Psicología y religión



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Tales problemas nunca se solucionan mediante legislación o artimañas. Sólo puede resolvérselos mediante un cambio universal de actitud. Y este cambio no se emprende con propaganda o mitines de masas o, menos aún, con la fuerza. Se inicia con la transformación interior del individuo. Producirá sus efectos en forma de una alteración de sus inclinaciones y antipatías personales, de su concepción de la vida y de sus valores, y sólo el acopio de esos cambios individuales traerá la solución colectiva.

El hombre culto procura reprimir en sí mismo al hombre inferior, sin reparar que con ello oblígale a la rebelión. Es característico de mi paciente el que en una ocasión soñara con una unidad militar que intentaba "estrangular por completo el ala izquierda". Alguien observó que el ala izquierda era de suyo débil, mas los soldados replicaron que justamente por ello se la debía "estrangular". El sueño revélanos cómo procedió mi paciente con su propio "hombre inferior". Evidentemente, éste no es el método adecuado. Por el contrario, el sueño de la "Casa de la Meditación" muestra una actitud religiosa como respuesta acertada a su pregunta. El mandala impresiona exactamente a manera de ampliación de este punto especial. Hemos visto que el mandala histórico servía de símbolo para aclarar filosóficamente la naturaleza de la divinidad o representarla en una forma visible con el objeto de que se la adorara; un uso semejante hacíase de él en Oriente, como yantra en los ejercicios yoga. La totalidad ("perfeccion") del círculo celestial y la forma cuadrada de la tierra, que contiene los cuatro principios, o elementos o cualidades psíquicas101 , expresan la perfección y unión. Así, el mandala ocupa el rango de un "símbolo de conjunción102 ". En cuanto la unión de Dios y el hombre se traduce con el símbolo del Cristo o de la cruz103, podríamos esperar que el reloj del universo de nuestro paciente tuviera un significado conciliador parecido. Pero prevenidos como estamos por las analogías históricas, esperaríamos que el centro del mandala lo ocupara una divinidad. El centro, empero, está vacío; la sede de la divinidad hállase desocupada. Sin embargo, examinado a la luz de los modelos históricos, advertimos que el dios está simbolizado en el mandala por el círculo, y la diosa por el cuadrado. En lugar de "diosa" podríamos decir también "tierra" o "alma". Mas, en oposición al prejuicio histórico, hemos de sostener que (como en la "Casa de la Meditación", donde el lugar de la imagen sagrada estaba ocupado por la cuaternidad) no encontramos en el mandala rasgo alguno de divinidad, sino, muy a la inversa, un mecanismo. Pero no deberíamos pasar por alto un hecho tan importante en favor de una opinión preconcebida. Un sueño o una visión son exactamente lo que parecen ser. No son disfraz de cosa alguna, sino un producto natural, una cosa en sí, sin motivación externa a ella. He visto muchos mandalas en pacientes nada influidos, y casi siempre he dado con idéntico hecho: nunca hubo una divinidad en el centro. Por lo regular, el centro hállase destacado. Pero lo que allí encontramos es un símbolo de muy distinto significado. Es, por ejemplo, una estrella, un sol, una flor, una cruz de brazos iguales, una piedra preciosa, una fuente llena de agua o vino, una víbora enroscada o un ser humano, mas nunca un Dios.

Si en el rosetón de una iglesia encontramos a un Cristo triunfante supondremos, con razón, que éste debe ser un símbolo central del culto cristiano. Supondremos igualmente que toda religión enraizada en la historia de un pueblo es una manifestación de su psicología, como lo es, verbigracia, la forma de gobierno instaurada por dicho pueblo. Si aplicamos idéntico método a los modernos mandalas que los hombres ven en sueños o visiones, o que desarrollan por "imaginación activa" 104, arribamos a la conclusión de que los mandalas expresan una cierta actitud que no podemos menos que llamar "religiosa". La religión es una relación con el valor supremo o más poderoso, sea éste positivo o negativo. Relación que es tanto voluntaria como involuntaria, es decir, que alguien puede hallarse inconscientemente obsedido por un "valor", o sea por un factor psíquico pleno de energía, o bien puede aceptar tal factor conscientemente. Aquel hecho psicológico que dentro de un hombre posee el poder máximo, obra como "Dios", puesto que siempre es el factor psíquico avasallador al cual se da el nombre de "Dios". Tan pronto como un dios deja de ser un factor avasallador, conviértese en mero nombre. Lo esencial en él ha muerto; su poder se ha disipado. Los antiguos dioses olímpicos perdieron su prestigio y su influencia sobre las almas humanas, porque habían cumplido su cometido y comenzaba entonces un nuevo misterio: Dios se hizo hombre.

