Psicología del militar profesional August Hamon


DEFENSA DE LA PSICOLOGÍA DEL MILITAR PROFESIONAL



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DEFENSA DE LA PSICOLOGÍA DEL MILITAR PROFESIONAL

«El mundo no puede aborrecerlos, pero me odia porque doy este testimonio contra aquel cuyas obras son malas». Evangelio según San Juan, VII, 7.


En Noviembre de 1893 publicamos el primer volumen de una serie de estudios de psicología social. Esta Psicología del Militar profesional249 era un libro puramente científico que antes de publicarse sufrió algunas peregrinaciones que el doctor Corre contó en la Societé Nouvelle, Diciembre de 1893. Dejémosle la palabra.


«Para poder acentuar bien su intención de presentar una obra científica, el autor hubiera querido publicar su trabajo en una revista especial de criminología,250 donde había completado perfectamente mi examen sobre la «Criminalidad militar en Francia». El director de dicha revista, excelente sujeto, y el cual más que nadie sabe a qué atenerse sobre la psicología del medio retratado, no se atrevió, sin embargo, a habérselas contra el funcionario. «Lo que usted escribe, dijo al autor, es verdad, pero yo no puedo publicarlo en mi revista y bajo mi dirección. El curso que doy ante un auditorio de jóvenes en su mayoría destinados al ejército, me obliga a ser circunspecto. ¡Siquiera se hubiera usted limitado a hacer un cuadro del militarismo antes del año 1789!». Este fue el debut de la peregrinación hacia diversos editores, todos a cual más patriotas… Los editores que sucesivamente rechazaron el libro declararon todos haberlo leído, ¡ingenua confesión!, y que lo hallaron excelente, muy verídico en diversos puntos. Pero el eterno «no se puede tocar al ejército» fue su conclusión y motivó siempre su negativa…»
No hallando editor en Francia me fui a Bélgica, y la casa C. Rozez tuvo a bien aceptarlo, mientras que el señor A. L. Charles, librero de París, se encargaba de ser el depositario general en Francia.
La Psicología del Militar profesional apareció, pues, en 26 de Noviembre de 1893 y metió mucho ruido en el reino de la tontería política hasta más allá de la frontera. No nos faltaron crudos ataques e injurias. Fue tal la sensación que causó, si hemos de creer a la prensa, que en poco estuvo que los tribunales no intervinieran.251
Ante estas violencias conservamos la calma propia del hombre de ciencia que somos y que queremos ser. Dejamos que la gente dijera, y continuamos nuestros estudios no respondiendo sino raras veces.252 Publicamos hoy una nueva edición y ella nos invita a presentar al público una defensa de este ensayo de psicología social, de psicología de una multitud homogénea: del militar profesional.
Ha transcurrido más de un año; las pasiones se han calmado; creo que mis contradictores no se enfadarán con la lectura de mis corteses refutaciones a sus raras, muy raras objeciones.
Pudimos coleccionar los artículos que se nos consagraron. Tanto como nos ha sido posible, hemos reunido estas críticas por su género y las contestaciones. Lo que escribió Montesquieu, lo repetimos nosotros: El público va a conocer el estado de las cosas y juzgará.

