Psicología del militar profesional August Hamon


CAPÍTULO IX OTRAS MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU MILITAR



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CAPÍTULO IX
OTRAS MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU MILITAR

En el curso de esta investigación sobre la psicología del militar, hemos observado que todo individuo detentador de un poder tiene una marcada tendencia a abusar de él. Hemos presentado numerosos casos de prepotencia que todos presentaban indicios de violencia, esta característica de la profesión. Las manifestaciones psíquicas de los profesionales no se limitan a los abusos de poder con brutalidad ejercida directa o indirectamente. Existen otras manifestaciones que no presentan la característica especial de la profesión y que, por consiguiente, se parecen a las formas de abuso de poder cometido por otros detentadores de la autoridad, como la Policía, la Magistratura, etc. He aquí algunos casos sacados de entre mil.


En Argelia, un Consejo de guerra condenó a muerte a un ciudadano llamado Craman, perseguido por haber maltratado en plena calle a un zuavo, Rapin, cabo de la compañía en que Craman hizo sus 28 días de servicio en el año 1890. El cabo afirmaba que fue agredido en esta época. Craman negaba los hechos. Los testigos declararon haber presenciado una riña entre zuavos e indígenas y no entre un cabo y un europeo.185
En Saint Avertin (Indre-et-Loire), el día 22 de Julio trabajaban en su campo los señores Fremondeau, padre e hijo. El teniente Méquillé se paseaba a caballo y penetró en terreno de los Fremondeau, en plena propiedad privada. Los campesinos le rogaron que se retirara, a cuyos ruegos no hizo caso el teniente. En vista de que se hacía el sordo, los campesinos corrieron hacia él y le conminaron para que saliera de sus propiedades. Se niega Méquillé, y con su látigo azota el rostro del hijo, el cual responde a la agresión golpeándole con una herramienta, y los dos campesinos arrojan de su propiedad al teniente que en ella había entrado a viva fuerza. Apaleado y descontento, Méquillé elevó su queja correspondiente a la superioridad, y el asunto se llevó al tribunal, que absolvió a los dos procesados, en vista de que habían obrado en defensa propia y tenían el derecho de negar la entrada en su casa a quien tuvieran por conveniente. Despechado dicho Méquillé, buscó el desquite para hacer condenar a los Fremondeau. Husmeando encontró que el hijo era soldado en uso de licencia temporal y que pertenecía al 3º de dragones. En seguida que descubrió esto el teniente Méquillé del 32º de infantería, dio parte a la autoridad militar. Fremondeau, hijo, fue arrestado, condenado ante un Consejo de guerra, que se efectuó en Tours, y condenado a tres años de prisión.186
En 1884, en Saïgon, fue perseguido un paisano y procesado por un Consejo de guerra. Telesco, que así se llamaba, fue condenado y confirmada la sentencia por un consejo de revisión. No conformándose con esta sentencia, pidió apelación al Supremo, y el almirante Grandiére se negó a transmitir su petición.187
El 10 de Octubre de 1892, a media noche, un alférez de artillería de la escuela de Fontainebleau, llamado Nollet, increpa violentamente en la calle a un soldado que, por no haberle visto, no le había saludado. El señor B, agregado de la Universidad, testigo de esta escena, no pudo contener su indignación al ver de qué modo el alférez trataba al soldado, y le dijo: «este no es modo de proceder, eres un idiota. Merecerías que te enviaran a Dahomey». Furioso el alférez, hizo detener al señor B, el cual, después de ser interrogado, fue puesto en libertad.188
El comandante de La Panouse, del 1º spahis, dictó oficialmente en Enero de 1891 la siguiente orden, que figura en los registros: «El soldado X (un indígena), del destacamento de… sufrirá ocho días de arresto por haberse permitido mandar su tarjeta de visita al jefe de escuadrón que manda interinamente el regimiento. Así aprenderá que no puede haber cambio de cortesía sino entre oficiales, y que éstos han de recibir por parte de los soldados únicamente un sacrificio mudo y respeto absoluto».
«Es difícil evaluar en la Delta la mortalidad de los soldados, escribe Mat-Gioi.189 En tiempo de epidemia se abren todas las cartas y las más comprometedoras no se envían a su destino».
