Psicología, Ética y Derechos Humanos


“Memoria, victima y sujeto” – I. Lewkowicz y C. Gutiérrez –



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Memoria, victima y sujeto” – I. Lewkowicz y C. Gutiérrez –

La condena al sufriente deja a la victima como la estación terminal de una búsqueda equivoca que, al detenerse allí, deja impune cualquier crimen.

El desaparecido, el muerto, el torturador, no son en si mismos lugares que justifiquen el homenaje o el aprobio.

La atribución de cualidades a la victima supone una marca distintiva, una diferenciación ya que con ello se lo distingue del resto, de la masa vulgar. Pero esas marcas no son una vía de singularizacion: ellas le son atribuidas desde un campo que impide al sujeto toda sustracción del mismo haciéndolo colapsar bajo el destino mortífero de esa marca. Si alguien esta destinado al sacrificio (victima), el sujeto se agota en esa marca que el otro le asigna. Hacer del sufriente un mártir es dejarlo en el martirio rindiéndole homenaje.

La victimizacion es la contracara de la culpabilización a la victima. Al ver a la victima como que todo padecimiento en ella es producto del daño infligido, se tiende a creer que la victima habita la inocencia mas absoluta y se pierde de vista la peculiar posición del sujeto frente a aquello que lo ha dañado y frente al daño mismo, que nunca es tan uniforme como se cree. La desresponsabilización del sujeto es el alcance ultimo de este movimiento encubridor y la alineación al sentido que se le ofrece es un campo al que el sujeto suele entregarse para liberarse de la angustia de pronunciar una palabra como sujeto, hablando en su nombre, en posición de sujeto del deseo.

Ir del síntoma al diagnostico es borrar las huellas que conducen a una pregunta, que invitan al sujeto a interrogarse por eso que él porta. Hacer del síntoma un diagnostico es transformar ese interrogante en una convicción nosográfica donde encuentran refugios malestares diversos. El diagnostico empuja al sujeto a la creencia acerca de que hay otros que sufren de lo mismo que el. El diagnostico le permite al sujeto un refugio en donde puede desentenderse de su posición de sujeto deseante. De esta manera se enmudece el síntoma que habla.

Hoy en día hay una razón: si algo ocurrió debe quedar incólume en la memoria de los hombres. Y así el pensamiento fácil deviene progresista. La noción omnipresente de victima viene a sustituir al concepto precario de sujeto. La identidad especifica de los grupos queda establecida mediante la identificación del especifico mal que se les ha hecho. El síntoma opera como el recubrimiento tenaz de cualquier marca singularizante.

Con la memoria tal identidad es victimaria. La victima es un rehén de la memoria. Por otro lado hay una política que intenta olvidar para curar las heridas del pasado.

Hay algo que no se debe olvidar. Existe una enorme distancia entre no olvidar el crimen y no olvidar a la victima.

La posición de sujeto exige una ruptura con las determinaciones de la memoria. La historizacion es la operación de alteración de esas marcas por el advenimiento de un termino productor de sujeto. La irrupción subjetiva marca un punto de exceso a partir del cual caen las determinaciones de la memoria. Las identidades colectivas se sostienen en el borramiento de la diferencias singulares que la conservación de la memoria asegura y que una versión documentalista de la historia exige.

La historizacion critica de las marcas de la memoria supone que esas marcas interpelen al sujeto ya sea para conservarlas o para dialectizarlas ficcionalmente: aquí se ubica la responsabilidad, en el modo en que responde el sujeto a esta invitación de las marcas. No es posible prescindir de las marcas de la herencia y por ello se trata un sujeto para el desafío administrarlas. La primera de las posiciones vive de las marcas y la segunda vive a partir de las marcas.

2 matrices de pensamiento, 2 posiciones de sujeto, 2 modalidades de relación con el pasado
El sujeto no es función de la victima, el síntoma no es función del diagnostico, la historia no es función de la memoria.
Módulo V · Ética y responsabilidad ·
Fariña, J. Ética Profesional. Dossier. Acápite 3.3 El estatus de la responsabilidad sobre los actos

El autor habla del conflicto entre la obediencia y los valores éticos y cómo por ejemplo la experiencia de Stanley Milgram en la Universidad de Yale acerca de la obediencia a órdenes criminales es una de las explicaciones que la psicología ha intentado dar al problema.

El experimento de Milgram fue plasmado en el film “I…como Icaro”. “Usted continúe, yo asumo toda la responsabilidad”, es la frase empleada en la versión cinematográfica para reforzar el carácter de la experiencia, destinada a explorar cómo se comporta un hombre cuando una autoridad legítima le indica que debe actuar contra un tercer individuo.

