Psicología Esotérica II



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Las Leyes del Universo expresan la divina Voluntad y con­ducen a la manifestación del Propósito divino. Esto es sabiduría. Ordenan y nutren al Plan.
Las Reglas que inducen a que el alma controle expresan la cualidad divina y conducen a la revelación de la naturaleza de Dios, que es amor.
Las Leyes de la Naturaleza, o las llamadas leyes físicas, expresan la etapa de manifestación, o el punto alcanzado en la expresión divina. Se refieren a la multiplicidad o aspecto cualidad.
Rigen o expresan lo que el Espíritu divino (la voluntad actuando con el amor) ha podido realizar en conjunción con la materia, a fin de producir la forma. Esta emergente revelación permitirá el reconocimiento de la belleza.
La primera serie de leyes, las Leyes del Universo, son abor­dadas en el Tratado sobre Fuego Cósmico y ocasionalmente men­cionadas en otros escritos. La ciencia moderna ha hecho mucho para lograr una comprensión de las Leyes de la Naturaleza y confiamos en que seguirá haciéndolo, pues el alma dirige todas las cosas hacia el conocimiento. En lo que aquí expongo, trato de establecer las bases para la nueva ciencia de la sicología, que debe fundarse sobre una amplia y general comprensión de la divina Siquis, a medida que trata de expresarse por medio del Todo manifestado, el sistema solar, y, para nuestro propósito, el pla­neta y todo lo que en él reside.
Cuando el poder de la sicología divina y sus principales ten­dencias y características sean reconocidas y cuando la sicología moderna aparte su atención del minucioso estudio de la siquis del individuo (comúnmente la de un individuo anormal) y la con­centre en los atributos sicológicos del Todo mayor, del cual sólo somos una parte, obtendremos una nueva comprensión de la Dei­dad y de la relación existente entre el microcosmos y el Macrocos­mos. En el pasado, esto fue confiado excesivamente a la filosofía, y ahora debe absorber la atención de los sicólogos. Tan deseado acontecimiento tendrá lugar cuando se capte el verdadero signi­ficado de la historia, cuando sea comprendida la amplitud del desarrollo humano durante las diversas épocas y cuando se com­pruebe que el alma actúa a través de todas las partes que componen todas las formas. En la actualidad se dice que únicamente el hombre posee un alma y se pasa por alto el alma de todas las cosas. Sin embargo, el hombre no es más que el macrocosmos de los otros reinos de la naturaleza.
Por lo tanto, son de suprema importancia las siete reglas que estamos estudiando, porque contienen las ideas-clave que revelarán a la Deidad que actúa como el Alma de todas las cosas y también a la naturaleza y el método de actividad del Cristo Cósmico, e indi­carán las tendencias cualitativas que rigen y determinan la vida síquica de todas las formas -desde un universo hasta un átomo- en el cuerpo de cualesquiera de las denominadas revelaciones mate­riales de la vida. Tengamos presente estos pensamientos cuando leemos y estudiamos.
Estas reglas se expresan con igual potencia en los siete rayos y producen la manifestación de la conciencia sobre la tierra, en cada una y en todas las formas. Ante todo, nos ocuparemos del Todo mayor, sin acentuar la diferenciación de los rayos. Los siete rayos, como a menudo se ha dicho, coloran o cualifican los instin­tos y poderes divinos, pero eso no es todo, pues ellos mismos están determinados y controlados por dichos poderes. No debe olvidarse que los rayos son las siete expresiones principales de la cualidad divina cuando ésta limita (y realmente limita) los propósitos de la Deidad. Dios Mismo se ajusta a un canon que le fue establecido por una remota visión. Este definido propósito o voluntad, está condicionado por su cualidad instintiva o siquis, del mismo modo que el propósito de la vida de un ser humano está limitado y condicionado por el equipo sicológico con el cual llega a la mani­festación. He dicho anteriormente que tratamos cosas abstrusas y difíciles y mucho de lo expuesto no estará al alcance de nuestra inmediata comprensión concreta. Sin embargo, el enunciado que antecede es relativamente simple si se interpreta en términos del propósito y de la cualidad de nuestra propia vida.
Aquí debemos abordar un punto antes de continuar nuestro estudio de las siete tendencias sicológicas de la Deidad.
Hemos hablado de Dios en términos de Persona y hemos empleado los pronombres Él y el posesivo. ¿ Debemos inferior de esto que nos referimos a una prodigiosa Personalidad denominada Dios y, por lo tanto, pertenecemos a esa escuela de pensamiento llamada antropomórfica? La enseñanza budhista no reconoce a un Dios ni a una Persona. Por consiguiente, desde nuestro punto de vista y acercamiento, ¿ es erróneo o correcto? Técnicamente cuando se comprenda al hombre como una expresión divina, en tiempo y espacio, podrá ser revelado este misterio.
Ambas escuelas de pensamiento son correctas y de ninguna manera se contradicen. En su síntesis y fusión, la verdad, tal como realmente es, puede comenzar -aunque en forma tenue- a apa­recer. Existe un Dios Trascendente que “habiendo compenetrado todo el universo con un fragmento de Sí Mismo” puede todavía decir: “Yo permanezco”. Existe un Dios Inmanente cuya vida es el origen de toda actividad, inteligencia, crecimiento y atracción de todas las formas en todos los reinos de la naturaleza. Similar­mente, existe en cada ser humano un alma trascendente que, cuando ha iniciado y terminado su ciclo de vida en la tierra y ha transcurrido el período de manifestación, se convierte nuevamente en lo inmanifestado y en lo amorfo, y también puede decir: “Yo permanezco”. Cuando se manifiesta y toma forma, la única manera en que la mente y el cerebro humanos pueden expresar su recono­cimiento de la vida divina condicionante, es hablar en términos de Persona y de Individualidad. Por eso hablamos de Dios como de una Persona, de Su voluntad, de Su naturaleza y Su forma.
Sin embargo, detrás del universo manifestado permanece el Uno sin forma, Aquel que no es un individuo ni está limitado por la existencia individualizada. Por lo tanto, el budhista tiene razón cuando acentúa la naturaleza no individualizada de la Deidad y se niega a personalizar a la Divinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la teología cristiana, personificando, como lo hacen, las triplicidades de todas las teologías, se convierten tam­bién en el Uno cuando ha terminado el período de manifestación. Permanecen como Uno, con la cualidad y vida intactas e indife­renciadas, tal como son en la manifestación.
La analogía de esto la tenemos cuando muere un hombre. Desaparecen sus tres aspectos -mente o voluntad, emoción o amor, y apariencia física. Entonces la persona no existe. Sin embargo, si se acepta el hecho de la inmortalidad, el ser consciente perma­nece; su cualidad, propósito y vida están unidos con su alma inmortal. La forma externa, con sus diferenciaciones en una tri­nidad manifestada, ha desaparecido -nunca volverá exactamente en la misma forma o expresión, en tiempo y espacio.
La interacción del alma y de la mente produce el universo manifestado, con todo lo que contiene. Cuando persiste esa in­teracción, ya sea en Dios o en el hombre, empleamos términos de origen humano (¿ de qué otra manera se podría hablar con claridad?) que, por lo tanto, limitan, porque tal es nuestra actual etapa de iluminación -o ¿ debería decirse etapa de oscuridad? Así se desarrolla la idea de la individualidad, de la personalidad y de la forma. Cuando cesa la interacción y termina la manifestación, tales términos ya no son apropiados ni tienen significado. Sin embargo, persiste el ser imperecedero, sea Dios u Hombre.
Por eso la mente humana sustenta el concepto sustentado por el gran Maestro de Oriente, el Buddha, el de la Deidad trascen­dente, separada de la triplicidad, dualidad y multiplicidad de la manifestación. Sólo existe vida amorfa, sin individualidad y des­conocida. En la enseñanza occidental que ha formulado y conser­vado el Cristo, persiste el concepto de Dios inmanente -Dios en nosotros y en todas las formas. En la síntesis de las enseñanzas de Oriente y Occidente y en la fusión de estas dos grandes escuelas de pensamiento, puede presentirse algo de este Todo superlativo, meramente presentido, pero no conocido.
a. LA TENDENCIA A LA SÍNTESIS
El primero de los factores que revela la naturaleza divina y el primero de los grandes aspectos sicológicos de Dios es la ten­dencia a la síntesis. Esta tendencia existe en toda naturaleza, en toda conciencia y es la vida misma. El impulso motivador de Dios y su descollante deseo es lograr la unión y la unificación. Ésta fue la tendencia o cualidad que el Cristo trató de revelar y dramatizar para la humanidad. En lo que se refiere al cuarto reino de la naturaleza, Sus grandiosos pronunciamientos, expresados en el capítulo XVII de San Juan, son un llamado a la síntesis y nos exhortan a alcanzar nuestra meta.
“Ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti, Padre Santo, los que me has dado vigílalos en tu nombre, para que sean Uno, así como lo somos nosotros...

