Psicología del militar profesional August Hamon


CAPÍTULO IV EFECTOS DE LA PROFESIÓN SOBRE LA MENTALIDAD DE SUS MIEMBROS



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CAPÍTULO IV
EFECTOS DE LA PROFESIÓN SOBRE LA MENTALIDAD DE SUS MIEMBROS

Acabamos de ver cuál es la naturaleza del oficio de las armas y que la violencia es su característica. No es necesario haber sido soldado para saberlo; basta un poco de reflexión.


Los individuos que por vocación escogen este oficio, revelan con su elección una propensión natural a la brutalidad. No ignoran que la función del militar consiste en matar, y a pesar de saberlo entran a formar parte de esta profesión. Poseen ciertamente estos individuos una organización fisiológica que les hace más aptos para llenar las condiciones mortíferas de la profesión militar que los demás hombres, que por su modo de ser escogen el comercio, la industria, el arte, la ciencia. Los militares profesionales se reclutan en la clase rica (nobleza y alta burguesía) y en la clase media. La fuente de este reclutamiento es poco más o menos la misma que para los cuerpos médico, profesorado, magistratura, hombres de ciencia, artistas, literatos, ingenieros. Todos estos individuos de estas diversas profesiones pertenecen a una misma capa social, generalmente de espíritu cultivado, de modales pulcros, muy alejados de la brutalidad.

Un cierto número de militares profesionales lo son, si así puede decirse, hereditariamente; hijos y descendientes de militares profesionales, ingresan a su vez dentro de la carrera, predispuestos a una rápida adaptación por su organismo hereditariamente determinado, por su educación familiar sometida a la influencia de la profesión paternal.


Los individuos que eligen la vida militar pasan en su mayoría por escuelas especiales, donde reciben una educación particular que será tanto mejor cuanto más les apropie a la misión que les incumbe, es decir, a la guerra. Necesariamente resulta de ahí la glorificación de todos los grandes conquistadores, y, como consecuencia inevitable, la de los actos que inevitablemente acompañan las conquistas, los combates y las batallas. Estos aspirantes a la profesión militar viven dentro de una atmósfera particular en la que aparece como objetivo de sus esfuerzos la imitación de los grandes hombres de guerra. Hanníbal, César, Tamerlan, Gengiskhan, Carlomagno, Wallenstein, Tilly, Condé, Turena, Mauricio de Sajonia, Bonaparte y su pléyade de generales, Moltke, etc., les parecen envidiables por las ilustres acciones que ejecutaron.
En candidato al oficio de guerrero vive por entero sumergido en este mundo de destrozadores de pueblos y de ahí que surja en él la concepción de una infinita superioridad de estos hombres sobre el resto de los humanos. Del mismo modo que el pintor coloca a sus ilustres predecesores los Holbein, los Rafael, los Miguel Angel, los Rubens, los Murillo, etc., por encima, de la filosofía, del arte médico, oratorio, etc., del propio modo el militar no ve hombres que igualen a sus héroes.
Debido a esta educación apropiada, sufriendo como todos los seres la natural facultad de imitar, el militar profesional se ve empujado hacia la imitación de estos héroes durante el estado de guerra, al mismo tiempo que durante el estado de paz se ve empujado a mantener su modo de obrar. Claro que el ambiente social reacciona sobre esta tendencia para atenuar estos modos de obrar según la interna disposición de cada uno, y de ahí resulta que durante el estado de paz estos modos de obrar sean idénticos en naturaleza a los observados en tiempo de guerra, pero siempre en un grado de intensidad menor y en formas más o menos diversas, según el estado cerebral de cada individuo. No tenemos por qué ocuparnos de ellas en esta memoria en que estudiamos la criminología profesional, es decir, los caracteres comunes a estas formas, caracteres determinados por la profesión.
