Psicología Esotérica II



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Hemos visto que se ha considerado principalmente que el alma es un centro de conciencia y los cuerpos son centros de experiencia; con este postulado sentamos las bases de nuestras futuras investigaciones sicológicas. No trataremos aquí la cues­tión de por qué esto es así o cómo ha sucedido. Aceptaremos que esta afirmación es básica y fundamental y nos atendremos a la premisa de que la finalidad de la vida en el mundo es obtener experiencia, porque vemos que esto sucede en todas partes y lo observamos también en nuestras propias vidas.
Podemos agrupar a las personas en tres tipos:


  1. Las que adquieren experiencia inconscientemente, pero al mismo tiempo están tan ensimismadas en el proceso de obtener resultados de la experiencia, que no perciben los obje­tivos más profundos.




  1. Las que perciben tenuemente que la adaptación a los modos de vivir a que están sometidas, y que al parecer no pueden evadir, significa para ellas aprender alguna lección, la cual




  1. enriquece sus vidas por lo general, en sentido práctico y material,

  2. intensifica su percepción sensible,

  3. permite desarrollar la cualidad y adquirir continuamente características, habilidades y capacidades.




  1. Las que perciben la finalidad de la experiencia y, en conse­cuencia, aplican en todos los casos el poder inteligente para extraer de los acontecimientos, a los cuales están sujetos, algún beneficio para la vida del alma. Han aprendido que su medio ambiente constituye el lugar de purificación y el campo del servicio que ha planeado.

Esta amplía generalización explica la razón de la experiencia humana y las consiguientes actitudes adoptadas por los tres grupos principales.


Es necesario recordar que el proceso de apropiación de los cuerpos presenta etapas similares respecto a la evolución de la forma y a la evolución de la vida que mora internamente. En el transcurso de la historia del aspecto material de la manifestación han existido (como lo enseñan los libros ocultistas) las siguientes etapas:


  1. La etapa de involución o de apropiación, y la etapa de cons­trucción de los vehículos de expresión, sobre el arco descen­dente, donde el énfasis se pone sobre la construcción, el crecimiento y la apropiación de los cuerpos, y no tanto sobre la Entidad consciente que mora internamente.




  1. La etapa de evolución o sutilización, y la etapa de desarrollo de las cualidades, que conduce a la liberación en el arco ascendente.

Lo mismo ocurre en la historia sicológica del ser humano. En ellos vemos también un proceso casi similar, dividido en dos etapas que marcan la involución y la evolución de la conciencia.


Hasta ahora, en los libros ocultistas (como he indicado ante­riormente), se ha hecho resaltar el desarrollo del aspecto forma de la vida, y la naturaleza y la cualidad de esa forma que res­ponde, en distintos niveles de la vida planetaria, a los impactos del medio ambiente, en las primeras etapas, y a la impresión del alma, en las últimas. El objetivo principal de este tratado consiste en señalar el efecto que producen sobre el alma las experiencias sufridas en los cuerpos y los procesos mediante los cuales se expande el aspecto conciencia de la divinidad, culminando en lo ene técnicamente se llama una iniciación. Cada una de las dos divisiones principales de este proceso de involución y evolución, puede dividirse en seis expansiones definidas de conciencia. Las que están en el arco ascendente difieren de las que están en el arco descendente, en objetivo, móvil y alcance, y son esencialmente sublimaciones de los aspectos inferiores del desarrollo de la conciencia, etapas que podrían denominarse de:


  1. Apropiación

  2. Aspiración

  3. Acercamiento

  4. Aparición

  5. Actividad

  6. Ambición

Cada etapa, al llegar a la máxima expresión, implica un período de crisis, crisis que tiene lugar antes de iniciarse la próxima etapa de la conciencia del hombre que va despertando. Consideramos aquí al Hombre como pensador consciente y no al hombre como miembro del cuarto reino de la naturaleza. Reflexionen sobre esta diferencia, porque determina el punto de énfasis y marca el foco de identificación.


En la primera etapa, la de apropiación, el alma o el pensador consciente (el divino Hijo de Dios o Manasaputra), realiza tres cosas:


  1. Registra conscientemente el deseo de encarnar. Constituye la voluntad de existir, o de estar en el plano físico.




  1. Enfoca conscientemente la atención en el proceso que implica la decisión de aparecer.




  1. Da conscientemente los pasos necesarios para apropiarse de la sustancia requerida, a fin de aparecer y, en consecuencia, satisfacer el anhelo de existir.

