Psicología y religión


parte de la historia del espíritu. Podría decirse con las palabras de un poeta clásico: "Que expulses la naturaleza en la horca y, sin embargo, volverá"



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Sobra subrayar que el paciente ignoraba esta parte de la historia del espíritu. Podría decirse con las palabras de un poeta clásico: "Que expulses la naturaleza en la horca y, sin embargo, volverá".

Era idea de estos viejos filósofos el que Dios se reveló primero en la creación de los cuatro elementos. Estos fueron simbolizados con las cuatro partes del círculo. Así leemos en un tratado cóptico del Codex Brucianus62 acerca del Hijo Unigénito (Monogenés o Anthropos): "Es éste mismo que vive en la mónada, la cual se halla en el setheus (Creador) y provino de un lugar del cual nadie puede decir dónde se encuentra... De él vino la mónada, a la manera de un barco cargado con todas las cosas buenas, y a la manera de un campo, lleno o poblado de todas las especies de árboles, y a la manera de una ciudad colmada de todas las razas de la humanidad... en su velo que la envuelve como un muro de protección hay doce portones... la misma es la ciudad-natal (metrópolis) del Hijo Unigénito". En otro pasaje, el ánthropos mismo es la ciudad y sus miembros son los cuatro portones. La mónada es una chispa luminosa (spinther), un átomo de la divinidad. El monogenés es imaginado como si se hallara parado sobre una tetrápeza, una plataforma sostenida por cuatro pilares, correspondientes a la cuaternidad cristiana representada por los evangelistas, o al tetramorfo, la caballería simbólica de la iglesia, consistente en los símbolos de los cuatro evangelistas, el ángel, el águila, el buey y el león. La analogía con la Nueva Jerusalén de la Revelación tampoco parece fuera de lugar.

La división en cuatro, la síntesis del cuatro, la aparición maravillosa de los cuatro colores y las cuatro frases de la obra: la nigredo, dealbatio, rubefactio y citrinitas constituyen una preocupación constante de los viejos filósofos63. El cuatro simboliza las partes, las cualidades y los aspectos de lo Uno. ¿Mas por qué hubo de repetir mi paciente estas viejas especulaciones?.

Lo ignoro. Sólo sé que en modo alguno se trata de un caso aislado. Muchos otros sujetos observados por mí o por mis colegas han producido, espontáneamente, el mismo simbolismo. No quiero decir, claro está, que éste se originó hace tres o cuatro siglos. Por entonces sólo se discutió particularmente el asunto; la idea es mucho más vieja que la Edad Media, según demuestran el Timeo o Empédocles. Tampoco constituye una herencia clásica o egipcia, pues podemos encontrarla asimismo en lugares bien diversos de la tierra. Piénsese, por ejemplo, en la enorme importancia que los indios adjudican a la cuaternidad64.

Si bien el cuatro es un símbolo antiquísimo, probablemente prehistórico65, invariablemente relacionado con la idea de una divinidad creadora del mundo, sorprende observar que el hombre moderno difícilmente lo interpreta así cuando se le presenta en la actualidad. Siempre ha acuciado muy especialmente mi interés ver cómo la misma gente interpreta este símbolo cuando se la abandona a sus propias ocurrencias y no están enterados de su historia. Por eso me he cuidado mucho de no influir con mis opiniones y, por regla general, he encontrado que, según su modo de ver, simboliza a ellos mismos o, más bien, algo de ellos mismos. Lo sentían como algo que les pertenecía muy íntimamente, como una especie de fondo creador y como un sol dador de vida en las honduras de lo inconsciente. Aunque no era nada difícil advertir que ciertas representaciones mandálicas a menudo eran casi una repetición de la visión de Ezequiel, muy contadas veces ocurrió que se conociera la analogía, aun cuando la gente tuviera conocimiento de la visión; conocimiento -dicho sea de paso- muy raro en la actualidad. Lo que casi cabría denominar una ceguera sistemática es, simplemente, el efecto del prejuicio de que la divinidad se halla fuera del hombre. Si bien este prejuicio es exclusivamente cristíano, ciertas religiones no lo comparten en absoluto. Por el contrario, a semejanza de ciertos místicos cristianos, insisten en la identidad esencial de Dios y hombre, ya en forma de una identidad a priori, ya como una meta alcanzable mediante ciertos ejercicios o iniciaciones, como las conocemos, por ejemplo, por las Metamorfosis de Apuleyo, para no mentar ciertos métodos yogas.

