Psicología y religión



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Acaso se piense que he divagado demasiado en torno a la historia del cristianismo sólo para explicar el prejuicio contra los sueños y la experiencia individual. Pero lo dicho bien podría ser una parte de mi conversación con el paciente del carcinoma. Le dije que sería mejor tomar su obsesión seriamente que calificarla de disparate enfermizo. Pero tomarla en serio significaba reconocerla como una suerte de información diagnóstica de que en una psique realmente existente se ha dado un trastorno en forma de excrecencia cancerosa. "¿Pero -me preguntará seguramente- qué puede ser esta excrecencia?". A lo cual contestaré: "No lo sé", porque en verdad no lo sé. Aunque -según mencioné arriba-, es indudable que se trata de una formación inconsciente, compensatoria o complementaria: aún se ignora en absoluto su índole específica o su contenido. Es una exteriorización espontánea de lo inconsciente, en cuya base se hallan contenidos que no se encuentran en la conciencia.

Ahora mi paciente experimenta una aguda curiosidad por saber cómo logro incautarme de esos contenidos que constituyen la raíz de su idea dominante. Entonces -so peligro de desconcertarle- le comunicóle que sus sueños nos suministran todos los datos necesarios. Los consideraremos como si provienen de una fuente inteligente, dirigida a fines y, por decirlo así, personal. Ello, claro está, es una hipótesis audaz y, al propio tiempo, una aventura, porque de esta suerte depositamos extraordinaria confianza en una entidad muy poco confiable, cuya existencia real sigue negando buen número de psicólogos y filósofos contemporáneas. Un conocido hombre de ciencia al cual había explicado mi modo de proceder, hizo la observación muy característica: "Todo esto es muy interesante, pero peligroso”. Sí, lo admito, es peligroso, tanto como una neurosis. Cuando se quiere curar una neurosis, hay que correr un riesgo. Hacer una cosa sin arriesgar nada es, como bien sabemos, completamente inútil. La operación quirúrgica de un carcinoma constituve también un riesgo y, sin embargo, hay que hacerla. A objeto de que se me comprendiera mejor, a menudo me he inclinado a aconsejar a mis pacientes que se figuren la psique como una especie de "cuerpo tenue" en cuyo seno podrían crecer tumores de una materia fina. Tan fuerte es la prejuiciosa creencia de que la psique o no es concebible -y por consiguiente es menos que el aire- o constituye un sistema más o menos intelectual de conceptos lógicos, que la gente da como inexistentes ciertos contenidos si no tiene conciencia de ellos. No se tiene confianza ni fe en la exactitud del funcionamiento psíquico fuera de la conciencia, y considérase los sueños como simplemente ridículos. En tales circunstancias, mi propuesta hace sospechar lo peor. Y de hecho he oído arguir todo lo imaginable contra los vagos esquemas del sueño.



