Psicología y religión



Descargar 341.5 Kb.
Página5/13
Fecha de conversión03.12.2017
Tamaño341.5 Kb.
Vistas445
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13

En nuestro paciente, el muro de protección católico habíase derribado mucho antes de haber visto yo el caso. Si le hubiera aconsejado que se confesara, o algo parecido, habríase reído de mí, como se reía de la teoría sexual, que tampoco era preciso sostener ante él. Pero en todas las oportunidades hacíale notar que yo estaba por entero del lado de la voz, a la que reconocía como una parte de su futura personalidad más amplia, destinada a librarle de su actitud unilateral.

Para cierta mediocridad intelectual –caracterizada por un racionalismo ilustrado- una teoría científica que simplifique las cosas constituye un excelente recurso de defensa, debido a la inquebrantable fe del hombre moderno en todo cuanto lleve la etiqueta de "científico". Tal rótulo de inmediato tranquiliza el entendimiento, con resultados casi tan buenos como los de “Roma locuta causa finita”. En mi opinión, desde el punto de vista de la verdad psicológica, toda teoría científica, por sutil que sea, posee en sí menos valor que el dogma religioso, y ello por el simple motivo de que una teoría es por fuerza abstracta y exclusivamente racional, al paso que el dogma expresa por su imagen una totalidad irracional. Este método garantiza una reproducción sobremanera mejor de un hecho tan irracional como la existencia psíquica. Además, el dogma debe su existencia y su forma, por un lado, a las experiencias de la "gnosis" 37 -llamadas inmediatas y reveladas, como, por ejemplo, el Hombre-Dios, la cruz, la partereogénesis, la Inmaculada Concepción, la Trinidad, etcétera-, y por otro a la ininterrumpida colaboración de muchos espíritus y siglos. Acaso no resulte del todo clara la razón por la que denomino ciertos dogmas "experiencias inmediatas", dado que un dogma es en sí mismo precisamente lo que excluye la experiencia "inmediata". Mas hay que tomar en cuenta que las imágenes cristianas a que he hecho referencia, no son exclusivas del cristianismo (si bien éste les ha dado un desarrollo y una perfección de sentido que apenas admiten parangón con las de otras religiones). Con idéntica frecuencia encontramos estas imágenes en religiones paganas y, además, con todas las variaciones posibles, pueden reaparecer espontáneamente en forma de fenómenos psíquicos -tal como en un pasado remoto habían provenido de visiones, sueños y estados hipnóticos. Esas ideas no fueron inventadas nunca; nacieron cuando la humanidad no había aprendido aún a emplear el espíritu como actividad que se ajusta a fines. Antes de que los hombres aprendieran a producir pensamientos, les vinieron los pensamientos. No pensaron, sino que percibieron su función espiritual. El dogma se asemeja a un sueño que refleja la actividad espontánea y autónoma de la psique objetiva, de lo inconsciente. Semejante expresión de lo inconsciente constituye un arbitrio de protección contra nuevas experiencias inmediatas harto más eficaz que una teoría científica. Esta última ha de descuidar los valores afectivos de la experiencia; y, justamente en este aspecto, el dogma es, por el contrario, muy expresivo. Una teoría científica pronto es superada por otra; el dogma perdura por siglos incontables. El Hombre-Dios que sufre tiene, por lo menos, 5.000 años; y la Trinidad acaso sea aún más vieja.

