Psicología, Ética y Derechos Humanos


Módulo II: La articulación entre derechos humanos y la ética profesional



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Módulo II: La articulación entre derechos humanos y la ética profesional
*Fariña, J. Abuso sexual en la psicoterapia

Comenta tres casos de Estados Unidos que aparecieron en el “Boston Globe”.

El caso del Dr. Joel Feigon, terapeuta de 60 años, a quién la junta directiva del estado de Massachussets le retiró la matrícula profesional por haber mantenido relaciones sexuales durante ocho años con una paciente cuyo amante e hijos estaban también en tratamiento (individuales) con él. La junta hizo especial hincapié en la manipulación de los cuatro pacientes por parte de Feigon.

El segundo caso es el del Dr. Masserman, quién fue denunciado por una de sus pacientes, Bárbara Noel, a quién el profesional abusaba sexualmente luego de inyectarla con Amytal. En este caso, el testimonio es el libro escrito por la propia paciente. Cuando Bárbara Noel decidió llevar el caso de Masserman a la corte otras dos mujeres, una abogada y una empresaria, que habían sido también pacientes suyas, iniciaron a su vez acciones por haber sido abusadas sexualmente con metodologías similares.

El tercero es el caso de la Dra. Margaret Bean-Bayog que en julio de 1986 tomo en tratamiento a Paul Lozano, un estudiante de Medicina. El joven durante un tiempo fue internado varias veces por ideas suicidas. En 1987 la Dra. realiza un supervisión en la que le dicen que el tratamiento con Lozano marcha bien y que el paciente podría suicidarse si ella lo interrumpe. Un tiempo después la doctora le dice a su paciente que deberá limitar sus sesiones a menos que él pague más dinero. La terapia finaliza y el joven comienza tratamiento con otro doctor. Éste último eleva un reporte a la junta médica del estado alegando que Bean-Bayog realizó con el paciente un tratamiento inadecuado. En 1991 Lozano se suicida. Su familia inicia acciones contra la Dra. Bean-Bayog acusándola de haber manipulado y seducido a su paciente causándole la muerte. Se basaba para ello en varias cartas y fotografías que la terapeuta enviaba y entregaba a su paciente durante el tratamiento.

En el primer caso estamos ante una violación, entre otras, de la pauta ética de la abstinencia. En el segundo caso, también hay violación de la ética.

Luego Fariña da un ejemplo de cuando el terapeuta se duerme durante una sesión. Dormirse en medio de una sesión es poner en peligro el tratamiento de un paciente. Es hacer mal el trabajo para el cual se requirió su presencia allí. Es un ejemplo de lo que llama mala praxis. Al quedarse dormido, un terapeuta incurre en mala praxis profesional. Cuando se despierta, en cambio, está ante un dilema ético: ¿Qué hace con el sueñito? ¿Reniega de él, fingiendo sentirse mal, alegando una indisposición como pretexto para ir al baño, refrescarse para continuar con la sesión como si nada hubiera pasado ante el paciente que en algunos casos hasta lo escuchó roncar? ¿O por lo contrario reconoce que se había dormido, que pensaba que estaba en condiciones de atender cuando comenzó la sesión pero que evidentemente no era así, pide disculpas, da por interrumpida la sesión y ofrece recuperarla en otro momento?

Toda violación a la ética conlleva una mala praxis, pero no toda mala praxis involucra un problema ético.

Las relaciones sexuales que Feigon mantuvo con su paciente contaron con el consentimiento y hasta con el placer de ella; Masserman, en cambio, cometió directamente una violación. Esto no hace una diferencia a los fines que aquí nos interesan. La seducción que un paciente puede llegar a desplegar frente a su analista, lejos de constituir un atenuante en los casos de abuso sexual, es en rigor un agravante. El analista debe estar dispuesto a mantener la abstinencia, especialmente la sexual porque es eso y no otra cosa lo que el paciente requiere de él.

En el caso de Margarte Bean-Bayog. Su tratamiento de Lozano puede haber sido pésimo, con lo cual estaríamos en el terreno que antes definimos como de mala praxis. Pero no se ve que exista un problema ético de abuso sexual.

Nunca evaluamos la gravedad ética de una conducta por las consecuencias que de ella emanen para la víctima, sino por el análisis de los valores puestos en juego en la situación misma.


*Tomkiewicz, S. Deontología y psiquiatría.

Cuenta que una inyección producía dolor a un enfermo, pero sabía también que se la aplicaba por su bien.

En un servicio donde trabajaba se acercaban personas que pagaban para tener derecho a un “Electroshock ambulatorio”. Eran personas afectadas por un estado llamado “melancolía”.

