Psicologia de la conducta jose bleger



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José Bleger

nes económicas, o que conduzca a un movimiento social de adaptación conformista. Pero éstos no son argumentos para eliminar el sujeto del pro­ceso histórico y la necesidad de estudiarlo. Lo contrario es utilizar el mate­rialismo dialéctico de manera formal, simplificada, escolástica, estereo­tipada; en una palabra, materialismo dialéctico sin dialéctica.

Los fenómenos psicológicos guardan una necesaria dependencia y rela­tiva independencia (toda independencia es siempre relativa) de las condi­ciones materiales en las cuales el ser humano desarrolla su vida, y entre ambos no hay una relación directa y lineal de causa a efecto, ni tampoco una relación unidireccional.

Así como se plantea la confusión entre sujeto y objeto, y entre ser humano y estructura económica, existe también un equívoco entre estudio de la psicología y estudio del cerebro. Se supone con frecuencia que estu­diar el cerebro es expresión de una posición materialista y estudiar psicolo­gía implica una posición idealista y, para evitar esta última, se piensa que una psicología científica debe limitarse al estudio del cerebro. Hay aquí un error fundamental. Por importante que sea —y eso no se discute—, el estudio del cerebro no es psicología, ni siquiera es la base científica de la psicología. Estas posiciones, que no admitimos, parten del supuesto de que el materialismo sólo considera material a la naturaleza física y, dado que el cerebro forma parte de la misma, su estudio implica una psicología materialista. Es verdad que sin cerebro no hay fenómenos psicológicos, pero estos últimos son algo más que el cerebro, así como el ser humano no es sólo cerebro.

Materialismo dialéctico no es mecanicismo, y la diferencia estriba no sólo en la posición antimetafísica y dialéctica, sino en incorporar los fenó­menos sociales, económicos y culturales como hechos materiales; el mate­rialismo mecanicista ya había incorporado el ser humano a la naturaleza considerándolo como parte integrante de la misma, y el materialismo dia­léctico completa este proceso de integración incorporando el medio humano como el medio natural del hombre. No sólo el hombre es produc­to de la naturaleza y del medio, sino que este medio es social y, además, producto de la actividad de los hombres. Transformando el medio, se transforma el hombre a sí mismo. La psicología no tiene necesariamente que oponerse a esto, ni tampoco llevar implícito inexorablemente el supuesto inverso de carácter idealista.

Psicología y filosofía

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Bibliografía

Basbaum, L.; Bergson, H.; Bleger, J. (a); Cornforth, M.; Dynnik, M.A.; Engels, F^(a, b, c, d); Farrington, B.; Foulquié, P. (b); Garaudy, R.; Gramsci, A.;Hook, S. Ingenieros, J.; Katz, D. (a); Koehler, W.; Koffka, K. (b); Lenin; Marx. C. (a. b) Merleau Ponty, M. (b); Piaget, J. (a); Politzer, G. (c); Prentice, W.C.H,; Reeves, J.W. Rosenthal, M.M.; Straks, G.M.; Sandor, P.; Schilder, P. (a); Sherrington, C; Sluckin, W.; Brunswik, E.; Imaz, E.


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Capítulo XVII El psicólogo y las escuelas de psicología

1. El psicólogo

El psicólogo es un técnico que trabaja en un campo específico de la psicología o, mejor dicho, es el que trabaja sistemáticamente con la psico­logía en cualquier campo de la actividad humana. Ser psicólogo es ejercer el oficio de la psicología. Con esto queremos significar, entre otras cosas, que no se es psicólogo con la información teórica o la versación bibliográ­fica, sino con la aplicación del conocimiento a una tarea que, a su vez, enri­quece, confirma o rectifica el conocimiento. Conocer implica, necesaria­mente, la aplicación del conocimiento. Teoría y práctica son dos momen­tos de un solo proceso en permanente interjuego e interacción dialéctica, de tal manera que desarrollan entre sí todas las posibilidades de la con­tradicción y la síntesis dialéctica.

Las contradicciones entre teoría y práctica constituyen todavía un hecho común en psicología; nos referimos a las contradicciones que per­manecen estereotipadas, que no se dinamizan, que no hacen eclosión y que, por lo tanto, no tienden a ninguna resolución. Peor aun, toda solución o adelanto intentado por otros es vivido como un ataque que moviliza una estructura realmente neurótica, de inmovilización y estereotipia. A veces se llama a sí mismo psicólogo aquel que critica y rechaza todas las psicolo­gías; o aquel que espera que algún día se resuelvan los problemas de la psicología. De la actitud de los psicólogos frente a la psicología se puede realizar un estudio, que se va haciendo indispensable, sobre la psicología y psicopatología del psicólogo y de la investigación psicológica.

El psicólogo debe tender a una insensible continuidad entre su queha­cer como oficio y su experiencia como ser humano, por el mero hecho de vivir. Esto, que es tan difícil de conseguir, evita el disociar y separar la psicología de la vida concreta de los seres humanos, que es el objeto de estudio.

El psicólogo enfrenta problemas muy peculiares en su tarea frente al objeto de estudio, junto con otros que son comunes a todo campo cientí­fico. El ser humano a quien tenemos que estudiar es muy semejante a

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nosotros, y estudiando al otro nos estudiamos e investigamos, en cierta medida, nosotros mismos. Este hecho hace más intensas y agudas las ansie­dades que crea todo campo de trabajo y toda investigación. Por otra parte, el instrumento con que trabaja el psicólogo es su propia personalidad. El contacto directo, personal, con el objeto de estudio es condición imposter­gable de la tarea psicológica. Y en psicología el objeto de estudio son siem­pre seres humanos.

Investigar implica siempre enfrentarse con lo desconocido e inclusive desconocer, extrañar lo que conocemos o lo que creíamos ya conocer; es decir, problema tizar, y crear ansiedades. La investigación implica siempre la necesidad y posibilidad de tolerar un cierto monto de ansiedad en el campo de trabajo, que actúa como un incentivo de la tarea, pero cuando dicha ansiedad sobrepasa cierto límite se constituye en un obstáculo para el conocimiento.

Con todo esto señalamos la necesidad de integrar no solamente teoría y práctica, sino que esta integración, que es la base de la tarea del psicólo­go, no puede realizarse si no se investiga siempre lo que se hace y cómo se lo hace, mientras se lo está haciendo.

Las ansiedades en el campo de trabajo del psicólogo son mucho más intensas que en cualquier otro campo científico. Y ello explica, en parte, el que las ciencias del hombre se hallen en retraso con respecto a las cien­cias de la naturaleza. La psicología problematiza indefectiblemente situa­ciones personales y sin esto no hay psicología, pero si la ansiedad resulta exagerada, también se perturba el aprendizaje, la aplicación y la investiga­ción.