El dogma constituye una expresión del alma más completa que una teoría científica, pues esta última sólo es formulada por la conciencia. Además, para la representación de algo vivo, la teoría únicamente puede valerse de conceptos abstractos, en tanto el dogma, sirviéndose de la forma dramática del pecado, de la penitencia, del sacrificio y de la salvación, logra expresar adecuadamente el proceso vivo de lo inconsciente. Desde este punto de vista, no puede sino sorprender que no se haya podido evitar la separación protestante. Mas, como el protestantismo convirtióse en el credo de los germanos, siendo acompañado por la avidez de aventuras, la curiosidad, la sed de conquistas y la desconsideración características de estas tribus, es lícito suponer que su índole especial no armonizaba--al menos a la larga- con la paz de la Iglesia. Parece ser que aún no habían alcanzado el punto de poder soportar un proceso de salvación y someterse a una divinidad que se había manifestado en la grandiosa construcción de la Iglesia. Acaso la Iglesia tenía demasiado del Imperio Romano y de la Pax Romana, al menos para sus energías que -como en el presente- también hallábanse aún poco domesticadas. Tal vez necesitaban una experiencia de Dios inmitigada y menos templada, según suele acontecer con los pueblos aventureros e inquietos, harto jóvenes para cualquier forma de conservatismo o domesticación. De ahí que, unos menos otros más, eliminaran la intercesión eclesiástica entre Dios y el hombre. A consecuencia de la destrucción de los muros de salvaguardia, los protestantes perdieron las imágenes sagradas como expresión de importantes factores inconscientes, y, asimismo, el rito, que desde tiempos inmemoriales ha constituído un camino firme para acomodarse con los poderes insondables de lo inconsciente. Así se liberó gran cantidad de energías, que en seguida fluyó por los viejos canales de la curiosidad y de la sed de conquistas, convirtiendo a Europa en madre de dragones que devoraron casi toda la tierra.

A partir de esos días, el protestantismo se erigió en almácigo de cismas y, a la vez, de un rápido desarrollo científico y técnico que atrajo tan intensamente a la conciencia humana que se echó en olvido las fuerzas insondables del inconsciente. Se necesitaron la catástrofe de la guerra del 14 y las extraordinarias manifestaciones ulteriores de honda conmoción espiritual para que se cuestionase si en verdad estaba todo en su sitio en lo que respecta al espíritu del hombre blanco. Antes del estallido de la conflagración del 14, todos estábamos absolutamente persuadidos de que era posible ordenar el mundo con medios racionales. Ahora presenciamos el cuadro singular de ver estados enteros proclamar la viejísima exigencia de la teocracia, de la totalidad, a la que inevitablemente acompaña la supresión de la libertad de opinión. Volvemos al espectáculo del degollamiento mutuo entre las gentes a causa de teorías pueriles sobre cómo realizar el paraíso en la tierra. No resulta difícil comprender que las potencias del mundo subterráneo -para no decir del infierno-, antes con menor o mayor éxito encadenadas dentro de un gigantesco edificio del espíritu, ahora están creando –o al menos tratando de crear- una esclavitud estatal y una prisión estatal desprovistas de todo encanto anímico o espiritual. No son pocos los hombres que en el presente están convencidos de que la mera razón humana no está verdaderamente a la altura de la enorme empresa de contener la erupción del volcán.

Todo este proceso es destino. No inculparía por ello ni al protestantismo ni al Renacimiento. Mas una cosa tengo por segura: el hombre moderno -no importa si es o no protestante- ha quedado excesivamente falto de protección de los muros de la Iglesia que desde los días de Roma se habían erigido y fortificado cuidadosamente; y debido a esta pérdida, se ha acercado a la zona ígnea destructora y creadora del mundo. La vida se ha vuelto más veloz e intensa y nuestro mundo se ve sacudido e inundado por olas de inquietud y de miedo.

