Psicología del militar profesional August Hamon



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En el Tonkin, un médico de marina señaló la doctor Dujardin-Beaumetz, superior suyo, el vicio de un decreto reciente emanado de una autoridad militar y relativa a los enfermos. El médico Dujardin, indignado, le respondió: «Sepa usted que una autoridad militar no se equivoca jamás». (Comunicación de un médico de marina).
El mayor de estado mayor Fritz-Gertsch, en su folleto titulado «Disciplin ¡Oder Abrüsten!», (Berna, imprenta Goeper y Lchmann, 1895), se ha erigido en defensor de la disciplina y del espíritu militar. De este folleto extraemos los siguientes característicos párrafos: «Los casos de abuso de poder y de malos tratamientos a los soldados, se detallan y sienten demasiado, cuando, en realidad, no se trata más que de una simple cuestión de severidad contra el desorden y no de malos tratamientos (pág. 11)… Si en el calor del momento el superior trata a un hombre rudamente, lo que en una guerra seria es a menudo necesario, entonces el soldado se considera indignamente tratado. No debiera creer semejante cosa. Estoy lejos de defender la brutalidad, pero la rudeza de lenguaje y las expresiones fuertes no constituyen la brutalidad ni el insulto, ni siquiera ante un tribunal de honor. Y hasta cuando el oficial riñe a un soldado torpe o que tiene mala voluntad, no hay brutalidad ninguna (pág. 30.31)… En el ejército tenemos necesidad de soldados que obedezcan, no de hombres informados en los cuales el ciudadano soberano deba ser siempre respetado (pág. 24)…»
¿Se puede dar a la masa de las tropas las ideas de honor y de deber tan familiares al oficial? Difícilmente, en el grado que sería deseable. La diferencia, tan «necesaria» entre el oficial y el soldado… El recluta es el «mejor» soldado, es temeroso y este temor da por frutos la sumisión, la obediencia a menudo exagerada, docilidad hacia el cabo enfadado… La disciplina consiste en sumisión absoluta, sin condiciones… La disciplina se demuestra… por medio de la renuncia de su propio honor, de su propio valor… En el ejército, aún más que en la vida civil, la diferencia de rango produce diferencias de sentimiento y de pensar… El valor, el poder y la audacia del oficial proceden de su convicción que en su situación de jefe llama sobre sí las miradas de la multitud… El simple soldado no puede sentir ni pensar como un oficial, aunque hagan de él un oficial… Las exigencias y las leyes de la guerra son duras, bárbaras, inexorables. La sentimentalidad y la razón humanas son cosas opuestas al empleo de los hombres de guerra… «Vivir y dejar vivir» es una divisa impropia de un ejército… Lo que reclama la guerra es el desprecio de las propias tropas, de las del enemigo y hasta de sí mismo. «Para un ejército vale más ser demasiado salvaje, demasiado cruel, demasiado bárbaro», que poseer demasiada sentimentalidad y razón humanas. Si el soldado quiere ser bueno para algo, debe ser todo lo contrario de un hombre que sienta y razone. La medida de los ejércitos es la posibilidad de servir a la guerra… Rudyard Kipling escribió: «Ser buen soldado es abstenerse de elevadas reflexiones sobre el valor de la vida». La guerra, la misma paz, exigen del soldado moral absolutamente diferente de la moral común y de las demás morales especiales de las profesiones, de las clases… El recluta cuando ingresa en filas aporta muchas nociones de moral y una educación común que debe olvidar en seguida… Para el soldado la victoria lo es todo… El sentimiento que inspira el ejército conquistador no tiene nada que ver con la ética y la moral. Las tendencias originales más bárbaras del hombre surgen en la guerra, y para la guerra, son inmensamente buenas… Los reinos y los ejércitos no los conducen la ética y la moral…
(«Friedens und Kriegs moral der Heere am Ausgange des XIX Jahrhunderts», por C. V. B. K.; págs. 5, 8-9-13-18-10-20-22-49. – Viena y Leipzig, foll., y Willhem Braumuller, editor).281
