Psicología del militar profesional August Hamon



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«Esto daba satisfacción a los instintos marciales, a las aspiraciones heroicas de la especie humana y no atacaban la existencia misma de la nación. Durante aquellos tiempos, los sacerdotes rezaban, los artistas pintaban o cincelaban y los campesinos continuaban viviendo la vida moralizadora y fortificante de los campos. Una explotación industrial, calentada al blanco para enriquecer a algunos jefes de taller, no había hecho de nuestra raza una raza de linfáticos, de raquíticos y de escrofulosos. Malthus no hallaba adeptos en nuestros campos y los campesinos obedecían al cura que desde el púlpito parafraseaba el Crezcan y multiplíquense de la Escritura».
»Pero el señor Hamon, evidentemente, no ve todo estos. Digámoslo una vez más; es un espíritu recto conmovido por el espectáculo del mal social, pero su horizonte es poco extenso».289
No, yo no veo todo esto, y estaría muy pesaroso viéndolo. Este cuadro es encantador, pero completamente inexacto, pues preferimos dar crédito a los generales de aquellas épocas, como el gran Federico, que en su Anti Machiavel escribió:
«Los soldados están compuestos de la parte más vil de los pueblos: gandules que aman más la ociosidad que el trabajo, viciosos que buscan la licencia y la impunidad en las tropas… Confieso que el orden de un ejército no puede subsistir sin severidad, porque, ¿cómo contener en su deber a libertinos, viciosos, locos, gandules, temerarios, animales groseros y mecánicos, si en parte no les contuviera el miedo a los castigos?»
¿Y estos locos, estos viciosos, estos gandules, dejaban rogar en paz a los curas, pintar a los pintores, trabajar a los campesinos? Esto parece, esto es contrario a la razón. No puede ser. No puedo enumerar aquí todas las pruebas que tumban de espaldas la gratuita afirmación del señor Drumont. Pero recordaré las grandes compañías del condestable Du Guesclin, el saqueo de Magdebourg por Tilly, el incendio del Palatinado por Turena. Los sacerdotes pagaban una contribución de guerra para poder rezar en paz, como tuvo que hacer el Papa con Du Guesclin. Los artistas, los artesanos, no podían entregarse a sus artes, a sus oficios, cuando la soldadesca saqueaba a Magdebourg, violando jóvenes, asesinando hombres, rompiendo muebles y destrozando libros. Los campesinos no podían sembrar en paz cuando Turena, el gran Turena, incendiaba sus casas y cosechas, rompía sus arados, robaba el ganado, ahorcaba a todos. Si Pater ha pintado soldados requebrando cantineras, hay pintores como Callot, Le Nain, que nos han mostrado a estos soldados de antaño ocupados en saquear las poblaciones, incendiar las casas de campo, etc. Con su buril imperecedero, Callot ha trazado Las pequeñas y las grandes miserias de la guerra. Dejó una veintena de planchas que recomendamos a la atención del señor Drumont, especialmente las numeradas 4, 5, 6, 7.
Aquellos militares no se entretenían requebrando cantineras y bebiéndose el mosto de los toneles; hacían algo más y peor; saqueaban cortijos, incendiaban abadías, violaban las muchachas, robaban bueyes, gallinas; ánades, vino, cálices, patenas, estolas.
El señor Drumont me permitirá que le cite una página del libro del señor Alonso Feillet. Honrado con una mención honorífica de la Academia de Ciencias Morales, su obra La Misére au temps de la Fronde et de Saint Vincent de Paul, tiene para mi tesis tanto mayor valor por que está muy bien documentada y confortada con notas auténticas. Véase la muestra en este relato del benedictino Dom Furcy Baurin:
«En 18 días de permanencia el ejército real arruinó tanto los trigos como los prados, todas las casas de los arrabales, una parte de las de la ciudad (Ribemont)… las sillas del coro y los ventanales de la abadía reducidos a cenizas por la malicia de los soldados. La campiña está ocupada por ellos y disponen a su antojo, como cosa propia; el robo es común, y las violencias y los homicidios pasan por acciones generosas y por ventajas de la guerra…» (La Miseria en tiempos de la Francia, pág. 292).