Al atrevernos a inferir conclusiones partiendo de mandalas modernos, quizá deberíamos antes preguntar a la gente si veneran estrellas, soles, flores o víboras. Se comprobará que lo negarán, asegurando al propio tiempo que las esferas, estrellas, cruces y otras cosas por el estilo son símbolos de un centro de ellos mismos. Y cuando se les pregunta qué quieren decir con tal centro, se mostrarán un tanto embarazados y aludirán a una que otra experiencia -según hizo, por ejemplo mi paciente, que resumió todo cuanto de positivo sabía decir del "reloj del universo", en la confesión de que la visión había dejado en él un sentimiento de armonía perfecta. Otros dicen que una visión semejante presentóseles en un momento de dolor supremo o de desesperación profunda. En otros se trata del recuerdo de un sueño impresionante o de un momento de culminación de largas y estériles luchas y de advenimiento de la paz. Cabe resumir aproximadamente así lo que la gente comunica acerca de sus experiencias: retornaron hacia sí mismos; pudieron volver a aceptarse; fueron capaces de reconciliarse consigo mismos y, con ello, reconciliáronse también con situaciones y acontecimientos ingratos. Trátase casi del mismo hecho que antes se expresaba con palabras:

"Ha hecho las paces con Dios, ha sacrificado su voluntad propia sometiéndose a la voluntad divina".

Un mandala moderno es una confesión involuntaria de un particular estado espiritual. En el mandala no hay divinidad alguna, y tampoco se alude a ninguna sumisión a la divinidad o reconciliación con una divinidad. Parece que el lugar de la divinidad hállase ocupado por la totalidad del hombre105.



