Psicologia de la conducta jose bleger



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José Bleger

social, es el producto de un desarrollo en el cual emergen nuevas poten­cialidades, que no se dan de una vez para siempre en forma fija e inmuta­ble. Este alto grado de desarrollo depende de una compleja organización de la materia viva y es reflejo de la estructura social en el más amplio sentido.

  1. Porque el medio ambiente del ser humano es un ambiente social, del que provienen los estímulos fundamentales para la organización de sus cualidades psicológicas.

  2. Porque no puede conocerse la condición del ser humano por pura reflexión; el conocimiento que se alcanza está, a su vez, socialmente con­dicionado.

  3. Porque el hombre es el único de los seres vivos que puede pensarse a sí mismo como objeto, utilizar el pensamiento, concebir símbolos uni­versales, crear un lenguaje, prever y planificar su acción, utilizar instru­mentos y técnicas que modifican su propia naturaleza. Aun formando parte de la naturaleza, puede en cierta medida ser independiente de ella. Todo esto está en estrecha relación con su posibilidad —distinta a la de todos los animales— de producir sus medios de subsistencia.

h) Que la producción de esos medios de subsistencia crea la matriz fundamental de todas las relaciones humanas.

Bibliografía

Las referencias completas de las citas bibliográficas de cada capítulo se encon­trarán en la bibliografía general que se inserta al final del libro.

Brown, J. A. C.; Buber, M.; Cassirer, E.; Dujovne, L. Engels F. (e); Favez Bouto-nier (a); Foucault, M.; Goldstein, K. (a, b); Groethuysen, B.; Kardiner, A.; Marx, C. (a, b); Marx, C, y Engels, F. (a);Merleau Ponty, M. (b); Plejanov, J.;Politzer, G. (a); Rosenthal, M.

Capítulo II Conducta

1. La conducta en psicología

El término conducta o comportamiento ha sido incorporado a la psi­cología desde otros campos del conocimiento; fue ya anteriormente empleado en la química —y lo sigue siendo aún— para referir o dar cuenta de la actividad de una sustancia, un cuerpo, un átomo, etcétera. Posterior­mente, Huxley lo introduce en biología para referirse también a las mani­festaciones de la sustancia viva: célula, núcleo, etcétera; y Jennings, en psicología animal. En todos estos campos, el término se refiere al conjunto de fenómenos que son observables o que son factibles de ser detectados, lo cual implica la consigna metodológica de atenerse a los hechos tal cual ellos se dan, con exclusión de toda inferencia animista o vitalista. Se busca, por lo tanto, que su descripción y estudio sean una investigación libre -o lo más libre posible— de adiciones antropomórficas. Esta posición antime­tafísica y antivitalista tiende en todas las ciencias a un mayor rigor cientí­fico, describiendo y explicando todos los fenómenos en función de los fenómenos mismos, sin tener necesidad de recurrir a potencias o fuerzas ajenas y distintas a los sucesos naturales. En el estudio del ser humano también se aplicó el término a todas las reacciones o manifestaciones exteriores, tratando así de que la investigación psicológica se convirtiera también sistemáticamente en una tarea objetiva, y —por lo tanto- la psicología en una ciencia de la naturaleza.

El término conducta, aplicado a las manifestaciones del individuo, tiene siempre la connotación de estar dejando de lado lo más central o principal del ser humano: los fenómenos propiamente psíquicos o menta­les. Estos últimos serían realmente los fenómenos más importantes, dado que originan la conducta; y si estudiamos únicamente esta última, nos estamos ocupando sólo de productos y derivados, pero no del fenómeno central. Etimológicamente la palabra conducta es latina y significa condu­cida o guiada; es decir, que todas las manifestaciones comprendidas en el término de conducta son acciones conducidas o guiadas por algo que está fuera de las mismas: por la mente. De esta manera, el estudio de la conduc-


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ta, considerada así, asienta sobre un dualismo o una dicotomía cuerpo-mente, sobre la tradición del más puro idealismo, en el que la mente tiene existencia de suyo y es el punto de origen de todas las manifestaciones cor­porales; según esta perspectiva, el cuerpo es solamente un instrumento o un vehículo del que se vale la mente (alma) para manifestarse. La raíz religiosa de este esquema es fácil de deducir.