En Bucarest, el soldado Stefan Cocojar tiene una querida, lo cual allí es equivalente a una mujer legítima. Una noche que fue a visitarla encontró en el cuarto de ella a un hombre completamente desnudo, el oficial Zodic. Se queja el soldado y recibe una soberbia bofetada. Responde a ella con una racha, y Zodic dio al día siguiente arte de a escena. El soldado fue condenado a seis años de trabajos forzados. La superioridad halló que la pena era insignificante y elevó los trabajos forzados a perpetuidad.190
Según carta de un oficial, insertada en L’Eclair, los soldados que iban o volvían del Tonkin eran tratados horriblemente en los transportes de guerra. Se les dejaba sin agua, en la mayor de las suciedades, durmiendo al aire libre sobre el puente, sin mantas y sin hamacas. La nutrición era mala e insuficiente. Las reclamaciones estaban prohibidas y además hubieran resultado estériles. El comandante del buque tenía su mesa bien provista de todo y se preocupaba muy poco de las miserias de sus soldados pasajeros.191
El marinero Quénéa compareció ante el consejo de guerra de Brest, acusado de haber maltratado a su superior el sargento Pouchin. Como el acusado insistiera en negar los hechos, el presidente, capitán Constantin, le dijo furioso: «Tu actitud te costará cara». El abogado Dubois protestó indignado de estas palabras contrarias a la ley porque, indudablemente, podían influir en el ánimo de los jueces. «No sé lo que la defensa ha podido aconsejar al inculpado», respondió el presidente. Nueva protesta del abogado, que amenazó con retirarse. Ante su actitud el presidente retiró su frase, pero el marino fue condenado a un año de prisión.192
En 1891 el consejo de guerra de Brest, condenó a muerte al soldado Bordelais, por haber disparado su fusil contra su capitán, sin tocarle. De la investigación se demostró que el soldado ni siquiera había apuntado. El examen de las piezas, que yo debo a la atención de A. Corre, condujo a la conclusión que dio este criminalista: Bordelais es un desequilibrado que ha querido suicidarse indirectamente por su aparente atentado. Este hombre no gozaba de sus plenas facultades mentales. Su abogado, Dubois, reclamó un examen mental. El fiscal Launay se opuso, afirmando que Bordelais era cuerdo.193
El reservista Uny, a consecuencia de una disputa, mató a un soldado; el consejo de guerra le condenó a 20 años de trabajos forzados, a pesar de que el médico militar Rouget le declaró irresponsable.194
El 17 de Noviembre el consejo de guerra de Brest condeno a un año de prisión al soldado de marina O, por haberse negado a obedecer, pretextando una indisposición, un movimiento que se le ordenó ejecutar. Este soldado estaba realmente enfermo y el médico le había eximido de llevar la mochila. Los asistentes al consejo, se lee en Le Brestagne, un periódico conservador, quedaron extrañados de la severidad del veredicto.195
En Nates el consejo de guerra, día 6 de Abril, condenó al reservista Chevalier a cinco años de prisión. Su crimen consistió en que al ingresar en su regimiento para hacer los 28 días de servicio reglamentario y gritó: «¡Viva la ANARQUÍA! ¡Abajo Francia! ¡Viva Alemania!»196
En Presbourg (Austria), consejo a penas de arresto ligerísimas a dos oficiales que habían maltratado de obra a sus inferiores.197
Referente al asunto Korneienko, el doctor Skariatine pidió una investigación médica. La delegación no quiso reconocer el hecho evidente de la mutilación, por lo cual, Skariatine, en una memoria oficial, calificó a uno de los médicos indigno de ejercer su profesión. Este calificativo le valió un proceso. Los oficiales Savenkov, Jikharef, Danilevsky, atestiguaron las infamias y los abusos cometidos. El jefe de la división reunió entonces a los oficiales del regimiento para decirles que algunos tenían la audacia de defender a Skariatine. «Según mi modo de ver, terminó diciéndoles el general, hay que excluir del regimiento a estos oficiales, de igual modo que se aparta del rebaño a una oveja enferma». Resultado: Savenkov, Jikharef, Danilevsky y Sytchevsky fueron expulsados del ejército.198
En 1884 el soldado italiano Misdea, en un acceso de locura causado por la desesperación mató a diversas personas. Aunque el crimen pertenecía de derecho a la jurisdicción ordinaria, el tribunal ordinario le condenó a muerte. El fiscal se vanaglorió de esta arbitrariedad, pues, según dijo, «en este caso, burlar la ley es una obra santa, mientras se dé un ejemplo».199
En estos hechos típicos, como en todos los citados en el curso de este ensayo, el análisis de su etiología descubre los mismos caracteres: exacerbación del concepto autoridad, solidaridad profesional, anestesia moral. Únicamente el factor violencia desaparece o se presenta considerablemente atenuado.