Cuando se habla del hombre, cada uno se refiere a su yo -a su disposición personal, en la medida en que tiene conciencia de ella-; al hablarse de otros se los supone de una naturaleza bastante parecida. Mas como la investigación moderna ha demostrado que la conciencia individual se basa en una psique inconsciente, cuyas dimensiones no es posible precisar, y se halla como incrustada en esta última, despréndese la necesidad de revisar el prejuicio -un poco anticuado- de que el hombre no es más que su conciencía. A este ingenuo supuesto debe oponerse, acto seguido, la cuestión crítica: ¿la conciencia de quién?. Sería en verdad difícil tarea hacer concordar la imagen que yo tengo de mí con la que otras personas se han formado a mi respecto. ¿Quién está en lo cierto? ¿Y cuál es el verdadero individuo? Cuando se avanza todavía más y se atiende al hecho que el hombre es además todo aquello que no saben ni él mismo ni otras personas, un algo por de pronto desconocido pero cuya existencia es demostrable, el problema de la identidad tórnase harto más complejo todavía. En rigor, es imposible establecer la amplitud y carácter definitivo de la existencia psíquica. Cuando aquí hablamos del hombre, aludimos a su totalidad ilimitable, no susceptible de formulación y sólo simbólicamente expresable. He elegido la expresión "sí-mismo" (“Selbst”) para designar la totalidad del hombre; la suma de todo cuanto nos es dado de él, tanto consciente como inconscientemente106. Tal expresión la he adoptado en el sentido de la filosofía oriental107, interesada desde hace siglos en los problemas que se suscitan cuando se va más allá de la humanización de los dioses. La filosofía de los Upanishad corresponde a una psicología que desde mucho tiempo atrás advirtió la relatividad de los dioses108. No debe confundirse esto con un error tan ingenuo como el del ateísmo. El mundo es lo que siempre fue, pero nuestra conciencia hállase sometida a extrañas transformaciones. Al parecer, en un principio, en tiempos remotos -aunque lo mismo puede observarse en los primitivos contemporáneos- la parte fundamental de la vida psíquica ocurría afuera, en los objetos humanos y no humanos: estaba proyectada - según diríamos hoy109-. En un estado más o menos completo de proyección apenas puede haber conciencia. Por el abandono de las proyecciones, fué desarrollándose lentamente el conocimiento consciente. La ciencia -sorprende observarlo- comenzó con el descubrimiento de las leyes astronómicas, o sea, anulando la casi más lejana proyección. Fué ésta la primera fase de la "desanimación" del mundo. A un paso siguió otro: ya en la antiguedad los dioses fueron separados de las montañas y de los ríos, de los árboles y de los animales. Verdad es que nuestra ciencia moderna ya ha refinado sus proyecciones al punto de tornarlas casi irreconocibles, pero nuestra vida cotidiana rebosa de proyecciones. Abundan en diarios, libros, rumores y chismes corrientes. Allí donde hay una laguna, allí donde falta un saber efectivo, llénase con proyecciones. Todavía hoy estamos casi seguros de saber qué piensan o cuál es el verdadero carácter de los demás. Estamos convencidos de que ciertas personas poseen aquellas malas calidades que no encontramos en nosotros, o que se entregan a todos esos vicios que nunca, naturalmente, serían los nuestros. Todavía hoy debemos tener sumo cuidado para no proyectar nuestra propia sombra de un modo harto vergonzoso, y estamos como inundados por ilusiones proyectadas. Al representarse a una persona suficientemente valiente como para desprenderse por entero de toda proyección, piénsase en un individuo consciente de poseer una sombra considerable. Tal hombre se ha cargado de nuevos problemas y conflictos; se ha convertido en tarea seria para sí mismo, dado que no puede decir ya que son otros quienes hacen tal o cual cosa, ni que son ellos los culpables, y que hay que combatirlos. Vive en la "casa del autoconocimiento", de la concentración íntima. Sea cual fuera la cosa que ande mal en el mundo, este hombre sabe que igual ocurre también dentro de él mismo, y si aprende sólo a "componérselas" con su sombra, habrá hecho en verdad algo para el mundo. Habrá logrado entonces dar respuesta a una ínfima parte, al menos, de los enormes problemas que se plantean en el presente, buena parte de los cuales oponen tantas dificultades en razón de hallarse como envenenados por las mutuas proyecciones. ¿Y cómo podrá ver claramente quien ni se ve a sí mismo ni aquellas oscuridades que, inconscientemente, está transfiriendo en todas sus acciones?

