Psicologia de la conducta jose bleger


XII Conflictos y conducta



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XII Conflictos y conducta

1. Conflictos

La coexistencia de conductas (motivaciones) contradictorias, incom­patibles entre sí, configura un conflicto. Aunque originariamente estudia- . do en el campo de la psicopatología, el concepto se ha ampliado hasta con­vertirse en un capítulo fundamental de la psicología general, debido, en gran medida, a las investigaciones de S. Freud y la escuela psicoanalítica.

El conflicto es consustancial con la vida misma y tanto significa un elemento propulsor en el desarrollo del individuo, como puede llegar a constituir una situación patológica; hay en esto también un pasaje gradual e indiviso entre normalidad y patología, dado por un incremento cuanti­tativo y un cambio cualitativo de los conflictos. Lo ideal no es la ausencia de conflictos, porque ellos constituyen la contradicción en la unidad de la conducta y, por lo tanto, su fermento dialéctico de cambio y transforma­ción; lo que importa no es adherirse a ideas que son incompatibles con la realidad de los fenómenos, sino estudiarlos tal como son: única manera de dirigirlos. Lo que importa es el destino de los conflictos y la posibilidad de resolverlos o sobrellevarlos.

Los primeros estudios de Freud adjudicaban un poder patógeno a situaciones extraordinarias o inhabituales, llamadas situaciones traumáti­cas, pero ulteriormente se fue restando valor explicativo a la intervención de estos traumas, en la medida en que se reconoció que lo que podía enfer­mar eran los conflictos habituales de la vida diaria, incluso sin la interven­ción de factores brutales desencadenantes.

Freud sostuvo la hipótesis de un conflicto fundamental entre el indi­viduo y la sociedad, en el sentido de que cada ser humano tiene que repri­mir pulsiones, instintos o aspiraciones que son prohibidos por la cultura y cuya satisfacción —por lo tanto le acarrearía serias consecuencias. Este ^ conflicto transcurre, psicológicamente, entre fuerzas instintivas y la forma­ción o estructura psicológica que representa la coerción social internaliza­da, funcionando ya como parte del sujeto mismo. Sabemos en la actuali­dad que tal esquema del conflicto entre tendencias biológicas y normas

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culturales es demasiado simplista, porque no hay pulsiones biológicas, libres o independientes de la organización cultural, y esta última no es un elemento ajeno, que en forma aislada y pura se contrapone a la organiza­ción biológica. Los conflictos psicológicos son el reflejo o la asimilación, por parte del sujeto, de conflictos que se dan en la estructura cultural, pero estos últimos tampoco son independientes de los seres humanos ni de la acción colectiva e individual de los mismos. La organización social no es homogénea, en el sentido de que sea unívoca y disponga al individuo a un solo tipo de conducta, sino que su propia estructura es contradictoria y conflictiva. Pero tampoco se debe derivar de esto otro esquema simplista e ingenuo: que los conflictos psicológicos son simplemente el "doble" reflejo de los conflictos sociales.

Los conflictos están implicados en todos los ámbitos de la conducta (psicosocial, sociodinámico e institucional) y en estrechas interrelaciones entre sí. De esta manera, el conflicto puede ser estudiado en cada indivi­duo tomado aisladamente, como un conflicto interno o personal; puede ser estudiado en cuanto conflicto grupal e institucional, sin que estos estu­dios sean incompatibles entre sí, sino que -inversamente- integran una sola totalidad única. Un estudio completo debe abarcar todos estos ámbi­tos. El psicoanálisis ha estudiado los conflictos fundamentalmente en el ámbito psicosocial, pero con gran participación del ámbito sociodinámico, tomando la familia como grupo básico o matriz en el que se forma o plas­ma la personalidad del niño. Estos estudios parciales, en lugar de ubicarse en el contexto correcto que les corresponde, con frecuencia se han incli­nado hacia una posición idealista: suponer los conflictos individuales como base o causa de los conflictos sociales, económicos y políticos. Pero, por otro lado, existe el error frecuente de considerar, por ese mero hecho, al solo estudio de los conflictos psicológicos como una posición y un error idealista.

2. Frustración y conflicto

Llamamos frustración a todas aquellas situaciones en las cuales no se obtiene el objeto necesario para satisfacer necesidades, o no se logra un objetivo al cual se aspiraba.

En la frustración, el obstáculo a la consecución del objeto puede ser totalmente externo o puede ser interno. En ambos casos conviene hablar de un predominio relativo, ya que en condiciones habituales los obstácu­los externos y los internos se condicionan recíprocamente en un círculo



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vicioso. Inclusive, sobre obstáculos reales externos, pueden canalizarse o proyectarse obstáculos de carácter psicológico.

