Psicología Esotérica II



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Será evidente que si tenemos un buen equipo mental y un sólido entrenamiento cultural, habrá entonces un equilibrado sentido de proporción, capacidad interpretativa y la paciencia para espe­rar hasta ver desarrollada la correcta comprensión y un feliz sentido del buen humor. Sin embargo, donde están ausentes, habrá (de acuerdo al sujeto y a su visión) confusión, incomprensión de lo que sucede, indebido énfasis sobre las reacciones de la perso­nalidad y de los fenómenos, orgullo por lo realizado, pronunciado complejo de inferioridad, excesiva charla; un ir de un lado a otro pidiendo explicaciones, ayuda, aliento y buscando compañerismo, o quizás un completo derrumbe de las fuerzas mentales, o la desin­tegración de las células cerebrales debido a la tensión a que han sido sometidas.
A veces, el regocijo es resultado de un fuerte estimulo mental y de haber hecho contacto con un nuevo mundo. La depresión cons­tituye frecuentemente el resultado de una reconocida incapacidad para estar a la altura de la oportunidad conocida. El hombre ve y conoce demasiado. No puede estar satisfecho con los antiguos ritmos de vida, idealismos y satisfacciones. Ha hecho cierto con­tacto y ahora anhela captar en mayor medida las nuevas y vibran­tes ideas y una visión más amplia. El modo de vivir del alma lo ha aferrado y atraído. Pero su naturaleza, medio ambiente, equipo y sus oportunidades, parecen frustrarlo continuamente, y siente que no puede seguir adelante ni penetrar en ese nuevo y mara­villoso mundo. Siente la necesidad de contemporizar y de vivir en el mismo estado mental que hasta entonces, y eso cree y decide.
No es necesario que las expansiones sufridas, como resultado de una meditación exitosa, sean de índole religiosa, ni se producen por la así llamada revelación oculta. Pueden llegar a través de la actividad que el hombre ha elegido en la vida, pues no hay activi­dad, vocación, ocupación mental, ni condición, que no pueda pro­porcionar la llave para abrir la puerta del amplio mundo que ha deseado, o que lo conducirá a la cima de la montaña, desde la cual pueda ver un horizonte más amplio y captar una visión mayor. El hombre debe aprender a reconocer que su escuela de pensamien­to elegida, vocación particular, ocupación especial en la vida y su tendencia personal, son sólo parte de un todo mayor, y su problema radica en integrar conscientemente su pequeña actividad de la vida en una actividad mundial.
A esto lo denominamos iluminación a falta de una palabra más apropiada. Todo conocimiento es una forma de luz, pues arroja luz en las zonas de percepción de las cuales hemos sido incons­cientes hasta ahora. Toda sabiduría es una forma de luz, porque nos revela el mundo de significados que está detrás de la forma externa. Toda comprensión es una evocación de luz, pues hace que nos demos cuenta, o seamos conscientes de las causas que producen las formas externas que nos rodean (incluyendo la nuestra) y que condicionan el mundo de significados del cual son la expresión. Pero cuando por primera vez se observa y capta este hecho y ha llegado la revelación inicial, cuando se presiente el lugar que lo corresponde a la parte, en relación con el todo, y cuando se ha establecido el primer contacto con ese mundo que incluye a nuestro pequeño mundo, existe siempre un momento de crisis y un período de peligro. Entonces, a medida que nos familiarizamos y entramos y salimos a través de la puerta que hemos abierto, acostumbrán­donos a la luz que afluye por la ventana abierta a nuestro pequeño mundo del diario vivir, pueden surgir otros peligros sicológicos. Estamos en peligro de pensar que lo que hemos visto es todo lo que hay por ver, y así -en una vuelta más elevada de la espiral y en un sentido más amplio- repetimos los peligros (ya conside­rados) del indebido énfasis, del enfoque erróneo, de la creencia hermética y de la idea fija. Nos obsesionamos con la idea del alma; olvidamos la necesidad que tiene de un vehículo de expresión; empezamos a vivir en un mundo desapegado y abstracto del ser y del sentimiento, y dejamos de hacer contacto con la vida real del plano físico de expresión. Así repetimos -nuevamente en una vuelta más elevada de la espiral- la condición que hemos consi­derado, en la cual el alma o ego no estaba presente, invirtiendo dicha condición, de manera que no está realmente presente forma alguna de vida en la conciencia enfocada del hombre. Existe sólo el mundo de las almas y el deseo de realizar alguna actividad creadora. El manejo de la vida diaria en el plano físico desaparece bajo el umbral de la conciencia, y el hombre se convierte en un místico ambiguo, impráctico y visionario. Estos estados mentales son peligrosos si se les permite subsistir.