¡Cuántos más hechos excepcionales podríamos citar aún! ¿Recordaremos todos los incidentes de brutalidad, de insensibilidad y de anestesia moral que la prensa francesa ha señalado desde Enero a Marzo de 1895? ¿Y los artículos de Hugues Le Roux, en Le Journal, sobre los soldados condenados a trabajos forzados? ¿Citaremos algún extracto de Cinquante tours a la légion étrangére (Revue Blanche, 15 de Abril de 1895)? Abundante sería la cosecha, si la extractáramos también de Casque et Sabre,282 del señor Chateauvieux y de Trois ans au régiment,283 por Monmillion, y de Reminiscences of the great Mutiny,284 por un simple soldado del ejército inglés, y de A côté de la guerre, Mon petit journal en 1870-71, por Camilo Fondet, y en Au pays des fétiches, del antiguo médico de marina P. Vigné (d’Octon), y de…285 Detengámonos, pues no hay sentencia de consejo de guerra, memoria de oficial o desoldado, relato de guerras o expediciones coloniales, que no demuestre de modo aplastante la característica psíquica que determinamos en nuestro libro. La brutalidad, la fatuidad, el interés personal, guía del individuo, la anestesia moral, la prepotencia, se revelan en todos los hechos que hemos citado, en el número inmenso que hubiéramos podido citar. Es necesario ser ciego para no ver estas violencias y fatuidad que se manifiestan siempre y tan diversamente.
Cuando los hechos excepcionales son tan numerosos, cesan de ser excepción para convertirse en regla, tanto más que la mayoría de estos hechos son obra colectiva y tienen necesariamente por autores muchas personas. Todo hombre de buena fe debe reconocerlo.
Son tan poco excepcionales estas fatuidad y brutalidad, que ya antes que nosotros nos fijáramos lo notaron otros. Sobre el particular escribió W. M. Thackeray lo que sigue:
«Dos o tres veces he tenido el honor de encontrar a un viejo gentleman, que me ha parecido el tipo más perfecto de lo que puede hacer de un hombre la práctica de la vida militar. El tal gastó su existencia sirviendo en los regimientos distinguidos y luego mandando en ellos. Es una mezcla de egoísmo, de brutalidad, de arrebatos y de glotonería. Es digno de ver en la mesa, con sus pequeños ojos inyectados de sangre, devorar de antemano lo que tiene en el plato. Cada una de sus frases se acompaña de un juramento, y después de haber tragado, cuenta historias de cuartel, las más sucias que darse puede. En razón de su rango y de sus servicios, se cree la gente obligada a tener consideraciones y respetos para con este viejo tan cargado de títulos y cruces como de groserías. En cuanto a él, les mira desde lo alto de su grandeza. Si hubiera abrazado para profesión, tal vez no se hubiera transformado en la miserable criatura que es. ¿Pero qué iba a escoger? No era bueno para nada. Su incorregible pereza y la grosería de su espíritu, le impedían soñar en otra carrera que la en que se ha hecho una reputación de bravo y buen oficial y en la que se ha distinguido, manteniéndose bien a caballo, beber buen vino, batirse en duelo y seducir mujeres. Y, seguramente, en su interno fuero, se cree el personaje más considerable y más considerado que existe bajo la capa del cielo. Pueden estar seguros de encontrarle después del mediodía en la plaza de Waterlóo, su paseo habitual, ocultando sus piernas rígidas por la vejez en sus botas barnizadas, mirando descaradamente a las mujeres en sus propias narices. Cuando muera de apoplejía. El Times consagrará un cuarto de columna al recuerdo de sus servicios y hechos de armas. Cuatro líneas, por lo menos, se necesitarán para indicar sus títulos y condecoraciones, mientras la tierra se cerrará sobre los despojos del ser más depravado y más obtuso que haya podido pasearse sobre este planeta» (Le Livre des Snobs).
Creemos haber demostrado cuán vano es el argumento: deducir conclusiones generales a base de hechos que constituyen excepción.