Estamos familiarizados con estos procesos formulados como teo­rías. Las especulaciones y pronunciamientos de los instructores de todas partes en el transcurso de las épocas, nos han familiari­zado con las innumerables maneras simbólicas de tratar estos temas. No es necesario extenderme sobre ello. La serie de aconte­cimientos involucrados, al tomar esta decisión, los consideraremos sólo desde el ángulo de la conciencia y de un definido proceso involutivo.


La segunda etapa, la de aspiración, concierne al deseo o aspiración del alma de aparecer, y hace descender la conciencia a lo que denominamos plano astral. La tendencia del alma se dirige hacia lo material. Debemos recordar este hecho. Tendemos a con­siderar la aspiración como la culminación, o la transmutación del deseo. Sin embargo, en último análisis, se puede decir que la aspiración es la base o raíz de todo deseo, y utilizamos la palabra deseo únicamente para significar esa aspiración que tiene un objetivo natural en la conciencia del hombre, confinando la pala­bra aspiración al deseo trasmutado que convierte al alma en per­manente objetivo en la vida del hombre encarnado. Pero todos los aspectos del deseo son esencialmente formas de aspiración y, en el arco involutivo, la aspiración se demuestra como el deseo del alma de experimentar conscientemente los procesos que la harán consciente y dinámica en el mundo de los asuntos humanos.
Una vez lograda esta comprensión consciente y cuando el alma se ha apropiado de una forma en el plano mental, mediante la voluntad de existir, y de otra en el plano astral, mediante la aspiración, tiene lugar la tercera etapa de acercamiento en los niveles etéricos. La conciencia se enfoca allí, preparándose para la intensa crisis de aparecer, entonces tiene lugar lo que puede considerarse la concentración o reunión de todas las fuerzas de la conciencia, a fin de forzar el proceso y poder surgir a la manifestación. Es un momento trascendental en la conciencia, un período de preparación vital para un gran acontecimiento espiri­tual -la encarnación de un Hijo de Dios. Significa apropiarse de un cuerpo físico denso que actuará como prisión absoluta del alma, o como “una forma para la revelación”, como ha sido denominada en los casos de esos hombres evolucionados que se han revelado como Hijo de Dios.
La crisis de acercamiento es, en las diversas etapas, una de las más importantes y la menos comprendida. Será de interés para los estudiantes emprender un estudio comparativo de los acerca­mientos mencionados anteriormente, relacionándolos con los epi­sodios de la historia humana que ocurren durante el período de la Luna llena de Wesak. Existe una fundamental y estrecha rela­ción entre los acercamientos en los senderos de involución y de evolución, y también entre los del individuo y los de un grupo.
Entonces, cuando se ha consumado dicha concentración de fuerzas, durante la etapa de acercamiento, tiene lugar la etapa de aparición; entonces el hombre surge a la luz del día y recorre su pequeño ciclo en el plano físico, desarrollando una creciente sen­sibilidad en la conciencia, gracias a la experiencia obtenida en el proceso de vivir en un cuerpo físico. Después de aparecer en la forma va siendo (cada vez que aparece) más activo, ágil y des­pierto, intensificándose la etapa de actividad, hasta que la con­ciencia del hombre es arrastrada por la ambición.
El sicólogo término medio, se ocupa de estas dos etapas finales, actividad y ambición, por las que atraviesa el hombre común. Esto en sí es interesante, porque demuestra cuán poco se ocupa el sicólogo exotérico ortodoxo de la vida del verdadero hom­bre, el Ser pensante consciente. A las cuatro etapas del desarrollo del hombre, que están detrás de su apariencia activa en el plano físico, no se las considera en absoluto. La intensidad del proceso de acercamiento que precede a tal aparición no se tiene en cuenta, siendo, sin embargo, fundamentalmente un factor determinante.
Pero esta actividad en el plano físico y la naturaleza de su vida de deseos (que más adelante sólo se traduce en términos de ambi­ción en sus experiencias) son factores predominantes que deben ser considerados. No podrá haber lógicamente una verdadera com­prensión del hombre hasta que se acepte la teoría del renacimiento y el hombre sea estudiado precedentemente a través de su larga historia. En esta época de pensamientos y actitudes grandemente separatistas, la vida del individuo como hombre individual, sepa­rado en tiempo y espacio de todo lo que ha sucedido en el pasado y de cuanto lo rodea en la actualidad, es lo que se considera de importancia y que constituye el hombre, pero no se han ocupado de manera alguna del hombre como expresión del proceso del alma.
Tenemos así etapas sucesivas, desde la apropiación inicial en el plano mental, hasta que el hombre, en conciencia, se ha abierto camino descendiendo a través de los planos y volviendo al plano mental que lo lleva a la etapa de la coordinación de la persona­lidad y a una plena expresión de lo que denominamos el Rayo de la Personalidad. Esto tiene lugar una vida tras otra. Así el alma encarna una y otra vez, y conscientemente pasa por las etapas delineadas anteriormente. Pero gradualmente sobreviene un sen­tido más elevado de los valores; luego hay un período en que el deseo de adquirir experiencia material y de satisfacer las ambiciones de la personalidad comienza a desvanecerse; nuevos y mejores valores, y normas superiores de pensamientos y deseos empiezan a aparecer lentamente.
Después el aspecto conciencia vuelve a pasar por las etapas expuestas, pero en sentido contrario, y esta vez en el arco ascen­dente, que corresponde a la etapa evolutiva del gran ciclo de procesos naturales que conciernen a la vida de la forma, el cual se expande paulatinamente desde la conciencia de la ambición a través de la actividad y los posteriores desenvolvimientos, hasta la etapa de acercamiento a la divina realidad en el plano mental, y la etapa de apropiación final donde la conciencia del hombre se fusiona con la del alma en su propio nivel y, por último, se apropia del Uno en plena conciencia -si puede emplearse esta frase tan paradójica.
Cuando la conciencia del alma, encarnada en una forma humana, se da cuenta de la inutilidad de la ambición material, indica que ha obtenido una elevada etapa de integración de la personalidad, que precede a un período de cambio de actividad. Durante la segunda etapa, en el Sendero de Retorno, el cambio de la conciencia consiste en alejarse totalmente del cuerpo físico, pasando al cuerpo vital o etérico y de ahí al cuerpo astral. Allí se siente la dualidad, y tiene lugar la batalla entre los pares de opuestos. El discípulo aparece como Arjuna. Sólo después de la batalla y cuando Arjuna ha llegado a tomar decisiones definitivas puede acercarse al alma en el plano mental. Esto lo realiza cuando:


  1. Comprende que constituye un alma y no una forma, lo cual implica un proceso denominado “reflejo divino”, que actúa de dos maneras; entonces el alma comienza a rechazar defi­nitivamente a la forma y, el hombre, a través del cual el alma experimenta y se manifiesta, es a su vez rechazado por el mundo en que vive.




  1. Descubre el grupo al cual pertenece, impidiendo su acerca­miento hasta descubrir cómo hacerlo mediante el servicio.




  1. Se identifica con el grupo que pertenece a su propio rayo, adquiriendo así el derecho de acercarse, porque ha aprendido que “no está solo”.

Luego viene esa peculiar etapa de aspiración trascendente, donde ya no desea adquirir experiencia individual y sólo anhela actuar como parte consciente del Todo mayor. Sólo entonces puede el alma consciente apropiarse del “cuerpo de luz y de esplendor, expresión y gloria del Uno”, lo cual, una vez realizado, ya no encarna en los tres mundos, excepto como un acto de voluntad espiritual. La significación de lo que antecede quizás sea difícil de comprender porque constituye uno de los misterios de una iniciación superior.


Por lo tanto, se habrán dado cuenta de que comenzamos y terminamos con una expansión de conciencia. La primera condujo a incluir el mundo material y la segunda incluye o se apropia consciente e inteligentemente, del mundo espiritual. Vemos así que la conciencia de deseos es trasmutada en aspiración por lograr las realidades espirituales y un vital y enfocado acercamiento al reino de Dios. Observamos la aparición en el plano físico de la conciencia aprisionada, limitada y confinada, para obtener un desarrollo inteligente y definido dentro de una forma evolucio­nante y vemos el final resurgimiento de la enriquecida y eman­cipada conciencia que ha obtenido en el plano mental la plena liberación que otorga la mente de Dios. También se observa la actividad consciente de la mente del hombre, expandiéndose e intensificándose lentamente hasta convertirse en la actividad de la mente iluminada, reflejando así la conciencia divina del alma. Vemos también la ambición del hombre consciente, trasformada, al principio, en la ambición espiritual del discípulo consagrado y, por último, en la expresión de la voluntad de Dios o de la Mónada, en el iniciado.
Así, los tres aspectos de la divinidad se liberan en la tierra mediante una conciencia encarnada y plenamente desarrollada de un Hijo de Dios. El Plan y el trabajo que realiza la Deidad con­siste en apropiarse conscientemente de la forma y luego volver a apropiarse conscientemente de la divinidad. Al tratar de sentar las bases, como lo estamos haciendo, para el estudio de la integra­ción sobre el ser humano, no será necesario detallar los innume­rables aspectos de las distintas etapas consideradas. Millares de seres humanos, quizás millones, estarán en este planeta en deter­minado momento, cuyas vidas y actividades podrán ser ejemplo en cualquier etapa en el arco descendente o ascendente. Para la mayoría será suficiente la ayuda técnica prestada por el moderno educador entrenado, sicólogo, clérigo o médico, particularmente cuando tengan lugar tres acontecimientos, que inevitablemente ocurrirán antes que hayan pasado muchas décadas:


  1. Estos cuatro tipos de técnicos -educadores, sicólogos, cléri­gos y médicos- trabajarán juntos, y cada uno pondrá a disposición de sus compañeros de trabajo, su capacidad, su punto de vista peculiar y su interpretación de las condiciones prevalecientes.




  1. La realidad del alma será aceptada como hipótesis razonable y también se aceptará el hecho de que puede existir un ente inmanente que trata de controlar, en cierta medida, el me­canismo.




  1. La Ley del Renacimiento será considerada como una ley de la naturaleza, y en el pensamiento de estos cuatro grupos que prestan ayuda a la humanidad, tendrá cabida el pasado del hombre y el rápido cumplimiento de su destino.

En este Tratado consideramos a las personas más evolucio­nadas, los intelectuales del mundo, que comienzan a utilizar la mente y se hallan en el Sendero de Probación o se acercan al Sendero del Discipulado. Cuando esto sucede (lo cual raras veces ocurre antes, a no ser que aparezca ante el ojo del iniciado) las personalidades están ya tan refinadas que el rayo de la persona­lidad y el rayo del ego permiten hacer un análisis y una definición. Hasta que no haya un suficiente y notable desarrollo que permita hacer una verdadera diagnosis, no es posible decir definidamente a qué rayo pertenece la personalidad. Más adelante se definirá el rayo del ego, el cual al principio sólo se puede deducir por la natu­raleza del conflicto del cual la personalidad es consciente, basado en un acrecentado sentido de la dualidad. Además se podrá hacer un diagnóstico que se basará en ciertas características físicas y síquicas que indicarán la cualidad de la naturaleza superior del individuo, así como también un estudio de los distintos grupos con los cuales se va afiliando el hombre a medida que aparecen en el plano físico. Cuando un hombre -si por predilección perso­nal es un artista creador- se interesa repentinamente por las matemáticas, podría deducirse que comienza a estar bajo la in­fluencia de un alma de segundo rayo; o si el hombre cuya per­sonalidad pertenecía definidamente al sexto rayo de idealismo fanático, o de devoción por el objeto de su idealismo, y durante la vida fue un devoto religioso, y luego cambió el interés de su vida por la investigación científica, podría quizás responder a la impresión de un alma de quinto rayo.


En consecuencia, estudiaremos el proceso de coordinación y los métodos empleados para lograr dos grandes integraciones:


  1. La integración de la personalidad, o los medios por los cuales la conciencia del individuo

  1. pasa de un cuerpo a otro, para que tenga lugar una defi­nida expansión de conciencia,

  2. entra simultáneamente en actividad en los tres vehículos de la personalidad.




  1. La integración de la personalidad y el alma, para que el alma pueda

  1. actuar a voluntad, en cualquiera de los cuerpos, o

  2. actuar por medio de los tres cuerpos que simultáneamente constituyen la personalidad.

Esto obligará a limitarnos al estudio de los tipos más evolucio­nados o destacados de nuestro tiempo y época, principalmente el místico, el aspirante y las personas que sobresalen, así como aquellas que tienen problemas sicológicos.


Los distintos cuerpos se han ido paulatinamente desarrollan­do y han sido utilizados, refinados y organizados. Gradualmente se ha empleado y sensibilizado el equipo sensorio del hombre y, en la actualidad, hay en el mundo infinidad de hombres y mujeres cuyo instrumento de respuesta y de contacto ha alcanzado tal grado de eficacia y está tan alejado, en relación con el hombre primitivo, como los vehículos del hombre moderno común lo están del Cristo y del Buddha, con su inmenso y amplio cambio de percep­ción subjetiva y divina. El desarrollo del sistema nervioso ha ido a la par del mecanismo síquico interno, y el del sistema glandular ha reflejado fielmente el de los grandes centros de fuerza, con las líneas interconectadas de energía. Paso a paso, la conciencia del hombre ha cambiado de:


  1. La conciencia estrictamente animal, centrada en los apetitos físicos naturales, a la del ser individual y vital que responde a los impactos de un medio ambiente que no comprende inteligentemente, pero en el cual vive. Éste es el estado de conciencia primitivo y salvaje que ya ha sido superado y pertenece a una remota historia racial. Esta etapa primitiva fue testigo del nacimiento de esa orientación religiosa que llamamos animismo.