Les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

No te ruego que los saques del mundo, sino que los protejas del mal.

No son ellos del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Pero no ruego solamente por ellos, sino también por los que han de creer en mi, por la palabra de ellos.

Para que todos sean uno, así como tú, oh Padre, estás en mí, y yo en Ti, que también ellos estén en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.

La gloria que tú me has dado yo les he dado para que sean uno así como nosotros somos uno.

Padre, aquello que me has dado, deseo que donde yo estoy, ellos estén conmigo; para que vean la gloria que me has dado; por cuanto me has amado desde antes de la fundación del mundo.”


Esto nos indica la síntesis del alma y del espíritu, y también subraya Ja síntesis del alma y la materia, completando de esta manera la fusión y la deseada unificación.
Pero la síntesis de la Deidad, Su tendencia a mezclar y fusio­nar, es mucho más incluyente y universal que cualquier posible expresión del reino humano que, después de todo, sólo es una pequeña parte del todo mayor. El hombre no es todo lo que puede llegar a ser ni constituye la consumación del pensamiento de Dios. El alcance de este instinto a la síntesis sustenta a todos los uni­versos, constelaciones, sistemas solares, planetas y reinos de la naturaleza, así como también el aspecto actividad y la realización del hombre, el individuo. Dicho instinto es el principio que rige a la conciencia misma, y la conciencia es la síquis o alma que pro­duce la vida síquica; es percepción subhumana, humana y divina.
Respecto al hombre, se han postulado las siguientes expresio­nes sicológicas:


  1. Instinto. Está situado debajo del nivel de la conciencia, pero protege y gobierna los hábitos y la vida del organismo. Gran parte de la vida emocional es regida de este modo. El instinto controla por intermedio del plexo solar y de los centros inferiores.




  1. Intelecto. Es autoconciencia inteligente que guía y dirige la actividad de la personalidad integrada, por medio de la mente y el cerebro, actuando a través de los centros laríngeo y ajna.




  1. Intuición. Se refiere predominantemente a la conciencia gru­pal y, oportunamente, controlará nuestras mutuas relaciones, cuando funcionemos como unidades grupales. Actúa a través del corazón y del centro cardíaco, y es ese instinto elevado que permite al hombre reconocer y someterse a su alma y también a su control e impresión de la vida.




  1. Iluminación. En realidad esta palabra debería emplearse para designar a la conciencia superhumana. Este instinto divi­no permite al hombre reconocer el todo del cual forma parte. Actúa mediante el alma del hombre, utilizando el centro coro­nario y, eventualmente, inunda de luz o energía a todos los centros, vinculando al hombre conscientemente con las corres­pondientes partes del divino Todo.

La tendencia a la síntesis constituye el instinto inherente en todo el universo y, sólo ahora, el hombre está percibiendo su proximidad y potencia.