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Para refutarlos, algunos periódicos286 citaron las siguientes líneas, debidas a un funcionario, antiguo juez de instrucción y criminólogo, el señor Gabriel Tarde:
«Al cabo de poco tiempo no piensa ya en su padre, cuyo temor le dominaba, ni en el campo que deseaba, ni en la muchacha con quien esperaba casarse, y menos aún en el catecismo del cura; «todas las fuentes de su honradez laboriosa y de su pureza de costumbre relativas han cesado de manar». Pero su moralidad ha cambiado mejor que desaparecido y «y lo que ha perdido en continencia o en trabajo, lo ha ganado en valor y probidad», porque además de pensar en el consejo de guerra, tiene, para sostenerle en su vida, disciplinada del cuartel, para mantenerle firme en su puesto en el campo de batalla, la idea de la vergüenza, de la humillación ante sus camaradas, que evitará con riesgo de morirse. Al propio tiempo tiene la conciencia de que es útil, con el cumplimiento de sus nuevos deberes, a una multitud de hombres que se convirtieron poco después en sus semejantes, a esta gran patria, que está próxima a asimilárselo y de la que se preocupaba poco antes, absorbido hasta entonces por sus preocupaciones domésticas».
Lo que sale ganando es dudoso y valdría la pena de que se demostrara. En cambio, lo que pierde es cierto. Fue confirmado por Octavio Mirbeau en estos términos:
«Resulta de sus documentos y de las deducciones que sacan, lo siguiente: que el militarismo es fuente de infinitos crímenes y que el cuartel vale lo que el presidio. Estas deducciones me parecen, en toda su atrevida afirmación, muy justas. Muy justas y muy espantosas; corroboran todas las ideas que pueden brotar en el espíritu de quien mire los mareantes retratos de generales expuestos en las vitrinas de los bulevars y los que publica L’Eclair en su tercera página, sin duda para mantener en el corazón de los patriotas la esperanza de reconquistas futuras. Estas frentes estrechas, estos ojos anegados de alcohol y miopes, por sus demasiado frecuentes excursiones por L’Annuaire, estas pesadas quijadas que tantos tacos soltaron sobre las explanadas y los campos de maniobras, todas significativas deformaciones que acusan en estos diferentes imágenes de héroes largos años de embrutecedora disciplina, de mandos imperativos, de celos feroces y de absentas sin fin, dicen mucho más de lo que yo podría decir. Valdrá más, pues, que me calle.
»Es bien cierto, que el estado de espíritu militar, es decir, el estado, aun en tiempo de paz, de perpetua violencia, defendido por un código salvaje, que parece redactado por apaches; fortificado por el porte permanente de un informe que pone por encima de la ley común y del ordinario deber civil a los que lo visten; fortificado por una disciplina que no es otra cosa que la abolición de la conciencia y una promiscuidad de la basura cuartelera que arrebata al hombre su dignidad personal y lo vuelve parecido a bestia de establo; exaltado por una divinización de la fuerza brutal, una idealización de virtudes ejemplares de asesinato y de destrucción; es bien cierto que todo esto debe engendrar en los individuos y en las colectividades anomalías bárbaras, crímenes especiales, calificados por usted y con razón, de profesionales. Cada profesión, sobre todo las que como la militar ofrecen un carácter antisocial, comporta una serie de crímenes excepcionales y generales tan nocivos a la sociedad como los previstos en nuestros códigos y castigos por nuestras leyes con penas proporcionales a su acción nociva sobre la sociedad. Y no hablo de la guerra, que según ya todo el mundo conviene, es el desencadenamiento de todos los malos instintos del hombre, un regreso al bruto atávico.
»Pero aún queda algo más triste y más grave.
»A menudo he observado en jóvenes de mi país, los estragos que puede causar una permanencia de tres años en el cuartel. Son profundos e innegables. He conocido jóvenes muy trabajadores, de un natural generoso, espíritu recto, llenos de alegría y que parecían destinados a ser felices en esta vida tanto como puede uno serlo. Ingresan en filas, y, al cabo de tres años vuelven; ¡pero cuán cambiados! Han perdido el gusto del trabajo, ya no saben qué hacer, están tristes. El taller, donde antes trabajaban cantando, lo desprecian; los campos les causan horror. La mayor parte no sueñan más que en colocarse como criados en casas ricas. Después de algunos meses pasados en su hogar, entre la pereza, el disgusto, el fastidio, unos no hallan modo, en un ambiente falto de placeres, de satisfacer los hábitos crapulosos adquiridos en el cuartel; otros, desviados por ambiciones irrealizables, abandonan el pueblo y van a engrosar el número de los miserables de la ciudad. El ejército, que los filósofos optimistas nos dicen ser una familia maternal, ha hecho de ellos rebeldes, desgraciados o sin-clase. Les aseguro que el número de los que al volver del cuartel reanudan valerosamente la labor interrumpida, se hace cada día más pequeño».
Por lo demás, ya en 1892 el P. Forbes, basándose sobre trabajos de sifilografía del Dr. Fournier y de otros médicos, dijo:
«El ejército devuelve a las familias hombres podridos hasta la médula, heridos por enfermedades vergonzosas y vicios degradantes» (Parti ouvrier, 8 de Febrero 1894).