En el mismo servicio había chicas y muchachos jóvenes a quienes también se les aplicaba electroshock, eran esquizofrénicos, pero éstos jóvenes rechazaban el electroshock, se les aplicaba contra su voluntad. Él rechaza el uso del electroshock con estos enfermos ante el asombro de grandes psiquiatras de la época que lo consideraban normal, legítimo y médico, aún cuando era aplicado contra la voluntad del enfermo.

Reflexiona: Al darle un Valium a un enfermo que está muy ansioso de alguna manera le estoy impidiendo hablar y reflexionar acerca de las causas de su ansiedad. Cuando comienza a darle Valium no puede saber si él no tendrá necesidad de Valium toda su vida. Ahora, si el mismo joven ansioso, en lugar de venir a consultar va, para calmar su ansiedad a comprar un cigarrillo de haschich, dejará inmediatamente de ser considerado como un enfermo cuyo medicamento es reembolsado por la Seguridad Social; se transformará en un toxicómano al que la policía, la justicia y la opinión pública tendrán el derecho de castigar y reprimir. El cigarrillo de haschich le impedirá hablar y reflexionar acerca de las causas de su ansiedad del mismo modo que el Valium. Pero si se le da Valium él es un buen médico, y el que le vende el cigarrillo es un traficante de droga.

Da otros ejemplos de drogas aplicadas a diferentes enfermos recordando que según la OMS la finalidad de los médicos debe ser el salvaguardar la salud, es decir el bienestar físico y mental de la gente.

En 1962 se realizaban en el marco de la NASA para poder ir a la luna experiencias del llamado “aislamiento sensorial”. El resultado dio lugar a la definición del “síndrome psíquico del aislamiento sensorial” con alucinaciones, crisis de agresividad, desestructuración del esquema corporal y situaciones de sufrimiento tan agudo que las personas preferían morir a continuar. Algunos años más tarde un médico proponía el aislamiento sensorial como medio terapéutico para esquizofrénicos, delirantes, depresivos. No se pedía el consentimiento de los enfermos. ¿Para qué? Son locos y la opinión de un loco es por definición una no-opinión.

El autor se pregunta: ¿Dónde termina la medicina y dónde comienza el castigo, la violación, la tortura?

Lo que nos permite habitualmente tolerar esta confusión es tal vez el carácter de aquellos a quienes se aplican, a quienes se imponen todos estos métodos; locos, delincuentes, homosexuales, etc.
*Fariña, J. Las minorías según Benetton.

Cuando hablamos de diferencias, de diversidades humanas, resulta imprescindible aclarar que las más de las veces estas ingresan socialmente bajo la forma de minorías. Se trata de grupos que son objeto de un trato diferencial por parte de otro (que provisoriamente llamaremos mayoría) el cual le impone condiciones de marginación. Desde la perspectiva de la dimensión humana, un ejemplo concreto, quizás el más representativo: el de las minorías basadas en rasgos étnico-raciales.

La forma y el color de los ojos, dado el papel estructurante que tiene para los seres humanos la mirada; se ha transformado en otro rasgo predilecto a la hora de establecer y señalar grupos minoritarios. Si nos centramos en los aspectos de la dimensión humana, uno de los factores que pueden reconocerse como constantes a lo largo de los distintos casos de minorías es el llamado movilización erótica o sexual.

Cuando el rasgo movilizador adopta carácter grupal estamos en presencia de una minoría. Freud dice: “El sentimiento de comunidad de las masa ha menester, para completarse, de la hostilidad hacia una minoría extranjera y la debilidad numérica de estos excluidos invita a su sofocación (…) la intolerancia de las masas se exterioriza con más intensidad frente a diferencias pequeñas que frente a diferencias fundamentales.”

Efectivamente, los judíos por ejemplo no constituyen una lejana raza asiática cuyos rasgos físicos y culturales pueden contribuir a subrayar las diferencias. Freud llamó a esto “el narcisismo de las pequeñas diferencias”.

El ser humano no se defiende sólo cuando se lo ataca sino que cuenta con una alta cuota de agresividad en su dotación pulsional. No hay razones espontáneas en la especie humana para amar al prójimo, bien por el contrario.

De nuevo Freud: “No es fácil para los seres humanos, evidentemente, renunciar a satisfacer esta su inclinación agresiva. (…) siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos, con tal que otros queden fuera para manifestarles la agresión.”

La inclinación agresiva es, por tanto, una disposición pulsional del ser humano, en la cual la cultura encuentra un enorme obstáculo.

¿De qué medios se vale entonces la cultura para erradicar o atenuar la agresión?

Freud: “La agresión es introyectada, interiorizada, pero en verdad reenviada a su punto de partida; vale decir: vuelta hacia el yo propio. Allí es recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyó y entonces, como conciencia moral, que ejerce contra el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos.

El desarrollo de lazos de amor en el grupo parece requerir de otros sobre los cuales descargar los golpes.