Sin embargo, en los sueños encontramos e inclusive antes de un análisis minucioso -los mismos conflictos y complejos cuya existencia cabe asimismo deducir por el experimento de asociación. Además, constituyen estos complejos una parte integrante de la neurosis existente. Por eso, con suficiente razón, suponemos que los sueños, cuando menos, pueden facilitar tantas explicaciones acerca del contenido de una neurosis como el experimento de asociación. En rigor, sus informaciones van mucho más lejos. El síntoma se parece a un retoño que se halla sobre la tierra y la planta principal a un extenso rizoma subterráneo (una raigambre). Este rizoma es el contenido de la neurosis: es la tierra madre de los complejos, de los síntomas y de los sueños. Suponemos asimismo, y con sobrada razón, que los sueños reflejan con fidelidad los procesos subterráneos de la psique. Y si logramos penetrar en este rizoma, llegaremos, literalmente, a la "raíz" de la enfermedad.
Como no intento llegar a los pormenores de la psicopatología de las neurosis, tomaré como ilustración otro caso a fin de mostrar cómo los sueños descubren los hechos interiores desconocidos de la psique y en qué consisten estos hechos. El hombre a cuyos sueños me refiero es un intelectual de notable inteligencia. Era neurótico y buscó mi ayuda porque sentía que su neurosis había llegado a dominarlo y que, lenta pero seguramente, iba minando su moral. Por suerte, su intelecto estaba aún intacto y podía disponer libremente de su aguda inteligencia. Por ese motivo, le encargué que él mismo observara y anotara sus sueños. No se analizó ni explicó los sueños, y sólo mucho más tarde abordamos su análisis; de modo que de los sueños que relataré a continuación no se hizo interpretación alguna. Constituyen una sucesión natural de hechos no forzada por influencia ajena alguna. E1 paciente nunca había leído nada sobre psicología, ni mucho menos sobre psicología analítica.
Como la serie se compone de cuatrocientos sueños; resúltame imposible dar una idea del material entero. Pero he publicado una selección de cuarenta y siete de estos sueños, que contienen temas de inusitado interés religioso13. Debo agregar que el hombre de cuyos sueños nos ocupamos fue educado como católico, pero que no practicaba ni se interesaba por los problemas religiosos: pertenece a ese grupo de intelectuales o científicos que se mostrarían simplemente sorprendidos si se les atribuyera ideas religiosas de alguna clase. Si se sostiene el punto de vista de que lo inconsciente posee una existencia psíquica independiente de la conciencia, un caso como el que discutimos puede ofrecer un particular interés, siempre que nuestro concepto del carácter religioso de ciertos sueños no sea equivocado. Y si se confiere importancia a la conciencia solamente sin adjudicarle existencia autónoma a lo inconsciente, será interesante estudiar si el sueño deriva su material o no de contenidos conscientes. Si la investigación se pronunciara en favor de la hipótesis de lo inconsciente, debería considerarse a los sueños como posibles fuentes de información de las tendencias religiosas de lo inconsciente.

No es de esperar que los sueños hablen explícitamente de la religión, en la forma que acostumbramos hacerlo nosotros. Pero entre los cuatrocientos sueños hay dos que, evidentemente, tratan de religión. Reproduciré ahora el texto del sueño, anotado por él mismo:

"Todas las casas parecen como si estuvieran en un escenario, en un teatro. Hay bastidores y decoraciones. Se oye pronunciar el nombre de Bernard Shaw. La pieza se desarrollará en un futuro lejano. Sobre uno de los bastidores está escrito en inglés y en alemán:

"Esta es la Iglesia católica universal.

"Ella es la Iglesia del Señor.

"Que entren todos aquellos que se sientan instrumentos del Señor.

"Debajo hállase impreso en tipos más chicos: La Iglesia fue fundada por Jesús y Pablo -como si se propusiera destacar la antiguedad de una firma comercial. Le digo a mi amigo: "Vamos a mirar". El contesta: "No comprendo por qué es necesario que se reúnan personas cuando tienen sentimientos religiosos". A eso le replico: "Tú, como protestante, no lo comprenderás nunca". Una mujer está muy de acuerdo conmigo. Ahora veo una especie de proclamación en la pared de la iglesia. Reza así:

"¡Soldados!

"Si sentis hallaros en poder del Señor, evitad dirigirle palabras directas. El Señor es inaccesible a las palabras. Además, os encarecemos mucho no discutir entre vosotros acerca de los atributos del Señor. Es inútil, pues lo valioso y lo importante son inexpresables.

'Firmado: Papa... (el nombre es indescifrable).