El desarrollo psicológico moderno nos conduce a una mejor comprensión de aquello de que en verdad se compone el hombre. Primero, los dioses de poder y belleza sobrenaturales vivieron en las nevadas cumbres de las montañas o en las oscuridades de las cuevas, bosques y mares: más tarde se fundieron en un solo Dios, que luego se hizo hombre. Pero en nuestra época parece que hasta el Dios hombre desciende de su trono para esfumarse en el hombre común. Por tal motivo hállase vacía su sede. A causa de esto, el hombre moderno sufre de una hybris de la conciencia que se está aproximando a lo patológico. A tal constitución psíquica del individuo, corresponde, en gran escala, la hipertrofia y pretensión de totalidad de la idea del estado. Así como el estado trata de "captar" al individuo, también el individuo figúrase haber "captado" su alma; e inclusive hace de ello una ciencia, sobre la base de la absurda suposición de que el intelecto -mera parte y simple función de la psique- basta para comprender el todo anímico, muchísimo más grande. En verdad, la psique es madre, sujeto y posibilidad de la conciencia misma. Trasciende ampliamente los límites de la conciencia, siendo así lícito comparar a ésta con una isla en el océano. Al paso que la isla es pequeña y estrecha, el océano es infinitamente ancho y profundo y encierra una vida que sobrepasa en todos los aspectos la vida isleña, tanto en su índole cuanto en su extensión. Cabría objetar a esta imagen el no haber aducido prueba alguna de que la conciencia no tenga más importancia que la asignada a una pequeña isla en medio del océano. Mas por cierto tal demostración es de por sí imposible, pues frente a la conocida extensión de la conciencia, se yergue la desconocida "extensión" de lo inconsciente, del cual en rigor sólo sabemos que existe y que, en virtud de su existencia opera sobre la conciencia y su libertad en un sentido restrictivo. Dondequiera señoree lo inconsciente se da también falta de libertad e inclusive obsesión. La amplitud oceánica no es al fin sino un símil alegórico de la capacidad de lo inconsciente de limitar y de amenazar a la conciencia. Es verdad que hasta hace poco el empirismo psicológico gustaba explicar lo "inconsciente" -según lo indica también el propio término- por una mera ausencia de la conciencia; más o menos como se explica la sombra por la ausencia de luz. No sólo en épocas anteriores, también en el presente, la observación rigurosa de los procesos inconscientes ha reconocido que lo inconsciente posee cierta autonomía creadora que jamás podría atribuirse a algo cuya naturaleza consistiese en una mera sombra. Cuando C. G. Carus, Ed. von Hartmann y en cierto sentido, igualmente Arturo Schopenhauer, equipararon lo inconsciente con el principio creador del mundo, no hicieron sino extraer la síntesis de todas las doctrinas del pasado que, sobre la base de la constante experiencia íntima, percibían lo que obraba misteriosamente como personificado en forma de dioses. A la moderna hipertrofia de la conciencia débese, precisamente, su mencionada hybris, y el hecho de que los hombres no reparen en esa peligrosa autonomía de lo inconsciente. El supuesto de la existencia de dioses o demonios invisibles constituye una formulación de lo inconsciente psicológicamente mucho más adecuada, aún cuando se trata de una proyección antropomórfica. Pues bien, como el desarrollo de la conciencia exige la renuncia a todas las proyecciones asequibles, tampoco es posible seguir sosteniendo ninguna mitología en el sentido de una existencia no psicológica. Si el proceso histórico de "des-animación" del mundo, o lo que es lo mismo, si la renuncia a las proyecciones, continúa progresando como hasta el presente, todo cuanto se halle afuera, sea de carácter divino o demoníaeo, habrá de volver al alma, al interior desconocido del hombre, de donde aparentemente partió.

Parece que el error materialista fue en un comienzo inevitable. Como entre los sistemas galácticos no pudo descubrirse el trono divino, se concluyó que Dios no existía. Segundo error insalvable lo constituye el psicologismo: si después de todo Dios es algo, habrá de ser una ilusión motivada, por la voluntad de poder o por la sexualidad reprimida. Tales argumentos no son nuevos. Cosas parecidas dijeron los misioneros cristianos que derrumbaron los ídolos paganos. Pero al paso que en su lucha contra los antiguos dioses los misioneros primitivos tenían conciencia de servir a un Dios nuevo, los modernos iconoclastas no saben en nombre de quién destruyen los viejos valores. Al romper las viejas tablas, Nietzsche sintióse por cierto responsable: en efecto, sucumbió a la extraña necesidad de proteger sus espaldas con un Zaratustra redivivo, a la manera de segunda personalidad, de un alter ego (otro yo), con el cual se identificó en su gran tragedia. "Así habló Zaratustra". Nietzsche no fue ateo, pero su dios había muerto: Resultado de ello fue su escisión interior, y el sentirse compelido a personificar su otro "sí-mismo" por Zaratustra, o -en otras épocas- por Dionisos. En su enfermedad fatal firmó sus cartas como "Zagreus", el Dionisos despedazado de los tracios. La tragedia de “Asi habló Zaratustra” finca en que el propio Nietzsche, que no era ateo, convirtióse en Dios por haber muerto su dios. Tenía una naturaleza demasiado positiva para soportar la neurosis atea propia de los habitantes de las grandes ciudades. Aquel a quien se le "muere Dios", será víctima de la inflación110 $. Dios es, en rigor, la posición anímica efectivamente más fuerte, muy en el sentido del pasaje de San Pablo: "su dios es el vientre" (Filip. III, 19). El factor resueltamente más poderoso, y por tanto decisivo de una psique individual, a la fuerza obtiene la fe o el miedo, la sumisión o la lealtad que un dios exigiría del hombre. Lo predominante e inevitable es, en este sentido, "Dios", y es lo absoluto si frente a este hecho natural la decisión ética de la libertad humana no logra establecer una posición igualmente invencible. En cuanto esta posición prueba su completa eficacia, se hace por cierto acreedora a que se le dé el predicado de Dios y, en efecto, el nombre de un Dios espiritual, dado que esta posición anímica ha procedido de la libre decisión ética, es decir, de la intención. A la libertad humana queda librado resolver si "Dios" es un "espíritu" o un fenómeno de la naturaleza, como la manía del morfinista, con lo cual establécese también si "Dios" ha de significar un poder benéfico o destructor.