Por todo ello, las distintas formas de evasión son muy comunes en los psicólogos, así como las distintas formas de racionalizar la evasión. El blo­queo frente al objeto de conocimiento es también un hecho muy frecuen­te, al que se agregan —como defensas— la estereotipia y el dogmatismo. No se olvide que las ideologías y teorías científicas reflejan un cierto grado de la realidad pero, además, son conductas y —por lo tanto— manifesta­ciones con las que se elaboran tensiones y ansiedades a las cuales el sujeto se opone (aunque sea psicólogo), porque le implica movilizar conflictos. En todo este proceso, un recurso frecuente es el de evadirse del contacto directo con el objeto de estudio, recurriendo a instrumentos y técnicas auxiliares, distorsionándolos; el instrumento o la técnica dejan, con frecuencia, de ser un medio auxiliar para convertirse en el objeto que tiene que estudiar el psicólogo. Por ejemplo, el psicólogo en estos casos ya no estudia los seres humanos con un test, sino que pasa a estudiar e investi­gar el test mismo mientras los seres humanos pasan a constituir un medio (de estudiar el test), y lo que tiene que ser parte de su tarea se convierte



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en lo fundamental, desplazando la relación directa y personal con el hombre. Especialmente los tests se han convertido con gran frecuencia en medios de transacción que permiten evadirse de la psicología, en una eva­sión a medias.

El psicólogo debe trabajar con un cierto grado de disociación: en parte identificado proyectivamente con el objeto de estudio y en parte fuera, observando lo que ocurre. Esta disociación debe a su vez ser dinámica y no estereotipada, tiene que establecerse y ser mantenida con una distan­cia óptima.

El trabajo en equipo o el trabajo grupal es una exigencia básica para el psicólogo, porque resulta más fácil cualquier distorsión de su tarea cuanto más trabaje en forma individual y aislada. Esto último es lo que ha pasado hasta ahora, en gran medida, porque el aislamiento era lo único en que podía confiar el psicólogo, para no ver lesionado su narcisismo al tomar conciencia de sus limitaciones teóricas y/o prácticas.

2. Trabajo de campo

El psicólogo no sólo debe tener un campo de trabajo, sino que además tiene que hacer trabajo de campo; esta exigencia es fundamental para la integración de teoría y práctica, que permitirá superar situaciones tales como la que se da cuando no es el observador el que teoriza sobre el mate­rial observado, o incluso cuando se observa un fenómeno y se opera con él, mientras se teoriza sobre otros. Esto no implica la prohibición de espe­cular, pero obliga a tener en cuenta cuándo se está especulando sobre hechos directos y cuándo se ha perdido el contacto con los mismos. Hay que tener siempre la posibilidad de distinguir entre hipótesis, teorías y opiniones.

El trabajo de campo surge como exigencia contra la especulación vacía, es decir, no apoyada en hechos concretos y reales o directamente recogidos. El trabajo de campo es la tarea que tiene que desarrollar per­sonalmente el investigador, en el campo de trabajo y en relación con los hechos o fenómenos que se estudia, recogiéndolos datos mediante su par­ticipación directa.

No basta concurrir al sitio o al campo de trabajo, sino que, como hemos dicho, se requiere que se haga trabajo de campo. Inclusive, es desea­ble también para el dedicado a la psicología filosófica que realice intensi­vamente un trabajo de campo.

La exigencia de trabajo de campo no sólo posibilita un mejor control de los datos con los que tiene que trabajar el psicólogo, sino que es la con-

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dición para superar antinomias, para ir ya trabajando con los datos mien­tras son recogidos, lo que repercute sobre la forma más adecuada de reco­gerlos; de esta manera, el trabajo de campo se puede transformar en una verdadera indagación operativa,en la que coinciden en gran medida la investigación con la aplicación, la teoría y la práctica. En este sentido, la técnica psicoanalítica es un procedimiento privilegiado, en el que no se puede llenar el objetivo (terapéutico en ese caso), si no se investiga al mismo tiempo: sólo se logra lo propuesto (curar) investigando y aplicando los resultados de dicha investigación.



3. ¿ Cuan tas psicologías ?

Tenemos evidentemente derecho a preguntar si la psicología es una ciencia, o si hay muchas psicologías, cada una de las cuales es —por separa­do una ciencia en sí misma. Con frecuencia, la exposición y las polémi­cas así lo hacen pensar. Estamos todavía frente a una fragmentación y dis­persión del conocimiento psicológico, una verdadera división esquizoide, una enfermedad infantil de la psicología por la que -por otra parte- han pasado o están pasando todas las disciplinas científicas; la matemática, por ejemplo, sólo se inicia en el siglo XIX, hasta entonces fueron "las matemá­ticas".

Las corrientes o escuelas psicológicas nos son presentadas exclusiva­mente como contradictorias, insistiendo sólo en los aspectos en que las mismas se oponen; pero falta, sin duda, considerar que la contradicción no excluye la unidad y que tampoco es, por sí misma, un índice decisivo de incompatibilidad. Aquí, otra vez, operamos con la fragmentación y diso­ciación metafísica, o bien aplicamos el materialismo dialéctico reconstru­yendo el proceso de donde han derivado todas las posiciones. El panorama de la psicología contemporánea es altamente promisorio, y la crisis de las escuelas y los métodos, la consiguiente fragmentación y dispersión, es una crisis de desarrollo, totalmente positiva. Pensar de otro modo, sería como quejarse de la crisis de la adolescencia, o desear que no tuviera lugar, cuando ella es la condición indispensable del desarrollo, integración y

madurez.


De cada innovación o descubrimiento se puede hacer un sistema. Lo peor es que solamente se ha procedido así. Lo que tenemos que llevar a cabo en la actualidad es "desmontar" los sistemas y reubicar lo que real­mente se ha hallado. La complicación reside en que lo hallado tiene sen­tido dentro del sistema. De esta manera, encontrar el proceso unitario no es una mera adición o superposición: significa una nueva construcción que

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contenga las anteriores, pero que no sea ninguna de ellas, que las niegue dialécticamente, sobrepasándolas a todas, pero conteniéndolas. De lo que se trata, en última instancia, es de romper esquemas metafísicos y falsas antinomias, recogiendo en la teoría las contradicciones del proceso mismo y no pretendiendo "enderezar" las contradicciones. Estas nunca se resuel­ven por exclusión o eliminación, sino sólo por una superación dialéctica (Aufhebung).

Refiriéndose a todo esto, dice Piéron que "la diversidad de las ciencias de la naturaleza proviene más de la ciencia que de la naturaleza" y, en forma similar, Murphy: "las escuelas de psicología pueden pelearse con respecto a ellas, pero el conflicto no está en la naturaleza, sino en los esquemas escolásticos". No creo que sea así. El conflicto está en la natura­leza y en los hechos que estudiamos, y éste es el conflicto que se refleja en las escuelas y las peleas de los psicólogos. La escolástica de los esque­mas no reside en reflejar esta lucha y contradicción de la realidad, sino en escindirla y dispersarla en elementos que luego se contraponen metafísi-camente como excluyen tes. La metafísica reside en la necesidad de exclu­sión, en la premisa "de uno u otro". La superación de los esquemas escolásticos no reside en escoger uno de los términos del conflicto, sino en admitir el conflicto como carácter fundamental de todo proceso, en reconstruir la unidad del proceso. La síntesis dialéctica implica conceder un lugar preponderante a la interacción de los contrarios.