No es necesario examinar detalladamente cada uno de los casos típicos, porque el lector hallará fácilmente en los casos Telesco, Mollet, La Panouse, X, etc., los elementos constitutivos de la exacerbación del concepto autoridad; en los de Fremondeau, Cocojar, Skariatine, etc., los constitutivos de la solidaridad profesional; en los Craman, Bourdelais, Chevalier, etc., los constitutivos de la anestesia moral.
Algunos observadores superficiales podrían objetar que son casos excepcionales y de ningún modo típicos. La objeción sería nula. En efecto, el estado de espíritu que revelan está conforme con el revelado por toda la serie de hechos analizados precedentemente y sacados de entre millares de casos análogos.
Además, he podido observar en los periódicos de provincias, sin escogerlas,200 las sentencias de 112 causas durante el primer trimestre de 1892 incoadas por los consejos de guerra de quince ciudades francesas (Argelia, Auch, Besancon, Blidah, Bordeaux, Grenoble, Le Mans, Lille, Lyon, Nancy, Nantes, Orán, Ruan, Tolosa, Tours). De estas 112 causas, 65, o sea un 58.03, eran concernientes a crímenes militares (insubordinación, ultrajes, deserciones, golpes). Estos 65 crímenes militares no dieron más que siete absoluciones, es decir, un 10.77, mientras que los crímenes militarizados (robos), en número de 47, dieron una proporción de absoluciones de un 25.53. De estos 65 procesos militares, catorce comprendían ultrajes a superiores por medio de gestos o amenazas y ninguno de estos acusados fue absuelto. Hubo tres causas por ultrajes a los inferiores y de estos tres acusados, dos fueron absueltos y el tercero condenado al mínimun de la pena.
Si examinamos ahora en qué consisten estos ultrajes de inferiores a los superiores se ve, por ejemplo, que dos soldados fueron condenados a un año de prisión por haber dicho a un cabo, «vendido» el uno, y «si fueras un paisano te rompería los huesos», el otro; otros dos fueron condenados a muerte por haber arrojado los botones del capote a la cabeza del presidente del consejo de guerra, y el último por haber arrojado una hebilla a la espalda de un oficial.
Es necesario confesar que estas despiadadas condenas cuando se trata de inferiores y estos fallos absolutorios cuando se trata de superiores, demuestran sin réplica una extraña exasperación del concepto autoridad y una no menos extraña solidaridad profesional. La desproporción inaudita entre el acto que motiva la condena y la penalidad infligida, descubre claramente la anestesia moral de los profesionales. Esta desproporción entre el acto motivo (ultrajes) y el acto motivado (penalidad), la hallamos en numerosos crímenes según la ley, sobre todo en los cometidos por individuos, que los criminalistas partidarios de una responsabilidad parcial tienen tendencia a considerarlos como irresponsables. Esta analogía entre el militar profesional y el criminal teratológico es parecida a la analogía que hemos observado relativa a la analgesia física.
No se puede argüir que estos hechos sean excepcionales; el modo como los hemos recogido no presupone ningún resultado determinado; la frecuencia de estos fenómenos y su internacionalismo prueban el ningún valor de este argumento. Son, pura y simplemente, hechos sintomáticos de un estado esencial de la profesión. Las influencias educativa y profesional, obrando sobre inteligencias predispuestas, forman necesariamente una mentalidad especial que concibe como buenos y justos unos actos que el filósofo reprueba y condena.
Algunos se parapetarán en el último baluarte de las necesidades de la disciplina, y, aceptando la definición que hemos propuesto para el crimen, dirán que son crímenes necesarios, por consecuencia inevitables, hasta dignos de alabanza. Si se consideran estos hechos sin apasionamiento, admitiendo la necesidad de la disciplina, hay que negar a estos fenómenos la probabilidad de que puedan mantenerla; al contrario, son destructores de la disciplina. Y en efecto, la desproporción entre el acto motivo y la penalidad motivada, llama la atención de todo el mundo, hasta la de los individuos menos pensadores, y provoca en ellos una reacción que se manifiesta de diverso modo según su personal temperamento. Esta reacción se acrecienta al hacer la comparación entre el tratamiento infligido a los soldados y el infligido a los superiores por actos que son idénticos en todo.