Con gran frecuencia las frustraciones son consecuencia de situaciones conflictivas, pero el ciclo puede comenzar realmente con una frustración, que a su vez puede generar conflictos. En el primer caso, el conflicto es proyectado al mundo externo y resulta más fácil, o menos difícil, sufrir frustraciones y no conflictos. En el segundo caso, no toda frustración genera conflictos; hay frustraciones crónicas a las cuales el sujeto se some­te o adapta sin que aparezcan conflictos, y en otras oportunidades las frus­traciones reales no son manejadas como tales, sino con una agudización o actualización de conflictos psicológicos.

El grado de tolerancia a la frustración es muy variable y constituye en sí una resultante del desarrollo y estructura de la personalidad total; cuanto más madura e integrada la personalidad, menos promoverá psicoló­gicamente frustraciones y podrá enfrentar las frustraciones como tales, sin una desorganización de la personalidad y sin una regresión conflictiva.

3. Tipología de los conflictos

K. Lewin ha estudiado tres tipos de conflictos que llama, respectiva­mente: atracción-atracción, atracción-rechazo y rechazo-rechazo.

En el conflicto atracción-atracción, el sujeto está enfrentado con dos objetos que son arrayen tes, o que él desea, pero son incompatibles entre sí. Es el caso de quien tiene que decidir entre dos carreras que son ambas atractivas o interesantes para él. A este tipo de conflicto corresponde la alternativa del asno de Buridán, quien teniendo dos parvas de heno, se muere de hambre por no poder elegir.


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En el conflicto rechazo-rechazo, el sujeto se ve obligado a escoger entre dos objetos o situaciones que son ambas desagradables, peligrosas o rechazantes. Es el dilema de Caribdis y Escila, nombres de un torbellino y un escollo del estrecho de Mesina, terror de los navegantes que desean­do evitar el uno, caían en el otro.

En el conflicto atracción-rechazo, el sujeto se enfrenta con tendencias o actitudes contradictorias dirigidas hacia el mismo objeto. Se diferencia de los dos anteriores en que las tendencias son opuestas y recaen, no sobre objetos distintos, sino sobre un mismo objeto.

4. Ambivalencia y divalencia

El conflicto que K. Lewin denomina atracción-rechazo, es el tipo de conflicto que Bleuler llamó ambivalencia y que consiste en la coincidencia sobre el mismo objeto, al mismo tiempo, de actitudes, impulsos o afectos contradictorios. En el caso, por ejemplo, del amar y odiar a una misma per­sona, al mismo tiempo.

El conflicto de ambivalencia es un tipo de conflicto que va acompaña­do de gran tensión y/o ansiedad, de una situación de gran inseguridad, por­que peligra el objeto que uno quiere, por el odio o el rechazo que se le tiene al mismo tiempo. Va acompañado de depresión y culpa. Es el tipo de con­flicto y de relación objetal que M. Klein llamó posición depresiva, y a la ansiedad que la acompaña, ansiedad depresiva. Esta última corresponde a lo que habitualmente reconocemos como tristeza. El objeto de la ambiva­lencia es, además, un objeto total.

Por otra parte, como siempre en toda conducta interviene una estruc­tura total, participa también de la ambivalencia no sólo el objeto sino, fun­damentalmente, el yo del sujeto.

El conflicto ambivalente puede resolverse sobre el plano de una inte­gración que permita aceptar aspectos positivos y negativos al mismo tiempo, tanto en el objeto como en uno mismo. Esto significa una mayor integración del yo, que coincide siempre con un mayor o mejor sentido de realidad.

Pero el conflicto ambivalente (la posición depresiva), cuando no resuelto, es el punto de partida de todas las situaciones conflictivas y de las conductas defensivas que tienden a reducir o resolver la tensión o la ansie­dad que acompaña al conflicto. Estas últimas actúan, todas, disociando el conflicto ambivalente en las dos tendencias o actitudes contrapuestas que lo componen; se cumple así el pasaje (la regresión) a lo que Pichón Riviére ha llamado la divalencia: división en dos conductas disociadas con dos

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objetos distintos. Un ejemplo de ello es la situación de conflicto ambiva­lente en que se quiere y odia al mismo tiempo, por ejemplo, a la madre; el paso a la divalencia se cumple cuando, por ejemplo, se retiene el amor a la madre y el odio es totalmente transferido a una hermana. Se cumple así una disociación esquizoide en la que la relación objetal es ahora con obje­tos parciales, porque cada uno de los objetos está ligado a una parte del yo del sujeto y a uno solo de los términos parciales del conflicto total ambivalente. La división esquizoide es la conducta defensiva básica, y todas las otras conductas defensivas se basan en el manejo o distribución de los términos de esta división esquizoide.