Fariña ilustra el tema con diapositivas de una campaña de Benetton con imágenes cuyos ejes son la diversidad étnica y los mitos respecto de la sexualidad. En esta campaña Benetton propone un desplazamiento. Dirigiéndose a los jóvenes, estaría preguntando: ¿Uds. todavía son de aquellos que designan a las personas por el color de su piel, o pertenecen ya a quienes entienden las razones de la diversidad étnica? En cada diapositiva introduce una pequeña explicación que informa respecto de las razones de tal diversidad. Finalmente expone: mientras los colores de las pieles difieren, la sangre permanece roja.

En la dimensión histórica del problema de las minorías Fariña se centra en el cambio que se ha operado con el pasaje del feudalismo al capitalismo moderno. En todas las formas de minorías que la humanidad conoció hasta el advenimiento del capitalismo, siempre el rasgo objeto de movilización ha sido un elemento del orden de lo natural. Se entiende por natural aquellas marcas que el ser humano trae al nacer o adquiere en la muy temprana infancia y que lo acompañan de manera indeleble a lo largo de su vida. Por ejemplo las minorías organizadas a partir de rasgos étnico-raciales, o las minorías en base a discapacidades. Todas las minorías sustentadas en un criterio precapitalista son cuestionadas y tienden a desaparecer o perder peso con el desarrollo del capitalismo. Aquellos sectores sociales que eran objeto de discriminación injusta hoy tienden a ser integrados (minorías religiosas, minorías en base al género, minorías basadas en la elección sexual, minorías lingüísticas, minorías basadas en la edad) en el horizonte del capitalismo el efecto de movilización tiende a desplazarse a un nuevo objeto, lo que resulta intolerable es la presencia de alguien pobre. Lo que moviliza hoy hasta el asco y la repulsa no es ya el color de piel, la religión o la lengua, sino la pobreza extrema. Como antes lo fueron el color de piel, la circuncisión, o el cuerpo que nos tocó, hoy es la cantidad de dinero que tenemos lo que define nuestra pertenencia a las minorías o a las mayorías.

¿Qué más hermoso nos diría Benetton que el abrazo de niños asiáticos, nórdicos, africanos y latinos? En la publicidad la imagen es bellísima. Pero la condición de tal belleza es que estén todos enfundados en ropa cara de Benetton. En otras palabras, es la marca del dinero lo que nos permite apreciar el hallazgo estético de la empresa. A los mismos niños, descalzos y sin nada de comer, nadie los encontraría bellos. Pero Benetton está al tanto de esto (Fariña presenta dos últimas diapositivas). Hay un planisferio con cambios. Los países tienen una superficie acorde a su población y una leyenda que dice “Aquí es donde vive la gente”. Presenta otra imagen con un planisferio en donde cada país tiene un tamaño acorde a su riqueza. Es un mundo reducido a lo Estados Unidos, Europa y Japón. El texto dice: “Aquí es donde vive el dinero”. Las verdaderas diferencias radican cada vez más en el dinero y el poder.



Discriminación justa y discriminación injusta

Si se toma la acepción etimológica de "discernir", el acto de discriminar es esencialmente "justo", es decir, deseable. El horario de protección al menor sería un ejemplo claro de ello: se distingue -discrimina- el estadio evolutivo del niño, que le impide simbolizar determinados estímulos -violentos, sexuales-, los cuales podrían suponer carácter traumático. Es evidente que al hacerlo, al discernir esta cuestión separando al niño del televisor, lejos de generar un perjuicio al menor, se busca preservarlo de tales efectos traumáticos.

A la inversa, el concepto de "discriminación social", se reserva para los casos en los que la acción discriminatoria adopta carácter negativo, o injusto. Ejemplo clásico de ello es la segregación de grupos humanos en razón de su raza, religión, lengua, orientación sexual, discapacidad, condición socioeconómica, etc. La enumeración busca alertar respecto de la injusticia que subyace a dicho menoscabo y promover acciones destinadas a suprimirla.

Diremos que entre la discriminación en sentido positivo y la discriminación en sentido negativo, existe una relación inversamente proporcional. Cuanta mayor capacidad para discriminar -en el sentido positivo o simbólico- tenga un sujeto, más preservado estará de llevar adelante acciones discriminatorias en el sentido negativo o injusto.


*Salomone, G. Consideraciones sobre la Ética Profesional: dimensión clínica y campo deontológico-jurídico. En “La transmisión de la ética…”

Una ética profesional asociada exclusivamente a la deontología genera un desdoblamiento de la función profesional que toma dos caras indialectizables. Por una parte se configura un profesional con deberes de ciudadano, abogando por los derechos de las personas, atendiendo a las exigencias sociales y legales de la profesión, dirigiendo su práctica en función de un sujeto de derecho. Por otra parte se encuentra un profesional que lidia con el sufrimiento del paciente, que debe operar con otra concepción de sujeto y que despliega su práctica en el terreno de la transferencia. Hay una responsabilidad profesional entonces ligada a nuestro objeto de estudio y práctica: el sufrimiento psíquico del sujeto.

