Psicología, delincuencia y control social en Argentina: José Ingenieros


DISFUNCIONALIDAD, ANORMALIDAD Y LA DEFINICIÓN DEL DELINCUENTE



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4. DISFUNCIONALIDAD, ANORMALIDAD Y LA DEFINICIÓN DEL DELINCUENTE

El delincuente es definido, entonces, a partir de esos presupuestos sobre el desarrollo psico-físico de los individuos y de esta base que establece el carácter relativo de las normas. En lo que hace a la primera cuestión, uno de los elementos más importantes aquí lo constituye la afirmación de la desigualdad entre los individuos. Ingenieros insiste mucho sobre este punto tanto en Criminología cuanto en Principios, para remarcar el hecho de que el desarrollo psico-físico de cada individuo es particular, porque es diversa la herencia, pero también el medio en el que se desenvuelve. La consideración de la particularidad de cada individuo, resultado de su explicación acerca del desarrollo evolutivo no homogéneo de las funciones psíquicas de los individuos dentro de una especie, le permitirá demostrar que las estrategias adaptativas a un mismo medio son también diversas y dependen del grado de desarrollo ontogenético.

Si, tal como acabamos de decir, el conjunto de normas que mantienen vivo a un grupo se constituyen inmediatamente en el medio en el que deben sobrevivir sus miembros, el comportamiento de los sujetos no será revisado o juzgado en función de ninguna abstracción sino solo y simplemente en virtud de su capacidad adaptativa a esas normas. Y en ese sentido, la normalidad no está determinada por el respeto de la ley derivado de la normatividad intrínseca a ley misma, sino porque la ley constituye la condición de la supervivencia. Sobrevivir es adaptarse y adaptarse aquí es respetar la ley.

La ecuación es simple: los individuos que no respetan la ley ponen de manifiesto su incapacidad adaptativa. El instinto de supervivencia de todos los seres vivos parece ser la única regla que permite juzgar la conducta de los individuos. Quien choca con su medio, sin poder adaptarse con el menor esfuerzo, evidencia serias deficiencias funcionales. La conducta del individuo se vuelve así expresión de su composición psico-física. “La anormalidad del carácter se traduce por la anormalidad de la conducta”,33 dice Ingenieros, dejando en claro hacia dónde es necesario dirigir la mirada a la hora de pensar el delito. No se mira la conducta por la conducta misma, sino como expresión de una disposición funcional. El delincuente presenta una anormalidad psicológica especial, un anormal funcionamiento de la psiquis. Si una especie, si un grupo ha llegado a cierto estadio de desarrollo y ha diseñado las herramientas que considera necesarias para su supervivencia, aquellos individuos que no se adaptan a ellas, que las agreden, agrediendo por su intermedio al grupo, del que, por cierto, necesitan ellos mismos para persistir, pone de manifiesto alguna deficiencia.

Dos son los elementos que hay que resaltar de esta comprensión de la delincuencia: en primer lugar, que la deficiencia que presenta el delincuente es individual y es relativa a la sociedad, que es su medio de adaptación. El individuo que delinque es un individuo que no se adapta a las condiciones en que debe vivir.34 Y, en segundo lugar, que esta deficiencia es de tipo psicológico. El delito es una actividad anormal, producto de un anormal funcionamiento de la psique.35 Con estas características el delincuente se convierte en un “individuo peligroso”.36 Es peligroso para una sociedad porque presenta signos de deficiencia en lo que hace a su capacidad adaptativa. El delincuente no es sólo un sujeto que ha delinquido, sino un sujeto que ha actuado de ese modo porque posee una deficiencia. Lo importante, entonces, no es el acto cometido sino la patología que se manifiesta, una disfuncionalidad que se hace explícita en el acto delictivo pero que no necesita de éste sino sólo como medio de expresión. Habiendo reconocido el proceso evolutivo de conformación de la conciencia y el carácter relativamente individual de dicho proceso, Ingenieros propone un nivel más profundo que el de la descripción de los delitos: el de las capacidades e incapacidades adaptativas de los individuos.

Esto, que desde nuestro punto de vista constituye una novedad en el modo de tratar la delincuencia –algo sobre lo que volveremos más adelante-, va acompañado de otra serie de elementos que también suponen transformaciones en el tratamiento de la delincuencia por entonces vigente.37 Nos interesa mencionar sólo algunas. En primer lugar, el hecho de que esto importa una consecuencia sumamente relevante en el campo de las disciplinas ocupadas de la delincuencia. Si hasta el momento interesaba constatar tanto el delito y las características del hecho cometido, cuanto la responsabilidad del delincuente en él, para determinar a partir de allí la pena que era conveniente imponer, en este modelo no resulta en absoluto prioritaria esa constatación. Importa la causa del delito y ella sólo se reconoce a través de un examen detallado del individuo implicado.