¿Me dirán que el relato del pobre benedictino puede ser exagerado? ¿Sí? Entonces aceptarme una carta del mariscal Fabert. En ésta narra a Mazarino, que el general Rozen dijo durante una cena que «los pueblos entre el Aisne y el Meuse le fueron abandonados para que los saqueara».
Y continúa el señor Feillet:
«Pero pronto llegó el mal a tal extremo, que los jefes de los cuerpos de ejército, temiendo probablemente por su seguridad las resoluciones desesperadas de los desgraciados habitantes, se dirigieron colectivamente a Mazarino. ¡A qué altura llegaría la marea de sangre para que cuatro oficiales arrojaran este grito de alarma! Sabido es que si la piedad que inspiran los males de la guerra debe buscarse en alguna parte, no es en un soldado; sus ojos están acostumbrados a las escenas de desolación y carnicería: así cuando se leen las memorias de los grandes capitanes, como los de Turena, por ejemplo, se indigna uno a pesar suyo al ver con qué sangre fría cuentan las escenas más atroces» (ob. cit., pág. 293-294).
La carta colectiva de los mariscales o generales Fabert, Noirmoutiers, Bussy Lamet y Montaigut, es de lo más expresivo que darse puede: júzguese por estos extractos:
«El mal que causa Rozen es ya tan grande que no es solo el pueblo el perjudicado; el alojamiento que Rozen endosa a los castillos y casas señoriales, los ultrajes y malos tratos que sus moradores reciben indignan infinitamente… Los campesinos toman ya las armas para salvar lo poco que les queda y si Rozen desea, como amenaza, que monten más en cólera…»
Observen que se trata aquí de tropas francesas sobre territorio francés. ¿Qué no pasaría en territorio enemigo? No insistamos, el cuadro es exacto.290
A pesar de toda nuestra buena voluntad no vemos bajo el antiguo régimen rogar a los curas, pintar a los artistas, trabajar a los campesinos en paz mientras los soldados se batían.

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Una objeción general me regocijó en extremo por su extrañeza. La crítica me enseñó muy gravemente que las demás profesiones también eran escuelas del crimen.
«Pero allí donde el señor Hamon parece ceder al espíritu de partido, es cuando quiere hacer de esta criminalidad oculta la herencia del militar profesional. En efecto, esta criminalidad oculta se halla en todas partes, únicamente la forma varía según las profesiones. En el comercio, en la banca, se traduce por robos que nadie castiga; en la policía, en la magistratura, por abusos del poder; claro está que en el ejército debe manifestarse por actos de violencia. ¿Pero qué prueba esto, sino la influencia del medio social sobre la forma de la criminalidad? Y el catálogo de estos actos de violencia, por lo demás raros, diga lo que quiera el autor, ¿será nunca la prueba de que todos los militares son unos brutos? Tanto valdría sostener que todos los comerciantes son ladrones y que todos los hombres son criminales a su manera» (Revue Scientifique, 9 de Diciembre de 1893).
«No discutiré, señor, el sentimiento que le impulsó a escribir la Psicología del Militar Profesional, y dejando a un lado los legítimos escrúpulos de un alma patriota, no intentaré traspasarles con el asta de la bandera nacional… Pero criticaré un método científico, que, tal como usted lo aplica, me parece de naturaleza para desacreditar por sí solo nuestras conclusiones. ¿Cree usted haber hecho obra de psicología, cuidadoso de una verdad casi absoluta, buscando un cierto número de documentos aislados, que luego reúne usted en bloque, de apariencia compacta, para destrozar los cuadros del enemigo? El procedimiento acaso sea de buena guerra, pero a mi modo de ver no es de buena filosofía, pues no da más que resultados incompletos e inducciones discutibles. No hay, en efecto, en este mundo, «oficio» o «arte» que pueda resistir a semejante prueba y fácil sería demostrar que la Ciencia, la Literatura, el Comercio y la Magistratura, son igualmente escuelas de crímenes, menos brutales sin duda, pero más refinadas y acaso más hipócritas. Cita usted demasiado hechos o no cita usted bastantes, y el menor grano de observación personal sería más adecuado sin duda» (Le Petit billet du matin al señor A. Hamon, por Marcel L’heureux. – Gil Blas, 15 de Diciembre de 1893).