Los resultados de la experiencia indican que dos de cada tres personas llegan a administrar descargar consideradas peligrosas; esto ha sido usado para intentar explicar la obediencia a órdenes aberrantes durante la guerra o situaciones de tortura.

El ‘torturador’ de la experiencia de Milgram no está en modo alguno ante la misma elección que el torturador argentino de la realidad; al contrario que éste último, aquel se halla en presencia de un ‘torturado voluntario’ dispuesto a sufrir por el bien común (en este caso el conocimiento científico).

En la línea de aportes psicoanalíticos a las cuestiones de la ética y la obediencia, el escrito de Jorge Jinkis “Vergüenza y responsabilidad” fue escrito como reflexión ante la promulgación de la Ley de Obediencia Debida en Argentina. Dice Jinkis: “(…) si se pudiera reconocer en los relieves mórbidos de un crimen sus coordenadas simbólicas, no se volvería por eso irreal el crimen, y la intervención de un analista siempre irá en el sentido de reintegrar esas coordenadas a la historia del sujeto quien se volvería entonces responsable de un crimen real. Esa responsabilidad (…) no se configuraría acabadamente sin el castigo.”

Ofrece un punto de vista diferente del “consensualista” para el psicoanálisis, el establecer la responsabilidad no podría ser nunca función de un ‘saber y entender promedio’, sino por el contrario, de las implicaciones singulares, y por lo mismo universales, de acción cometida.
Jinkis, J. “Vergüenza y responsabilidad”

Entre la ley conocida como “del punto final” y la llamada ley de “obediencia debida” o de “exculpación”, se consuma la pérdida de una dignidad que puedo haber sido.

Un proyecto de destrucción económica del país se acompañó de secuestros, torturas y la muerte de miles de personas. Más tarde, luego de una derrota bélica los militares argentinos escamotearon (engañaron, dibujaron) la delimitación de responsabilidades. Ahora se suma, que el conjunto de la sociedad civil, a través de sus representantes electos, declara de hecho y por omisión, no sin apelar a toda clase de eufemismos, que algunos “delitos atroces y aberrantes”, la tortura entre otros, no son tales, o que las personas que los cometieron no son punibles por haber actuado “…en estado de coerción bajo subordinación a la autoridad superior...”

Nuestra objeción es ética.

La condición esencial del hombre es el deseo. Si el hombre dividido por el lenguaje habla sin saber lo que dice, aquel deseo lo vuelve responsable de lo que dice.

Responsable es aquel de quien es esperable una respuesta. No digo “conciente de lo que hace” ni “que se hace cargo de lo que dice”, sino culpable de lo que hace y dice.

La ley de obediencia debida, en su artículo primero, apenas alude un “estado de coerción”, pero lo hace como si se tratara de subsumir una situación particular bajo un concepto consagrado e indiscutible.

A partir del reconocimiento de que no hay sociedad sin una instancia de autoridad se vuelve posible la entrada de una psicología que estudie las vías indirectas del ejercicio del poder y la génesis de la obediencia.

Es necesario que cada uno niegue la presencia de su deseo y admita en cambio el interés general que no es sino uno de los nombres del orden garantizado por la autoridad. En la obediencia pasiva a este orden se reconoce el interés real del sujeto.

Cuando se deja de lado la legitimidad de la autoridad, el problema deja de ser quién gobierna para convertirse en la cuestión psicológica de comprender qué significa obedecer.

La intencionalidad no puede restringirse a las fronteras del yo.

Cuando se encuentra que el culpable de un delito es un demente, o que en su momento, por embriaguez o algún otro factor que se juzgue determinante de la obnubilación de la conciencia del sujeto, el mismo no se halla en posesión de su razón, las leyes considerarán a estas circunstancias como atenuantes decisivos para decidir la imputabilidad o no del actor del hecho. No nos interesa discutirlo, sino indicar que hay mucha psicología en los fundamentos de este proceder.

Las leyes permiten que los jueces puedan creer que en las citadas circunstancias el hombre no es responsable de sí mismo, y que el raciocinio del que se muestra capaz en esos estados no es suficiente para considerar que él lo gobierna. De esto se suele concluir que tal hombre es incapaz de tener una intención.

Si se pudiera reconocer en los relieves mórbidos de un crimen sus coordenadas simbólicas, no se volvería por eso irreal el crimen, y la intervención de un analista siempre irá en el sentido de reintegrar esas coordenadas a la historia del sujeto quien se volvería entonces responsable de un crimen real. Esa responsabilidad (…) no se configuraría acabadamente sin el castigo.