Este atributo divino del hombre hace que su cuerpo físico sea parte integrante del mundo físico; lo hace síquicamente gregario y está dispuesto a vivir en grupos (por elección u obligación). Este principio, actuando o funcionando por medio de la conciencia humana, ha conducido a la formación de nuestras enormes y modernas ciudades -símbolos de una futura civilización más elevada, denominada Reino de Dios, donde las relaciones entre los hombres serán excesiva y síquicamente estrechas. El instinto a la unificación subyace en el misticismo y en todas las religiones, pues el hombre busca siempre una relación más estrecha con Dios y nada puede detener esta unificación (en la conciencia) con la Deidad. El instinto es la base de su sentido de inmortalidad y garantiza la unión con el polo opuesto de la personalidad, el alma.
Siendo un atributo de la Deidad y un instinto divino y, por lo tanto, parte de la vida subconsciente de Dios Mismo, es evidente que, dada Ja premisa original de que existe un Dios trascendente e inmanente, no tenemos por qué temer ni tener malos presenti­mientos. Los instintos de Dios son más fuertes, vitales y puros que los de la humanidad y, con el tiempo, triunfarán, se expresarán y florecerán en toda su plenitud. Los instintos inferiores, contra los cuales lucha el hombre, sólo son distorsiones -en tiempo y espacio- de la realidad; de ahí el valor que tiene la enseñanza ocultista cuando dice que reflexionando sobre lo bueno, lo bello y lo verdadero, trasmutamos nuestros instintos inferiores en cuali­dades divinas superiores. El poder atractivo de la naturaleza instintiva de Dios, con su capacidad para sintetizar, atraer y mezclar, colabora con los poderes incomprendidos de la naturaleza del hombre y hace que la oportuna unificación con Dios, en vida y propósito, sea un acontecimiento inevitable e irresistible.
Los estudiantes pueden vincular las leyes del universo y de la naturaleza a este instinto o tendencia a la síntesis y a la unificación, el cual está estrechamente relacionado con la Ley de Atracción y el Principio de Coherencia. En el futuro se realizarán grandes estudios sobre estas relaciones. Esta serie de libros de texto sobre ocultismo y fuerzas ocultas que he escrito, están des­tinados a servir de jalones y faros en el camino del conocimiento. Contienen indicios y sugerencias, pero cada estudiante debe inter­pretarlos de acuerdo a la luz que posee, analizar lo que acontece a su alrededor a la luz del Plan y del conocimiento que aquí se imparte y tratar de descubrir por sí mismo el surgimiento de la naturaleza síquica instintiva de la Deidad en los asuntos mun­diales y en su propia vida, porque esto sucede constantemente. También ha de recordar que él posee una naturaleza síquica que es parte de un todo mayor y está sujeto, por lo tanto, a recibir impresiones de fuentes divinas. Debe cultivar la tendencia a la síntesis y convertir en uno de los pensamientos clave de su vida diaria, las palabras: “que mi conciencia no sea separatista”.
Debe observarse aquí que el instinto a la síntesis (porque concierne a la naturaleza síquica de la Deidad) nada tiene que ver con la expresión física del sexo, pues éste está regido por otras y leyes controlado por la naturaleza física. No olvidemos que H.P.B. dijo (y con razón) que el cuerpo físico no es un principio. Las siete tendencias básicas que estamos analizando son estrictamente síquicas o sicológicas.
La captación de la naturaleza de estos impelentes atributos síquicos de Dios deberían capacitar al hombre para poner todo el peso de su aspiración síquica del lado de estas emergentes cuali­dades. Por ejemplo, en la vida diaria, tendría que trabajar por lograr la unificación con todos los seres, tratando de penetrar en el corazón de su hermano; esforzarse para llegar a ser uno con la vida de todas las formas; rechazar toda tendencia a las reac­ciones separatistas, porque sabe que conciernen a la innata siquis heredada de los átomos, de la materia y la sustancia, que consti­tuyen la naturaleza forma, los cuales han sido traídos, reordena­dos y reconstruidos en las formas que pertenecen a la actual manifestación de Dios. Contienen en sí las simientes de la vida material y síquica, adquiridas en un universo anterior. No existe otro mal.
Mucho se ha enseñado respecto a la gran herejía de la sepa­ratividad, la cual es contrarrestada cuando el hombre permite que la “tendencia hacia la síntesis” afluya a través de él como una potencia divina y condicione su conducta. Dichas tendencias divi­nas han constituido los impulsos básicos y subconscientes desde los albores de la evolución. La humanidad puede adaptarse hoy conscientemente a ellos y así apresurar el momento en que reinará la verdad, la belleza y la bondad.
Los discípulos mundiales y el Nuevo Grupo de Servidores del Mundo, como también todos los aspirantes inteligentes y activos, tienen hoy la responsabilidad de reconocer estas tendencias y particularmente, la tendencia a la unificación. El trabajo de la Jerarquía está en la actualidad peculiarmente conectado con esto, y Ella y todos nosotros, debemos fomentar y nutrir esta tendencia, dondequiera la observemos. La estandarización y la regimenta­ción de las naciones sólo son un aspecto de este movimiento para lograr la síntesis, pero está siendo mal aplicado y prematuramente puesto en vigencia. Todos los movimientos que tienden a las sín­tesis nacional y mundial, son buenos y correctos; pero deben ser consciente y voluntariamente emprendidos por hombres y mujeres inteligentes; los métodos empleados para llevar a cabo esta fusión no deben infringir la ley del amor. El impulso actual hacia la unidad religiosa es también parte de la belleza que emerge y, aunque las formas deben desaparecer (porque son el origen de la separatividad), debe ser desarrollada la síntesis espiritual interna. Se mencionan aquí estos dos destacados ejemplos de esta divina tendencia, cuando emergen en la conciencia humana, porque deben ser reconocidos. Todas las almas que están en proceso de despertar tienen que trabajar para tales fines. Desde el momento que hay un conocimiento y destello de comprensión, allí comienza la res­ponsabilidad del hombre.