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Por de pronto, algunas palabras sobre las injurias y las groserías que se nos dirigieron. Se disputaron la palma los periódicos políticos253 y la prensa militar.254 No sé si en esta lucha memorable los militares profesionales se llevaron la victoria, lo que no tendría nada de particular, habituados como están a vencer siempre. Pero lo cierto es que en este concierto se distinguió sobremanera el general Iung, sin duda por sus hábitos de cuartel.255 El barniz mundano se le quitó y dejó ver al hombre mal educado; verdad es que lo natural sale siempre a la superficie y que para el militar de profesión lo natural es la grosería, cuando no la brutalidad.
En esta pseudo-respuesta del general Iung pudimos recoger algunas perlas -notas determinadotas del estado psíquico de los militares profesionales- que nos tomamos la libertad de hacer resaltar ante el público:
«El señor Hamon nos habla de los efectos de la profesión militar sobre la mentalidad de sus miembros, y «se olvida de hablar de los efectos de otras profesiones sobre la mentalidad de sus miembros y de la suya en particular» (¿?)… Un hombre que no hiciera más que dormir no se despertaría nunca…»
El general Iung se aprovechó de la ocasión para hacer en su escrito la apología de la guerra, apología en la cual hablaba de la «lucha despiadada entre los mundos del Espacio…»
Algunos256 creyeron más simple injuriar a la obra y al autor sin mentar a ninguno de los dos. Son procedimientos de polémica desprovistos de toda amplitud de espíritu, cosa muy de lamentar en estas críticas.
Varios de nuestros severos críticos adujeron curiosos argumentos:
«Libro de un profesor que se cree filósofo, que probablemente no ha sido nunca soldado…» (Courrier du soir, 21 de Diciembre, Flic).
«Escrito con una ignorancia del tema que traspasa todos los límites imaginables. Es uno de los libros más perversos y más peligrosos que se han escrito sobre materia: es falso y de los más aburridos». (Polybiblion, Marzo, A. de Ganniers).
«El Dr. Corre, a quien fue dedicado, seguramente hubiera declinado este honor a haber sido prevenido». (A. B. de la S. J. – Etudes Religienses, 31 de Mayo).
Fuimos soldado, no hemos sido nunca profesor. Si nuestro libro es peligroso no puede ser aburrido, si aburrido no puede ser peligroso; una cosa excluye la otra.
Es de notar que el jesuita A. B. dio cuenta al mismo tiempo del folleto Militarisme, del Dr. Corre, y que en este folleto nuestro sabio amigo escribe lo que sigue:
«El autor tuvo a bien ofrecerme la dedicatoria de su libro, «cuyo manuscrito me envió con anterioridad», pidiéndome mi parecer, y sinceramente hallé su libro interesante y justo, hasta útil…»
Suponemos que se nos hará el favor de creer que todas estas injurias no nos molestaron, pues somos de aquellos que dicen:
Pega, pero escucha. Una injuria no es un argumento.
Adelante.257

