Psicología III resumen



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PSICOLOGÍA III - RESUMEN
Este escrito, que conviene estudiar en profundidad, haciendo el propio resumen y síntesis, se basa en las explicaciones que Silo dio en Las Palmas de Gran Canarias, España, a principios de agosto de 1978.
En primer lugar se desarrollan aquí los temas de Catarsis, Transferencias y Autotransferencias que hemos visto recién, y de la acción en el mundo como forma transferencial.
En el esquema de la conciencia vimos un circuito que corresponde a la percepción, representación, nueva toma de representación y sensación interna. Y otro circuito nos muestra que de toda acción que lanzo hacia el mundo, tengo también sensación interna. Esa toma de realimentación es la que nos permite aprender haciendo cosas.
Ejemplo del teclado: voy grabando actos entre acierto y error, pero puedo grabar actos únicamente si los realizo.

De mi hacer tengo registro. De todo acto que realizo, tengo memoria.


Sabemos que la acción puede operar fenómenos catárticos, transferenciales y autotransferenciales. No será lo mismo un tipo de acción que otra. Habrá acciones que permitan integrar contenidos internos y habrá acciones tremendamente desintegradoras. No es indiferente entonces la acción que se realiza en el mundo. Hay acciones de las que se tiene registro de unidad y acciones que dan registro de desintegración.
Psicología III continúa desarrollando el trabajo integrado del psiquismo, que ahora no volveremos a ver en conjunto.
Avancemos revisando brevemente lo dicho sobre la conciencia y el yo.
La conciencia cuenta con una especie de “director” de sus funciones y actividades, conocido como el “yo”. Me reconozco a mí mismo gracias a la memoria y a algunos de mis impulsos internos que están siempre ligados a un tono afectivo característico. No sólo por mi biografía y memoria, sino por mi particular forma de sentir y comprender.

¿Y si quitáramos los sentidos, dónde estaría el yo? El yo no es una unidad indivisible, sino que resulta de la suma y estructuración de los datos de los sentidos y de los datos de la memoria. Es una configuración ilusoria de identidad y permanencia.


En cuanto a la reversibilidad y los fenómenos alterados de conciencia, vemos que no es lo mismo percibir que apercibir, es decir poner atención a la percepción, cosa que podemos hacer ahora mismo. No es lo mismo memorizar que rememorar o evocar, cuando mi conciencia va a la fuente de memoria. Así, la conciencia dispone de mecanismos de reversibilidad que trabajan de acuerdo al estado de lucidez. Disminuyendo el nivel, es cada vez más difícil ir a las fuentes de los estímulos voluntariamente. Los impulsos se imponen, los recuerdos se imponen y todo eso con gran fuerza sugestiva va controlando a la conciencia mientras ésta, indefensa, se limita a recibir los estímulos.

No sólo sucede esto en las caídas de nivel de conciencia, sino también en los estados alterados de conciencia. Pero no confundimos los estados alterados con los niveles de conciencia, ya que cada nivel de conciencia admite distintos estados y la alteración se puede darse en todos ellos.