La aplicación del método comparativo muestra, de un modo inconcuso, que la cuaternidad es una representación más o menos directa de un Dios que se manifiesta en su creación. Por eso podríamos concluir que el símbolo espontáneamente producido en los sueños de los hombres modernos, mienta una cosa parecida: el Dios interno. A pesar de que por lo regular la gente no repara en esta analogía, nuestra interpretación es muy probablemente acertada. Si tomamos en consideración que la idea de Dios es una hipótesis "no científica", resultará fácil comprender por qué los hombres olvidaron pensar en este sentido. Y aun cuando tengan cierta fe en Dios, rechazarían la idea del Dios interior debido a su educación religiosa que, tildándola de "mística", siempre despreció esta idea. Sin embargo, es precisamente esta idea "mística" la que se impone a la conciencia a través de sueños y visiones. Al igual que mis colegas yo mismo he visto tantos casos que desarrollaron idénticas clases de simbolismos, que resulta imposible ya cuestionar su existencia. Además, mis observaciones remóntanse al año 1914, y he esperado catorce años antes de mencionarlas en una publicación.

Incurriría en error lamentable quien estimase mis observaciones como una suerte de demostración de la existencia de Dios. Ellas sólo demuestran la existencia de una imagen arquetípica de la divinidad y, en mi entender, esto es todo cuanto es dable afirmar psicológicamente acerca de Dios. Pero como es un arquetipo de gran significado y de poderosa influencia, su existencia relativamente frecuente parece constituir un hecho digno de consideración para toda teología natural. Como la vivencia de ese arquetipo a menudo tiene, en alto grado, la cualidad de lo numinoso, le corresponde la categoría de experiencia religiosa.

No puedo menos que llamar la atención acerca del hecho interesante de que en tanto la fórmula de lo inconsciente representa una cuaternidad, el simbolismo cristiano central es una trinidad. Cierto que, en rigor, la fórmula cristiana ortodoxa no es del todo completa, por cuanto carece del aspecto dogmático del principio malo de la Trinidad que, sin embargo, en la persona del diablo lleva una existencia separada de índole más o menos incierta. Sea como fuere, la Iglesia Católica no excluye, al parecer, una relación íntima del diablo con la Trinidad. Respecto a esta cuestión una autoridad católica66 se expresa del siguiente modo: "La existencia de Satanás, empero, no puede comprenderse sino partiendo de la Trinidad" 67. "Toda discusión teológica del diablo que no se refiera a la conciencia trinitaria de Dios constituye un desacierto con relación a la verdadera realidad" 68. Según esa concepción, el diablo tiene personalidad y libertad absoluta. De ahí que pueda ser el verdadero y personal "adversario de Cristo". "En esto se nos revela una nueva libertad de la naturaleza de Dios: por libertad tolera a su lado al diablo y permite que su reino exista para siempre". "La idea de un diablo poderoso es incompatible con la representación de Jehová. Pero no ocurre lo propio con la representación trinitaria. En el secreto del Dios tripersonal revélase una nueva libertad divina en las profundidades de su ser, que posibilita también la idea de un diablo personal junto a Dios y contra él" 69. Por lo tanto, el diablo tiene una personalidad autónoma, libertad y eternidad, y posee estas propiedades metafísicas en común con la divinidad, en tal forma que

hasta puede existir contra Dios. Según ello, no es posible negar ya que sea católica la idea de la relación del diablo con la Trinidad y aún su pertenencia (negativa) a ésta.

