Psicología del militar profesional August Hamon



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CAPÍTULO VII
BRUTALIDAD FUERA DE LA PROFESIÓN

Mientras estos actos se producen en el interior de la profesión, tienen por víctimas a los subordinados, y como hemos visto, intervienen en su génesis factores que hemos enumerado. Si estos actos se exteriorizan fuera de la profesión, interviene un nuevo factor que se agrega a los demás: el desprecio, más o menos intenso, de que son objeto por parte de los profesionales, los extraños a esta «noble profesión de las armas».


Hemos notado ya la existencia de este sentimiento, en un grado más o menos pronunciado, en todos los miembros de las grandes clases sociales o profesionales. En el militar existe en su grado máximo. El militar representa, en nuestras actuales sociedades, el guerrero de antaño, siempre de casta noble, es decir, superior por su posición social al común de los mortales.

Entre los salvajes actuales, como entre nuestros antepasados, el guerrero ocupa el primer rango; durante el período histórico greco-romano sucedía lo mismo, a pesar del refinamiento de la civilización griega, en la que el arte, la política y la filosofía ocuparon un importante lugar, bien pronto disminuido por la preeminencia de Roma sobre el mundo asiático europeo. Durante el período medioeval y de los tiempos modernos, la profesión de las armas pertenecía únicamente a la nobleza, con mercenarios por inferiores y esta profesión fue durante mucho tiempo la única causa de ennoblecimiento.


