Psicología Esotérica II



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  1. Que toda dificultad sicológica es universal y no única. Con­siderarla única -con su tendencia separatista y su consa­bida soledad- es, a menudo, el factor omniabsorbente. Hace que la personalidad se sienta demasiado importante, y esto debería rechazarse definitivamente.




  1. Que la crisis enfrentada indica progreso y oportunidad y no desastre y fracaso. El paciente (¿ puedo emplear este tér­mino?) debe comprender que la raza ha progresado hasta alcanzar su actual punto de evolución por haber pasado crisis similares. Así también progresa el ente humano individual. En último análisis, las crisis sicológicas indican los pasos progresivos dados en el Camino, trayendo la necesidad de realizar un esfuerzo y, al mismo tiempo, un sentido de adqui­sición y liberación cuando fueron superadas, vencidas y re­sueltas.




  1. Que el poder para lograr la necesaria integración y dar fin a un ciclo en que se siente la dualidad, reside dentro del hom­bre mismo, porque:




  1. El desasosiego, la falta de coordinación, el dolor y la an­gustia, son síntomas de aspiración, quizás incomprendida, pero existentes. Son reacciones de los aspectos integrados contra ese aspecto que está tratando de integrarse.




  1. El aspecto a integrarse es esencialmente más poderoso que los aspectos inferiores que están a la expectativa, pues ellos son negativos o receptivos, y el que debe ser comprendido y aceptado es positivo y dinámico. De allí el sentimiento de desasosiego.




  1. Que la capacidad innata de esa criatura imaginativa, el hom­bre, para actuar “como si”, contiene la solución del proble­ma. Si emplea la imaginación creadora puede tenderse y construirse el puente entre el aspecto inferior y el superior. “Como el hombre piensa, anhela y quiere” así es él. Tal la enunciación de un hecho inmutable.

Cuando los modernos sicólogos comprendan totalmente el propó­sito creador de la humanidad y traten de desarrollar la imagina­ción creadora en forma más constructiva y de entrenar la vo­luntad rectora, mucho se habrá logrado. Cuando estos dos factores evidencia notable de la divinidad en el hombre) sean estudia­dos y científicamente desarrollados y utilizados, se logrará la propia liberación de todos los casos-problema que existen en nues­tras clínicas en la actualidad. De esta manera, por medio de la experimentación, se llegará a una comprensión más rápida del hombre. La sicología puede contar definidamente con la capacidad innata en el ente humano para comprender el empleo de la ima­ginación creadora y del propósito dirigido, pues existe frecuente­mente aun en los niños. Desarrollar el sentido de la fantasía y en­trenar a los niños a tomar decisiones (para que el propósito orde­nado pueda emerger en sus vidas) serán dos de los ideales que regirán la nueva educación. El sentido de la fantasía pone en actividad la imaginación, la percepción de la belleza y el con­cepto de los mundos subjetivos; el poder de decidir, con sus im­plicaciones de por qué, para qué y con qué fin (si es inteligentemente enseñado desde los primeros días), sería muy bueno para la raza, especialmente si en la época de la adolescencia, el pano­rama general del mundo y el plan mundial fueran llevados a la atención de la inteligencia incipiente. Por lo tanto:




  1. El sentido de la fantasía.

  2. El sentido de la decisión.

  3. El sentido de la totalidad, más

  4. El sentido del propósito ordenado,

deberían regir el entrenamiento que se dará a los niños que vie­nen a la existencia. El sentido de la fantasía pone en actividad la imaginación creadora, proporcionando a la naturaleza emo­cional exteriorizaciones constructivas; esto debería ser equilibrado y motivado por el reconocimiento del poder de decidir co­rrectamente y por la significación de los valores superiores. estos a su vez pueden ser desarrollados en forma altruista, reconociendo debidamente la totalidad del medio circundante en el cual el indi­viduo debe desempeñar su parte, mientras que la serie de reac­ciones se subordinan acrecentadamente mediante la comprensión del propósito ordenado que se va desarrollando en el mundo.