"Ahora entramos. El interior se parece al de una mezquita, sobre todo a la de Santa Sofía. No hay bancos; el recinto como tal produce un bello efecto; nada de imágenes; en la pared, como ornamentos, sentencias puestas en marcos (como lo están allá los apotegmas del Corán). Una de las sentencias reza: "No aduléis a vuestro bienhechor". La mujer, antes de acuerdo conmigo, prorrumpe en llanto y exclama: "Entonces no queda nada". Le contesto: "Todo esto me parece muy acertado", pero ella desaparece. Primero estoy colocado de modo tal que tengo delante un pilar y no puedo ver nada. Luego cambio de sitio y percibo ante mí una multitud de personas. No pertenezco a ellas y me hallo solo. Pero están claramente delante de mí y veo sus rostros. Todos dicen a una voz: "Confesamos estar en el poder del Señor. El reino de los cielos está dentro de nosotros". Dicen esto tres veces con gran solemnidad. Después se toca el órgano, se canta una fuga con coro de Bach. Se ha omitido el texto primitivo. A veces, nada más que una especie de coloratura, luego, repetidas veces, las palabras: "todo lo demás es papel" (quiere decir, no me parece vivo). Una vez terminado el coro, comienza, en forma digamos estudiantil, la parte íntima de la reunión. Todos los concurrentes son gente alegre y equilibrada. Se pasean, hablan unos con otros, se saludan, y se sirve vino (de un seminario episcopal de sacerdotes) y refrescos. Se desea a la Iglesia un progreso feliz y, como para expresar la alegría que causa el aumento de miembros, un altoparlante trasmite una canción de moda, con el estribillo: 'Ahora Carlos es también de la partida'. Un sacerdote me explica: 'Estas diversiones, más bien de segundo orden, están aprobadas y permitidas oficialmente. Tenemos que adaptarnos un poco a los métodos americanos. En una organización de masas, como la nuestra, ello es inevitable. Pero nos distinguimos fundamentalmente de las iglesias americanas por una dirección marcadamente antiascética”, Despues me despierto. Sentimiento de gran alivio".
Como es sabido, menudean las obras acerca de la fenomenología de los sueños, pero son muy pocas las relativas a su psicología. Y, ciertamente, por la evidente razón de que la interpretación psicológica de los sueños constituye una empresa sobremanera delicada y arriesgada. Freud ha cumplido un esfuerzo valiente a fin de aclarar las obscuridades de la psicología de los sueños, sirviéndose de criterios que tomó del campo de la psicopatología14.

Aunque admiro Ia osadía de su intento, no puedo coincidir con sus métodos ni con sus conclusiones. Según él, los sueños son una mera fachada, tras la cual se ha escondido deliberadamente algo. Es innegable que los neuróticos ocultan lo desagradable, tal vez del mismo modo que la gente normal. Mas resta decidir si semejante categoría es aplicable a un fenómeno tan normal y universalmente difundido como los sueños. Dudo de la libertad de suponer que un sueño sea otra cosa de lo que parece ser; inclinándome más bien en favor de otra autoridad judía: el Talmud, que dice que el sueño es su propia interpretación. En otros términos, tomo el sueño por lo que es. Constituye el sueño tan difícil y enredada materia, que de ningún modo me atrevo a conjeturar acerca de una posible tendencia a engañar inherente a él. El sueño es un fenómeno natural y no existe motivo evidente alguno para creerlo un invento ingenioso destinado a llevar a engaño. El sueño ocurre cuando la conciencia y la voluntad hállanse atenuadas. Parece ser un producto natural igualmente encontrable en individuos no neuróticos. Además, es tan reducido nuestro saber en punto a la psicología del proceso onírico que conviene proceder con suma cautela si en nuestro trabajo de interpretación introducimos elementos extraños al sueño mismo.

Por todas estas razones, creo que el sueño que estamos examinando trata, en verdad, de religión. Coherente y bien formado, impresiona como dotado de cierta lógica y finalidad, esto es, que arraiga en una motivación con sentido directamente expresada en el contenido onírico.

