Psicología Esotérica II



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Debe también recordarse (como lo he señalado a menudo) que esa realidad que llamamos alma es básicamente una expresión de tres tipos de energía -vida, amor e inteligencia. La triple naturaleza inferior ha sido preparada para la recepción de estas tres energías, y el aspecto inteligencia se refleja en la mente, la naturaleza amor del cuerpo emocional de deseos y el principio vida en y a través del cuerpo etérico o vital. Referente al cuerpo físico en su más densa expresión (pues el cuerpo etérico es el aspecto o expresión más sutil del cuerpo físico), el alma se afirma en dos corrientes de energía, en dos puntos de contacto: la corrien­te de vida en el corazón y la corriente de la conciencia en la cabeza. Este aspecto conciencia es en sí mismo dual, y lo que llamamos autoconciencia es gradualmente desarrollado y perfeccionado hasta que se despierta el centro ama, o centro entre las cejas. La con­ciencia grupal latente, que lleva a conocer al Todo mayor, perma­nece pasiva durante la mayor parte del ciclo evolutivo, hasta que el proceso de integración llegue a un punto en que la personalidad funcione. Así, el centro de la cabeza empieza a despertar y el hombre se hace consciente en un sentido más amplio. Entonces la cabeza y el corazón se vinculan y el hombre espiritual aparece en una más plena expresión.
Sé muy bien que esto les es familiar, pero resulta útil reca­pitularlo brevemente y tener una idea clara de ello. Manteniendo estas premisas en la mente no nos ocuparemos de las primeras dificultades, sino que empezaremos con las del hombre moderno y con esas condiciones que todos, lamentablemente, estamos fami­liarizados.
a. PROBLEMA DE LA SEPARATIVIDAD
Los pensadores en la actualidad, están despertando a este tipo particular de dificultad y descubren que las separaciones existen­tes en la naturaleza humana están muy difundidas y tan arraiga­das en la constitución de la raza, que les preocupa grandemente la situación. Estas separaciones parecen ser básicas y producen las divisiones que vemos en todas partes entre razas y entre una religión y otra; su origen puede ser retrotraído a la condición fundamental de la manifestación, llamada relación entre lo posi­tivo y lo negativo, el macho y la hembra y. hablando esotéricamente, el sol y la luna. El misterio del sexo está vinculado con el restablecimiento del sentido de unión y equilibrio, de “unidad y plenitud”. En su aspecto humano más elevado, la diferenciación sexual es sólo el símbolo o la expresión inferior de la separación, o la separatividad de la cual el místico es consciente y lo impele a buscar la unificación o unión, con aquello que él denomina divi­nidad. Entre esta separación física y este reconocimiento espiritual de la divinidad hay un gran número de separaciones menores que el hombre llega a percibir.
Detrás de todo esto existe una separación aún más funda­mental -entre el reino humano y el reino de las almas-, separación en la conciencia más que en los hechos. La separación entre el reino animal y el reino humano ha sido en gran parte resuelta por el reconocimiento de la identificación física de la naturaleza animal y la uniformidad de expresión de la naturaleza instintiva. Las diversas separaciones que el hombre percibe tan penosamente, dentro de la familia humana, cesarán y se eliminarán cuando la mente esté entrenada para controlar y dominar dentro del reino de la personalidad, y sea correctamente empleada como factor analítico integrante, en vez de un factor que censura, discrimina y separa. El correcto uso del intelecto es esencial para eliminar las separaciones de la personalidad. La separación entre la per­sonalidad y el alma se resuelve empleando correctamente:


  1. El sentido instintivo de la divinidad, que conduce a la reorien­tación en la dirección correcta. Esto conduce a:




  1. El uso inteligente de la mente para percibir conscientemente al alma y las leyes que gobiernan el desarrollo del alma.




  1. El reconocimiento intuitivo de la realidad, que trasforma las partes diferenciadas en una unidad, trayendo iluminación.




  1. Dicha iluminación revela la unicidad esencial que existe en el aspecto interno de la vida y niega la apariencia externa de la separatividad.

Se evidenciará que las separaciones se subsanan empleando correc­ta e inteligentemente el aspecto cualidad de la naturaleza forma:




  1. El instinto caracteriza a la naturaleza física automática, al vehículo de la vida o vital, y a la naturaleza de deseo. Actúa por medio del plexo solar y de los órganos de reproducción.




  1. La inteligencia caracteriza al aspecto mente o vehículo men­tal, y actúa como centro de distribución del cerebro por medio de los centros ajna y laríngeo.