«Cada uno de nosotros, ha escrito Marandon de Montyel,82 lleva en su cerebro un criminal que dormita y cuyo despertar depende, en parte, del grado de su letargo, en parte del grado del excitante, de modo que el delincuente de mañana, según las circunstancias, tal vez sean ustedes, tal vez yo mismo». Citado este profundo pensamiento del alienista y criminalista, yo agregué:83 «Hasta se puede decir que el criminal no dormita en el cerebro, sino que está bien despierto». Veamos bajo qué forma este despertar se manifiestan en los militares profesionales.
La violencia es la característica de la profesión militar durante el estado de guerra. Está conforme con la lógica que, en tiempo de paz, se observen formas atenuadas de esta violencia. Sería, en efecto, irracional, ver individuos, violentos en período de guerra, convertirse en ángeles de dulzura en tiempo de paz. Se podría objetar que habiendo cambiado las condiciones mesológicas, los efectos también deben resultar modificados. Lo son efectivamente, pero de grado, no de naturaleza. Esto es bien comprensible, pues en tiempo de paz las condiciones mesológicas del militar profesional no difieren tanto como se cree a priori, de las que existen en tiempo de guerra. Si bien no tiene un enemigo contra el cual poder ejercer la violencia, le queda el subordinado, que el profesional considera como inferior, como que vale menos que él; un ser a quien se puede molestar indistintamente; un individuo de otra clase diferente a la suya. Y le queda asimismo el paisano, que, más aún que el subordinado, es un extranjero para el militar de profesión. Si no lo considera de otra raza, lo considera, sin embargo, de otra casta, que no puede compararse con él que tiene el honor de llevar el uniforme. Un mundo les separa: el Oficial, y el «Paisano», calificado así, en tono despreciativo.
Existe mayor afinidad entre militares profesionales de diferentes pueblos que entre el paisano y el oficial de un mismo país. No hay que extrañarse de esto. Siendo el mismo el objetivo de los ejércitos en todos los países, la educación ha de ser análoga en todos ellos. De esta educación resulta un mismo estado de espíritu, una misma manera de ser, análogas concepciones, apenas modificadas por las diferencias de caracteres de los individuos y de las naciones. Por lo demás, esta analogía de profesión y de clase, que hace se considere inferiores o extranjeros a los individuos que no ejercen la misma profesión o que no pertenecen a la misma clase social, aunque sean de un mismo país, la observamos en un gran número de profesiones y de clases sociales.
A los ojos del observador de los fenómenos sociales, el obrero francés, por ejemplo, aparece más cercano del obrero alemán que del capitalista francés. El artista tiene mayor afinidad con el artista de otra nación que con el burgués de la suya. Un literato considera más al literato extranjero, que al militar y al banquero de su propio país. Este estado de espíritu, observable en las grandes divisiones profesionales y sociales, no es más que la transformación del espíritu de clase por que ha pasado la humanidad en una época anterior.
Es espíritu de clase ha evolucionado con el acrecentamiento de la colectividad que abarca. Primero quedaba restringido a la pequeña tribu y dentro de la tribu a la profesión; con el tiempo se ha ido haciendo extensivo a la nación y dentro de la nación a la profesión, después a las profesiones análogas, formando así grandes divisiones. Gracias a la rapidez de las comunicaciones y a la uniformidad que se produce en los pueblos de civilización aria, esta expansión se ha acrecentado, y ante el espíritu de clase y de profesión, las fronteras han caído. Hasta se puede prever que la evolución continuará, que este espíritu de clase abarcará cada vez más colectividades mayores. Ya ciertos filósofos comunistas, seguidos y escuchados por una minoría importante, preconizan y demuestran la equivalencia profesional. Como consecuencia, resultará la desaparición de este espíritu profesional. A consecuencia de la evolución social, debida a las transformaciones económicas, también las clases están llamadas a desaparecer, y como consecuencia también, este espíritu de clase desaparecerá a su vez. Este es un porvenir acaso próximo; pero hoy no ocurre, el espíritu profesional existe, y en el militar se halla en su grado máximo.