Sin embargo, hay ciertos aspectos, en este desarreglo mental, inducidos por la iluminación de la mente a través de la meditación, que será de valor considerarlos. Sólo puedo hacerlo sucintamente, pues el tiempo es breve y trato de indicar y no de elucidar en forma detallada. Sólo puedo indicarles las dificultades generales y los métodos por los cuales una dificultad o problema específico, puede ser tratado o solucionado. En el tratamiento de la mayoría de estos casos, el sentido común es valioso y el esfuerzo para impresionar al paciente sobre sus trastornos, aunque insignifican­tes al principio, pueden abrir la puerta a situaciones serias. Me referiré a tres de ellas.
La primera es la hiperactividad de la mente en cierto número de casos que -unas veces en forma imprevista y otras lentamen­te- capta y ve demasiado. Se da cuenta del excesivo conocimiento. Esto produce irregularidades en la organización de la vida del hombre e intercala tanta variación, versatilidad y desasosiego, que está siempre en un agitado torbellino. En todo esto él es consciente de sí mismo, como centro, e interpreta toda actividad y contactos mentales, toda versatilidad y constante análisis al cual es propenso, más los incesantes proyectos que indican no sólo la capacidad men­tal, sino la verdadera visión interna y sabiduría espirituales. Esto produce situaciones difíciles a todos los que están vinculados con él, y duran frecuentemente un largo período de tiempo. Mientras permanezca esta condición poco se puede hacer. Los constantes cambios de la sustancia mental o chitta” y “la perpetua actividad del cuerpo mental de crear formas mentales” absorben al hombre en forma tan absoluta que no registra nada más en su conciencia. Se ocupa de vastos planes, amplios proyectos, correlaciones y analogías, más la tentativa de imponerlos sobre los demás e invocar su ayuda (con la consiguiente censura si se niega dicha ayuda) para llevar a cabo el conjunto de las ideas no relacionadas. No hace ningún verdadero esfuerzo para completar estos planes e ideas, porque siguen siendo proyectos en el plano mental, en su ambiguo estado original. El esfuerzo por ver, captar y aprehender más de los detalles y de la interrelación, absorbe toda su atención y no le queda energía para llevar, aunque sea uno de ellos, al plano del deseo y así dar los primeros pasos hacia la materializa­ción física del plan visualizado. Si este estado mental continúa durante un período demasiado largo, se produce una tensión men­tal, una depresión nerviosa y a veces una dificultad permanente. Sin embargo, la cura es simple.
El hombre así afectado debe comprender la futilidad de su vida mental, tal como la vive. Luego, elegir uno de los muchos métodos disponibles de trabajo y uno de los muchos canales de servicio, mediante el cual el plan presentido puede desarrollarse1 debiendo obligarse y esforzarse por traerlo a la manifestación física, abandonando todas las demás posibilidades. De esta manera, puede empezar a regularizar y a controlar su mente, y a ocupar su lugar entre quienes están realizando algo -sin importarle cuán pequeña puede ser la contribución. Entonces se hace constructivo.
He ilustrado este tipo de dificultad en términos del aspirante que en la meditación hace contacto con las influencias de la Jerar­quía y está en posición de extraer de la corriente de formas men­tales creadas por ella y Sus discípulos. Pero el mismo tipo de dificultad tendrán aquellos que (por medio del descubrimiento del plano mental y el empleo de la atención enfocada) penetran en ese mundo más amplio de ideas, las cuales están preparadas para precipitarse en los niveles concretos de la sustancia mental. Esto explica la futilidad y la aparente aridez en personas muy inteli­gentes. Se ocupan de tantas cosas que terminan por no realizar ninguna. Un plan llevado a cabo, una línea de pensamiento de­sarrollada hasta su terminación concreta, un proceso mental desarrollado y presentado en la conciencia, salvarán la situación y llevará a una utilidad creadora a las vidas que, de otra manera, serían negativas e inútiles. Empleo la palabra negativa para indicar la negatividad en la consecución de los resultados. Un hombre así, innecesario decirlo, es excesivamente positivo respecto a la forma en que deben ser desarrolladas en las implicaciones que