Psicología y religión



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Capítulo II


EL DOGMA Y LOS SIMBOLOS NATURALES
El primero de estos sueños (el que precede al de la iglesia) refiérese a una ceremonia con la cual se intenta reproducir a un mono. Una explicación suficiente de ese punto demandaría excesivo pormenor. Me reduciré sólo a señalar que el "mono" connota la personalidad instintiva del soñador, descuidada por éste en favor de una actitud puramente intelectualista, cuya consecuencia fué que vencieran sus instintos, acometiéndole de tanto en tanto en forma de estallidos indómitos. La "reproducción" del mono significa la reconstrucción de la personalidad instintiva dentro del marco de la jerarquía de la conciencia -reconstrucción posible sólo cuando la acompañan importantes modificaciones de la actitud consciente. Como es natural, temía las tendencias de lo inconsciente, pues hasta entonces habíansele presentado en su forma más desfavorable. El sueño siguiente, el de la iglesia, constituye un intento de -apelar ante este miedo- al amparo de la religión establecida por una iglesia. El tercer sueño –que alude a la "transformación de animales en seres humanos" - prosigue evidentemente con el tema del primero: el mono es reproducido con el único fin de ser más tarde metamorfoseado en ser humano. El paciente, sería entonces otra persona, lo cual equivale a decir que, mediante la sustitución de su vida instintiva, hasta ahora separada de él, debe someterse a un cambio importante y devenir así un hombre nuevo. El espíritu moderno ha olvidado esas antiguas verdades alusivas a la muerte del viejo Adán, a la creación de un nuevo hombre, al renacimiento espiritual y a otros "absurdos místicos" pasados de moda. Moderno hombre de ciencia, en más de una oportunidad mi paciente sentíase presa de pánico cuando reparaba hasta qué punto tales pensamientos apoderábanse íntimamente de su ser. Temía enloquecer, aunque dos milenios antes los hombres se habrían alegrado sobremanera ante semejantes sueños, en la esperanza de que fueran el anuncio de un renacimiento del espíritu y de una vida renovada. Pero nuestra actitud moderna habla con orgullo de las tinieblas de la superstición y de la credulidad medieval o primitiva, olvidando por completo que con nosotros llevamos todo el pasado, escondido en los sótanos del rascacielos que es nuestra conciencia racional. Sin esos estratos inferiores nuestro espíritu hállase en el aire; no debe sorprendernos, pues, que en tal situación alguien se vuelva nervioso. La verdadera historia del espíritu no se conserva en los libros doctos, sino en el organismo vivo, anímico, de cada individuo.

Sin embargo, debo admitir que la idea de renovación adoptó formas que en verdad podrían resultar chocantes a un espíritu moderno. Efectivamente; si no imposible, es cuando menos difícil hacer concordar aquello que comprendemos por "renacimiento" con la forma descrita en los sueños. Mas antes de ocuparnos de la singular e inesperada transformación a que hemos hecho referencia, debemos aún hablar del otro sueño, claramente religioso, que mencioné arriba.

En tanto que el sueño de la iglesia se halla más bien al comienzo de la larga serie, el siguiente pertenece a los estadios más tardíos del proceso. El texto literal reza así:

"Entro en una casa sumamente solemne, la "Casa de la Meditación". En el fondo hay muchas velas dispuestas en forma especial, de modo que cuatro puntas señalan hacia arriba. Afuera, junto a la puerta de la casa, se encuentra un hombre viejo. Hay gente que entra. No dicen nada y quedan parados, sin moverse, a fin de concentrarse. El hombre de la puerta dice a propósito de los visitantes de la casa: "Tan pronto salgan serán puros". Ahora entro yo mismo en la casa y me puedo concentrar por completo. Entonces una voz dice: Lo que haces, es peligroso. La religión no es el impuesto que debes abonar a fin de poder prescindir de la imagen de la mujer, pues esta imagen es imprescindible. ¡Guay de aquellos que usen la religión a manera de sustituto de otro aspecto de la vida del alma! Están equivocados y se hallarán condenados. La religión no es ningún sustituto, sino que, como última perfección, ha de ser agregada a las otras actividades del alma. De la plenitud de la vida habrás de engendrar tu religión; sólo entonces serás bienaventurado”. Junto con la última frase, pronunciada especialmente fuerte, oigo una música lejana, acordes simples tocados en un órgano. Alguna cosa en ellos me hace recordar el motivo del fuego mágico, de Wagner. Ahora, al salir de la casa, veo una montaña en llamas y pienso que "un fuego que no se puede apagar, es un fuego sagrado".

