Psicología del militar profesional August Hamon



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Entre las críticas, objetaron algunas que no se hacía historia ni psicología por medio de las noticias recortadas de periódicos.272
La objeción tiene más alcance, tal vez, del que pensaron los mismos que la hicieron. Pasa por encima de mi humilde personalidad, para dar de lleno contra los Lombroso, los Lacassagne, los Corre, que hicieron de igual modo criminología, y a los sociólogos contemporáneos de este siglo. Este argumento, que hizo decir a un sabio crítico: «¿Aconsejaremos al señor Hamon consulte la razón y la lógica?»;273 tiende, nada menos, que a prohibir el empleo de los periódicos como fuentes de documentos. Es una pretensión inadmisible. En todas las épocas, la historia ha sido escrita con ayuda de documentos tan plagados de error y de espíritu de partido como pueden serlo los periódicos.
Jamás un historiador cuidadoso de la verdad se limitará, para escribir la historia de una época, a usar documentos oficiales: leyes, discusiones parlamentarias, tratados de comercio o diplomáticos, informes oficiales; sino que buscará las memorias que los testigos o los actores publicaron, despojará los archivos para conocer cartas y relatos inéditos de los sucesos. Del conjunto, gracias al espíritu crítico, sabrá sacar la esencia y mostrar al lector la historia viviente, tan verdadera como pueda ser, de la época que estudie. Para escribir la historia, son tan útiles, y casi más que los actos de los parlamentos y las sentencias y decretos sepultados en los archivos, las crónicas de Froissard, la sátira de Menipée, el diario de Estoile y las memorias del duque de Saint-Simón.
Escrita de este modo la historia, observamos que el psicólogo, el criminólogo y el sociólogo hacen lo propio, buscando en los archivos los libros de memoria, crónicas, etc., y extrayendo de ellos, con un elevado espíritu científico, todo lo útil a sus trabajos para presentárselo, finalmente, al público.
Verdad que los autores de estos relatos, los Froissard, los Saint-Simón o los Estoile, testigos o actores de los hechos que narran, los han deformado, evidenciado ciertos detalles y dejando otros en la oscuridad. Según su amistad, su indiferencia o su odio contra ciertos personajes, han alterado ciertos sucesos, presentándolos según su visión propia. Pero esto es el defecto inherente a todas las obras humanas y si a causa de estos defectos todas estas obras fueran malas, tanto valdría no escribir y quemar todas las bibliotecas.
De todos estos relatos impregnados de espíritu de partido y de interés personal, el historiador y sociólogo que posean espíritu crítico, sabrán sacar la verdad, del mismo modo que un hábil diamantista sabe sacar mil luces de la piedra bruta.
Actualmente, las memorias y las crónicas de antaño o han desaparecido o han visto disminuir su importancia eclipsada por la prensa. En los periódicos se halla el gran almacén de que los sociólogos y los historiadores sacan y sacarán los materiales de sus trabajos. Su crédito es tan grande como el de los autores de memorias y crónicas de antaño. Los hechos están relatados por testigos y actores al igual que en las crónicas y memorias. Los relatos de los sucesos que aun viven en el espíritu de los hombres están llenos de una mayor dosis de verdad, están menos deformados por el tiempo; leídos por testigos que tienen presente los detalles de los sucesos, pueden ser y son rectificados.
Los periódicos son fuente de documentos, tan veraces y seguros como los documentos oficiales y los debates parlamentarios. Basta saber utilizar estos periódicos con el espíritu crítico. Basta con saber eliminar las exageraciones naturales, comparando periódicos de opiniones diversas, no atendiéndose a un solo relato. Los relatos se completan mutuamente. Entonces se puede extraer la médula histórica, psicológica, criminológica, etc., de estas hojas diarias con tanta certeza como de las memorias, crónicas, actos oficiales y correspondencias.