El protestantismo era -y continúa siendo- un gran riesgo y al propio tiempo una gran posibilidad. De avanzar el proceso de su desintegración como iglesia, ello tendrá por resultado que el hombre se verá despojado de todos sus dispositivos de seguridad y medios de defensa espirituales que le resguardan contra la experiencia inmediata de aquellas fuerzas, radicadas en el inconsciente, que aguardan su liberación. ¡Contémplese toda la increíble crueldad de nuestro llamado mundo civilizado, todo ello no tiene más origen que la naturaleza humana y su estado espiritual!. ¡Contémplese los diabólicos medios de destrucción!. Los inventaron señores enteramente inocentes, ciudadanos sensatos y respetados, que son cuántos deseamos. Y si todo esto estalla y se abre un infierno indescriptible de destrucción, nadie será en apariencia responsable. Simplemente, ocurre. Sin embargo, todo es obra de los hombres. Mas como cada uno para sí hállase ciegamente persuadido de no ser más que una mera conciencia, harto humilde y nada importante, que cumple sus tareas y se gana el modesto sustento de la vida, nadie repara en que toda esa masa racionalmente organizada que se llama estado o nación, está empujada por una potencia, al parecer impersonal, invisible, pero horrible, que nadie ni nada pueden contener. Por lo general se intenta explicar esa terrible potencia como el miedo a la nación vecina, a la que se supone impulsada por un demonio mal intencionado. Como nadie puede conocer en qué punto y con cuánta fuerza él mismo está poseído e inconsciente, proyéctase simplemente el propio estado sobre el vecino, y llega a constituirse en un deber sagrado el poseer los cañones más grandes y el gas más venenoso. Y lo peor, es que con razón. Pues, al igual que uno mismo todos los vecinos hállanse poseídos por un miedo incontrolado e incontrolable. Es hecho bien conocido en los manicomios que los enfermos de miedo son harto más peligrosos que los impulsados por la ira o el odio.

El protestante está entregado a Dios sólo. No hay para él ni confesión, ni absolución, ni posibilidad alguna de cumplir una obra de divina expiación. Tendrá que digerir solo sus pecados, y no confía mucho en la gracia divina que, por falta de un ritual adecuado, se ha vuelto inaccesible. A esta situación débese que la conciencia protestante se haya tornado alerta convirtiéndose en una mala conciencia que reúne las desagradables propiedades de una enfermedad perniciosa y que pone a los hombres en estado de malestar. Pero en virtud de ello el protestante disfruta la oportunidad única de conscienzalizar el pecado hasta un grado apenas accesible a la mentalidad católica, que siempre tiene a su alcance la confesión y la absolución que habrá de equilibrar un exceso de tensión. El protestante se halla, en cambio, librado a su tensión, que puede continuar aguzando su conciencia. La conciencia, y muy en particular la mala, utilizada con miras de alcanzar una más elevada autocrítica, puede ser un don divino, una verdadera gracia. Como actividad introspectiva, discriminante, la autocrítica es imprescindible para todo intento de comprender la propia psicología. Cuando se ha incurrido en algo inexplicable, y se pregunta por su causa, requiérese el acicate de la mala conciencia y de su facultad discriminatoria inherente a fin de descubrirla. Sólo así puede el hombre incautarse de los motivos que dominan sus actitudes. El aguijón de la mala conciencia inclusive estimula al descubrimiento de cosas antes inconscientes, y de este modo tórnasele posible al hombre franquear el umbral de su inconsciente y percibir las fuerzas impersonales que lo convierten en instrumento inconsciente del asesino múltiple instalado en su interior. Al protestante que sobrevive a la completa pérdida de su Iglesia y se conserva, empero, protestante, es decir, hombre ante Dios, desamparado y desprotegido por muros o comunidades, bríndasele la posibilidad espiritual de alcanzar la experiencia religiosa inmediata.

No sé si he logrado trasmitir el significado que en mi paciente tenía la experiencia del inconsciente. De todo modos, no se dispone de medida objetiva alguna para evaluar la magnitud de tal experiencia. Hemos de estimarla en el justo valor que tiene para la persona de la experiencia. Acaso nos impresiona el hecho de que ciertos sueños, aparentemente insignificantes, puedan ser de importancia para un hombre inteligente. Pero si no nos es posible aceptar sus afirmaciones al respecto, o si no nos es dable ubicarse en su lugar, más valdría no entrar a juzgar su caso. El genius religiosus es un viento que "sopla donde quiere". No existe punto de Arquímedes alguno desde el cual juzgar, porque no es posible distinguir a la psique de su manifestación. La psique constituye el objeto de la psicología e, infortunadamente, también su sujeto, y esto ha de tenerse muy en cuenta.