La primera parte del sueño es una seria argumentación en pro de la Iglesia católica. El soñador rechaza cierto punto de vista protestante –según el cual la religión constituye una mera vivencia individual. La segunda parte, más bien grotesca, muestra una adaptación de la Iglesia a un punto de vista decididamente mundano, siendo el final una argumentación en favor de una tendencia antiascética que jamás merecería el apoyo de la Iglesia real. Pero en el sueño del paciente el sacerdote antiascético convierte en principio esta tendencia. La espiritualización y la sublimación son conceptos esencialmente cristianos, y toda insistencia en lo contrario equivaldría a un paganismo sacrílego. El cristianismo nunca fué mundano ni desarrolló una política de buena vecindad fundada en el buen comer y beber, y la introducción de la música de jazz en el culto difícilmente constituiría una innovación recomendable. La gente "alegre y equilibrada" que de un modo más o menos epicúreo pasea charlando, hace recordar un ideal filosófico antiguo que el cristianismo contemporáneo más bien rechaza. En la primera parte del sueño, e igualmente en la segunda, acentúase la importancia de las masas, es decir, de las muchedumbres.

Así, la Iglesia Católica, no obstante hallarse muy encarecidamente recomendada, aparece junto a un punto de vista extrañamente pagano o incompatible con una postura de auténtico fondo cristiano. El efectivo antagonismo no se presenta en el sueño. Hállase disimulado por un ambiente íntimo donde los contrastes peligrosos se mezclan y esfuman. La concepción protestante en torno a una relación individual con Dios queda suprimida por la organización de las masas y el correspondiente sentimiento religioso colectivo. La importancia conferida a las masas y la infiltración de un ideal pagano ofrecen una rara semejanza con hechos de la Europa actual. A todo el mundo sorprendió ciertas tendencias paganas de la Alemania contemporánea porque nadie supo interpretar la vivencia de Nietzsche. ietzsche no fué sino un caso entre millones y millones de alemanes -por entonces no nacidos aún- en cuyo inconsciente se fué desarrollando, durante la guerra mundial, el primo germano de Dionisos: Wotan15. De los sueños de algunos alemanes que yo atendía por aquella época, pude desprender con toda claridad el futuro estallido de la revolución de Wotan, y en 1918 publiqué una nota donde señalaba el carácter insólito del nuevo desarrollo que debía aguardarse en Alemania16. Aquellos alemanes no eran, en modo alguno, gentes que habían estudiado. “Y así habló Zaratustra”: y es seguro que esos jóvenes que celebraban sacrificios paganos de corderos ignoraban la vivencia de Nietzsche17. Por eso llamaron a su Dios Wotan, y no Dionisos. En la biografía de Nietzsche encuéntranse testimonios irrefutables de que el dios a que él se refirió originariamente fué, en realidad, Wotan; pero como filósofo clásico de allá entre el setenta y ochenta del siglo XIX, le denominó Dionisos. Confrontados, ambos dioses exhiben, un rigor, mucho en común.

En todo el sueño de mi paciente no hay, al parecer, ninguna oposición contra el sentimiento colectivo, contra la religión de las masas y el paganismo, a excepción del amigo protestante a quien pronto se hace callar. Sólo un insólito episodio llama nuestra atención: la mujer desconocida que primero le apoya en el elogio del catolicismo y luego, de pronto, irrumpe en llanto, diciendo: "Entonces no queda nada", después de lo cual desaparece definitivamente.

¿Quién es esa mujer? Para nuestro enfermo es una persona indeterminada y desconocida, pero -aclara- en el sueño la conocía ya muy bien como "la mujer desconocida", que frecuentemente se le había aparecido en sueños anteriores.

Como esa figura desempeña un importante papel en los sueños de los hombres, designásela con el término técnico de anima18 en razón de que, desde tiempos inmemoriales, siempre ha expresado en los mitos del hombre la idea de la coexistencia de lo masculino y de lo femenino dentro del mismo cuerpo. Tales intuiciones psicológicas por lo general se hallaban proyectadas en la forma de la syzygia divina, de la pareja divina, o en la idea de la naturaleza hermafrodita del Creador 19. En nuestros días, Edward Maitland, biógrafo de Anna Kingsford, nos cuenta una experiencia interior de la bisexualidad de la divinidad 20. Hay, además, la filosofía hermética, con su hermafrodita y su hombre interior andrógino21, el “homo Adamicus”, que "si bien se presenta en forma masculina, siempre lleva consigo escondida en su cuerpo la Eva, es decir, su mujer" -según reza un comentario medieval del Tractatus Aureus22.