  1. La conciencia del ser vital primitivo al estado de conciencia coloreado casi totalmente por el deseo de la satisfacción material. Esto, con el tiempo, se trasmuta en una respuesta emotiva a las condiciones del medio ambiente, que lleva a una intensificada “vida de deseo” y a un desenvolvimiento de la facultad imaginativa. Finalmente produce al místico y su consiguiente aspiración, su sentido de la dualidad y su bús­queda de Dios, además de una intensa devoción a uno u otro tipo de ideal.




  1. La conciencia centralizada en los deseos y anhelos vitales emotivos, a la conciencia mental inteligente, inquisidora e intelectualmente sensible, capaz de responder a las corrien­tes de pensamientos y reaccionar con constante firmeza, vi­gor y sensibilidad, al impacto de las ideas.




  1. De uno u otro de estos estados de conciencia, alternando el énfasis de los mismos, o haciéndolos predominantemente activos en cualquiera de los aspectos inferiores a los de la personalidad integrada, egoístamente ocupada en sí misma, en su amor propio y en sus propias expresiones, aparentando así ser un grande e intrépido individuo que demuestra poder y propósito en un mundo que él explota para sus propios fines egoístas.

Cuando se llega a esta etapa, el enfoque de la vida es pre­dominantemente materialista, y el hombre se hace ambicioso, eficiente y poderoso. Sin embargo, lentamente se despierta en él un divino descontento, y los resultados de la experiencia obtenida en sus empresas y en su vida, comienzan ø no satisfacerle. En­tonces tiene lugar otro cambio de conciencia, y se esfuerza al prin­cipio inconscientemente y más tarde conscientemente, por al­canzar la vida y la significación de una realidad vagamente sen­tida. El alma empieza a hacer sentir su presencia y a aferrarse, en un sentido diferente del de ahora y en forma más activa, a sus vehículos de expresión y servicio.


En este resumen se ha esbozado el amplio y general delinea­miento del proceso. Evidentemente existirán graduaciones dentro del proceso; hay en la tierra hombres de todos los estados de con­ciencia. En algunos, sus vehículos estarán centralizados en la vida sensoria. En otros, la conciencia cambiará el énfasis de un vehícu­lo a otro y así llegarán a despertar y a ser más incluyentes en sus contactos y percepciones. Aún otros, poseerán una conciencia en desarrollo que se está organizando para expresarse plenamente co­mo hombres y personalidades integradas que trabajan para lograr fines materiales, poniendo en la realización de esos objetivos toda la fuerza y el poder de una activa personalidad integrada. Exis­tirán también aquellos cuya conciencia va despertando gradual­mente a un nuevo y más elevado sentido de los valores; lentamen­te al principio y luego con mayor rapidez, a medida que adquiere mayor habilidad, cambia su foco de atención del mundo materia­lista y de un vivir egoísta, al mundo de las verdaderas realidades espirituales.
Poco a poco la conciencia del tercer aspecto de la divinidad se coordina con la del segundo aspecto y, mediante la experiencia adquirida en la forma, entra en actividad la conciencia crística. El hombre comienza a agregar a la experiencia adquirida, como personalidad en los tres mundos del esfuerzo humano, la percep­ción intuitiva espiritual, patrimonio de los que han despertado en el reino de Dios. Paralelamente con este desarrollo de la con­ciencia del hombre, tenemos la evolución del mecanismo por el cual esa conciencia, que se expande cada vez más, se pone en armonía con el mundo de la percepción sensoria, de los concep­tos intelectuales y de los conocimientos intuitivos. No tratare­mos el desarrollo de este aspecto de la forma. Sólo indicaré que al pasar la conciencia de un cuerpo a otro, expandiendo constan­temente sus contactos, los centros del cuerpo etérico del hombre (cuatro arriba del diafragma y tres abajo) entran en actividad en tres etapas principales, aunque a través de innumerables des­pertamientos menores:



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