El paciente está hondamente impresionado por este sueño. Constituye para él una vivencia solemne e importante: una de las que produjeron una profunda transformación de su actitud frente a la vida y a la humanidad.

No resulta arduo ver que este sueño representa un paralelo del sueño de la iglesia; sólo que esta vez la iglesia se convierte en una "Casa de la Solemnidad" y de la "Meditación íntima". No hay alusión alguna a ceremonias ni a otros atributos conocidos de la Iglesia católica, con la única excepción de las velas encendidas, dispuestas en una forma simbólica, acaso proveniente del culto católico25. Forma cuatro pirámides o puntas que, posiblemente, anticipan la visión final de la montaña en llamas. En efecto, el número cuatro aparece con frecuencia en los sueños dal paciente y desempeña un papel de suma importancia. El fuego sagrado se refiere a “Santa-Juana” de Bernard Shaw, según señala el propio sujeto. De otra parte, el fuego que "no se puede apagar" es un bien conocido atributo de la divinidad, mencionado no sólo en el Viejo Testamento sino también como alegoría de Cristo en una sentencia no canónica del Señor que se halla en las Homilías de Orígenes26: "Ait ipse salvator: qui iuxta me est, iuxta ignem est, qui longe est a me, longe est a regno". (Quienquiera está cerca de mí, está cerca del fuego; quienquiera está lejos de mí, está lejos del reino). A partir de Heráclito la vida ha sido representada como un pyraeizoon, es decir, como un fuego eternamente vivo, y

dado que Cristo mismo se caracteriza como "la Vida", compréndese la sentencia no canónica. El símbolo del fuego con el significado de "vida", armoniza con la índole del sueño que destaca que la "plenitud de la vida" es la única fuente legítima de la religión. Así, las cuatro puntas de fuego casi desempeñan la función de un icono que indica la presencia de la divinidad o de un ser parecido, es decir, de igual valor. En el sistema de los Barbelistos, el autogenés (el nacido de sí mismo, o el increado) hállase rodeado de cuatro velas27. Esta extraña figura correspondería asimismo al monogenés de la gnosis copta del Códice Bruciano. También allí el monogenés está caracterizado como símbolo de la cuaternidad.

Según expliqué arriba, el número cuatro cumple en esos sueños un papel destacado y alude siempre a una idea afín con la tetractis de los pitagóricos28.

El cuaternario o la cuaternidad tiene larga historia. No se presenta sólo en la iconología y especulación mistica cristiana29; acaso desempeñe un papel mas significativo aún en la filosofía gnóstica30, y a partir de ésta a través de toda la Edad Media hasta entrar en el siglo XVIII 31.

En el sueño tratado, la cuaternidad se presenta como el más elevado exponente del culto religioso tal como lo había creado lo inconsciente32. En su sueño el paciente entra solo en Ia "Casa de la Meditación", en lugar de hacerlo con un amigo, según ocurre en el sueño de la iglesia. En el interior se encuentra con un hombre viejo, que ya en un sueño anterior habíasele aparecido como el sabio, indicándole en aquella oportunidad un sitio especial de la tierra como apropiado para que viviera allí. El viejo le explica que el culto es un ritual de purificacion. Mas del texto del sueño no se desprende a qué tipo de purificación se refiere o de qué ha de purificarse. El único rito que en verdad ocurre, parece una concentración o meditación que nos lleva al fenómeno extático de la voz.