El incluir al diablo en la cuaternidad no es, en absoluto, una especulación moderna o un inaudito producto de lo inconsciente. En un filósofo de la naturaleza y médico del siglo XVI, el Dr. Gerardus Dorneus, encontramos una larga exposición en la que contrapónese el símbolo de la Trinidad al de la cuaternidad, atribuyéndose la última al diablo. Dorneus rompe con toda la tradición cuando, de modo rigurosamente cristiano, sostiene el punto de vista que el tres es lo Uno y no el cuatro, que alcanza su unidad en la quinta esencia. Conforme a este autor, la cuaternidad es, de hecho, “diabolica fraus” (engaño del diablo). Así, opina que el diablo, en la caída de los angeles, decidióse por la región cuaternaria y elemental (in quaternariam et elementariam regionem decid). Trae también una minuciosa descripción de la operación simbólica mediante la cual el diablo creó la "serpiente doble (dualidad) de los cuatro cuernos (cuaternidad)". En rigor, la dualidad es el diablo mismo, el “quatricornutus binarius”70 (el binario de los cuatro cuernos).

Dado que un dios idéntico al hombre individual significa un supuesto harto complejo, lindante con la herejía71 , también el "Dios interior" constituye una dificultad dogmática. Pero Ia cuaternidad tal como es producida por la psique moderna, remite, en forma muy directa, no solo al Dios interior sino también a la identidad de Dios con el hombre. Hay aquí, en contraposición con el dogma, cuatro aspectos, y no tres. Fácil sería concluir que el cuarto representa al diablo. Si bien tenemos la palabra del Señor, que dice: "Yo y el Padre somos uno. Quien me ve a mí, ve al Padre", estimaríase una blasfemia o una locura hacer hincapié en la humanidad dogmática de Cristo en grado tal que el hombre mismo se identificara con Cristo y su homoousia (identidad esencial) 72. Mas parece que el símbolo natural se refiere preclsamente a esto. Por ello, desde el punto de vista ortodoxo podría calificarse la cuaternidad natural de “diabolica fraus”, y la principal prueba de ello residiría en la asimilación del cuarto aspecto, que representa la parte condenable del cosmos cristiano. Entiendo que la Iglesia debe rechazar todo intento de considerar seriamente tales resultados. E inclusive es posible que deba reprobar toda tentativa de reconciliación con esas experiencias, pues no le es dable permitir que la naturaleza reúna lo que ella separó. La voz de la naturaleza percíbese claramente en todas las vivencias vinculadas con la cuaternidad, y esto da lugar a todas las viejas sospechas frente a cuanto -aunque sea muy remotamente- recuerde lo inconsciente. El estudio científico de los sueños es la vieja oniromancia con ropaje nuevo, de ahí que acaso sea él tan condenable como las otras artes "ocultas". En los tratados alquimistas se nos dan rasgos muy parecidos a los del simbolismo onírico, y unos y otros son igualmente heréticos 73. Parece que esto constituía una razón esencial para mantener en secreto todos estos conceptos, encubriéndolos con metáforas protectoras74. Los enunciados simbólicos de la vieja alquimia proceden del mismo inconsciente que los sueños modernos, y en ellos se revela, en forma parecida, la voz de la naturaleza.

