tanto en el individuo normal como en el neurótico, y en ambos constituyen una realidad psicológica, por más que sus características puedan ser claramente fantás­ticas y alejadas o en contraste con respecto al sentido de realidad. Inclusi­ve, las mismas fantasías pueden hallarse en individuos sanos y enfermos: la diferencia radica en la forma en que se tratan dichas fantasías y en la manera en que son elaboradas y modificadas o rectificadas por el respec­tivo grado de adaptación o adecuación a la realidad.

Las fantasías constituyen el contenido primario y básico de los proce­sos mentales inconscientes; surgen directamente de las necesidades instin­tivas y constituyen la expresión mental del instinto. "No hay impulso, necesidad o respuesta instintiva que no sea vivida como fantasía incons­ciente". Esta estrecha relación entre el instinto y la fantasía inconsciente es un rasgo distintivo y peculiar que debemos subrayar como una caracte­rística muy fundamental; por su contenido particular, la fantasía represen­ta el impulso instintivo que domina en la mente en cada instante (instinto parcial), y que es su fuente específica. La fantasía inconsciente se convier­te, a su vez, en un medio de defensa contra la angustia porque tiende a disminuir la tensión del instinto y la culpa. Estas fantasías son móviles,

Apéndice

267


cambiantes, pero también pueden coexistir aunque su carácter sea contra­dictorio.

La fantasía inconsciente se halla presente en la mente del niño desde la más temprana infancia, así como sus correlativos impulsos instintivos, y acompaña a cada una de las experiencias con el mundo exterior, sean las gratificadoras o las frustrantes; posee un contenido particular no sólo en cada uno de estos casos, sino también según las modalidades particulares con que estas experiencias son vividas. La fantasía inconsciente es un hecho psicológico real que actúa como tal organizando nuevos comporta­mientos; expresa lo que cada experiencia significa subjetivamente para el individuo. Cuando el niño tiene organizada toda su vida psicológica como experiencias eminentemente corporales, a cada una de ellas la acompaña una fantasía inconsciente, que no es otra cosa que el así denominado esquema corporal. En su totalidad, este último puede ser considerado como una fantasía inconsciente de cierta estabilidad, pero a su vez con aspectos cambiantes, y por lo tanto, de carácter dinámico. Pero por más que la fantasía se origina con la actuación de estímulos externos (falta de alimento, ausencia de la madre, recepción de cariño y gratificaciones), la fuente de la fantasía inconsciente se encuentra en los impulsos instintivos que entran en juego en cada experiencia.

Las fantasías inconscientes son operantes, hemos dicho, tanto en los individuos normales como en los neuróticos; la diferencia reside en el carácter específico de las fantasías dominantes, en su interrelación mutua y en su vinculación con la realidad exterior, según sea más o menos factible su rectificación o adecuación a las exigencias reales del mundo.

Las fantasías inconscientes son móviles y cambiantes. El niño que se chupa el dedo puede estar viviendo la fantasía "tengo el pecho de mi madre"; si rompe un juguete, "destruyo a mi madre"; si su madre se ausenta, "mi madre se ha muerto" o "he matado a mi madre" o "mi madre me ataca". Pero puede también existir un predominio estable de alguna fantasía que sigue actuando durante mucho tiempo e incluso durante toda la vida de un sujeto. Al respecto, daremos un ejemplo: un niño oye, duran­te el almuerzo, que a su padre le han ofrecido la presidencia de un club; se desencadena en él una intensa angustia, llora y pide a su padre que no acepte el cargo. Sus temores estaban ligados a comentarios que había oído sobre el destino de algunos presidentes del país (detenciones, exilios, ame­nazas, peligros de todo tipo). Si bien su conducta está ligada a experiencias con estímulos reales, lo que lo angustia es su fantasía inconsciente de dañar y eliminar a su padre, peligros que en su fantasía se iban ya a concre­tar. La fantasía inconsciente surge a raíz de situaciones exteriores, pero incorpora subjetivamente tales estímulos en función de sus tendencias