En nuestra época de publicidad estos hechos son conocidos de todo el mundo, gracias a los miles y miles de periódicos en circulación. Todo aquel que los lee, reflexiona, y de esta reflexión consciente o inconsciente nace el espíritu de indisciplina. De este modo los individuos llegan al cuartel sin poseer ya el espíritu militar; serán en lo sucesivo simples sujetos militarizados que harán su servicio reaccionando, según su temperamento, de modo pasivo o activo, contra esta disciplina tan cara a los profesionales. El espíritu de indisciplina en los individuos militarizados ha acarreado un debilitamiento de la disciplina, y es de lo que se quejan sin cesar sus admiradores, los cuales proponen una severidad mayor, y, sobre todo, que no se hagan públicos estos hechos. Son proposiciones sin meditación, puesto que en nuestra época de libre examen -quiero decir socialmente libre- la publicidad no puede evitarse ni encadenarse, y una mayor severidad no haría más que activar la reacción, cuyos síntomas son múltiples, reacción susodicha que creemos nosotros moralizadora, buena y justa.
En los casos de Bordelais, Uny, O, la exacerbación del concepto «superioridad profesional» conduce a los profesionales a una curiosa manifestación: la convicción de que son omniscientes, o más sabios que cualquiera otro individuo que no sea militar de profesión. No se crea que esta concepción es únicamente propia de los jueces profesionales en este asunto; es una concepción general que en mayor o menor grado se halla en todos los individuos que llevan un uniforme o que estén simplemente revestidos de algún poder. Así vemos en estos casos que los oficiales se creen más sabios, en materia de enfermedades mentales, que los mismos médicos, del propio modo que en los asuntos Eyraud, Anastay, etc.,201 los magistrados se creyeron más sabios que los alienistas. En los militares profesionales esta convicción de la omnisciencia o de un conocimiento superior, un observador sagaz puede observarla aun dentro de los ambientes mundanos. Parece que el hecho de vestir un uniforme da al que lo viste el don milagroso de múltiples conocimientos. La profesión militar es tan superior a todas las demás, que sus miembros poseen los conocimientos más diversos; dogmatizan de ovni re scivili et quibusdam aliis.
Se pueden hacer la comprobación de este espíritu en el célebre asunto Turpin, en el que los militares profesionales pusieron toda clase de obstáculos a la adopción de un explosivo porque no fueron sus inventores, y cuando fue adoptado se lo apropiaron, se declararon autores para adquirir gloria; tan convencidos estaban de que únicamente ellos eran capaces de invención. No es esta una afirmación sin pruebas; el lector que lo dude puede consultar el libro Ministère et Mèlinite, en el que hallará todos los hechos detallados, con una correspondencia oficial muy sugestiva. En otros casos citados en varios libros se halla asimismo la misma tendencia mental a afirmar esta omnisciencia. En nuestro libro Agonía de una Sociedad hemos relatado dos casos por el estilo, referentes a los globos dirigibles y a los obuses.

No tan sólo el profesional tiende a afirmar su omnisciencia ante el paisano; también en el mismo seno de la profesión la tendencia existe cuando se trata de militares de otra rama. Los siguientes ejemplos lo demuestran:


En 1866 el comandante de infantería Chassepot presentó un fusil que la comisión de artillería no examinó. Para obtener este examen, el comandante tuvo que salir, en plena revista, de las filas, y presentar una memoria al emperador. Napoleón III nombró una comisión especial de examen, compuesta de generales. Por unanimidad, menos un voto, la comisión adoptó el Chassepot, y este voto fue el del representante de la comisión de artillería. El general Bourbaki, presidente, le dijo: «General, es bochornoso, ha votado contra lo que le dictaba su conciencia».202
En 1872, el señor Odobez, manufacturero de Morez, presentó un fusil a una comisión presidida por el general Donai, que dijo al inventor: «Estando encargada nuestra comisión de buscar el perfeccionamiento de las armas de guerra, no podemos adoptar el fusil de un paisano».203
En 1886, A. Picard, presentó un fusil, y el general de artillería Nismes, dijo al general de infantería Picard, tío del inventor: «Todo lo que se invente, tiene que llevar, ante todo, el nombre de Gras, y después otro si hubiera lugar». El general Picard hizo observar entonces: «¿Y si mi sobrino consintiera en reclamar únicamente del Estado, gastos hechos, qué sucedería? – ¡Ah, entonces -le respondió el general Nismes- cambia o cambiaría de aspecto la cuestión!». En otra conversación, el mismo Nismes, dijo: «Mientras se reserve sus derechos de inventor, me opondré a toda transformación». El general Rolland, dijo a A. Picard: «No logará nada, porque no pertenece al cuerpo de artillería». El teniente coronel Lebel, relator de la comisión, dio un informe desfavorable del fusil Picard. El mismo Lebel presentó un fusil que fue aceptado.204
El comandante de ingenieros, Ch. Renard, autor de un globo dirigible, que construyó con fondos del Estado, continúa siendo el informador en todos los proyectos del globo que se presentan al ministerio de la guerra. El comandante Penel dijo un día a este propósito: «Renard rechaza de plano todos los proyectos sometidos a la sección técnica».205
Estos casos nos ilustran suficientemente sobre la mentalidad de los profesionales que en el mismo seno de su profesión han creado una especie de clases en oposición unos de otros. La observación del general Bourbaki, lo dicho por los generales Nismes y Rolland, la aseveración del comandante Penel, demuestra este antagonismo del arma, al mismo tiempo que revelan en el general Nismes y en el comandante Rolland esta tendencia a afirmar la superioridad de un saber sobre los demás profesionales de un arma diferente o sobre un paisano cualquiera, como lo prueba la respuesta del general Donai. Al propio tiempo, el acto del comandante Renard y el del teniente coronel Lebel, aceptando el encargto de informar respecto de instrumentos de guerra del mismo género, del que ellos mismos son inventores, acto que les hace presentarse a la vez como juez y parte, revela en estos individuos poquísima delicadeza, indicio de una moralidad escasa igual a la de los que escogen a estos oficiales para que informen en estas cuestiones.