La dimensión clínica no se refiere exclusivamente al trabajo clínico, sino que con este término nos interesa señalar una perspectiva que toma en cuenta la dimensión del sujeto, la singularidad en situación. Claramente, el campo normativo configurado sobre la lógica de lo general recorta los problemas desde una perspectiva particular. En cambio, la dimensión clínica constituye un modo de lectura y abordaje sustentado en la categoría de lo singular.

Introducir la dimensión clínica en el campo de la ética profesional introduce, a su vez, la perspectiva ética.



La posición ética se constituirá en esa intersección entre el marco normativo y la dimensión clínica, lo cual excluye la obediencia automática a la norma pero también su rechazo.

El campo normativo: códigos deontológicos y orden jurídico.

La deontología refiere a los deberes relativos a una práctica determinada, los cuales, en su forma de enunciados normativos se plasman en los llamados “códigos de ética”. Se aboca al estudio de los deberes y obligaciones de los psicólogos, lo cual incluye el tratamiento de ciertas problemáticas propias de este campo, tales como, confidencialidad, explotación, competencia, idoneidad, integridad, capacitación, respeto por los derechos y dignidad de las personas, responsabilidad profesional y científica, ámbitos de incumbencia. También se ocupa de los deberes y obligaciones de los psicólogos en lo referido a declaraciones públicas, publicaciones, actividades de investigación, supervisión, docencia, etc.

Los códigos de ética profesional establecen una serie de pautas que regulan nuestra práctica, funcionando como una referencia anticipada a situaciones posibles y por venir. El campo normativo tiende a configurarse y a funcionar en tanto universo. Evidentemente, lo singular que un sujeto comporta no estará contemplado en la norma.

-Los códigos resumen el conocimiento alcanzado en el campo profesional hasta cierto momento histórico (Estado del arte), el cual funciona como fundamento de las normativas. En ese sentido, Estado del Arte y regulaciones profesionales constituyen el conocimiento que antecede a una situación dada.

Los códigos condensan los valores morales de un tiempo histórico determinado. Es necesario reflexionar sobre la relación entre la dimensión moral en la que ubicamos a los códigos deontológicos, y la perspectiva ética en sentido estricto, referida fundamentalmente a la dimensión subjetiva.

La interpretación de la norma

Cada norma contemplará una serie de casos que constituyen un conjunto, en tanto grupo de elementos que comparten una propiedad común. La confrontación con un caso determinado nos obliga a analizar la pertinencia de la norma. Es decir, no es posible su aplicación inmediata e indefectiblemente, será necesario interpretarla. La aplicación de la norma no puede ser automática. Frente al caso a analizar, deberemos interpretarla y, además, ponderarla en relación a otras normas y a otros elementos de juicio.



Consideraciones sobre la posición ética

El campo normativo organizado sobre una lógica de universo (cerrado) excluye lo singular dificultando su articulación con la lógica del sujeto. La confrontación de las normas deontológicas y jurídicas con un caso exige la ponderación e interpretación de aquéllas. La sola exigencia de interpretación da cuenta de un punto de inconsistencia de ese universo. Es decir que la interpretación funda una lógica del no-todo y convoca al sujeto a responder. El modo en que se responda a la interpelación, a ese llamado que surge del punto de inconsistencia del campo normativo, da lugar a una cierta posición subjetiva que podrá configurarse o bien en una posición moral o bien una posición ética.

Así se configurarán dos posiciones distintas:

-El abordaje del campo normativo desde un posicionamiento moral, posición de mera obediencia, de acatamiento. La posición moral no soporta el punto de inconsistencia al que lo enfrenta el campo normativo e intenta hacerlo consistir adjudicándole una solidez inexistente.

-Una posición ética de responsabilidad. El sujeto acepta ese punto de indeterminación radical que lo convoca a responder de un modo singular. Se trata una posición subjetiva que acepta la lógica de la falta.

Incluir la dimensión del sujeto como horizonte de nuestras decisiones en la práctica no significa necesariamente ubicarnos en el segundo movimiento de la ética. También el primer movimiento exige la referencia al sujeto. Es decir, primer y segundo movimiento de la ética constituyen modos de lectura diferenciados que recortan una situación dada relevando diferentes aristas. Sin embargo, en ambos la dimensión clínica es la referencia inevitable.

No se trata de plantear la disyunción de los campos sino, aún sosteniendo la diferencia pensar su articulación.