Esta superioridad social del guerrero sobre los demás hombres añadía necesariamente a la misma profesión una superioridad sobre las demás profesiones. La consecuencia fue que el hecho mismo de ser aceptado en el oficio de las armas, creaba una especie de dominio sobre los miembros de las demás profesiones. El oficio, por así decirlo, ennoblecía, y este sentimiento se ha ido transmitiendo hasta nuestra época. Hasta se ha mantenido en su integridad primitiva, gracias a este hecho insignificante a priori, y no obstante, grave: el porte de un uniforme.
Este vestido especial, que permite distinguir, separar los que forman parte de la profesión de todos los demás hombres, ha tenido por resultado acrecentar el espíritu de cuerpo, mantener este concepto: los que llevan el mismo uniforme están por encima de los que no tienen el derecho de llevarlo y de los que tienen cerrada esta profesión porque son inferiores. Este sentimiento de superioridad profesional, mantenido en alto grado por un signo distintivo que revisten los miembros de la profesión, se descubre en todas las profesiones donde pasa lo mismo; por ejemplo, la magistratura. Su máximo se halla en la profesión militar, porque en ésta el signo distintivo acompaña constantemente al profesional durante toda su existencia.
Mientras que el magistrado está revestido de este signo distintivo durante el ejercicio de su función, el militar lo está siempre. Sin cesar tiene la sensación de ser diferente del resto de los hombres vestidos de otro modo, mientras que él lleva un uniforme que no pueden llevar sino hombres superiores a los demás. Al porte del uniforme se agrega el de la espada, que sólo él puede llevar, como el noble en los tiempos modernos y medioevales.
Estas distinciones exteriores que separan el militar del resto de los hombres, en los que se ha uniformado el vestido y otros signos exteriores de las profesiones, son, repito, una de las causas de que subsista y se mantenga íntegramente el espíritu del cuerpo, es decir, la concepción de la superioridad de todos estos profesionales sobre los demás humanos.
Entre nuestros antepasados de la edad antigua, igual que durante el período romano medioeval, esta superioridad del guerrero sobre el que no lo era podía justificarse en parte. Del propio modo que entre los salvajes actuales, le incumbía un papel muy importante en la vida social: la protección del pastor, del agricultor y del artesano. Ciertamente les explotaba, pero, en fin, saldaba su explotación, su parasitismo de no productor, con una protección relativa del productor. En apariencia esta protección parecía más inútil que la producción; de ahí que se considerara mayormente a los protectores provocando en éstos un orgullo profesional, de casta.
En el período moderno, como actualmente, esta infatuación del militar subiste, aunque sin razón de ser, ni siquiera sin una sombra de apariencia de razón, sobre todo en nuestra época. En efecto, en nuestras sociedades el papel que desempeña el militar, desde el punto de vista de su profesión, se ha restringido sin cesar mientras se ha ido acrecentando el del productor físico e intelectual. Esta tendencia general va aumentando con la mayor instrucción que recibimos, con el mayor refinamiento cerebral que de la instrucción se deriva, y que conduce cada día más a desechar el empleo de la fuerza brutal. Además, actualmente, con el sistema de los ejércitos nacionales, el militarismo profesional no protege nada, es la nación masculina la que se protege a sí misma. Es, pues, absolutamente irrefutable que hoy la superioridad del militar sobre el paisano resulta injustificable y es del todo irracional.
La concepción de esta superioridad no deja, sin embargo, de existir por atavismo y tan intensa, que el mismo cuerpo de la profesión se le observa en los informes de los combatientes con los no combatientes, en los informes de las diferentes armas entre sí. El siguiente extracto de una carta de un médico militar probará lo bien fundado de nuestro modo de ver:
«La poca experiencia que poseo no me hace desear de ningún modo vivir en común con oficiales. Cuántas veces he pensado en lo que me dijiste un día: «que el militarismo era una llaga social». Ahora veo que esta es una gran verdad, sobre todo, desde que puedo examinar de cerca las cosas. El militar no es más, en suma, que un accesorio dentro de la sociedad, y sin embargo, pretende o piensa que la sociedad se hizo para el militar. Cada vez que he tenido que comer con oficiales, desde la sopa a los postres, me he visto obligado a escuchar cómo mascullan el nombre paisano a cada palabra que sueltan sus bocas. Y aquí… el militar no hace más devorar detestados paisanos… y a falta de éstos, los militares se destrozan mutuamente, infantería contra artillería, marinos contra soldados de tierra… ¡Qué penoso espectáculo!»146