Los relatos de un proceso, de un suicidio por miseria, de una muerte por hambre, de un chantaje, de una brutalidad, de un abuso de poder, que se leen en los periódicos, poseen tanto crédito como los relatos de las costumbres de las poblaciones asiáticas, africanas, americanas o europeas hechos por los viajeros. Y sin embargo, no se objeta a los sociólogos que los utilizan que no son verídicos, después que los han comparado, tamizado, criticado la misa labor se efectúa con los periódicos. No es justo culpar a éstos y defender aquéllos.
Las ciencias sociológicas se estudian y forman necesariamente por el método positivo, que exige observaciones y experimentos. En psicología social, colectiva, en criminología, el procedimiento experimental parece difícil, sino de imposible empleo, y es necesario recurrir al procedimiento de observación. Y este procedimiento obliga a buscar, en fuentes de diversa observación, memorias, cartas y periódicos. Si nos limitamos a los recuerdos personales, como hubieran querido algunos de mis críticos,274 la cosecha sería insuficiente en cantidad y calidad. El hombre no puede estar a la vez en dos sitios distintos, en dos medios semejantes. Absurdo sería no aprovecharse de las observaciones ajenas, y éstas se hallan en las memorias, en las novelas, en las correspondencias, en las revistas y en los periódicos.
He aquí por qué utilizamos y utilizaremos toda clase de fuentes de documentos.

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Numerosos fueron los críticos que pretendieron refutar mi libro, objetando que generalicé hechos particulares, que después de haber reunido y clasificado cierto número deduje generalidades, lo cual era poco o nada científico.275
Este argumento, como el precedente, es argumento de principio y tiene un alcance diferente de la simple refutación de la Psicología del Militar profesional.
En efecto, he generalizado hechos particulares, como antes que yo hicieron todos los sabios, todos los que emplearon el método racional o el método positivo.276
He hecho como Darwin, Lamarck, Letourneau, Romanes, Lubbock, Lombroso, Garófolo, Corre, Manouvrier, Benedikt, Geddes, etc., etc. Quien sostenga que este procedimiento de examen no tiene ningún valor, destruye las obras de los Novicow, Hæckel, Broca, Mathias Duval, Laveleye, Bain, Büchner, Maudsley, Paulhan, Sergi, Sighele, Gurney, Padmore, De Greef, Mosso, Taine, Feré, etc. Entonces habría que arrojar al fuego los libros de ciencia de todas las épocas, pues no hay uno que no sea la generalización de hechos particulares.
Si estos científicos tienen el derecho de formular generalidades a base de hechos particulares, yo también lo tengo. Si estas generalidades no implican nulidad completa en sus obras, tampoco la implican en la mía. Si el procedimiento de observación y de generalización es legítimo para los hombres de ciencia, legítimo ha de ser asimismo para mí. No creo que se sueñe siquiera en considerar como ilegítimo el empleo de este método por los Geoffroy St-Hilaire, Geddes, Taylor, Mantegazza, Gomme, Havelock Ellis, Elías Reclús, Elíseo Reclús, Weisman, etc. Mantengo, pues, la legitimidad de mi procedimiento y afirmo que no tiene ningún valor la objeción presentada para destruir la Psicología del Militar profesional.

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Otros objetaron que los hechos citados constituyen una excepción.277 Los hechos que relaté son absolutamente normales y nada excepcionales. Buena parte de ellos son ordenados por los reglamentos militares, es decir, que hasta son legales. Están, por lo tanto, muy lejos de ser excepcionales.
Clemenceau lo hizo constar así en estas líneas:
«¿Por qué el ejército ha de sustraerse a este instrumento de disección que separa, descompone, reduce en sus elementos toda concepción, toda institución, todo lo que ha sido, todo lo que es, todo lo que está en camino de ser? Que el señor Hamon toma, pues, su escalpelo y haga en demostración. Esta es clara, rigurosa, despiadada e irrefutable para el psicólogo. Ha acumulado los hechos y si le hubiera venido en gana podía haber llenado volumen tras volumen». (Justice, 22 de Diciembre de 1893).