«Las taras profesionales están en todas partes. Hay militares duros, brutales, feroces, en el combate; ¿pero se cree que en las profesiones pacíficas no hay dureza, ni brutalidad, hasta ferocidad? El dueño de una fábrica que hace pesar un trabajo aplastante sobre los soldados de la miseria, royéndoles al salario y aumentándoles el tiempo de fatiga, ¿no presenta alguna de las taras que se reprochan al general y al coronel? ¿Acaso el fabricante considera algo más a sus obreras débiles, hambrientas, mal pagadas y mal albergadas? El capitán, a veces, trata mucho mejor a sus hombres. ¿Cree el señor Hamon que los banqueros reciben con la sonrisa en los labios a los deudores que van a reponerle una nueva demora de pago? ¿Son el despojo y el robo hechos extraordinarios, que solamente se encuentran en las columnas de tiradores senegaleses o annamitas? El autor no tiene más que leer un estudio de un fiscal, y verá florecer un bandidaje legal, a cuyo lado las exacciones de las antiguas oficinas árabes eran delicadezas. La envidia, el rudo deseo de avanzar en la carrera, el aplastamiento de los débiles y la supremacía de los fuertes se ven en todas partes. Que el señor Hamon se dé también cuenta de lo que pasa en el libre ejército de las letras y verá reproducidos todos los vicios, todas las envidias, todas las opresiones, todos los odios y todas las maldades que reprocha a los que calzan espuelas o llevan espada al cinto. En fin, el soldado bebe, gandulea, atropella a los paseantes, se sirve del acero que lleva para amedrentar a los desarmados, y, finalmente, en ciertas circunstancias, mata. ¿Pero el autor no ha paseado nunca su filosofía por el arrabal, en un barrio excéntrico, a la salida de los talleres, el sábado, hasta las tabernas? Su cuadro lo mismo puede ser el de un mal obrero que el de un mal soldado» (Echo de París, 3 de Enero de 1894. – E. Lepelletier).291
El descubrimiento era tanto más difícil de hacer, cuanto que yo mismo lo dije en mi libro. Pero que lo dijera o no, que fuera o no verdad, esto importaba poco al caso. En efecto, del hecho que diversas profesiones sean escuelas del crimen y de inmoralidad, no se sigue una disminución o una desaparición de la inmoralidad y de la criminalidad especiales a los militares profesionales. ¿Por qué, pues, esta objeción? ¿Qué me importa, en un estudio sobre la mentalidad militar, saber que existen mentalidades especiales a las demás profesiones? En realidad, este conocimiento no tiene otra importancia que la de confirmar indirectamente la existencia de la mentalidad militar profesional. Si esto es lo que quisieron decir nuestros críticos, convencido estoy de que tienen razón; si de este modo quisieron perjudicar a mi tesis, confieso que no alcanzo a ver el valor de su argumento.

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El señor Bailhache nos acusó de no haber tenido en cuenta dos factores muy importantes: la formación social que varía con los diversos pueblos y el carácter individual que varía de una a otra persona.292 Este crítico no se apercibió de que estudiando la influencia de la profesión sobre el estado mental de los individuos que la ejercen, no teníamos por qué ocuparnos de estos dos factores que alteran más o menos la forma, pero no la naturaleza de las características mentales determinadas por la profesión. Ahora bien; el mismo señor Bailhache confirmó implícitamente nuestra tesis -aún negándola- dejando escrito que «el militarismo es un sistema artificial y que para mantenerlo es necesario emplear procedimientos artificiales, de los cuales los más eficaces son el temor y la violencia».