Esta comprobación no puede efectuarse si se estudia al profesional en el mundo o en un salón donde se codean militares e industriales, banqueros y literatos, etc. Este es un ambiente neutro, en que las características profesionales e individuales desaparecen, salvo a los ojos de un observador muy sagaz y atento. En este medio mundano tienen todos los individuos un barniz que vela, a los ojos del observador poco atento, la esencia individual y profesional, que crea momentáneamente otro modo de ser, debido a la educación refinada, a los roces mundanos y a la compañía de las mujeres. En un salón, el Yo del oficial, del sabio, del banquero, bajo la influencia del medio, queda superficial y momentáneamente modificado. Esta modificación desaparece desde el instante que el individuo se halla de nuevo en su medio natural y reaparece cuando vuelve al ambiente mundano. No es, por consiguiente, ahí donde hay que observar al militar profesional para conocer la forma criminal característica de la profesión. Hay que observarlo en el cuartel, en el ejercicio de su profesión en tiempo de paz, y en el medio civil, cuando los «paisanos» no pertenecen a la misma capa social suya.
CAPÍTULO V
DESPRECIO DE LA VIDA HUMANA Y DE LOS SUFRIMIENTOS FÍSICOS

Hemos visto y dicho que la violencia es la característica de la profesión militar y que ella revela una anestesia moral más o menos profunda. Lógico es, por lo tanto, que en tiempo de paz, los actos de estos profesionales demuestren un desprecio por la vida humana y por los sufrimientos físicos o morales, indicio seguro de una anestesia moral. Esto es lógico y los hechos lo apoyan. Me limitaré a citar algunos:


En Julio de 1890, durante una marcha por los Alpes, tres hombres del 6º de cazadores sucumbieron a la fatiga, uno de ellos completamente extenuado por el calor. Bajo la orden imperiosa de su jefe, este pobre infeliz se levantó, cayó de nuevo; por fin, haciendo un esfuerzo sobrehumano y abandonando su equipo, pudo acabar la etapa. Su jefe le intimó entonces la orden de ir a buscarlo; quiso obedecer el soldado, pero a los pocos pasos que dio, le faltaron las fuerzas y cayó muerto.84
En Julio de 1891, durante unas marchas militares por los alrededores de Bassano y de Empoli (Italia), varios soldados murieron de fatiga. La madre de uno de ellos, manifestando su amor maternal, con la mayor energía, intentó matar al capitán.85
En Argelia, durante una marcha, un hombre cayó enfermo. Dos soldados lo conducen ante el comandante, que les dijo: – «¿Pero no ven que está borracho como un puerco? Denle de puntapiés y si no quiere andar ya le arreglaremos con quince días de arresto». El hombre fue, efectivamente, arrestado; pero el médico que lo reconoció le envió al hospital, donde murió al cabo de pocas horas.86
El 3 de Septiembre de 1891 (maniobras del Este), quinientos hombres flaquearon ante los rayos del sol y la fatiga de las marchas; cincuenta estuvieron gravemente enfermos, cinco murieron. A pesar del calor, el comandante no ordenó la marcha hasta después de las siete de la mañana.87
En Agosto de 1892, a pesar de las observaciones del médico militar, el coronel francés Grenoble, hizo continuar una marcha con una temperatura de 31º a la sombra. Hubo algunos muertos y fueron numerosos los enfermos. El coronel fue arrestado durante ocho días.88
Un hecho en Rueil. Un muerto. Contrariamente a lo que dispone el reglamento, no había médico en la marcha.89
En el 89º de línea estacionado en Courbevoie, durante unas marchas militares, los soldados llevaban todo el peso máximo de su equipo, más dos kilos y medio de arena en una caja. Con esta sobrecarga los soldados regresaron extenuados (Le Radical, 9 de Abril de 1892).