Cada escuela psicológica se ha construido sobre un segmento de la rea­lidad total, con un momento del proceso dialéctico de la investigación y con esquemas referenciales privativos o relacionados con los sistemas ideo­lógicos con que han trabajado los psicólogos, explícita o implícitamente, consciente o inconscientemente. Una complicación más reside en el hecho de que en función de todo el proceso que acabamos de exponer, los hechos y fenómenos sufren con gran frecuencia una trasposición que los transfor­ma en entes de independencia propia. De esta manera, cada escuela es un fragmento de una única totalidad que hay que reconstruir. Pero esta tarea sólo es posible ahora por el desarrollo fragmentario y metafísico que, de todos modos, ha sido la forma en que pudo darse el desarrollo científico en psicología.

"Para la discusión viva —escribió Lefebvre hay algo de verdad-en toda idea. Nada es entera e indiscutiblemente verdadero; nada es absolu­tamente absurdo y falso. Confrontando las tesis, el pensamiento busca espontáneamente una unidad superior. Cada tesis es falsa por lo que afir­ma en forma absoluta, pero verdadera por lo que afirma relativamente (su con­tenido); y es verdadera por lo que afirma relativamente (por su crítica bien fundada en lo otro) y falsa por lo que niega absolutamente (su dogmatismo)."

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Entre nosotros, todavía y en gran medida, las teorías no se emplean para investigar, sino como garrotes para discutir y como casilleros para filiar a los psicólogos. Ocurre, aquí también, lo que según Piéron se da en Estados Unidos, donde "parece que un psicólogo debe pertenecer a una escuela, de la misma manera en que un estudiante forma parte de alguna sociedad o de algún club".

De una u otra manera, lo que han estudiado las distintas escuelas en psicología ha sido siempre la conducta, pero tomando distintos fragmentos o distintos momentos de su proceso, en el que tienen ubicación como mo­mentos subordinados unos a otros y que en la totalidad alcanza otro sentido.

4. Conducta y escuelas

La conducta, como totalidad unitaria, ha sufrido en la historia de la psicología una división que aún subsiste, en gran medida, sin ser superada: por un lado se reconocen los fenómenos del área de la mente y, por otro, los de las áreas dos y tres. Todas las escuelas o corrientes psicológicas que han estudiado el área uno, considerándola como el objeto de la psicología, o que aun habiendo estudiado además las áreas dos y tres, las consideran subordinadas, supeditadas o dependientes del área uno, son las corrientes que se han denominado "mentalistas". Por el contrario, todas las que han definido el objeto de la psicología con los fenómenos de las áreas dos y tres, negando la existencia de los fenómenos del área de la mente o bien supeditándolos a los primeros, se llaman genéricamente "behavioristas". Entre los primeros se cuentan tanto el estructuralismo introspectivo de Wundt y Titchener, como el psicoanálisis. Entre los segundos se ubica indu­dablemente el behaviorismo de Watson. Entre los esquemas mentalistas de Wundt y Titchener por un lado y el psicoanálisis por otro, la diferencia reside -entre otras- en que este último incluye también las áreas dos y tres, pero haciéndolas depender de un previo contenido mental, de una calidad distinta (inconsciente).

Un intento de sobrepasar o superar esta división entre mentalismo y behaviorismo lo constituyen las corrientes fenomenológicas y el behavio­rismo intencional de Tolman. Igualmente, el concepto de conducta que postulamos y que hemos desarrollado hasta aquí.

La reflexología debe ser también ubicada entre las escuelas behavio­ristas y, contrariamente a lo que se cree con frecuencia, se basa mucho más en la psicología y la psic©patología que estas últimas en la reflexología. En rigor, no hay psicología reflexológica, y lo que se llama así no es otra

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Reflexología

Compor­tamiento

Condicio­namiento

Experimenta

Elementalista

Biológico

Cuerpo y Mundo exterior

1902

Pavlov







Topología

Compor­tamiento

Psicología social

Experimental

Totalista

Físico

f

Fisiológico



Cuerpo y Mundo exterior

1912

Lewin

Psicoanálisis

Inconsciente

Neurosis

Método

clínico:


libre

Elementalista

Biológico

y

Psicológico



Mente

1892

Freud

Behaviorismo

Compor­tamiento

Compor­tamiento animal

Experimental

Elementalista

Biológico

Cuerpo y Mundo exterior

1913

Watson

Gestalt

Conciencia

Percepción

y

Memoria



Introspección

y

Observación



Totalista

Biológico

y

Psicológico



Mente

1912

Wertheimer Koehler KofTka

Funcionalista

Conciencia

y

Conducta



Adaptación, Learning

Introspección

y

Observación



Totalista

Biológico

Mente y Mundo exterior

1896

Dewey Woodworth,

Estructuralista

Conciencia

Sensación

Introspección

y

Experimental



Atomista

Biológico

Mente

1879

Wundt Titchener

ESCUELAS

Objeto de estudio

Temas principales

Método

Encuadre

Nivel de integración

Áreas

Año de

comienzo


(aproximado)

Autores

José Bleger 228

cosa que la psicología tradicional reinterpretada reflexológicamente, o bien la utilización de conocimientos aportados por el psicoanálisis y otras escue­las, con un encubrimiento de sus fuentes, como es el caso, por ejemplo, de Platonov o de Sviadosch. Tampoco lo que se llama psicología reflexo-lógica es una psicología experimental, sino, en todo caso, una psicología experimentalista que con toda lógica debiera ser llamada metarreflexolo-gía.



5. La crisis de la psicología

El concepto de crisis está tradicionalmente ligado a ruptura, decaden­cia y prolegómeno de muerte. Es menos frecuente relacionar la crisis con lo que se está gestando, con lo que está naciendo en el seno de lo que ha llegado a su destrucción y desaparición. Lo mismo señaló Unamuno para

la palabra agonía.

Todo esto se aplica a la psicología, cuyo florecimiento y desarrollo están ligados a una crisis y ruptura con la psicología tradicional y al man­tenimiento de un permanente estado de crisis o estado agónico. La psicología va a dejar de evolucionar y progresar en el momento en que deje de estar en crisis. La crisis de la psicología tradicional comienza a fines del siglo pasado y comienzos del presente, en que el advenimiento de distintas escuelas ataca sus postulaciones o pilares básicos. Es así como en el curso de pocos años aparecen el psicoanálisis, la Gestalt, el conductismo, la reflexología, la topología, la psicología fenomenológica y una gran canti­dad de sus escuelas.

Si admitimos unitariamente la existencia de una psicología tradicional —como es lícito hacerlo—, podemos decir que sus características eran las siguientes:

a) Su condición de psicología de la conciencia, es decir, la conciencia como objeto de estudio de la psicología.

b) Su estrecha dependencia de un método que se considera irreem­plazable para el estudio de la conciencia: la introspección.

c) A semejanza de las ciencias de la naturaleza, se aceptaba la formu­lación elementalista: la necesidad de reducir los fenómenos complejos a elementos (átomos), es decir, unidades irreductibles, con los que se podía reconstruir y formar todos los fenómenos complejos. Compañero insusti­tuible del elementalismo es siempre, de una u otra manera, el asociacio-nismo.