La autora da el ejemplo de un caso en que un paciente planea asesinar a una persona y el terapeuta se enfrenta al dilema de la suspensión o el mantenimiento del secreto profesional. Tanto en el campo normativo como en la dimensión clínica se juega la relación del Sujeto con la Ley (Sujeto-ley simbólica y sujeto-ley social). Por lo tanto se deben tener en cuenta las implicancias clínicas que las decisiones en relación al orden deontológico-jurídico puedan acarrear. La relación del sujeto a la ley no se reduce a la mera aplicación de la norma sobre él. Se trata de elevar la norma a categoría de Ley. Ley que regula, que inscribe una prohibición en la intimidad del sujeto y del acto. De allí la importancia de sostener la decisión en una posición que no se configure en relación a la exigencias morales. La sanción legal no debe configurar únicamente una responsabilidad en el campo de la moral. Se trata de favorecer un más allá de la responsabilidad jurídica, para dar lugar al campo de la responsabilidad subjetiva. La decisión tendrá el valor de un acto que confronta al sujeto con la implicación en su propio acto.

La posición del profesional podrá oscilar entre una posición moral de acatamiento a los roles asignados y una posición ética que facilite un posicionamiento ético del sujeto sobre el que dirige su intervención. Es en este punto donde la noción de responsabilidad subjetiva adquiere relevancia ineludible.
*Freud, S. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia

Apuntes de la clase de Carlos Gutiérrez: Frente a una paciente mujer que se ha enamorado del médico que la analiza. Se pueden pensar dos desenlaces posibles: que se casen o interrumpir el tratamiento. Freud sostiene que el punto de vista del analista debe ser distinto.

Freud dice:

“El médico (…) tiene que discernir que el enamoramiento de la paciente ha sido impuesto por la situación analítica y no se puede atribuir a la excelencias de su persona.”

“A primera vista no parece que del enamoramiento en la transferencia pudiera nacer algo auspicioso para la cura. (…) Luego meditando un poco, uno se orienta: cuanto estorbe proseguir la cura puede ser la exteriorización de una resistencia. Y en el surgimiento de esa apasionada demanda de amor la resistencia tiene sin duda una participación grande.”

Dice Gutiérrez: El análisis debe seguir y la cura se despliega en la transferencia, es ella misma el campo de batalla donde se despliega la cura. Los preceptos morales no sirven para el psicoanálisis. Lo que el psicoanálisis comparte con los preceptos morales es la no satisfacción de lo amoroso, pero se llegó allí por conveniencia analítica.

Freud: “(…) sustituir la imposición moral por unos miramientos de la técnica analítica, sin alterar el resultado” (la no satisfacción de lo amoroso).

Si se hace que la paciente sofoque lo pulsional es como llamar lo reprimido a la conciencia para reprimirlo nuevamente.

Freud: “Exhortar a la paciente, tan pronto como ella ha confesado su transferencia de amor, a sofocar lo pulsional, a la renuncia y a la sublimación, no sería para mí un obrar analítico, sino un obrar sin sentido. (…) Uno habría llamado lo reprimido a la conciencia sólo para reprimirlo de nuevo.”

“La técnica analítica impone al médico el mandamiento de denegar a la paciente menesterosa de amor la satisfacción apetecida. La cura tiene que ser realizada en la abstinencia. (…) Hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como unas fuerzas pulsionantes del trabajo y la alteración y guardarse (evitar) de apaciguarlas mediante subrogados.”

“Consentir la apetencia amorosa de la paciente es tan funesto para el análisis como sofocarla.” “Uno retienen la transferencia de amor, pero la trata como algo no real, como una situación por la que se atraviesa en la cura, que debe ser reorientada hacia sus orígenes inconscientes y ayudará a llevar a la conciencia lo más escondido de la vida amorosa de la enferma, para así gobernarlo.”

Gutiérrez:

Transferencia recíproca contratransferencia. Hay que estar advertido y cuando se presenta vencerla con una posición de neutralidad.

El amor de transferencia es resistencia. Pero el amor de transferencia es anterior, la resistencia se sirve de él. Se trata de un amor auténtico. El médico fue quien tendió el señuelo.

Freud: “La participación de la resistencia en el amor de transferencia es indiscutible y muy considerable. Sin embargo, la resistencia no ha creado este amor; lo encuentra ahí, se sirve de él y exagera sus exteriorizaciones. (…) Este enamoramiento consta de reediciones de rasgos antiguos y repite reacciones infantiles. Pero ese es el carácter de todo enamoramiento.”

“No hay ningún derecho a negar el carácter de amor ‘genuino’ al enamoramiento que sobreviene dentro del tratamiento analítico.” Freud dice que es tan anormal como los enamoramientos que se dan fuera de la cura analítica. “Es provocado por la situación analítica, es empujado hacia arriba por la resistencia que gobierna a esta situación y carece de miramiento por la realidad objetiva (…) estos rasgos que se desvían de la norma constituyen lo esencial de un enamoramiento.”