268

José Bleger

agresivas contra su padre y la fantasía inconsciente concomitante. Esta fantasía inconsciente puede ser transitoria, puede predominar y permane­cer activa durante un tiempo o bien perdurar durante toda la vida del sujeto en la relación con su padre y aun en la relación con toda otra figura paterna o de autoridad, o sea, que a veces actúa también fuera de la estric­ta relación hijo-padre, en cualquier otro tipo de relación interpersonal equivalente. Por otra parte, puede estructurarse predominantemente, como en el ejemplo que vimos, alrededor de los intentos de reparación de la agre­sión o destrucción fantaseada, pero caben también otras configuraciones distintas.

En realidad, si se intentase enumerar las fantasías inconscientes habría que hacer una lista de todas las conductas humanas en todas sus posibili­dades o modalidades, y con ello queremos decir que, en la práctica, no hay coincidencia entre el amplio empleo de la expresión o el concepto de fantasías inconscientes y su definición mucho más estrecha de correlatos de los impulsos instintivos. Es cierto que, siguiendo el pensamiento freu-diano, todo comportamiento asienta siempre en última instancia sobre un impulso instintivo, pero no tiene ningún valor postular tantos impulsos instintivos como comportamientos sea factible observar o realizar; sin embargo esto, que no tendría ningún valor ni sentido para los impulsos instintivos, es lo que se hace, en la práctica, con los correlatos psicológi­cos de dichos instintos: las fantasías inconscientes. He aquí -a manera de ilustración— una lista de fantasías inconscientes recogidas simplemente de un índice anual de la Revista de Psicoanálisis (Buenos Aires): fantasía claustrofóbica, compensatoria, de agresión sexual, de aislamiento, de cau­tiverio, de destrucción, de embarazo, de embarazo eterno, de escena pri­maria, de fin de análisis, de incorporación oral, de madre mala, de matri-cidio, muerte, parto y embarazo, de soborno, pecho inagotable, cadáver viviente, autodestrucción, fantasías regresivas, reparatorias, agresivas, anales, de confusión, de agresión uretral, de aniquilación, castración, coito, de dañar y destruir, de destrucción corporal,esterilidad, fellatio, de relacio­nes incestuosas, destructivas, de triunfo, de vaciamiento y destrucción, edípicas, eróticas, genitales, homosexuales, masturbación, orales, paranoi-des, persecutorias, reparatorias, retaliativas, sádicas, fantasías sobre el inte­rior destruido, etcétera.

Sin que esta enumeración sea exhaustiva -está muy lejos de serlo— habría que pensar, de acuerdo con la definición de fantasía inconsciente, que hay un impulso instintivo correspondiente para cada una de ellas, inclusive para la de confusión, la de embarazo o la de la esterilidad, por ejemplo. En una definición de D. Liberman, que elude la adscripción de cada fantasía a un impulso especial, se da también, sin embargo, una ampli-



Apéndice

269


tud exagerada al término; así, dice de la fantasía inconsciente: "el térmi­no incluye a todo contenido mental que tiene objetividad autónoma como hecho mental (realidad psíquica)".

Sin embargo, se toman en cuenta también las que podrían llamarse fantasías inconscientes fundamentales, caracterizadas por el hecho de que son -comunes a la totalidad de los seres humanos o, inclusive, por corres­ponder a la misma condición humana; por ejemplo: la fantasía del incesto, parricidio, castración, etcétera. Lo cierto es que esto no introduce orden en el problema, porque el carácter de fundamental podría ser discutido para toda fantasía inconsciente.