Si aún viviéramos bajo las condiciones medievales, época de pocas dudas acerca de los problemas últimos y en que toda historia universal comenzaba con el Génesis, fácil nos resultaría dejar de lado los sueños y cosas parecidas. Desgraciadamente, vivimos en condiciones modernas, que nos hacen parecer cuestionable cuanto de esencial se diga acerca del hombre; en las cuales existe una prehistoria de prodigiosa extensión y en las que la gente tiene plena conciencia de que, si existe una experiencia numinosa, ésta es propia de la psique. No podemos figurarnos ya un empireo que gira alrededor del trono de Dios y, ni en sueños, buscaríamos a Dios en algún lugar más allá del sistema de la Vía Láctea. Pero nos parece como si el alma humana escondiera secretos, en razón de que para el empírico toda experiencia religiosa consiste en un especial estado anímico. Si queremos averiguar algo con respecto al significado de la experiencia religiosa para quienes la tienen, bríndasenos en el presente una oportunidad óptima para estudiarla en toda forma imaginable. Y si significa algo para quienes la tienen, este algo es: "todo". Tal es, al menos la ineludible conclusión a que se arriba en el estudio cuidadoso de las pruebas. Inclusive cabría definir la experiencia religiosa como aquella caracterizada por la valoración suma, haciendo caso omiso de todos sus contenidos. La actitud espiritual del hombre moderno, bajo el veredicto de “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la iglesia no hay salvación alguna), se dirigirá al alma como a una esperanza última. ¿En qué otra parte se podría encontrar la experiencia?. La respuesta será aproximadamente de la índole descrita por mí. La voz de la naturaleza contestará, y todos los que se preocupen del problema espiritual del hombre enfrentarán nuevas cuestiones desconcertantes. A causa del desamparo espiritual de mis pacientes me he visto obligado a hacer el serio intento de comprender por lo menos algunos de los símbolos producidos por lo inconsciente. Como llevaría demasiado lejos entrar en los pormenores, tanto de las consecuencias intelectuales como de las éticas, he de contentarme aquí con la simple mención del hecho.

Las principales figuras simbólicas de una religión son siempre la expresión de las especiales actitudes morales y espirituales que le son inherentes. Cito, por ejemplo, la cruz y sus diferentes significados religiosos. Otro símbolo principal lo constituye la Trinidad. Posee carácter exclusivamente masculino; sin embargo, el inconsciente lo transforma en una cuaternidad que es, a la vez, unidad, así como las tres personas de la Trinidad son uno y el mismo Dios. Los antiguos filósofos de la naturaleza representaron la Trinidad -en cuanto estaba “imaginata in natura” (representada en la naturaleza)- como las tres asómata o “spiritus” o “volatilia”, a saber: el agua, el aire y el fuego. La cuarta parte integrante era el sómaton, la tierra o el cuerpo. Esta última parte, simbolizábanla por la Virgen75. De este modo, a su trinidad física agregaron el elemento femenino, creando así la cuaternidad o el círculo cuadrado, cuyo símbolo era el rebis hermafrodita76, el filius sapientiae (hijo de la sabiduría). Con el cuarto elemento los filósofos medievales de la naturaleza referíanse, sin duda alguna, a la tierra y a la mujer. Al principio del mal no se lo mencionaba abiertamente; sin embargo, aparecía en la cualidad venenosa de la prima materia, así como en otras alusiones. En los sueños modernos la cuaternidad es una creación de lo inconsciente. Según expliqué en el primer capítulo, el inconsciente a menudo se halla personificado por el anima -una figura femenina-. Al parecer, el símbolo de la cuaternidad proviene de ella, que sería, entonces, la matrix, la tierra madre de la cuaternidad, una teotokos o madre de Dios, del mismo modo que se consideró a la tierra como madre de Dios. Pero como la mujer, al igual que el mal, queda excluída de la divinidad en el dogma de la Trinidad, el elemento del mal constituiría también una parte del símbolo religioso, si el último fuese una cuaternidad. No demanda ningún esfuerzo especial a la fantasía adivinar la amplia consecuencia espiritual de este simbolismo.