atribuye a sus seudo conceptos e ideas mentales, y es también una constante fuente de consternación para los que lo rodean. Sus amigos y com­pañeros de trabajo son el blanco de su incesante crítica, porque no realizan los planes como él cree que deberían ser realizados, o no aprecian el sin fin de ideas que lo abruman. Debe compren­derse que él sufre una especie de fiebre mental, con su corolario de alucinaciones, hiperactividad e irritabilidad mental. Como ya he dicho, la cura está en manos del paciente. Implica la fervorosa dedicación al plan elegido para probar su eficacia, empleando el sentido común y juzgando correctamente. La luz con la cual puede entrar en contacto en la meditación le ha revelado un nivel de fenómenos y formas mentales que no está acostumbrado a tratar. Sus manifestaciones, implicaciones y posibilidades lo impresionan tanto que arguye que deben ser divinos y. en consecuencia, esenciales. Debido a que sigue estando en el centro dramático de su propia conciencia y posee -aún inconscientemente orgullo men­tal y ambición espiritual, cree que debe hacer grandes cosas y que aquellos a quienes él conoce deben ayudarlo a hacerlas, y si no lo hacen los considera fracasados.
La segunda dificultad es la revelación del maya de los senti­dos. Maya es un término genérico que abarca tres aspectos de la vida fenoménica de los tres mundos, o los tres resultados mayores de la actividad de la fuerza. Sirve para confundir al hombre y dificultar el destino del aspirante activo. Sería valioso si les defi­niera aquí los tres términos que se aplican a estos tres efectos fenoménicos: Ilusión, Espejismo y Maya.
Durante largo tiempo, estas tres palabras han sido discutidas entre los así llamados ocultistas y esotéricos. Representan en sí el mismo concepto general o la diferenciación de ese concepto. Las interpretaciones fueron generalmente parciales y casi distorsiones de la verdad real, debido a las limitaciones de la conciencia humana, y son:
Espejismo, ha sido considerado a menudo como la curiosa intención de las llamadas “fuerzas negras” de embaucar y engañar a los aspirantes bien intencionados. Muchas personas buenas se sienten halagadas cuando enfrentan algún aspecto de este espe­jismo, teniendo la sensación de que su disciplina ha sido tan buena que las fuerzas negras se han interesado suficientemente como para tratar de obstaculizar el buen trabajo realizado, sumergién­dolos en las nubes del espejismo, lo cual está muy lejos de la verdad. Esta idea es en sí parte del espejismo de la época actual y tiene sus raíces en el orgullo y en la satisfacción humanas.
Maya, a menudo se la considera de la misma naturaleza que el concepto difundido por la Ciencia Cristiana (Christian Science) de que no existe tal cosa como materia. Se nos pide que conside­remos al mundo fenoménico como ilusorio o maya, y que creamos que su existencia es simplemente un error de la mente mortal y una forma de autosugestión o autohipnotismo. Por medio de esta creencia inducida nos obligamos a entrar en un estado mental que reconoce que lo tangible y lo objetivo son únicamente ficciones de la mente imaginativa del hombre. Esto a su vez es una tergiver­sación de la realidad.
Ilusión, es considerada más o menos del mismo modo, sólo que al definirla, ponemos el énfasis sobre la mente finita del hombre. No se niega la existencia del mundo de los fenómenos, pero se con­sidera que la mente interpreta mal y rehusa ver ese mundo tal cual es en realidad. Consideramos que esta mala interpretación constituye la Gran Ilusión. Quisiera hacerles notar aquí, hablando en forma general, que estas tres expresiones son tres aspectos de una condición universal, resultado de la actividad, en tiempo y espacio, de la mente humana.
El Problema de la Ilusión reside en el hecho de que es una actividad del alma y el resultado del aspecto mental de todas las almas en manifestación. El alma está sumergida en la ilusión y no puede ver con claridad hasta el momento en que ha aprendido a arrojar su luz en la mente y el cerebro.
El Problema del Espejismo aparece cuando se intensifica la ilusión mental por medio del deseo. Lo que el teósofo llama “kama­manas” produce espejismo. Constituye la ilusión en el plano astral.
El Problema de Maya es igual al anterior, más la actividad intensa que se produce cuando ambos, el espejismo y la ilusión, tienen lugar en los niveles etéricos. Es esa mescolanza (esta es la palabra que deseo emplear) vital, irreflexiva y emotiva, en la cual parecen vivir constantemente la mayoría de los seres humanos. Por lo tanto:


  1. Ilusión es primordialmente una cualidad mental, y es carac­terística de la actitud mental de esas personas que son más intelectuales que emocionales. Ellos han trascendido el espe­jismo tal como se comprende comúnmente, siendo culpables de la mala comprensión e interpretación de las ideas y formas mentales.




  1. Espejismo es de carácter astral, y hoy es mucho más potente que la ilusión, dado que la gran mayoría actúa siempre astralmente.




  1. Maya. es de carácter vital y una cualidad de la fuerza. Cons­tituye esencialmente la energía del ser humano cuando entra en actividad, impulsado por la influencia subjetiva de la ilusión mental o del espejismo astral, o por la combinación de ambos.

La vastedad del tema es abrumadora, y tomará tiempo al aspirante aprender las reglas mediante las cuales podrá hallar el camino que lo sacará de los mundos del espejismo. Aquí sólo tra­taré el tema a medida que produce efectos en la vida del hombre que ha evocado cierta medida de luz dentro de sí mismo. Esto ha servido para revelarle los tres mundos de la fuerza inferior. Tal revelación, en las primeras etapas, a menudo lo engaña y es vícti­ma de lo que le fue revelado. Podríamos decir con justicia que to­dos los seres humanos son víctimas de la Gran Ilusión y de sus diversas secuencias y aspectos. En los casos considerados aquí, la diferencia reside en que:




  1. El hombre es, en forma definida, consciente de sí mismo.




  1. Sabe también que ha liberado una cierta medida de luz su­perior.

3. Lo que le fue revelado lo interpreta en términos de fenómenos espirituales y no en términos de fenómenos síquicos. Consi­dera todo esto maravilloso, revelador, verdadero y deseable.