Es posible que el anima sea una producción de la minoría de los genes femeninos dentro de un cuerpo masculino. Ello es tanto más verosímil cuanto que esa figura no se encuentra en el mundo de imágenes de lo inconsciente femenino. Hay allí, sin embargo, una figura equivalente que desempeña un papel de valor igual; mas no es la imagen de una mujer, sino la de un hombre. Dicha figura masculina en la psicología de la mujer, ha sido denominada animus23. Una de las más típicas exteriorizaciones de ambas figuras es lo que desde hace mucho, acostumbrase llamar la "animosidad". El anima es causa de caprichos ilógicos; el animus suscita irritantes trivialidades y opiniones insensatas. Ambas figuras preséntanse en los sueños con frecuencia. De ordinario personifican a lo inconsciente y le otorgan su carácter

extrañamente desagradable e irritante. Lo inconsciente en sí no posee semejantes propiedades negativas, aparecen sobre todo cuando lo inconsciente se halla personificado por estas figuras, y cuando ellas empiezan a obrar sobre la conciencia. Dado que no son sino personalidades parciales, tienen el carácter de un hombre inferior o de una mujer inferior, a lo cual débese su acción irritante. Bajo esta influencia, el hombre hállase sujeto a caprichos imprevistos, en tanto la mujer tórnase porfiada y sus opiniones eluden lo esencial 24.

La reacción negativa del anima en el sueño sobre la Iglesia indica que el lado femenino del paciente -su inconsciente- no está de acuerdo con su modo de pensar. Esta divergencia de opiniones comienza a mostrarse respecto de la sentencia que pende sobre la pared: "No halaguéis a vuestro bienhechor", con la cual está de acuerdo el paciente. El significado de la frase parece bastante sensato, de suerte que resulta incomprensible por qué la mujer muestra tanta desesperación. Sin profundizar en este secreto, por el momento, hemos de contentarnos con el hecho de que en el sueño se da una contradicción y de que, bajo enérgica protesta, una importante minoría abandona el escenario y no presta atención a los sucesos ulteriores.

Por el sueño sabemos, pues, que la función inconsciente del soñador establece un compromiso bastante superficial entre el catolicismo y una pagana "alegría de vivir". El producto de lo inconsciente no expresa un punto de vista sólido ni una opinión definitiva; corresponde más bien a la exposición dramática de un acto de consideración. Acaso sea posible formularlo así: "¿Y qué tal anda tu asunto religioso? Tú eres católico, ¿verdad? ¿No es suficiente esto? Pero el ascetismo; y bien, hasta la Iglesia tiene que adaptarse un poco al cine, la radio, el jazz, etc. ¿Por qué no ofrecerte también un poco de vino eclesiástico y unas relaciones alegres?" Mas esa mujer desagradable y misteriosa, conocida por muchos sueños anteriores, por algún motivo parece hondamente desilusionada y se retira.

Debo confesar que simpatizo con el anima. Evidentemente, el compromiso es demasiado barato y superficial, pero característico del paciente y de muchas otras personas para las cuales la religión no tiene gran significado. Para mi paciente la religión estaba totalmente desprovista de importancia y, sin duda, no esperaba que alguna vez pudiera interesarle en modo alguno. Más habíame consultado a causa de una experiencia de mucho peso. Era racionalista e intelectual de pura cepa, pero su neurosis y sus intensos efectos desmoralizantes, habíanle hecho sentir que su actitud espiritual y su filosofía habíanle fallado por completo. Nada hallaba en toda su concepción del mundo que le otorgara satisfactorio autodominio. Encontrábase, pues, aproximadamente en la situación del hombre abandonado por las convicciones e ideales abrigados hasta poco antes. De ningún modo es un caso extraordinario el que, bajo semejantes circunstancias, un individuo retorne a la religión de su infancia con la esperanza de encontrar algún auxilio en ella. No se trataba, empero, de un intento o decisión consciente de revivir las formas anteriores de su fe religiosa. No hizo nada más que soñarlo: es decir, su inconsciente produjo una singular verificación acerca de su religión. Es exactamente como si el espíritu y la carne -eternos enemigos en la conciencia cristiana- hubieran hecho las paces sobre la base de una extraña debilitación de sus naturalezas antagónicas. Lo espiritual y lo mundano se reúnen con inesperada apacibilidad. El resultado es bastante grotesco y cómico: la austera seriedad del espíritu aparece minada por una alegría casi del tipo que conocían los antiguos, con olor a vino y rosas. Sea como fuere, el sueño describe un ambiente sagrado y mundano que embota la intensidad del conflicto moral y hace olvidar todo dolor y pena anímicos.