Por lo tanto, estudiemos las tendencias mundiales de hoy, que indican la presencia activa de esta tendencia, y fomentémosla allí donde podamos. Descubriremos que es una tarea práctica y ardua. La imposición de un atributo síquico divino presentido en la vida de la forma (con sus propios hábitos síquicos) pondrá a prueba los poderes de cualquier discípulo. Se nos exhorta a realizarlo para bien del Todo mayor.
b. LA CUALIDAD DE LA VISIÓN OCULTA
La siguiente tendencia que está emergiendo es muy difícil de describir. No es fácil hallar las palabras exactas para definir su significado. Es la cualidad de la. visión interna. Es imposible expresarla en palabras que pueda comprenderlas el hombre, porque no nos referimos a la visión que tiene el hombre de Dios, sino a la propia visión que Dios tiene de Su propósito. En el transcurso de las épocas los hombres han presentido la visión, la han visto y se han sumergido en ella después de muchas luchas y esfuerzos; luego, han salido de la vida humana y han entrado en el silencio. de lo ignoto. El místico y el ocultista han testimoniado esta visión, y toda la belleza y policromía en el mundo de la naturaleza y del pensamiento son también testigos silenciosos de ella. ¿ Pero qué es ?~ ¿ Cómo definirla? A los hombres ya no les satisface llamarlo Dios, y tienen razón, pues es, en último análisis, aquello hacia lo cual Dios dedica todo Su esfuerzo.
Sin embargo, la cualidad y la naturaleza de la visión, que son la propia visión, sueño y pensamiento de Dios, han mantenido. firme Su propósito a través de los eones y han motivado Sus procesos creadores. Los Grandes Hijos de Dios han aparecido y desaparecido y nos han desafiado a seguir la luz, a buscar la visión de la realidad, a abrir los ojos y a ver la verdad tal cual es. Durante las edades, los hombres han tratado de hacerlo, y al método empleado en Su búsqueda le han dado infinidad de nombres -experiencia de la vida, investigación científica, búsqueda filo­sófica, historia, aventura, religión, misticismo, ocultismo y muchos otros términos, aplicados a las aventuradas incursiones de la mente humana en busca del conocimiento, de la realidad y de Dios. Algunos han finalizado Su búsqueda, penetrando en un laberinto de fenómenos astrales, y deben continuarla posteriormente cuando. surjan, escarmentados desde las profundidades de la Gran Ilusión. Otros han vuelto a penetrar en la oscura caverna del pronunciado materialismo y fenomenismo y deben similarmente volver y re­orientarse, o mejor dicho, cerrar el círculo, pues ¿quién puede decir que Dios está aquí o allá, o desde qué lugar puede verse Su visión? Algunos se pierden en procesos mentales y fantasías autoinducidas; pero la visión se oculta detrás de una multitud de palabras habladas y escritas. Otros se pierden en las brumas de su propia devoción y autopercepción y en las confusas especula­ciones de sus mentes y deseos; están detenidos, perdidos en la niebla de sus propios sueños, respecto a lo que debería ser la visión, y por eso ella los elude.
Otros -los teólogos de cualquier escuela de pensamiento- han tratado de definir la visión y se han esforzado por reducir la intención y la meta ocultas de Dios a formas y rituales, y dicen con énfasis: “Nosotros sabemos”. Sin embargo, no han hecho con­tacto jamás con la realidad y, hasta ahora, la verdad es descono­cida para ellos. La posibilidad de la Visión que está más allá o detrás de la visión del místico, yace olvidada en las formas erigidas en el tiempo, y los símbolos de las enseñanzas de esos Hijos de Dios que han visto la realidad, se pierden de vista en rituales y ceremonias que (aunque tengan su lugar y valor educativo) deben ser empleados para revelar y no para oscurecer.
La visión está siempre ante nosotros; elude nuestra compren­sión; ronda nuestros sueños y nuestros elevados momentos de aspiración. Sólo cuando el hombre pueda actuar como alma, y dirija su desarrollado ojo interno externamente al mundo de los fenómenos e internamente al mundo de la realidad, comenzará a presentir el verdadero objetivo y propósito de Dios, a obtener una breve vislumbre del propio canon de Dios y el Plan, de acuerdo al cual voluntariamente condiciona Su propia Vida, para lo cual es esencial el Eterno Sacrificio del Cristo cósmico.
La Jerarquía se ocupa hoy principalmente de estas dos ten­dencias divinas (la tendencia a la síntesis y a la visión). Su con­signa es unificación y visión. Estos desarrollos producirán en la humanidad la integración del alma con la personalidad y el des­pertar de esa visión interna, la cual permitirá que un destello de la Realidad penetre en la conciencia del hombre. Esto no es un destello de su propia divinidad, o sentir a Dios como Creador, sino un destello de la divinidad inherente en el Todo, a medida que desarrolla un esquema más vasto del proceso evolutivo, de lo que hasta ahora ha podido ser captado o presentido, por las mentes más agudas de la tierra. Concierne a la visión que se le otorga al hombre que alcanza el Nirvana y entra en la primera etapa de ese interminable Sendero que conduce a la belleza, a la compren­sión y al desarrollo, aún no alcanzados por la visión interna humana más elevada.
Sería conveniente señalar que más allá de la etapa de ilumi­nación, tal como puede lograrla el hombre, se halla lo que podría llamarse el desarrollo de la divina Visión interna. Por lo tanto, se dan a continuación los posibles desenvolvimientos y desarrollos, constituyendo cada uno una expansión de conciencia y acercan al hombre en forma más íntima y definida al corazón y a la mente de Dios:

Instinto
Intelecto

Intuición Todos conducen a la Visión interna.

Iluminación


Estas palabras, correlativamente presentadas, quizás aclaren algo más la realidad de la propia visión de Dios. Nada más puede de­cirse al respecto hasta que cada una de estas palabras signifiquen algo práctico en nuestra propia experiencia interna.
Esta cualidad de la visión interna con la cual la Jerarquía trata de actuar, y desarrollarla en las almas de los hombres (sería conveniente meditar sobre esta última frase, pues presenta un aspecto del esfuerzo jerárquico aún no considerado en los libros de ocultismo), es una expresión del Principio de Continuidad, cuyo reflejo ha sido distorsionado en la palabra tan a menudo empleada por los discípulos: Duración. Este Principio de Continuidad cons­tituye la capacidad de Dios para persistir y “permanecer”. Es un atributo del Rayo cósmico del Amor, como lo son todos los princi­pios que consideramos ahora en relación con estas reglas o facto­res del alma -las tendencias de la divinidad y las inclinaciones de la vida divina. No olvidemos que los siete rayos son subrayos del Rayo cósmico del Amor. Por lo tanto, veremos por qué estos principios determinan las actividades del alma y pueden entrar en acción sólo cuando el reino de Dios o de las almas, comience a materializarse en la tierra.
El principio de continuidad está basado en una visión más clara de la Deidad y en la consiguiente continuidad del plan y del propósito de Dios, que surgen cuando el objetivo es claramente percibido por Él y desarrollado a través de un delineamiento sencillo y formulado. Es la analogía macrocósmica de la continua­ción y continuidad que se hallan en el hombre cuando -después de una noche de sueño e inconsciencia- emprende su actividad diaria y reasume conscientemente las actividades planeadas.
Por las indicaciones dadas anteriormente podrá verse en qué forma el trabajo de la Jerarquía, en conexión con el género huma­no, se divide en dos partes: el trabajo que efectúa con los seres humanos individualmente, a fin de despertar en ellos la conciencia del alma, más el que realizan con ellos como almas, para que (actuando en los niveles del alma y como entes conscientes en el Reino de Dios) puedan comenzar a visualizar el objetivo de Dios Mismo. La segunda parte de Su esfuerzo sólo ahora es posible realizarlo en amplia escala, a medida que los hombres empiezan a responder a la tendencia a la síntesis y a reaccionar al divino principio de coherencia, de manera que (estimulados por sus relaciones grupales) puedan en forma unida presentir la visión y reaccionar al Principio de Continuidad. Aquí se da un indicio del verdadero y futuro propósito de la meditación grupal. No es posible decir algo más sobre este tema.
c. EL ANHELO DE FORMULAR UN PLAN
El tercer instinto divino o la tendencia interna oculta es el anhelo de formular un plan. Se evidenciará que este anhelo surge o depende de las dos tendencias anteriormente consideradas. Tiene su reflejo microcósmico en los numerosos planes y proyectos del hombre finito, cuando vive su insignificante vida o deambula en el planeta, preocupado por sus pequeños asuntos personales. Esta capacidad universal de trabajar y proyectar garantiza la existen­cia en el hombre de la capacidad de responder oportuna y grupal­mente al plan de Dios, basado en la visión de Dios. Estos fundamentales, progresivos y divinos instintos, expresiones de la conciencia y la percepción de Dios, tienen sus reflejos embriona­rios en nuestra humanidad moderna. No me propongo indicar hasta dónde comprendo el Plan de Dios, lo cual está naturalmente limitado por mi capacidad. Sólo puedo presentirlo tenuemente y en forma ocasional, y en mi mente surge confuso el delineamiento del prodigioso objetivo de Dios. Dicho Plan puede ser únicamente presentido, visualizado y conocido con certeza por la Jerarquía, y sólo grupalmente, y por aquellos Maestros que pueden actuar en plena conciencia monádica. Ellos son los únicos que comienzan a comprender lo que es. El resto de los componentes de la Jerar­quía -iniciados y discípulos en distintas categorías y diversas graduaciones- deben conformarse en prestar colaboración a ese aspecto inmediato del Plan que pueden captar y que les llega por intermedio de las mentes inspiradas de sus Mentores, en deter­minados momentos y en ciertos años específicos. El año 1933 fue uno de ellos. Otro similar será el año 1942. En esos momentos, cuando la Jerarquía se reúne en silencioso cónclave, se Le revela. para el próximo ciclo de nueve años, una parte de la visión de Dios y lo que Él ha formulado sobre ella para el presente inmediato. Entonces, con perfecta libertad y plena colaboración, proyectan cómo llevar a cabo los objetivos deseados de los Guías de la Jerarquía, quienes colaboran a su vez con Fuerzas y Conoce­dores aún más elevados.
La información que antecede evocará probablemente gran interés entre los estudiantes que aún no se han sintonizado con los valores superiores. Si los que leen esto se dieran cuenta de ello, comprenderían que es la parte menos importante del capítulo y que contiene una exigua utilidad para ellos. Observarán que no tiene para nosotros una aplicación práctica. Por lo tanto, algunos se preguntarán y con razón: ¿ Para qué dan esta información? Responderé. Este tratado está escrito para futuros discípulos e iniciados, y todo lo que aquí se expone sólo es parte de lo que se ha revelado de la verdad que se desea impartir. Actualmente llega a través de muchos canales y desde múltiples fuentes - ¡ tal el maravilloso poder que reside detrás de los actuales reajustes mun­diales!
El instinto de la Deidad está íntimamente relacionado con la Ley de Economía y es una expresión del Principio de Materiali­zación. El hombre debe estudiar, captar y forjar esto mediante el correcto empleo del cuerpo mental, actuando bajo la influencia del Espíritu o Alma. El Principio de Continuidad debe ser tras­formado en conocimiento consciente por el correcto empleo de la naturaleza astral o de deseo, actuando bajo la influencia de Budhi. Finalmente, la Tendencia a la Síntesis debe ser realizada en la conciencia cerebral en el plano físico, bajo la influencia de la Mónada, pero su real expresión y la respuesta verdadera del hombre a este anhelo, sólo es posible después de pasar la tercera iniciación. De esta manera se verá fácilmente que este tratado ha sido en verdad escrito realmente para el futuro.
Tenemos aquí mucho para cavilar, pensar y meditar. Busque­mos el hilo de oro que nos conducirá, en conciencia vigílica, a la casa del tesoro de nuestras propias almas y aprendamos allí a unificarnos con todo lo que respira, a presentir la visión destinada a la totalidad, hasta donde podamos, y a trabajar al unísono con el plan de Dios, en la medida en que nos ha sido revelado por Quienes conocen Estas antiguas reglas o factores determinantes -las leyes condicionantes esenciales en la vida del Alma- son, en su natu­raleza, básicamente sicológicas. Por esta razón merecen que las estudiemos. En su propio plano, el alma no conoce separación, y el factor síntesis rige todas las relaciones del alma. El alma no sólo se ocupa de la forma que puede adoptar la visión de su obje­tivo, sino de la cualidad y el significado que esa visión vela u oculta. El alma conoce el Plan, su forma, su delineamiento, sus métodos y su objetivo. Por el empleo de la imaginación creadora, el alma crea, construye formas mentales en el plano mental y objetiviza el deseo en el plano astral. Luego exterioriza su pensa­miento y sus deseos en el plano físico mediante la fuerza aplicada y activada creadoramente por la imaginación del vehículo etérico o vital. Debido a que, sin embargo, el alma es inteligencia, ani­mada por el amor, puede (dentro de la síntesis lograda que rige sus actividades) analizar, discriminar y dividir. Del mismo modo, el alma aspira a lograr aquello que es aún más grande que sí misma, y penetrar en el mundo de las ideas divinas ocupando una posición intermedia entre el mundo de la ideación y el mundo de las formas. Tales son su dificultad y su oportunidad.
La vida del alma se afirma de acuerdo a sus factores condi­cionantes. El valor de esto reside en que, en el Sendero del Dis­cipulado, dichos factores deben empezar a desempeñar su parte en la vida de la personalidad y comenzar a condicionar al hombre inferior para que su vida, sus hábitos, deseos y pensamientos, estén a tono con los impulsos más elevados iniciados por el alma. Esto es sólo otra manera de definir esas expresiones de la vida espiritual que todo iniciado debe demostrar.
Cada aspirante, a medida que transcurre el tiempo, debe desarrollar el poder de ver la totalidad y no sólo la parte, y observar su vida y esfera de influencia en términos de rela­ciones colectivas y no del yo separatista. No sólo tiene que per­cibir la visión (pues eso lo ha hecho ya el místico), sino que debe penetrar detrás de ella, y llegar a esas cualidades esenciales que dan significado a la visión. El instinto de formular planes, que es inherente a todos los seres y tanto predomina en los más evo­lucionados, debe ceder su lugar a la tendencia a hacer proyectos de acuerdo al plan de Dios, tal como se expresa a través de la Jerarquía planetaria. Con el tiempo, esto producirá el anhelo de crear esas formas que imparten significado, lo cual trasmutará el mal en bien y transfigurará la vida.
Pero, para realizarlo de acuerdo al Plan y, al mismo tiempo, reconocer la síntesis fundamental en la cual vivimos y nos move­mos, el discípulo debe aprender a analizar, discriminar y discernir esos aspectos, cualidades y fuerzas, que deben ser empleados en forma creadora en la materialización del Plan intuido, basado en la visión presentida. Sería bueno meditar sobre la relación exis­tente entre el hombre y la Jerarquía, por medio del alma del hombre. La Jerarquía existe a fin de hacer posible en la forma la realización de la Visión divina y del Plan presentidos. Para hacer que surja esta verdad el hombre debe también hallarse en el punto intermedio cuando maneja las grandes dualidades de la vida para producir el nuevo mundo.
A medida que se estudian las reglas para lograr el control por el alma, no será necesario repetir constantemente las tres relaciones fundamentales del alma:


  1. La relación con otras almas dentro de la circundante vida de la super Alma. Sólo comprendiendo esta relación llegaremos al conocimiento práctico de que todas las almas son una sola Alma.




  1. La relación con la Jerarquía de almas regentes. Aunque esta Jerarquía contiene los siete elementos que constituyen Ja diferenciación primaría a la cual la Vida Una -como conciencia-, se somete, debe tenerse en cuenta que esta Jerarquía es esencialmente la personificación del aspecto voluntad del Logos -la voluntad al bien, la voluntad de amar, la voluntad de conocer, la voluntad de crear. Esta Voluntad está siendo servida por la Mente Universal de la Deidad, pero es la expresión de una conciencia aún más elevada de la cual par­ticipa esa Deidad. Este concepto está necesariamente más allá de nuestra comprensión; pero debemos recordar que esta parte del libro es para ser aplicada en el futuro y no mera­mente para la comprensión actual.