En Astrowo (Rusia), el mayor de la guarnición condenó sin forma de proceso a un guarda de polvorín, padre de familia, a recibir 200 golpes de Knout, por infracción de la disciplina. La víctima de este tratamiento sucumbió a las pocas horas.90
El doctor Skariatine, médico militar ruso, declaró cuando le procesaron «que había visto en el ejército un desprecio tan profundo por la vida y por la personalidad humana y un robo tan escandaloso que nunca hubiera creído pudiera ser posible».91
En Odessa, en un embarque de soldados, el mar estaba alborotado y las barcazas eran de fondo plano. Skariatine se dirigió al comandante del puerto y le rogó no colocara a los soldados cerca de las bordas porque podían caer al agua. «Vaya una desgracia si caen, respondió el comandante. Es una mercancía que abunda; no como los caballos, de los cuales hay que dar cuenta».92
Durante la revista de un regimiento efectuada por el general de brigada, el soldado Pietrenko estaba enfermo en la ambulancia. El comandante del escuadrón le insultó porque osaba guardar cama y le intimó la orden de levantarse y pasar al escuadrón para ser castigado. El médico se opuso. Tan enfermo estaba el infeliz, que tuvo que dársele la licencia por inválido.93
El soldado Reboullon, del 96º regimiento de infantería alemana, enfermo, pidió al oficial que le eximiera de prestar servicio, y se negó éste. Por la noche, el soldado se suicidó, para escapar a los sufrimientos. A sus camaradas, que pidieron se abriera una investigación, respondió el coronel: «No es posible que se trate mal a los soldados de la 11ª compañía, no quiero creerlo».94
En Neisse (Alemania), el mayor Heinrichs y el teniente Morgen, al parecer borrachos, ordenaron a sus soldados que pasaron el río Naisse a nado, vestidos y con todo su equipo de campaña. De doscientos hombres, siete se ahogaron, veintitrés fueron llevados luego al hospital enfermos.95
En Dunkerque, Enero de 1891, durante unas maniobras, hubo soldados que quedaron con las orejas y manos heladas y fue necesario amputárselas a varios.
En un periódico de la misma época se leía: «He visto a cabos, sargentos y oficiales que hacían observar a sus soldados la inmovilidad más absoluta y rigurosa, mientras que el aire cortaba la cara, amorataba las manos y helaba la sangre dentro de las venas. Daba lástima ver a aquellos muchachos los esfuerzos sobrehumanos que hacían para no dejar caer el fusil, cuyo metal parecía soldarse a las manos doloridas. El sufrimiento se leía en todos los ojos, desmesuradamente abiertos, pero los jefes parecía que se complacían en este ajeno martirio, que agravaban con sus insultos y amenazas».96
«Los abrigos eran insuficientes para preservarnos de las insolaciones, mientras nuestro coronel X se instalaba cómodamente al amparo de una pagoda, con centinela a la puerta, y con orden de impedir que nadie entrara a molestar su siesta».97
Del diario de un zuavo, redactado durante la travesía de Francia al Tonkin, extraigo estos pasajes. – «29 de Mayo: Nuestros oficiales inauguran el régimen del terror; a partir de hoy los castigos menudean como si estuviéramos en tierra. Con el calor que nos aplasta, esto es una verdadera tortura. – 1º Junio: las amarguras que sufrimos son indescriptibles. Entre las numerosas vejaciones que más nos exasperan he aquí una: A bordo del Cachar, los graduados, oficiales y suboficiales disponen de dos veces más espacio que los mil hombres de tropas embarcadas. Imposible respirar en una atmósfera pestilente como ésta. Tenemos muchos enfermos y esta falta de aire y de espacio no dejará de aumentar su número» (L’Action, 14 de Abril de 1892).
El día 10 de Mayo de 1892, en el cuartel de Bellechasse (París), murió un soldado abandonado en un cuarto infecto, solo, sin un médico, sin un compañero siquiera que lo asistiera. De la investigación efectuada por Gaston Mery y que fue confirmada por el démenti oficial, resulta: «En este cuartel existe una enfermería para los caballos, pero no para los hombres. Este desgraciado estuvo solo durante todo el día, los demás hombres estaban fuera del cuartel. A las cuatro agonizaba. Se fue en busca del médico y no compareció. A las seis el soldado murió». «Ocurre lo mismo en Bellechasse -nos dijo un soldado-. – Hace pocos días el sargento Labia cayó enfermo de fiebre y tardaron cuatro días en medicinarlo» (La Libre Parole, 14 y 16 de Mayo de 1892).