Los motivos éticos y técnicos coinciden. No hay técnica hay una posición ética.

“Para el obrar médico (el amor de transferencia) es el resultado inevitable de una situación médica, como lo sería el desnudamiento corporal de una enferma o la comunicación de un secreto de importancia vital. Esto le impone la prohibición firme de extraer de ahí una ventaja personal. (…) Motivos éticos se suman a los técnicos para que el médico se abstenga de consentir el amor de la enferma.”


Apuntes del texto de la web: “Principio de neutralidad y la regla de abstinencia: la perspectiva freudiana.” Salomone, G.

La regla de abstinencia es una indicación técnica y, como tal, debe ser observada por el analista a lo largo del tratamiento y como condición de posibilidad del mismo. Mientras que en razón de la regla de abstinencia el analista es compelido a impedir la satisfacción pulsional del paciente, es en la observación del principio de neutralidad en lo que quedará impedido de buscar las propias satisfacciones en los tratamientos que conduce. Es decir, el principio de neutralidad es una imposición de abstinencia para el analista.

La posición de neutralidad se funda básicamente en que el analista sustraiga como persona para dar lugar así a su función.

El concepto de neutralidad es una recomendación técnica para el analista que implica una imposición de abstinencia para él, en tanto agente de una función. Implica abstenerse de la ambición terapéutica así como de la ambición pedagógica. Abstenerse de inculcarle al paciente los propios ideales o aquellos valores que corresponden a la moralidad de la época; abstenerse de dirigir la vida del paciente y abstenerse de proponer nuevas metas a la mociones pulsionales liberadas de los síntomas. Pero también este lugar le impone no responder a la demanda de amor o a cualquier otro tipo de demanda del paciente, y excluir sus propios sentimientos contratransferenciales.

Desde la posición de neutralidad, se abstiene de ofrecerse como un yo que forme parte de la serie de objetos especulares que, en tanto portadores de satisfacción sustitutiva, obturan la falta. La regla de abstinencia encuentra su condición de posibilidad en el principio de abstinencia.
*Lewkowicz, I. Singularidades codificadas. En “La transmisión de la ética…”

El eje simbólico que conecta un universal con un singular es el eje formal privilegiado para pensar las situaciones éticas.

En cualquier legislación hay tres momentos. Los vistos, en los que se diagnostica una situación en la que aparece un punto de inconsistencia. Los considerandos, en lo que se enuncia el eje, el valor, a partir del cual se intenta intervenir sobre la situación. Y la resolución, en la que se arbitra una medida para modificar la situación descripta en los vistos, en la dirección señalada por los considerandos.

Noción de código:

Dos modos de totalización: una totalización fáctica: todo lo hasta aquí acontecido, una compilación. La otra modalidad totaliza lo posible, es necesaria: no compila retroactivamente lo acontecido sino que determina proactivamente lo que podrá ocurrir. Todos los posibles caen bajo este concepto. Refiere a una totalidad ya clausurada. Transcurre en el espacio universal, de la ley, de la totalización sin fallas ni excepciones. Esa es la idea de código moral. En principio, código moral se refiere a todas las situaciones posibles.

El Codex es la suma de diversidad de experiencias. El código es un sistema abierto de experiencias instituyentes. Es el cuerpo historial de las singularidades decididas. Es el estado actual de las singularidades decididas. Admite nuevas suplementaciones. Lo que tiene esa apertura esencial es que no señala el punto en que está abierta, por lo tanto parece cerrado. Sólo una nueva singularidad lo va a abrir, y va a ir a anotarse como singularidad que, una vez decidida, suplementa el corpus de la codificación.

El código tiene una apertura esencial. De ahí que se trate de leer los códigos como totalizaciones morales que incluyen toda experiencia posible, sino más finamente como una transmisión de una experiencia, y por lo tanto como condición de posibilidad de la experiencia. Esa transmisión de la experiencia significa transmisión de la singularidad problemática decidida en una prescripción, y no como principio capaz de cubrir la totalidad de las situaciones.
*Domínguez, M. La singularidad en los códigos de ética: ética y deontología. En “La transmisión de la ética…”

La autora da una etimología de “ética” y “deontología”.

En términos generales el lenguaje filosófico utiliza el vocablo ethos en la actualidad para definir al “conjunto de actitudes, convicciones, creencias morales y formas de conducta, de una persona individual o de un grupo social o étnico.”

La ética concebida clásicamente como la ciencia que estudia los comportamientos morales de los sujetos humanos, será la disciplina confinada a recopilar las acciones adquiridas como hábitos, supuestamente universales, para extraer de allí reglas generales que tendrán valor de éticas. Siendo así “la teoría o ciencia del comportamiento moral de los hombres en sociedad.”

La deontología es la ciencia de los deberes o la teoría de las normas morales. Teoría ética de los deberes relativos a una determinada actividad social. Comprendiendo, al conjunto de reglas que un grupo establece para sí en función de una concepción ética común.