3. Estudio comparativo

Una primera comparación que podemos establecer entre fantasía inconsciente y meta final ficticia, surge del hecho de que en una de las expresiones se utiliza el sustantivo fantasía y en la otra el adjetivo ficticio. Ambos pueden ser utilizados como sustantivo o como adjetivo, y en carác­ter de sinónimos como equivalentes a imaginario, irreal, caprichoso, falto de objetividad. En este sentido hay una concordancia, de significación rela­tiva, entre ambos conceptos, en cuanto ambos ponen el énfasis sobre lo subjetivo y no sobre la realidad exterior, pero en la fantasía inconsciente para servir de soporte a esta última, mientras que en el caso de la meta final ficticia la relación con el mundo exterior es de carácter incompatible y excluyente. Hemos insistido ya, por otra parte, en que ambas son hechos psicológicos efectivos, de alta significación en la vida real de los seres humanos, aunque de significado distinto.

El carácter de ficción (en el sentido de irreal, incompatible u opuesto a la realidad externa) es intrínseco e inseparable en la meta final ficticia, no así en la fantasía inconsciente que sirve de soporte a las experiencias reales, aunque puede entrar en contradicción o incompatibilidad con las mismas. Sin embargo, para Freud o Fenichel la fantasía tenía totalmente el carácter de ficticia, dado que para el primero era un pensamiento alu-cinatorio sometido a las leyes del proceso primario, y para Fenichel es el pensamiento que no es seguido por la acción. No proseguimos esta h'nea de investigación porque el concepto actual de fantasía inconsciente es dis­tinto y ya lo hemos reseñado.

Al exponer antes un ejemplo de fantasía inconsciente, vimos cómo la fantasía inconsciente no es necesariamente pasajera o transitoria, sino que puede predominar en todo el curso de la vida, como una pauta importante del comportamiento del individuo. Siendo así, tenemos lógicamente dere-

270

José Bleger

cho a preguntarnos si, en tales casos, la fantasía inconsciente no constituye legítimamente lo que Adler ha denominado meta final ficticia, y si en todos los ejemplos que pudieran presentarse, no tendríamos siempre la posibilidad de plantearnos el mismo interrogante. Veamos ahora, entonces, al respecto, ciertas similitudes y diferencias.

¿1 ejemplo citado permite percibir las diferencias doctrinarias importantes, aunque no insuperables, que separan la fantasía inconsciente de la meta final ficticia. Para el psicoanalista la fantasía inconsciente ("quiero salvar a mi padre" o "quiero matarlo") deriva directamente del impulso instintivo en juego (libidinoso y agresivo, respectivamente), mien­tras que para Adler la meta final ficticia ("salvar a mi padre...") es una com­pensación del sentimiento de inferioridad del niño, en este caso, frente a su padre. Para el psicoanalista la fantasía inconsciente deriva o es un corre­lato o una implicación directa del impulso instintivo, por más que actúen experiencias con el mundo real, mientras que para Adler la meta final ficticia es un fenómeno que deriva de las experiencias sociales del sujeto. En este sentido, podríamos pensar que la diferencia radica en los esquemas conceptuales utilizados y -por más importancia que ellos tengan- se trata­ría, en última instancia, de dos formas diferentes de denominar y explicar el mismo fenómeno. Sin embargo, esto último no es totalmente cierto. Si bien en algunos casos se toma en consideración el mismo fenómeno, y en esos casos, las diferencias desaparecen, la fantasía inconsciente se refiere a veces a fenómenos que de ninguna manera pueden ser tenidos por equi­valentes de la meta final ficticia, por ejemplo, los correspondientes a las experiencias corporales más primitivas. Nuestra primera conclusión es que —en cuanto fenómeno— la meta final ficticia puede ser considerada como una fantasía inconsciente, pero este último concepto rebasa el primero, abarcando un espectro más amplio de fenómenos.