En la historia del concepto de conducta en psicología, tiene importan­cia el artículo de Watson publicado en 1913, que inicia la corriente o escuela llamada Conductismo o Behaviorismo, en el que sostiene que la psicología científica debe estudiar sólo las manifestaciones externas (motoras, glandulares y verbales); aquellas que pueden ser sometidas a observación y registro riguroso, tanto como a verificación. Ya antes que Watson, Pillsbury había definido la psicología como la ciencia de la conducta y Angelí —integrante de la escuela funcionalista- anticipaba el reemplazo de la mente por la conducta como objeto de la psicología. Posi­blemente entre los más importantes, en lo que respecta a la conducta como objeto de la psicología, haya que contar los estudios de P. Janet y los de H. Piéron. Este último formuló desde 1908, una psicología del comporta­miento, y P. Janet hizo importantes aportes al tema de la psicología de la conducta, en la que incluía la conciencia, considerada como una conducta particular, como una complicación del acto, que se agrega a las acciones elementales. El mismo autor estudió la evolución de la conducta, descri­biendo una jerarquía de operaciones, compuesta de cuatro grupos: conduc­ta animal, intelectual elemental, media y superior.

Pero aun con estos anticipos, el behaviorismo de Watson fue una verdadera proclama, consecuente y abierta, de una posición materialista en psicología; lo es, aun considerando todas sus limitaciones mecanicistas y los reparos puestos por diferentes autores a la verdadera paternidad de Watson sobre el concepto de conducta y —entre otros— las objeciones de H. Piéron, para quien el behaviorismo, como psicología específicamente norteamericana, sólo tiene de específico "sus exageraciones frecuentemen­te pueriles".

Sin entrar en esta polémica de la prioridad sobre el concepto de conducta en psicología, interesa saber que fue Watson el que promovió una de las escuelas que hicieron tambalear, aun más, el edificio de la psico­logía clásica y que —de distintas maneras y con diferentes valores— aportó elementos que conducen a nuevas posibilidades de la psicología. Tolman dice que, indiscutiblemente, se habló de la psicología como ciencia de la conducta antes de Watson, pero este último transformó la conducta en "ismo".

Watson incluyó en la conducta todos los fenómenos visibles, objeti-



vamente comprobables o factibles de ser sometidos a registro y verificación v que son siempre respuestas o reacciones del organismo a los estímulos aue sobre él actúan. Intentó asentar la psicología sobre el modelo de las ciencias naturales, con una sólida base experimental, y por ello presentó una sistemática oposición a dos postulados fundamentales de la psicología clásica: a la introspección como método científico, y a la conciencia como objeto de la psicología. Sobre esto último, sin embargo, tal como lo sugiere Tilquin, quedan dudas de si la exclusión de la conciencia, por parte de Watson, es de carácter ontológico o metodológico.

Koffka incluye una división tripartita de la conducta, que presenta como muy semejante a la de McDougall; denomina procesos a la suma de movimientos observables, distinguiéndola del comportamiento y de las vivencias. El comportamiento incluye los procesos que denomina efectivos o reales y para los que se emplean conceptos funcionales, mientras que para los fenómenos o vivencias se utilizan conceptos descriptivos.

Explica estos conceptos con ejemplos sencillos. Si se observa un leñador y se determina que el número de leños que parte por minuto va disminuyendo, se está haciendo una observación del comportamiento, es decir, de procesos efectivos o reales; si sobre esta base se determina la fatiga del leñador, se está describiendo su comportamiento con un con­cepto funcional. En otro ejemplo similar, una persona desconocida pierde algo en la calle y yo lo recojo y se lo entrego; si al día siguiente vuelvo a encontrarla, esa persona reacciona de otro modo; describo su comporta­miento diciendo que me ha reconocido o que me recuerda, utilizando un concepto descriptivo.

Las vivencias o fenómenos están constituidos por los pensamientos u opiniones que cada sujeto puede expresar. El leñador puede decir que está fatigado, y el desconocido de ayer, que me reconoce. Pero puede haber contradicción o una falta de paralelismo entre la descripción funcional de su comportamiento y las vivencias que realmente tienen esos indivi­duos. La conducta extema y la conducta interna están "no sólo acopladas por fuerza y accidentalmente, sino emparentadas por esencia y unidas objetivamente".