La concepción de esta superioridad profesional tiene que manifestarse forzosamente. Antes, aun revistiendo formas criminales, agresivas contra los que no eran militares, era, sin embargo, generadora de nobles acciones, de sacrificios hechos para afirmar esta superioridad sobre los demás hombres. Actualmente, en tiempo de guerra, todos los hombres son combatientes; el concepto de la superioridad profesional no puede ya engendrar aquellas nobles acciones, aquellos sacrificios que ejecutaban los profesionales de antaño. Por consiguiente, en nuestra época este concepto de la superioridad se manifestará únicamente por actos criminales, agresivos, contra los paisanos, visibles sobre todo en tiempo de paz. Dado que la violencia es la característica de la profesión militar, estos actos criminales revestirán formas brutales de atentados contra paisanos. Los siguientes hechos, sacados de entre centenares que podríamos citar, demuestran la exactitud de este nuestro modo de ver:
En Salzwedel, un teniente de hulanos se divierte una noche disparando su revólver en plena calle, con el único objeto de despertar a los pacíficos ciudadanos que dormían tranquilamente. No teniendo bastante con esta farsa de mal gusto, se entretuvo luego en quitar y esconder las ruedas del carro de un campesino. Este lo advierte y, para quitar al teniente las ganas de una nueva broma, le tira a la cabeza el vaso de noche dejándole hecho una sopa, y no bien oliente. Furioso el militar, que iba en traje de paisano, corre a buscar su sable y su uniforme, vuelve al lugar de lo ocurrido acompañado de unos cuantos soldados, y sin más explicaciones, de un sablazo tumba a un infeliz comerciante. Gracias a la intervención de un capitán que por allí pasó en aquel momento pudo evitarse que el teniente cargara a la cabeza de sus hombres contra los paisanos.147
En Septiembre de 1890, en Tolón. El teniente Ginalhac causó un escándalo arrestando a un soldado que se olvidó de hacerle el saludo reglamentario. Polémica en los periódicos y visita del teniente a la redacción de uno, acompañado de otros tres oficiales. Amenazas y golpes al redactor David.148 Arrestado durante 30 días por estos hechos, fue luego trasladado a Rochefort donde, apenas llegó, propina una paliza al ciudadano P… que luego resultó ser un farmacéutico de la marina de guerra y superior en grado al susodicho teniente. Se echó tierra al asunto.149
En Bolonia, Monteleone y Aquila, los oficiales atacan a sablazos a los pacíficos ciudadanos sin motivo alguno, o por el pretexto más fútil.150
En Verona cuatro oficiales del cuerpo de caballería quisieron abrazar a la fuerza y en plena calle a una institutriz, la señorita Azenti.151
En Cambray, los oficiales recorren las calles gritando a coro: «Estamos en un país de puercos», y apalean a un negociante que no halló de su gusto estos gritos.152
En Cherburgo, el teniente Husson se emborrachó de noche para agredir a Chanoin, redactor en jefe del Progrés. Saltó sobre él de improviso, y a mordiscos le destrozó una oreja.153
En la misma ciudad, el día 11 de Abril, varios oficiales de marina promueven un escándalo en la calle, rompen los cristales de las tiendas, destrozan los relojes públicos y penetran violentamente en una casa donde sabían que se iba a celebrar un matrimonio. Invitando a retirarse, agredieron a varias personas, quedando una de ellas gravemente herida. Las autoridades no les castigaron lo más mínimo.154
En Hamburgo, el teniente Blume atacó en plena calle con su compañía, porque sí, a los ciudadanos que paseaban, e hirió a muchos.155
El consejo de guerra condenó en Diciembre a dos meses de prisión a un artillero que en Luneville mató a un obrero en una disputa motivada por una prostituta.156
El 23 de Marzo los oficiales de Tolón se liaron a bofetadas con los paisanos, durante la noche.157
En Lyon, los capitanes Ritleng y Van Marlen, asaltaron la redacción de L’Action y apalearon a un redactor.158
En Erfurd, el 2 de Junio, tres oficiales sablearon de lo lindo a dos paisanos. Llega una patrulla y ordenan a los soldados hacer fuego; afortunadamente éstos no llevaban cartuchos y se limitaron a pegar con las culatas de sus fusiles.159
En Spire, el teniente Hopfner golpea al señor Wolf, redactor de la Gaceta de Spire. Fue arrestado durante 43 días.160
Tres oficiales que se paseaban por Zwickau ven a un obrero minero sentado a la puerta de una casa y le ordenan marcharse. Se niega el obrero y uno de los oficiales le hiere gravemente con su sable.161
En Hanoi, el capitán Le Blois apaleó al periodista Levasseur y, según parece, por orden del general Reste.
En Grenoble, durante un incendio, para desalojar un patio, el teniente M… arrolla e injuria al fiscal y periodista Couturier de Royes.162