Léase ahora este fragmento de una carta del médico mayor Boyer:
«He pensado que no le sería indiferente conocer, respecto esta cuestión, la opinión de uno de los profesionales citados en la obra del señor Hamon, de uno de los oficiales del cuerpo sanitario, que, durante más de veinte años, ha observado al ejército de cerca, tanto en Francia como en Tunez, en el Tonkin como en Argel. A propósito de la «Psicología del Militar profesional», estimo que se puede repetir lo que un antiguo ministro de la guerra, el general du Barail, dijo de «Sous-Offs»: «Todo lo que se dice en este libro es verdad». La parte documental, que se hubiera podido desarrollar al infinito, es inatacable. Los ejemplos se refieren, en su mayor parte, a contemporáneos, con nombres y señas de los individuos e indicación de las fuentes de donde fueron tomados, de modo que tiende a facilitar cualquier comprobación, teniendo todo el rigor de las observaciones científicas. Partiendo de este punto, las consecuencias se desprenden naturalmente. El reproche que se ha dirigido al autor de haber generalizado demasiado y haber basado sus conclusiones sobre casos excepcionales, no me parece fundado, pues por un escándalo divulgado, hay así tal vez mil que quedan ahogados o ignorados. Con ocasión de una solicitud dirigida al Senado en 1892, relatando las brutalidades, los robos, los actos contra naturaleza cometidos por oficiales sobre sus soldados, en periódico conservador, La Liberté, órgano oficioso del ministro de la guerra, en su número de 16 de Abril de 1892, confesó ingenuamente “que estos hechos son más comunes de lo que se cree generalmente…”» (Parti ouvrier, 8 de Febrero de 1894).
La opinión de los médicos militares o de marina, Boyer, Lacassagne, Corre, es categórica. Este último, cuya ciencia y filosofía son conocidas por su estudio Militarisme,278 que consagró a nuestro libro, cita varios hechos que confirman nuestra tesis, en una carta respuesta a la información abierta por el señor Docquois, diciendo:
«Estimo las ideas de mi amigo Hamon, tan bien justificadas por los hechos (salvo algunas reservas de importancia secundaria)… Hay verdades que se titubea en decirlas; no hay razón en querer disimularlas…» (Ere Nouvelle, Abril 1894).
Las afirmaciones de estos sabios que vivieron entre los profesionales, están basadas sobre la experiencia, tienen el valor de hechos para la confirmación de mi tesis.
Pero ¡oh ironía! en el preciso momento en que los periódicos pregonaban que los hechos por mí citados constituyen una excepción, los mismos periódicos nos suministraban amplios documentos279 en apoyo de la tesis sostenida.
Los hechos abundan, se hallan en todas partes. Abran Der Moloch des Militarismus (Schaebelitz, editor, Zurich), que se publicó al mismo tiempo que mi libro y hallarán buen golpe de hechos similares a los que relatado.
La correspondencia del teniente Normand es altamente sugestiva; es tanto más interesante al psicólogo cuanto que fue escrita a sus amigos con gran sinceridad y sin ánimo de publicarla. Vio la luz pública después que su autor murió valientemente en el campo de batalla.
Citemos algunos extractos de estas cartas:

«Hace cinco días que estamos sin noticias de Francia. ¡Mientras no se firme la paz! porque «yo tengo la ambición de poseer la cruz de Cambodge» (pág. 19).