  1. La intuición caracteriza a la naturaleza del alma y actúa por medio de la mente y de los centros cardíaco y coronario. Desde estos tres puntos principales el alma rige eventualmente a la personalidad.

Les recomiendo que consideren cuidadosamente estas ideas y les aseguro que cuando las comprendan debidamente ayudarán a solucionar los problemas vinculados a las distintas separaciones de la naturaleza humana.


No existe actualmente separación alguna entre el cuerpo vital y el cuerpo físico, sólo a veces una separación parcial y lo que podría denominarse una “conexión floja”. Las dos corrientes de energía vital -vida y conciencia- se hallan generalmente intro­ducidas en la cabeza y en el corazón. Sin embargo, en el caso de cierto tipo de idiotez, la corriente de la conciencia no está arraiga­da en el cuerpo, sino que sólo la corriente de vida ha hecho su contacto en el corazón. Por consiguiente, no existe autoconciencia, ni el poder de un control centralizado, ni la capacidad de dirigir la acción, ni de proporcionar en forma alguna el programa o plan de vida. Únicamente existe respuesta a aspectos de la naturaleza instintiva.
Ciertas formas de epilepsia se deben a lo que podríamos llamar “conexión floja”, la corriente de la conciencia o el hilo de energía que a veces se retira o abstrae y esto produce los conocidos síntomas epilépticos y las penosas condiciones que se observan en los ataques habituales. En menor grado, y sin producir resul­tados permanentes y peligrosos, la misma causa básica produce el así llamado “petit mal” (sic) y ciertas clases de desmayos cau­sados por un retiro breve y momentáneo del hilo de la energía de la conciencia. Debe recordarse que, cuando tiene lugar este retiro y se produce una separación entre la conciencia y el vehículo de contacto consciente, todo lo que entendemos por el término conciencia, autoconciencia, deseo o inteligencia, es retirado, y sólo queda la vida y la conciencia inherente en las células del cuerpo físico.
Sin embargo, como regla general, el actual hombre común es una unidad bien constituida y activa. (Lo anteriormente dicho atañe tanto a las masas no evolucionadas como a los ciudadanos de mente materialista). Se halla firmemente integrado, física, etérica y emocionalmente. Su cuerpo físico, su cuerpo vital y su naturaleza de deseo (la emoción no es más que la expresión de cualquier deseo) están estrechamente unidos. Al mismo tiempo, puede haber una falla en la integración etérica, de tal natura­leza, que produzca una baja vitalidad, la ausencia de impulsos del deseo, incapacidad para registrar incentivos dinámicos adecuados, falta de madurez y, a veces, obsesión o posesión. A menudo, lo que se denomina falta de voluntad o se califica de “poca voluntad” o “debilidad mental”, en realidad nada tiene que ver con la volun­tad; posiblemente sea el resultado de esa débil integración y de esa floja conexión entre la conciencia y el cerebro, lo cual hace que el hombre no responda a los impulsos del deseo, que deberían afluir normalmente a su cerebro, energetizando a su vehículo físico para desplegar alguna forma de actividad.
La voluntad, que generalmente se demuestra mediante un programa o plan ordenado, se origina en la mente y no en los niveles de percepción del deseo, y este plan se fundamenta en el sentido de dirección y en la orientación definida de la voluntad hacia un objetivo determinado, que no es en estos casos la causa de la dificultad, la cual es más sencilla e inmediata. El tratamiento de dichas dificultades y su correcta solución son definidamente de naturaleza materialista y pueden subsanarse frecuentemente aumentando la vitalidad del cuerpo, reconstruyendo el cuerpo etérico por medio de los rayos solares, alimentos vitamínicos y ejercicios, además de un correcto tratamiento y equilibrio del sistema endocrino. Muchos experimentos se están realizando den­tro de estas líneas en la actualidad, y las formas menos graves de separaciones etéricas van cediendo rápidamente al tratamiento. Serán menos frecuentes la falta de vitalidad, la falta de madurez, la depresión basada en una conexión vital débil y la falta de inte­rés por la vida -que tanto prevalece hoy.
No puedo tratar aquí ampliamente los problemas de la obse­sión que se deben al retiro del aspecto autoconciencia del morador del cuerpo. Este proceso de abstracción deja un cascarón viviente, una casa vacía. Sería demasiado extenso ocuparse de ello en un tratado como éste. No es fácil para el sicólogo científico investi­gador aceptar la premisa de que puede ser sustituida la conciencia por otro ente en el lugar de la conciencia de quien ha sido incapaz de mantener el vínculo dentro del cerebro con la adecuada firmeza.
Sin embargo, hablando con conocimiento de causa, tales casos ocurren frecuentemente y conducen a los innumerables problemas denominados “doble personalidad” tratándose en realidad de la posesión de un cuerpo físico particular por dos personas -una provee la corriente de la vida (introducida en el corazón) y la otra la corriente de la conciencia (introducida en el cerebro), controlando así el cuerpo, dirigiendo sus actividades y expresándose por medio de los órganos vocales. Algunas veces esta posesión se alterna entre las dos personalidades. A veces hay más de dos, cuando varias personas que pertenecen al mundo interno de la vida emplean el mismo cuerpo físico. De esta manera, existen personalidades múltiples. Sin embargo, ello se debe a la debilidad definida de la conexión etérica del morador original, o también al enorme desagrado que siente el morador por la encarnación física; además puede ser causado por algún shock o desgracia que súbitamente rompe el vínculo de la conciencia y, en este caso, no hay esperanzas de restablecerlo. Cada caso debe ser diagnosticado y tratado de acuerdo a sus méritos individuales y, preferentemente, tratar en forma directa con el verdadero morador cuando está de vuelta “en su propia morada”. Además, la conciencia de este mo­rador se halla, a veces, tan fuertemente orientada hacia otras direcciones que no son las de la existencia física, que ha tenido lugar un proceso de abstracción, enfocando el interés de la con­ciencia en otra parte. Lo antedicho es la parte o expresión inde­seable de ese mismo poder de abstracción que permite al místico ver visiones y participar en acontecimientos celestiales, y al adepto avanzado entrar en estado de samadhi. En el primer caso, el vehículo ha quedado abandonado, constituyendo una presa para cualquier huésped; en el segundo caso, el vehículo queda debida­mente custodiado y muy atento al llamado y a la nota de su amo.
Sólo puedo hacer sugerencias respecto a estas distintas expli­caciones y así encaminar a los investigadores de mente abierta y dispuestos a aceptar hipótesis poco comunes, por una senda que podrá conducirlos al valle de la comprensión. La clave para elimi­nar con éxito los distintos tipos de dificultades reside en la aten­ción prenatal y en el estudio de las taras hereditarias; la sífilis y otras enfermedades venéreas, son poderosas causas predis­ponentes. El correcto cuidado de la naturaleza corpórea después del nacimiento y el desarrollo en el niño de un positivo sentido de sí mismo, que lo hará positivo en su modo de pensar y entrenará su sentido de autoidentificación, ayudarán sólidamente a eliminar este tipo de dificultad. La tendencia actual de darle importancia a las vitaminas que contienen los alimentos y recetar regímenes equilibrados, es beneficioso.
Sin embargo, el verdadero sentido de la separatividad y las dificultades realmente serias, surgen cuando han ocurrido dos cosas:


  1. La autoconciencia del hombre ha llegado a esa etapa donde sus deseos son tan dominantes y apremiantes que llega a percibir la fuerza de los mismos; simultáneamente se da cuenta de que es incapaz de satisfacerlos y a la vez reconoce que cierto aspecto de sí mismo no quiere en realidad satisfa­cerlos. Entonces lo embarga el sentido de frustración, y dolo­rosamente percibe lo que desea y lo que llegaría a ser si satisficiera y saciara sus deseos, siendo entonces impelido hacia dos direcciones: la mente centralizada en el deseo lo mantiene en el reino del anhelo, de la esperanza y del deseo, mientras que su cerebro y su naturaleza física lo convencen de que no es posible lograr lo que desea y, si lo lograra ¿lo desearía realmente? Esto es verdad respecto al hombre cuyo objetivo es satisfacer sus deseos materiales o aquel que res­ponde a la satisfacción del deseo intelectual o espiritual. En el primer caso, la separación empieza a aparecer en los aspectos inferiores de su naturaleza de deseo. En el segundo, aparece en los aspectos superiores, pero, en ambos casos, las líneas de separación están bien definidas, lila comenzado el conflicto y tiene por delante dos posibilidades:




  1. Una eventual pasividad, de tal naturaleza, que la vida ter­mina en futilidad, profunda depresión y en un sentido de frustración, que va desde la vida sumisa que acepta todo, hasta los diferentes caminos de escape que empujan al hombre a un mundo de ensueño, al país de la ilusión, a un estado negativo e, incluso, al borde de la muerte, mediante la propia destrucción.