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A guisa de refutación algunos nos titularon socialistas, hasta socialistas de marca.258 Los más nos llamaron anarquistas.259
Este epíteto en son de injuria nos fue arrojado para desacreditar nuestro libro. Según estos críticos, el hecho de que fuera escrito por un anarquista lo dejaba sin valor, completamente falso. Este procedimiento crítico no deja de ser interesante. Poco me importa que me califiquen de anarquista. Me clasifican entre demasiado buena compañía intelectual para que vaya a ofenderme de ello. ¿Pero lo probaron al menos? ¿A qué citar nombres del pasado o del presente? Todos los conocen. Además, me honra yendo con semejantes inteligencias; pero en vano buscaba la analogía de esto con mi estudio científico.
Que yo sea socialista autoritario o socialista libertario, es decir, anarquista o que no lo sea, es asunto que sólo a mí concierne. Son cosas sin interés para el público, pues son puramente personales y valen únicamente para los curiosos que quieren conocer mi mentalidad.
Pero admitamos que yo sea socialista, anarquista, budhista, o no importa el acabado en ista, ¿qué tiene que ver esto con la Psicología del Militar profesional? Los críticos nos hubieran hecho un favor con decirlo. Una tesis se deduce lógicamente de los hechos. ¿Se cree seriamente que se puede refutarla con epítetos? La broma, por buena que sea, tiene sus límites y ésta traspasó entonces todos los límites permitidos. Un hombre de ciencia reúne observaciones, las clasifica, deduce ideas generales, y para refutar la obra, ¿bastarán los calificativos? Esto será muy fácil, pero es fácil; un soplo basta para derribar este procedimiento de discusión tan bizantino.
Y sin embargo, lo emplearon los que en mi libro vieron una obra de odio y de venganza.260 Olvidaron decir qué se basaba para sostener tamaña afirmación. Yo no odio a nadie ni quiero vengarme de nadie. Soy determinista convencido y tengo mis puntas y ribetes de lógico, lo cual me obliga a no odiar ni a los individuos ni a las instituciones. No odio las que considero malas, lamento tan sólo su existencia, y trabajo para que desaparezcan. Lejos de mí el pensamiento de imponer la concepción de la verdad, me limito a exponerla con la esperanza confesada de que mis lectores acabarán por concebir la verdad, como yo la concibo. Con Renán, creo que una verdad no adquiere su valor sino cuando se llega a ella por sí mismo. Por esto digo al público: lee, mira, reflexiona, concluye; pero jamás le digo: cree.
No siento odio, tampoco tengo ganas de vengarme, pero aunque así fuera esto, el asunto de que se trata importa tanto como mi anarquismo, es decir, nada. He citado hechos, he enseñado sus relaciones, he sacado luego conclusiones. ¿Lo hice por odio, para vengarme? ¿Y qué importa esto? La cuestión es saber si los hechos son verdaderos, si las relaciones son justas, si las conclusiones son lógicas. Los motivos que impulsan al autor, el objetivo que persigue, únicamente él los conoce. Puede uno suponerlos, imaginárselos, construir una novela sin certeza, y si esta novela fuera verdad, de ningún modo destruirá la tesis científica que pretendía destruir.
De hecho, ¿por qué oponerse esta pseudo-argumentación, cuando no se le opone ni a Rusell Wallace por su Darwinismo, ni a Gumplowics por la Lucha de las razas, ni a Geddes ni a Thompson por su Evolución del sexo, ni a Corre por su Etnografía criminal, ni a Letourneau, ni a Ferri, ni a Manouvrier, ni a Colajanni, ni a Romanes, ni…? ¿Se ha de tener la pretensión de que yo solo he obrado por odio, por deseo de venganza, por anarquismo, y que a los demás hombres de ciencia no les ha influido su socialismo, su anarquismo, su liberalismo o su realismo? La pretensión es extraña y para ser válida debería probarse; la afirmación no basta.
Yo sólo conozco o creo conocer los motivos secretos que me hacen obrar; hágaseme, pues, el honor de creer que no siento odio ni deseo de vengarme.
Contemplo cómo los hombres se mueven con la misma mirada indiferente que veo moverse a las hormigas.
Estudio los hombres y los actos con tanta impasibilidad como si escrutara con mi escalpelo organismos inferiores, seres de mundos diferentes al nuestro. En este análisis psicológico me abstraigo y dejo a un lado simpatías y antipatías. Y esto me es muy fácil, porque, para mí, los hombres son efectos, fatalmente tales como son, dadas las condiciones: no tienen mérito ni demérito. Pero aunque la Psicología del Militar profesional hubiera sido escrita por odio, por venganza, por un anarquista, no implicaría esto su falsedad. Queda de pie, intacta en su valor ante estos calificativos apasionados, sin ninguna significación crítica. Las obras de Lamarck y de Laplace no fueron refutadas valiéndose de la afirmación de que sus autores eran ateos.