Ética y deontología coexisten en sintonía al ocuparse ambas de las acciones de un grupo determinado pero, la distonía radica en que la deontología legisla aquello que se debe hacer, lo esperable en el marco de las relaciones humanas que regula, mientras que la ética reflexiona sobre el obrar humano, sobre los actos de los sujetos que no pueden ser anticipados por la norma.

La perspectiva de la ética se halla soportada en la práctica y teoría psicoanalíticas y se sustenta en la pregunta ¿Ha actuado usted en conformidad con el deseo que lo habita? Dentro de este marco el deseo inconsciente es la referencia. Esta concepción de la ética se sostiene en el saber-hacer en acto. La ética será un asunto pertinente al deseo en tanto que indomesticable.

En este sentido, los ideales terapéuticos del deber-hacer pertinentes en el marco deontológico serán suplementados por la emergencia de una singularidad. La ética se presentaría como suplementaria de la deontología al producir un exceso respecto de las totalizaciones dadas, mientras que la deontología sería producto y reflejo de la moral social.

Se entiende por particular aquellos usos, costumbres y valores que comparte un grupo determinado en un lapso histórico dado. La autora llama éticas a aquellas singularidades que produzcan un quiebre respecto de ese universo de discurso del cual emergen, siendo advertidas como “algo incalificable para el lenguaje de la situación”. En este sentido, el deseo no podrá ser alistado como un elemento de la serie normativa del universo deontológico. La singularidad concebida como “lo que se sustrae al régimen del uno”.

Una ley de código que regula exhaustivamente una situación cualquiera es siempre particular: Está sometida (o suspendida) hasta la sorpresiva irrupción de una singularidad que (destotalizando como particular la legalidad del universo previo) exija un gesto de suplementación (universalización) en nombre de una nueva ley ‘más allá’. Una singularidad para ser concebida como tal deberá producir una novedad en la situación, y sólo si existe el trabajo subjetivo de lectura y nominación. Sólo si hay otro que la sanciona como tal, que la nomina y le da existencia.



La lectura de los códigos de ética.

La autora hace referencia al deseo del analista y la lectura que él haga del texto normativo. La existencia de los códigos de ética es producto del encuentro en la práctica con una singularidad. ¿Cómo conciliar el universo deontológico y las singularidades éticas? A partir de la transmisión. La lectura de los códigos se hallará articulada con la transmisión cuando admitamos la dimensión del deseo del analista. Frente a los códigos se debe tomar una posición.

Ética y deontología conciliadas en la transmisión del deseo del analista contendrán lo instituyente de la experiencia y producirán enseñanza y transmisión alrededor de un indecible: el deseo. Más allá de la estructura cristalizada del texto normativo, el acento estará puesto en la lectura que de él se haga.
*(Domínguez, M. Addenda “El doble movimiento de la ética contemporánea: ¿una lectura posible sobre la singularidad en los códigos?

El doble movimiento de la ética contemporánea se nos propone como un modo de situar la dialéctica existente entre las categorías de lo particular y lo universal-singular dentro del ámbito propio de la ética.

La ética contemporánea engloba por un lado, “el universo de conocimientos disponibles en materia de ética profesional y constituye una suerte de ‘estado del arte’ que da cuenta de los avances alcanzados por la disciplina y permite deducir el accionar deseable del psicólogo ante situaciones dilemáticas de la práctica profesional” y por el otro, la singularidad en situación.

En la primera va de la Intuición al Estado del Arte y se corresponde con la Deontología y los códigos de ética.

El primer movimiento responde al “deber hacer” soportado en los tres tiempos de toda legislación: los vistos, los considerandos y la resolución. Es el conocimiento disponible para el profesional que antecede a la situación, es lo que de él se espera en el ejercicio de su práctica. Pero requiere del segundo para ubicar la dimensión de la ética toda, esto se debe a que no alcanza con el primero para situar a la misma, ya que hay algo allí que no está: la singularidad. Ambos, uno y dos, se requieren para situar el ámbito de la Ética. La Deontología es parte de la Ética en tanto conforma la primera parte de su doble movimiento.

Conciliamos ética y deontología a partir del deseo del analista y la lectura que él haga del texto normativo, para leer la singularidad en el universo deontológico del primer movimiento que suplemente al producido por la dupla.

Primero y segundo movimiento quedarán conciliados y suplementados por un tercero que se produce en acto, que va del segundo al primero transmitiendo en el acto de lectura del texto normativo el deseo del analista. Deseo que no se halla soportado en ningún ideal moral.