  1. Un encarnizado conflicto basado en no querer ser mol­deado por las circunstancias y el medio ambiente. Esto lleva al hombre al éxito, a la satisfacción de sus deseos o se destruye, en la rueda de la vida, física o mentalmente.




  1. La separación también se produce cuando el hombre no emplea el intelecto que Dios le ha otorgado y es incapaz de elegir entre lo esencial y lo no esencial, la dirección correcta y las metas erróneas, las distintas satisfacciones que apelan a los variados aspectos de su naturaleza inferior y, en su oportu­nidad, entre la dualidad superior y la inferior. Debe aprender a captar la diferencia entre:




  1. El sometimiento a lo inevitable y al apremio de su propio deseo.




  1. El reconocimiento de la capacidad y de la potencialidad. Muchos conflictos se resolverían resumiendo, compren­diendo y utilizando correctamente el acervo reconocido, eliminando las metas imposibles y la consiguiente e inevi­table frustración. Cuando esta parte del conflicto ha sido superada, entonces la potencialidad puede surgir como un reconocimiento y convertirse en una expresión de poder.




  1. El reconocimiento de las metas individuales y grupales y la habilidad de ser social o antisocial. Mucho se está reali­zando en este sentido, pero se sigue haciendo hincapié sobre el individuo y no sobre el grupo. Cuando esto sucede, somos responsables de los grupos antisociales.

He mencionado sólo tres de los innumerables reconocimientos posibles, pero la eliminación de las separaciones de la cual son responsables dará por resultado la liberación de gran parte de quienes sufren. Quizás podría decirse que la liberación de esa mayoría, cuya separación radica principalmente en el reino de la naturaleza de deseo, que conduce a un sentido de frustración y a perder el interés por la vida, podría ser curada:




  1. Atendiendo el equipo físico y las glándulas, particularmente la glándula tiroides, además de la regulación del régimen alimenticio;




  1. atendiendo la coordinación física del paciente, la cual es la expresión externa de un proceso interno de integración y mucho podrá lograrse mediante el entrenamiento;




  1. interpretando la vida y el medio ambiente, en términos de valores. Reflexionen sobre esto;




  1. Por la descentralización que se obtiene:




  1. proporcionando el aliciente, la educación y el entrenamiento vocacional apropiados;




  1. cultivando el poder de reconocer y satisfacer la necesidad circundante, despertando así el deseo de servir y propor­cionando ese sentido de satisfacción, resultado del cumpli­miento y de la valorización;




  1. trasmutando lenta y cuidadosamente el deseo en aspi­ración.




  1. Por la reorientación hacia metas más elevadas y por el desarrollo del sentido de la correcta dirección, lo cual implica:




  1. El cultivo de una visión más amplia;




  1. la formulación de un programa interno inteligentemente recopilado y adecuado al correspondiente grado de evolu­ción, pero no tan evolucionado que sea imposible cumplir­lo, y




  1. la supresión de esos pasos y actividades que están desti­nados a fracasar.




  1. Más adelante, cuando se haya captado algo de lo antedicho, debe tener lugar la búsqueda y el desarrollo de cualquier facultad creadora, satisfaciendo así el deseo de contribuir y de llamar la atención. Gran parte del esfuerzo artístico, lite­rario o musical, se funda en el deseo de ser el centro de atención y no en la verdadera capacidad creadora, que es el sentido del “yo, el actor dramático”. Esto, correctamente empleado y desarrollado, es de real valor e importancia.




  1. La eliminación del sentido del pecado, de la desaprobación, con sus secuelas: rebeldía, sospecha y complejo de inferio­ridad.