Según la legislación vigente en la época en que Ingenieros se ocupa de estas cuestiones, el único estudio que podía hacerse sobre el delincuente era aquel en que intervenían peritos psiquiatras para determinar, en caso de que la defensa lo solicitara, si se trataba o no de un individuo alienado, porque, en caso de que lo fuera, ello implicaba la imposibilidad de juzgarlo como delincuente, imponiéndose su consecuente tratamiento como alienado. Lo que surge, en cambio, con estos desarrollos, de los cuales el de Ingenieros resulta uno de los más representativos, pero no el único, es el hecho de que, al constatar que todo individuo que delinque presenta algún grado de anomalía psicológica que lo inhibe en el proceso de adaptación deja de ser necesario y pertinente el estudio psiquiátrico de algunos individuos. Todo individuo criminal, en el grado en que lo sea, presenta alguna disfuncionalidad y es por ello que la tarea de los científicos, hasta el momento peritos encargados muchas veces de reemplazar a los jueces determinando la posibilidad o no de condena, cambia radicalmente.38

Se pretende así consolidar el poder médico a través, no ya de la constatación de la normalidad o anormalidad, sino del examen psicológico de todos los individuos implicados en hechos criminales. Un examen que debería conducir en cada caso, de manera diferenciada, a la determinación del tratamiento más conveniente en función de la patología descubierta.39

La intervención psicología ya había aparecido. Como dijimos, estaba presente en la labor de los peritos.40 Pero la indagación psicológica era tarea de los alienistas, ocupados de determinar la alienación o su ausencia. Ahora, en cambio, nos encontramos ante el nacimiento de la psicología y ante un explícito interés por diferenciarla de la psiquiatría. Pero lo que más llama la atención aquí es que aquella explicación biologicista del desarrollo de la conciencia y de su vinculación con el comportamiento de los sujetos en las sociedades -lo que Ingenieros denomina “organización biosocial” de los individuos- constituye la base de un modelo que podía ponerse al servicio del control de la sociedad. Una vez abandonado el modelo de la indagación en torno a la locura o de la monomanía, la psiquiatría se corre para dar lugar a una disciplina que le es cercana: la psicología. Ya no se trata de atender a los criminales locos o a los crímenes inexplicables, sino de mirar hacia la delincuencia cotidiana, porque allí también pueden encontrarse razones de tipo psíquico.41

Ingenieros en particular está interesado en distinguir la labor del psiquiatra de la del psicólogo, o psicopatólogo.42 Para él, tanto los alienados como los delincuentes presentan anormalidades psíquicas cuyo conocimiento condiciona las posibilidades de defensa social, pero ambos tipos de anormalidades son diferentes, lo que hace que el psiquiatra deba atender a los primeros y la criminología se vuelva psicopatología para enfrentarse con los delincuentes. Y es esa anormalidad no evidente, o sólo evidente al experto, propia del delincuente, la que más compromete el orden social.

De este modo, la psicología puede hacer aportes invalorables a la criminológica, puede reconocer en el conjunto social a aquellos individuos cuyas disfuncionalidades psíquicas ponen en peligro la sociedad y puede advertir las causas de ello. La psicología es la ciencia de la individualización, de la diferenciación. Ante un todo social que ha podido diseñar sus estrategias de defensa y reproducción, la psicología se presenta como la ciencia que, reconociendo y particularizando las disfuncionalidades y patologizando a los individuos con dificultades de adaptación al conjunto, podrá al derecho en la defensa social.

La individualización de los individuos en el tratamiento de la criminalidad se presenta como algo necesario por dos razones. En primer lugar, porque, como se dijo, no importa el acto sino el autor del mismo, el acto delictivo pasa a segundo plano en el momento en que éste se va a explicar exclusivamente como consecuencia de una serie de caracteres psicológicos de los individuos implicados. Y en segundo lugar, porque todo el carácter delictivo se explica a partir del encuentro entre algunos elementos heredados y otros que provienen de la inserción social. Cada delincuente presenta rasgos particulares y eso es lo que observan el especialista y el juez encargado de asignar la pena. La pena se particulariza en función de la anormalidad del carácter en juego y no ya en función del crimen. Y aquí la pena misma toma un sentido preciso. La pena es comprendida ahora como tratamiento readaptativo.