Tomemos ahora un ejemplo de Adler, de su libro Conocimiento del hombre: "Un hombre de treinta años, de grandes arrestos, había conse­guido llegar a la estimación de los demás y al éxito, a pesar de las dificul­tades con que tropezó en el desarrollo de su vida. Ante el médico se pre­senta en un estado de extrema depresión, quejándose de no tener ganas de trabajar ni de vivir. Relata que se encuentra en perspectiva de casamiento, pero que abriga una gran desconfianza acerca del futuro, pues tiene unos celos violentísimos, existiendo el peligro de que se deshaga la proyectada unión. Los hechos que él cita no son precisamente convincentes; a la mu­chacha no se le puede hacer reproche alguno. La sorprendente desconfian­za que manifiesta hace sospechar que es uno de los muchos hombres que se encuentran atraídos por otra persona, pero al mismo tiempo adoptan una actitud de ataque y que, llenos de desconfianza, echan por tierra lo



Apéndice

271


que quieren construir. A fin de poder trazar la mencionada línea (el estilo de vida), vamos a sacar un suceso de su vida e intentar compararlo con su actitud presente. Obedeciendo a nuestra experiencia recurrimos siempre a las primeras impresiones de la infancia, aunque sabemos que lo que oiga­mos no siempre ha de resistir un examen objetivo. Su primer recuerdo de la infancia era el siguiente: Hallábase con su madre y su hermano menor en el mercado y en vista del gentío le tomó su madre en brazos, pero al advertir su error le dejó de nuevo en el suelo y cogió al otro mientras que él continuó andando junto a ella cariacontecido. Tenía entonces cuatro años. Según podemos observar, al reproducir este recuerdo vuelven a sonar las mismas cuerdas que acabamos de percibir al referirnos él su sufrimien­to: no está seguro de ser él el preferido y no puede soportar el pensamien­to de que pudiera preferirse a otro. Advertido de esta circunstancia queda sorprendidísimo y reconoce en seguida la relación que existe, su estilo de vida".

Observamos, en primer lugar, que para Adler el antecedente infantil no es determinante causal de la conducta del adulto, sino que ambos son fenómenos de un proceso único, de un mismo estilo de vida. Para Freud, por el contrario, el suceso pretérito se inscribe, como experiencia infantil, en una de las series complementarias de la ecuación etiológica.

En el estilo de vida de este ejemplo de Adler, interviene la necesidad del individuo de ser querido y de sentirse el preferido, en forma conjunta con la duda de conseguirlo realmente. Su meta es lograr el cariño que nece­sita, pero no lo obtiene justamente porque él mismo lo deshace con sus dudas. Esto implica que el estilo de vida o la meta final ficticia es el signi­ficado unitario que tiene el conjunto del comportamiento de un ser huma­no. Si en este ejemplo tratamos ahora de deducir o imaginar las fantasías inconscientes, podríamos decir que ellas pueden ser, por ejemplo: "quiero a mi madre", "quiero a mi madre para mí solo", "mi madre no me quiere", "nadie me quiere". En rigor, las fantasías inconscientes son aque­llos significados más elementales de la conducta, en el sentido de estar liga­dos con las expresiones más primitivas de las tendencias básicas del indi­viduo.

Sin embargo, el concepto de fantasía inconsciente ha llegado a tener tal ampütud que se entiende y se incluye en esa denominación cualquier significado de cualquier comportamiento. En el ejemplo de Adler podemos decir así que las fantasías inconscientes operantes son, además de las ya enumeradas, las de luchar para ser querido (recuperar el objeto perdido) y al mismo tiempo demostrar que no se es querido. Esto último ocurre porque el sujeto destruye la imagen de toda persona que lo quiere a causa de la agresión y resentimiento generados por el hecho de no haber sido

272

José Bleger

antes preferido, y por la posibilidad de que eso vuelva a ocurrir; hace sufrir al otro el abandono que él mismo sufrió al no ser el preferido de su madre.