En 1890, el ministro de la guerra francés invitaba a los generales a que hicieran cumplir las prescripciones del reglamento concernientes al servicio interior de la tropa. La circular ministerial fue motivada por el hecho de que cierto individuo, detenido en una prisión celular, sufrió tanto frío en ella que le ocasionó tales desórdenes orgánicos que le dejaron imposibilitado para todo servicio ulterior.98
El 13 de Febrero de 1868, durante una ejecución militar en Italia, los soldados del pelotón no dispararon o apuntaron mal. Un oficial cogió por el brazo a un soldado y le obligó a descargar su fusil a quemarropa sobre el condenado. Dos días después el pobre muchacho murió de una conmoción cerebral.99
El 15 de Agosto de 1863, en Licata (Sicilia), un jefe dio la siguiente orden: «Si mañana a las cinco no se han presentado aún los refractarios y los desertores, cortaré el agua a la población y daré orden de que nadie salga de su casa, so pena de ser fusilado y de otras medidas más rigurosas».100
El 5 de Diciembre de 1863 el diputado por Ondes Reggio señaló a la Cámara italiana el siguiente hecho: «a un sordomudo le han quemado las carnes para asegurarse de su enfermedad».101
Relatando la comparecencia de un soldado ante el consejo de guerra de Grenoble, en Diciembre de 1885, el abogado Alberto Bataille, cronista del Figaro, escribió: «Hemos retrogradado hasta 1789. Creíamos que la Revolución había abolido la tortura y no es verdad. He aquí lo que ocurre cien años después, en las prisiones militares. Para castigarlo por su vivacidad, la autoridad militar hizo sacar de su prisión al soldado Gheslin, condenado por deserción, detenido en la cárcel de Cherche-Midi, y le condenó a noventa días de celular. El desgraciado fue encerrado en un calabozo del fuerte Barrau, en el Isére. Entiéndase bien que estuvo noche y día encerrado de este modo. Se le dio por todo alimento 750 gramos de pan cada día y un poco de agua; el jueves y el domingo un poco de sopa. En vano este joven de veinte años, grande y fuerte, se quejó de hambre a sus carceleros; en vano estaba comprobado que Gheslin sufría de bulimia y que en el regimiento necesitaba seis libras de pan diarias. Durante treinta y dos días se le dejó morir de inanición en su celda con su libra y media de pan y su escasa sopa dos veces a la semana, hasta que pasado este tiempo fue atacado de locura furiosa. Bajo el imperio de las alucinaciones que atormentaban su cerebro, debilitado por tan largo ayuno, destrozó sus vestidos, y cuando el ayudante Boussy, uno de los guardianes del fuerte, entró en su cuarto, el soldado se arrojó sobre él y le dio un puñetazo en la cara. Aquel pobre muchacho iba a una muerte segura para escapar de sus sufrimientos, ya que el consejo de guerra le esperaba, y tal vez lo sabía». El consejo de guerra le condenó a diez años de trabajos forzados. Bataille agregaba: «En el curso del proceso de Grenoble el vigilante jefe de la prisión ha declarado que todos los detenidos en el fuerte Barrau se quejan de hambre. Es abominable y ya es hora, de que se ponga término a este régimen odioso».
En 1892 «este odioso régimen» subsistía aún, pues en el Figaro del 10 de Febrero se lee: «Un convoy de prisioneros militares acaba de salir de París con destino a Grenoble. Van a sufrir la condena de noventa días de prisión, impuesta por insubordinación, en el fuerte Barrau, en el Isére. El fuerte está situado en una altura y los calabozos son en extremo fríos en invierno. Los muros «lloran», según la expresión pintoresca de los que han sido encerrados entre ellos; es decir, que la humedad es atroz. En el fondo de cada celular está fijada una barra de hierro con argollas para sujetar a los encarcelados. Durante los primeros quince días el preso permanece atado de pies y manos. El resto del tiempo de la condena se hace según el régimen ordinario de aquel celular. El detenido que ha sufrido un castigo semejante no lo olvida jamás. Tan riguroso es, que de allí se sale para ir sin falta al hospital… en espera de ser expedido a las Compañías coloniales de disciplina de la Nueva Caledonia».