En esta serie onírica se halla a menudo la voz, haciendo siempre una declaración autoritaria o dando una orden que, o bien exhibe un sorprendente sentido común, o bien constituye una observación de sentido filosófico. Por lo regular trátase de una comprobación definitiva y de ordinario aparece hacia el final de un sueño y, casi invariablemente, es tan clara y convincente que el soñador no halla réplica alguna. Lo que dice la voz tiene, de hecho, carácter de verdad incontrastable, de modo que resulta poco menos que imposible no ver en ello sino la conclusión irrefutable de una prolongada e inconsciente meditación y ponderación de argumentos. A menudo proviene ella de un individuo imperioso, por ejemplo, de un jefe militar o del capitán de un buque o de un viejo médico. Algunas veces trátase simplemente de una voz que, al parecer, viene de la nada. Resultó interesante ver cómo recibió la voz este hombre, intelectual y escéptico. Muchas veces era contraria a su conveniencia y sin embargo la aceptó sin preguntar, e inclusive con humildad. Así, en el curso de varios centenares de sueños, cuidadosamente apuntados, la voz se reveló como representante esencial y aun categórica del inconsciente. Como de ningún modo constituye el paciente el único caso en el cual haya observado el fenómeno de la voz en sueños y en otros estados especiales de conciencia, debo admitir que lo inconsciente suele manifestar una inteligencia y una finalidad superiores a la comprensión consciente de que somos actualmente capaces. Es incuestionable que este hecho observado en un caso cuya actitud espiritual consciente apenas parecía capaz de producir fenómenos religiosos -constituye un fenómeno religioso básico. No raras veces me ha sido dable hacer observaciones parecidas en otros casos, y he de confesar que no puedo formular los hechos de otra manera. Con frecuencia he debido encarar la objeción de que los pensamientos pregonados por la voz no son sino los propios pensamientos del individuo. Tal vez sea así: pero yo tan sólo designaría un pensamiento como mío si lo hubiera pensado yo, así como únicamente consideraría mía una suma de dinero que yo hubiese adquirido consciente y legítimamente. Si alguien me lo hubiese regalado, no le diría ciertamente a mi bienhechor: "Te agradezco mi dinero"; aunque podría decir luego a una tercera persona: "Este dinero me pertenece". En una situación parecida hállome respecto a la voz. La voz me facilita ciertos contenidos, del mismo modo que un amigo me comunicaría sus ideas. Si afirmase que lo que él dice, originariamente y en primer lugar, son mis propias ideas, ello no sería decente, ni correspondería a la verdad, sino que se trataría de un plagio.

De ahí que yo distinga entre lo que he creado o adquirido por mi propio empeño consciente y lo que, clara e inequívocamente, constituye una creación de lo inconsciente. Podría objetarse que lo llamado inconsciente es meramente mi propia psique y que por ende sobra tal discriminación. Mas de ningún modo estoy persuadido de que lo inconsciente sea, en rigor, tan sólo mi psique, pues el concepto de "inconsciente" significa que no tengo conciencia de elló. El concepto de inconsciente es, en verdad, un mero supuesto cómodo33. En realidad, me hallo inconsciente acerca de ello; en otras palabras, no sé ni siquiera dónde se origina la voz. No sólo soy incapaz de producir voluntariamente el fenómeno, sino que tampoco me es posible conocer anticipadamente el contenido del mensaje. En estas condiciones sería una audacia calificar el factor productor de la voz como mi inconsciente o mi espíritu. Por lo menos no sería exacto. El hecho de que percibamos la voz en nuestros sueños no demuestra nada, pues también podemos percibir el ruido de una calle y a nadie se le ocurriría considerar este ruido como suyo propio.

Existe una única condición bajo la cual con toda licitud podríamos llamar nuestra a la voz: cuando suponemos que la personalidad consciente constituye una parte de un todo o es un círculo menor contenido en otro mayor. Un auxiliar de banco que al mostrar a un amigo la ciudad le indicase el edificio donde trabaja diciéndole: "Y éste es mi banco", utilizaría el mismo privilegio.