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Conciencia, introspección y atomismo son los pilares de la psicología tradicional, a los que vienen a atacar y poner en crisis las modernas escue­las psicológicas. El psicoanálisis se opone fundamentalmente al punto a de la psicología tradicional; amplía el campo de la psicología con la inclusión y estudio de los fenómenos inconscientes, destronando la conciencia de su puesto central en la psicología. La Gestalt ataca fundamentalmente el punto c, introduciendo sistemáticamente el concepto de la totalidad origi­naria de los fenómenos psicológicos; ya antes del advenimiento de la escue­la de la Gestalt, un principio similar fue desarrollado por las escuelas funcionalistas. El conductismo ataca básicamente los puntos a y b de la psicología tradicional. La reflexología ataca igualmente los puntos a y b.

Pero cada una de estas escuelas mantiene un compromiso con alguno de los supuestos fundamentales de la psicología tradicional. El psicoaná­lisis, el behaviorismo y la reflexología se estructuran sobre la tradición elementalista y asociacionista. La Gestalt ataca específicamente este últi­mo punto, pero su compromiso queda establecido con la psicología de la conciencia y la introspección. La psicología fenomenológica, en alguno de sus cultores, tiende a superar este parcelamiento de la crisis, pero con inconsecuencia, confusión y mezcla de innovaciones y compromisos, uti­lizando ampliamente tanto el aporte de la Gestalt, como del psicoanálisis.

Politzer, ya en 1928, entrevio este panorama y se propuso el enfrert-tamiento de los progresos y contradicciones de todas las escuelas, porque ninguna de ellas alcanzó una visión unitaria y total, concreta y realista de los fenómenos psicológicos. La disolución de los límites entre las escuelas es la disolución de una fragmentación metafísica, y ésta es la crisis de la psicología contemporánea. Y éste es el índice de su pujanza y perspectiva. No tiene futuro lo que no es capaz de entrar en crisis y agonía.

Bibliografía

Buytendijk, F. J. J.; Evans Pritchard, E. E.; Gramsci, A.; Lagache, D. (b, c, e); Murphy, G. (b), Piéron, H.; Pichón Riviére, E. (e); Politzer, G. (á, b); Reik, T.
Capítulo XVIII Conducta y personalidad

1. Retorno al ser humano

Después de muchos años de desarrollo de la psicología, llegó un mo­mento en que se hizo evidente que se había esfumado el objeto de la psi­cología: el ser humano. El retorno a lo concreto en la psicología contem­poránea nos trajo, entre otras paradojas, la psicología de la personalidad, que no significa otra cosa sino el reencuentro de la psicología con el ser humano, el cual había desaparecido de aquélla por el progresivo proceso de un mal entendido objetivismo científico. El retorno a la personalidad, como centro de la psicología, es también la resultante de una convergencia de esfuerzos muy dispares y distintos; un índice de ello puede darlo el libro básico de Murray, Exploración de la personalidad, que es dedicado a los siguientes autores: Morton Prince, Sigmund Freud, Lawrence J. Hen-derson, Alfred N. Whitehead, Cari G. Jung. Sin lugar a dudas, pueden figu­rar con toda justicia entre otros— también nombres como los de Adler y Pavlov.

La personalidad es el centro de estudio de la psicología, porque es la unidad a la que quedan referidas todas sus manifestaciones: conducta, motivación, etcétera. Aunque la conducta, en todas sus variantes, es el fenómeno que nos permite el estudio de la personalidad, esta última es algo más que sus manifestaciones, y aunque la personalidad aparezca en cada una de sus expresiones, tiene no obstante que ser enfocada como unidad en sí misma. La personalidad no es un todo que resulta del agrega­do de cientos de conductas, sino que, inversamente, la estructura de la per­sonalidad es la que se manifiesta en cada una de esos cientos de conductas.

La personalidad se caracteriza por ser una totalidad con una organiza­ción de relativa estabilidad, unidad e integración. Su estudio ha estado per­manentemente comprometido y viciado por una gran cantidad de supues­tos y categorías, entre ios cuales sobresalen todos los impedimentos para concebir la coexistencia de contradicciones de todo tipo. La persona­lidad implica el nivel de integración más evolucionado y perfecto de todo lo existente, de manera tal que el grado de complejidad alcanza en ella su punto máximo, no sólo por la aparición de características peculia-

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José Bleger

res y únicas, sino también porque se resumen o confluyen en ella todos los niveles y categorías preexistentes en la evolución; esto último explica por qué resultan factibles las reducciones categoriales o, dicho de otra manera, por qué el estudio del ser humano puede ser realizado en todos y en cada uno de los niveles de integración. Pero lo que debe quedar aclarado es que ellos no agotan ni recogen las cualidades propias y características de la

personalidad.

La personalidad es dinámica, es decir, cambiante, está sometida a fluctuaciones entre evolución y regresión y entre integración y dispersión. Los cambios o fluctuaciones son muy variables en sus características y en su grado, pero, en condiciones normales, se conservan permanentemente la continuidad y la identidad. La dinámica de la personalidad coexiste con la persistencia de su continuidad, y de tal manera, que es una condición de la

otra.

La unidad tampoco se excluye con la multiplicidad, sino que más bien es su condición fundamental, en el sentido de que la unidad se integra con elementos heterogéneos o con una diversidad estructural. En otros térmi­nos, la personalidad no es homogénea, sino que se polariza o diferencia en partes que guardan entre sí todas las diversas relaciones posibles, incluida la de coexistir unitariamente dentro de un solo sistema.



La personalidad está dada por el conjunto organizado de la totalidad de conductas. No hay personalidad sin conducta ni hay conductas sin per­sonalidad; esta última no es algo distinto que está "detrás" de los fenóme­nos de conducta, y no hay nunguna manifestación de un ser humano que no pertenezca a su personalidad. Esta se caracteriza por sus pautas de con­ducta más habituales o predominantes, o por ciertas características comu­nes a un conjunto predominante de sus manifestaciones de conducta.

2. División de la personalidad

Freud dividió la personalidad en tres sectores, que llamó yo, superyó y ello; este último es el reservorio de todos los impulsos, el superyó es una parte que condensa las normas y exigencias, mientras que el yo es la parte de la personalidad que responde a la realidad exterior y adapta la persona­lidad a la misma, así como distribuye y controla el ello y el superyó.

Freud dedujo este esquema de sus estudios sobre la conducta, y tiene importancia el retorno a la fuente, porque ella es la única base segura de una psicología concreta. Yo y superyó son organizaciones funcionales de la conducta o abstracciones que se refieren a características concretas de la conducta. El ello no tiene el miámo carácter, pues su origen está dado por

Conducta y personalidad

233


las exigencias conceptuales del mecanicismo de las teorías freudianas, en el sentido que separó las fuerzas, como entes autónomos, de la tota­lidad de la conducta.

Toda conducta tiene un aspecto instrumental y otro normativo, que pueden sufrir todas las alternativas propias de elementos de un proceso: disociación, predominio, contradicción, etcétera. Todos los aspectos ins­trumentales de la conducta son los que se incluyen en el concepto del yo: percepción, motilidad, memoria, etcétera, mientras que los aspectos normativos de la conducta son los que se incluyen en el concepto del superyó. Este último representa el conjunto integrado de valores de la per­sonalidad.

Como en tantas otras oportunidades, Freud trabajó sobre fenómenos concretos, pero en lugar de seguir ateniéndose rigurosamente a los mismos, con abstracciones que los reflejen adecuadamente, transformó los fenóme­nos en entelequias y presentó el yo y el superyó como partes integrantes de un aparato mental.