Los escasos sueños que elegí a fin de ilustrar lo que designo como "experiencia inmediata", seguramente resultarán muy poco atractivos para una mirada inexperta. No son espectaculares, sino modestos testimonios de una experiencia individual. Se presentarían ciertamente mejor si me fuera dable describirlos dentro de su serie y acompañado por el rico material simbólico que se ha ido acumulando en el transcurso del proceso entero. Mas tampoco la serie onírica entera podría compararse ni en belleza ni en fuerza de expresión con un aspecto cualquiera de una religión tradicional. El dogma es siempre resultado y producto de muchos espíritus y de muchos siglos. Hállase purificado de todo lo extravagante, de todo lo insuficiente y perturbador de la experiencia individual. Ello no obstante, la experiencia individual es, justamente en su pobreza, vida inmediata, cálida sangre roja que pulsa hoy las venas de los modernos. Quien busque la verdad, la encontrará más persuasiva que la mejor de las tradiciones. Y la vida inmediata es siempre individual, pues el individuo es el sustentáculo de la vida. Todo cuando proceda del individuo es, en cierto modo, único y, por ello, pasajero e imperfecto; en especial cuando se trata de productos anímicos espontáneos, como los sueños y otras cosas semejantes. Aun cuando algunos padezcan problemas idénticos a los míos, nadie tendrá los mismos sueños que yo. Pero así como no existe un individuo a tal punto diferenciado que presente un estado en absoluto singular, tampoco hay creaciones individuales de índole absolutamente única. Así como los sueños -y en muy alto grado- están hechos con material colectivo, así en la mitología y en el folklore de diversos pueblos repítense ciertos motivos en forma casi idéntica. A estos motivos los he llamado "arquetipos” 38 : designación con la que significo formas o imágenes de naturaleza colectiva, que se dan casi universalmente como constituyentes de los mitos y, al propio tiempo, como productos individuales autóctonos de origen inconsciente. Los motivos arquetípicos provienen, verosímilmente, de aquellas creaciones del espíritu humano trasmisibles no sólo por tradición y migración sino también por herencia. Esta última hipótesis es ineludible, dada la reproducción espontánea de las imágenes arquetípicas, inclusive las complejas, aun en casos en que no existe posibilidad alguna de tradición directa .

La teoría de las ideas primitivas, anteriormente conscientes, no es, en absoluto, invención mía -según lo demuestra la palabra "arquetipo", que pertenece a los primeros siglos de nuestra era39. Con referencia especial a la psicología, encontramos esta teoría en las obras de Adolf Bastian40 y luego en Nietzsche41. En la literatura francesa, Hubert y Mauss42, y Lévy-Bruhl43 mencionan ideas parecidas. Con mis investigaciones minuciosas no he hecho más que dar fundamento empírico a la teoría de lo que antes solía denominarse ideas primitivas o elementales, “categorías” o “hábitos directores de la conciencia”, etc.44

En el segundo de los sueños arriba tratados, hemos encontrado un arquetipo que aún no he tomado en consideración. Me refiero a la rara disposición cónica de las velas encendidas, formando cuatro pirámides. Esta ubicación destaca el significado simbólico del número cuatro, pues lo hallamos en el lugar del altar o iconostasio, es decir, allí donde esperaríamos encontrar las imágenes sagradas. Como el templo es llamado la "Casa de la Meditación", podremos suponer que este carácter se halla expresado por la imagen o el símbolo que aparece en el sitio de adoración La tetractis (la cuaternidad) -para emplear la expresión de los pitagóricos- refiérese de hecho a la "meditación íntima", según lo muestra con toda claridad el sueño de nuestro paciente. En otros sueños el símbolo se presenta, por lo general, en la forma de un círculo dividido en cuatro partes o conteniendo cuatro partes principales. En otros sueños de la misma serie, el símbolo adopta asimismo la apariencia de un círculo no dividido, de una flor, de una plaza o un espacio cuadrado, de un cuadrado, de una bola, de un reloj, de un jardín simétrico con surtidor en el medio, de cuatro personas en un bote, en un avión o ubicadas alrededor de una mesa, de cuatro sillas que rodean una mesa, de cuatro colores, de una rueda de ocho rayos, de una estrella, de ocho rayos o de un sol, de un sombrero redondo seccionado en ocho partes, de un oso de cuatro ojos, de una celda cuadrangular, de las cuatro estaciones del año, de una fuente que contiene cuatro nueces, del reloj del mundo cuya esfera está dividida en 4 por 8 = 32 partes, etc.45