Podemos suponer que la personalidad humana comprende dos cosas: primero, la conciencia y todo cuanto ésta abarca, y segundo, el amplio fondo indeterminablemente grande que constituye la psique inconsciente. La personalidad consciente es definible con menor o mayor claridad; tratándose de la personalidad humana en su conjunto, hemos de reconocer la imposibilidad de una descripción completa. En otros términos: en toda personalidad hay, inevitablemente, algo adicional, ilimitado e indefinible, puesto que la personalidad muestra una parte inconsciente y observable; ahora bien, a fin de explicar determinados hechos nos vemos obligados a postular ciertos factores no contenidos en dicha parte consciente. Estos factores desconocidos constituyen aquello que designamos como la parte inconsciente de la personalidad.

No podemos penetrar la naturaleza de esos factores, en razón de que sólo nos es dable observar sus efectos. Los suponemos de índole psíquica, semejante a la de los contenidos conscientes, pero,en este respecto, no existe seguridad alguna. Supuesta tal analogía, impónense casi por fuerza algunas inferencias más. Dado que los contenidos anímicos sólo son conscientes y perceptibles en la medida en que se asocian a un ego, sería factible que el fenómeno de la voz, con su carácter decididamente personal, procediera asimismo del centro de un ego, que no sería, empero, idéntico al yo consciente. Tal conclusión será admisible siempre que consideremos al yo subordinado o contenido en un "sí-mismo" (Selbst) superior que constituye el centro de la personalidad psíquica total, ilimitada e indefinible34l .

No soy partidario de argumentos filosóficos que se recrean con las complicaciones inventadas por ellos mismos. Si bien mi planteamiento parece sofístico, representa, cuando menos, una bien intencionada pretensión de formular hechos observados. Verbigracia, podría decirse muy simplemente: dado que no lo sabemos todo, prácticamente toda experiencia, hecho u objeto, involucran algo desconocido. Por consiguiente, si hablamos de la totalidad de una experiencia, el término "totalidad" sólo puede referirse a la parte consciente de la misma. Como no cabe suponer que nuestra experiencia abrace la totalidad del objeto, es claro que la totalidad absoluta de éste necesariamente habrá de contener una parte no experimentada. Esto mismo es válido -según dije antes- para toda experiencia y, asimismo, para la psique,

cuya totalidad absoluta abarca en todos los casos una extensión harto mayor que la conciencia. En otras palabras: la psique no constituye excepción alguna a la regla general según la cual la esencia del universo sólo puede conocerse en la medida permitida por nuestro organísmo psíquico.

La experiencia psicológica invariablemente me ha mostrado que ciertos contenidos proceden de una psique más amplia que la conciencia. Con frecuencia encierran un análisis, una comprensión o un saber superiores al que la conciencia sería capaz de producir. El término apropiado para estos acontecimientos es intuición. Al oírlo, la mayoría de la gente experimenta un sentimiento agradable, como si con él se dijera algo. Pero jamás reparan que la intuición no se hace, sino que, por el contrario, siempre adviene espontáneamente: se tiene una ocurrencia, originada de por sí, y a la que podemos captar sólo cuando le echamos mano con suficiente rapidez.

Por lo tanto, explícome la voz escuchada en el sueño de la casa solemne como un producto de la personalidad más completa -parte de la cual representa la faceta consciente del soñador. Y opino que ahí reside el motivo de que la voz muestre una inteligencia y claridad superiores a la conciencia simultánea del paciente. Esa superioridad explica la autoridad absoluta de la voz.