Como se ve, cualquier significado puede ser entendido como una fantasía inconsciente, y en este sentido amplio la fantasía inconsciente se superpone con la meta final ficticia. Pero lo inverso no es cierto; hay fanta­sías inconscientes pasajeras, transitorias, esporádicas o poco duraderas, que evidentemente no son metas finales (ejemplo: "quiero a mi madre", etcé­tera). Las fantasías inconscientes pueden ser de tal tipo que sean univer­sales, es decir, comunes a toda la especie humana, como por ejemplo la fantasía del incesto, del parricidio, de la castración, etcétera, sin que por el carácter de permanentes y durables puedan ser catalogadas como metas finales ficticias, porque no necesariamente la persona tiende a su conse­cución, aunque entran o pueden entrar, en cuanto fantasías inconscientes, en la estructura de una meta final ficticia.

Hasta ahora, hemos considerado predominantemente la fantasía inconsciente y la meta final ficticia como fenómenos clínicos, pero es posi­ble incluir a cada uno de ellos -por lo menos en su forma originaria-dentro de una concepción teórica o una doctrina psicológica. Por eso, nuestro estudio comparativo tiene necesariamente que ocuparse también de estos esquemas o modelos conceptuales. Desde este punto de vista, ambos fenómenos resultan totalmente diferentes: las fantasías incons­cientes constituyen las representaciones psicológicas o mentales de los instintos, mientras que la meta final ficticia es un fenómeno de compensa­ción del sentimiento de inferioridad. De esta manera, las primeras existen desde los momentos más precoces de la vida juntamente con las experien­cias más primitivas, o acompañándolas, mientras que la meta final ficticia es una elaboración que se forma básicamente en los primeros años de la vida, pero no tan precozmente como la fantasía inconsciente, ni tampoco de la misma manera o derivada de las mismas fuentes.

La fantasía inconsciente, como su mismo nombre lo indica, es siempre inconsciente, mientras que la meta final ficticia puede aparecer por lo menos en parte y como tal en forma consciente, por ejemplo, en los sueños diurnos.

La meta final ficticia interviene permanentemente como una deter­minante teleológica, en cuanto organiza y sirve de vector central a la per­sonalidad toda en sus múltiples y variados comportamientos; sus manifes­taciones o efectos son diversos, en cuanto entra en interacción con las exi­gencias de la realidad y el sentimiento de comunidad promueve ciertas transacciones (los así llamados "arreglitos" de Adler). A diferencia de ella, la fantasía inconsciente no es una determinante del fenómeno, porque lo



Apéndice

273


que actúa como causa no es la fantasía inconsciente sino el impulso ins­tintivo. La fantasía inconsciente es -como ya lo dijimos- la forma subje­tiva de representación mental de una experiencia, en función del impulso instintivo que interviene. La fantasía inconsciente es a su vez activa, en el sentido de que cumple una función (sea como satisfacción de deseos o de defensa), y a su vez condiciona nuevos comportamientos, pero los que generan o causan estos últimos son siempre, en última instancia, impulsos instintivos.

Si, continuando nuestro examen, extremamos el rigor del análisis, veremos que la meta final ficticia es realmente lo que su nombre indica: una meta, objetivo o finalidad que el individuo se propone cumplir, alcan­zar o satisfacer y para no abandonar dicha meta entra en transacciones con el sentimiento de comunidad. No podemos decir lo mismo de la fantasía inconsciente; ella no es, rigurosamente considerada, una meta, objetivo o finalidad sino la modalidad específica que asume cada impulso instintivo para alcanzar su objeto. Al respecto, recordemos que para Freud el instinto tiene cuatro propiedades fundamentales, a saber: fuente, fin, objeto y carga. La fuente es el órgano particular o la parte del cuerpo de donde parte o donde se origina el impulso, que es siempre biológico; el fin del ins­tinto es la descarga de su tensión; el objeto es el elemento que requiere para descargarla; la carga -por último— se refiere a un quantum, a la inten­sidad particular que alcanza o tiene el impulso instintivo. Recordamos estas especificaciones para abonar nuestra posición de que la fantasía inconsciente no es en sí misma una meta y que esta última corresponde al instinto, cuya meta está constituida por la conjunción del fin y del objeto.