Debido a que ha obtenido la integración y es capaz de actuar en la naturaleza mental; a que su orientación es buena y correcta; a que está en el Sendero de Probación, y a que sabe que es un aspirante y también un discípulo, supone, por ejemplo, que lo que las luces le revelan en el plano astral es de un orden muy elevado. Por lo tanto, es muy engañoso en sus efectos. Vastos esquemas cósmicos que han surgido de las mentes de los pensadores del pasado y han logrado alcanzar el plano astral; las antiguas for­mas que personifican la “vida de deseo” y los potentes conceptos imaginarios de la raza, que han persistido en la vida de deseo de muchos; las formas simbólicas empleadas a través de las edades, con la intención de materializar ciertas realidades; la tentativa y las formas experimentales de esfuerzos grandes y buenos, desarro­llados o en desarrollo en la actualidad, más la actividad de la vida en el plano astral mismo y el mundo de los sueños del planeta, todo esto tiende a preocuparlo y a conducirlo hacia el peligro y el error, demorando su progreso en el camino y desviando sus ener­gías y su atención.
Debe recordarse que esto constituye la línea de menor resis­tencia para el hombre, debido al poder que tiene el cuerpo astral en este período mundial. Todo ello da por resultado el super­desarrollo de los poderes y las facultades de la mente, y lo que se llama “siddhis inferiores” (los poderes síquicos inferiores) em­piezan a ejercer control. En realidad, e1 hombre vuelve a los estados de percepción y a las condiciones funcionales, normales y correctos de la época Atlante, pero indeseables e innecesarios en nuestros días. Está recuperando, por medio del estímulo, anti­guas costumbres de percepción síquica que deberían normalmente permanecer bajo el umbral de la conciencia.
La luz le ha revelado este mundo de fenómenos; lo juzga deseable e interpreta sus actividades como un desarrollo espiritual maravilloso dentro de sí mismo. Este estímulo de la mente (a su vez estimulada durante la meditación) al descender al plano astral, evoca la reacción activa, renovada y redespertada, de los poderes inferiores. Esto es definidamente una recuperación y precisamente tan indeseable como lo son ciertas prácticas de Hatha Yoga en la India, que permiten al yogui recuperar el control consciente de sus funciones corporales. Este control consciente era la caracte­rística distintiva de las primitivas razas que existieron en la era de Lemuria pero, durante épocas, la actividad de los órganos del cuerpo ha permanecido, en forma deseable y sin peligro, bajo el umbral de la conciencia, cumpliendo el cuerpo sus funciones, automática e inconscientemente, excepto en casos de enfermedad o de desórdenes de alguna especie. No se pretende que la raza (cuando haya realizado el trabajo del ciclo actual) actúe conscien­temente en zonas olvidadas de la conciencia. como lo hicieron las razas Lemuriana y Atlante. Está designado que el hombre debe actuar como caucásico, aunque no se haya encontrado todavía un término realmente adecuado para describir la raza que se está desarrollando bajo el impacto de nuestra civilización occidental. Me refiero a estados de conciencia y a reinos de percepción que son la prerrogativa de todas las razas y pueblos en ciertas etapas de desarrollo y aplico sólo las tres nomenclaturas científicas y raciales como símbolos de estas etapas:

La conciencia Lemuriana física.


La conciencia Atlante astral, emocional, sensoria.

La Caucásica o Ariana mental o intelectual.


Esto siempre debe ser recordado.
El hombre que sufre por las revelaciones de la luz en los tres mundos (particularmente en el mundo astral) está haciendo real­mente dos cosas:


  1. Permanece en una condición relativamente estática en lo que concierne a su progreso superior; observa el confuso caleidos­copio del plano astral con interés y atención. Quizás no esté activo en ese plano ni se identifique conscientemente con el mismo, pero por el momento satisface su interés, mental y emocionalmente, mantiene su atención y despierta su curiosidad, aunque al mismo tiempo lo critique. Por lo tanto, pier­de el tiempo rodeándose continuamente de nuevas capas de formas mentales, resultado de su pensamiento sobre lo que ve u oye. Esto es peligroso y debería terminarse con ello. Es necesario que todos los aspirantes y discípulos se interesen inteligentemente por el mundo del espejismo y de la ilusión, para poder liberarse de su esclavitud, pues de lo contrario nunca lo comprenderán ni controlarán. Una dedicación pro­longada en esa vida y una completa absorción en sus fenó­menos son peligrosos y esclavizantes.