El mensaje implica una crítica notable a la actitud del soñador. En el sueño de la iglesia intentó éste reunir los dos aspectos de la vida mediante una suerte de compromiso barato. Ya sabemos que la mujer desconocida -el anima- no estaba de acuerdo con ello y desapareció del escenario. En este sueño la voz parece haber ocupado el lugar del anima. Es cierto que no formula una protesta de carácter meramente afectivo, sino que avanza una verdadera explicación, de dos tipos de religión. Prueba ello que el paciente inclínase a usar la religión a manera de sustituto de la "imagen de la mujer", según reza el texto. La palabra "mujer" hace referencia al anima, tal como se desprende de la oración siguiente, donde se alude a la religión utilizada a título de reemplazante del "otro lado de la vida del alma". Conforme expliqué antes, el anima es el "otro lado"; representa la minoría femenina oculta bajo el umbral de la conciencia: a lo inconsciente. La crítica vendría, pues, a decir: "Tú ensayas la religión a fin de huir de tu inconsciente. La usas como sustituto de una parte de la vida de tu alma. Pero la religión es fruto y culminación de la vida conducida a la perfección, de una vida que entraña ambos aspectos".

Una atenta confrontación con otros sueños de esa misma serie denuncia en forma inequívoca qué es ese "otro lado". El paciente de continuo buscaba esquivar sus necesidades afectivas, pues temía que pudieran causarle inconvenientes -- el matrimonio, etc., etc., y enredarle en nuevas responsabilidades, como el amor, la entrega de sí, la fidelidad, la confianza, la dependencia afectiva y, en general, la subordinacion a las exigencias del alma. todo ello era ajeno a la ciencia o a una carrera académica; además, la palabra "alma" sólo significaba una inconsciencia intelectual en la que a todo precio no debía incurrirse.

El "secreto" del anima es la alusión religiosa –gran enigma para mi enfermo que, como es natural, de la religión no sabía sino que era una confesión, y nada más. También sabía que la religión podía ocupar el lugar de ciertas exigencias afectivas desagradables, acaso eludibles mediante la religiosidad. Los prejuicios de nuestra época refléjanse con toda nitidez en los temores del soñador. La voz, por lo demás nada ortodoxa, resulta inclusive chocante en su falta de convencionalismo: toma en serio la religión, la instala en la cumbre de la vida, de una vida con "ambos lados", quebrantando así los más estimados prejuicios intelectualistas y racionalistas. Ello significó para mi paciente tan enorme subversión, que a menudo temía enloquecer. Pues bien, como que conocemos al intelectual adocenado de hogaño y de antaño, nos es dable compadecer su ingrata situación. Tomar en seria consideración la "imagen de la mujer", lo inconsciente, ¡qué fiasco mayúsculo para el ilustrado sentido común! 35

Inicié el tratamiento personal luego de haber examinado su primera serie de aproximadamente 350 sueños. Hacia entonces, sufría una violenta reacción a causa de sus vivencias íntimas. Habría querido escapar de su propia ventura. Pero el hombre, felizmente, poseía “religio”: "tomó en consideración cuidadosa su experiencia", y tenía en relación con sus experiencias, la suficiente pistis o lealtad como para atenerse a ellas y proseguirlas. Poseía la gran ventaja de ser neurótico y, por eso, cada vez que intentaba apartarse de su experiencia o de negar la voz, el estado neurótico reaparecía de inmediato. No pudo "apagar el fuego", y debió finalmente admitir el carácter inconcebiblemente numinoso de su experiencia. Hubo de reconocer que el fuego es inapagable, "sagrado". Fue ésta la conditio sine qua non de su curación.

Tal vez se arguya que se trata de un caso de excepción, en la medida que son excepciones los hombres completos. Es innegable que la enorme mayoría de la gente culta está integrada por personalidades fragmentarias, así como que en reemplazo de los bienes genuinos apélase a una gran variedad de sustitutos. Mas, para este hombre, el ser un fragmento equivalió a una neurosis, y lo mismo ocurre con un amplio número de personas. Lo que corrientemente y por lo general acostúmbrase denominar "religión" representa en tal asombroso grado un sustituto, que me pregunto con toda seriedad si tal religión –a la que yo preferia denominar "confesión"- no desempeñará una importante función en la sociedad humana. El sustituto persigue la finalidad evidente de reemplazar la experiencia inmediata por una selección de símbolos adecuados envueltos en un dogma y ritual firmemente organizados. La Iglesia Católica los sostiene en virtud de su autoridad absoluta; la "Iglesia" protestante (si es permisible emplear aquí el concepto de "iglesia") por su acentuación de la fe en el mensaje de los Evangelios. En tanto ambos principios sean eficaces, los hombres se ven adecuadamente protegidos contra la experiencia religiosa inmediata 36. Y es más; si no obstante ello ocúrreles algo inmediato, pueden acudir a la Iglesia, que está en condiciones de decidir si la experiencia provino de Dios o del diablo, si hay que aceptarla o rechazarla.