Mosca, J. C. “Responsabilidad, otro nombre del sujeto” en Ética: un horizonte en quiebra.

La responsabilidad interpela a un Sujeto, quien debe, o puede, dar “respuesta”, responder, por su acto. La responsabilidad se refiere a la singularidad de un Sujeto en acto.

La cuestión a interrogar no es del orden de lo judiciable, no está en la línea del crimen y el castigo, el pecado y la condena o la virtud y la recompensa. El interés está puesto en la subjetivación de una acción, si es así ya no será una acción cualquiera, sino una que recae finalmente sobre el Sujeto, poniéndose éste en acto.

El autor toma la obra literaria de Jean Paul Sastre “El muro”. En su texto sastre plantea la cuestión de la responsabilidad. El muro transcurre en la España de la guerra civil. Un grupo de prisioneros es arrojado a un sótano, entre ellos está Ibbieta. Lo suben a una habitación, lo interrogan, le piden que denuncie a un líder anarquista, a Ramón gris. Le ofrecen: es su vida por la tuya. Ya está planteado el problema ético. Se le pide no un testimonio falso, sino la verdad. Le dan quince minutos más para pensar. Y pensar pierde al hombre. Ibbieta sabe algunas cosas. Primero, sabe que la apuesta es fuerte, lo matarán. Sabe también dónde está escondido Ramón Gris, en casa de su primo, y sabe que somos todos mortales. Pero no iba a hablar, de puro testarudo y para burlarse de ellos. Ibbieta habló, para mentir, para engañar, burlar al otro, al tirano, a esos oficiales severos. “está escondido en el cementerio”, mintió Ibbieta. Y dijo la verdad. Allí encontraron a Ramón Gris y lo mataron.

Éste es el relato, que termina con el protagonista llorando de risa, o riendo hasta las lágrimas. La primera exculpación posible para Ibbieta es la ignorancia y el azar. No sabía que había abandonado ese refugio y se hallaba escondido en el cementerio. Azar: el azar quiso que con su elección de una confesión mentirosa terminara diciendo la verdad, sin saberlo.

Allí donde el neurótico podría declararse no responsable, Freud lo hace responsable de un deseo. Deseo que viene del Otro como demanda ante la cual el Sujeto se somete. Se somete al mandato superyoico para liberarse de la culpa.

En el tratamiento de este tema conviene desanudar culpa y responsabilidad como se debe desanudar culpa y angustia. La culpa, (metáfora económica) subraya un ‘deficit’ de Sujeto, la responsabilidad un ‘superávit’ de Sujeto. Superávit que inmediatamente podría anularse, en general deviniendo culpa.

Lacan propuso en su seminario acerca de la ética que la única cosa de la que puede ser culpable un sujeto es de haber cedido su deseo. El Sujeto cede en el camino del deseo para amoldarse a los mandatos del superyó. Cuanto más renuncia el sujeto al deseo, más se acomoda a las demandas superyoicas, paradójicamente más culpable se siente. Entonces con Lacan decimos: sólo se puede ser culpable de haber cedido en su deseo. El yo no es propietario del deseo, pero sí el Sujeto es responsable de su puesta en acto. Es el sentimiento de culpa el hilo conductor para encontrar la dimensión de responsabilidad subjetiva. Es sujeto es siendo. Nunca del todo realizado, pero siendo. De eso debería dar respuesta, de la razón de su ser en la razón deseante. En esto el sujeto no tiene otra elección pero no por eso es menos responsable. En este sentido, Ibbieta, es responsable, no quizás ‘culpable, pero responsable de abrir la boca aún en la ignorancia, responsable de haber deseado vivir. Cita a Lacan: ‘De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables…el error de buena fe en entre todos el más imperdonable.”


*Alemán, J. Nota sobre Lacan y Sartre: el decisionismo.

Teoría de la decisión en Sartre. El ‘humanismo’ de Sartre no tiene nada que ver con el humanismo que considera al hombre como centro y como medio de todas las cosas. No es el humanismo ingenuo de creer que el hombre es dueño de sí mismo, que se domina a sí mismo. El entiende por humanismo otra cosa, dice: “yo quiero que se entienda qué consecuencias tienen que el Otro no exista, qué quiere decir, de verdad que Dios no existe”. Ser ateo quiere decir que no hay en el Otro ninguna garantía con respecto a lo que le sucede al existente como tal. Un verdadero ateísmo, dice Sartre, es cuando finalmente se extiende el concepto de responsabilidad; se es verdaderamente ateo cuando se ha mostrado que, en la vida, la responsabilidad gana definitivamente la escena.