Estas premisas fundamentales deberían emplearse en las nuevas técnicas que la sicología aplicará cuando esté por aceptar (o por lo menos experimentando) las ideas mencionadas. Utili­zándolas se hallará que el caso-problema puede ser llevado a una correcta actividad funcionante, pues todas las facultades innatas que no fueron utilizadas por el hombre serán impulsadas a una actividad integradora. El procedimiento es siempre inevitable­mente el mismo:


  1. La separación.




  1. El reconocimiento de la dualidad, subjetivamente o en la conciencia vigílica.




  1. El período de desenfrenada intranquilidad, frustración y fu­tilidad que, a veces, conduce al desastre, a ciertos trastornos nerviosos o mentales, y a condiciones generalmente caóticas e indeseables.




  1. La aplicación inteligente del proceso de tender el puente, lle­vado a cabo gradualmente, cuando se ha establecido el punto de separación.




  1. Los períodos en que se reconoce la fusión, la integración o la verdadera normalidad. Será de utilidad hacer un análisis. Más adelante se hallará que el sicoanálisis llegará a ser de verdadera utilidad cuando ayude al hombre a explicar sus realizaciones, más bien que a desentrañar los detalles de su aparente desastre. No existe tal desastre. Sólo hay un punto de crisis que no ha sido reconocido, un momento de realiza­ción incomprendido. El desastre acontece cuando no se utili­za ni se comprende dicha crisis, entonces sirve para aumen­tar la separación en vez de considerársela como un momento de oportunidad.




  1. El establecimiento de un ritmo definido que incluye la imaginación creadora, la elección discriminadora, el valor que tiene la relación de la parte con la totalidad y la aceptación del propósito grupal. Cuando se establece este ritmo debida­mente en una vida o serie de vidas, conduce oportunamente a:




  1. La integración.

Quisiera detenerme aquí y hacerles ver que la estructura de la nueva sicología debe ser inevitablemente construida sobre la premisa de que una sola vida no es la única oportunidad del hombre en la que se debe lograr la integración y eventual per­fección. La gran Ley de Renacimiento debe ser aceptada, entonces se hallará que es en sí misma el agente liberador en cualquier momento de crisis o caso-problema sicológico. El reconocimiento de que existen otras oportunidades, y un extenso sentido del factor tiempo, son tranquilizadores y de gran ayuda para muchos tipos de mente; su valor interpretativo será iluminador a medida que el paciente comprende que ha pasado por crisis en las cuales puede comprobar por medio de su equipo actual, que ya logró la integración, garantizándole la victoria sobre su actual crisis y difícil conflicto. La luz que esto arroja sobre las relaciones y el medio ambiente servirá para estabilizar su propósito y hacerle com­prender lo inevitable de la responsabilidad. Cuando esta gran ley sea comprendida en sus verdaderas implicaciones y no interpre­tada en términos de su actual presentación infantil, el hombre aceptará la responsabilidad de vivir reconociendo diariamente el pasado, comprendiendo el propósito del presente y mirando el futuro. Esto disminuirá grandemente la creciente tendencia al suicidio que la humanidad demuestra.


Por lo tanto, es evidente que el factor tiempo puede aplicarse al problema en forma útil, y es aquí donde una real comprensión de la Ley de Renacimiento o la Ley de Oportunidad (como pre­feriría denominarla) será de mucha utilidad. Ante todo intro­ducirá una esperanza en la actitud del sicólogo y del caso-pro­blema, y también la idea del logro y de la realización final.
Será también esencial que el sicólogo del futuro llegue a re­conocer y a admitir la existencia de una estructura interna en el ser humano -de su vehículo emocional, su cuerpo mental y su estrecha interrelación por intermedio del cuerpo vital o etérico, que actúa siempre como trama vinculadora entre el cuerpo físico denso y los otros cuerpos. El alma y su triple energía (la vida misma que expresa voluntad o propósito, amor e inteligencia) actúa por intermedio de los siete centros mayores, mientras que los cuerpos mental y astral actúan por intermedio de muchos centros, aunque poseen también en sí mismos siete centros, contrapartes transmisoras de los que están en el cuerpo etérico. Las integraciones que la evolución oportunamente efectúa se llevan a cabo por intermedio de estos centros. Mediante la elevación dé la vibración y por la actividad de los centros y el consiguiente y subsiguiente desarrollo del mecanismo de respuesta humano, comienzan a abrirse nuevos canales de acercamiento a la realidad, aparecen nuevas cualidades de percepción, una nueva sensibilidad a lo que hasta ahora no ha sido reconocido y nuevos poderes van apareciendo.
En consecuencia, cada hombre, en si mismo, constituye una jerarquía, un reflejo de la gran cadena del ser -el Ser que ex­presa el universo. La sicología debe reconocer con el tiempo:


  1. La realidad de la existencia del alma, el agente integrador, el Yo.

  2. La Ley de Oportunidad o de Renacimiento.

  3. La naturaleza de la estructura interna del hombre y su rela­ción con la forma externa tangible.

Es interesante observar que toda enseñanza dada en relación al renacimiento o a la reencarnación, prácticamente ha puesto el énfasis sobre el aspecto fenoménico material, aunque siempre se ha referido más o menos en forma casual a las adquisiciones espi­rituales y mentales, obtenidas en la escuela de la vida en este pla­neta, una encarnación tras otra. Poca atención se ha puesto sobre la verdadera naturaleza de la percepción en desarrollo y el desa­rrollo de la conciencia interna del verdadero hombre; raras veces o ninguna, se hace hincapié sobre la comprensión adquirida en cada vida, respecto al mecanismo de contacto y el resultado de la creciente sensibilidad al medio ambiente (los únicos valores que conciernen al yo). Detalles de las condiciones de la vida, enun­ciaciones sobre posibles situaciones materiales, descripciones de lugares, vestimentas y relaciones humanas de la personalidad, son imaginativamente expuestos, y el “recuerdo de pasadas encar­naciones” ha consistido generalmente en la reconstrucción de episodios dramáticos que nutren el sentido innato de la individua­lidad del hombre que reencarna y, por lo general, nutren también su vanidad. Esta curiosa presentación se debe a varias cosas. Primero, al hecho de que el mundo de la ilusión es hasta ahora el factor que todavía domina la vida del mejor de los hombres; segundo, que el grado de evolución ha sido tal, que el escritor u orador no ha podido ver el ciclo de vida desde el ángulo del alma, la cual no tiene apegos ni ilusiones, porque si así lo hubiera hecho hubiese omitido las descripciones fenoménicas materiales y, pro­bablemente, ni siquiera las habría percibido, y sólo hubiese puesto el énfasis sobre los valores espirituales y mentales- y lo que concierne a la vida interna grupal. Los métodos empleados para presentar esta milenaria doctrina del renacimiento y el falso én­fasis puesto sobre el aspecto forma, con exclusión de los valores del alma, han logrado que el tema fuera rechazado por las per­sonas inteligentes y el investigador científico. Sin embargo, a pesar de esto, se ha hecho un verdadero bien, pues la teoría se ha infiltrado constantemente en la conciencia racial, convirtién­dose en una parte integrante de ella y, por lo tanto, se encamina al reconocimiento popular y, finalmente, al científico.


Al considerar la estructura interna del hombre y esos fac­tores que producen y condicionan la apariencia y la cualidad ex­terna, trayendo como consecuencia el consiguiente comportamiento y conducta, los sicólogos tendrán que estudiar los siguientes temas, empezando con el aspecto más inferior y expandiendo sus ideas hasta incluir el aspecto más elevado posible. Éstos pueden ser agrupados y enumerados así:


  1. El mecanismo externo de respuesta. que actúa por los im­pulsos recibidos del medio ambiente externo y de los reinos subjetivos internos. De acuerdo con las teorías esotéricas llegan por intermedio de:




  1. El cerebro, desde el cual se dirigen y controlan ciertos aspectos del sistema nervioso; primero, por la influencia mental y, después, por la dirección consciente del alma.




  1. El sistema endocrino o glandular, que actúa por los im­pulsos que entran al cuerpo físico a través de los siete centros del cuerpo etérico; el sistema glandular es sim­plemente la exteriorización o contraparte física de dichos centros. Las glándulas condicionan al hombre mediante la corriente sanguínea, siendo condicionadas a su vez por los centros.




  1. El plexo solar que dirige y controla ciertos aspectos del sistema nervioso y que, en gran parte, constituye el ce­rebro instintivo o animal.




  1. El corazón, centro de la vida.




  1. El cuerpo vital o etérico. Factor energetizante principal y réplica o contraparte exacta de la forma externa, siendo el verdadero intermediario entre los mundos internos y el hombre externo. Los nadis (líneas o hilos de fuerza) residen en cada nervio del cuerpo humano y los centros que ellos conforman, en ciertos puntos de intersección o conjunción, son el trasfondo o el agente motivador de cada ganglio o plexo que hay en el cuerpo humano. Algunos de estos centros, ma­yores y menores, tienen singular importancia evolutiva y son:




  1. El centro coronario, asiento de la energía del alma, o el centro por el cual funciona el consciente hombre espi­ritual.