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Al leerse los violentos ataques de que fue objeto nuestro libro hubiera podio creerse que era la primera vez que se empleaba el aforismo «El ejército es la escuela del crimen». Pero ¡ay! que para todo pensamiento puede repetirse el Nil novi subsole. Mucho antes que yo lo dijeron y repitieron otros. Sin hablar de Emilio Girardin que casi textualmente escribió esta verdad -nosotros la aprendimos de nuestro amigo F. Pelloutier en Enero de 1894- ¡cuántos pensadores la expresaron en forma diferente!
Para Lao Tsé, «donde florece el ejército, florecen asimismo las miserias y la ruina».
Según Séneca, «no se puede obrar al propio tiempo como buen general y hombre honrado».
Tertuliano afirma que «el engaño, las crueldades y las injusticias son la herencia de la guerra».
Las leyes de la Iglesia en la Edad Media, (del VI al XI siglo) colocaban el homicidio cometido en la guerra entre los actos criminales y lo castigaban como un homicidio cometido en tiempo de paz. (Véase los antiguos Penitentiels).
Béde, en el siglo VII, hablaba de la penitencia impuesta a todos los que toman parte en una guerra.
Kheltchitsky, autor tcheque del siglo XV, dijo. «Todo guerrero», aunque sea caballero, «no es más que un asesino y un bandido».
Según Swift, en su «Viajes de Gulliver: El soldado es un ser asalariado para matar a sangre fría tantos seres como pueda de su propia especie y que jamás le ofendieron».
En su «Telémaco», Fénelon «considera la guerra como el más horrible de todos los vicios» que puede afligir al hombre.
Maquiavelo ha dicho: «Varios son de la opinión (y tienen razón) de que no hay dos cosas que puedan ser tan desemejantes y estar tan en desacuerdo como la vida civil y la militar. Una costumbre civil es considerada como impropia y molesta para el que está pronto a ejecutar algún acto violento. Las costumbres civiles son dulces y afeminadas y para un hombre cuyo oficio consiste en deslumbrar y espantar al mundo entero, apenas sería lógico que demostrara dulzura y fuera complaciente con los demás hombres… Todo fraude en las acciones es abominable, pero en la guerra es glorioso y digno de alabanza… El que profesa la guerra no puede dejar de ser vicioso. La guerra fabrica ladrones y la paz les levanta el patíbulo».
Escuchen estas populares palabras de un viejo refrán italiano: «Cuando comienza la guerra se abren las puertas del infierno».
Y estas de un viejo refrán español: «La guerra es la fiesta de los muertos».
Voltaire escribió: «Ladrones y soldados son sinónimos…»
«Coloquen juntos todos los vicios de todas las edades y de todos los lugares y jamás llegarán al número de los males y enormidades de una sola campaña».
Burke opinaba que: «La guerra suspende las reglas de la obligación moral y lo que está mucho tiempo en suspenso corre el riesgo de ser totalmente abolido».
«El verdadero espíritu militar es aquel que nos hace encontrar el mejor medio de quemar, robar, matar y enseñar luego a los demás a imitarlo» (Boucher de Perthes).
Los siguientes versos son de Luisa Ackermann:
«Du moins te poursuivant jusqu’en pleine victoire,