Para Sartre aquél que dice que fue arrastrado por las pasiones, o quien se quiere amparar en que el medio le ha impuesto una determinada elección está en la mala fe, porque es una excusa, es buscar justificaciones en un determinismo. Lo contrario de la mala fe es la angustia, el hecho de que la elección se hace sin garantías; no hay ninguna posibilidad de elegir que venga de antemano, que no es que el sujeto reúne todos los datos del problema y luego delibera, saca una conclusión y elige, sino que la elección lo hace sujeto, la elección constituye al sujeto. Sartre dice que estamos condenados a elegir. La elección de la que él habla no puede ser confundida con un ‘querer’ de la voluntad, con una decisión yoica; que, evidentemente, no puede ser pensada como un acto voluntarista.

El plantea el psicoanálisis existencial. Dice que lo importante es la falta de ser. A él no le interesan cada uno de los deseos, sino el deseo. Hay que deducir de las distintas inclinaciones de cada sujeto lo que es su deseo. El psicoanálisis existencial de Sartre lleva a cada sujeto a captar su elección originaria. Es decir, cada sujeto se curaría en la medida que se aceptara como injustificable; cada sujeto debería descifrar e interpretar, por los procedimientos retroactivos, su falta de ser.


*Salomone, G. El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética…

Los dos tipos de responsabilidad (la jurídica y la subjetiva) convocan a dos posiciones subjetivas diferentes.

La responsabilidad subjetiva es aquella que se configura a partir de la noción de sujeto del inconciente, sujeto no autónomo. Tal responsabilidad subjetiva se distingue de la responsabilidad entendida desde el discurso jurídico, pero también se debe diferenciar de la responsabilidad moral. En tanto el concepto de responsabilidad jurídica es un concepto específico y bien recortado en función del sistema de referencias legales, constituye una de las formas de responsabilidad moral. Responsabilidad jurídica y moral responden a una misma lógica.

Freud nos alerta de una responsabilidad que atañe al sujeto en relación a aquello que desconoce de sí mismo. No se trata de la responsabilidad moral o social, sino de la responsabilidad subjetiva.

las mociones inconscientes se expresan de modo desfigurado a través de las operaciones fallidas. Es por este motivo que encontramos en estas acciones fallidas un sentido; un significado que se asocia al propósito inconsciente que persiguen, más allá de la intención o voluntad inconsciente.

No se trata de confrontar al sujeto con la dimensión de los valores compartidos, n de confrontarlo con la referencia moral. No se trata de la realidad objetiva, sino de la realidad psíquica. Freud nos guía allí en la distinción entre la dimensión moral y la dimensión del sujeto. Freud ubica la responsabilidad en relación a aquel propósito inconsciente.

En todas las formaciones del inconsciente un elemento accesible a la conciencia es medio de expresión de otra cosa, de algo desconocido pero sobre el cual podemos suponer un ‘saber no sabido’. Nos enfrentamos al campo de la responsabilidad subjetiva, y su relación con aquello que perteneciéndole al sujeto le es ajeno. Tal amenidad no es tomada por Freud como causa de inimputabilidad; por el contrario es a ese punto donde dirige la responsabilidad. Pero Freud no imputa al sujeto en el campo moral por aquello que se juega en lo inconsciente. No debemos confundir la responsabilidad moral, social o jurídica con la responsabilidad subjetiva. No toda responsabilidad subjetiva es judiciable.

La responsabilidad subjetiva, en el corazón de la dimensión ética, surge de esa hiancia en lo simbólico que llama al sujeto a responder, produciéndolo. Es el sujeto que situamos como efecto; como efecto de la palabra que lo divide. En las manifestaciones del inconsciente se manifiesta esa división del sujeto, que el yo experimenta como punto de inconsistencia. El yo se desorienta frente a esto que le es ajeno. Esos puntos de ruptura, de quiebre del sentido, puntos en que se manifiesta la falta estructural, son puntos en los que podemos suponer las mayores potencialidades de efecto sujeto.


*Domínguez, M. E. Los carriles de la responsabilidad: el circuito del análisis. En La transmisión de la ética…punto 2.

El circuito de la responsabilidad

El circuito de la responsabilidad está compuesto por un tiempo 1 donde se realiza una acción determinada en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se halla inmerso y que, se supone, se agota en los fines para los que fue realizada, la cual se ve confrontada en un tiempo 2 con algún indicador que le señala un exceso en lo acontecido. Tiempo donde el universo particular se resquebraja posibilitando la emergencia de una pregunta sobre la posición que el sujeto tenía al comienzo del mismo. Se debe hallar retroactivamente en el lazo asociativo entre tiempo 1 y 2 una hipótesis clínica que sitúe la naturaleza de esa ligadura. Finalmente será necesario un tiempo 3 que verifique la responsabilidad subjetiva, una toma de posición en relación a lo universal inscribiendo un acto que produzca un $.



La hipótesis clínica será la encargada de explicar el movimiento que supone que el tiempo 2 se sobreimprime al tiempo 1 resignificándolo.


*D’Amore, O. Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética…

No se puede plantear una dimensión ética sin moral. No hay responsabilidad subjetiva (singularidad) sin culpa (dimensión particular). El sujeto del acto coincide con el de la responsabilidad subjetiva. La responsabilidad subjetiva es otro nombre del sujeto, del sujeto en acto.

Responsable: es aquel de quien es esperable una respuesta. Jinkis reformula la definición clásica para decir: “Responsable: no digo consciente de lo que hace ni que se hace cargo de lo que dice, sino culpable de lo que hace y dice.”

La respuesta esperada queda sujeta a ese pasaje por la culpa; en la que ya no cuenta la intención y la pretendida autonomía de la conciencia, pues introduce una dimensión deseante más allá de ella. La culpa es en este sentido, una condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva. Es la culpa la que obliga a responder.

La culpa depende de una operación simbólica: la interpelación subjetiva. La interpelación subjetiva es la puesta en marcha del circuito. Luego la culpa obliga a una respuesta ad hoc (a propósito para un fin concreto) a la interpelación. Dado el tiempo 2 que es el de la interpelación en el circuito, se funda en su resignificación el tiempo 1, facilita una respuesta que aunque todavía no es considerada tiempo 3 (aquél de la responsabilidad subjetiva) responde a la interpelación.

El recorrido del circuito es invariante en cuánto a la lógica que instrumenta: la retroacción. No responde cronológicamente sino con lógica de retroacción, hace que vuelva sobre una acción que ya sucedió.

La culpa hace a la retroacción, hace que se retorne sobre la acción por la que se ‘debe’ responder. Dado un tiempo 2, el de la interpelación, la ligadura al tiempo 1 es ya una obligación. No hay forma de no responder, pues la interpelación exige respuesta. La interpelación es en términos económicos lo que genera deuda, culpa. La interpelación implica una deuda por la que hay que responder, es el llamado a responder para volver al surco de lo moral, en este caso la respuesta es particular. No hay singularidad en la vuelta al surco moral porque la respuesta resulta un taponamiento de la dimensión ética. Se abre como respuesta a la interpelación un abanico de posibilidades: el sentimiento de culpa, la proyección, la negación, la intelectualización, la formación sintomática. La culpa moral está en las antípodas de la culpabilidad del deseo. La culpa moral tapona el acceso a un orden de deseo. Estas respuestas difieren del tiempo 3 como responsabilidad subjetiva. El efecto sujeto es también una respuesta a la interpelación pero desde una dimensión ética. Y eso implica la noción de acto en la que el sujeto se produce. Al hablar de efecto sujeto, se habla de acto. El sentimiento de culpa se diluye en el efecto sujeto y es una respuesta de dimensión ética. Se llaman éticas a las singularidades que hacen desfallecer al particular previo.
*Ariel, A. La responsabilidad ante el aborto.

La responsabilidad del sujeto frente a su propio acto. Un acto implica una decisión tomada por fuera de los otros, sin los otros. Implica una decisión por fuera de lo moral (del bien y del mal) una decisión por fuera de la ley. El acto es una decisión y no una acción. Un acto implica una decisión que tiene consecuencias para quien lo produce y también para los otros. Pero para los otros mi acto constituye una acción. Lo que los otros ven en la dimensión de mi acto es una acción, por eso nadie puede juzgar a otro por su acto, pero si por sus acciones.

(Es medio complicado el texto…me costó entenderlo, recomiendo pegarle una leída a ver que más se puede sacar)
*Freud, S. La responsabilidad moral por el contenido de los sueños.

Freud se pregunta: “¿Debemos asumir la responsabilidad por el contenido de nuestros sueños?” responde que sí. El contenido del sueño no es el envió de un espíritu extraño, es una parte de mi ser; se debe asumir la responsabilidad por las buenas y malas aspiraciones que se encuentran en uno. Eso desconocido, inconsciente y reprimido no es mi yo, pero está en mí y produce efectos sobre mí. Pertenece a un ‘ello’ sobre el que se asienta el ‘yo’.





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