»En fin, «creemos que una expedición» que habrá durado año y medio y para la cual se habrán enviado 20.000 hombres, soldados y marinos, merecerá «una medalla conmemorativa» a los que la habrán hecho (pág. 73)… Me negaron este «placer» (disparar sobre los chinos), pero estos señores (tiradores tonkineses) se han dado este gustazo. «He visto con alegría», a 300 metros de mí, 7 u 8 chinos «decapitados» (pág. 78)… Esperamos que la patria reconocida nos otorgará una «medalla conmemorativa» (pág. 79)… Hemos tenido la «satisfacción» de ver chinos «asesinados» en los caminos; esto nos causa un «placer» extraordinario (pág. 92)… «Lo visitamos todo y «robamos» en todas partes lo que nos conviene. Poseo dos estandartes chinos, un sable, un cinturón-cartuchera, una carabina italiana muy curiosa que me ha proporcionados muchos envidiosos, etcétera» (pág. 94)… Encontramos algunos chinos «desarmados» en los pueblos por donde pasamos, y «nos los llevamos» por no faltar a la costumbre (pág. 103)… No tengo necesidad de decirles que «todos» los que caen en nuestras manos «heridos o no, son ejecutados» inmediatamente (pág. 120). He sido bastante afortunado para «recoger» (es la palabra decente) sables y fusiles chinos, más de dos estandartes, un puñal, una lanza y un sombrero (pág. 126)… Pasamos el día «golpeando o dando sablazos de plano» sobre las espaldas de los coolis, un hato de gandules, para hacerles trabajar (pág. 141)… Los annamitas son muy dulces sumisos, muy temerosos, «no se les habla sino a puntapiés» (pág. 147)… Creemos y esperamos todos que se nos otorgará la «medalla conmemorativa» (pág. 163)… «La vista de los heridos y de los muertos ya no me impresiona»; he dormido muy tranquilamente… al lado de un cabo… muerto y cuyo cadáver hice apartar para plantar mi tienda (págs. 171-172)… No dudo que después de todo esto el parlamento nos otorgará la «medalla conmemorativa» que «todos vivamente deseamos», que tan poco costaría y que tan buen efecto haría en el ejército (pág. 174)».
(«Carta del Tonkin», Noviembre de 1884 a Marzo de 1885. Correspondencia de R. A. L. V. Normand. Nueva edición. París 1887; Ollendorff, editor).
Los comentarios son inútiles.
Recuérdese el asunto de Turpin que estalló en Mayo y Junio de 1894. Los mismos procedimientos de los militares profesionales que narramos entonces en Ministére et Mélinite, y señalamos ahora en la Psicología del Militar profesional, se renovaron cuando Turpin presentó su nuevo invento al gobierno francés. Los periódicos hicieron una viva campaña sobre el particular, en el curso de la cual fue publicado un documento auténtico muy interesante para el psicólogo. El documento, un informe redactado de acuerdo por la 3ª dirección (artillería y equipajes militares) y por la 6ª dirección (pólvoras y salitre), fue fotografiado por el señor Serrant, ingeniero que lo tuvo en sus manos a causa de un proceso con la administración de guerra, y por mediación del señor Laguerre, abogado suyo. En este documento procedente de oficiales superiores o generales, entre ellos el general Mathieu, se leía:
«Cuando Turpin hubo presentado su invento al ministerio de la Guerra, los servicios competentes se preocuparon ante todo de los medios de aprovecharse de sus ideas, de sus trabajos y de sus comunicaciones sin tener que ver luego nada con él, en virtud de sus pretensiones que se preveía debían ser exageradas…» (Le Figaro, 31 de Mayo de 1894).
No se puede confesar más ingenuamente su deseo de robar.