En efecto, si el ejercicio de la profesión militar trae consigo el respeto y la violencia, forzosamente los jefes han de emplear la amenaza y la misma violencia. Poco a poco va influyendo su uso sobre la mentalidad de los militares profesionales y desarrolla en ellos ciertos caracteres psíquicos en detrimento de otros; caracteres que tienen por efecto la infatuación y la violencia.

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Ciertos críticos nos hicieron diversas objeciones que tendían a probar que nosotros no escribimos nuestro libro sobre el plan que aquellos hubieran querido. Hubo quien estimó que el título era «pretencioso y malo» y hubiera preferido que habláramos «de las cargas colosales que pesan sobre el presupuesto de la humanidad» gracias al militarismo. Otro sentía que no nos hubiéramos ocupado de las razones que obligan a los pueblos a poseer el militarismo, a hacer las guerras,293 y las ventajas que resultan de este militarismo.294
Sin duda, estos críticos no se dieron cuenta de que nosotros no escribíamos una obra sobre el militarismo -entonces sus observaciones hubieran sido exactas-, sino un estudio de la mentalidad que la profesión militar determina en los que la ejercen. En nuestro caso no era cuestión de tratar de los millones gastados inútilmente y que pesan sobre los pueblos, ni de las necesidades de la guerra, ni siquiera de las ventajas del militarismo, si estas ventajas -que existen: difusión de la instrucción, fusión de los elementos étnicos desemejantes, homogeneización de los individuos- tienen alguna influencia sobre la mentalidad de los profesionales.
Los críticos que por este camino la emprendieron tan vigorosamente tuvieron buen cuidado de sacar los habituales clichés tan caros a los panegiristas del ejército. Leímos cómo calificaban al ejército de: escuela de desinterés,295 de abnegación, de sacrificio,296 de moralización,297 del deber,298 de Igualdad, de Fraternidad,299 de trabajo,300 de vida regular, de higiene301 y de honor.
Los hechos que figuran en esta Defensa, y los que relatamos en nuestro libro echan por tierra esas palabras sonoras que desafiamos se prueben con hechos.302 ¿Quién ignora que Napoleón I se lamentó de haber hecho ricos a sus generales, que le abandonaron más tarde, cuando le vieron caído? ¿Quién deja de saber que, según sus intereses, estos profesionales sirvieron primero a Francia, luego al extranjero y más tarde a Francia otra vez? Los grados que adquirían combatiendo contra su país les fueron confirmados cuando regresaron a su patria. Últimamente leímos una obra manuscrita, La grande Duperie, de C. Détré, y en ella vimos una sugestiva lista de militares profesionales glorificados, a quienes se había levantado estatuas. Tan desinteresados eran estos generales y coroneles, que corrían de un ejército a otro según les convenía. La lista es interesante: Dumouriez, duque de Chartres, Ney, Murat, Bernadotte, Moreau, Soult, de Bouille, de Montalembert, Masséna, Davoust, de Bourmont, Clouet, duque de Coigny, de Montmorency, marqués de Saint-Simón, Alex, de Lameth, Latour-Maubourg, barón Jomini, Ernouf, etc.
Son tan desinteresados y morales los profesionales, que el general de Cubiéres, el mariscal Soult y muchos otros, conocidos y desconocidos, confesaron haber recibido gratificaciones. Es necesario tener una fe ciega muy grande para creer que el ejército es escuela del honor y de todas las virtudes. Es necesario ser ciego, puesto que todos los archivos están llenos de memorias de oficiales y soldados, que contienen millones de hechos que demuestran lo contrario. Léase, por ejemplo, la obra reciente del señor E. Guillon, Les complots militaires sous le Consulat et l’Empire,303 y se verá el número de generales, mariscales de aquella época, ilustres hombres de guerra, y lo que hicieron, conformando con nuestros asertos.
El reciente «affaire» del capitán Dreyfus y de otros oficiales franceses, italianos, alemanes, que fueron traidores o espías, aquí están para demostrar que el desinterés y la moralidad es de lo que menos se cuidan los militares profesionales.