Los conflictos que requieren nuestra ayuda, en el campo de la psico­logía clínica son, en muy escasa proporción, de carácter ambivalente y en cambio, son, con mucha mayor frecuencia, de carácter divalente, es decir, se requiere asistencia cuando ya no es operante la disociación divalente o bien cuando ella, por sí misma, crea nuevas dificultades o desadaptaciones o inhibiciones. Cuando operamos terapéuticamente, sólo entonces, y como etapa necesaria, reducimos la divalencia al conflicto ambivalente original.*

5. Conflictos de áreas y campos

Los conflictos son siempre conductas contradictorias, incompatibles entre sí, pero que pueden ser vividos tanto en forma consciente como inconsciente; en este último caso, el sujeto percibe la tensión o la ansiedad, pero no conoce ni discrimina los términos del conflicto que la producen. Por otra parte, aun en el caso de un conflicto consciente, no se excluye que otra parte del mismo pueda ser inconsciente. Otra alternativa es que la situación conflictiva sea inconsciente, mientras que conscientemente sólo se tenga una "falsa conciencia" de la situación real, es decir, que los verda­deros términos del conflicto son desconocidos y conscientemente sólo se tiene de él una racionalización o una captación distorsionada.

La disociación del conflicto ambivalente implica una separación, una formalización o elementalización de los términos del conflicto y esta diva­lencia es, en realidad, no una solución del conflicto, sino solamente una resolución de la tensión que acompañaba al conflicto ambivalente.

Para que esta divalencia se mantenga como tal y no reaparezcan la ansiedad o la tensión, tiene que establecerse un control que mantenga una cierta distancia entre ambos términos del conflicto y con ello evite la

* El lector interesado encontrará un estudio más detallado de la ambivalencia y divalencia en el capítulo VII de Simbiosis y ambigüedad. Buenos Aires, Paidós, 1967.

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reaparición de la ambivalencia. Todas las conductas que tienden a mante­ner la divalencia se estructuran entonces sobre esta división esquizoide y son las que estudiaremos como conductas defensivas.

El resultado de esta disociación de la conducta es la aparición de mani­festaciones contradictorias en las distintas áreas de la conducta o -inclu­sive— en la misma área y una consecuente distancia o disociación entre las mismas. Esto es lo que ya hemos estudiado en el capítulo II como "Coin­cidencia y contradicción de las áreas de la conducta". A su vez, esta diso­ciación y contradicción de las áreas implica, necesariamente, una disocia­ción y contradicción de los campos de la conducta.

Si los términos de la contradicción (del conflicto) dejan o pierden la posibilidad de ser discriminados, aparece la confusión. Si aun estando dis­criminados, coexisten disociados pero no suficientemente distanciados uno de otro, tenemos la duda o la vacilación, términos que se aplican respecti­vamente para los casos en que la duda se da en las áreas uno o tres. Si no están suficientemente disociados y la aparición de una de las conductas trae necesariamente la aparición del otro indeseable, se está en el caso de las inhibiciones. Una transacción de ambos términos del conflicto se da en el caso de los fenómenos que pertenecen a lo que Freud llamó la "psico-patología de la vida cotidiana", o en los síntomas.

Una estabilización de La disociación del conflicto implica una disocia­ción estabilizada de las áreas de la conducta, o una disociación de una misma área, lo cual constituye una verdadera alienación, una pérdida o limitación de las posibilidades expresivas de la conducta integrada y de la personalidad total.

6. Objeto bueno y objeto malo

Con ningún objeto se pueden tener exclusivamente experiencias nega­tivas o, por el contrario, solamente experiencias positivas, y esto implica una fuente de conflictos, en el sentido, por ejemplo, de que una persona que nos gratifica, en otros momentos nos frustra. El conflicto reside en que con un mismo objeto recogemos experiencias que están en contradic­ción entre sí y se promueven sentimientos o actitudes que también están en contradicción.

La disociación del objeto total (ambivalente) en dos objetos parciales hace que con uno de ellos se viva solamente la parte gratificante y con el otro únicamente las experiencias frustrantes. Al primero se denomina "objeto bueno" y al segundo "objeto malo". Estas denominaciones gene-

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ricas fueron introducidas por M. Klein, y el fenómeno fue estudiado inten­samente por su escuela.

La división esquizoide (divalencia) permite mantener separados y distanciados el objeto bueno del objeto malo, y todas las conductas defen­sivas tienden a mantener en forma estable esta disociación.

Toda experiencia implica, necesariamente, esta contradicción en la unidad de la conducta, y en ello reside el conflicto. Freud estudió muy concreta y correctamente las situaciones de conflictos, tal como se dan en la realidad en los seres humanos, pero por no mantener su teoría en el plano de la dialéctica de la conducta, presentó teóricamente estos conflic­tos como una lucha de fuerzas o instintos o un conflicto entre instancias psicológicas (conflicto entre el yo y el ello), o conflicto entre fuerzas ins­tintivas, biológicas y exigencias culturales.