Tal como lo expresa Ingenieros, no puede haber pena ni tratamiento para el criminal si no media un cuidadoso examen de éste que permita determinar su “temibilidad” y, en función de ésta, su reformabilidad. El estudio psicológico del delincuente es, dice, “la única base posible para una apreciación de su temibilidad y posible reforma”.43 Ese es el modo cómo la psicología, o la psicopatología, contribuye a la defensa social, puesto que sin esta intervención muchos serían los casos de sujetos peligrosos que, sin embargo, por no ser evidente la patología, continuarían poniendo en peligro al conjunto social.

Estamos ante lo que consideramos uno de los nudos, y novedades, del planteo de Ingenieros. Dada una determinada descripción que liga la delincuencia con la patología psicológica, diversa a la alienación mental, se hace posible no sólo el reconocimiento de los individuos con evidentes inclinaciones hacia el delito, sino, y esto es lo central, se hace posible el reconocimiento de disfuncionalidades adaptativas propensas a la delincuencia en casi todos los individuos. La permanente insistencia de Ingenieros en el desigual desarrollo psicológico de los individuos, a la que nos referimos arriba, vuelve a aparecer, habilitando al psicólogo para el examen de todos los individuos. Ingenieros se encuentra entonces respondiendo científicamente ante un problema que hasta el momento no podía plantearse: hay algo más que el loco y el delincuente nato. El delincuente ocasional no podía ser explicado o tratado con cuidado ni a partir del modelo clásico, que escindía criminalidad y locura sin atender a su particularidad, ni a partir de aquel que atendía a las características innatas de los individuos, tendiente a reconocer en el criminal alguna cualidad intrínseca.44 Lo que ahora se podía ver es que más acá de la distinción locura-crimen y más acá, también, del descubrimiento de malformaciones innatas, eran numerosos los casos de individuos que, sin ser locos o alienados, presentaban caracteres psicológicos que podían explicar su relativa inclinación hacia la delincuencia.45 Para descubrir la patología de un individuo peligroso es incluso innecesario que el individuo delinca.46 El psicólogo está capacitado y debe estar habilitado para determinar el grado de peligrosidad de todos los individuos. En ese sentido y con esa función, el psicólogo debía trabajar junto al juez y al policía.47

Así dispuesta y equipada, la psicología que comenzaba a diseñarse en la Argentina parece tener una función precisa: el examen de los individuos para prevenir el delito. Y de este modo la psicología podía participar de la gran empresa llamada “defensa social”. Para la psicología valía aquello que Ingenieros decía de las ciencias: “la función útil de la ciencia es, precisamente, conocer la realidad y entrever el rumbo de su evolución, para permitir que la conducta individual y social pueda adaptarse a ella. Saber es prever”.48

Estamos aquí ante la palabra a través de la cual se reconoce el peligro y se evalúa el tratamiento: “adaptación”. Ingenieros piensa la pena no como castigo y mucho menos como venganza. La pena es el nombre genérico que se le da a la acción de la ciencia sobre el individuo para reformarlo y adaptarlo a la sociedad. Por eso la pena es individualizada. No hay, o mejor dicho, no debe haber, para el planteo de nuestro autor, una grilla precisa de equivalencias entre faltas y penas. Ya sabemos que lo que importa no es la falta, no es el crimen, sino el criminal, su carácter, y la falta de armonía entre éste y las normas de la sociedad. El cortocircuito entre individuo y sociedad es lo que preocupa y hacia allí deberán dirigirse los esfuerzos. De aquí que la palabra elegida no sea “castigo”, sino “readaptación”.

El delincuente delinque por alguna falla que da origen al choque con su medio. El delito, dice Ingenieros, es un “fenómeno estrictamente relacionado con la organización biosocial del individuo”.49 Pero al ponerse de manifiesto esta falla individual con consecuencias sociales se advierte también que puede tratarse. De este modo, el examen deriva en tratamiento. El estudio de la “personalidad psicofísica del delincuente” permite determinar a qué tipo de institución debe ser enviado en pos de su “cura”. Luego, la vigilancia es permanente y está bien justificada porque el período de la condena debe ser indeterminado. “La observación continuada de los individuos” permitirá establecer la necesidad de transferirlo o mantenerlo en el instituto en que ha sido encerrado.