Por indudables y claramente comprensibles que sean tales sucesos o decisiones anímicas, igualmente nos llevan a la errónea y no psicológica conclusión de que -por así decirlo- queda librado al criterio del hombre el engendrar o no a su "Dios". Lejos de ello, cada cual hállase con una disposición anímica que limita su libertad en alto grado y que inclusive la torna casi ilusoria. La "libertad de la voluntad" no sólo constituye un serio problema desde el punto de vista filosófico sino también desde el práctico, pues rara vez se encuentran personas que no estén amplia y aun preponderantemente dominadas por sus inclinaciones, hábitos, impulsos, prejuicios, resentimientos y toda clase de complejos. La suma de estos hechos naturales funciona exactamente a la manera de un Olimpo poblado de dioses que reclaman ser propiciados, servidos, temidos, y venerados, no sólo por el propietario particular de esa compañía de dioses, sino también por quienes les rodean. Falta de libertad y posesión son sinónimos. Por eso, siempre hay algo en el alma que se apodera y limita o suprime la libertad moral. Para disimular por un lado esa verdadera pero desagradable realidad, y por el otro animarse a gozar la libertad, la gente se ha acostumbrado a usar el modismo -en el fondo apotrópico- que reza: "Tengo la inclinación, o el hábito, o el resentimiento...", en lugar de hacer constar, según corresponde a la verdad: "Tal inclinación, o tal costumbre, o tal resentimiento me tienen a mí". Este último modo de expresarnos también nos costaría la ilusión de la libertad. Pero, es de preguntar si, al fin de cuentas -en un sentido más elevado-, no sería ello mejor que ofuscarse inclusive con el lenguaje. De hecho y en verdad no gozamos ninguna libertad sin dueño, sino que de continuo nos hallamos amenazados por ciertos factores anímicos capaces de incautarse de nosotros bajo la forma de "hechos naturales". La amplia renuncia a ciertas proyecciones metafísicas entréganos poco menos que desamparados a tales hechos, por cuanto en seguida nos identificamos con todo impulso, en lugar de darle el nombre de "otro", con lo cual lo mantendríamos alejado -aunque no fuese más que el largo de un brazo- y no podría adueñarse acto seguido de la ciudadela del yo. Los "dominios" y los "poderes" existen siempre; no nos es dable producirlos ni falta hace que lo hagamos. Sólo es de nuestra incumbencia la elección del "amo" al que deseamos servir para así protegernos contra el dominio de los "otros", a los cuales no hemos elegido. "Dios" no es producido, sino elegido.