La división del objeto total (ambivalente) en objeto bueno y malo (divalencia) implica no solamente la división del objeto, sino también una división del yo del sujeto y una disociación de la estructura del vínculo, que se establece entre cada objeto parcial y -respectivamente- la parte del yo con él relacionada.

Objeto bueno y malo califica, en síntesis, el objeto respectivo de la experiencia buena y mala, gratificante y frustrante.

7. Ansiedad y conflicto

Freud postuló el origen de la angustia en una transformación de la energía sexual (libido) impedida en su descarga (estancada), situación que se da cuando fracasan las conductas defensivas. Posteriormente, mante­niendo la misma hipótesis sobre la génesis de la angustia, postuló que su aparición en pequeña cantidad opera como una señal de alarma que movi­liza las conductas defensivas.

M. Klein, ulteriormente, emitió la hipótesis de que la angustia era la actuación del instinto de muerte.

En ambas teorías se superpone la psicología con la biología e -inclu­sive- con hipótesis biológicas de carácter especulativo que distan de tener verificación científica.

La ansiedad o angustia es un estado de desorganización del organismo, según lo ha estudiado Goldstein, y su intensidad puede variar desde un mí­nimo que sirve de señal de alarma hasta un máximo en el pánico. Esta desorganización aparece frente a situaciones de frustración o de conflicto. La angustia no es la causa de la conducta ni de los síntomas, sino uno de

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los fenómenos que se producen en distintos momentos de la dinámica de la relación objetal.

En base a los estudios de M. Klein, se ha sistematizado el conocimien­to de dos tipos de ansiedad. Uno de ellos ligado al conflicto ambivalente (la situación depresiva) y que se denomina ansiedad depresiva (tristeza); el otro, la ansiedad que se produce siempre que la disociación divalente corre riesgo de perderse o cuando el objeto malo amenaza al yo y al objeto I bueno a él ligado, es la ansiedad de la posición esquizoparanoide y se deno­mina ansiedad paranoide (miedo). Ambos no son excluyentes, sino coexis­ten tes, y lo que se califica es el predominio de uno sobre el otro. Además, hay una relación dinámica entre uno y otro, tanto como la hay entre la ambivalencia y la divalencia.

8. Unidad genética de los conflictos

El conflicto ambivalente (denominado atracción-rechazo por K. Lewin) es el conflicto primordial, en el sentido de que todos los demás derivan de él y significan con respecto a él una cierta defensa, ya que todos los demás conflictos aparecen como consecuencia de una división esquizoi­de del conflicto ambivalente.

Todos los conflictos divalentes, entre los cuales hay que contar tam­bién los que K. Lewin califica como atracción-atracción y rechazo-rechazo, son defensas frente al conflicto ambivalente, de tal manera que esto tiene no sólo importancia desde el punto de vista del conocimiento genético, sino también desde el interés puesto en la resolución terapéutica. Muchos conflictos resultan estar encubriendo un conflicto más básico y por cierto más inquietante. Un ejemplo de ello puede ser el caso del estudiante que se mantiene sin estudiar porque tiene que resolver o decidir entre dos carreras universitarias que le atraen de igual manera (conflicto atracción-atracción); esto resulta ser un conflicto de carácter defensivo porque tiene -por ejemplo- atracción y miedo de fracasar en cada una de las dos carreras, con lo cual su conflicto es verdaderamente una ambivalencia que elude con la divalencia que le permite racionalizar su miedo al fracaso. El dilema de una cosa u otra se reduce al problema con cada una de las dos cosas. Lo mismo puede decirse de todos los demás conflictos de tipo diva-lente, que tienen que ser reducidos al conflicto ambivalente para que real­mente puedan ser resueltos.



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9. Síntesis

Si de la copiosísima literatura sobre el tema, con las perspectivas más variadas, se tratara de sintetizar un cierto consenso de los distintos autores, se podría concluir en las siguientes afirmaciones:

a) Que el conflicto es una lucha u oposición entre sistemas de ener­gías o de impulsos, o de estructuras mentales, o de conductas, que ocurre en el individuo.

b) Que constituye una de las fuentes más importantes de motiva­ciones.

c) Que el resultado de dichos conflictos es una modificación de la conducta, que aparece como un intento de transacción o de compromiso.