En Reims, en Abril, durante la noche, tres oficiales, uno de uniforme, se distraían golpeando la capota de un coche de alquiler. El cochero les observa que aquello no está bien hecho y los oficiales le insultan. Disputan; el cochero suelta un latigazo y se larga. Los oficiales se lanzan tras él y el teniente S hiere al cochero tan brutalmente en la cabeza, que la sangre manó en abundancia. Se interponen algunas personas y un agente detiene a los oficiales, que intentaban escaparse.163


En Strasburgo, un carnicero que iba con su carro, atravesó por entre dos compañías que volvían de hacer ejercicio. Esto no fue del agrado del teniente, que derribó de un sablazo al carnicero.164
En Colmar, en una calle desierta, varios oficiales, que sin duda iban borrachos, hostigan a un viejecito perteneciente a las notabilidades de la ciudad. Indignado éste, les trata de mal educados; echan aquéllos mano a lo sables y después de golpearlo con fiereza lo abandonan, dejándolo gravemente herido.165
En Magencia, el teniente Lucius, hijo de un antiguo ministro, se divierte en un café llamando «puercos» a los concurrentes y arrojándoles al mismo tiempo monedas de cobre a la cara. La emprende luego con dos comerciantes, injuriándoles, y les obliga a saltar por encima de su pierna extendida, amenazándoles con su sable. El mismo teniente intenta otro día golpear con su sable al guarda de un jardín público, que quiso impedir que el caballo del oficial devastara el parterre.166
En Berlín, el 20 de Mayo, un oficial de infantería da en plena calle varios sablazos a un señor anciano, por el enorme delito de ir acompañado de un falderillo, que no fue del agrado del dogo que acompañaba al oficial.167
En Spire, un periódico criticó a un oficial. Acompañado éste de dos compañeros van a las oficinas del periódico, con el propósito de agredir a su director, que les arrojó una silla en la cabeza. Desenvainan los sables, les amenaza con el revólver un periodista y aquéllos huyen.168
En Durbach, un joven empleado, novio de una muchacha, injuria a un teniente que había sido su amante. Este le arma una emboscada y le dispara su revólver. El teniente no fue perseguido, el empleado tuvo que sufrir un mes de cárcel por insultos a un oficial.169
En 20 de Marzo, en Coblenz, el teniente Von Salisch mata de un sablazo a un empleado del comercio, llamado Weimann, que pasaba por la calle. El Consejo de guerra lo condenó a un año de prisión, pero el emperador Guillermo lo indultó en seguida. La madre de la víctima, indignada de este indulto, dirige una carta insultante al teniente. Este le arma un proceso y la madre fue condenada a 30 marcos de multa.170
En Berlín, el soldado de centinela Luecke hace fuego sobre dos obreros, mata a uno y hiere gravemente al otro. Sus superiores le felicitan calurosamente y le llenan de gratificaciones. El emperador Guillermo II, en una revista, le dice que «su acto es un honor para el regimiento a que pertenece». Le dio un apretón de manos, le tuteó, le nombró soldado de primera clase y luego, le mandó su retrato con una dedicatoria.171
Todos estos hechos son típicos y buen número de ellos nos recuerdan precisamente las diversiones de los nobles señores de antaño, que redundaban en detrimento de los villanos. Péquenle a un villano y los adorará, adoren a un villano y les pegará, dice un viejo refrán, que sin duda no ignoran los profesionales, por lo visto; pero viendo las respuestas de los paisanos, nos parece que éstos no están ya en disposición de adorar a quien les golpea.
En todo caso, el militar no pierde gran cosa apaleando a los simples ciudadanos. En efecto, en todos los casos análogos raras veces se procesa a los militares; todo queda limitado a meros arrestos de poca monta. Cuando la justicia interviene es para mostrarse paternal con los militares, pues, como dijo el señor Arssaud, fiscal de la República, existen costumbres seculares de alta cortesía y de deferencia entre el Ejército y la Magistratura.172 Si se tratara de paisanos la cosa cambiaría de aspecto, la justicia no se mostraría tan benigna. No insistamos; hagamos observar simplemente este fenómeno para hacer notar que ella también contribuye al mantenimiento de estos hechos brutales.
Obsérvese, además, que estos hechos brutales desarrollados dentro y fuera de la profesión, son más frecuentes en Alemania que en Francia. En Alemania, todo individuo revestido de uniforme ocupa una situación mucho más preponderante que en Francia. Es un país más militarizado que el nuestro. Esta preponderancia conduce inevitablemente a la convicción de una extrema superioridad sobre los demás hombres. De esta convicción al concepto de que todo les ha de ser permitido no media más que un paso, y fácilmente se franquea. Los efectos no tardan en dejarse sentir. Los hechos están para demostrarlo.
En estos actos de violencia es donde mejor puede notarse la influencia del medio profesional sobre el individuo. En efecto, los mismos motivos que impulsan a los militares a obrar brutalmente, como en estas agresiones salvajes a los periodistas, no provocan en los paisanos más que actos pacíficos. Raras veces se observan actos brutales en los hombres salidos de una misma cepa social: médicos, magistrados, hombres de ciencia, artistas, ingenieros, etc. Las causas de la forma «violencia» de la criminalidad militar no pueden buscarse en la educación familiar y social, puesto que estos elementos los hallamos idénticos en la etiología de la criminalidad, de forma diferente en los profesionales que acabamos de nombrar. Lógicamente nos vemos conducidos a ver en esta forma criminal la influencia de la profesión militar que, como hemos dicho, obra sobre encéfalos predispuestos.
La irresponsabilidad se impone para los autores de estos actos de brutalidad cometidos dentro y fuera de la profesión. Estos actos no son más que la resultante de componentes que, dadas las circunstancias y el medio, no podían dejar de producirse. «El individuo, ha escrito Herzen,173 es libre de hacer lo que quiere cuando la ejecución de la volición no ha sido dificultada; pero no es libre de querer lo que quiere, pues estas voliciones son el producto de su organización física y psíquica, en parte heredada, en parte elaborada por las circunstancias en medio de las cuales se ha desarrollado y se halla actualmente». Los autores de estos actos no eran libres de no querer cometerlos, y como eran libres de ejecutar su volición, necesariamente cometieron estos actos criminales. Donde hay necesidad no puede haber responsabilidad.

CAPÍTULO VIII
GROSERÍA DENTRO Y FUERA DE LA PROFESIÓN

En todos los ejemplos que he citado se observa, al lado de la brutalidad actuada, otra brutalidad verbal o grosería, forma atenuada de la primera. La hiper-excitación debida al ejercicio de un poder ilimitado y la exacerbación del sentimiento de superioridad profesional, agregadas a la característica violencia, hemos visto que conducen a las manifestaciones de brutalidad, lo mismo con los subordinados que con los paisanos; estas mismas causas, obrando sobre individuos de temperamento menos violento, conducen únicamente a la grosería.