Que se lean de nuevo los periódicos que dieron cuenta de las cosas de la marina, es decir, de los debates de la comisión parlamentaria y de la comisión extraparlamentaria de investigación y se verá aparecer claramente en el modo de proceder de estos militares profesionales, los caracteres psíquicos que determinamos. Permítasenos relatar tan sólo este hecho:
«El día 9 de Mayo, en una sesión parcial de la Comisión, el diputado Cabart Danneville nos hizo conocer que «él sabía de buena fuente», que el almirante Gervais hizo ir a su despacho a los oficiales y funcionarios llamados a testimoniar, «para prohibirles hablar» o dar ningún dato a la «comisión» (Le Justice, 11 de Mayo de 1894). Desmentido por la «Agencia Havas». Entonces, en la sesión del 11 de Mayo (Le Justice, 13 de Mayo de 1894), el señor Cabard Danneville leyó una nota «manteniendo» lo dicho, pero «atenuándolo» por cortesía, pues decía que se sentía satisfecho viendo al jefe de Estado Mayor general negar los hechos sobre su honor. Después de la sesión, este diputado agregó: «Ayer mismo recibí la visita de funcionarios de marina que vinieron a «confirmarme la actitud» del almirante Gervais. Ante su rectificación no pude persistir, pues no podía revelar el nombre de estos funcionarios». «Los quebrarían como frágil vidrio…». He creído más conveniente poner al almirante Gervais en presencia de su palabra de honor, y asimismo de sus actos. Allá él…»
Fácilmente se descubre la prepotencia.
¿Pero se quiere más hechos? La cosecha es abundante. Si he de citar todos los que vienen en apoyo de nuestra tesis no acabaré nunca. Vaya aún por estos dos recogidos de la prensa francesa en Mayo y Junio de 1894:
«En Le Journal del 14 de Mayo de 1894, el Dr. Juan Bayol, antiguo médico de marina, contaba que al principio del conflicto dahomeyano un capitán le decía: «¡Oh! Gobernador, usted no hace romper bastantes quijadas». El Sr. Bayol agregaba: «El deseo brutal de la decoración a la vez honorífica y remuneratriz se halla en estas palabras con toda su sugestiva belleza». El militar, como el marino en las Colonias, saben que su grado, una vez adquirido, nadie puede arrebatárselo, que una ley especial protege y que pueden hacer impunemente lo que juzguen útil para aumentar el renombre de su «cuerpo» sin que su carrera se resienta más tarde de ello». – En Chalons sur-Marne, el Consejo de Guerra del 6º cuerpo «condenó a muerte» a dos soldados borrachos del 128º de línea que habían «injuriado y golpeado a un superior» y «absolvió» a un brigadier borracho, del 15º cazadores, que «mató a un campesino» en una disputa, (Le Justice, 8 de Junio). – En París, mes de Mayo, el Sr. Sentubery, soldado del tercer regimiento de infantería de marina, borracho, quiso, pasando por la calle, tomarse ciertas libertades con la Sra. Malnui; ésta se defendió llamando a su marido. Acude éste, hace sus observaciones corteses al soldado y le hunde éste su bayoneta en el cuerpo dejándole cadáver. Sentubery pasó ante el Consejo de Guerra y «fue condenado» por homicidio «a dos años de prisión». En Saigon el Consejo de Guerra «condena a muerte» al soldado Penris, culpable de haber arrojado su manta a la cabeza de un cabo. (Periódicos del 17 de Mayo de 1894 y siguientes. – Le Petite Republique, 8 de Junio de 1894).
Más espléndido no puede darse. Huelga toda observación. A fin de no olvidarlos en nuestra cartera citemos algunos más, muy típicos por cierto:
«En Port-Said (1879) un mismo alemán, después de haber tocado en el café el «Home Rule», tocó la «Marsellesa» a instancias de un concurrente inglés que había notado la presencia de franceses. A la derecha del L. G. de Claubry estaba situado el teniente coronel R…, con los labios fruncidos y cara enfurruñada «¿Qué tiene usted, le dije? ¿No se da cuenta de esta delicada atención? Es nuestro canto nacional». – Señor, «no admito nunca que un militar cante una canción en la que se habla de feroces soldados. Es un insulto a todos los ejércitos de la tierra». – Quedé de una pieza, pero hallé modo de decirle: “Entonces usted es más militar que francés”». (Carta de X Gaultier de Claubry, antiguo profesor de la Universidad y antiguo alumno de la escuela de Atenas).