De una explicación cuidada acerca de lo que debe entenderse por delincuente y por pena, Criminología pasa, hacia los últimos capítulos, a presentar un detalle de las medidas profilácticas y punitivas que conviene tomar. La mayor parte de ellas son del primer tipo, profilácticas. Se habla allí de una legislación social, tendente a mejorar las condiciones en que viven y trabajan los obreros, se habla de leyes y control de la inmigración, se habla de la educación del niño para evitar el ocio y la vagancia, y se habla también de la necesidad de sanear las zonas donde habitan vagos y mendigos, en pos de la “readaptación social de los malvivientes”. En todos los casos se reconoce, implícitamente, un individuo en conflicto con su medio y que por ello podría transformarse en “individuo peligroso”.50

Al hablar del delincuente, de las medidas a tomar con aquellos individuos cuya falta ya han conocido, se refiere a la “reforma” y “reeducación” de los delincuentes y el acento se pone en los hábitos de trabajo que pueden hacer del delincuente un valor útil para la sociedad.51 Así el tipo de trabajo y la severidad de la disciplina laboral dependerán del grado de peligrosidad de los sujetos. En la prisión urbana y la colonia rural se debe ocupar a los presos en el taller industrial o en la colonia agrícola; en la penitenciaría son convenientes los talleres penitenciarios; y en el presidio debe ponerse en práctica un régimen de trabajo con una disciplina severa.52

Los criminales serán ubicados en uno u otro establecimiento una vez que se haya determinado su grado de peligrosidad, y una vez allí serán objeto de estudio: “todos los establecimientos destinados a la reforma y secuestración de los delincuentes deben convertirse en verdaderas clínicas criminológicas, donde se estudie a los recluidos y no se omitan esfuerzos para favorecer la readaptación social de los sujetos reformables”.53



5. INTERROGANTES FINALES

Hasta aquí podemos observar la estrecha vinculación que se establece entre la consideración psicológica de los individuos y la cuestión de la delincuencia. Nos interesa ahora repasar, a modo de cierre, las implicaciones de este planteo, formulado en un momento particular tanto en lo que hace a las líneas teóricas del derecho vigentes entonces cuanto a las condiciones histórico-sociales que presentaba el país.

En función de la posible inscripción de Ingenieros en el debate sobre el Código Penal, dijimos al comienzo que sus desarrollos presentan similitudes o relaciones con otros planteos, provenientes en su mayoría del campo del derecho. Es un trabajo aún por hacer el de cruzar los diferentes discursos y analizar sus proximidades y distancias. Con lo dicho hasta aquí podemos simplemente destacar la particularidad del planteo de Ingenieros en la introducción de sus reflexiones sobre la psicología al campo del derecho. Se trata de un detalle que puede considerarse menor porque en términos concretos la crítica al Código es similar a la de sus contemporáneos y las medidas que sugiere deben tomarse también se asemejan a las de aquellos. Sin embargo, el recurso a la psicología es, para nosotros, una operación singular de este autor, cuya consideración aporta a la revisión general de lo que fue el tratamiento de la criminalidad a principios del siglo XX.54

En lo que hace a los aportes que, frente al Código de 1887, esta lectura representa, se destaca el hecho de que la psicología de Ingenieros sugiere algunas bases desde las que parece conveniente pensar la reformulación de dicha ley. Si en varios de sus escritos más tempranos sobre el tema, de los cuales Simulación de la locura resulta el más representativo, la crítica al Código se asienta sobre un problema práctico preciso, a saber: el de la simulación de la locura como modo usual en los criminales de la época para escapar a la condena, los aportes de la psicología nos permiten posar la atención en un aspecto cuya consideración presentaría una diferencia radical con los supuestos de aquel Código. Nos referimos a la definición del sujeto-delincuente. Mientras que ese Código se asentaría sobre el presupuesto de sujetos libres y racionales, cuya falta de juicio podría ser causal de eximición de la pena, Ingenieros postula un concepto radicalmente diferente de sujeto y sobre esa base construye la imagen del delincuente. Ahora, el individuo debe ser visto como un ser vivo, con cualidades físico-psíquicas desarrolladas de manera evolutiva y sin ninguna diferencia esencial con los otros organismos vivientes. La conciencia, en consecuencia, deja de ser una propiedad exclusiva e innata de los hombres, para convertirse en una cualidad de ciertos procesos psíquicos, que no se encuentra en todos los individuos sino que se desarrolla de manera progresiva. De acuerdo con ello, todos los productos de un ejercicio razonado de los sujetos, dentro de los que encontramos las leyes, no son más que estrategias psíquicas más o menos complejas de supervivencia ensayadas, puestas a pruebas y permanentemente modificadas por los mismos individuos a quienes éstas deberían servir. De manera coherente, la sociedad misma no es otra cosa que un cuerpo creado en virtud de una necesidad natural; su función es responder a las necesidades vitales, mantenerse vivo él mismo para garantizar la vida de sus miembros.