Esos símbolos de la cuaternidad preséntanse en 400 sueños nada menos que 71 veces. El ejemplo en cuestión no es en este respecto excepcional. He observado muchos otros en que se presentó el cuatro, y en todos los casos el número era de origen inconsciente, o sea que el soñador lo recibió primero por un sueño sin tener idea alguna de su significado ni haber oído hablar jamás del sentido simbólico del cuatro. Naturalmente, si se tratase del tres sería otra cosa, dado que la Trinidad representa un número cuyo reconocido simbolismo es asequible a todos. Pero a nosotros, así como a un hombre de ciencia moderno, el cuatro no le dice más que cualquier otro número. El simbolismo de los números y su historia secular constituyen un campo científico completamente ajeno a los intereses espirituales de nuestro paciente. Si, en tales condiciones, los sueños insisten en la importancia del cuatro, con todo derecho podremos considerarlo de origen inconsciente. En el segundo sueño el carácter numinoso de la cuaternidad hácese evidente. Partiendo de este hecho debemos suponerla dotada de un significado que debemos llamar "sagrado". Como el soñador no es capaz de referir este carácter especial a una fuente consciente, aplico un método comparado a fin de aclarar su sentido simbólico. Naturalmente, dentro del marco de estas conferencias no es posible suministrar una descripción completa de este método comparativo. Debo constreñirme, pues, a meras alusiones.

Dado que muchos de los contenidos inconscientes son, al parecer, residuos de estados históricos del espíritu, hemos de remontarnos sólo unos pocos siglos hasta alcanzar aquella etapa de la conciencia que constituye el paralelo de nuestros sueños. En nuestro caso son apenas trescientos los años que debemos retrotraernos a fin de reunirnos con estudiosos de las ciencias naturales y filósofos de la naturaleza que con toda seriedad discutían el problema de la cuadratura del círculo46. Este insólito problema constituyó, a su vez, una proyección psicológica de cosas harto más viejas e inconscientes. Pero en aquellos días sabíase que el círculo significaba la divinidad: “Deus est figura intellectualis, cujus centrum est ubique, circumferentia vero nusquam” (Dios es la figura intelectual cuyo centro se halla por doquier, y por ninguna parte la circunferencia) -según dijo uno de estos filósofos, repitiendo así a San Agustín. Un hombre tan introvertido e introspectivo como Emerson47, apenas pudo evitar la misma idea y citar, también él, a San Agustín. La imagen del círculo que a partir del Timeo de Platón -autoridad suprema de la filosofía hermética- considérase la forma más perfecta, "fue atribuída también a la sustancia mas perfecta, el oro, y además la anima mundi o anima media natura y a la primera luz creada. Y como el macrocosmos, el gran mundo, fue hecho por su creador en "forma redonda y de globo" 48, aún la más íntima parte del todo, el punto, está dotada de esta naturaleza perfecta. Según dice el filósofo: "La más simple y la más perfecta de todas las figuras es, en primer lugar, la redonda que descansa en el punto" 49. Esta imagen