«En Rumania se cometen tantas atrocidades sobre los soldados que se necesita suceda algo muy original para llamar la atención del público… En un momento de ira el capitán Gh. atravesó con su espada a un soldado, y no se le procesó siquiera… Una vez se halló en un bosque el cadáver de un soldado que empuñaba un revólver. Una investigación dio por resultado que se trataba de un asesinato. Un teniente, ayudado de dos soldados, había maltratado a aquel infeliz y después de asesinarlo le pusieron el revólver en la mano para hacer ver que se trataba de un suicidio. El oficial no fue molestado…» (Carta del Dr. P. Stoianoff).
«El día 1 de Septiembre de 1894, 86 oficiales y soldados armados atacaron en Atenas las oficinas del periódico la Acrópolis, destruyendo y rompiendo muebles, máquinas, libros, etcétera… «Nada se salvó, me escribía Filadelf, redactor de dicho periódico, todo quedó aplastado por sus sables, martillos, etc.» ¿Y el motivo? Pues fue porque Acrópolis había publicado artículos poco favorables al ejército. El escándalo fue mayúsculo. Los oficiales pasaron ante un consejo de guerra, el proceso se vio el 5 y el 6 de Octubre. Fueron absueltos, a pesar de estar convencidos del acto brutal». (Nottingham daily Guardian, 2 de Septiembre de 1894. – Daily Chronicle, 8 de Octubre de 1894).
«En Marzo de 1895, el periódico madrileño El Resumen, publicó un artículo de crítica general sobre el ejército; para obtener justicia una banda de oficiales y soldados de diferentes armas invadió la redacción y se entregó a excesos. El Globo (15 de Marzo), contó el hecho al día siguiente, brevemente, tomándolo del parte de la policía. El artículo se titulaba Los Valientes. Este título provocó la cólera del ejército, y por la noche trescientos oficiales y soldados asaltaron la redacción y la imprenta de El Globo, saqueándolo y rompiéndolo todo. Repitieron luego la hazaña en la imprenta de El Resumen. En la interpelación al Senado, el general Bermúdez Reina defendió a los militares y afirmo que: «Violar la ley no es faltar a la disciplina». En la Cámara, el ministro de la guerra, después de haber defendido a los militares, declaró que los periodistas serían procesados». (El Heraldo, 15-16 de Marzo; El Imparcial, 17 de Marzo de 1895).
Los señores Morice y Jarzuel publicaron en Le Figaro del 18 de Mayo de 1894, la interviú de un general comandante, al general Galliffet, como así lo confesaron dichos señores a Eduardo Drumont y a nosotros. De esta interviú extraemos los pasajes siguientes: «Antiguamente el espíritu militar pertenecía a una casta, luego fue perteneciendo a una categoría en la nación… En Alemania… es un país jerarquizado militarmente. En Berlín he visto a un simple capitán de infantería atravesar por entre la multitud que se apartaba respetuosamente. Esto dice mucho en favor de la moral militar de una nación… ¿Se acuerdan de aquel general alemán que abofeteó a un simple particular? Fue condenado por la justicia civil, es cierto; pero el emperador indultó inmediatamente y lo decoró de nuevo… He deseado la guerra, soñé con hacerme un nombre en la historia… Nadie habla de suprimir el ejército. Se trata de reducirle a un contingente necesario para asegurar el mantenimiento del orden en el interior… Tendríamos entonces una especie de vasta guardia civil que defendería el orden contra los enemigos de la sociedad…»
Un antiguo ministro de la guerra, el general du Barail, en una interviú (Le Figaro, 30 de Mayo de 1895) se hizo solidario de las afirmaciones de su colega con estas categóricas palabras: «Hallo muy bellas y valientes las declaraciones del soldado que ha consultado usted…»
«La Pétite République (10 de Junio de 1894) publicó una sugestiva carta del propio general Galliffet, fechada en 25 de Diciembre de 1894: “Soy… un jefe de gendarmes, armo emboscadas… Mis hombres son más bandidos que los mismos que persigo. Además, soy un gran justiciero. Todos los bandidos (soldados mejicanos)… que no son muertos, los ahorco. Si quieren pedazos de cuerda auténtica de ahorcado, a mi vuelta abriré un comercio…”»
En un libro notable por su ciencia y su filosofía, Etnografía criminal, (Reinwald, editor, Julio 1894), el doctor Corre ha citado algunos típicos ejemplos, de los cuales copiamos dos: «Un oficial de marina preguntaba un día a un presidiario: – ¿Qué hiciste para ser enviado aquí? – Ha tenido relaciones con un muchacho. Y el oficial exclamó ante mucha gente: ¡pobre diablo! ¡Si hubieran tenido que castigar por el mismo delito a todos los que venimos a Cochinchina!» (página 18, nota). – El almirante Courbet hizo penetrar sus buques en el río Min, gracias a condiciones que sabía, casi rotas, y sin las cuales no hubiera sido posible abrirse paso. Empleó entonces una dobles… asiática (página 337).