Sin embargo, es importante advertir que al discutir Ingenieros el Código pone bajo la lupa la utilidad de las leyes. Las leyes son el instrumento de supervivencia del cuerpo social y, por su intermedio, de los individuos que lo componen. Y eso es justamente lo que se cree que está en peligro en el momento en que él se ocupa del tema, y eso es de lo que, en última instancia, tratan sus textos. En un contexto en que se reconoce en peligro el cuerpo social,55 la nueva definición del sujeto aparece como un arma poderosa, destinada, no a destruir las antiguas creencias, sino a escoltar las nuevas intervenciones. Y es por eso que aquí nos encontramos con más interrogantes.

Entre los elementos que consideramos más relevantes se destaca la explicación acerca del origen fisiológico y evolutivo de las funciones conscientes, junto a la consideración de las funciones psíquicas como resultado del proceso adaptativo de los seres vivos a su medio, nos sitúa ante una cuestión de peso. Si bien pueden encontrarse algunos juristas argentinos que ya desde mediados del siglo XIX introducen la posibilidad de hacer lugar a las disfuncionalidades psíquicas en el análisis de los casos delictivos, tal como ha mostrado Máximo Sozzo,56 lo que resulta llamativo del planteo de Ingenieros es que dichas disfuncionalidades no son vistas como excepciones. Y en ese sentido nos preguntamos si no estamos ante una torsión conceptual, si no hay una novedad en su planteo, cuando, a la luz de sus desarrollos en torno a la psicología, nos encontramos con esta correspondencia entre delincuencia y trastornos a nivel psíquico, en los que la consideración obligada de los aspectos psicológicos excede los casos de alienación y monomanía, y cuando reconocemos las consecuencias que ello acarrea a la hora de pensar en la prevención y la pena.

Tal como sostiene Gauchet, analizando algunos cambios operados en Francia a mediados del siglo XIX, podríamos reconocer aquí una nueva consideración de la actividad cerebral que atenta contra el concepto disponible de hombre, en el que primaban la conciencia y la libertad. Si, hasta el momento, aquello que hacía del hombre un ser libre era su conciencia, la dependencia de ésta respecto de los fenómenos fisiológicos y el intercambio energético destruye ahora la posibilidad misma de mantener el concepto de libertad.57

Y en función del abandono del concepto de libertad, la acción de los individuos puede ser juzgada a partir de una serie de expectativas que se desprenden del comportamiento adaptativo que resulta del funcionamiento natural de las funciones psíquicas individuales. Cualquier falla en este proceso adaptativo natural es, siempre y necesariamente, expresión de un desequilibrio, del conflicto evidente entre las capacidades psíquicas de un individuo natural y su medio. Mientras que en la matriz clásica-ilustrada el delito, cuando no es producto de una acción irracional o de un individuo alienado, es presentado como un desliz moral, aquí el delito es una consecuencia natural de un desperfecto biológico. El delito devela una disfuncionalidad en el individuo, y por lo tanto, el delincuente deberá ser atendido y tratado en función de ésta.



Así, nos preguntamos si no estamos ante una redefinición del sujeto que conduce a una redefinición del sentido de la ley y de la pena; una pretendida transformación58 del universo conceptual en torno al derecho, que tiene lugar nada más y nada menos que en sintonía con una serie de importantes cambios sociales y económicos, y que, por lo tanto, podría también reconocerse como parte de, o en sintonía de, un conjunto de mutaciones operadas en el modo mismo de gobernar. De esta manera, y a modo de interrogante final, dejamos planteada la posibilidad de pensar estos desarrollos de la mano de los aportes de Foucault, tanto en lo que hace a los aspectos ligados al desarrollo de tecnologías de disciplina cuanto a la introducción de una racionalidad preocupada por la seguridad, esto es, una racionalidad biopolítica. Creemos que, a partir de lo dicho arriba, pueden reconocerse ambos aspectos en los trabajos de Ingenieros, sin embargo, resta aún profundizar esa relación y, lo que es más importante, problematizar la productividad de dicha conceptualización para el caso argentino.59

**Docente de la Universidad Nacional de Córdoba. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET. Argentina). carlagalfione@yahoo.com.ar

1 Sobre la historia del Código penal en la Argentina, de sus transformaciones y debates, véase: LEVAGI, Alberto



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