Pero tengan la paciencia de escuchar este hecho extraordinariamente sugestivo, gracias a la candidez de su autor304:
«Un mozo de una casa de campo mata a su dueño, por cuestión de intereses, y a otras dos personas. Fue condenado a muerte. En la cárcel contó que había sido «un soldado intrépido que salvo la vida a dos oficiales» y fue propuesto para la medalla militar. El desgraciado añadió: “Es extraño, en el Tonkin he matado tantos hombres como pude, y quisieron condecorarme. Mato tres aquí y quieren ahorcarme”».
Esto motivó al autor del folleto esta justa reflexión:
«La opinión, sobre el homicidio, de este condenado a muerte, resume esta perversidad de la conciencia producida por el militarismo a outrance».
No pretendo de ningún modo probar que el militarismo no sea escuela del valor, pero el valor que desarrolla es violento y brutal. El valor de los militares profesionales se manifiesta por actos violentos, brutales y nada más que por estas formas de actos. No es, pues el valor la característica del militar profesional, sino la brutalidad. Por lo demás, el valor no es peculiar a ninguna profesión; se halla en todos los hombres; únicamente cambia la modalidad. El médico y el enfermo que cuidan coléricos, el químico que estudia los explosivos y los tóxicos, el ingeniero que busca aparatos nuevos en experimentos peligrosos, el pizarrero trabajando en los tejados, el maquinista dirigiendo su locomotora, el pensador escribiendo lo que cree, con riesgo de que lo lleven a la cárcel o le fusilen, el criminal político que arriesga su vida por su ideal, el sacerdote que afronta las balas para ayudar a los soldados a morir en estado de gracia, ele misionero afrontando los suplicios para ir a llevar la buena nueva a lejanas regiones, etc., manifiestan, bajo formas variadas, el mismo sentimiento de valor, de abnegación, de sacrificio. Así, pues, el valor no es especial a los militares, y en un estudio sobre la psicología del militar profesional no tenía otra cosa que buscar más que las características mentales de este militar.
Todos sabemos que en tiempo de guerra las milicias, los soldados ocasionales, obran tan valerosamente como los militares profesionales. ¿No será permitido deducir de esto que se exagera considerando el ejército como ejerciendo una gran influencia sobre el desarrollo del valor en los individuos?
«Algunos sabios americanos, que recientemente se han puesto a estudiar la psicología de los moribundos sobre el campo de batalla, han aportado hechos muy desoladores. Parece que las actitudes heroicas atribuidas a los guerreros en el momento del combate, son de lo más falso e imaginario que darse puede. Todas las coqueterías heroicas con la muerte, todas las actitudes más o menos dignas y nobles, al decir de estos sabios, cuyos datos han sido resumidos por la «Popular Science Monthly», no existen más que en las imaginaciones que trabajan después de cada batalla» (Revue des Revues, Septiembre de 1893).
Otro trabajo que en Octubre de 1893 publicó la Revue des Revues, según Waffen Nieder, las memorias del pintor Vereschagin, tiende a demostrar que el valor de los militares es más imaginado que real. ¡Es otra aureola que desaparece! Pero esto poco monta, pues lo cierto es que el valor -hasta el valor guerrero- no es especial a los militares profesionales y en la determinación de sus caracteres psíquicos no teníamos por qué ocuparnos de él.

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El señor Manouvrier, criminólogo conocidísimo, escribió a propósito de nuestro libro:
«Su título parece significar que se trata de la descripción de un estado típico, general, o por lo menos, medio, de los que ejercen la profesión militar. En este caso, el militar profesional, descrito por el señor Hamon, no pasa de ser como el famoso criminal nato de fabricación italiana; una especie de mosaico, un vestido de arlequín, un macho cabrío emisario, simple maniquí cargado con todas las iniquidades, con todas las taras de una profesión… Pero si el título del libro del señor Hamon está en desacuerdo con el contenido, no deja por eso de caracterizar el objetivo del autor. Este objetivo, en efecto, no fue emprender la monografía psicológica completa de la profesión militar y de ciertas otras, sino mostrar que la criminalidad reviste en cada profesión una forma más o menos particular en relación con las condiciones más menos especiales inherentes a las diversas profesiones dentro del estado actual de la Sociedad».305
Hay en esta crítica un cierto fondo de verdad debido a una real falta de unidad de nuestro libro, de unidad armonizándose con el título. Este defecto proviene de la génesis de esta obra.