Esta pretensión a la omnisciencia, o todo lo más a la superioridad de sus conocimientos, aumenta en los profesionales a medida que aumentan de graduación. Un galón más en la bocamanga de su uniforme les parece como si reforzara su ciencia, y tan natural les parece que no conciben que se halle extraño semejante pretensión. En este orden de ideas, llegan a una infatuación ridiculísima. Expresan un pensamiento y se creen que es expresión de la verdad, no creen equivocarse, y los mismos subordinados, convencidos de la falsedad de estas ideas, las aprueban; tan monstruoso les parece ir en contra de los asertos de un individuo superior en grado. Para los profesionales, la profundidad y la multiplicidad de conocimientos son correlativas al grado.
Este estado de espíritu no es unánime, pero es general: lo prueban los ejemplos citados en diversidad de individuos. Si se reflexiona sobre la frase de un médico militar, anteriormente citado: «Todo aquel que lleva espada al cinto pretende o piensa que la sociedad se hizo para el militar», se verá mejor la generalización de este estado de espíritu. Los lectores de la Débacle se acordarán, sin duda, de que Emilio Zola ha observado este sentimiento.
Estas pretensiones, generadoras de actos criminales, tienen su origen en la concepción que los profesionales se forjan de la disciplina y de su superioridad profesional. A su paso por las escuelas especiales, de donde salen aprobados, gracias a «un trabajo maquinal y monstruoso», como escribió Taine, estos profesionales han sufrido una homogeneización de su mentalidad. «Están en ellos suprimidas la originalidad, la concepción diferencial de los hechos y de las ideas abstractas, de donde se deduce que estos espíritus no tienen ninguna idea original y hasta se oponen a la expansión de las ideas nuevas. Son rutinarios por principio y no pueden dejar de serlo, porque toda invención contradice necesariamente lo que está admitido, es decir, lo que han aprendido».206
«Al salir de estas escuelas, dice Taine,207 la fatiga profunda, la languidez, la ociosidad en el hogar o en el café y la debilidad cerebral», son fenómenos que sufren todos los que han pasado por dichas aulas.
Estos individuos, además de esta homogenización y de esta debilitación cerebral, sufren las influencias de la disciplina y de la infatuación profesional. Su consecuencia lógica es una hiper-excitación del concepto superioridad, de donde nace una reacción negativa contra toda idea que no emane de ellos, y una atrofia absoluta de la individualidad, elementos todos que hallamos en sus modos de obrar, en los ejemplos que acabamos de mencionar. En estos profesionales se desarrolla una verdadera megalomanía especial, una especie de cesarita. Los actos resultantes son, a menudo, criminales, puesto que lesionan a numerosas individualidades. Esta forma de la criminalidad militar es análoga a la criminalidad de otros detentadores de la autoridad: magistrados, funcionarios de ciertas administraciones, etc.

CAPÍTULO X
SEXUALIDAD

Nadie puede sustraerse a las necesidades genésicas. Su satisfacción no es, por lo tanto, característica de la psicología de una profesión. Sin embargo, en la militar se encuentran ciertos modos de satisfacción de estas necesidades, que, si no son especiales de la profesión, por lo menos son más frecuentes que en otras profesiones. Ya resulta banal decir que no hay guerra sin violaciones, por más que en los relatos de las guerras se hallen pocas veces narradas, pues los autores han experimentado el mismo escrúpulo que H. Gauthier-Villars experimentó al publicar el carnet del teniente Emmar. De todos modos, en los ejemplos que hemos citado se han podido observar algunos casos.