Al igual que en todos los capítulos de la psicología, aquí también se desarrolló la polémica sobre si el yo y el superyó tienen un origen bioló­gico o cultural, como si se excluyeran o fuesen incompatibles. Centenares de experiencias, durante milenios, posibilitaron el desarrollo filogenético de las estructuras biológicas que dan lugar al desarrollo psicológico del ser humano, pero las características particulares que tienen los seres humanos en cada cultura dependen de la organización de la misma.

Sobre la organización biológica que da la estructura necesaria para su formación, se construye gradualmente la personalidad del ser humano, incorporando en la relación con otros seres humanos los instrumentos y las normas de conducta. Aun existiendo la organización biológica necesaria, no hay desarrollo humano sin experiencia social, sin relación interpersonal. Lo confirman los hallazgos de individuos que se han criado en total aisla­miento de los seres humanos, quienes no habían desarrollado el lenguaje ni otras capacidades humanas.

Está fuera de duda la estrecha relación entre estructura de la personali­dad y estructura sociocultural, así como está fuera de duda la importancia de las primeras experiencias de la infancia en la estructuración de los rasgos más estables y básicos de la personalidad. (M. Mead, Kardiner, G. Mead, K. Horney, R. Benedict, Faris, etcétera.)

La personalidad se forma por incorporación de roles, y toda conducta es siempre, al mismo tiempo, un rol social. Se estructuran unitariamen­te todas aquellas identificaciones y conductas que tienen coherencia entre sí, pero como el contacto y la relación de cada sujeto se hace siempre con pautas y normas sociales que son contradictorias entre sí, la personalidad

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se integra también con formaciones opuestas. Esta multiplicidad del yo, dentro de la unidad de la personalidad, es un hecho extraño que ha chocado contra todas las posiciones formalistas, pero que se impone como un hecho incontrovertible. Y no solo coexisten núcleos del yo que son distintos en cuanto antagónicos, sino distintos en cuanto al grado de desa­rrollo y madurez.

Las funciones del yo que enumera Hartmann son: las del sentido de realidad, control de la motricidad, de la percepción, la acción y el pensa­miento, la inhibición y postergación de la descarga (respuesta), la antici­pación al peligro, la función sintética y de organización. Para M. Klein, la función principal del yo es el dominio de la ansiedad, que se pone en mar­cha desde el comienzo de la vida. El yo representa el conjunto integrado —en grado variable- de todas las capacidades instrumentales de la personalidad.

Tanto el yo como el superyó comienzan su formación desde las prime­ras experiencias de la vida, y muy posiblemente estas experiencias ya comienzan a producirse en la vida intrauterina. El yo es inicialmente corporal y lo sigue siendo en gran proporción durante toda la vida, en el sentido de que son las experiencias corporales de todo tipo las que forman el contingente más numeroso en la formación de todas las experiencias corporales, es decir, una parte del yo. Y no hay conducta en la que no intervenga el esquema corporal.

Cuanto más integrada o madura la personalidad, el yo se atiene más estrictamente a la realidad, mientras que el yo infantil (del niño o del adulto inmaduro) funciona más con la omnipotencia, la magia y el narci­sismo. Es importante reconocer que partes más o menos ampüas de este yo, inmaduro e infantil, subsisten en todos los seres humanos a través de toda la vida, aunque en proporciones muy variables.

No hay un yo previo a la experiencia, y el yo primitivo no es tampoco un yo opuesto a la realidad; es la mejor forma como se organiza la realidad en ese momento o período de la vida. Es ya una estructura de la realidad. De esta manera, el mundo infantil, mágico, egoísta, narcisista, no es una organización del yo antes de la experiencia y que esta última está desti­nada a destruir, sino que es ya una organización de la experiencia.

El yo corporal tampoco es una relación narcisística del yo con el cuerpo, sino una relación o vínculo en el cuerpo y por medio del cuerpo con objetos externos, en las experiencias de satisfacción y frustración de necesidades. Experiencias que al ser reiteradas introducirán progresiva­mente la posibilidad de discriminación entre el cuerpo como propio y el objeto como ajeno o externo; es decir, un clivaje entre el yo y el no-yo, que es la condición previa imprescindible para la formulación del área de la mente (simbólica).

Conducta y personalidad

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Es un solo proceso único el del desarrollo y consolidación del sentido de realidad, el de la formación e integración del yo y el de la constitución del esquema corporal. Ninguno de ellos puede realizarse sin los demás.

3. El análisis formal de la conducta y la personalidad

El análisis metafísico (no dialéctico) en psicología ha conducido a una cantidad de clasificaciones y divisiones que deben ser reconsideradas en una psicología concreta y dinámica, y dicha reconsideración tiene que resolver el formalismo, la abstracción y el "realismo" de la psicología tra­dicional, tal como lo ha estudiado Pohtzer en una obra de imprescindible lectura.

La división de la personalidad en las estructuras funcionales del yo y del superyó permite una consideración dinámica de los procesos psicoló­gicos y sintetiza la antítesis innato-adquirido; sustituye con gran ventaja la división formal de la personalidad en tres sectores intelecto, afecto y voluntad- que establecía la psicología tradicional. Como lo hemos indica­do en otro capítulo de este libro, esta división procede del estudio de las áreas de la conducta, desligadas de su fuente concreta y convertidas en "partes del alma". De la misma manera como coexisten siempre las tres áreas, coexisten siempre las manifestaciones que llamamos intelecto, afecto y voluntad, que pueden sufrir todas las alternativas de la disociación y la contradicción.

Intelectual es todo contacto, relación y manejo de objetos realizado en forma simbólica, y en el que predomina la relación con el símbolo más que con el objeto simbolizado, sin que se confundan, pero pudiendo pasar del uno al otro. En otros términos, se conserva una discriminación entre objetos externos e internos. Cuando hay un predominio de estos últimos, se pasa a la fantasía y a la imaginación.

El afecto ha sido tradicionalmente considerado como opuesto al inte­lecto, como una desorganización de este último, o bien como un descon­trol de la personalidad. Lo cierto es que el afecto es también siempre una conducta que incluye una relación objetal; tiene una cierta organización propia que lo caracteriza y no es sólo un grado de desorganización de la conducta intelectual. Tampoco el afecto es exclusivamente una experien­cia interna, independiente de lo exterior, sino que como toda conducta es siempre el emergente de una situación. El afecto es siempre una expe­riencia con organización propia, en la que hay una menor distancia entre yo y no-yo, entre objeto interno y externo. En el afecto hay un menor

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sentido de realidad por una falta de discriminación entre el objeto interno y el externo. No se caracteriza por ser opuesto al intelecto, sino por una organización diferente. Intelecto y afecto son dos niveles distintos en los que se integra la conducta, la experiencia con el mundo.

El intelecto y el afecto no se excluyen, sino que son dos niveles de experiencia, que incluso coexisten siempre con un grado variable de predo­minio de uno u otro; el afecto es un paso —previo y conjunto— de la con­ducta simbólica. Como lo ha señalado Wechsler,hay componentes no inte­lectuales en la inteligencia, y el mismo fenómeno ha sido estudiado por los psicólogos de la escuela fenomenológica con sus referencias a la concien­cia prerreflexiva.