  1. El centro cardíaco, asiento de la vida, el principio más elevado que se expresa por medio del hombre.




  1. El centro plexo solar, asiento de la vida instintiva del alma animal y de la naturaleza emocional muy desarro­llada.




  1. El centro que se halla en la base de la columna vertebral, principal centro integrador que entra en actividad fun­cionante cuando se han efectuado dos fusiones principales: la fusión de los tres cuerpos en una personalidad coordi­nada y la unificación del alma y del cuerpo.




  1. El cuerpo emocional o sensorio, llamado a menudo el cuerpo astral. De este vehículo emanan los deseos, los impulsos y las aspiraciones, más esos conflictos de la dualidad que tan fre­cuentemente afligen y obstaculizan al discípulo. Es también el asiento de la vida creadora e imaginativa del hombre. Po­see también centros de fuerza que son la contraparte de los que están en el cuerpo etérico, pero, en la mayoría de las per­sonas, es energetizado principalmente por el mundo de la ilusión y el plano astral. El hombre evolucionado debe apren­der a apartarse de este plano de percepción ilusoria.




  1. La naturaleza mental que actúa a través de cuatro centros, y únicamente cuatro.




  1. El alma misma, o el verdadero hombre espiritual, el yo en manifestación, actuando o tratando de actuar por intermedio de su apariencia fenoménica, el cuádruple hombre inferior.

Si lo que antecede es cuidadosamente estudiado, se verá que las separaciones que existen en el hombre se deben a que ciertas re­laciones son inherentes o fundamentales:




  1. Las que existen dentro del hombre mismo, en uno u otro de los diferentes puntos focales de comprensión o percepción:




  1. El hombre no las reconoce y tampoco quienes lo rodean. Cuando esto sucede, el hombre no ha evolucionado y las separaciones o brechas que existen en su conciencia no dañan verdaderamente a él, ni a los que lo circundan. Sólo indican falta de desarrollo.




  1. Cuando se las reconoce producen aflicción y dificultad, y el hombre necesita una sólida ayuda sicológica. Aquí podría darse una correcta información sobre esos casos que conciernen al tipo intelectual, pues entonces el sicólogo tendrá que ocuparse de quienes son capaces y están dis­puestos a ayudarse a sí mismos.




  1. Cuando el hombre ha erigido el puente necesario y ha lo­grado la unificación necesaria, se convierte en una perso­nalidad unificada. Entonces podrá surgir el místico. Esto significa que ha alcanzado la etapa en que es posible esta­blecer el puente entre la personalidad integrada y el alma. Finalmente, aparece el Maestro de Sabiduría, el Cual es un exponente de la conciencia crística en sus aspectos unificadores, salvadores y constructivos.

La unificación de las naturalezas superior e inferior, traerá re­sultados que serán determinados en su campo de expresión por el rayo al cual pertenece el hombre. Estas condiciones de rayo harán que el hombre encuentre su correcto campo de actividad y de expresión donde pueda ser útil, ya en los sectores político, reli­gioso o científico, o en otras formas de manifestación divina.




  1. Las que existen entre un hombre ~í su medio ambiente. El efecto que esto produce puede significar que es un ser hu­mano antisocial o impopular, teme a la vida o expresa en muchas formas su incapacidad de ponerse a tono con el me­dio ambiente. Evidenciará incomprensión e incapacidad de establecer correctas relaciones y de fusionar correctamente las formas internas y externas de la estructura de la vida. En este caso, la razón de la separación reside generalmente en alguna parte del cuerpo astral mismo.




  1. Las que existen entre el hombre y la tarea que debe desempe­ñar en su vida, o la actividad que el destino le ha deparado o debe realizar en la vida, y para la cual tiene predisposición. La dificultad reside en una definida ruptura o disolución de la continuidad entre la naturaleza mental, que determina el propósito, y la naturaleza astral, que rige el impulso.




  1. Las que existen entre el hombre y su alma influyente (que va lentamente dominando). Esto conduce al infortunio, a un terrible conflicto y a una eventual y simbólica “muerte de la personalidad”.