  1. La relación con el Plan de Dios tal como se desarrolla en la actualidad.

Los conceptos antedichos servirán para preparar el camino de lo que ahora se dilucidará con mayor claridad. A veces es de utilidad retrotraer la conciencia al centro cuando la órbita que recorre la mente es muy extensa. La síntesis del concepto divino, la Visión del delineamiento estructural y el plan para su materia­lización -factores que rigen a las almas en su plano- condicionan SU actividad y, dentro del límite en que trabajan, constituyen fac­tores que, en tiempo y espacio, condicionan y limitan a la Deidad, pues tal es Su divina Voluntad. Considerando todo el tema desde otro punto de vista, estas reglas de contacto con el alma establecen el ritmo y determinan la pulsación de la vida de Dios a medida que hacen constantemente impacto sobre los ritmos inferiores, que finalmente eliminará. Esto sucede en el caso de los seres humanos individuales; algún día esto sucederá en toda la humanidad, y por último, determinará la vida, el propósito y la actividad de todas las formas en y sobre nuestro planeta.


4. EL ANHELO DE LOGRAR UNA VIDA CREADORA
La comprensión de esto nos conducirá a considerar más detalladamente el cuarto punto: el anhelo de lograr una vida creadora mediante el empleo divino de la imaginación. Como hemos visto, es necesario para la humanidad reconocer que existe un mundo de significados detrás del mundo de las apariencias, el de la forma, denominado “mundo aparente”. La raza tiene ante sí la revelación inmediata de este mundo interno de signi­ficados. Hasta ahora, como raza, nos hemos ocupado del símbolo y no de lo que representa, la apariencia externa. Pero ya hemos agotado totalmente nuestro interés por el símbolo tangible y buscamos -nuevamente como raza- lo que el mundo externo de la apariencia está destinado a expresar.
Se habla mucho hoy de la Nueva Era, de la revelación futu­ra, del inmanente salto hacia el reconocimiento intuitivo de lo que hasta ahora ha sido confusamente presentido por el místico, el vidente, el poeta inspirado, el científico intuitivo y el investi­gador ocultista, al cual no le interesan los tecnicismos ni las actividades académicas de la mente inferior. Pero frecuentemente ante la gran expectativa olvida algo. No es necesario hacer un esfuerzo demasiado arduo o una intensa investigación externa, empleando términos que pueden ser captados por un punto de vista limitado y común. Todo lo que se ha de revelar está dentro y alrededor nuestro. Es la significación de todo lo que está incorporado en la forma, el significado detrás de la apariencia, la realidad velada por el símbolo, la verdad expresada en la sustancia.
Sólo dos cosas permitirán al hombre penetrar en este reino interno de causas y de revelación, y son:
Primero, el esfuerzo constante, basado en un impulso subje­tivo para crear esas formas que expresarán alguna verdad pre­sentida; mediante ese esfuerzo y por su intermedio, el énfasis cambia constantemente desde el mundo externo aparente, al aspecto interno fenoménico. Por este conducto se produce un enfoque en la conciencia que oportunamente se afirma y se aparta de su actual intensa exteriorización. Un iniciado es, esen­cialmente, un individuo cuyo sentido de percepción se ocupa de los contactos e impactos subjetivos y no se preocupa predomi­nantemente del mundo de las percepciones sensorias externas. Este interés, cultivado en el mundo interno de significados, no sólo tendrá un pronunciado efecto sobre el buscador espiritual, sino que con el tiempo dará importancia, ya reconocida en la conciencia cerebral de la raza, al mundo de significados como único mundo real para la humanidad. Esta comprensión dará lugar, a su vez, a dos efectos:


  1. La estrecha adaptación de la forma a los factores significa­tivos que la han traído a la existencia en el plano externo.




  1. La creación de la verdadera belleza en el mundo y, por con­siguiente, un acercamiento más estrecho al mundo de las formas creadas, a la verdad interna emergente. Podría de­cirse que la divinidad está velada y oculta en la multiplicidad de formas con sus infinitos detalles, y en la simplicidad de las formas, que oportunamente se verá, llegaremos a una nueva belleza, a un más amplio sentido de la verdad y a la revelación del significado y del propósito de Dios en todo lo que Él ha realizado época tras época.

Segundo, el continuo esfuerzo por llegar a ser sensible al mundo de las realidades significativas y, por lo tanto, crear esas formas en el plano externo que serán la copia fiel de los impulsos ocultos. Esto se efectuará cultivando la imaginación creadora. Hasta ahora, la humanidad sabe poco sobre esta facultad que está latente en todos los hombres. Un destello de luz irrumpe en la mente que aspira; un sentimiento de esplendor develado pene­tra por un instante a través del tenso aspirante que espera la revelación; la súbita comprensión del color, la belleza, la sabi­duría y una gloria indescriptibles, se abren ante la conciencia sintonizada del artista, en un elevado momento de dedicada aten­ción y, por un segundo, la vida se ve como esencialmente es. Pero la visión desaparece, se desvanece el fervor y la belleza se disipa. El hombre ha quedado con un sentimiento de congoja, de pérdida y, sin embargo, posee la certeza de un conocimiento y un deseo de expresar, como nunca ha experimentado antes, aquello con lo que ha entrado en contacto. Debe recuperar lo que ha visto y revelado a quienes no han experimentado ese momento secreto de revelación; de algún modo debe expresarlo y revelar a otros la significación que existe detrás de la apariencia fenoménica. ¿ Cómo hacerlo? ¿ Cómo recuperar lo que una vez fue suyo y parece haber desaparecido retirándose del campo de su concien­cia? Debe comprender que aquello que ha visto y con lo cual ha hecho contacto aún está allí y contiene la realidad; que es él quien se ha apartado y no la visión. El dolor que se sufre en los momentos intensos hay que pasarlo, vivirlo una y otra vez, hasta que el mecanismo de contacto se acostumbre a la vibración elevada y pueda, no sólo sentir y hacer contacto, sino retener y hacer contacto a voluntad con ese mundo oculto de belleza. El cultivo de este poder de penetrar, retener y trasmitir, depende de tres cosas:




  1. La voluntad de soportar el dolor de la revelación.




  1. El poder de mantener un punto elevado de conciencia en el cual llega la revelación.




  1. La centralización de la facultad imaginativa sobre la reve­lación o sobre todo lo que la conciencia cerebral puede traer a la zona iluminada del conocimiento externo. Esto consti­tuye la imaginación o la facultad de crear imágenes, que vincula la mente con el cerebro y produce la exteriorización del esplendor velado.