El afecto tampoco es un proceso puramente orgánico o biológico; todo lo que ocurre en el ser humano ocurre siempre en el nivel de integra­ción psicológico. Y el afecto también: cumple con todos los requisitos que hemos estudiado en la conducta, aunque en un grado o modalidad pecu­liar o propio.

Otra afirmación tradicional es la del carácter irracional de los afectos, porque no responden a las leyes de la lógica e, incluso, la posibilidad ló­gica se subvierte en los afectos. Los afectos responden a las leyes de la lógica dialéctica, al igual que todos los fenómenos. Su carácter de irracio­nal lo da, en todo caso la intención de utilizar el afecto como medio de conocimiento de la realidad exterior; el afecto es siempre una conducta y siempre una experiencia con el mundo exterior, pero es una conducta sincrética en la cual falta la discriminación entre objeto interno y externo, entre yo y no-yo; en ella, lo externo es tratado o manejado como si fuese interno. Es la conducta predominante en los estadios más tempranos del desarrollo del ser humano y por ello, cuando se abandona la conducta intelectual, las reacciones afectivas constituyen una regresión, por el pre­dominio de pautas infantiles que, de todas maneras, siempre subsisten en el ser humano.

El afecto como conducta es siempre una reacción, una respuesta, en la cual no hay una suficiente discriminación entre lo interno y lo externo, pero de todas maneras es un emergente de una situación y puede ser utili­zado como índice perceptivo de lo que ocurre en un momento dado, en una situación definida. Es el papel que juega el afecto en el fenómeno de la contra transferencia.

El afecto puede ser también consciente o inconsciente, según el grado en que es vivenciado y percibido por el mismo sujeto. En ambos casos, su significado es el de la situación total.

El afecto tampoco es una carga, fuerza o impulso de la conducta. Es una conducta en sí misma, que tiene motivación, objeto, finalidad,



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sentido y estructura. Es tan subjetiva y objetiva como cualquier conducta. Su carácter peculiar es el sincretismo.

La voluntad tampoco es una "parte del alma". La voluntad es una cualidad de la conducta, a saber, la presencia o ausencia, en grado variable, de concordancias o discordancias entre las manifestaciones observadas en las diversas áreas de conducta y, sobre todo, el mayor o menor grado de vacilación resultante de las mismas. La voluntad no es una facultad o una función psicológica elemental, sino una característica de la conducta en el área del mundo externo, característica que es la resultante dinámica de un mayor o menor grado de conflicto. Lo que más habitualmente se desig­na y reconoce como voluntad es el grado de concordancia entre lo que un sujeto se propone (conducta en área uno) con lo que realmente hace (con­ducta en área tres).

Otro análisis de tipo metafísico de la conducta, es el del elementa-lismo psicológico, que intentó reducir las funciones psíquicas a átomos o elementos con los cuales se construye o se integra el psiquismo. Estos elementos o átomos funcionales son, también, momentos del proceso total de la conducta, tomados no como resultantes, sino como partículas aisla­das y preexistentes.

Para la percepción tenemos que hablar también de conducta percep­tiva, en la cual lo percibido no es una copia especular, pasiva, del objeto exterior, sino una reacción o respuesta, como toda conducta. Su caracterís­tica peculiar o distintiva reside en que en la respuesta se halla incluido, en una gran proporción, el objeto que la estimula o condiciona, con un alto grado de discriminación entre lo interno y lo externo.

La atención califica un momento del proceso total de la conducta: el grado de adherencia o persistencia del contacto del sujeto con los obje­tos, la intensidad y duración del mismo. Si la percepción es una conducta de un carácter particular o específico, no ocurre lo mismo en el caso de la atención, que no es una conducta en sí, sino una cualidad o un carácter específico de cualquier conducta.

La memoria es la posibilidad de actualizar, frente a estímulos adecua­dos, una conducta aprendida en experiencias anteriores. Hay memoria en las tres áreas.

El juicio califica la posibilidad y el carácter de la discriminación que cada individuo puede llevar a cabo. Juicio es discriminación.

El pensamiento es una conducta, por lo tanto, una relación objetal en la cual se opera con símbolos de los objetos o abstracciones de los mis­mos.

En la fantasía se opera simbólicamente un juego de roles.

La inteligencia califica el rendimiento o resultado de la conducta, en

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función de la adecuación a los objetivos que se persigue. Inteligencia e intelecto no coinciden siempre; pueden existir conductas inteligentes no intelectuales y -por el contrario- puede haber conductas intelectuales no inteligentes. Inclusive, pueden existir disociaciones, en las cuales la conduc­ta es inteligente en una de las áreas y no en las otras, o en un sector de una misma área de conducta.

4. Constitución, temperamento y carácter

La personalidad asienta sobre un trípode formado por la constitución, temperamento y carácter; considerados en este orden, la influencia de la cultura es creciente, mientras que la influencia de los factores heredita­rios es decreciente. De todas maneras, intervienen siempre ambos factores.

La constitución está dada por las características somáticas, físicas, más básicas y permanentes. Depende fundamentalmente de la herencia bioló-

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gjca, pero no está libre de la influencia de los factores ambientales y psi­cológicos.

El temperamento está constituido por las características afectivas más estables y predominantes. Se lo ha considerado siempre como el aspecto funcional o dinámico de la constitución, en el sentido de su origen total­mente hereditario. Las influencias ambientales durante los primeros años de vida son, sin embargo, de gran importancia tanto para la formación de la constitución y el temperamento, como para la de la personalidad total.

El carácter está dado por las pautas de conducta más habituales o per­sistentes; para ellas, se admite la influencia predominante del medio ambiente.

La personalidad se puede dividir o clasificar en función del predomi­nio de las estructuras de conducta, y estudiando la dinámica de la perso­nalidad se encuentra que hay una cierta organización polar predominante en la cual una misma personalidad puede alternar, o bien mantenerse sola­mente en uno solo de cualquiera de sus polos; de la misma manera, una misma personalidad puede tener variaciones entre los dos extremos en dis­tintas épocas de la vida o alternar entre ellos en momentos sucesivos. Una de estas polaridades en las estructuras de conducta es la de la personalidad esquizoide que alterna en la escala psicoestésica, formada por la coexis­tencia o alternancia de frialdad (distancia con los objetos) y ternura. Otra polaridad en las estructuras de conducta es la de la personalidad cicloide, que puede alternar entre alegría y tristeza (escala diatésica), o bien subsis­tir permanentemente sobre alguno de estos dos polos, en cuyo caso habla­mos de una personalidad hipomaníaca y depresiva, respectivamente. Una tercera escala importante es la glischroide, cuya personalidad oscila entre conductas viscosas (adhesivas) y explosivas.

De la misma manera, es posible admitir escalas de otras organizacio­nes polares de la personalidad: fóbica (evitación-invasión); histérica (repre­sión-demostración); paranoide (confiado-desconfiado); obsesivo (contro-lado-desparramado); sadismo-masoquismo.

Estas escalas de polaridad se basan ampliamente en la observación de las estructuras de la conducta, pero en lugar de calificar momentos, como en este último caso, se califica una estructura más estable: la de la per­sonalidad.