La mayoría de los profesionales está afectada de brutalidad, pero la unanimidad de estos es grosera. No hay exageración al decir esto, lo prueban los hechos. No hay ningún individuo que haya pasado por el cuartel que no testimonie esta grosería. Parece inherente a la naturaleza misma de la profesión y desde las más bajas injurias llega hasta las simples insolencias. Digo que es inherente a la profesión, porque es un espectáculo interesante para el observador ver de qué modo difiere el profesional según esté en el cuartel o en los salones de la sociedad. En estos, dado el ambiente mundano, será educado, galante, atento, hombre de mundo. En el cuartel, el mismo individuo blasfemará como un carretero, vociferará -expresión que ya pinta lo que es- como un golfo. Las palabras más sucias salen sin dificultad de los labios, que, en otro lugar, vertían madrigales. Estas injuriosas soeces las dirige a hombres, a sus subordinados, los cuales, ante la amenaza de los reglamentos militares, no pueden responder y están obligados a sufrir estas groserías, profundamente heridos en su dignidad de hombres.
Y estas heridas son tan intensas, aun para hombres de poca cultura, que las reacciones se producen y en algunos son inmediatas y manifestadas por rebeliones que conducen a sus autores ante los consejos de guerra que a veces les condenan a la cárcel o a la última pena. En otros individuos, la mayoría, la reacción es menos perceptible, aunque existe, y crea en el ser un rencor latente hacia el oficial, rencor que se exterioriza, cuando el individuo se ha alcoholizado, por injurias o actos brutales hacia los superiores. En los individuos de carácter más dulce se manifiesta en múltiples recriminaciones. En los intelectuales que pueden manejar una pluma, este rencor provocará las novelas antimilitares, simples fotografías de la vida militar. Así se han producido, el Cevalier Miserey, de Abel Hermant; el Nommé Perreux, de Pablo Bonnetain; Au port d’armes, de Enrique Févre; las Miséres du Sabre y Sous Offs, de Luciano Descaves; Eléve Martyr, de Marcelo Luguet; Biribi, de G. Darien; la Gamelle, de Juan Reibrach; Sous Offs cassé, de E. Gachot; los Offs, de Marcial d’Estoc.
Siguiendo el método empleado en el curso de este ensayo, pasemos a citar algunos casos de grosería:
En Brescia, el general austriaco de Lusignan insultó «de un modo atroz» a los franceses enfermos en los hospitales de la ciudad.174
En Saint Dié, los oficiales del 10º cazadores no dejan escapar ninguna ocasión para insultar a los paisanos. El comandante Didiot ha provocado un escándalo: cuando llegó el ministro Develte, el capitán Gangloff se encontraba, de uniforme, ante el municipio, esperando su introducción. El comandante le ordenó marcharse en términos poco parlamentarios, delante de un millar de personas. Los oficiales se portan de modo muy incorrecto (correrías por las cervecerías acompañados de prostitutas a las que endosan el kepis y hacen llevar el sable, e insultos a los paisanos).
En Lyon, en el arsenal de Mouche, el teniente Steeg es el terror de los obreros, tanto militares como civiles; no hace más que blasfemar y amenazarles y llamarles puercos.
En Belford, 42 de línea, el capitán Grosset respondió a sus soldados que reclamaban más comida: «ya haré meter un cubo más de agua en la marmita».
El capitán Gachet del 8º regimiento de infantería de marina, trata a sus soldados altiva y groseramente y les llama «banda de puercos».175
En 1889, en la cámara de diputados de Baviera se dijo de un oficial de Ingolstadt, que no dirigía palabra a sus hombres que no les llamara «cabezas de puerco», y otras amenidades parecidas. Muchos oficiales escupían a la cara de dos soldados durante las maniobras.
En el Journal des Instituteurs, y con el título «Six semaines gaies», hallamos la relación de las groserías hechas por los oficiales alemanes a los instructores durante el período de la instrucción militar, que duró seis semanas de otoño, en Osterode. He aquí algunos casos:
«Apresúrense, instructores, porque, de los contrario, prensaré sus piernas de carnero hasta que salga toda la grasa», «Y tú, gran bestia, ¿has venido aquí para ser aún más bestia de lo que eres?» «Hoy encontré un instructor y me ha mirado igual que un buey mira la puerta del establo». «Sus bocas funcionan demasiado, hablan sin cesar, y sin embargo, son los más bestias de la compañía». «Maldita carroña». «Puerco rinoceronte». «Cola de mono».176
Durante las maniobras de 1891, el médico mayor, Doursot, trataba de gandules a sus hombres cuando la fatiga les hacía caer extenuados en la carretera, después de unas marchas de 30 a 35 kilómetros, en pleno sol y con la mochila al hombro.177
En Tours, el 20 de Septiembre, un oficial de dragones, el marqués de X, estando en el Alcázar, insultó groseramente al ayudante de servicio que había hecho algunas observaciones a unos oficiales demasiado alborotadores. «Me cisco en usted y en su consigna» -le dijo el marqués oficial.178
Un teniente del 3º húsares, Des Marands, insultó groseramente a los reservistas: «Cochinos padres de familia, llenos de sopa y miseria; esperen, que voy a reventarlos».179
El coronel Lenormand, del 11º húsares, trataba de este modo a sus hombres: «Brutos, estúpidos, puercos. Enciérrenme este puerco en la prisión». El comandante Hombres era más grosero aún que el coronel.180
El día 6 de Abril de 1892 el señor P. Lordón daba cuenta en el Echo de París del concurso hípico, y escribía: «El señor G. Clolus vio su éxito comprometido al saltar un obstáculo, y, demostrando, se arrojó cuan largo era sobre la pista. Que me permita esta ligera crítica».
El periodista recibió al día siguiente la siguiente carta:

«Señor:
Comprendo que critique usted a jockeys o a los palafreneros, pero no a caballeros y a oficiales. Le prohíbo terminantemente ocuparse de mi persona. Para esto, mi único derecho es el del más fuerte y espero probárselo si tiene la desgracia de criticarme de nuevo. Dese usted por advertido.


G. Clolus
Teniente del 28º Dragones

22, avenue Rapp»181



En 1881 se suicidó en el Tonkin el cabo Philibeaux, a consecuencia de un acceso de fiebre. En el parte dijo el coronel Laurent: «Después de todas estas consideraciones, declaro que el cabo Philibeaux ha muerto cobardemente, faltando a sus deberes, y no merece más que el sepulcro de los cobardes; no le acompañará al cementerio ninguno de sus camaradas, dos annamitas bastarán para meterlo en un agujero cualquiera. El sargento encargado del pelotón de torpes cuidará de que sea enterrada su carroña».182
En Cahors se suicidó el capitán Deschamps. Se le hicieron solemnes exequias, con música; la compañía, delegación de oficiales, en general y el coronel asistieron a sus funerales.183
El sargento Aubriot, del 143º de línea, en Carmaux se suicidó para escapar a un castigo -había salido del cuartel sin permiso-. El comandante Debar dijo a los soldados: «Muchachos, la oración fúnebre de su sargento pronto estará dicha; no es más que una carroña, un trozo de carne bueno para que se pudra en un hoyo».184
En Strasburgo se suicidó un soldado y fue enterrado por la tarde. Cuatro hombres llevaron el ataúd, sin ninguna corona, sin que nadie le acompañara. Fue arrojado a la fosa sin más ceremonia. «El entierro de un perro, se lee en el XIX Siécle (2 de Octubre de 1892), habría sido rodeado, seguramente, de más atenciones».
Estos pocos ejemplos son característicos del estado de alma del profesional. La diferencia de conducta de los superiores, según se trate del suicidio de un soldado o de un oficial, es bastante instructivo. Demuestra, sin posibilidad de objeción, que el ejercicio del poder ha atrofiado de tal modo la mentalidad de los que lo ejercen, que han llegado a considerarse como de una clase superior a la de sus subordinados. El caso de Clolus demuestra que esta hiper-excitación autoritaria es tal, que aun enfrente de los hombres de la misma clase social, se entregan a manifestaciones de grosería completamente ridículas.
El crimen -es decir, todo acto que lesiona la libertad individual- comprende, por su misma definición, la serie de actos de idéntica naturaleza que tienen un carácter común: la lesión; pero todos estos actos criminales no son del mismo grado. La grosería, tal como se le observa en el ambiente militar, con la imposibilidad, para el injuriado, de hacerse respetar, constituye asimismo un crimen de igual naturaleza, pero de grado diferente, que las manifestaciones criminales que hemos señalado. Como hemos dicho, esta grosería es inherente a la profesión. Consideren, en efecto, a los individuos de la misma capa social de los militares profesionales, es decir, a los hombres de ciencia, magistrados, escritores, ingenieros, artistas, profesores, y no verán en ellos esta grosería. Y sin embargo, tienen una análoga educación familiar y escolar y viven en idéntico medio ambiente. Esta grosería, es, pues, una manifestación de los efectos de la profesión sobre los que la eligen.



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