Según Koffka, Thorndike también emplea la palabra conducta de la misma manera o con la misma extensión, es decir, incluyendo el aspecto fenoménico.

Jaspers es otro de los autores que intentó unificar los fenómenos que estudia la psicología, ordenándolos en cuatro grupos, según el grado de perceptibilidad de los mismos; el primero es el de los fenómenos viven-ciados; el segundo, el de las funciones o rendimientos objetivos (memoria, inteligencia, trabajo, etcétera); el tercero, el de las manifestaciones cor-


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porales concomitantes; y el cuarto, el de las objetividades significativas (expresiones, acciones, obras).

Lagache ha dedicado mucha atención a este tema y define la conducta como la totalidad de las reacciones del organismo en la situación total. Reconoce en ella: 1) la conducta exterior, manifiesta; 2) la experiencia consciente, tal como ella es accesible en el relato, incluyendo las modifica­ciones somáticas subjetivas; 3) modificaciones somáticas objetivas, tal como ellas son accesibles a la investigación fisiológica; 4) los productos de la conducta; escritos, dibujos, trabajos, tests, etcétera.

El término conducta se ha convertido así, en la actualidad, en patri­monio común de psicólogos, sociólogos, antropólogos, sin que por este solo empleo se esté filiado en la escuela del behaviorismo; inclusive se ha convertido en un término que tiene las ventajas de no pertenecer ya a nin­guna escuela en especial y de ser lo suficientemente neutral como para constituir o formar parte del lenguaje común a investigadores de distintas disciplinas, campos o escuelas.

De esta manera, el empleo que vamos a hacer nosotros del término está fuera de los límites de la escuela conductista o de alguna de sus varian­tes, aunque por otra parte resume y recoge las consecuencias, para la psi­cología, de la revuelta watsoniana, tanto como las de la Gestalt y el psicoa­nálisis. Incluimos así bajo el término conducta, todas las manifestaciones del ser humano, cualesquiera sean sus características de presentación, ampliando de esta manera el concepto a sectores mucho más vastos que los que caracterizan al conductismo. Es lo que han hecho, entre otros, Koffka, Janet, Lagache y —entre nosotros— E. Pichón Riviére. Al conjunto de manifestaciones del ser humano que llamamos conducta, está dedicado el presente estudio.

Adoptamos, como punto de partida, las definiciones que da Lagache sobre conducta, como "el conjunto de respuestas significativas por las cuales un ser vivo en situación integra las tensiones que amenazan la unidad y el equilibrio del organismo"; o como "el conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales, mentales) por las cuales un organismo en situación reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades". En el ser humano este conjunto de operaciones tiene una estructura muy compleja que iremos distinguiendo en el curso de nuestra exposición.

2. La conducta como fenómeno central en la psicología

Trabajar en psicología con el concepto de conducta es una especie de retorno a "los hechos mismos", en la medida en que esto es factible en

cualquier ciencia; este atenerse a los hechos, tal cual se dan y tal como existen, permite confrontación de observaciones, verificación de teorías y corT1prensión unitaria de aportaciones ubicadas en distintos contextos o encuadres teóricos.

Nuestro estudio de la conducta se hace en función de la personalidad y del inseparable contexto social, del cual el ser humano es siempre inte­grante; estudiamos la conducta en calidad de proceso y no como "cosa", es decir, dinámicamente. Mowrer y Kluckhohñ enumeran cuatro proposi­ciones "mínimas esenciales" de una teoría dinámica de la personalidad, a saber:


  1. La conducta es funcional. Por funcional se entiende que toda con­ducta tiene una finalidad: la de resolver tensiones.

  1. La conducta implica siempre conflicto o ambivalencia.

  1. La conducta sólo puede ser comprendida en función del campo o contexto en el que ella ocurre.

  2. Todo organismo vivo tiende a preservar un estado de máxima inte­gración o consistencia interna.

Coinciden en estos cuatro puntos el psicoanálisis, la antropología social y la psicología del learning. El psicoanálisis ha demostrado la conti­nuidad entre los fenómenos normales y patológicos de conducta; la antro­pología social tuvo una gran influencia en esta aceptación de la conducta, como estructura unitaria, al romper la distinción categórica entre socieda­des "civilizadas" y "salvajes"; la psicología del learning ha contribuido a integrar nuestra comprensión de los atributos y capacidades, vistos como únicamente "humanos", y las características de conducta manifestadas por el mundo "animal".