En Abril de 1894, el doctor Boyer publicó un pequeño folleto de 20 páginas con el título «Documentos». Es una colección de cartas y piezas oficiales. Sería útil citarlo todo pero nos limitaremos a lo que sigue: Carta del teniente Rocas al diputado Letellier, 22 de Abril de 1891: «Negándose siempre a la cochina tarea de revelar las malversaciones de mi capitán, se me obligó a… escribir un informe… De la investigación se desprendieron toda clase de indecencias por parte del capitán Bouis. Todos los hechos hacían poco honor a los que debían haber ejercido mayor vigilancia y desde entonces fui condenado. Ante la exactitud de los hechos consignados en mi informe (robos, malversaciones, pederastia), el general en jefe du Besol, obligó al capitán Bouis a pedir su retiro… y a mí me obligó a ir castigado a Laghonat…». – El 21 de Abril de 1891 el doctor Boyer quiso enseñar al general inspector Laveuve, dos spahis que servían de mujer al capitán Bouis. A ello se opuso el teniente coronel Vergennes. El general Laveuve dijo: «Verdad que si todo el escuadrón pasa por estos trámites se hallarán cansados». – Carta del doctor Cazalas, médico del 2º suavos, 30 de Julio de 1891, Orán: «… Pienso afirmarles que un personaje muy elevado (el general du Bessol) me ha hablado últimamente de nuestro asunto… El capitán Bouis, me dijo, ha cometido faltas de delicadeza y actos reprensibles que ojalá se hubieran ocultado. El doctor Boyer hizo mal en sacarlos a la vergüenza…». – Carta del doctor Salle, médico, 30 de Julio de 1891, Mostaganem: «Sí, Bouis es un canalla. Si se abre una información seria, pida que hable el coronel Bechade y el teniente Laperrine que están muy enterados… Respecto la alimentación de los hombres, he observado que siempre es insuficiente. Varias veces lo he dicho al coronel… «Una sola vez hablé de ello en mi informe de inspección y lo suprimí a petición del mismo coronel…». Tocante a brutalidades, he sido testigo de más de cien… Lapostolle me ha dicho varias veces que las hay de calibre suficiente para hacer ahorcar a Bouis». – El capitán Lapostelle se erigió después en defensa del capitán Bouis contra el doctor Boyer. – Carta del doctor Cros, médico principal de 1ª clase, director del servicio sanitario de la división de Argel, 5 de Agosto de 1891: «… En el caso actual (absolución de Bouis y condena de Boyer), no se ha pecado por error; «era preciso no sacrificar el principio de la infalibilidad del mando» ante el de decir de un modesto intruso. He aquí todo el secreto. En algunos la conciencia es de caucho». El asunto del doctor Boyer tuvo recientemente su epílogo. Fue declarado de reserva por faltas contra la disciplina. El capitán Bouis conserva su cruz de la legión de honor y continúa siendo oficial. El médico en jefe Dujardin-Beaumetz, director del servicio sanitario, que dejó efectuar estos actos, fue nombrado inspector general en Abril de 1895.280



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