Nuestra elección designa y define a "Dios". Pero nuestra elección es obra humana, y por ello la definición que la acompaña es finita e imperfecta. (Tampoco la idea de la perfección pone perfección alguna). La definición es una imagen que no eleva a la esfera de la comprensibilidad a la realidad desconocida indicada por la imagen. De otro modo sería lícito decir que se ha creado a un dios. El "amo" que hemos escogido no es idéntico a la imagen de él esbozada por nosotros en el tiempo y en el espacio. Al igual que siempre, actúa dentro de las profundidades anímicas como una magnitud no cognoscible. En realidad, ni conocemos cuál es la índole de un pensamiento sencillo, y mucho menos los principios últimos de lo psíquico en general. Tampoco podemos disponer, en manera alguna, de la vida íntima del alma. Pero como tal vida hállase sustraída a nuestro albedrío y a nuestras intenciones y se yergue libremente ante nosotros, puede darse el caso de que lo vivo elegido y designado por la definición, también contra nuestra voluntad desborde el marco de la imagen hecho por manos humanas. Entonces tal vez cabría decir con Nietzsche: "Dios ha muerto". No obstante, mas acertado sería afirmar: "Abandonó la imagen que habíamos hecho de Él, ¿y dónde volveremos a encontrarle?". El interregno está erizado de peligros, pues los hechos naturales impondrán sus derechos bajo la forma de diversos "ismos". De ello no surge sino el anarquismo y la destrucción, porque a causa de la inflación, la hybris humana elige al yo, en su más ridícula mezquindad, para que enseñoree sobre el universo. Tal es el caso de Nietzsche, síntoma incomprendido de toda una época.

El yo humano individual es demasiado pequeño, y su cerebro en exceso débil para asimilarse todas las proyecciones retiradas del mundo. Es a consecuencia de ello que el yo y el cerebro estallan en pedazos (lo que el psiquiatra denomina esquizofrenia). Cuando Nietzsche dijo "Dios ha muerto", enunció una verdad válida para la mayor parte de Europa. Los pueblos sufrieron su influencia, no porque verificaran tal hecho, sino porque constituyó la reafirmación de un hecho psicológico generalmente extendido. Las derivaciones no tardaron en hacerse notar: el oscurecimiento y la confusión por los "ismos", y la catástrofe. Nadie supo extraer una conclusión del anuncio nietzscheano. ¿No guarda éste un parecido con aquella antigua frase: "Pan, el grande, ha muerto" 111, que señaló el final de las divinidades de la naturaleza?

La Iglesia comprende la vida de Cristo, de un lado, como un misterio histórico, y de otro, como un misterio eternamente existente. Esto se hace en especial notorio en la doctrina del sacrificio de la misa. Desde un punto de vista psicológico, cabría interpretar así esta concepción: Cristo vivió una vida concreta, personal y única, que en todos sus rasgos esenciales tenía a la vez carácter de arquetipo. Este carácter reconócese por las múltiples relaciones entre los detalles biográficos y motivos místicos de amplia difusión. Tales relaciones innegables explican por qué la investigación de la vida de Cristo choca con tantas dificultades en su empeño de extraer de los relatos de los Evangelios una vida individual despojada del mito. En los propios Evangelios los relatos de hechos, la leyenda y el mito hállanse entrelazados en un todo que precisamente constituye el sentido de los Evangelios. Este carácter de totalidad se pierde tan pronto se intenta separar con el escalpelo crítico lo individual y lo arquetípico. La vida de Cristo no es ninguna excepción, pues no pocas grandes figuras históricas han realizado de modo más o menos patente el arquetipo de la vida heroica con sus peripecias características. Pero, inconscientemente, también el hombre común vive formas arquetípicas que, sólo a causa del general desconocimiento psicológico no se hacen más visibles. Inclusive los fugaces fenómenos oníricos transparentan a menudo una formación claramente arquetípica. En rigor, todos los sucesos psíquicos fúndanse en el arquetipo y hállanse entretejidos con él de tal suerte que, en cualquier caso, requiérese un notable esfuerzo crítico para deslindar con seguridad el tipo y lo que se da una sola vez. De ello resulta que, en definitiva, toda vida individual es al propio tiempo la vida del eón de la especie. Lo individual es en todos casos "histórico" por hallarse rigurosamente vinculado con el tiempo. En cambio, la relación entre tipo y tiempo es indiferente. Pues bien, siendo la vida de Cristo en alto grado arquetípica, en igual medida representa la vida del arquetipo. Pero como el último constituye el supuesto inconsciente de toda vida humana, su vida evidente revela también la vida fundamental, secreta e inconsciente de todo individuo, o sea, que lo que acontece en la vida de




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