Nuevamente quisiera detenerme aquí para hacerles ver que los conceptos muerte, sustitución, unificación vicaria y sacrificio, serán reemplazados -en la nueva era- por los conceptos resurrección o vivencia, unidad espiritual, trasferencia y servicio, para que una nueva tónica penetre en la vida humana, trayendo esperanza, alegría, poder y libertad.


b. PROBLEMAS DE LA INTEGRACIÓN
Una de las primeras cosas que sucede cuando un hombre ha conseguido (sólo o con ayuda sicológica académica) eliminar o tender un puente sobre ciertas separaciones, es el reconocimiento de un inmediato sentido de bienestar y el anhelo de expresarse. A su vez trae sus propios problemas, y algunos de éstos son:
Un sentido de poder, que hace al hombre, por lo menos temporariamente egoísta, dominante, seguro de sí mismo y arrogante. Es consciente de que enfrenta un mundo mayor, un horizonte más amplio y grandes oportunidades. Por lo tan­to, este elevado sentido puede traer serios desarreglos y dificultades. Este tipo de persona, influenciada por esta amplia­ción de conciencia, tiene a menudo buenos móviles y está im­pulsada por elevadas intenciones, pero sólo logra producir desarmonía a su alrededor. Cuando se permite a estas tenden­cias regir incontroladamente, puede conducir con el tiempo, a un serio estado de egomanía, la cual constituye predominan­temente un problema de integración. Estas dificultades pue­den ser anuladas o contrarrestadas si se logra que el hombre comprenda que es parte integrante de un todo mucho más grande. Entonces reajustará su sentido de los valores y orientará correctamente su sentido del poder.
La tendencia al excesivo énfasis puede también expresar­se, convirtiendo al hombre (como resultado de la integración y el sentido de bienestar o poder y capacidad) en un fanático, por lo menos durante un tiempo. Aunque el hombre tenga los mejores móviles del mundo, trata de obligar a todos a recorrer el camino que ha recorrido, sin reconocer las diferencias del trasfondo, el tipo de rayo, el grado de evolución, la tradición y la herencia, llegando a ser una fuente de preocupaciones para él y sus amigos. El poco conocimiento puede ser peli­groso, y en cambio el reconocimiento puede curar muchos males, especialmente los de naturaleza sicológica. Entonces él podrá progresar en el Sendero de Sabiduría.
El super desarrollo del sentido de orientación o vocación, si prefieren llamarlo así, aunque ambos no son idénticos, pues el sentido de orientación es menos definido que el reconoci­miento de la vocación. En las escuelas de sicología esotérica a veces se emplea una frase relacionada con este sentido de orientación o guía interna: “tender un puente sobre las sepa­raciones obliga al hombre a cruzar continuamente el puente”. El hombre reconoce ya conscientemente ciertos aspectos de sí mismo, y el más elevado de ellos lo atrae constantemente. Por ejemplo, cuando ha tendido el puente entre el cuerpo as­tral o emocional y la mente, y descubre el vasto campo de actividad mental que se ha abierto ante sí, el hombre puede durante mucho tiempo llegar a ser intelectual materialista y rechazar hasta donde pueda, todas las reacciones emociona­les y la sensibilidad síquica, e ilusionarse en la creencia de que éstas no existen para él. Entonces se dedicará a trabajar intensamente en los niveles mentales. Esto demostrará ser un asunto pasajero desde el punto de vista del alma (aunque dure una o varias encarnaciones); pero puede causar defini­dos problemas sicológicos y producir “zonas oscuras” respecto al concepto que tiene el hombre sobre la vida. Sin embargo, gran parte de las dificultades pueden ser subsanadas dejando que ellos mismos las solucionen, siempre que la anormalidad no sea excesiva.
Una vez que se haya admitido la realidad de la existencia del alma, prevalecerá acrecentadamente la tendencia a dejar que las personas sean guiadas y dirigidas por el propósito de sus propias almas, siempre que comprendan lo que les está sucediendo y puedan discernir entre:


  1. El surgimiento ascendente del yo subconsciente a la zona iluminada de la conciencia.




  1. La actuación, la fuerza y el reconocimiento del yo inme­diatamente consciente.




  1. La afluencia que desciende del yo superconsciente, el alma, trayendo inspiración, intuición y conocimiento superiores.

Estas palabras -subconsciente, consciente y superconscien­te- necesitan ser definidas para el propósito de este tratado; se las interpreta muy libremente y significan cosas muy distintas de acuerdo a la escuela sicológica de pensamiento a que pertenece el estudiante.




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