Estas violaciones no deben sorprendernos, pues la guerra tiene la propiedad de despertar la bestia que dormita en el hombre; la guerra anula los sentimientos de piedad, al mismo tiempo que suprime todo obstáculo a los instintos bestiales -supervivencia de la animalidad ancestral-, que anidan en todo humano encéfalo. Siendo la necesidad genésica una de las más imperiosas, su satisfacción se impone por todos los medios y de ahí nace la violación, porque la conquista femenina por medio de una corte ad hoc, exigirá demasiado tiempo. Por otra parte, parece que la amenaza induce al coito y a la orgía; en las guerras extranjeras o civiles, los coitos sangrientos siguen a las grandes batallas. ¡Cuántos asesinatos han terminado en orgías! Las impulsiones de algunos individuos no hallan entonces freno y el miedo al ridículo hace que los demás les imiten. Es como una especie de borrachera de sangre, que empuja los hombres a satisfacer sus necesidades genésicas por todos los medios, sin preocuparse de si perjudican o no a los demás.
Este estado es una consecuencia inevitable de la guerra, pero en tiempo de paz esta borrachera no existe, la satisfacción genésica raras veces se satisface por medio de violación. La violencia está, además, adecuada por el miedo a la penalidad consiguiente, por el temor a lo que pueda decir la opinión pública que obra sobre los individuos. Al propio tiempo la ociosidad de la vida guarnición permite conquistar las mujeres más fácilmente o queda el recurso de la prostitución, numerosa en todas las ciudades militares.
No es necesario ser un profundo observador para fijarse en que las mujeres son siempre el tema obligado de las conversaciones -reflejos de los pensamientos- de los militares ociosos. Basta haber concurrido a los cafés que suelen frecuentar los oficiales para ver que el juego y las mujeres son sus temas favoritos. Conocida es la grosería pornográfica de las canciones de marcha y la letra que adaptan a los sones de las cornetas. A título de documento psíquico de la profesión, citaré el estribillo siguiente:
¡Ah! ¡le bon curé que nous avons lá!

Quel v… de chien qu’il a,



long comme le bras.
Los apetitos sexuales parece que se excitan grandemente en el ambiente militar. Probablemente se debe a la acción mutua de unos individuos sobre otros. Si se observa una tropa en marcha, cuando encuentra una mujer por el camino se verá cómo se encienden las miradas y brotan de los labios los chicoleos groseros y repugnantes. Los mismos oficiales, a pesar de poseer mayor cultura que sus soldados, participan de esta excitación general, y muchas veces hacen coro a los soldados en sus groseras palabras. La ociosidad y la ininteligencia deben ejercer asimismo una influencia excitante sobre las necesidades genésicas, causas de un gran número de atentados a la moral común, por parte de los militares que no tienen o tienen pocos recursos pecuniarios.
«Está experimentado, escribe J. Chevalier,208 que todas las veces que por uno u otro motivo se reúne o se hace que vivan en común un gran número de individuos de un mismo sexo con exclusión del sexo contrario, nace y se desarrolla casi fatalmente, como una especie de miasma, la depravación que empuja a estos individuos a los contactos contra naturaleza; la perversión endemo-epidémica de las masas. Bajo este punto de vista son corruptoras todas las grandes colectividades, tanto si son penitenciarias, militares, religiosas, etc.»
«Aglomerar en un espacio más o menos reducido cierto número de individuos de mismo sexo y apetitos, es querer empujarlos fatalmente a la desmoralización; esta aglomeración engendra el vicio contra naturaleza con tanta seguridad como la fiebre tifoidea. Varios factores concurren a este florecimiento: el contacto inmediato, incesante, exclusivo; la habitación en común con sus promiscuidades del día y de la noche o las operaciones del tocador y las bajas funciones de la naturaleza que se efectúan a la vista de todos; la desigualdad de las edades; la imitación; el miedo a parecer ridículo y a veces las amenazas y las violencias… Los ejércitos de mar y tierra no están a cubierto de esta depravación en tiempo de paz, y mucho menos en campaña…»
Corre ha descrito que: «La aglomeración demasiado densa es mala para el hombre en la edad de ciertas necesidades, y cuando no tiene modo de satisfacerlas… Los más viciosos se convierten en pederastas, los tímidos resisten a las tentaciones perversas y se entregan a los vicios solitarios del onanismo».209
La pederastia es el vicio de las aglomeraciones masculinas y, por consiguiente, es un vicio esencialmente militar. No ataca únicamente a los soldados por obligación, individuos que se hallan sin recursos para pagare el lujo de una prostituta, sino hasta los militares por elección, a los oficiales.