  1. El interés evocado en estos casos indeseables es tal, que el hombre




  1. llega a estar completamente sometido al espejismo,

  2. desciende (hablando simbólicamente) a su nivel,

  3. reacciona sensoriamente a sus fenómenos, a menudo con placer y deleite,

  4. evoca las antiguas facultades de clarividencia y clariaudiencia,

  5. se convierte en un síquico inferior y acepta todo lo que le revelan los poderes síquicos inferiores.

Quisiera detenerme aquí y señalar des cosas que deben ser tenidas en cuenta:


Primero, muchas personas viven en la actualidad el estado de percepción y de conciencia atlante y, para ellos, la expresión de los poderes síquicos inferiores es normal, aunque indeseable.
Para el hombre de tipo mental, o que está trascendiendo gradualmente la naturaleza síquica, dichos poderes son anormales (o ¿ debería decir subnormales?) y muy indeseables. En el análisis en que estamos empeñados, no me refiero al hombre que posee conciencia atlante sino al aspirante moderno. Para él constituye un peligro y un retroceso desarrollar la anterior conciencia racial y retroceder al tipo inferior de desarrollo -que debería haber dejado muy atrás. Éste es un tipo de expresión atávica.
Segundo, cuando un hombre está firmemente polarizado en el plano mental, ha realizado en cierta medida el contacto con el alma, está orientado totalmente hacia el mundo de las realidades espirituales y lleva una vida de disciplina y de servicio, entonces a veces, siendo necesario, puede a voluntad evocar estos poderes síquicos inferiores y emplearlos para servir al Plan, con el fin de llevar a cabo un trabajo especial en el plano astral. Éste es un caso donde la conciencia mayor incluye normalmente a la menor. Sin embargo, raras veces lo hacen los adeptos, pues los poderes del alma -percepción espiritual, sensibilidad telepática y habili­dad sicométrica- se adaptan generalmente a la demanda y satis­facen la necesidad. Intercalo estas anotaciones porque algunos hombres iluminados emplean dichos poderes, pero siempre dedi­cados a algún aspecto del servicio específico para la Jerarquía y la humanidad, no para algo que se vincula con el individuo.
Cuando un hombre ha deambulado por los senderos secunda­rios del plano astral y ha abandonado el lugar de seguridad que le concede el equilibrio mental y la elevación intelectual (nuevamente hablo en forma simbólica), cuando ha sucumbido al espejismo y a la ilusión (por lo general ha sido sinceramente engañado, aun­que bien intencionado) y cuando ha desarrollado en sí mismo -por la aplicación errónea del estímulo y del experimento- antiguas maneras de hacer contacto, tales como la clarividencia y la clariaudiencia, ¿qué puede hacer o qué se le puede hacer para que establezca las correctas condiciones?
Muchos de ellos caen en manos de los sicólogos y siquíatras; otros están internados en sanatorios y asilos, porque veían cosas u oían voces o tuvieron ciertos sueños, porque son desadaptados a la vida normal. Parece que son un peligro para ellos mismos y los demás. Constituyen un problema y una dificultad. Los antiguos hábitos deben desaparecer, pero por su antigüedad son muy poderosos, y abandonarlos es más fácil decirlo que hacerlo. Las prácti­cas mediante las cuales se han desarrollado los poderes síquicos inferiores deben ser abandonadas. Si las facultades para responder a un mundo astral ambiental parecen haberse desarrollado sin ninguna dificultad y ser naturales en el hombre, deben ser in­terrumpidas no obstante y cerrarse los caminos de acercamiento a este mundo inferior fenoménico. Si los seres humanos no logran vivir conscientemente en el plano físico, ni pueden manejar los fenómenos que allí existen, y si es aún tan difícil para la gran mayoría llevar una vida de atención mental y vivir mentalmente ¿ por qué complicar el problema, tratando de vivir en un mundo de fenómenos que se acepta como el más poderoso en la actualidad?



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