El primer movimiento funda el saber ético en el quehacer sustentado en contenidos a priori que determinan el ‘deber hacer’. En el segundo movimiento la dimensión ética adopta su valor a posteriori dado que no existe conocimiento disponible para el ‘qué hacer’. Es la situación misma la que se erige como fundante de saber. Entonces, propondremos en el tercero, el de la lectura de la singularidad en situación, que su existencia (la de la singularidad) sólo es posible a partir de un acto. Efectivamente, cada vez que el analista lee lo hará desde una posición ética que no se verifica a posteriori sino en su intervención en acto. Es a partir del deseo del analista que la singularidad se produce, cobra existencia.


*Badiou, A. “Ética y psiquiatría”

Apuntes de clase:

El autor toma la locura y la cuestión de la víctima. Desarrolla la idea de si nombrar a alguien como víctima no lo reduce sin dejarle posibilidad.

Toma la locura como algo contingente, donde es fundamental la posición del psiquiatra como creador de posibilidades. Hace referencia a la responsabilidad en la lectura de una situación. No suponerlo víctima sino sujeto.

Texto:

La concepción de la ética hoy es una concepción negativa dominada por la figura de la víctima.



La ética nos lleva a pensar la locura como un proceso singular que impide o exalta excesivamente el devenir-sujeto. La locura será entonces un límite de la experiencia, y no su negación. Lo que es imperativo conservar es la idea de una subjetivación siempre posible, de la cual la locura es una simple imposibilidad contingente. La psiquiatría debe consagrar su pensamiento y su acción únicamente a los mecanismos singulares de esta imposibilidad. Deber ser una teoría del proceso patológico y un intento de interrumpir su curso.

El enfermo no necesita de la compasión del médico sino su capacidad. La ética psiquiátrica solo puede suponer la igualdad absoluta de las personas en término de la subjetivación posible; en particular la igualdad de los locos y los no locos.

El imperativo del médico, fijado desde Hipócrates es simple: “Haz todo lo que está en tu poder para que sea de nuevo posible lo que es provisionalmente imposible, pero de lo cual todo humano es declarado axiomáticamente capaz.”

La enfermedad es una situación. La posición ética no renunciará jamás a buscar en esa situación una posibilidad hasta entonces inadvertida. Aunque esa posibilidad sea ínfima. Lo ético es movilizar, para activar esa posibilidad minúscula, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Solo hay ética si el psiquiatra, días tras día, confrontado a las apariencias de lo imposible, no deja de ser un creador de posibilidades. Deberá tener el arte de discernir las posibilidades mínimas de lo posible. Es el portador del axioma de la igualdad entre locos y no locos.


*Domínguez, M. “El acto de juzgar entre el dilema y el problema ético”

El elemento en común entre el dilema ético y el problema ético es la referencia a lo ético como horizonte último.

-Dilema ético: Una situación es dilemática si nos confronta con una disyuntiva ante la cual tenemos que decidir, para ello debemos encontrar algunas alternativas posibles, caminos diversos para pensarla y arbitrar algún fallo para resolverla. Es preciso que se trate de una verdadera decisión (diferente de los términos opción y elección). La decisión está ligada a la producción de una singularidad subjetiva, una variable que se inventa acorde a la singularidad en situación. Aquí no se juega la opción correcta o la elección adecuada. La decisión se encuentra ligada con cierta posición del sujeto en su enunciación.

Si hay dilema es porque el sujeto se halla dividido por una pregunta ante la cual es convocado a responder. Esa respuesta sitúa la responsabilidad. El dilema deja al sujeto dividido por esa pregunta en las puertas del acto de juzgar. Ahí se encuentra la articulación ética, vía el acto. Un acto ubicado en relación al eje Universal-Singular.

-Problema ético: el problema ético también convoca al sujeto a responder pero no sitúa en su centro un dilema y sus alternativas, sino un asunto sobre el que hay que tomar la palabra. Se trata del acto de legislar. Un acto que incluye la lectura de lo particular como catálogo de singularidades decididas.

El dilema conduce al análisis de cierta inconsistencia que presenta el universo del discurso. El problema ético no busca producir sujeto dividido. Se pueden situar los nombres de los problemas éticos y clasificarlos, por ejemplo los capítulos de ética en Educación del Ibis.

Lo que intermedia el dilema ético y el problema ético es el acto de juzgar. En ambos casos se requiere que al concepto provisto por el estado del arte se lo suplemente con un acto que legisle, decidiendo si ese caso particular ingresa o no bajo esa regla universal. Se sitúa aquí la función del intérprete, aquel que interpreta la norma para cada situación singular.

Juzgar no implica aplicar una regla universal a un caso particular sin ver si la regla se aplica. La decisión implica una elección que implica responsabilidad. Ante una situación dilemática confrontada con el estado del arte se tratara del arte de juzgar. Un dilema se resuelve suplementando la clasificación. Aquello que no esta totalmente establecido en la teoría, en el estado del arte convoca al acto de juzgar, al arte de juzgar.






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