5. Análisis cualitativo de la conducta

Desde las investigaciones de Freud, la diferencia y las relaciones entre conciencia e inconsciencia ocupan buena parte del interés de la psicología



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contemporánea. Introducidas, en un primer momento, como partes del aparato mental, han sido posteriormente consideradas —aun por el mismo Freud- como cualidades de la conducta. "Consciente" e "inconsciente" no aluden a entidades ni sustancias, lo que significa que no deben ser emplea­dos como sustantivos sino como adjetivos de la conducta. En general, pue­den referirse directamente a la conducta o bien al sentido o la motivación de la misma.

Es importante tener en cuenta que la conducta es un proceso único y que, por lo tanto, es siempre, en parte consciente y en parte inconsciente; las dos cosas al mismo tiempo. Lo inconsciente no es la fuente de la con­ducta ni tampoco lo único genuino o verdadero de la personalidad. La con­ducta es un proceso para cuya totalidad se debe tener en cuenta todos sus aspectos y cambios: tanto conscientes como inconscientes. Estos últimos no son el "motor de la mente", como a veces se los designa, y tampoco la con­ciencia es algo superficial o secundario. La distorsión llega, incluso, a conside­rarlos como tipos de recipientes que "contienen" distintos elementos.

Uno de los hallazgos que llevó a Freud a plantear la hipótesis del inconsciente, fue el de que los procesos de la conducta tienen una dinámi­ca cuya comprensión no entra totalmente dentro del cuadro de la lógica formal, que es la lógica de las conductas conscientes tomadas en forma aislada. Para ello, Freud estableció una dinámica distinta: la de las leyes del inconsciente. Lo correcto es integrar los fenómenos conscientes e incons­cientes dentro de un solo proceso dinámico regido por una sola lógica: la dialéctica. Hay, en el mismo Freud, una gradual transición de una formu­lación de la conciencia-inconsciencia como sistema del aparato mental, a su formulación como cualidad de la conducta.

En el inconsciente, según Freud, rige el proceso primario, caracteri­zado por ser independiente de la realidad exterior libre también del orden de la lógica y del tiempo. Por ejemplo, Freud describió la ambivalencia y la transformación de la conducta en su contrario, y esto no puede incluirse dentro de la lógica formal, para lo cual no pueden coexistir al mismo tiempo términos antagónicos (A es A y no puede ser B al mismo tiempo, según lo establece la lógica formal); para salvar esta contradicción entre los hechos y la lógica formal, tuvo Freud que crear una zona especial de leyes a-lógicas: el inconsciente. En este proceso de lógica versus realidad, lo que entra una vez más en crisis es la lógica formal, y lo que Freud descubría era el movimiento dialéctico de la conducta. Si se admite consecuente­mente la dialéctica, no hace falta crear una zona especial de leyes que no responden a la lógica formal, sino que toda la conducta, tomada en su tota­lidad, tanto consciente como inconsciente, responde a las leyes de la dia­léctica.

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Freud estableció también el principio de que en el inconsciente no hay tiempo. Dedujo esta hipótesis de la observación de que un sujeto era capaz de responder muchos años después a un suceso traumático, como si éste se hubiera producido realmente ahora; la causa y la situación pretérita seguían siendo activas muchos años después y, por lo tanto, el tiempo no rige en el inconsciente. Como tantas otras veces, el hecho es real y la hipó­tesis es falsa, en el sentido de que no hay ninguna zona de la mente que exista como parte inconsciente en la cual pueda regir la no existencia del tiempo. Lo que explica la reacción descripta por Freud es, por una parte, el fenómeno de la estereotipia y, por otra, el que el hecho traumático pretérito no actúa como tal para desencadenar una reacción, sino en cuanto integra el campo psicológico presente.

Conciencia e inconsciencia no son entonces lugares o ámbitos donde ocurren los fenómenos psicológicos, sino cualidades de la conducta. Lo que tiene más importancia es el estudio de la conducta como totalidad y los momentos en que ella deviene consciente, pero de ninguna manera se debe seguir haciendo girar la psicología alrededor de la conciencia, tal como se ha hecho, o de la inconsciencia, tal como también se ha hecho y se sigue haciendo con frecuencia. Suscribimos la opinión de Cameron: se invierte un esfuerzo enorme en vertir hechos del aprendizaje social a una ficción de una lógica verbal inconsciente.

Como inconscientes se ubican una variedad de fenómenos que son muy distintos entre sí: a) existe conducta inconsciente manifiesta, que se refiere a conductas observables que son desconocidas por el sujeto que las expresa; b) se llama inconsciente, también, al significado de la conducta; c) la motivación desconocida de la conducta; d) la función o el sentido que tiene dicha conducta. Esta diferencia entre los distintos sentidos que tiene el concepto de inconsciente responde, en nuestra opinión, mucho más a la realidad que la división de Miller que encuentra dieciséis significados dis­tintos de la palabra inconsciente, a saber y sumariamente expuestos: 1) inanimado o subhumano; 2) carente de mente; 3) no mental; 4) indivi­duos o acciones indiscriminadas; 5) respuestas condicionadas; 6) lo no sentido; 7) lo no atendido; 8) falta de insight; 9) lo olvidado o no recor­dado; 10) no aprendido o innato; 11) no reconocido; 12) involuntario; 13) incomunicable; 14) ignorado; 15) en el sentido psicoanalítico, "un sistema psíquico que incluye lo dinámicamente reprimido y lo que no está bajo control, pero que en condiciones especiales pueda pasar a la con­ciencia"; 16) lo no informado.

La conciencia es siempre conciencia de algo y, por un lado refleja una situación, por otro lado es también una conducta del ser humano, y por lo tanto nunca simple reflejo especular de la realidad. La conciencia de la

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realidad es el instrumento más poderoso que posee el ser humano para modificar dicha realidad, pero esto último no ocurre única ni totalmente con las conductas conscientes, sino con las conductas totales, sean cons­cientes o inconscientes; mejor dicho, siempre lo son de las dos maneras al mismo tiempo.

Lo que aparece en la conciencia es el reflejo subjetivo de lo objetivo y depende, en alto grado, no sólo de las características de la realidad exter­na, sino del grado de organización de la personalidad. La conciencia es un momento de un proceso, y se incurre en un error escolástico si se parte de la conciencia y no de la situación total. La conciencia puede incluso ser una falsa conciencia, pero de todas maneras, aun en estos casos, es la resul­tante de una particular organización de la realidad social en la que parti­cipa ineludiblemente el ser humano y en la que hay estructuras que favore­cen esta falsa conciencia. Tanto el psicoanálisis como el marxismo signifi­can, en su inspiración fundamental, un pasaje del pensamiento al ser y de la conciencia a la vida real y concreta. En otro lugar hemos estudiado cómo el marxismo se limita en el desarrollo de la psicología y cómo el psicoanálisis deshace la dramática en abstracciones en lugar de deshacer las abstracciones mentales en la dramática. Por un proceso especulativo y de mitologización el psicoanálisis encarna la dramática en entidades mentales, y por un proceso de déficit dialéctico el marxismo no encuentra el ser humano en la psicología o, dicho de otra manera, se ocupa de la humani­dad y no de los seres humanos.

El descubrimiento del inconsciente, por el psicoanálisis, es otra manera de descubrir la falsa conciencia en los seres humanos.