De tratarse de la satisfacción de un deseo, ésta había sido, seguramente, consciente, pues tal cosa era precisamente lo que ya había hecho el paciente hasta la exageración. Y en este aspecto tampoco fué él inconsciente, pues el vino era uno de sus más peligrosos enemigos. Por el contrario, el sueño constituye un testimonio imparcial del estado espiritual del paciente. Suministra la imagen de una religión degenerada, corrompida por el espíritu mundano y los instintos del vulgo. A lo numinoso de la experiencia divina sustitúyese el sentimentalismo religioso: conocida característica de una religión que ha perdido el misterio vivo. Es fácil comprender que una religión así será incapaz de prestar apoyo o de surtir cualquier otro efecto moral.

El aspecto general del sueño es, por cierto, desfavorable, si bien se vislumbran con vaguedad algunos otros aspectos más bien positivos. Ocurre pocas veces que los sueños sean exclusivamente positivos o exclusivamente negativos. De ordinario, enlázanse ambos aspectos, aunque por lo común uno de los dos es más fuerte. Naturalmente, semejante sueño no facilita al psicólogo material suficiente para abordar el probIema de la actitud religiosa. Si sólo poseyéramos el sueño en cuestión, apenas podríamos esperar descubrir su significado íntimo; pero disponemos de toda una serie que alude a un insólito problema religioso. En la medida de lo dable, jamás interpretó un sueño por sí mismo. El sueño de ordinario integra una serie. Del mismo modo como existe una continuidad en la conciencia (a pesar de que el sueño la interrumpe con regularidad), tal vez también existe una continuidad de los procesos inconscientes, y quizás más probablemente aún que en los procesos de la conciencia. En todo caso, mi experiencia favorece la verosimilitud de que los sueños constituyen los eslabones visibles de una cadena de procesos inconscientes. Si se busca aclarar la cuestión en base a la motivación profunda del sueño referido, deberemos fundarnos en la serie y averiguar en qué punto de la larga cadena de cuatrocientos sueños encuéntrase éste.

Lo hallamos como eslabón entre dos importantes sueños de carácter lúgubre. El sueño anterior habla de una reunión de muchas personas y de una extraña ceremonia de carácter aparentemente mágico, cuyo fin es "reproducir a un gibón". El sueño ulterior se extiende sobre un tema parecido: la transformación mágica de animales en seres humanos.

Ambos sueños son sobremanera desagradables y alarmantes para el paciente. Al paso que el de la iglesia evidentemente permanece en la superficie y expresa opiniones que, en otras circunstancias, lo mismo podrían pensarse conscientemente, ambos sueños son de carácter extraño y desacostumbrado, y es tal su efecto emocional que, de serle posible, el paciente les negaría la existencia. El texto del segundo sueño dice, literalmente: "Cuando uno se escapa, todo está perdido". Estas palabras coinciden sorprendentemente con las de la mujer desconocida: "Entonces no queda nada". De tales expresiones inferimos que el sueño de la iglesia constituyó un intento de rehuir otros pensamientos que poblaban los sueños y cuyo significado era harto más profundo. Dichos pensamientos se presentan en los sueños anterior y ulterior.


Catálogo: libros-Jung


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