En ello subrayaríamos las siguientes observaciones, según la exposi­ción hecha:

a) Que el conflicto es siempre conflicto de conductas, campos y ámbi­tos, y que no hay un "dentro", sino solamente como vivencia y nunca como espacio en el que operan fuerzas e impulsos.

b) La conducta es, a su vez, la resultante de conflictos, lo cual permite el estudio del proceso de la conducta en sí mismo, sin la intervención de entidades mitológicas ajenas a ella misma, con lo cual no se aclaran, sino que se complican los problemas.

c) La conducta, tanto como toda la vida del ser humano, es siempre respuesta y siempre compromiso.

Bibliografía

Cameron, N.; Fenichel, O. (b); FiUoux, J.C.; Freud, A.; Freud, S. (h, i);Golds-tein, K. (a, b); Guthrie, E. R. (c); Horney, K. (a); Hunt, J. McV.; Klein, M. (a, b, c); Lewin, K. (a, b, c); Luna, A. R.; Maier, N. R. F.; Matte Blanco, I.; Michotte, A.; Pichón Riviére, E. J.; Stagner, R.; Karwoski, T. F.

Capítulo XIII Conductas defensivas

1. La defensa

El término defensa es empleado por primera vez por Freud en 1894 en su estudio sobre las "Neuropsicosis de defensa", en el cual describe los síntomas como formaciones defensivas frente a ideas y afectos insoporta­bles y dolorosos. Más tarde, sustituye el término por el de represión, pero en 1926 lo retoma y define la represión como una forma de defensa.

Los peligros contra los cuales tenían que operar las defensas podían provenir —según A. Freud— de tres fuentes: de los instintos, de la concien­cia moral (superyó) o de la realidad exterior.

Todas las conductas defensivas son conductas que operan sobre la disociación (divalencia) y tienden a fijar o estabilizar una distancia óptima entre objeto bueno y malo. Fueron estudiadas por Freud y la escuela psicoanalítica con la denominación de mecanismos de defensa, pero son en realidad conductas y deben ser estudiadas como tales. Si se optara por mantener la denominación original de mecanismos de defensa, de ninguna manera se debe suponer que estos supuestos mecanismos originan la conducta respectiva, sino que, a la inversa, lo concreto son las conductas, y los mecanismos derivan de un proceso de generalización y abstracción de las primeras, pero de ninguna manera tienen que ser convertidos en ente-lequias.

Las conductas defensivas son las técnicas con las que opera la persona­lidad total, para mantener un equilibrio homeostático, eliminando una fuente de inseguridad, peligro, tensión o ansiedad. Son técnicas que logran un ajuste o una adaptación del organismo, pero que no resuelven el conflic­to, y por ello la adaptación recibe el nombre de disociativa.

En todo momento en que fracasan las conductas defensivas y -por consiguiente- la disociación de la conducta, aparece la ansiedad como un índice de restitución, o peligro de restitución, de la ambivalencia (conflic­to). La pérdida de las defensas habituales, en forma total, conduce a una desintegración psicótica, pero en condiciones más comunes no alcanza tal intensidad ni totalidad, y la ansiedad que aparece promueve la formación

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de nuevas conductas defensivas. Esta alternancia de las conductas defensi­vas puede ser un proceso estereotipado o bien constituir un verdadero proceso de aprendizaje.

Las conductas defensivas no existen solamente en los procesos patoló­gicos, sino que intervienen normalmente en el ajuste y desarrollo de la per­sonalidad; lo que caracteriza lo normal o lo patológico no son conductas defensivas típicas en su calidad, sino una variación en su quantum o grado de aparición, lo cual a su vez condiciona o produce cambios cualitativos; la rigidez o plasticidad en la dinámica o alternancia de las conductas defen­sivas es otro de los caracteres que diferencia lo normal de lo patológico.

Toda conducta defensiva conduce a una restricción del yo o a una limitación funcional de la personalidad, porque siempre opera contra una parte del mismo yo, ligada a un objeto perturbador; esta restricción puede ser muy amplia o de tal magnitud que la capacidad del yo se reduce a un mínimo.

La defensa no es un sobreagregado, sino que es la conducta misma, en sus múltiples alternativas frente a los conflictos; éstos tampoco son nada ajeno a la conducta misma. El propio Freud, que comenzó sus investiga­ciones con un esquema energetista de los conflictos, en el año 1938 admite la escisión del yo frente a los conflictos, con la aparición de dos conductas o reacciones opuestas, "ambas válidas y efectivas"; "el rechazo siempre se complementa con una aceptación; siempre se establecen dos posiciones antagónicas y mutuamente independientes que dan por resultado una esci­sión del yo. El desenlace depende, una vez más, de cuál de ambas posicio­nes logre alcanzar la mayor intensidad".

2. Proyección

Es un término primitivamente utilizado por Condillac y por Helm-holtz para describir una teoría, según la cual las sensaciones son primero percibidas como experiencia psicológica y sólo posteriormente, por una localización en el espacio, fuera del yo, adquieren realidad independiente de la psicológica, es decir, que la sensación se percibe primero como expe­riencia interna y sólo posteriormente es ligada a objetos exteriores.