Capítulo III
HISTORIA Y PSICOLOGIA DE UN SIMBOLO NATURAL
No querría defraudar la curiosidad filosófica, mas prefiero no perderme en una discusión de los aspectos éticos e intelectuales del problema planteado por el símbolo de la cuaternidad. Su importancia psicológica es por cierto notable, sobre todo desde el punto de vista práctico. Es verdad que no nos ocupamos aquí de la psicoterapia sino del aspecto religioso de ciertos fenómenos psíquicos, pero quisiera puntualizar que fue la investigación psicopatológica el objetivo que me indujo a exhumar símbolos y figuras históricas de sus tumbas polvorientas77. En mi época de joven psiquiatra no tenía la más mínima idea de que alguna vez haría yo algo así. Y no tomaré a mal si alguien encuentra que esta larga exposición en torno al símbolo de la cuaternidad, el circulus cuadratus y los intentos heréticos de completar el dogma de la Trinidad, son demasiado rebuscados y tratados con desmedida morosidad. No obstante, todo mi discurso acerca de la cuaternidad no constituye, en rigor, sino una introducción larnentablemente breve e insuficiente a la última parte (remate de toda la cuestión) del caso elegido por mí a guisa de ejemplo.

Muy al comienzo de nuestra serie onírica aparece ya el árculo. Toma, verbigracia, la forma de una serpiente que circunscribe un círculo alrededor del soñador78. En sueños ulteriores se presenta como un reloj, como un círculo con punto central, como blanco redondo para ejercicios de tiro, como reloj que representa un aparato de movimiento perpetuo, como pelota, como bola, como mesa redonda, como fuente, etc. Aproximadamente hacia el mismo tiempo el cuadrado adopta también la forma de plaza o jardín cuadrangular con un surtidor en el medio. Poco más tarde, el cuadrado aparece en conexión con un movimiento circular79: gente que se pasea dentro de un cuadrado; una ceremonia mágica (la transformación de animales en seres hurnanos) se lleva a cabo en un ambiente de forma cuadrangular en cuyos rincones se hallan cuatro víboras, y hay gentes que circulan alrededor de los cuatro rincones; el soñador viaja en un taxi alrededor de una plaza cuadrangular; una celda cuadrangular: un cuadrado vacío que gira, etc. En otros sueños, el círculo se halla representado por la rotación: por ejemplo, cuatro niños llevan un "anillo oscuro" y marchan describiendo un círculo. El círculo aparece también combinado con la cuaternidad, como fuente de plata con cuatro nueces en los cuatro puntos cardinales, o como mesa con cuatro sillas. El centro parece especialmente acentuado. Está simbolizado por un huevo en el centro de un anillo; por una estrella formada por un destacamento de soldados; por una estrella que gira en círculo, representando los cuatro puntos cardinales y las cuatro estaciones del año; por el polo; o por una piedra preciosa, etc.

Finalmente, todos estos sueños remataron en una imagen que se presentó al paciente como impresión visual repentina. En varias oportunidades había percibido ya semejantes imágenes o visualizaciones fugaces, mas esta vez se trató de una vivencia sumamente impresionante. Según dice él mismo: "Fue una impresión de la armonía más sublime". En un caso así no importa en absoluto cuál es nuestra impresión o qué es lo que pensamos nosotros acerca del asunto. Sólo cuenta lo que experimenta el sujeto. Es su experiencia, y si ella ejerce una influencia esencial sobre su estado, todo argumento en contra es inútil. El psicólogo no puede sino tomar nota del hecho y, con tal que se sienta a la altura de la tarea, puede asimismo tratar

de comprender por qué esta visión obró sobre esa persona justamente en tal forma. La visión constituyó un momento crítico en el desarrollo anímico del paciente.

He aquí el texto literal de la visión:

"Es un círculo vertical y otro horizontal con punto central común. Este es el reloj del universo. Lo lleva el pájaro negro80.

"El círculo vertical es un disco azul de margen blanco, dividido en 4 X 8 = 32 partes; encima de él gira una manecilla.

"El círculo horizontal está formado de cuatro colores. Sobre él hállanse parados cuatro hombrecitos con péndolas, y alrededor de él se encuentra el anillo, anteriormente oscuro y ahora de oro (que antes fué llevado por los cuatro niños).