Algunos críticos protestaron contra mi antipatía, lanzándome a la cara, como si fuera una injuria, el título de «antipatriota».261 El señor Francisco Coppée escribió esta memorable carta (?):
«¿Es necesario, querido Formentín, dar a conocer aún más mi opinión sobre los antipatriotas, sobre los insensatos que osan atacar la bandera? Mi opinión la he pregonado en todos los sitios, todo lo que he podido, con todas mis fuerzas, a riesgo de que me trataran de «chauvin» y de «cocardier», lo cual, a decir verdad, no me disgusta. Estos desgraciados son unos locos, puros locos, pero en Francia no los creo peligrosos. El sentimiento nacional, el instinto militar, permanecen intactos entre nosotros. Que estalle una guerra y todas estas estupideces griterías las ahogará el primer redoble del tambor».262
El poeta había olvidado que en 1891, en L’Eclair, escribió: «En el fondo, nuestro amor a la patria y nuestro deseo de un desquite, son absurdos».263
Entre los críticos patriotas algunos dijeron que yo publiqué mi volumen especialmente para desacreditar al ejército francés. ¿La prueba de esto? «Va a publicarse una edición alemana de «esta odiosa publicación».264 El argumento alegra, la lógica brilla… por su ausencia. Otros lamentaron que el libro no hubiera nacido al otro lado de los Alpes o de los Vosgos, como el señor Saint-Genest». Oigámosle:
«Aun cuando la profesión de las armas les pareciera absolutamente repugnante, ¿por qué escriben semejantes cosas? ¿Es que se dejan llevar por el horror que les inspira tanta barbarie? Entonces en Prusia es por donde debieran comenzar su obra; en alemán debieran escribir sus artículos con firmas alemanas; en los cuarteles de Berlín debieran distribuir estos folletos; a los ciudadanos de Guillermo sería necesario demostrar que el soldado está colocado en el último peldaño de la escala social y que el oficial es un ser infame. Además, una vez desorganizado el ejército prusiano -si fuera posible- continuar la obra en Italia, seguirla en Austria, y, por último, cuando nuestros enemigos no fueran ya de temer, dirigirse a Francia…» (L’Ecole du crime, 26 de Enero de 1894, Le Figaro).
Sin duda el señor de Batz se entristecerá y el señor Sanint-Genest se alegrará de saber que nuestro libro emigró, que los súbditos de S. M. Guillermo II, de S. M. Francisco José, de S. M. Humberto I, van a conocer «semejantes cosas».
Poco me importa la tristeza o la alegría de estos ardientes defensores del militar profesional; lo que me gustaría saber es en qué el patriotismo o el antipatriotismo de una obra puede motivar su error o su verdad.
¿Pero es que realmente mi libro es antipatriótico? Algunos críticos afirmaron todo lo contrario, por ejemplo, el Dr. A. Corre, el señor Fourniéres265 y el Dr. Boyer266.
«Añadiré que el libro del señor Hamon me parece patriótico en el buen sentido de la palabra; la disciplina mal comprendida es el fermento por excelencia de la desagregación oculta en los ejércitos y prepara la dislocación final para el día en que más se cuente con su acción.
»Añadiré que en mí se alegran igualmente el patriota y el internacionalista: el patriota, al ver que los productos del militarismo son parecidos en todas partes y que el alemán no tiene que reprochar nada al francés… ¿Se quiere desbaratar la doble o la triple alianza? Pues tradúzcase el libro de Hamon y dése a leer a los ciudadanos alemanes, italianos, rusos, etc., de los futuros Estados Unidos de Europa…
»La tesis del señor Hamon es justa, irrefutable y debe ser considerada como la obra de un observador concienzudo, de un lógico implacable y, no temo decirlo, de un buen patriota. A pesar de las tontas invectivas y de las pretensiones contrarias de un «chauvinismo» más aparente que real, demasiado ruidoso para no verse que obedece a una consigna, el método positivo que sondea el corazón y los riñones poniendo en descubierto las llagas y los vicios de este grande organismo que se llama ejército, hace acto de patriotismo y de sabia previsión…»
Bajo otra forma me fue opuesto el mismo argumento por algunas revistas:267 La supresión del ejército es imposible; por lo tanto, es necesario callarse.