En síntesis, podemos decir que la fantasía inconsciente no es una meta y que —en sí misma— no genera ni determina comportamientos, mientras que la meta final ficticia se diversifica según tipos particulares de fantasías inconscientes que determinan y ordenan la vida y los comportamientos de un individuo. Pero si extremamos las postulaciones teóricas y sus legíti­mas exigencias, por lo que ya hemos expuesto, la meta final ficticia tampoco puede ser considerada como una fantasía inconsciente. Aquí, como en todos los campos científicos o en los interdisciplinarios, los hechos en consideración exigen que sean analizados y comparados los modelos conceptuales con los cuales se trabaja, y según los cuales dichos hechos o fenómenos son postulados o "recortados" dentro del mundo y la realidad en que vivimos. Por eso encontramos y señalamos cierta coinci­dencia entre fantasía inconsciente y meta final ficticia en cuanto fenóme­nos, pero también señalamos una total diferencia si se toman en cuenta los modelos conceptuales según los cuales cada uno de estos fenómenos es identificado y estudiado: la fantasía inconsciente es introducida e investí-

274


José Bleger

gada dentro del marco de la psicología de la vida instintiva mientras que la meta final ficticia lo es dentro de la psicología del yo.

En cuanto a las funciones que cumple cada una de ellas hay cierta con­cordancia: ambas sirven para control o defensa, frente a la angustia de la inseguridad proveniente del sentimiento de inferioridad en un caso y frente a la angustia de la tensión instintiva y la culpa en el otro, a través de la satisfacción fantaseada de deseos, negaciones, reaseguramiento, control omnipotente, reparación, etcétera.

Si bien es cierto que determinados fenómenos, cuando son reiterada­mente verificados, se separan de las teorías o escuelas que los han obser­vado y pasan a formar parte de un patrimonio cultural y científico común, no es menos cierto que este proceso insume generalmente un tiempo muy largo. En alguna medida, se ha cumplido ya para el concepto de meta final ficticia, no así para el de fantasía inconsciente, que sigue siendo casi de utilización exclusiva de los psicoanalistas o de los que adhieren o partici­pan del psicoanáüsis. Ello se debe a que, como hecho o fenómeno, es de carácter mucho más deductivo e hipotético que la meta final ficticia. Esta última es una inferencia del comportamiento que es observado y registrado (clínica o aun experimentalmente), mientras que la fantasía inconsciente es una deducción que depende a su vez de otra deducción (los instintos), porque tampoco estos últimos son observados ni registrados, sino inferi­dos.

Sin embargo, podemos resolver este aparente callejón sin salida modi­ficando el esquema o los modelos conceptuales con los cuales trabajamos. Podemos abarcar la fantasía inconsciente y la meta final ficticia en un denominador común, si entendemos a ambas no como otra cosa, realmen­te, que significados de la conducta. Este es en verdad el único camino que sigue el psicólogo (adleriano o freudiano) para hallar la meta final ficticia, en un caso, y la fantasía inconsciente en el otro. Para esta última, además, no es imprescindible el pasaje teórico por el instinto, ya que en la práctica dicho pasaje es inexistente.

El significado es siempre una relación; utilizando la clasificación de Blumenfeld, podemos fácilmente deducir que en el caso de la fantasía inconsciente se trata de un significado motivacional, mientras que en la de la meta final ficticia se trata de un significado télico. La naturaleza instin­tiva de la fantasía inconsciente sólo se "deduce" por la construcción "realista" o entelequial de un doble ontológico.

En síntesis, nuestro postulado es que tanto la naturaleza de la fanta­sía inconsciente, como la de la meta final ficticia, es de carácter significa­tivo. En este sentido podemos recordar aquí un trabajo de W. Baranger, donde el autor intenta una crítica y reubicación del concepto de fantasía

Apéndice

275


inconsciente basándose en que hay una contradicción entre nuestra técnica y nuestra metapsicología, dado que técnicamente el psicoanálisis no opera con instintos sino con fantasías inconscientes.