Se observará que esta «horrible vida» la inflige el reglamento militar y que los que la sufren son individuos condenados por deserción, insubordinación, etc., actos que no son infamantes, delitos para los juristas y a menudo actos no criminales para el criminólogo.
A pesar de mi deseo de no citar ningún hecho de tortura sufrido por disciplinarios, creo que para determinar exactamente la psicología de los militares profesionales es necesario citar algunos. No iré a buscarlos en esta magnífica autobiografía102 que Jorge Darien ha escrito con el título de Biribi, ni en los Offs, libro en que Marcial d’Estoc ha relatado un caso histórico, ni en el año 1890 de mi Francia Social y Política, donde figuran algunos. Me contentaré con reproducir estos párrafos de un artículo publicado por Bernard Lazare en el Journal, con el título «La Tortura».
«He aquí los hechos. El que los relata es digno de fe. En 1886 fue enviado, junto con noventa disciplinarios, al Senegal, en el Alto Río. De estos noventa hombres, trece pudieron volver a su país, y de estos trece dos murieron en el hospital de Rochefort. Estos jóvenes, culpables algunos de un arrebato de cólera, que puede apoderarse de cualquiera de nosotros, estaban ocupados en la construcción de una línea férrea. Bajo un sol devorador tenían que soportar sobre sus desnudas espaldas el peso de enormes cajones llenos de tierra de transporte. Después de una jornada de tan rudo trabajo, efectuado bajo la amenaza del látigo, se les daba por todo alimento veinticinco gramos de arroz. Para no morir de hambre, dice el sobreviviente narrador de esta odiosa historia, yo roía las cortezas de los árboles y comía hierba. Y se consideraba afortunado si podía escapar a los suplicios que aplastaban a sus camaradas por haber protestado o simplemente murmurado. Uno de ellos, Prevost, fue atado de pies y manos, expuesto al sol, y como los gritos horribles que daba para expresar su dolor y para que le dieran de beber, molestaban sin duda a sus verdugos, un cabo le hizo saltar la tapa de los sesos de un tiro de revólver. Laurent, puesto en cruz extendido en el suelo, en pleno medio día, por orden de un oficial, se quejaba. Fue encerrado, privado de comer y de beber, reducido al supremo recurso de los náufragos, a beberse sus propios orines. Astier fue tan rudamente encadenado a los cepos, que al cabo de ocho días tenía las extremidades roídas por los insectos. Quiso rebelarse y un sargento le alojó una bala en la cabeza. Racabombe intentó escaparse y recibió una bala en el muslo. Más tarde pudo escapar a sus verdugos abriéndose él mismo el cráneo contra un tronco de árbol. Todos estos hombres estaban desarmados, impunemente se podía hacer con ellos lo que no se podía hacer con una fiera. Si quiera contarles, me agregó el narrador, todos los horrores de que he sido testimonio, no acabaría en un solo día».
En la 5ª compañía de disciplina, residente en Capri (Italia), a pesar de estar hambrientos los soldados, no osan comer el rancho; tan pestilente y detestable se lo suministran. El pan, excesivamente negro, amargo y mal oliente, es imposible tragarlo. La carne está podrida. Los castigos menudean; por cualquier insignificación, por una simple mirada de rencor, se tiene que aguantar 60 o 70 días de celular a pan y agua.103
Todos estos hechos son sobradamente elocuentes. Revelan en sus autores un profundo desprecio de la vida humana y de los sufrimientos físico-morales. Los dos casos referentes al Fort Barrau son muy típicos; demuestran la legalización o el asentimiento oficial, la organización sistemática de este desprecio por la vida y los humanos dolores.