En mi profesión he tratado individuos con esa experiencia inmediata que, o no querían someterse a la decisión de la autoridad eclesiástica, o no podían hacerlo. Debí acompañarles a través de sus crisis y violentos conflictos, a través del miedo a la locura, de desequilibrios y de depresiones a un tiempo desesperadas, grotescas y horribles, de modo que estoy plenamente persuadido de la extraordinaria importancia del dogma y del ritual, al menos como métodos de higiene espiritual. Si el paciente es un católico practicante, aconséjole, sin excepción, que se confiese y comulgue para resguardarse contra una experiencia inmediata, acaso superior a sus fuerzas. Con los protestantes la tarea no es de ordinario tan fácil, porque dogma y rito se han decolorado y debilitado tanto que han perdido en alto grado su eficacia. Por lo común la confesión no existe, y los pastores comparten la general antipatía hacia los problemas psicológicos y, por desgracia, también la extendida ignorancia psicológica. El sacerdote católico que hace de consejero, por lo general exhibe mayor habilidad psicológica, y acaso, asimismo una más profunda comprensión. Por otra parte, los pastores protestantes han pasado por el entrenamiento científico de la Facultad de Teología, que con su espíritu crítico mina la ingenuidad de la fe; al paso que en la educación de un sacerdote católico, una grandiosa tradición histórica habitualmente fortalece la autoridad de la institución.

En mi carácter de médico, fácil me resultaría adherir a la llamada creencia "científica", con arreglo a la cual una neurosis no contiene sino sexualidad infantil o afán de poder reprimidos. Mediante tal depreciación de los contenidos anímicos, en alguna medida sería posible resguardar a cierto número de pacientes contra el peligro de las experiencias inmediatas. Pero sé que esta teoría sólo es verdadera en parte; que no penetra más que algunos aspectos de la psique neurótica. Y no puedo decir a mis pacientes nada de lo cual no me halle cabalmente convencido.

Dado que soy protestante, podría ahora observárseme: "Pero también cuando recomienda al católico en cuestión que vea a su sacerdote para confesarse, indica usted algo en que no cree".

A fin de contestar a esa objeción debo señalar antes que -en tanto me es dable evitarlo de algún modo- nunca predico yo mi fe. Si se me pregunta, defiendo, claro esta, mis convicciones, que no van más allá de lo que estimo mi saber. Estoy persuadido de aquello que . Lo restante es hipótesis; por lo demás hay sinnúmero de cosas que puedo abandonar a lo desconocido. Esas últimas no me inquietan. Pero, sin duda alguna, empezarían a preocuparme en cuanto sintiera que debería saber algo a su respecto. Por consiguiente, si un enfermo está persuadido del origen exclusivamente sexual de su neurosis, no contrariaría su opinión, porque sé que tal convencimiento, sobre todo si está hondamente arraigado, constituye una excelente defensa contra el asalto de la terrible ambiguedad de la experiencia inmediata. Mientras esta defensa resulte eficaz, no la derribaré, porque tengo presente que han de existir poderosos motivos para que el paciente se vea constreñido a pensar dentro de tan estrecho círculo. Pero si sus sueños empiezan a socavar la teoría protectora, debo acudir en apoyo de la personalidad más amplia -según lo hice en el caso del sueño que acabo de describir. De idéntico modo, y por el mismo motivo, refuerzo la hipótesis del católico practicante en tanto ella le auxilie. En ambos casos apuntalo un medio defensivo contra un riesgo grave sin entrar en la cuestión académica de si la forma de defensa es algo así como una verdad última. Me contento cuando y mientras obre.


Catálogo: libros-Jung


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