El "reloj" tiene tres ritmos o pulsos:

"El pulso pequeño: la manecilla del círculo vertical azul adelanta 1/32.

"El pulso mediano: una rotación entera de la manecilla. Simultáneamente, el círculo horizontal adelanta 1/32.

"El pulso grande: 32 pulsos medianos constituyen una vuelta del anillo de oro".

La visión reúne todas las alusiones de los sueños anteriores. Parece un intento de lograr un conjunto significativo que agrupe los símbolos fragmentarios de antes, que por entonces fueron caracterizados como círculo, bola, cuadrado, rotación, reloj, estrella, cruz, cuaternidad, tiempo, etc.

Naturalmente, es difícil comprender por qué esta figura abstracta es capaz de producir un sentimiento de "la armonía más sublime". Pero si pensamos en los dos círculos del Timeo de Platón y en la armoniosa forma esférica de su alma del mundo, tal vez nos resulte posible dar con el camino para esa comprensión. Además, el concepto de "reloj del universo" evoca la antigua concepción de la musical armonía de las esferas. Por lo tanto, trataríase de una especie de sistema cosmológico. Si fuera una visión del firmamento y de su rotación silenciosa, o del movimiento acompasado del sistema solar, fácil sería para nosotros comprender y apreciar la armonía perfecta de la imagen. También nos es dable admitir que la visión platónica del cosmos se vislumbra vagamente a través de la niebla de una conciencia de carácter onírico. Pero hay en esta visión algo que no concuerda enteramente con la perfección armoniosa de la imagen platónica. Los círculos son diferentes en cuanto a su naturaleza. No sólo difieren en su movimiento, sino también en su color. El círculo vertical es azul, y el horizontal, que contiene cuatro colores, tiene color de oro. Es muy verosímil que el círculo azul simbolice el hemisferio del firmamento, y que el círculo horizontal represente el horizonte con los cuatro puntos cardinales personificados por los cuatro hombrecitos y caracterizados por los cuatro colores. (En un sueño anterior los cuatro puntos fueron representados en una ocasión por cuatro niños, y en otra por las cuatro estaciones del año). Esta imagen de inmediato nos recuerda las representaciones medievales del mundo en forma de un círculo o en la figura del Rey de la Gloria con los cuatro evangelistas o la melotesia81, en la que el horizonte está formado por el zodíaco82. La representación de Cristo triunfante parece guardar parentesco con imágenes parecidas de Horus y sus cuatro hijos. También en Oriente encontramos analogías: en los mandalas o círculos budistas, casi siempre de origen tibetano. Por regla gencral, consisten en un padma o loto redondo que contiene un edificio sagrado de forma cuadrangular y con cuatro portones que aluden a los cuatro puntos cardinales y a las estaciones del año. En el centro hállase un Buda o, con más frecuencia la unión de Siva con su Sacti o un equivalente símbolo de dorje (belemnita) 83. Son yantras o instrumentos rituales que sirven para la contemplación y la transformación final de la conciencia del yoga en la divina conciencia del todo84.

Por muy evidentes que sean, estas analogías, no satisfacen enteramente, por cuanto todas acentúan en tal forma el centro que parecen servir a la exclusiva finalidad de destacar la importancia de la figura central. En nuestro caso, empero, el centro está vacío. No consiste sino en un punto matemático. Los símiles citados retratan a la divinidad que crea el mundo o que lo domina, o también al hombre en su dependencia de las constelaciones divinas. Mas nuestro símbolo es un reloj que representa al tiempo. La única analogía de este símbolo la constituye, que yo sepa, el horóscopo. También éste tiene cuatro puntos cardinales y un centro vacío. Otra singular correspondencia es la del movimiento de rotación, mencionado en los sueños anteriores y casi siempre descrito como de paso izquierdo. El horóscopo tiene doce casillas, cuya numeración se efectúa en el sentido opuesto al de las manecillas del reloj.


Catálogo: libros-Jung


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