Así es que el yo puede verse alterado por exceso de estímulos o por carencia de ellos. Pero en todo caso, si nuestro yo director se desintegra, la reversibilidad desaparece.
Por otra parte, el yo dirige las operaciones utilizando un “espacio” y según se emplace este yo en ese “espacio”, la dirección de los impulsos cambiará. En este espacio se van emplazando impulsos e imágenes. Según que una imagen se lance a una profundidad o a un nivel del espacio de representación, sale una respuesta diferente al mundo.
Ejemplo de la mano: si para mover mi mano la imagino visualmente como si la viera desde afuera, la imagino desplazándose hacia un objeto que quiero coger, no por eso mi mano realmente se desplazará. Esta imagen visual externa no corresponde al tipo de imagen que debe ser disparada para que la mano se mueva. Para que esto ocurra es necesario que yo utilice otro tipo de imágenes: una imagen cenestésica (basada en la sensación interna) y una imagen kinestésica (basada en el registro muscular y de posición que va teniendo mi mano al moverse).
Son las imágenes las que movilizan los centros, pero también una vez que se moviliza un centro, los sentidos internos toman muestra de esa actividad que se disparó al intracuerpo o al mundo externo. Ese registro interno se reinyecta nuevamente en el circuito, va hacia memoria, circula, se asocia, se transforma y se traduce.
Para la psicología ingenua todo termina cuando se realiza un acto. Y parece que la cosa recién comienza cuando uno realiza un acto, porque este acto se reinyecta y eso despierta una larga cadena de procesos internos.
El sistema de representación en los estados alterados de conciencia
En los desplazamientos por el espacio de representación, llegamos a sus límites. A medida que las representaciones descienden, el espacio tiende a oscurecerse mientras que hacia arriba va aumentando la claridad. Estas diferencias de luminosidad entre “profundidades” y “alturas” tienen que ver con información de memoria y con que se tiene mayor luminosidad a nivel de los ojos. El campo de visión se abre con más facilidad en frente y hacia arriba de los ojos, que al contrario.
Por otra parte, y solamente en determinadas condiciones de alteración de conciencia, se produce un curioso fenómeno que irrumpe iluminando todo el espacio de representación. Este fenómeno acompaña a las fuertes conmociones psíquicas que entregan un registro emotivo cenestésico muy profundo. Esta luz que ilumina todo el espacio de representación se hace presente de tal manera que aunque el sujeto suba o baje, el espacio permanece iluminado. Al registrar este fenómeno, algunos sujetos van a vigilia con una aparente modificación de la percepción del mundo externo. Al producirse este curioso fenómeno de iluminación del espacio, algo ha pasado con el sistema de estructuración de la conciencia que ahora interpreta de un modo diferente la percepción externa habitual. Se ha modificado la representación que acompaña la percepción.
De un modo empírico y por medio de diversas prácticas místicas, los devotos de algunas religiones tratan de ponerse en contacto con un fenómeno trascendente a la percepción y que parece irrumpir en la conciencia como “luz”. Por diferentes procedimientos ascéticos o rituales, por medio del ayuno, de la oración, o de la repetición, se pretende lograr el contacto con esa suerte de fuente de luz. En los procesos transferenciales se puede tener experiencia de esto, que se produce cuando el sujeto ha recibido una fuerte conmoción psíquica, es decir que su estado es aproximadamente un estado alterado de conciencia.
Nos interesa el sistema de registro, el emplazamiento afectivo que padece el sujeto y esa suerte de gran “sentido” que parece irrumpir sorpresivamente.
Los estados alterados de conciencia pueden darse en distintos niveles y, por supuesto, en el nivel vigílico. Existen también los “estados crepusculares de conciencia”, en los que hay bloqueo de la reversibilidad general y un posterior registro de desintegración interna. Distinguimos también algunos estados que pueden ser ocasionales y que bien podrían ser llamados “estados superiores de conciencia”. Estos pueden ser clasificados como: “éxtasis”, “arrebato” y “reconocimiento”.
Los estados de éxtasis suelen estar acompañados de suaves concomitancias motrices y por una cierta agitación corporal. Los de arrebato son más bien fuertes e inefables registros emotivos. Los de reconocimiento, pueden ser caracterizados como fenómenos intelectuales, en el sentido que el sujeto cree, en un instante, “comprenderlo todo”; en un instante cree no tener diferencias entre lo que él es y lo que es el mundo, como si el yo hubiera desaparecido.
¿A quién no le pasó alguna vez que de pronto experimentó una alegría enorme sin motivo, una alegría súbita, creciente y extraña? ¿A quién no le ocurrió, sin causa evidente, una caída en cuenta de profundo sentido en la que se hizo evidente que “así son las cosas”?
También se puede penetrar en un curioso estado de conciencia alterada por “suspensión del yo”. Eso se presenta como una situación paradojal, porque para silenciar al yo es necesario vigilar su actividad de modo voluntario lo que requiere una importante acción de reversibilidad que robustece, nuevamente, aquello que se quiere anular. Así es que la suspensión se logra únicamente por caminos indirectos, desplazando progresivamente al yo de su ubicación central de objeto de meditación. Este yo, suma de sensación y de memoria, comienza de pronto a silenciarse, a desestructurarse. Tal cosa es posible porque la memoria puede dejar de entregar datos, y los sentidos (por lo menos externos) pueden también dejar de entregar datos. La conciencia entonces está en condiciones de encontrarse sin la presencia de ese yo, en una suerte de vacío. En tal situación, es experimentable una actividad mental muy diferente a la habitual. Así como la conciencia se nutre de los impulsos que llegan del intracuerpo, del exterior del cuerpo y de la memoria, también se nutre de impulsos de respuestas que da al mundo (externo e interno) y que realimentan nuevamente la entrada en el circuito. Y, por esta vía secundaria, detectamos fenómenos que se producen cuando la conciencia es capaz de internalizarse hacia “lo profundo” del espacio de representación. “Lo profundo” (también llamado “sí mismo” en alguna corriente psicológica contemporánea), no es exactamente un contenido de conciencia. La conciencia puede llegar a “lo profundo” por un especial trabajo de internalización. En esta internalización irrumpe aquello que siempre está escondido, cubierto por el “ruido” de la conciencia. Es en “lo profundo” donde se encuentran las experiencias de los espacios y de los tiempos sagrados. En otras palabras, en “lo profundo” se encuentra la raíz de toda mística y de todo sentimiento religioso.


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