Como hizo observar el doctor Corre en la Societé Nouvelle, primitivamente esta obra se limitó a un artículo de revista. Hasta la idea primordial fue titularlo ¡L’armée, école de l’honeur! El título irónico indicaba el espíritu de combate que lo animaba, allá por el año 1892. Pero ante la masa de documentos, mi idea se modificó y quise escribir la criminología profesional del militar, criminalidad oculta. La memoria revistió esta forma y luego se modificó para dar lugar al libro tal como se conoce, tal como se publicó.

Se comprende que estas modificaciones sucesivas en su parto, han creado, necesariamente, un producto falto de unidad, sin que deje de tener su valor, ya que ciertos críticos así lo hicieron observar. Por esto, en cierta medida, está justificada la crítica de nuestro sabio colega de la Societé de anthropologie de París.306


Hay capítulos de nuestro libro, como los III y IX, que realmente están en armonía con el título Psicología del Militar profesional. Los II, X y XI no tienen más que una relación lejana con el título, el primero propio de una obra general sobre el militarismo, los otros dos de un estudio de criminología profesional. Esta reala discordancia explica la crítica de conjunto, hecho por el señor Manouvrier, que, en cierta medida, prueba su verdad.
Y digo en cierta medida, porque pienso haber dado realmente la monografía psicológica completa de la profesión militar, porque estoy convencido que el tipo general, medio, que surge de mi libro como tipo del militar profesional, es real y de ningún modo un maniquí.
Es como el tipo Caballo, el tipo Hombre, el tipo Perro, como en el género humano el tipo Mongólico, el tipo Caucásico. El naturalista presenta los caracteres comunes a todos los individuos del género Perro y forma con ellos un tipo medio de que participan el lebrel, el gran danés, el carlino, el braco. Sin embargo, la descripción de este tipo ideal no es descripción del lebrel, del carlino o del braco; y para cada una de estas razas se podría hacer una descripción media que no sería la del lebrel y de un carlino determinado. Del mismo modo obra la antropología.
No obstante, descrito el tipo medio de Perro u Hombre, todos reconocemos su exactitud, su utilidad. En el orden psicológico, fue nuestra intención formar un tipo ideal, medio, del estado psíquico determinado por ciertas profesiones.
Existe un estado común psíquico especial a los individuos que ejercen una profesión, como escribimos en el prólogo de este libro. Esta mentalidad, específica de las profesiones y de las sectas, descubierta por nosotros después de otros muchos individuos -entre los cuales La Bruyére- que escribían bajo otro título sobre el particular, fue después de nosotros descubierta por el doctor Gustavo Le Bon. Este sabio escribió en la Revue Scientifique del 6 de Abril de 1895:
«La casta comprende solamente los individuos de una misma profesión y, por consiguiente, de educación y de medio casi semejantes… La casta representa el más elevado grado de organización de que es susceptible la multitud homogénea. Se compone, en efecto, de individuos que, por sus gastos, sus tendencias, su educación y su ambiente, son muy semejantes unos a otros, si no en todos los puntos de su constitución mental, por lo menos en las líneas fundamentales de su conducta. Hasta hay ciertas castas: las castas militar y sacerdotal, por ejemplo, en que todos los miembros acaban por parecerse en sus rasgos morales y hasta en su aire, al extremo de que ningún disfraz les permite ocultar su profesión… Piensa, juzga y obra con el alma de su casta… Basta mirar los individuos de una misma casta, militar, magistrados, etc., para ver hasta qué punto están fundidos en el mismo molde… El espíritu de casta obra sin duda sobre el individuo aislado de ella, pero sobre todo cuando los individuos de la misma casta están reunidos, es cuando ejerce su poderoso imperio».



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