De estos ejemplos se desprende netamente, sin posible discusión, la prueba de la anestesia moral de sus autores. Todos estos autores son militares profesionales, los actos «odiosos y abominables» del Fort Barrau están reglamentados; se acoplan al reglamento establecido por los profesionales y aprobado oficialmente. Estos actos son ordenados por la superioridad. La insensibilidad moral que hemos observado existe en tiempo de guerra, se halla de nuevo en tiempo de paz, lo cual confirma la característica «violencia» de la profesión militar.
Además, un antiguo oficial, Pouvourville, me ha asegurado que en la legión extranjera, el reglamento tolera el castigo de privación de alimento. Todo hombre castigado de celular fuerte come una vez cada cuarenta y ocho horas. La «crapaudine» está oficialmente prohibida, pero no es raro que los hombres la sufran, especialmente en la región extranjera. Estas crueldades provocan a menudo actos de rebeldía, pero a consecuencia de la costumbre y del hábito de obedecer estos actos se resuelven en simples injurias o bayonetazos individualmente repartidos. Las rebeliones de destacamentos enteros son muy raras; si se trama un complot contra los jefes, no falta nunca un delator. Estas rebeliones, que terminan siempre con la ejecución de los rebeldes, quedan ignoradas del público, porque los sucesos ocurren en territorios militares y no llegan al exterior. Las cartas que podrían hacer públicos estos horrores, no llegan nunca a su destino.
Estos actos son crímenes, puesto que lesionan la libertad individual, perjudican la salud o la vida de las víctimas. Estos crímenes son inútiles a la colectividad y deben reprobarse, anatematizarse. Algunos sostendrán que son necesarios para el mantenimiento de la disciplina «que es la fuerza principal de los ejércitos». Los que esto sostienen, pretenden que para disciplinar los hombres es necesario utilizar todos los medios, aunque resulten heridas, muertes y sufrimientos horribles. Estos procedimientos crueles pueden hacer un ejército de esclavos, de pretorianos; un ejército profesional autómata, obediente, propio para las más infamantes obras. Pero con las costumbres actuales es insensato proponerse y querer esto; la tendencia general en todos los pueblos es la constitución de un ejército nacional, utilizable únicamente como órgano defensivo en caso de ataque del extranjero. En este caso, una idea anima a la tropa en lucha contra el invasor y la obediencia momentánea puede establecerse libremente, por mutua inteligencia, porque el interés lo exige. No es necesario entonces una disciplina inculcada a los individuos en fuerza de los procedimientos que hemos relatado.
Estos modos de obrar son, por lo tanto, inútiles a la colectividad; peor aún, son nocivos a la sociedad porque son el origen de otros crímenes. Toda acción provoca una reacción; estos actos antialtruistas crean en los que de ellos son víctimas o en los seres afectivos, piadosos, que los presencian, una reacción que se manifiesta diversamente según el temperamento de cada individuo, modificado por su ambiente educativo, profesional, social. Esta reacción es tanto más sensible cuanto que nuestras costumbres se han suavizado y nos repugna sufrir violencias o verlas sufrir. El hombre ha acrecentado la noción de su dignidad y, por consiguiente, de su libertad de obrar, y tiene la convicción de que es igual a los demás hombres. Esta reacción se comprueba especialmente con el acrecentamiento de lo que A. Corre llama crimen-delito militar, es decir, la deserción, la insubordinación. Por eso el número de estos crímenes-delitos, castigados por el código militar, aumenta todos los años. En 1839 era de 1/317; en 1849 de 1/296; en 1865-66 de 1/222; en 1885-86 de 1/180.104
La anestesia moral revelada por todos los ejemplos relatados en el curso de este ensayo, engendra crímenes en los afectados. Provoca una reacción que, a su vez, es el origen de crímenes cometidos por las víctimas de los primeros actos criminales o por los profesionales que quieren impedir la renovación de los actos de indisciplina. De todo esto resulta que desde cualquier punto de vista que se mire, partidario o no partidario de la disciplina, nos vemos obligados a hacer constar que estos actos, que estos crímenes son perjudiciales a la colectividad, son reprobables y deben vituperarse.



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