Estos críticos olvidaron que la Psicología del Militar profesional es un libro de ciencia y que su autor no tenía, al escribirlo, por qué preocuparse de si la supresión del ejército era o no posible, de si el libro era o no patriota. El fin del hombre de ciencia -y yo soy uno- es la investigación de la verdad. Una vez esta verdad adquirida, el científico debe publicarla, pues es un bien común, según la expresión de Bossuet. El hombre de ciencia no tiene que saber si la verdad que descubre va a chocar con las ideas recibidas, hacer bambolear el orden social, motivar la ruina de su país, arrastrar los suyos a la miseria y depararle la cárcel o la muerte. Sabe que posee la verdad y deben darla al público; no debe verla, cubrirla con gasas, desfigurarla, pues entonces no será digno de llamarse hombre de ciencia.


Massillon ha dicho: «No se es digno de amar la verdad cuando se puede amar alguna cosa más que a ella». Yo amo la verdad por encima de todas las demás cosas y la proclamo sin ocuparme de las consecuencias sociales que de ella pueden momentáneamente resultar. ¿Cuál es la verdad que no turbó el orden social de su época? Jesús predicando el comunismo y la libertad, glorificando la igualdad y la fraternidad, trastornaba el orden social y en la cruz pagó ignominiosamente este delito. Galileo, aun abjurando su convicción y pronunciando el famoso E pur si mouve que afirmaba la verdad, trastornada asimismo el orden social. Sócrates como Juan Huss, Ulrich de Hutten como Dolet, Spinoza como Lamennais, Wiclef como Proudhon, Carlos Marx como Condorcet, Diderot como Campanella y tantos otros, trastornaron el orden social con la afirmación, con la publicación de verdades trastornadoras que luego fueron aceptadas. Sufrieron la muerte, la cárcel y la miseria para poder enunciar estas verdades que hacían bambolear la sociedad, pero ni la cárcel, ni la muerte, ni la miseria, no probaban el error, la falsedad de sus concepciones. ¡Qué importa que la sociedad tiemble, que la patria se bambolee! Lo esencial es esto: ¿son exactos los hechos, justas las deducciones, lógicas las conclusiones? ¿La obra es verdadera?
Esto únicamente es lo que debe examinar la crítica, el resto no tiene ya importancia cuando se quiere ser imparcial y desapasionado. ¿La tesis de mi libro es falsa o justa? He ahí lo que debe escrutar la crítica. Calificarlo de antipatriota, o afirmar que los ejércitos son necesarios, no quiere decir que la obra sea mala.

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En el Mercure de France (Octubre 1893), un militar profesional escribió este pensamiento:
«No lo dude, el día que se suprima este arcaísmo llamado ejército, el día que fusione con el paisano hasta el punto de perder las cualidades -o los defectos, si así se quiere- que constituyen su fuerza, aquel día, señor Hamon, tendrá usted que cambiar de lenguaje o enjugar su pluma, pues el Teutón será el dueño y se la romperá entre los dedos».
Los sucesos se encargan de demostrar la insignificancia de esta admirable frase. No se necesita que el Teutón intente romper la pluma del pensador para que tal cosa suceda. La lista de todos los escritores que en el transcurso de los diez últimos años han sido condenados en Francia, ciertamente es tan larga como la de los condenados en Alemania. ¿A qué citar nombres? El Teutón vencedor no entorpecerá más el florecimiento del pensamiento de lo que han hecho los gobiernos actuales.268 Por lo demás, sus esfuerzos son vanos y despreciables.
En La Estafette (29 de Diciembre de 1893), el señor Abel Peyrouton generalizó la misma objeción, escribiendo:
«Sé que… el ejército proporciona a los espíritus superiores las delicias de las altas especulaciones de la política, de la filosofía, de la ciencia, del arte, de la industria».
Esta aserción la contradice lo que pasa en Inglaterra, en Suiza y en los Estados Unidos, donde no hay ejército y donde, sin embargo, se hace filosofía, ciencia, arte, etc. Tanto protege el ejército el arte, la ciencia, la literatura y la filosofía, que en todas las épocas ha saqueado las bibliotecas, los museos, etc. Basta leer la historia griega para saber que Arquímedes fue brutalmente asesinado por un soldado; basta leer las crónicas medioevales para saber que los reyezuelos feroces no perdonaban a los monjes estudiosos. En nuestros días, los ejércitos europeos que fueron a China, a Annam, al Tonkin, al Indostán, a Siam y a Birmama, destruyeron maravillas del arte antiguo o contemporáneo. Un soldado que volvió del Tonkin me contó un día que, para divertirse, un batallón tomó por blanco a un budha panzudo, estatua gigantesca de verdadero valor histórico. Cuando la guerra franco-alemana fue incendiada la biblioteca de Strasburgo. En Rusia incendiaron Moscou. Recuerdo haber leído en el suplemento literario de Le Figaro (Febrero 1895) un relato de un oficial inglés, que, en el Extremo Oriente, por distracción, destrozó con su sable las orejas, la nariz y los brazos de las estatuas. Muchísimos hechos análogos podríamos citar si quisiéramos hurgar en los relatos de campaña escritos únicamente por militares.
Dudo mucho que en estos tiempos de lucha, de saqueo y de incendio, puedan los filósofos, los sabios y los artistas agregarse a elevadas especulaciones. El argumento de Peyrouton en especial.