Los aportes con que se cuenta en la psicología contemporánea son copiosos y contradictorios. Aquí desarrollamos nuestra perspectiva de que la conducta es la unidad de estudio de toda la psicología y de todas las escuelas; no que lo será, sino que ya lo ha sido. Sean cuales fueren los fundamentos teóricos y los "modelos" de pensamiento empleados, todas las corrientes y todos los campos psicológicos han estado estudiando consciente o inconscientemente la conducta. Esa unidad de la cual todos han partido es multiforme y contradictoria, en constante devenir. Por ello, 1° que intentamos en nuestro estudio presente es una dialéctica de la con­ducta, de la que las distintas escuelas han tomado sólo fragmentos diferen­tes y con ello han distorsionado las relaciones reales entre los momentos del proceso dialéctico único.



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3. Unidad y pluralidad fenoménica de la conducta

Desde antiguo se reconocen en el ser humano dos tipos distintos de fenómenos, a los que pueden reducirse todas sus manifestaciones. Uno es concreto, aparece en el cuerpo y en actuaciones sobre el mundo externo; aunque nunca puede existir una acción sobre un objeto sin que concomi-tantemente ocurra una modificación o movimiento del cuerpo, puede suceder que uno u otro sean, en momentos distintos, le más importante. Así, consideramos una conducta concreta corporal cuando se trata, por ejemplo, del enrojecimiento o palidez de la cara, mientras que calificamos de conducta concreta en el mundo extemo a, por ejemplo, concurrir a un sitio, conducir un automóvil, aunque para ello se necesite lógicamente de las modificaciones corporales. Otro tipo de conducta incluye todas aquellas manifestaciones que no se dan como acciones materiales y concre­tas sino de manera simbólica; estas ultimas son los fenómenos reconocidos como mentales.

Estos son los fenómenos de conducta de los que siempre se ha partido en el estudio psicológico. Las diferencias doctrinarias derivan todas, no de la psicología misma, sino de aplicar a la psicología doctrinas científicas e ideologías que toman selectiva y preferentemente sólo algunos de estos fenómenos y los relacionan de una manera dada, o bien olvidan o poster­gan los fenómenos reales reempazándolos por abstracciones o entes de los que hacen depender los fenómenos menos reales (alma, espíritu, etcétera); en esta última forma se procede no ya sólo en el campo religioso o metafí-sico, sino en el mismo campo científico. Por ejemplo, existen fenómenos que llamamos mentales; de ellos se deriva el concepto abstracto de "men­te", que pasa muy pronto a tener independencia y vida propia, de tal manera que el fenómeno concreto está contenido o resulta de un hipoté­tico funcionamiento de una abstracción, instituida en entelequia. Para nosotros hay fenómenos mentales, pero no hay una "mente"; hay fenóme­nos y valores espirituales, pero ello no implica que haya un espíritu.

En esta forma, los dos tipos de fenómenos (concretos y simbólicos) dieron lugar a un dualismo sustancial, de la pluralidad fenoménica se hizo una trasposiciór a un dualismo sustancial. Es como si se describieran, por ejemplo, el rayo y el trueno no como fenómenos ligados a un mismo suceso, sino dependiente cada uno de ellos de una especial y particular categoría sustancial, entre las cuales se postulan correlaciones muy comple­jas y discutidas. Este tipo de trasposición idealista procede de la religión (y de la organización social que la sustenta); tiene una línea de evolución que está ligada a la mitología, donde se hacía depender el rayo y el trueno cada uno de un dios particular, y la aparición de los fenómenos se des-

cribía no como fenómenos, sino como una lucha entre el dios del rayo y el dios del trueno.