En psicología, en la actualidad, se denomina proyección al hecho de atribuir a objetos externos características, intenciones o motivaciones, que el sujeto desconoce en sí mismo. La proyección puede realizarse tanto sobre objetos inanimados como sobre seres animados.

Lo que se proyecta y se experimenta, por lo tanto, es uno de los tér­minos de la divalencia (disociación de la ambivalencia) y, por lo tanto, una

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estructura que incluye un objeto parcial y parte del yo ligado a ese objeto. La proyección se realiza ubicando el objeto parcial en el área tres, sobre un objeto real del mundo exterior, y reteniendo el otro objeto parcial en el área uno o en la dos. Se puede proyectar tanto el objeto bueno como el malo. En ciertos casos puede ocurrir una proyección de objeto total.

Forma parte tanto de la conducta normal como de la anormal, y juega un papel muy importante en la psicología de la personalidad. Interviene normalmente en el curso del desarrollo, en el cual, por ejemplo, las frustra­ciones, vividas con agresión contra el objeto frustrante, son proyectadas sobre otro objeto, y entonces se percibe a este último objeto como agresi­vo, lo que permite mantener el vínculo sin conflictos con la persona que se necesita para la satisfacción de necesidades. Interviene en todo proceso de percepción y es la experiencia reiterada con la realidad la que permite la rectificación de lo proyectado y, por lo tanto, una percepción correcta. Si esta proyección no es rectificada por la realidad y dista de la misma en forma apreciable, se producen la alucinación y la ilusión; la primera es más masiva, en el sentido de que toma menos en cuenta las caracterís­ticas reales del mundo exterior, y es de más difícil rectificación que la segunda.

Si se proyecta predominantemente el objeto malo, el sujeto se siente bueno por retener el objeto bueno como propio, mientras que el o los objetos del mundo exterior son percibidos como malos o peligrosos. Este caso es lo que denominamos la conducta de estructura paranoide.

Si se proyecta lo bueno, el sujeto se siente malo y pasa a una relación de dependencia del objeto externo, dependiendo de su protección y de sus juicios sobre él. Si la proyección es demasiado intensa, el sujeto se siente pobre y vacío.

La proyección puede dar como resultado una identificación que en este caso se denomina identificación proyectiva, en la cual el sujeto experi­menta como propias, conductas de un objeto externo y vive dichas ex­periencias a través del otro. En casos extremos y patológicos (esquizofre­nia), el sujeto siente que lo tocamos a él si tocamos un objeto con el cual él está identificado proyectivamente. Es también identificación proyectiva el caso de los que siempre ayudan a otros, para vivir a través de los otros y no de sí mismos.

Pichón Riviére ha introducido, en este sentido, una terminología que permite comprender mejor los procesos de proyección en las diferentes situaciones normales y patológicas; denomina depositario al objeto externo sobre el cual se efectúa la proyección, depositante al sujeto que la realiza y depositado a lo que es proyectado. La discriminación entre depositado y depositario permite la rectificación de lo proyectado, y por lo tanto, el



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mejor conocimiento de la realidad, mientras que la superposición total e identificación entre ambos es el proceso característico de las psicosis. Otro proceso que tiene lugar en la relación interpersonal, es el hecho de que el depositario puede asumir el papel de lo depositado y a su vez entrecruza proyecciones con el depositante, y este proceso, en un grado máximo o intenso, es característico de las psicopatías.

El desarrollo normal y la integración de la personalidad con la integra­ción del sentido de la realidad, depende de un progresivo clivaje entre lo proyectado y el depositario. En el curso del desarrollo es la defensa más temprana o más precoz, que aparece aún antes que la represión. Esto se relaciona con el orden de aparición de las áreas de conducta, de las cuales, como ya hemos visto, la del mundo externo es anterior a la de la mente. La proyección se relaciona con la primera y la represión con la segunda. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la proyección no sólo aparece en relación con el momento en que se forma el área del mundo externo, sino que la misma proyección, alternada reiteradamente con la introyec-ción, es la que forma el área del mundo externo diferenciada del área del cuerpo, que en un primer momento se hallan indivisos o en estado de tran-

sitivismo (sincretismo).

Todos los fenómenos animistas se basan sobre la proyección, al igual que el enamoramiento, la alienación, y gran cantidad de otros fenómenos. I a proyección interviene también en el proceso de los conocimientos y en el de la orientación con un mayor sentido de realidad. La diferencia entre animismo y conocimiento no estaría solamente en un quantum de proyec­ción sino, además, en una distancia óptima con el objeto, y en la interac­ción entre proyección e introyección.

3. Introyección

Es la incorporación o asimilación, por parte de un sujeto, de caracte­rísticas o cualidades que provienen de un objeto externo, del mundo exterior. Con esta acepción fue introducida y estudiada por Freud, ante­riormente, para Avenarius, designaba el proceso por el cual se atribuye la existencia de objetos exteriores a una objetivación de estados internos, proceso que dicho autor suponía era la dificultad esencial que había que superar en la indagación filosófica.

Cumple un papel muy fundamental en el desarrollo normal, en la for­mación de la personalidad, tanto como en otros procesos normales y pato­lógicos. La introyección puede ser parcial o total, en cuanto se incorpora una parte del objeto externo, o su totalidad. Normalmente se alterna, suce-



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siva y reiteradamente, con la proyección, permitiendo un mejor sentido de la realidad con la rectificación de la proyección, pero puede alterarse el proceso total de la proyección-introyección, como ocurre en la introver­sión y en el autismo.

Fue especialmente estudiada por Abraham y Freud en los estados de duelo, en los que, por la pérdida de un objeto querido el sujeto incorpora propiedades del mismo y pasa a tener algunas de sus características. La introyección puede ser de un objeto parcial (bueno o malo) tanto como de un objeto total (ambivalente).

Si el objeto iritroyectado invade demasiado la personalidad del sujeto, este último pasa a conducirse, parcial o totalmente, con los rasgos del obje­to introyectado. Esto recibe el nombre de identificación introyectiva. Es el caso de un ejemplo muy sencillo, de Freud, de un niño que pierde su gatito querido y entonces comienza a caminar como si tuviera cuatro patas, ayudado con las manos, y a maullar como si él mismo fuese el gato. O, en otro ejemplo, cuando el niño habla y camina igual que su padre, etcétera. Como se ve, la identificación introyectiva incluye también todo lo que se ha estudiado con el nombre de imitación, que tanta importancia asume en psicología social. La identificación introyectiva interviene tam­bién en otros fenómenos mucho más masivos de cambio de personalidad: las metamorfosis.

4. Regresión

Se llama así a la reactivación y actualización de conductas, o de un nivel total de comportamiento, que corresponden a un período anterior ya superado por el sujeto. La regresión tiene lugar siempre que aparece un conflicto actual que el sujeto no puede resolver, y entonces reactiva y actualiza conductas que han sido adecuadas en otro momento de su vida, pero que corresponden a un nivel anterior, infantil.

La regresión nunca es un revivir total de conductas anteriores, sino que siempre son conductas nuevas y distintas, pero que se hacen dentro de un molde o estilo que pertenece al pasado.

La regresión ocurre tanto en condiciones normales como en estados patológicos. El primer caso se produce, por ejemplo, en el dormir y el soñar, mientras que todos los estados patológicos son regresiones y la regresión se hace a puntos disposicionales del desarrollo, denomi­nados puntos de fijación. Freud y Abraham sistematizaron los distintos momentos o niveles del desarrollo de la personalidad y los relacionaron con las distintas afecciones mentales, según el grado de regresión.



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La regresión puede ser total o parcial, reversible o no; puede impli­car todas las áreas de la conducta o solamente algunas de ellas, o partes de las mismas.

5. Desplazamiento

En el desplazamiento, las características de un objeto o la proyección efectuada sobre él se propagan o difunden a otros objetos o partes de la realidad externa, asociados de alguna manera al primero.

Fue descripto como la conducta más típica o específica de las fobias, en las cuales la evitación de un objeto es transferida a otro, con la ventaja de que se puede mantener la relación con el objeto primitivo. Uno de los primeros casos estudiados fue el que se conoce como "el caso Juanito"; en él, el padre de Juanito se convirtió en un objeto ambivalente: querido y temido al mismo tiempo. El temor fue desplazado del padre a los caba­llos y ello permitió que la relación afectiva continuara con su padre, convertido así en objeto parcial.

En realidad, en el desplazamiento interviene de todos modos, siempre, el proceso de proyección-introyección: el padre es introyectado como objeto ambivalente y, después de su disociación, se proyecta la divalencia (los objetos parciales) sobre depositarios diferentes.

En el desplazamiento ocurre una progresión o "contaminación" de los objetos, que se hacen así peligrosos o temidos; del caballo se puede desplazar el miedo a la calle, a los carros, a las personas que los manejan, etcétera.

6. Represión

A partir de la disociación, uno de los objetos parciales y las manifesta­ciones de conducta con él ligadas quedan excluidos de la conducta actual­mente desarrollada. Si esto ocurre en el área de la mente, llamamos repre­sión a este proceso que lleva necesariamente a una limitación de la capaci­dad funcional del yo y de la personalidad total. Pero esta exclusión puede realizarse sobre objetos proyectados y sobre los depositarios de dichos objetos, en cuyo caso hay una negación de la realidad externa, es decir, parte de esta última queda totalmente afuera o excluida, como si realmen­te no existiese.

La represión o negación puede ser también de una parte del cuerpo, aquella con la que se halla ligado el objeto disociado, divalente, proceso



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muy relacionado con las alteraciones y la dinámica del esquema corporal. Una parte del cuerpo frecuentemente muy reprimida o negada es, en nuestra cultura, la parte de los órganos genitales, a los cuales el sujeto excluye como si no existieran, ya sobre sí mismo, sobre todos- o sobre algunas personas, especialmente los padres, en quienes la admisión de la sexualidad crea un conflicto en el sujeto que necesita mantenerlos ideali­zados.

7. Conversión

Uno de los términos del conflicto (objeto parcial) se fija, como con­ducta, en el área del cuerpo, en forma de un síntoma o una manifestación orgánica. A ello nos hemos referido en el capítulo V. Fue descubierta y estudiada como situación típica de la histeria.

8. Aislamiento

En el aislamiento, además de la disociación o fraccionamiento del objeto ambivalente en objetos parciales, ocurre un distanciamiento de la conducta ligada a uno de los objetos parciales, como forma de impedir la reaparición o confluencia del objeto parcial reprimido o negado.

El aislamiento tiende a lo inverso del desplazamiento, porque es justamente lo que se trata de evitar: el desplazamiento de características malas o indeseables del objeto malo hacia el objeto bueno. En el desplaza­miento actúa la contaminación, mientras que aquí se trata de evitarla; en el desplazamiento se contaminan nuevos depositarios con el objeto malo, mientras que aquí se trata de evitar la contaminación del objeto bueno y su depositario respectivo.

9. Inhibición

Se trata de una impotencia o déficit (total o parcial) de una función o de un tipo de conducta, tanto en área uno, como en la dos o tres.

La conducta o función inhibida es la parte ligada al objeto parcial que es negado o reprimido y aislado, de tal manera que se inmoviliza uno de los términos del conflicto y, por lo tanto, se evita la ambivalencia.

Se diferencia de la conversión o somatización en que en la inhibición no hay síntomas, es decir, conductas distintas a las normales; en ella el sin-

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José Bleger

toma es justamente sólo la ausencia de la función normal. A. Freud dife­rencia entre inhibición y restricción del yo, diciendo que la inhibición se orienta contra los propios procesos internos, mientras que la restricción del yo opera contra los estímulos del mundo externo. Esta diferencia no es válida, porque toda defensa implica una restricción del yo y —además— las inhibiciones pueden operar, tanto en área uno, como en la dos y tres.



10. Racionalización

Es una forma de negación en la que, para evitar el conflicto ola frus­tración se dan razones o argumentos que los encubren.

La racionalización es una utilización del razonamiento para encubrir o negar realidades, mientras que en el razonar no ocurre esto.

El ejemplo más sencillo es el de la zorra que no puede alcanzar las uvas y entonces se tranquiliza pensando (racionalizando) que las uvas están verdes; niega que las uvas están maduras, que ella las desea y que no las alcanza.



11. Formación reactiva

Se reprime toda la conducta ligada al objeto malo, pero no en forma estabilizada o fija, de tal manera que permanentemente existe el peligro de una reactivación del conflicto ambivalente. En este caso, la conducta mani­festada, ligada al objeto bueno, se extrema y se hace más intensa o más

perseverante.

Es el caso del sujeto que tiene que luchar con tendencias amorales o perversas, y no sólo manifiesta la conducta ligada al objeto bueno, sino que ésta es más intensa, de tal manera que se conduce como hipermoral.

12. Sublimación

En la formulación primitiva de Freud, en la que operaba con la teoría de los instintos, el concepto de sublimación fue presentado como las con ductas que, socialmente aceptadas y útiles, canalizaban o descargaban, si embargo, tendencias que eran culturalmente rechazadas en su forma on ginal. Toda la actividad y la producción científica, intelectual, artisu_ , cultural en general, incluidas las religiones, eran consecuencia de la su mación.



Conductas defensivas

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En la teoría de las relaciones objétales, que es la que aceptamos, utili­zamos y desarrollamos aquí, la sublimación permite una integración y resolución de la ambivalencia y, por lo tanto, del conflicto, haciendo que en esa integración se canalicen armónicamente y de manera socialmente productiva tanto el objeto bueno como el malo, y las partes respectivas del yo a ellos ligadas.

Bibliografía

Abraham, K.; Fenichel, O. (b); Freud, A.; Freud, S. (d, e); Klein, M. (a, b).

Capítulo XIV




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