No son tan raros como se cree los actos de pederastia, pero es muy difícil establecer un cuadro sobre el particular. La mayor frecuencia de esta inversión se observa en los ejércitos coloniales, en las guarniciones de los países de Oriente, donde la pederastia no es objeto de pública reprobación. Lacassagne la señala en Argelia hablando sobre todo de los soldados que no pueden pagar el amor femenino. En las compañías de disciplinarios, donde falta en absoluto el elemento femenino, la inversión sexual revista las formas más diversas (pederastia, onanismo, bestialidad, etc.), dando lugar a escenas tan extrañas, que es imposible relatarlas en francés.210
Por más que la profesión sea un ambiente de incubación de donde se extiende a la sociedad esta inversión sexual, se produce el hecho que la mayor parte de los hombres entregados a las prácticas pederásticas durante el tiempo que permanecen en el cuartel, las abandonan cuando vuelven al seno de la sociedad civil, donde les es posible el amor femenino. Su vicio no tuvo tiempo de arraigarse y tomar carta de naturaleza.
Muy al contrario ocurre con los militares profesionales. A pesar de que sus medios económicos les permiten adquirir mujeres para satisfacer sus actos genésicos, se entregan, no obstante, a los actos de pederastia, sobre todo en el ejército colonial. Lo demuestran los ejemplos que pasamos a citar:
El general Lamoriciere en carta dirigida al mariscal Changarnier escribió: «En África todos éramos pederastas, pero él continúa siéndolo aquí».211
El médico mayor del 1º spahis, en Medeah, Abril de 1891, observó afecciones anales (relajamiento del esfínter) en varios soldados. Les interrogó y supo que el autor de estos desórdenes orgánicos fue el capitán Bouis, caballero de la legión de honor. Ayudado del teniente Rocas hizo una discreta investigación, dirigiendo a consecuencia de ella un informe al coronel Vergennes, acusando formalmente de pederastia al capitán Bouis. El 21 de Abril, víspera de la inspección general, se retiró el mando del escuadrón al capitán Bouis, invitándole a que pidiera el pase a la reserva. El teniente Rocas fue enviado a Laghouat y borrado del cuadro para opción a la cruz y avance del grado. El médico Boyer contó los hechos al general inspector, el cual, junto con el comandante de La Panouse, le invitó a callarse. En el mes de Mayo Bouis se quejó oficialmente del médico Boyer, motivándole un proceso. El coronel deja de tramitar el asunto y pretende que el médico se bata con el pederasta. Se reúne el consejo de regimiento, y sin audición de testigos declara inocente al capitán Bouis y a Boyer culpable de ultrajes al honor de un militar. No queriendo apechugar con el peso de esta acusación, escribe éste último a la superioridad declarando que está dispuesto a batirse con todos los que salgan garantes del honor del capitán Bouis. Nadie se presentó. En Julio, en presencia de toda la oficialidad, el comandante de La Panouse insulta al médico y lo arroja de su presencia. Algunos días más tarde, durante la recepción de un regimiento que iba de paso, Boyer reprochó públicamente este hecho a su jefe, el cual castigó su osadía con arrestos simples, cambiados en forzosos por el coronel y transformados en arrestos dentro de un fuerte por el general. Durante la noche del 1º al 2 de Agosto, Bouis fue sorprendido en una habitación con un joven árabe desnudo, de quince años. Bouis fue conducido al cuerpo de guardia donde permaneció once horas. Se procedió a dar parte del suceso, pero el comandante, en ausencia del coronel, reivindica el asunto y da una orden de no ha lugar. El 4 de Septiembre Boyer fue retirado a la reserva y embarcado hacia Francia. Bouis pidió el pase a la reserva. Es evidente que el coronel y el comandante tenían interés en proteger a Bouis. ¿Eran partidarios del amor socrático? El fiscal de Blidah escribe al alcalde de Medeah, Sr. Daudet, invitándole a destituir a los cuatro agentes que detuvieron a Bouis; se niega el alcalde, declarando que sus subordinados habían cumplido con su deber. Todos los paisanos eran partidarios del médico Boyer, pues conocidos eran los desórdenes de Bouis. Entonces se culpó a los cuatro agentes de que habían violado el domicilio y secuestrado arbitrariamente; el asunto se llevó ante el tribunal correccional de Blidah el día 10 de Octubre. El capitán Bouis pedía 