Para nosotros, la pluralidad fenoménica tiene su unidad en el fenó-

Fig. 1. Áreas de la conducta: 1) área de la mente; 2) área del cuerpo; 3) área del

mundo externo

meno de la conducta misma, en el funcionamiento altamente perfeccio­nado del sistema nervioso central, y en el ser humano considerado siempre como persona en cada una de sus manifestaciones, vinculado en su con­dición humana al medio social.



Siguiendo a Pichón Riviére, representamos los tres tipos de conducta como tres círculos concéntricos y los enumeramos como uno, dos y tres, que corresponden respectivamente a los fenómenos mentales, corporales y •os de actuación en el mundo externo. El mismo autor, estudiando muy detalladamente este esquema y su dinámica en psicología y psicopatolo-8ia, ha llamado a estos círculos tes Áreas de la conducta.

Mowrer y Kluckhohn refieren que los psicólogos se hallan polarizados

undamentalmente en dos grupos: los mecanicistas y los finalistas (teleo-

ogistas); para los primeros los estímulos producen movimientos y centran

estudio en esta relación, mientras que los finalistas están interesados por

estudio de la relación entre los movimientos del cuerpo y los efectos



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resultantes. Los autores nombrados integran esta divergencia en un esque­ma único de estudio:

Estimulación ► Movimiento * Efectos

Pero, además, entre la estimulación y el movimiento intercalan la existencia de los procesos simbólicos (razonar, planificar, imaginar, consi­derar, pensar, etcétera), con lo que el esquema es el siguiente.

4. Coexistencia y preponderancia de las áreas de la conducta



La conducta siempre implica manifestaciones coexistentes en las tres áreas; es una manifestación unitaria del ser total y no puede, por lo tanto, aparecer ningún fenómeno en ninguna de las tres áreas sin que implique necesariamente a las otras dos; por lo tanto, las tres áreas son siempre coexistentes. El pensar o imaginar —por ejemplo— (conductas en el área de la mente) no pueden darse sin la coexistencia de manifestaciones en el cuerpo y en el mundo externo y —respectivamente- también a la inversa.






Un estudio de la conducta debe abarcar todos los momentos de este proceso, agregando que los efectos también pueden ser divididos, según recaigan sobre el sujeto mismo, sobre otros o sobre el medio impersonal:



Fig. 2. Preponderancia y coexistencia de las áreas de la conducta





Estimulación * Movimiento ► Efectos ► 0tros

^» Medio


impersonal

Este último esquema se aclarará más adelante cuando nos ocupemos de las opiniones de Murray, que tienen cierta similitud con los conceptos en que se basan Mowrer y Kluckhohn. Desde ya anotemos que la estimulación no es independiente del sujeto y de su conducta, y que tanto los procesos simbólicos como los movimientos y los efectos, son todos conductas. La división en efectos sobre el sujeto, sobre otros y sobre el medio impersonal, queda sustituida con ventaja por el esquema de las Áreas de la conducta, según lo ha formulado E. Pichón Riviére; forma parte además de nuestras tesis principales el no reconocer la existencia psicológica de un medio impersonal, tanto como el hecho de que los movimientos y los efectos son conductas entre las que hay diferencias muy significativas que tocan al concepto básico de conducta y que desarrollaremos más adelante.

Esta permanente coexistencia de las tres áreas no excluye el predomi­nio de alguna de ellas en un momento dado, predominio que permite calificar a la conducta como perteneciente a cada una de las tres áreas.

5. Ciencias de la conducta

Conviene desde ya adelantar que constituye un error suponer que a cada área de conducta corresponda una ciencia particular, a saber: la psicología para el área de la mente, la biología para la conducta en el área del cuerpo y la sociología para las manifestaciones en el área del mundo externo. Este criterio tan erróneo ya no puede ser en la actualidad seria­mente sustentado por nadie. Estas tres ciencias se pueden y deben aplicar a todas las manifestaciones del ser humano, sea cual fuere el área de predo­minio o de manifestación, de la misma manera que un mismo objeto puede ser estudiado tanto por la física como por la química; no hay, por lo tanto, en el ser humano sucesos que deban ser estudiados exclusivamente por una -lencia o que sean del dominio exclusivo de un solo campo científico.

Toda manifestación del ser humano se da siempre en el nivel psicoló-

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