Siento la necesidad de volver a poner definidamente el énfasis sobre un punto, y es que cuando consideramos al ser humano, su expresión y existencia, es imprescindible recordar que tratamos de la energía y de la relación o no relación de las fuerzas. Si mante­nemos esto en la mente, no nos desviaremos del tema. Tratamos con unidades relacionadas de energía que funcionan en un campo de energía; si lo recordamos podremos (por lo menos simbólica­mente) obtener una clara idea del tema. Mientras consideremos que el problema constituye la interrelación de muchas energías, su fusión y equilibrio, más la síntesis final de dos energías prin­cipales, la fusión y su equilibrio, llegaremos a obtener cierta comprensión y la consiguiente solución. El campo de energía que denominamos alma (la energía principal que concierne al hom­bre), absorbe, domina o utiliza, las energías menores que llamamos personalidad. Es necesario comprender y recordar al mismo tiem­po que la personalidad está compuesta de cuatro tipos de energía. El empleo de las palabras “absorbe, domina y utiliza” estará de acuerdo al tipo de rayo que nos corresponde. Recordaré, como a menudo lo hago, que las palabras no alcanzan a expresar el obje­tivo fijado, y el lenguaje obstaculiza más bien que ayuda. El pensamiento humano está entrando ahora en un campo, para el cual no existe hasta hoy ninguna verdadera forma de expresión; no existen términos adecuados y las palabras símbolos dicen muy poco. Cuando se inventó el automóvil y la radio, fue necesario crear una serie de términos, frases, sustantivos y verbos total­mente nuevos; así en el futuro, el descubrimiento de la realidad de la existencia del alma deberá ser encarado con un nuevo len­guaje. Un hombre de la era Victoriana que escuchara el léxico técnico desde los actuales laboratorios de radio, o el empleado en los talleres actuales, no comprendería absolutamente nada. Del mismo modo, el sicólogo moderno muchas veces ignora y no com­prende lo que tratamos de decir, porque no se ha desarrollado aún el nuevo léxico y los antiguos términos son inadecuados. En consecuencia, sólo puedo emplear los términos que me parecen ser más convenientes, sabiendo que no expreso la verdadera significación de mis ideas y, por lo tanto, sólo obtienen una comprensión y concepción aproximadas de las ideas que me esfuerzo por exponer.


Hemos considerado en parte el problema de las separaciones a las que está sujeto el hombre, y hemos visto que el proceso evolutivo o humano, en último análisis, era una serie de unifica­ciones; cada paso dado adelante significó reunir ciertos tipos de energía a fin de que su fusión pudiera proporcionarnos una per­sona más completa. ¿ Puedo enunciar aquí algo interesante? El problema mismo tiene sus causas en el hecho de que existe un Observador. Este Observador, en ciertas etapas del desarrollo nor­mal del hombre, se da cuenta de que existen separaciones y sufre porque las hay en su propia conciencia. Comprende que es víctima de las divisiones de su naturaleza, sin embargo -y esto es muy importante- el hombre en el plano físico es incapaz de compren­derlas, o aparentemente eliminarlas sin la ayuda del alma, el Observador, el aspecto superior de sí mismo. Un hombre, por ejemplo, que sufre de la disociación que existe entre la parte emo­cional sensoria de sí mismo y el aspecto mental, es consciente de la necesidad, de la frustración y de los intensos sufrimientos y dificultades, y necesita no obstante la ayuda comprensiva del sicólogo entrenado o de su propia alma, antes de que pueda tener lugar la fusión, y él, como individuo, “sea hecho de nuevo”.
La misma verdad es aplicable en lo que atañe a las separacio­nes que existen en el hombre, pero tres de ellas son de gran im­portancia:


  1. La separación entre la mente y la naturaleza inferior -físi­ca, vital, astral o emocional.




  1. La separación entre el hombre y su medio ambiente que –una vez subsanada y eliminada- lo convierte en un ser humano responsable y en un buen ciudadano que acepta su medio ambiente y le dedica lo mejor de sí mismo. De esta manera fortalece su carácter y aumenta su capacidad, como resul­tado de la interacción definida entre ambos -él y su medio ambiente.




  1. La separación entre el hombre (la personalidad) y el alma, que produce sucesivamente:




  1. Una dominante personalidad egoísta.




  1. Un místico práctico, consciente de la necesidad de fu­sionarse y unificarse.

Análogos estados de conciencia existen en el adolescente y en el hombre que se va integrando al trabajo que debe realizar en su vida y también en el aspirante reflexivo. Esto sucede aunque sus pensamientos, propósitos y ambiciones estén egoístamente pola­rizados o espiritualmente orientados. El sentido de separatividad, la necesidad de ser orientado, el proceso de tender el puente y el esencial sentido de haber logrado la realización, son idénticos en ambos casos.


Cuando el sicólogo enfrenta estas situaciones debería regirse por ciertas reglas y ciertas premisas generales que eventualmente deberían ser aceptadas por el sujeto que constituye el caso-pro­blema. Estas mismas reglas y premisas pueden ser consideradas y aceptadas por el hombre que sin la ayuda de un sicólogo entre­nado ha sido capaz de entrenarse a sí mismo y de eliminar las separaciones. Tales premisas fundamentales son:



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