100.000 francos de indemnización. El tribunal de casación; apeló al fiscal y la causa pasó ante los tribunales de Argel que emitió su fallo en 23 de Enero de 1892 en la siguiente forma: Bouis era conocido como hombre que habitualmente hacía proposiciones deshonestas a los jóvenes; el jefe de policía no podía equivocarse sobre los motivos que condujeron a Bouis y al árabe al hotel de Oriente, casa poco recomendable; los agentes llamaron a la puerta y él mismo fue a abrirles; no hubo, por lo tanto, violación de domicilio; los agentes obraron de orden superior; tenían certeza de que en aquella casa se cometía un delito y que su deber era evitarlo. En consecuencia, el tribunal absolvió a los agentes, rechazó la demanda de indemnización de Bouis y le condenó a las costas.212
En Cho-Bo, la guardia muong (con oficiales europeos) fue pasada por las baquetas. Las faltas más ligeras se castigaban con los más espantosos castigos. Retenciones de sueldos cuyo dinero no se sabía dónde iba a parar luego. Los soldados muong servían de coolies, de boys; eran utilizados como mujeres, de grado o por fuerza, por los indígenas que les habían dado por jefes.213
En 11 de Noviembre de 1891 se descubrió un asunto escandaloso en Chalons. Un capitán de cazadores, Lefèvre, muy rico, un teniente, Plut, hijo de un general, un mariscal, Maillet -que tenía la costumbre de llevar unos calzoncillos de blonda, color rosa- y un soldado, Barre, fueron comprendidos en una causa sobre pederastia. El mariscal fue enviado a las compañías disciplinarias, el soldado también, los demás oficiales abandonaron el servicio.214
En Enero de 1893, en Tlemcem, fue objeto de violación un niño de seis años, por parte de dos militares (oficiales del cuerpo de cazadores). Su cuerpo estaba ensangrentado a golpes de espuela y tenía pegadas a la piel de su cuerpo piezas de moneda. El niño estuvo dos meses en el hospital. La justicia ordinaria tuvo que adelantarse a la ociosidad y silencio de la jurisdicción militar.215
Me atengo a estas citas. Se observará que en estos ejemplos se unen a los actos de pederastia diversos actos criminales, y entre éstos los que son característicos de la profesión. La violencia se halla en la manera de obrar de la guardia muong y en el asunto de Tlemcem; los abusos del poder se revelan en los de Medeah y de Chalons; el robo en el asunto Bouis y en la guardia muong.
En el asunto de Medeah, la solidaridad provoca el hecho escandaloso de declarar inocente a Bouis, culpable al médico Boyer de un delito imaginario, por haber osado revelar las ignominias de un pederasta y castigado a Rocas por iguales revelaciones. Públicos son los hechos, notorios, probados, y a pesar del informe voluminoso de todo un senador, el señor Dide, el doctor Boyer continúa aún sin empleo. Los oficiales se unieron a un pederasta por espíritu de cuerpo, que en este caso produjo actos criminales que perjudicaron a Boyer y a Rocas.
Igual fenómeno se observa en el escándalo de Chalons. Para todo aquel que no lleve parti pris es evidente que los simples soldados son pederastas con sus superiores por temor a los castigos de que podrían ser objeto. No se atreven, ni pueden negarse a satisfacer los lúbricos deseos de los oficiales, saben demasiado el sinnúmero de medios que poseen los superiores para fastidiar al simple soldado que se niegue a obedecer. De todos modos, es muy dudoso que un soldado se atreva a hacer ciertas proposiciones deshonestas a un oficial. Si se acepta la idea de culpabilidad, y de penalidad se deduce que el superior es más culpable que el inferior, puesto que es quien incita al acto, y lógicamente, la penalidad debe ser mayor. Pero en la práctica sucede todo lo contrario, porque interviene el espíritu de cuerpo. Así, en el asunto de Chalons quedaron castigados disciplinariamente el soldado y el suboficial, mientras que los oficiales salieron indemnes, pues no puede ser considerado como una pena el hecho de quedar fuera del cuerpo.
En los casos de Medeah, Chalons, Cho-Bo y Tlemcem, los manejos de la autoridad militar, y por consiguiente, de la esencia de los profesionales en esta profesión jerarquizada, ilustran claramente la psicología de los que ejercen el oficio de las armas. Una vez más confirman su naturaleza establecida por todos los ejemplos precedentes.



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