Si el artista creador medita sobre estos tres requisitos -dura­ción, meditación e imaginación- desarrollará en sí mismo el poder de responder a esta cuarta regla para lograr el control por el alma y sabrá con el tiempo que el alma es el secreto de la persistencia, la reveladora de las recompensas de la contem­plación y la creadora de todas las formas en el plano físico.


El empleo de la imaginación creadora y los frutos del es­fuerzo, actuarán en los diversos campos del arte humano de acuerdo al rayo del artista creador. Recuérdese que el artista pertenece a todos los rayos; no hay un rayo particular que produzca más artistas que otros. Evidentemente, la forma tomará una expresión espontánea cuando la vida interna del artista sea regulada, produciendo la organización externa de sus formas de vida. El verdadero arte creador es una función del alma; por lo tanto, la principal tarea del artista es alineamiento, meditación y enfoque de su atención en el mundo de los significados. A esto le sigue la tentativa de expresar ideas divinas en formas ade­cuadas, de acuerdo a la capacidad innata y a las tendencias de rayo del artista en cualquier campo elegido que constituye para él, el mejor medio para realizar su esfuerzo. Esto va acompa­ñado por el esfuerzo realizado constantemente en el plano físico para equipar, instruir y entrenar el mecanismo del cerebro, de la mano y de la voz, mediante los cuales debe fluir la inspiración, para expresar en forma exacta y exteriorizar correctamente la realidad interna.
La disciplina que esto implica es grande y aquí fracasan muchos artistas. Su fracaso se basa en muchas cosas -en el temor de emplear la mente porque pudiera malograr sus esfuer­zos y en la creencia de que el arte creador espontáneo es, y debe ser, principalmente emocional e intuitivo, no impedido ni obsta­culizado por una atención demasiado intensa en el entrenamiento mental. Esto se basa en la inercia, que tiene su línea de menor resistencia en el trabajo creador y no trata de comprender la forma en que llega la inspiración, ni cómo es posible la exte­riorización de la visión, o desconoce la técnica de las actividades internas, sino que simplemente obedece a un impulso. También indica un desarrollo irregular y desequilibrado, resultado del hecho de que, a través de la especialización o del intenso interés enfocado en un período de vidas, se obtiene la capacidad de hacer contacto con el alma en una sola línea de esfuerzo, pero no la de estar en permanente contacto con el alma. Esto es fac­tible debido a que el artista durante muchas vidas ha estado bajo la influencia de un determinado rayo de la personalidad. De allí la paradoja oculta, anteriormente mencionada, que merece la atención de los artistas. Otro factor sobre el cual se basa a me­nudo el fracaso, es la vanidad y la ambición externa de muchos artistas. Tienen la habilidad de sobresalir en algún campo y particularmente en uno, evidenciando una mayor capacidad que el hombre común, pero no tienen la habilidad de vivir como alma y su jactanciosa capacidad sólo va en una dirección. Fre­cuentemente no llevan una vida de disciplina y de autocontrol, pero a su vez tienen creaciones geniales y realizaciones mara­villosas en la línea elegida; viven en contradicción con la divini­dad expresada a través de la realización artística. La comprensión de la significación y de la técnica del genio es una de las tareas de la nueva sicología. El genio es siempre la expresión del alma en alguna actividad creadora que revela el mundo de significados, de la divinidad y de la belleza oculta, que, velado generalmente por el mundo de los fenómenos, algún día lo demostrará en verdad.
e. EL FACTOR ANALÍTICO
La quinta cualidad condicionante o actividad del alma, es el factor analítico. Constituye una ley que rige a la humanidad, lo cual debe recordarse siempre. El análisis, el discernimiento, la diferenciación y el poder de distinguir, son atributos divinos. Cuando producen un sentido de separatividad y de diferencia, entonces son reacciones estimulantes de la personalidad y, en consecuencia, son mal aplicadas y utilizadas personalmente. Sin embargo, cuando se las mantiene dentro del sentido de síntesis y se las emplea para aplicar el Plan a la totalidad, son cualidades

y leyes del alma, esenciales para el correcto desarrollo del pro­pósito divino. El Plan de Dios llega a la existencia poniendo el énfasis en forma correcta, y cuando insistimos sobre un aspecto o cualidad, excluimos momentáneamente o relegamos brevemente a la pasividad otro aspecto o aspectos. Ésta es una de las partes principales de la actuación de la ley de los ciclos con la cual trabajan los Maestros. Implica, de Su parte, el empleo constante de la facultad de analizar y el poder de discriminar.


El hecho de que, en tiempo y espacio, los pares de opuestos prevalecen y los emplean los Maestros para tejer la trama de la vida, indica la diferenciación principal del Uno en dos, los dos en tres, los tres en los siete básicos y éstos en los muchos. Desde la unidad a la diversidad el trabajo prosigue y emerge de acuerdo a la ley del alma, la ley del análisis dentro del campo de la sín­tesis.
Las “simientes de las diferencias”, según se las denomina, son factores principales que se emplean en la producción del mundo fenoménico. La Jerarquía trabaja con las simientes, como un jardinero trabaja con las semillas de las flores, y de estas simientes aparecen las formas diferenciadas necesarias, produ­ciendo así más diferenciaciones. La siembra de esta simiente, su cultivo y mantenimiento, es parte de la tarea fenoménica de la Jerarquía, particularmente como sucede actualmente en la inau­guración de la Nueva Era.
Los Maestros deben comprender, ante todo, cuál es el signi­ficado que la voluntad de Dios trata de expresar en cualquier determinado ciclo mundial. Tienen también que comprender el significado de los impulsos que emanan de fuentes más elevadas que las de Sus propios campos de expresión y dharma (deber) y procurar que las simientes de las nuevas formas sean adecuadas para el objetivo deseado. Además deben valorar la naturaleza de la realidad que cada era tiene que revelar en el desarrollo pro­gresivo del propósito divino, y tienen la responsabilidad de tra­bajar en tal forma que la realidad externa se asemeje (en apa­riencia y cualidad) a la verdad interna. Todo esto es posible mediante la comprensión de la regla o factor analítico, consi­derándola como una ley que rige o produce el control por el alma, tanto en los niveles del alma como en el de las apariencias. Ésta es una de las principales tareas de la Jerarquía, e implica que debe poseer un tipo muy agudo de control mental, captación intuitiva y deseo de analizar. Sería bueno reflexionar sobre estos términos.
Debe recordarse que el análisis rige la aparición del quinto reino de la naturaleza, el reino de Dios en el plano fenoménico. Esta aparición presupone una diferencia entre el quinto y los otro cuatro reinos, lo cual es en una sola dirección, la de la con­ciencia. He aquí su principal interés y a este respecto, el quinto reino difiere de los otros reinos. Los otros cuatro poseen tipos fenoménicos separados y grupos de formas diferenciadas. Los fenómenos del reino vegetal, por ejemplo, y los del reino animal, son marcadamente distintos. Sin embargo, en el quinto reino existirá una nueva condición o estado de cosas. La apariencia fenoménica externa será la misma, en lo que a la forma concierne, aunque se intensificará su refinamiento y cualidad. El reino de Dios se materializa en, y por medio de la humanidad. Pero en el reino de la conciencia se hallará un estado de cosas muy distinto.
Un Maestro de Sabiduría tiene fenoménicamente la aparien­cia de un ser humano. Posee los atributos físicos, las funciones, las costumbres y el mecanismo del cuarto reino de la naturaleza, pero la conciencia es completamente distinta en la forma. Por lo tanto, el análisis mencionado en estas páginas se refiere a la distinción de la conciencia, pero no de la forma. El símbolo permanece inmutable, aunque perfeccionado en el plano externo, pero su cualidad y estado de percepción es tan distinto como el que existe entre un ser humano y un vegetal. En cierto modo es un nuevo concepto y sus implicaciones son estupendas. Cons­tituye el secreto del cambio actual hacia el mundo de significados e implica una nueva percepción y una nueva apreciación, por parte de la humanidad, de un mayor mundo de valores. Pero -y aquí hay algo interesante- es una percepción llevada a un nuevo reino de la naturaleza, mientras continúa formando parte del antiguo. Es aquí donde tiene lugar la nueva síntesis y la nueva fusión.
La constante aparición cíclica de nuevas e impredecibles formas, a fin de que continúen indefinidamente, no constituye parte del Plan de Dios. La humanidad seguirá perfeccionando el mecanismo humano para mantenerse a la par del crecimiento de la conciencia divina en el hombre, pero dado que en él se encuentran y fusionan las tres líneas de la divinidad, no es nece­sario que sigan apareciendo notables diferenciaciones en el mundo externo de los fenómenos a medida que se obtienen otros estados de conciencia. En el pasado, cada gran desarrollo de conciencia precipitó nuevas formas, lo cual no volverá a suceder. La con­ciencia de Dios actuando en, y sobre la sustancia del reino mineral, produjo formas totalmente distintas de aquellas que la misma conciencia -trabajando con sustancia superior- empleó en los reinos animal y humano. Bajo el plan divino, que existe para este sistema solar, tal diferenciación de formas tiene sus limita­ciones y no puede ir más allá de cierto punto, el cual ha sido alcanzado en el reino humano para este ciclo mundial. En el futuro, el aspecto conciencia de la Deidad seguirá perfeccionando las formas del cuarto reino de la naturaleza por mediación de aquellos cuya conciencia pertenece al quinto reino. Ésta es la tarea de la Jerarquía de Maestros. Esta tarea ha sido delegada al Nuevo Grupo de Servidores del Mundo que, en el plano físico, puede llegar a ser el instrumento de Su voluntad. Por medio de este grupo, las cualidades divinas internas de buena voluntad, paz y amor, activas en las formas del cuarto reino, pueden acre­centarse y expresarse a través de los seres humanos.
Estos interesantes puntos se han dilucidado porque es esen­cial que se logre alcanzar una comprensión del factor analítico en el campo de la síntesis. A menudo se confunde análisis con separación. El problema es complejo y difícil, pero la compren­sión de las implicaciones subyacentes emergerá a medida que la raza obtenga mayor sabiduría y más conocimiento. Aquí nos referimos al concepto del Plan tal como los iniciados lo han captado.
f. LA CUALIDAD QUE POSEE EL HOMBRE DE IDEALIZAR
Es interesante observar cómo automática y naturalmente los factores que inducen a que el alma controle, tal como fueron delineados, nos han llevado a la sexta ley o regla, el poder -innato, inherente y espiritualmente instintivo- de idealizar. Instinto, intelecto, intuición, ideación e iluminación, sólo son diferenciaciones y aspectos característicos de una gran capacidad inherente en el hombre y se hallan en todas las formas de todos los reinos y en diversos grados, ya se trate del poder de la pequeña semilla, profundamente oculta en la tierra, de atravesar las barreras circundantes y emerger a la luz, o del poder de un ser humano para resucitar de la muerte en la materia a la vida de Dios y penetrar en el mundo de lo Real desde el reino de lo irreal, todo lo cual constituye un factor fundamental del idea­lismo. La antropología y la historia relatan la evolución del hombre individual y de las naciones y sus actividades en el plano de las apariencias. Pero existe una historia que se está relatando lentamente, la historia de la simiente de la conciencia en la natu­raleza y el crecimiento del poder para reconocer las ideas y seguir adelante hacia su realización. Ésta es la nueva historia que

-como es de esperar- nos conduce firmemente al mundo de significados y nos revela gradualmente la naturaleza de los impulsos y tendencias que han llevado a la raza constantemente adelante, desde el punto más denso de la vida concreta y primi­tiva, al mundo de la percepción sensoria.


En este campo trabajan los Maestros y piden a sus discípulos que estén activos en él. El poder de las ideas se comienza a comprender recientemente. La potencia de la ideación, las formas que las ideas deben tomar y la promoción del culto a las ideas correctas, es uno de los principales problemas que deben abor­darse en la Nueva Era.
g. LA INTERACCIÓN DE LAS GRANDES DUALIDADES
La séptima regla -la interacción de las grandes dualidades- es una de las reglas fundamentales para lograr que el alma con­trole y no es fácil que la comprenda el estudiante. Constituye la ley fundamental de la vida del alma. La razón por la cual es tan difícil comprender la paradoja de la unidad del alma por medio de la dualidad, es que, al hablar de los pares de opuestos, se ha puesto el énfasis durante épocas sobre las dualidades astrales y la necesidad de que la humanidad elija recorrer el estrecho sendero que pasa entre dichas dualidades, pues él está en el campo de batalla de las dualidades y debe hallar el sendero del filo de la navaja que se extiende ante él y lo lleva al portal de la iniciación. Sin embargo estos pares de opuestos sólo son esencialmente reflejo de una analogía más elevada y divina. La ley considerada aquí rige las relaciones entre la vida y la forma, entre el espíritu y la materia. No puedo extenderme más sobre esto, pues sólo los iniciados que en sus propias vidas han trascendido el reflejo infe­rior de las dualidades, pueden apenas empezar a comprender la verdadera significación espiritual de esta regla para lograr que controle el alma, en su significado más amplio y esencial, por lo cual no es necesario encarar tan abstruso tema en este tratado.
Nuestra tarea consiste más bien en adquirir la sabia compren­sión de la Visión hasta donde lo permite la capacidad de cada uno. Así no sólo nos llegará eventualmente la liberación, sino también la fortaleza necesaria para vivir en este mundo y servir a nuestros semejantes.




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