A travers les lauriers dans les bras de l’Histoire

Qui, séduite, pourrait t’absoudre et te sauver

O guerre, guerre impie, assasin qu’on necéense,

Je resterai navrée et dans mon impulssance

Bouche pour te maudire et cæur pour t’exécrer».

(Pensamiento de un Solitario).

En el «Espíritu humano» de Condorcet leemos:


«Los pueblos más esclarecidos posesionados del derecho de disponer ellos mismos de su sangre y de sus riquezas, comprenderán poco a poco que la guerra es el azote más funesto, que es el mayor de los crímenes… Y las guerras entre los pueblos, como los asesinos, los colocarán entre el número de estas atrocidades extraordinarias que humillan y rebelan a la naturaleza…»
Finalicemos con estas líneas de Guy de Maupassant extraídas de «Sur l’Eau»: «Los pueblos van comprendiendo que el engrandecimiento de una maldad no es su disminución; que si matar es crimen, matar mucho no puede ser la circunstancia atenuante; que si robar es una deshonra invadir no puede ser una gloria. ¡Ah! Pregonemos estas verdades absolutas, deshonremos la guerra… Los hombres de guerra son el azote del mundo… Entrar en un país, degollar al hombre que defiende su casa porque va vestido con una blusa y no lleva un kepis sobre la cabeza; quemar las habitaciones de miserables que no tienen pan, romper sus muebles, robar otros, beber el vino que hay almacenado en las bodegas, violar las mujeres que se encuentra en las calles, quemar millones de pesetas en pólvora y dejar detrás de sí la miseria y el cólera…»
Otros aún, filósofos, economistas, pensadores de toda clase expresaron esta misma opinión, y algunos como Barbauld y Aikings en sus Evenings at Home, calificaron la guerra de serie de asesinos, de homicidios colectivos.

Ahora bien, con toda sinceridad; de estas opiniones de Lao Tsé, de séneca, de Tertuliano, de Béde, de la Iglesia, de Kheltchitsky, se Swift, de Fénelon, de Maquiavelo, de Voltaire, de Burke, de Boucher de Perthes, de Condorcet, de Luisa Ackermann, de Guy de Maupassant, ¿no se desprende que para todos estos filósofos el militarismo es la escuela del crimen?


Decir que la miseria y la ruina florecen donde florece el ejército, equivale a que el ejército es causa de ruinas y miserias, es decir, criminal.
Decir que un individuo no puede obrar a un mismo tiempo como buen general y hombre honrado, equivale a que el buen general obra necesariamente como un mal hombre, es decir, que es un criminal.
Afirmar que la guerra tiene por herencias el fraude, las crueldades, las injusticias, equivale a decir que engendra falsarios, crueles, injustos, es decir, criminales, y que estos criminales son guerreros, militares profesionales.
Decir que el soldado es un asalariado para matar a sus semejantes, es decir que el militar es un asesino.
Decir que la guerra es el mayor de todos los vicios, es decir que los que la ejercen -por vocación- son los más viciosos, los más criminales de todos los hombres.
Decir que el que hace de la guerra una profesión no puede dejar de ser vicioso, es decir que la guerra y, por consiguiente, el militarismo es la escuela del crimen.287
¿No es extraño ver que se levanten estatuas a estos filósofos como Voltaire, Burke, Fénelon, Swift, etc., autores del mismo aforismo que a nosotros nos valió tantos insultos?
¿No les parece que esta repetición de idéntico pensamiento, bajo formas tan diferentes, en épocas tan diversas, en lugares tan desemejantes, por hombres tan extraños unos de otros y todos deduciéndola de los hechos observados, no les parece, repito, que esta repetición tan frecuente reviste al pensamiento de un carácter de verdad?
Así nos parece y creemos acertar pensando como Lao Tsé, Séneca, Tertuliano, Swift, Fénelon, Maquiavelo, Voltaire, Burke, Franklin, Tolstoi, Colajanni, Corre y tantos otros, y no como piensan los generales Iung, Du Barail, y los señores C. Dreyfus, Peyrouton, etc.