6. Aprendizaje

La conducta y la personalidad tienen un desarrollo en el cual se van organizando progresivamente, respondiendo a un proceso dinámico en el cual pueden modificarse de manera más o menos estable. Se llama apren­dizaje o leaming a este proceso por el cual la conducta se modifica de manera estable a raíz de las experiencias del sujeto.

El concepto de aprendizaje tiene sobre sí el peso de la tradición inte-lectualista, pero abarca mucho más que el aprendizaje intelectual y -en realidad— éste, aun con toda la importancia que tiene, es sólo una parte del aprendizaje total que permanentemente realiza el ser humano.

Ningún ser humano realiza en su vida todas las posibilidades de aprendizaje, y si bien, por un lado, hay que contar con que el organismo tiende a responder y organizar sus posibilidades sobre el más alto nivel de



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integración y que la conducta que manifiesta es siempre la "mejor" para ese momento y esas circunstancias, no es menos cierto, por otra parte, que el organismo tiende a estereotiparse, es decir, no sólo a responder con pau­tas ya aprendidas, sino también a organizar las circunstancias de tal manera que esas pautas sean suficientes. Entendemos por pauta de conducta aquel conjunto de manifestaciones que aparecen en forma unitaria, conservando una cierta estereotipia en la contigüidad de los elementos que la integran. Estas pautas constituyen, en cierta medida, modos privilegiados de com­portamiento, que en su conjunto caracterizan la personalidad; por el tér­mino de modos privilegiados de comportamiento se comprende también la tendencia a estructurar las situaciones nuevas de tal manera que el orga­nismo pueda operar de la manera más adecuada, y una de sus posibili­dades es la de asimilar las situaciones nuevas a situaciones ya conocidas y ya resueltas.

El cambio que implica el aprendizaje puede ocurrir en todas las áreas en forma conjunta, o bien sólo en alguna de ellas en forma predominante y disociada; hay, así, aprendizaje en el área de la mente, del cuerpo y del mundo externo.

Entre las formas controvertidas de aprendizaje se cuentan, por un lado, el ensayo y error y, por otro, el aprendizaje por discernimiento o insight. En rigor, este último es un caso particular del primero o viceversa, dado que en el aprendizaje por discernimiento hay también un ensayo y error, un tanteo, pero que se realiza simbólicamente en el área de la mente. Uno y otro están ligados genéticamente en el curso del desarrollo de las áreas de conducta.

La complejidad, diversificación y amplitud de este capítulo es crecien­te en la psicología moderna, y abarca no sólo a la psicología, sino también a toda la psicopatología, que puede ser íntegramente desarrollada y estu­diada en función del aprendizaje, ya que las neurosis, psicosis, caractero-patías y perversiones son perturbaciones del aprendizaje; y el proceso tera­péutico mismo (psicoterapia) es también una nueva experiencia de recti­ficación y aprendizaje. Las perspectivas de este enfoque son muy promi­sorias.

7. Personalidad y cultura

Los estudios sobre personalidad han modificado su centro de grave­dad, en el sentido de que las determinantes sociales ocupan, en la actuali­dad, más el interés de la investigación que las determinantes biológicas. Es posible que con el desarrollo del conocimiento y la elaboración de noció-

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nes unitarias, psicología, biología y sociología dejen, dentro de no mu­cho tiempo, de ser tres disciplinas científicas distintas para ser una sola.

De todas maneras, los estudios sociológicos de la personalidad no inva­lidan de ninguna manera los de carácter biológico, sino que los integran, y son especialmente los estudios antropológicos los que han enfatizado, en primer Jugar, la importancia de la estructura social en la formación y las características de la personalidad.

El medio en que se desarrolla el ser humano es un medio muy parti­cular, porque en gran proporción es creado por él mismo sobre elementos dados por la naturaleza. Todo aquello creado por los hombres, en todo sentido, es lo que recibe el nombre de cultura. Los estudios antropoló­gicos y sociológicos no dejan lugar a dudas de la estrecha relación entre cultura y personalidad. Sin embargo, se debe tener en cuenta que no todos los elementos integrantes de la cultura tienen el mismo valor, en cuanto a su capacidad de estructurar otros factores de la cultura, así como por el peso que tienen en la formación de la personalidad. En segundo lugar, si bien los seres humanos crean la cultura, el desarrollo de la misma adquiere cierta independencia con respecto a la voluntad de los seres humanos, de tal manera que tiene sus propias leyes determinantes.

La transmisión de la cultura de generación a generación no es única­mente la transmisión de una información, sino que, básicamente, la cultura se transmite en la formación de la personalidad misma, tanto como en las or­ganizaciones o medios materiales. Pero es importante el hecho de que, dentro de cierta amplitud, las superestructuras culturales tienen cierta independen­cia o un grado relativo de variación. En cuanto estudia la formación de la personalidad, la psicología se ocupa fundamentalmente de estos aspectos.

M. Mead estudió, por ejemplo, la formación de la personalidad por la educación, en diferentes tipos de civilización, entre los primitivos. La educación es también elemento integrante de la cultura, y hay una estrecha relación entre educación y personalidad, relación que tiene cierta autono­mía, aunque los sistemas educacionales dependan a su vez de factores sociales más amplios, como la estructura social y económica.

Los estudios antropológicos nos han hecho conocer la variación de las organizaciones culturales, la variación de la estructura de la personalidad y la relación entre ambas. Nos han ayudado a romper con una concepción estrecha, estática, de la personalidad humana, así como han demostrado las posibilidades de modificación de la misma, haciéndonos comprender que no existe una personalidad "natural" o conductas "naturales", y que lo que generalmente conocemos con estos nombres son aquellos fenómenos a los que estamos más acostumbrados porque forman parte de nuestra cultu­ra y de nuestra personalidad.

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Hay divergencias básicas en cuanto al concepto de cultura, que, por supuesto, incluyen concepciones idealistas por un lado y materialistas por otro.

En la formación de la personalidad asume una gravitación fundamental la organización de los grupos. Se denomina así el conjunto de dos o más personas, entre las que se establece, o hay establecida, una relación de interdependencia o interacción.

Cooley reconoce cuatro clases de grupos, que escalona en función del aumento de tamaño y disminución de la intimidad: a) grupos parejas o gru­pos subprimarios (esposos, madre-hijo, etcétera); b) grupos primarios: se caracterizan por una gran intimidad, número pequeño, propósitos no espe­cializados, asociación cara a cara, relativa permanencia. Son los grupos familiares, grupos espontáneos de juegos, grupos de vecindarios; c) grupos quasi primarios: la organización y propósitos especiales los distingue de los grupos primarios. Se incluyen aquí los grupos de boy scouts, fraterni­dades estudiantiles, clubes; d) grupos secundarios: se caracterizan por la falta de intimidad, incluyen las comunidades, corporaciones y naciones.

Es especialmente en el grupo primario donde se forma la estructura básica de la personalidad y se produce el efecto más profundo. Existe en estos grupos una cierta fusión de los individuos, y cada integrante no se discrimina como ser distinto de los demás.

Es muy abundante la literatura, las investigaciones y los conocimien­tos sobre la personalidad, su formación y desarrollo, y aquí sólo hemos querido, al igual que en todos los temas tratados en el libro, presentar un esquema o un plan director de la psicología y no una profundización deta­llada de cada tema.




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