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Algunos críticos, hasta de los mismos que alabaron, calificaron de libelo, de exhorto269 la Psicología del Militar profesional, o la consideraron violenta.270
A no ser que se llame también exhorto a la exposición imparcial de las costumbres de los tigres o de los leones, por ejemplo, no creo que seriamente se pueda llamarlo a mi libro. Del mismo modo que el naturalista, para hacer la monografía de los felinos, pongo por caso, averigua sus costumbres, los observa, etc., para hacer la monografía psíquica de los militares profesionales los hemos también estudiado y observado. En estas observaciones y en este estudio imparcial no hay ninguna tendencia de exhorto. Ninguna penalidad pido para los desgraciados militares; no los he mostrado parcialmente,271 me he limitado a la relación de hechos exactos, a las deducciones y a generalizar sin violencia. He expuesto la verdad con toda su brutal desnudez, sin los oropeles que la tapan. Por esto se cree que nuestro libro es violento, cuando, precisamente, la violencia está tan lejos de nuestro pensamiento, que deseamos advenga el tiempo en que el ser violento sea considerado como un monstruo.
La señora Saverine nos fue severa, pues escribió estas líneas:
«Ciertamente, yo no apruebo ni la forma injuriosa ni la parcialidad arbitraria que preside en el libro del señor Hamon, «Psicología del militar profesional», y me parece que englobar toda una clase de ciudadanos en la reprobación merecida solamente por algunos, utilizar el oprobio de éstos para aplastar a aquéllos, no es acto justo ni digno de alabanza. Pero, esto dicho, netamente, lealmente, es imposible no quedar sorprendido por ciertas citas de hechos, su relación y la conclusión inexorable que se desprende, y no reconocer en este análisis el embrión de una verdad…» (L’Echo de París, 23 de Febrero de 1894).
En vano buscamos entonces y ahora la forma injuriosa de nuestro libro, escrito con plácida indiferencia, sin odio, sin deseos de venganza, tal como hubiera podido escribir algo sobre los insectos, como algunos críticos han hecho observar, especialmente Alfredo Kerr, en Gegenwart (29 de Diciembre de 1894).
La hermosa colección de artículos que escribió la señora Severino, durante el invierno de 1894-95, para protestar contra las brutalidades de los oficiales, basta para demostrar su error cuando nos acusa de arbitraria parcialidad.

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Las objeciones precedentes no son ninguna novedad. Antes fueron dirigidas a los filósofos, a los sabios que pretendían examinar con su razón la idea de Dios. Nuestros argumentos de refutación no son nuevos, fueron también antes empleados por los sabios y los filósofos, defendiendo su derecho de pensar y de pasarlo todo por el tamiz del análisis racional.
En los pasados siglos, el examen de la idea de Dios levantaba santas cóleras y más de un audaz murió en las cárceles, en la hoguera o en el destierro. La idea de Dios -tal como se enseña ortodóxicamente por las Iglesias- ha vivido. Los esfuerzos para mantenerla en pie han sido vanos; la razón pudo más. Los golpes, los castigos, ¡pobres argumentos! se desvanecieron como niebla ante el espíritu crítico de los filósofos y de los científicos. Hoy es el examen de la idea de patria, el análisis del militarismo lo que levanta indignaciones. Mañana estas parecerán a los hombres tan ridículas como hoy nos parecen las que levantó la negación de ciertos dogmas religiosos. Como escribió el señor Clemenceau: «Nada hay hoy que pueda sustraerse al juicio de los hombres». (Justice, 22 de Diciembre de 1893). A los hombres de ciencia y a los filósofos que ponen la verdad por encima de todo, es ocioso oponerles la Religión, la Patria, el Orden social. Son cosas de que no podemos preocuparnos cuando, escalpelo en mano, disecamos los órganos sociales. Son argumentos que no tienen valor científico paras una obra de ciencia.




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