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Algunos, pocos por cierto, me objetaron que mi psicología llegaba retrasada, pues daba el estado de alma de un ejército desaparecido.288
El reproche es chocante y rebela o una lectura sin atención o un extraño procedimiento de crítica. El lector sabe que los caracteres psíquicos de los militares profesionales fueron deducidos de numerosos hechos que datan desde 1794 a 1893. ¿Cómo es posible que con hechos relativos a este siglo fuéramos a hacer el retrato de los militares de siglos pasados? Desearíamos que nos lo explicaran. Confesamos que no podemos comprender cómo un retrato dibujado según observaciones de nuestra época, puede concernir únicamente a los militares de otras épocas.
Contraste curioso. El señor Eduardo Drumont, para criticarme, hizo el elogio del ejército mercenario de los siglos pasados. Vale la pena de que lo citemos:
«¿Conocen nada tan admirable como esta existencia del verdadero soldado, de que el señor Hamon no ha comprendido nada? Después de la del cura, ¿hay función más elevada que la de este ser lleno de sacrificio, siempre pronto a morir, siempre dispuesto a obedecer al primer llamamiento de la Patria?
»Estéticamente, un bello oficial bien plantado sobre la silla de un caballo fogoso, causa la impresión incompleta de la belleza viril. Es la vida en toda su fuerza, en todo su florecimiento de energía, y al mismo tiempo, es el sacrificio que de antemano se hace de esta vida que los hombres estiman por encima de todo.
»Y al contrario, ¿conocen nada tan desconsolador como la existencia de este desgraciado arrancado a su campo, a su aldea, arrojado durante tres años a su cuartel, lejos de las suyos, lejos de todo lo que él ama, condenado a vivir con otros hombres tan dignos de compasión como él?
»¿Qué vigor en reserva quieren que le quede a un país cuando en veinte años toda la gente haya pasado por estos cuarteles? Todos estos campesinos que se habrían casado con una sólida muchacha y habrían sido fuente de robustas generaciones, vuelven ahora a sus casas más o menos sifilíticos, con la noción de Dios y el respeto a la mujer perdidos, perdido el hábito del trabajo gracias a una mecánica, a la vez que embrutecedora, vacía. Son generaciones muertas.
»Hamon, que no tiene un cerebro filosófico, la emprende contra los jefes por este resultado. Es absolutamente insensato. La verdad es que el sistema militar actual no es otra cosa que una manifestación más del régimen absolutamente incoherente, imbécil y delirante que comenzó a funcionar a partir de 1789.
»Bajo el antiguo régimen no existía lo que hoy vemos. La milicia tomaba diez mil hombres cada año y éstos se iban a hacer un simulacro de ejercicio a la vecina ciudad. No habían más soldados que los que querían serlo; los nobles, que amaban esta gloriosa profesión por tradición, y las malas cabezas y los aventureros que se alistaban en los banderines del muelle de la Rapée.
»La sociedad de entonces, cristiana como era, estaba fundada sobre la libertad; pues, como dijo San Pablo, «el espíritu de Dios nos llama a la libertad y no a la servidumbre».
»Entonces cada individuo obedecía a su vocación, a la misión a que estaba predestinado. Los que amaban el rezo rogaban en paz; los que amaban la pintura, pintaban, y si pintaban bien los soberanos los tomaban a su servicio. Los que amaban el ruido de las espuelas, los brillantes uniformes, entraban voluntariamente en el ejército y felices vivían en él; no soñaban con escribir estudios psicológicos contra sus superiores; en tiempos de paz cantaban ante los toneles y bromeaban con las cantineras, como en los cuadros de Pater.
»De tarde en tarde estos héroes sentían la necesidad de batirse y se encontraban en la frontera con gentes que sentían el mismo deseo. Todo se pasaba alegremente y galantemente. «Tiren ustedes primero, señores ingleses» -decía el mayor de los guardias franceses, en Fontenoy-. «Aseguren sus sombreros, señores -decía el mariscal de la Casa Real-; vamos a tener el honor de cargar».



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