Podrá sugerirse, además, que para los que se atienen a la naturaleza y origen instintivista de las fantasías inconscientes sería conveniente limi­tar la amplitud del término, ya que si abarca todos los significados posibles de todos los comportamientos no puede postularse la existencia de tal cantidad de impulsos instintivos correlativos, ni tampoco se los puede suponer en comportamientos muy complejos y ya alejados de su hipotéti­co trasfondo instintivo. En este sentido, el contenido de las fantasías inconscientes debería limitarse a lo que se considera las experiencias corpo­rales más primitivas (comer, tragar, morder, orinar, incorporar, expulsar, matar, destruir, atacar, etcétera), sobre las cuales se construye toda la organización psicológica. Así, utilizando los ejemplos dados, no habría fantasía inconsciente de confusión, embarazo o esterilidad, sino que en cada caso la fantasía puede ser de destrucción, expulsión, ataque, etcéte­ra, y la confusión, embarazo o esterilidad son comportamientos o signi­ficados de comportamientos, pero no fantasías inconscientes.

Los pasos que hemos dado en nuestro estudio comparativo consis­tieron en relacionar primero los dos conceptos en cuanto hechos o fenó­menos clínicos, luego en cuanto ubicados en sus respectivos y diferentes modelos conceptuales, y en último término los hemos comparado utili­zando un modelo conceptual común que creemos implícito tanto en la concepción psicoanalítica como en la adleriana, pero que al explicitarlo resuelve gran cantidad de divergencias y ubica los problemas de manera más clara y más accesible a la investigación.


-

Sinopsis

FANTASÍA INCONSCIENTE META FINAL FICTICIA

1. Como fenómenos clínicos

No es directamente observada, sino ídem

deducida

Absolutamente inconsciente Inconsciente y consciente

No es una meta, pero puede serlo en Puede ser una fantasía inconsciente

algunos casos

Existe tanto en sanos como en enfer- ídem

mos

Existe desde el nacimiento y desde las Se construye en los primeros anos de

primeras experiencias vida

Contenido primario y básico de los No es un contenido mental sino una

procesos mentales inconscientes implicación de la conducta

Coexisten fantasías aun contradictorias Es única. La contradicción existe entre

metas parciales

Es móvil y cambiante Estable y duradera

Organiza nuevos comportamientos Es vector de nuevos comportamientos

Soporte de la experiencia con el mundo Incompatible con el mundo externo

externo

Ligada genéticamente a las experiencias Ligada genéticamente a la situación de



corporales básicas desvalimiento infantil

Actúa como determinante causal Actúa como determinante teleológica

Defensa contra la angustia y la tensión Compensación del sentimiento de infe-

instintiva rioridad

2. En Junción de los modelos

Correlato del impulso instintivo Vinculado con el sentimiento de infe-

rioridad

Modaudad específica del impulso Modalidad particular de cada existencia

(estilo de vida)

No depende de la experiencia Depende de la experiencia

Con existencia en la mente inconsciente Inconsciente como fenómeno, no como

ente


Pertenece a la psicología de la vida Pertenece a la psicología del yo instintiva

El modelo es naturalista El modelo es existencial

278

José Bleger

3. Revisión en función del significado

Corresponde a un significado motiva-cional

El significado es inconsciente

No es un contenido mental sino un sig­nificado psicológico

Obtenido, por deducción, del comporta­miento

En rigor, se refiere a los significados de las experiencias corporales básicas, elementales y más primitivas, que construyen el soporte de todo com-portamien to

Corresponde a un significado de carác­ter télico ídem ídem



ídem

Resulta muy estrecha su exclusiva supe­ditación al sentimiento de inferioridad


Compartir con tus amigos:
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos