Psicología y religión



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Pero el horóscopo está compuesto de un solo círculo, y además no contiene contraste alguno entre dos sistemas evidentemente contrarios. De ahí que tampoco el horóscopo ofrezca ninguna analogía satisfactoria, si bien arroja alguna luz sobre el aspecto temporal de nuestro símbolo. Si no poseyéramos el tesoro del simbolismo medieval nos hallaríamos obligados a desistir de nuestros esfuerzos dirigidos a encontrar fenómenos psicológicos paralelos. Por una feliz coincidencia di con un poco conocido autor medieval de los albores del siglo XIV, Guillaume de Digulleville, prior del monasterio de Châlis y poeta normando, quien, entre 1330 y 1335, escribió tres "Peregrinajes" 85. Se llaman "El peregrinaje de la vida humana, del alma y de Jesucristo". En la última Canción del peregrinaje del alma encontramos una visión del paraíso.

El paraíso hállase formado de 49 esferas giratorias, llamadas “siècles”, siglos, que son los prototipos o arquetipos de los siglos terrestres. Pero -según explica el ángel que sirve de guía a Guillaume- la expresión eclesiástica “in saecula saeculorum” refiérese, no al tiempo común, sino a la eternidad. Un cielo de oro rodea todas las esferas. Cuando Guillaume levantó la mirada hacia el cielo de oro, de pronto percibió un pequeño círculo color de zafiro cuyo diámetro era tan sólo de tres pies. Dice de este círculo: "En un punto salía del cielo de oro y en otra parte volvía a entrar en él y daba toda la vuelta" Evidentemente, el círculo azul, a semejanza de un disco, corría encima de un círculo grande que cortaba en dos la esfera de oro del cielo.

Henos aquí con dos sistemas diferentes, el uno de oro, el otro azul, y el uno corta en dos al otro. ¿Qué es el círculo azul?. El ángel vuelve a explicar a Guillaume, que está admirado:


"Este círculo que ves es el calendario

Que, dando una vuelta entera,

Muestra los días de los Santos,

Cuando hay que celebrarlos.

Cada estrella corresponde allí a un día,

Cada sol, al lapso

de treinta días o zodíaco".
El círculo azul es el calendario eclesiástico. De este modo tenemos otro rasgo parecido, el elemento del tiempo. Se recordará que el tiempo es caracterizado o medido en nuestra visión por tres pulsos o ritmos. El círculo del calendario de Guillaume tiene un diámetro de tres pies. Además, mientras Guillaume está mirando el círculo azul de súbito se le aparecen tres espíritus vestidos de púrpura. El ángel le explica que en ese momento se celebra la fiesta de los respectivos tres santos, y pronuncia un discurso acerca del zodíaco entero. Al llegar a los peces menciona la fiesta de los doce pescadores que precede a la de la Santísima Trinidad. En este instante le interrumpe Guillaume y le confiesa al ángel que nunca ha comprendido del todo el símbolo de la Trinidad. Le ruega tener la gentileza de explicarle este misterio. A lo cual respóndele el ángel: "Pues bien, hay tres colores principales en él: el verde, el rojo y el oro". Se les puede ver juntos en el abanico del pavo real. Y agrega: "El rey todopoderoso que pone en unidad tres colores, ¿no puede también hacer que una sustancia sea tres?" El color oro, así dice, le pertenece al Padre, el rojo al Hijo y el verde al Espíritu Santo86. Luego el án-

gel le previene al poeta que no pregunte más y desaparece.

Por la información del ángel sabemos, felizmente, que el tres se vincula con la Trinidad. Y así sabemos también que nuestra anterior digresión en el campo de la especulación mística acerca de la Trinidad no fue del todo absurda. Simultáneamente, damos con el motivo de los colores; mas, por desgracia, nuestro paciente tiene cuatro, en tanto Guillaume, o más bien el ángel, no habla sino de tres: oro, rojo y verde. Podríamos citar las palabras con que empieza el Timeo: "Son tres, ¿dónde ha quedado el cuarto?" O también, podría agregarse las palabras exactamente iguales del Fausto de Goethe, de la escena de los cabiros, en la segunda parte de la obra donde los cabiros levantan del mar aquella misteriosa y "severa figura".

Los cuatro hombrecitos de nuestra visión son enanos o cabiros. Representan tanto los cuatro puntos cardinales y las cuatro estaciones del año, como los cuatro colores y los cuatro elementos. En el Timeo, al igual que en el Fausto y en el Peregrinaje, parece ocurrir algo con el número cuatro. El cuarto color que falta es, evidentemente, el azul. Es el color que pertenece a la serie oro, rojo y verde. ¿Por qué falta el azul?. ¿Qué no concuerda con el calendario?. ¿O con el tiempo?. ¿O con el color azul? 87

El viejo Guillaume, sin duda alguna, habrá tropezado con idéntico problema: "Son tres, pero ¿dónde está el cuarto?". Está curioso por saber algo de la Trinidad, a la cual -según dice- nunca había comprendido del todo. Y resulta un tanto sospechoso que el ángel muestre tanto apuro de retirarse antes que Guillaume formule nuevas preguntas capciosas.

Pues bien, me imagino que Guillaume hallábase bastante inconsciente frente al reino de los cielos; de otro modo no habría dejado de derivar ciertas conclusiones de lo que observaba allí. Y, en verdad ¿qué pudo ver allí?. Primero percibió las esferas o “siècles”, habitadas por aquellos que habían llegado a la eterna bienaventuranza. Luego vió el cielo de oro, el “ciel d'or”; allí, el Rey de los cielos sentado sobre un trono de oro, y junto a él, la Reina de los cielos sobre un trono redondo de cristal marrón. Ese último detalle se refiere al supuesto de que María había entrado con su cuerpo en el reino de los cielos -único ser mortal al cual habíasele permitido reunirse con su cuerpo antes de la resurrección universal de los muertos. En estas representaciones y en otras por el estilo, el rey es Cristo triunfante junto con su esposa, la Iglesia. Ahora resulta que -y éste es el hecho más importante- Cristo como Dios es también, al par, la Trinidad, que se convierte en cuaternidad por agregársele una cuarta persona- la reina. La pareja real representa en forma ideal la unidad del dos bajo el dominio de lo uno, “binarius submonarchia unarii” -según diría Dorneus-. Además, en el cristal marrón, aquella región cuaternaria y elemental en la cual había caído en su tiempo el "binario de los cuatro cuernos", se halla elevada al trono de la mayor abogada. Con ello, la cuaternidad de los elementos naturales preséntase en la más grande proximidad, no sólo del cuerpo místico de la Iglesia desposada o de la Reina de los Cielos -a menudo es difícil distinguir entre las Idos- sino tarnbién en inmediata relación con la Trinidad88.



Azul es el color del manto celestial de María. Ella es la tierra cubierta por la bóveda celeste89. ¿Pero por qué no se hace mención de la Madre de Dios? Según el dogma ella no es divina, sino sólo beata. Además, representa a la tierra, que asimismo es el cuerpo y sus oscuridades. Ese es el motivo de que ella, la madre llena de gracias, sea la abogada autorizada de todos los pecadores, y de que también ella -no obstante su posición privilegiada (la propiedad seráfica de no poder pecar)- con la Trinidad-se encuentre en una relación que no se capta con la razón y que es estrecha y lejana a la vez. En la medida en que es matrix, receptáculo y tierra, es decir, lo que contiene, ella es, para la intuición alegorizante, lo redorado, que se determina por los cuatro puntos cardinales, vale decir, el orbe con las cuatro regiones del cielo, como el escabel de la divinidad, o el cuadrado de la ciudad santa o "la flor del mar en la cual se esconde Cristo'' 90: el mandala* *. En la representación que del loto tienen los tantros, por razones fácilmente comprensibles el mandala es femenino. El loto es la eterna sede de nacimiento de los dioses. Corresponde a la rosa occidental en que está sentado el Rey de la Gloria, a menudo sobre la base formada por los cuatro evangelistas, que corresponden a los puntos cardinales.

Partiendo de este precioso trozo de psicología medieval nos es dable hacernos cierta idea acerca del significado del mandala de nuestro paciente. Reúne a los "cuatro", y ellos funcionan juntos, en armonía. Mi paciente había sido criado en la fe católica y se hallaba, pues, desprevenido ante ese mismo problema que, para el viejo Guillaume, probablemente había constituido una suerte de rompecabezas. En verdad para la Edad Media fué un gran problema de un lado, este misterio de la Trinidad, y de otro, ese reconocimiento tan sólo condicional del elemento femenino, la tierra, en fin, del cuerpo y de la materia que, sin embargo, en la forma del seno de María, fueron la sede sagrada de la divinidad y el imprescindible instrumento de la obra de salvación divina. La visión de mi paciente constituye una respuesta simbólica a la cuestión de los siglos. Tal sería la razón de que la imagen del reloj del universo produjera la impresión de "suma armonía". Fué la primera referencia a una posible solución del conflicto fatal entre la materia y el espíritu, entre los apetitos del mundo y el amor a Dios. El pobre e ineficaz compromiso que se da en el sueño de la iglesia, hállase por completo superado con esta visión mandálica en la que se reconcilian todos los contrastes fundamentales. Si es lícito aludir en esta conexión a la vieja idea de los pitagóricos, según la cual el alma es un cuadrado91, el mandala expresa a la divinidad por medio del ritmo triple, y al alma por la cuaternidad estática, el círculo dividido en cuatro colores. Y así, el significado íntimo de la visión no sería nadá menos que la unión del alma con Dios.

En la medida en que el reloj del universo representa también la cuadratura del círculo y el movimiento perpetuo, ambas preocupaciones del espíritu medieval hallan en nuestro mandala su adecuada expresión. El círculo áureo y sus contenidos representan la cuaternidad en la forma de los cuatro cabiros y de los cuatro colores, en tanto el círculo azul representa a la Trinidad y al movimiento del tiempo de acuerdo con Guillaume. En nuestro caso, la manecilla del círculo azul tiene el movimiento más rápido, al paso que el círculo de oro se mueve despaciosamente. En el cielo de oro, de Guillaume, el círculo azul parece algo incongruente, pero en nuestro caso los círculos vincúlanse en forma armoniosa. La Trinidad es la vida, el "pulso" del sistema entero con un ritmo triple que, sin embargo, se constituye sobre el 32, o sea, un múltiplo del cuatro. Esto corresponde al concepto arriba mencionado de que la cuaternidad se presenta como una conditio sine qua non del nacimiento de Dios y, por tanto, también de la vida intratrinitaria en general. De un lado, círculo y cuaternidad, ritmo triple del otro, compenétranse mutuamente, de suerte que el uno se halla contenido también en el otro. En la versión de Guillaume la Trinidad es evidente, pero la cuaternidad está oculta en la dualidad del Rey y de la Reina de los Cielos. Además, el color azul no pertenece a la Reina, sino al calendario, que representa al tiempo y se encuentra caracterizado por atributos trinitarios. Eso parece corresponder a una mutua compenetración de los símbolos, de un modo parecido al de nuestro caso.

Las mutuas compenetraciones de propiedades y contenidos son típicas, no sólo de los símbolos en general, sino igualmente de la semejanza de carácter de los contenidos simbolizados. Sin la última, tampoco la recíproca compenetración sería posible. Por eso, en el concepto cristiano de la Trinidad hallamos asimismo la interpenetración, en que el Padre aparece en el Hijo, el Hijo en el Padre, el Espíritu Santo en el Padre y en el Hijo y ambos en aquél, como Paráclito. El paso del Padre al Hijo y su aparición en un determinado momento representan un elemento temporal, mientras que el elemento espacial sería personificado por la Madre de Dios. (La cualidad de madre fué, originariamente, un atributo del Espíritu Santo, y un tipo de cristianos de la época temprana lo llamó Sophia.Sapientia92). No era posible aniquilar del todo esta propiedad femenina y por lo menos sigue adherida al símbolo del Espíritu Santo: la paloma del Espíritu Santo. Pero en el dogma la cuaternidad falta por completo, si bien aparece en el simbolismo eclesiástico de los primeros tiempos. Me remito a la cruz de los palos iguales que se halla encerrada en el círculo, al Cristo triunfante con los cuatro evangelistas, al tetramorfo, etc. En el simbolismo tardío de la Iglesia se presentan la rosa mística, el vaso de la devoción, la fuente casta y el huerto cerrado como atributos de la Madre de Dios y de la tierra espiritualizada93.

Si las representaciones de la Trinidad no fueran sino sutilezas de la razón humana, casi no valdría la pena mostrar todas estas conexiones bajo la luz de la psicología. Pero siempre he defendido el punto de vista que considera que estas representaciones forman parte del tipo de la revelación, es decir, de lo que Koepgen últimamente califica de "gnosis" (¡a lo que no debe confundirse con gnosticismo!). La revelación es, en primer término, un descubrimiento de las profundidades del alma humana, una "manifestación", ante todo un modo psicológico, que -como es sabido- nada dice acerca de lo que podría ser además de esto. Lo último trasciende la ciencia. A esta concepción aproxímase la fórmula lapidaria de Koepgen, que tiene el imprímatur de la Iglesia y dice: "De modo que la Trinidad no sólo es una revelación de Dios, sino a la vez también del hombre" 94.

Nuestro mandala es una representación abstracta, casi matemática, de algunos de los principales problemas discutidos en la filosofía cristiana de la Edad Media. En rigor, la abstracción alcanza tal punto que sin la ayuda de la visión de Guillaume no habríamos advertido su vastísima raigambre histórica de esa visión. Nuestro paciente no poseía conocimiento alguno de estos materiales históricos. No sabe más de lo que puede saber toda persona a la cual en su temprana infancia se le enseñó un poco de catecismo. El mismo no percibió ninguna relación entre su reloj del universo y algún simbolismo religioso. Eso es fácil de advertir, por cuanto la visión no encierra nada que de primer intento haga recordar en forma alguna la religión. Pero su visión sobrevino un poco después del sueño que se ocupaba de la "Casa de la Meditación". Y este sueño, a su vez, constituyó la respuesta al problema del tres y del cuatro, representado en un sueño aún anterior. Allí se refería a un ambiente cuadrangular a cuyos lados hallábanse cuatro vasos llenos de agua coloreada; una amarilla, otra roja, la tercera, verde, y la cuarta no tenía color. Faltaba, evidentemente, el azul; pero en una visión previa éste se hallaba combinado con los colores restantes, cuando, en la profundidad de una cueva, apareció un oso. El animal poseía cuatro ojos que irradiaban luz roja, amarilla, verde y azul. El azul había desaparecido extrañamente en el sueño ulterior. Al mismo tiempo, el cuadrado de costumbre se transformó en un rectángulo, que antes jamás se había presentado. La causa de esa evidente alteración fué una resistencia contra el elemento femenino representado por el anima. En el sueño de la "Casa de la Meditación", la voz afirma este hecho. Dice "Lo que haces, es peligroso. La religión no es el impuesto que debes pagar a fin de que te sea posible prescindir de la imagen de la mujer, pues esta imagen es imprescindible". La "imagen de la mujer" es exactamente lo que llamaríamos anima95.

Es normal en el hombre que se oponga resistencias al anima, porque -según he mencionado antes- ella representa lo inconsciente con todas las tendencias y contenidos hasta el momento excluídos de la vida consciente. Así ocurría en nuestro caso, por una serie de razones verdaderas y ficticias. Algunos contenidos hallábanse suprimidos y otros reprimidos. De ordinario, las tendencias que en la estructura psíquica del hombre representan la suma de Ios elementos antisociales (las llamo el "criminal estadístico" de cada cual) son suprimidas, eliminadas consciente e intencionalmente. Pero las tendencias sólo reprimidas tienen, por lo

general, carácter dudoso. No son necesariamente antisociales, pero tampoco aquello que se llamaría convencional y ajustado a las normas de la sociedad. Igualmente dudoso es el motivo por el que se las reprime. Algunas personas lo hacen simplemente por cobardía, otras por moral convencional, y las terceras por cuidado de su reputación. La represión es una especie de dejar pasar las cosas en un acto semiconsciente e indeciso, o un menosprecio de las uvas inalcanzables o un mirar hacia otra dirección a fin de no ver los propios deseos. Fué Freud quien descubrió que la represión constituye uno de los principales mecanismos en la formación de una neurosis. La supresión corresponde a una decisión moral consciente, en tanto la represión constituye una inclinación, bastante inmoral, a deshacerse de decisiones desagradables. La supresión puede causar penas, conflictos y sufrimientos, pero nunca una neurosis. La neurosis es siempre un sustituto del sufrimiento legítimo.

Cuando se hace caso omiso del "criminal estadístico", resta el extenso campo de las propiedades inferiores y de las tendencias primitivas, que pertenecen a la estructura psíquica del hombre, el cual es menos ideal y más primitivo de lo que querríamos que fuese96. Abrigamos ciertas ideas acerca de cómo debería vivir un hombre civilizado, culto o moral y, de vez en cuando, ponemos todos nuestros afanes en observar nosotros mismos estas exigencias ambiciosas. Pero como la madre naturaleza no favoreció a todos sus hijos con idénticos bienes, hay seres más dotados y seres que lo están menos. Así, existen personas capaces de vivir "como se debe" y en forma respetable, o dicho en otros términos, en los que no hallamos nada malo. Cuando cometen faltas, o bien trátase de pecados menores o bien no tienen conciencia de ellas. Es sabido que nos mostramos más indulgentes con los pecadores que no tienen conciencia de sus actos. Pero en modo alguno obra así la naturaleza. Los castiga con la misma dureza que si hubieran cometido la falta a conciencia. Así tenemos -como en su tiempo señaló Drummond97 -que es precisamente la gente muy piadosa la que, inconsciente de esas cualidades suyas, muestran un carácter especialmente infernal que la hace insoportable a sus prójimos. La gloria de una santidad puede propagarse muy lejos y, sin embargo, la convivencia con el santo ocasiona un complejo de inferioridad y hasta una violenta irrupción de inmoralidad en individuos de más pobres atributos morales. La moral parece un don igualable en este respecto con la inteligencia. No es posible inculcarla sin perjuicio de un sistema al que no le es congénita.

Es, por desgracia, innegable que considerado en forma total, el hombre es menos bueno de lo que se figura o desea ser. A todo individuo síguele una sombra% , y cuanto menos se halle ésta materializada en su vida consciente, tanto más oscura y densa será98. El que es consciente de una inferioridad, tiene siempre la posibilidad de corregirla. Esta inferioridad encuéntrase también en continuo contacto con otros intereses, de modo que siempre se halla sometida a modificaciones. Pero si se encuentra reprimida y aislada de la conciencia nunca es corregida. Además, existe el riesgo de que, en un momento de descuido, lo reprimido estalle súbitamente. De todos modos, constituye un obstaculo inconsciente que hace fracasar los empeños mejor intencionados.



Con nosotros llevamos nuestro pasado, es decir, al hombre primitivo e inferior, con sus apetitos y emociones, y tan sólo nos es dable librarnos de este peso mediante un esfuerzo enorme. En los casos de neurosis enfrentamos siempre una sombra considerablemente aumentada. Y si se quiere curarla, antes habrá que encontrar un lugar donde la personalidad consciente, y la sombra puedan convivir.

Constituye éste un serio problema para todo el que se halle en tal desagradable situación, o deba auxiliar a los enfermos a retornar a la vida normal. La mera supresión de la sombra no es remedio alguno, como tampoco lo es la decapitación en caso de dolor de cabeza. Tampoco sirve de ayuda la destrucción de la moral de un hombre, porque ello antes mataría a su "sí mismo", sin el cual ni la sombra tiene sentido. La reconciliación de estos contrastes es uno de los más importantes problemas que -inclusive en la antiguedad- ocupó a ciertos espíritus. Así sabemos que una -por lo demás legendaria- personalidad del siglo II, Carpócrates99, filósofo neoplatónico cuya escuela -según el relato de Ireneo- defendió la doctrina de que el bien y el mal no son sino meras opiniones humanas y que, por lo contrario, antes de la muerte, las almas debían conocer hasta las heces todo lo humanamente experimentable, a no ser que quisieran volver a caer en la prisión del cuerpo. El alma, por decirlo así, podría redimirse de su arresto en el mundo somático del demiurgo únicamente mediante la perfecta satisfacción de todas las exigencias vitales. La existencia corpórea -tal como se da- es una suerte de hermano hostil cuyas condicianes deben observarse en primer lugar. Los carpocracianos interpretaron en este sentido a San Lucas, XII, 58 s. (res. San Mateo, V. 25 s.): "Pues cuando vas al magistrado con tu adversario, procura en el camino librarte de él; no sea que te arrastre al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allá, hasta que hayas pagado hasta el último maravedí". En conexión con otra doctrina de los gnósticos, según la cual nadie puede ser salvado de un pecado no cometido, advertimos aquí (no importa que esté oscurecido por el antagonismo cristiano) un problema de alcance sumo, planteado por los filósofos neoplatónicos. En la medida en que el hombre está somáticamente comprometido, el "adversario" no es otra cosa que el "otro dentro de mí". Es evidente que el pensar de los carpocracianos remata en el siguiente pasaje de Mateo, V. 22 ss: "Pero yo os digo, que cualquiera que se enojare consigo mismo, será culpado del juicio; y cualquiera que dijere, a sí mismo, Necio, será culpado del consejo; y cualquiera que dijere, Fatuo, será culpado del infierno del fuego. Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tienes algo contra ti mismo, deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad contigo mismo, y entonces ven y ofrece tu presente. Concíliate contigo mismo presto, entre tanto que estás con él en el camino; porque no acontezca que mismo te entregues al juez", etc. No dista mucho de este conjunto de problemas la palabra no canónica del Señor: "Cuando tú sabes qué es lo que haces, bienaventurado eres; pero cuando no sabes qué es lo que haces, condenado eres" 100. y muy próximo se halla el símil del administrador injusto (Lucas, XVI), que, desde varios aspectos, constituye una "piedra de escándalo". “Et laudavit Dominus villicum iniquitatis, quia prudenter fecisset”. “Prudenter” corresponde a “phronimos” del texto primitivo, que quiere decir: "considerado, sensato, razonable". Es innegable que aquí la razón aparece como una instancia de decisión ética. Es posible que en contra de Ireneo se les conceda a los carpocracianos esta comprensión, suponiendo que también ellos, a semejanza del administrador injusto, meritoriamente sabían salvar las apariencias. Es natural que, con su mentalidad más robusta, los padres de la Iglesia no supieran apreciar la fineza y valor de este argumento sutil y, desde el punto de vista moderno, singularmente práctico. Es un problema vital, mas también peligroso, y éticamente el más delicado de la civilización moderna, que ya no sabe ni comprende por qué la vida del hombre, en un sentido más elevado, debería ser un sacrificio. El hombre puede vivir cosas asombrosas, con tal que tengan sentido para él. Mas crear tal sentido es lo difícil. Naturalmente, debe tratarse de una convicción; pero ocurre que las cosas más persuasivas de que es capaz el hombre son todas medidas con vara idéntica y valen demasiado poco para también socorrerle con eficacia contra sus deseos y miedos personales.

Si las tendencias reprimidas de la sombra no fuesen más que malas, no habría problema alguno. Pero, de ordinario, la sombra es tan sólo mezquina, prmitiva, inadecuada y molesta, y no absolutamente mala. Asimismo contiene propiedades pueriles o primitivas que en cierto modo vivificarían y embellecerían la existencia humana; mas choca uno con las reglas tradicionales. El público culto -flor y nata de nuestra civilización actual- hállase un tanto separado de sus raíces y envías de perder su conexión con la tierra. En la actualidad son contados los países civilizados cuyas capas de población inferiores no se encuentran en un inquieto estado de conflictos de opinión. En muchas naciones europeas este temple apoderáse también de las capas superiores. Tal estado de cosas exhibe, en escala aumentada, nuestro problema psicológico, pues las colectividades no son sino acumulaciones de problemas individuales. Una parte se identifica con el hombre superior, y no puede descender, en tanto la otra, identificada con el hombre inferior, desea asomar a la superficie.


Catálogo: libros-Jung


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