de la divinidad, que duerme y se esconde en la materia, fue lo que los alquimistas llamaron el primer protocaos o la tierra del paraíso o el pez redondo en el mar50, o el huevo, o, simplemente, lo redondo. Este círculo poseía la llave mágica que abría la puerta cerrada de la materia. Según el Timeo, tan sólo el Demiurgo, el ser perfecto, es capaz de disolver la tetractis, el abrazo de los cuatro elementos51. Dice la Turba Philosophorum -una de las grandes autoridades a partir del siglo XIII- que lo redondo puede disolver el cobre en cuatro52. Así, el tan buscado oro filosófico fue redondo53. Las opiniones dividíanse en punto al procedimiento con el cual sería posible apoderarse del Demiurgo dormido. En tanto unos confiaban en poder atraparle en forma de una materia primaria que contenía una particular concentración o una especie singularmente apropiada de esta sustancia, esforzábanse otros por crear la sustancia redonda mediante una suerte de síntesis, llamada “conjunctio”. El autor anónimo del Rosarium Philosophorum expresábase al respecto: "Haz del hombre y de la mujer un círculo redondo, extrae de él un cuadrado, y un triángulo de éste. Haz redondo el círculo, y recibirás la piedra filosofal" 54.

Esta piedra milagrosa fué simbolizada como un ser vivo perfecto de naturaleza hermafrodita, correspondiente al Esferos de Empédocles, al Eudaimonéstatos Theós y al hombre hermafrodita, redondo como una esfera, de Platón55. Ya a comienzos del siglo XIV, Petrus Bonus comparó al lapis (piedra filosofal) con Cristo, como una “alegoría” 56. Pero en la Aurea Hora -tratado de un Pseudo-Tomás del siglo XIII-, considérase el misterio de la piedra más sublime que los misterios de la religión cristiana57. Menciono estas cosas sólo a objeto de mostrar que para no pocos de nuestros doctos antepasados el círculo o la esfera que contienen el cuatro significaban una alegoría de la divinidad.

De los tratados latinos despréndese también que el Demiurgo latente que duerme y se oculta en la materia es idéntico al llamado hombre filosófico, al segundo Adán58. Este último es el hombre espiritual, superior, el Adán Cadmo que, a menudo, es identificado con Cristo. En tanto el primer Adán era mortal, porque se componía de los cuatro elementos perecederos el segundo Adán es inmortal porque está formado de una esencia pura e imperecedera. Dice el Pseudo Tomás: "El segundo Adán que se compone de elementos puros ha pasado a la eternidad. Por eso, porque consiste de una esencia simple y pura, permanece eternamente" 59. El mismo tratado interpreta como "segundo Adán" la sustancia de la cual habría dicho el viejo maestro Senior que "nunca muere sino que permanece en aumento continuo" 60.

De esas citas se sigue que la sustancia redonda, perseguida por los filósofos, fué una proyección de índole muy parecida a nuestro simbolismo onírico. Disponemos de testimonios históricos que nos demuestran que los sueños, las visiones e inclusive las alucinaciones hallábanse con frecuencia mezclados con el la obra filosófica61. Nuestros antepasados, que aún tenían una constitución espiritual más ingenua, transfirieron sus contenidos inconscientes a la materia. Fácil le resultó a ésta aceptar semejantes proyecciones, ya que por ese entonces constituía un ser casi desconocido e incomprensible, y dondequiera halle el hombre algo enigmático transfiérele sus supuestos, sin la menor autocrítica. Pero hoy, que conocemos bastante bien la materia química, no nos es ya posible hacerle atribuciones con esa misma libertad que nuestros antepasados. Finalmente, debemos admitir que la tetractis es algo psíquico; y todavía no sabemos si, en un futuro más o menos lejano, se probará que asimismo esto es una proyección. Por ahora contentámonos con el hecho de que una idea de Dios -por completo ausente al espíritu consciente del hombre moderno- vuelve a presentarse en una forma que, tres o cuatro siglos ha, era un contenido de la conciencia.


Catálogo: libros-Jung


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos