Psicología del militar profesional August Hamon



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Psicología del militar profesional” de August Hamon

PSICOLOGÍA DEL MILITAR PROFESIONAL*

August Hamon

A: A. Corre
En modesto testimonio de estima al sabio y al hombre, dedica este ensayo científico, A. Hamon.

PREFACIO

Cuando a principios del año 1898, emprendimos la tarea de escribir una Psicología del Militar de profesión, no podíamos ni remotamente sospechar el extraño destino que este ensayo científico iba a tener. No pensábamos que pudiera levantar la tempestad de odios y furores que provocó. La cosa es bastante instructiva y merece que la cuente lo más brevemente posible.


En la Defensa, respuesta a las críticas que se hicieron en el transcurso de 1894 al 1895, -época en que apareció una nueva edición francesa de mi obra- que figura al final de esta traducción española, se verá las peregrinaciones que tuvo que soportar nuestro libro para ver la luz pública. Para hallar un editor el libro, tuvo que migrar a Bélgica y así tuvo que imprimirse por mi cuenta y riesgo. Los editores se obstinaban en ver en él una obra de combate y de propaganda y no lo que realmente es: una obra científica, únicamente científica.
Al fin, el libro se dio al público y metió mucho ruido. Numerosas fueron las demandas de autorización para ser traducido. De Alemania tan solo vinieron cuatro. Un editor de Berna, el señor Siebert, se comprometió a editarlo. A principios de Abril de 1894, tenía ya en su poder todo el manuscrito alemán y transcurrieron meses y meses sin aparecer el volumen. Hasta fines de Marzo de 1895, el editor no comenzó a enviar las pruebas al traductor, que en Junio del propio año aún no las había recibido todas. Cansado de tanta demora y de informalidad tanta, escribí al editor prohibiéndole editarlo. Hasta rogué al traductor que no le enviara las pruebas, lo cual hizo. El señor Siebert no hizo caso y en Agosto de 1895 dio al público un pequeño folleto en 8º, de aspecto feísimo, texto incorrecto e incompleto. No figuraba en él ninguna de las numerosas notas de nuestro trabajo siendo sustituidas por el siguiente extraño aviso en la página 100, última del libro:

NACHSCHRIFT


«In welchen Dokumenten die mit Notenziffern bezeichneten Thatsachen zu finden sind, teilt der Verfasser (A. Hamon, Homme de lettres, 132 Av. de Clichy, in Paris) mit».

Sin duda esta grotesca edición de la casa Siebert no fue enviada a ningún periódico, pues la crítica alemana no se ocupó lo más mínimo de mi libro.



En Julio de 1895 el editor alemán señor Aug. Dieckmann me propuso publicarlo y acepté. En Febrero de 1896 apareció en Leipzig en forma de un elegante volumen in-12 de 188 páginas. Contrariamente a lo convencido, no figuró la Defensa en esta edición alemana. Seguramente que ya en aquella época la casa editorial Dieckmann, desaparecida hoy, se encontraría en mala situación y debido a esto no haría el debido cambio con la prensa, pues esta tan poco dijo nada de nuestra obra. De ello resulta que en Alemania mi libro es más conocido por la edición francesa que por la alemana.
En Agosto de 1895, el editor señor Savine de París, publicó una nueva edición de la Psicología del Militar Profesional, precedida de la Defensa que los lectores de esta traducción española hallarán al final del texto. Habiéndose fusionado la casa Savine con la casa P. V. Stock, mi libro forma actualmente parte de la Biblioteca Sociológica que publica este editor.
En Junio de 1896 un grupo socialista de Oporto (Portugal) publicó una edición muy completa de nuestro libro en la lengua de Camoens, precedida de un bello prefacio del señor P. de Carvalho, formando un volumen in-18 de 276 páginas.
En 1903, el editor ruso Birukoff, cuya casa está situada en Anex, cerca de Ginebra, publicó una edición en lengua rusa, incluyendo la Defensa, en un volumen in-18 de 265 páginas.
En Italia mi libro fue más afortunado que en Alemania. Primero lo editó en Roma en 1895 la Tipografía editrice sociale, en un volumen in-18 de 147 páginas con el retrato del autor, y se agotó rápidamente. En 1901 el conocido editor Remo Sandrop lo publicó nuevamente. El traductor señor Frigerio incluyó la defensa.
Al pie de unas pocas palabras mías de prefacio, el editor puso esta nota en italiano:
«Rogamos al lector tenga presente que el autor habla en este libro del ejército francés y que de ningún modo entendemos lo que de él dice pueda ser aplicado a nuestras instituciones militares, las cuales han dado recientemente en China tantas pruebas de humanidad y aun de espíritu de sacrificio en beneficio del interés social».
Esta nota es absolutamente inexacta. El editor la puso sin conocimiento mío, probablemente por un irreflexivo temor de persecuciones. Y esta, su inexactitud, es tanto más evidente que en el curso de mi volumen, hasta en el mismo prefacio, yo digo: el estado psíquico del militar profesional, tal como lo he deducido de los hechos observados, no se refiere únicamente al militar francés, sino al militar profesional en general, sea cual sea su nación, su raza y su arma.
Mi libro no fue perseguido en Italia, como tampoco lo fue en Francia, en Alemania y en Portugal. Y no precisamente a causa de esta nota tan infantil, sino porque es un libro de ciencia y que en cualquier país la ciencia tiene el derecho y el deber de decirlo todo. La ciencia sigue su camino paso a paso, lentamente, pero con seguridad, y nada puede detenerla en lo futuro como nada la detuvo en el pasado. El poder enorme de la Iglesia se gastó en vano durante la Edad Media para impedir la libertad de pensar. Y actualmente, con los descubrimientos del espíritu humano, tales como la imprenta, el ferrocarril, etc., la obstaculización se haría más difícil, es más imposible y en vano se gastará el poder de todas las plutocracias presentes. El pensamiento no puede ser comprimido. ¡Pobres cerebros los que lo intenten!
Pero si en Italia mi libro no fue objeto de persecuciones, sucedió, en cambio, una curiosa aventura a las ideas en él expresadas. El señor G. P. Lucini publicó en Le Italia del Popolo, importante periódico de Milán, dos largos artículos en los cuales daba cuenta de mi obra, analizándola y señalando sus ideas principales, hasta atenuándolas. (Véanse los números de 25 de Junio y 23 de Julio de 1901). Estos artículos fueron secuestrados. Su autor, un poeta de talento, fue procesado. En los periódicos de Milán del 7 y 8 de Diciembre de 1901, pueden leerse los debates del proceso que terminó en una absolución. No podía ser de otro modo, lo contrario hubiera sido un contrasentido:
A propósito de esto escribí yo al señor P. Piazzi, abogado defensor, una carta que reprodujo Le Italia del Popolo en 6 de Diciembre y de la que me permito reproducir los siguientes párrafos:
«El gobierno italiano persigue y secuestra artículos de periódico y no secuestra el libro del que estos artículos no son más que breve y atenuado comentario, lo cual es sencillamente ridículo. Estas ridículas persecuciones, ridículas porque son contrarias a la razón y a la lógica, son completamente inútiles. No serán ellas, seguramente, con todas sus condenas, las que puedan impedir sea un hecho que los ejércitos internacionales en China hayan robado, asesinado, violado, saqueado, destrozado todo. Todos estos actos son interesantes a la profesión militar y no podrán dejar de suceder mientras subsistan los militares. Callar estos actos nunca significará que no se producen. Además, es infantil poner trabas al pensamiento, querer comprimir el Verbo. Por su misma naturaleza el pensamiento y su expresión, bajo cualquiera de sus formas, es incomprensible. Escaparon al pasado, escaparán a la persecución del presente. Los gobernantes italianos deberían saber las palabras de los apóstoles: «No podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído». De no haber olvidado estas palabras sabrían que no conduce a nada esta ridícula persecución. La verdad no deja por esto de penetrar en los cerebros, los hechos son los hechos y no dejan de ser negándolos. ¿De qué le sirvió a la Iglesia haber perseguido y quemado a los herejes? ¿De qué les sirvió a los austriacos haber perseguido a los patriotas italianos? ¿De qué a Inglaterra martirizar a los Acadienses, a los Canadienses franceses a los Irlandeses? La herejía triunfa, el materialismo y el ateísmo también. Los canadienses franceses y los acadienses son hoy más fuertes que nunca. Los italianos se han desembarazado del yugo austriaco… Los irlandeses luchan aún y pronto serán los vencedores. La hoguera, la cárcel, el presidio, todo esto es infantil y vano, absolutamente inútil. El pensamiento no puede ser encadenado».
Deseoso durante el curso del Affaire Dreyfus, (1898), de divulgar la verdad científica que se encierra en las notas de la Psicología del Militar profesional, tuve la idea de hacer publicar una edición barata de vulgarización científica. Sabiendo que el Sr. Yves Guyot, director de Le Siécle, editaba obras concernientes a Dreyfus, le propuse dicha edición, haciéndole constar que no pedía nada por mis derechos de autor. Yves Guyot se negó alegando que nuestra obra atacaba a todo el ejército y que aún era éste necesario. Esto nos dio la prueba de que para ciertos individuos que dirigían el asunto Dreyfus, era este asunto puramente individual, particular, sin ningún principio por causa. Su campaña evidenciaba demasiadas manchas y mi libro las confirmaba demasiado. Tuve sin embargo el placer de ver que en 1898 y 1899 se hacían corrientes las ideas que en 1893 expuse en mi libro con gran escándalo de la mayoría. Estas ideas las hallé diariamente repetidas en la prensa o en los folletos, a mayor gloria de sus autores que se olvidaron de citar mis trabajos. Es la muerte reservada a todos los precursores. Ni me extraña ni me quejo de ello. La expresión «Militar profesional» se ha hecho corriente, clásica, cuando antes de mi libro no se había aún empleado.
Algunos cronistas de talento estaban tan impregnados de mis ideas que a veces hasta las repetían en los mismos términos. Urbain Gohier, cuyo talento de polemista es innegable, fue acusado de plagio por el Daily News. (Números del 23 de Noviembre, 2 y 22 de Diciembre de 1898, Londres: Nya Pressen, 28 de Noviembre de 1898, Helsingfors). Dicho periódico cotejaba los textos de los señores Hamon y Gohier y se extrañaba de que el segundo se viera perseguido y no fuera el primero. Entonces me vi precisado a intervenir y lo hice en carta de que extraigo algunos fragmentos típicos:
«Mi libro es un libro de ciencia y no otra cosa. Ha sido elaborado recogiendo observaciones, analizándolas, demostrando sus caracteres comunes y sacando enseguida conclusiones sin intención de injuriar ni de insultar. Mi libro estudia el militarismo y su efecto, la guerra, en todas las naciones. Aquí radica la diferencia entre El Ejército contra la Nación, de Urbain Gohier y mi obra… Gohier no se dirige siquiera contra el principio del Militarismo. Mi Psicología del Militar Profesional es un libro de ciencia que tiene un alcance general, independientemente del tiempo y del lugar. Por esto es tan verdadero y tiene tanta actualidad hoy como hace cinco años y la tendrá mientras subsista el principio del Militarismo en el país que sea. L’ Armée contre la Nation es un libro de polémica, colección de artículos de periódicos escritos al día. Es una obra de circunstancia, sin alcance general, sin valor filosófico, pero de un gran valor de polémica y de estilo. Hay, por lo tanto, una diferencia esencial entre los dos.
Esta diferencia esencial explica, sin que por esto justifique las persecuciones, la diferencia de actitud gubernamental enfrente de ambos autores. En mi libro… yo no he insultado, ni injuriado al ejército francés en particular. He hecho observar, una serie de fenómenos y he sacado conclusiones. No se me puede decir que he atacado al ejército, del mismo modo que no se acusa al naturalista que estudia las costumbres de ciertos parásitos, de insultar a estos parásitos. Lejos estoy de insultar a los militares profesionales, pues que según la tesis que sostengo, no pueden dejar de ser lo que son. Son los efectos necesarios de la profesión que ejercen, sea cual sea el país. Y lo serán mientras ejerzan esta profesión. Al hacer observar que los militares profesionales son necesariamente criminales por su misma profesión, no les insulto del propio modo que no insultamos a los jorobados o a los ciegos al observar que son jorobados o ciegos. No poseeríamos espíritu científico y filosófico si vilipendiáramos o injuriáramos a los productos necesarios, a los efectos inevitables de causas sociales…»
La guerra es un ambiente en que necesariamente el sentimiento altruista se anula poco a poco, pues la sensibilidad se embota y hasta desaparece más o menos completamente, como con mucha precisión hizo notar el mariscal Canrobert. «La guerra -escribió- hace desaparecer la sensibilidad del hombre cuando está en el campo de batalla. Se preocupa poco de ver caer a sus compañeros. Un oficial o un soldado que en otra ocasión poseerá un corazón tiernísimo, se volverá fatalista, indiferente hasta ser duro, en el fragor del combate. Esta insensibilidad en el campo de batalla ha de ser una de las cualidades del general en jefe…» (Souvenirs, tomo I, pág. 85). Esta insensibilidad necesaria a la guerra, que afecta poco a poco a todos los militares profesionales, subsiste en tiempo de paz y se manifiesta por diversas brutalidades, sobre todo en el ejercicio del oficio, en el cuartel, contra los hombres. El fin del militar es la guerra. Toda la educación del militar debe tender y tiende, en efecto, a la preparación de esta guerra. Asimismo, la educación militar tiende a producir la insensibilidad cuyas manifestaciones más brutales se ven durante las guerras.
«La guerra no se hace con la filantropía», dice el mariscal Canrobert (Souvenirs, tomo I, pág. 376). Por lo demás, es fácil desarrollar en el hombre esta insensibilidad, pues existe en él su estado instintivo, sobrevivencia del estado de brutalidad ancestral. El hombre es un animal en el cual se despierta el salvajismo de los antepasados humanos y prehumanos. Basta que se presente una ocasión, por pasajera que sea. Hallamos de ello una prueba en el salvajismo de ciertas multitudes de civilizados. La profesión es un hecho permanente y por tanto su acción sobre los individuos es mucho más intensa. La moral de la profesión militar está en oposición absoluta con la moral ordinaria. Esta confesión la hicieron ya el príncipe Jorge de Sajonia y el kromprinz Federico Carlos de Prusia. «La guerra -dijeron-, es una cosa aparte que contradice la moral cristiana corriente. No desees los bienes ajenos, dice esta moral. Toma, roba todo lo que puedas, predica la guerra. No mientas, dice una. Miente, arma emboscadas, no responde la guerra, y cuanto más mates, mayor será tu mérito en este mundo y en el otro». (Die Waffen Nieder y La Revue des Revues, Septiembre y Octubre de 1893).
De todo esto resulta que inevitablemente la profesión militar, que tiene sobre los que la ejercen tan considerable influencia, prepara las violencias y las brutalidades de la guerra, educa al hombre para este fin y provoca en él el despertar de los instintos sanguinarios, brutales, que dormitan en todo ser humano. Estos instintos los desarrolla en los militares profesionales que se adoptan al fin perseguido y se convierten en simples criminales por un simple fenómeno de adaptación al medio en el cual viven, al fin que persiguen y para el cual están educados.

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Algunos críticos, como el de Minerva, de Roma (30 de Junio de 1901), estimaron que a pesar de toda nuestra buena voluntad nos costó trabajo hallar los hechos para plantear nuestra tesis, mientras que hubiera sido fácil hallarlos para sostener la tesis contraria. Verdad que los críticos se guardaron mucho de presentar siquiera un hecho en apoyo de su pretensión. No nos la explicamos sino recurriendo a su ignorancia del asunto de que hablaban, pues no queremos sospechar de su buena fe. En efecto, cada día que transcurre aporta un nuevo y numeroso contingente de hechos como los relatados en mi Psicología del Militar Profesional. Quien quiera leer los periódicos de todos los países no se hallará más que la dificultad de la elección agravada por la cantidad. Si se leen las Memorias de los oficiales superiores o de los generales que con frecuencia se van publicando, puede recogerse abundante cosecha de hechos análogos a los por nosotros citados, hechos que confirman la psiquis especial de los militares profesionales y que hemos determinado. Permítasenos citar algunos más:
«En Filipinas los voluntarios americanos han robado, saqueado e incendiado. Saquearon las tumbas de los sacerdotes con la esperanza de hallar objetos preciosos. Rompieron los sarcófagos y arrojaron al suelo los cadáveres medio descompuestos. (New York Freeman’s Journal, 12 de Mayo de 1900).
Mr. Watson, comodoro de la flota de los Estados Unidos deplora que la paz se haya firmado antes que la Marina haya podido significarse yendo a España. (The Globe Demokrad, Octubre 1898).
En la cámara de diputados de Bélgica, el 7 de Diciembre de 1895, el diputado Defned dijo sustancialmente:
“No hace mucho que un carabinero, en estado de embriaguez, disparó su fusil sobre sus jefes y se le procesó. Los informes médicos declararon la irresponsabilidad del soldado y no obstante, se le condenó a diez años de presidio. «Loco o no, declaró el presidente del consejo de guerra, el soldado ha disparado sobre sus jefes y debe ser condenado…» Un capitán de estado mayor golpeó gravemente, días hace a un magistrado militar y fue condenado a un mes de cárcel. Diez años a un soldado y un mes a un oficial. He aquí la justicia militar…”
En las famosas Hunenbriefe (Cartas de los Hunos) que publicó el Vorwaekts (30 de Diciembre de 1900; 3 y 23 de Febrero; 2 y 28 de Marzo y 3 y 19 de Abril de 1901), hallamos la descripción de numerosos hechos de saqueo, violaciones, robos, homicidios, etc., que el ejército internacional cometió en China. En estas cartas se trata, sobre todo, del ejército alemán, pero las tropas inglesas, francesas, americanas, etc., se entregaron a los mismos actos. En el New York Herald, el señor Jonh F. Bas, nos relató el saqueo de Tientsin que es en un todo parecido a los saqueos de las ciudades que se efectuaron en la edad media y en la antigüedad. (Véase La Nación, de Buenos Aires, 26 de Noviembre de 1900).
“Nunca podrá formarse una idea en el Canadá de verdadero estado de las cosas, escribe un soldado alistado voluntariamente en la guerra de Transvaal. Es una continua persecución desde la mañana a la noche y no hay un soldado que no tenga motivos de queja. Si los periódicos publicaran las cartas de los soldados se vería de qué modo nos tratan los oficiales… Vivimos como puercos y se nos trata como a presidiarios…” (La Patrie, 20 de Diciembre de 1899, Montreal).
“En el landrote del distrito de Rustemburg se hallan archivados diferentes testimonios de mujeres y muchachas que los ingleses hicieron robar por los cafres, y declaran que los cafres las mantenían sujetas mientras los ingleses las violaban… Gran número de esposas e hijas de boers, entre ellas muchachas de 12 años, fueron robadas por los cafres y después de una marcha de 60 millas, durante la cual mujeres y jóvenes tuvieron que llevar a sus hijos en brazos, fueron sujetadas por cuatro negros, mientras los soldados ingleses las deshonraban…” (Les Debats, Montreal, 22 de Abril de 1900, según Kreuzzeitung y la Frangfurter Zeitung del 16 de Diciembre de 1889).
“Acabamos de llegar de unas correrías en que hemos incendiado, saqueado y desvanecido todas las tribus…” (Campañas de África de 1835 a 1845. Correspondencias enviadas al Mariscal de Castellane, carta del mariscal Canrobert)».
Facilísimo nos sería alargar estas citas sin fin. Podríamos ir a buscarlas en las Memorias de Bourrienne, del Duque de Rovigo,1 del general Marbot, del general conde de Saint Chamano, del general Indigné;2 en las Campañas de Creniea, de Italia, etc., cartas dirigidas al mariscal de Castellane por los mariscales Niel, Bosquet, Vaillant, Pelissier, los generales Changarnier, Cler, Mellinèt, etc., (Plon, editor); en la obra el Mariscal de Saint Arnaud en Creniea del doctor Carbol; en la Carta al Parlamento y Mi Derecho por el capitán de fragata Picard Destelan; en Napoleón y su familia por Federico Masson (Ollendorf, editor); en Fragmentos de mi vida (de Jena a Moscou) por el coronel de Suckow (Plon, editor), etc. No citamos más que obras francesas, porque siendo francés son las que más leemos. Pero en las Memorias de los oficiales extranjeros se hallaría, seguramente, igual cosecha de hechos típicos de la mentalidad militar. La señora Lily Braun publicó hace dos años la Correspondencia de su padre, general alemán, relativa a la campaña de Francia en 1870 y esta correspondencia contiene una multitud de hechos semejantes a los que hemos citado.
En la actualidad, todo el mundo conoce La Petite Garnison, del teniente Bilse, que relata la vida de los militares alemanes.3 Un proceso ante el Consejo de Guerra demostró que su libro era un cuadro muy exacto de esta vida. Otras novelas del mismo género, como Jena o Ledan de F. A. Beyerlein, se han ido publicando en Alemania o en Austria desde 1902 y todas demuestran con hechos la veracidad de la mentalidad especial del Militar profesional tal como nosotros la hemos establecido.
En Alemania, en Austria, en Rusia, el espíritu miliar ha llegado, si así podemos decirlo, a su máximo de intensidad, y, por consiguiente a sus efectos: injurias, violencias, brutalidades, abusos del poder, etc., son más frecuentes que en otros países.
Pero en estas otras naciones no dejan de existir, no obstante, estas mismas características de la mentalidad militar. En Inglaterra y Norte América las hallamos lo mismo, a pesar de que el espíritu militar está poco desarrollado en estos dos países. Los ejemplos que anteriormente hemos citado son una prueba. Permítasenos citar aún los dos hechos siguientes:
Durante la guerra de los Anglo-egipcios contra los Mahdistas del Ludan, los soldados del ejército anglo-egipcio cometieron actos verdaderamente salvajes. Se remataba a los heridos en el mismo campo de batalla. Las mujeres y los niños quedaron destrozados a cañonazos. (G. N. Bennett, Contemporany Review, Enero de 1899, Londres).
En el campo de Meade (Middletowon, Pa. Estados Unidos) tres soldados del segundo batallón de West Virginia fueron condenados al siguiente suplicio: extendidos sobre el suelo, los pues y manos atados a cuñas, colocados en cruz, quedaron expuestos durante dos horas a los rigores del sol. Otro soldado que faltó al respeto a su superior fue condenado a llevar una bayoneta en la boca, a guisa de mordaza, atada sólidamente con una cuerda alrededor del cuello y las manos atadas a la espalda. Cuando le quitaron la bayoneta, la sangre manó en abundancia de la boca.
Todo esto justifica plenamente nuestra conclusión. El militarismo es una escuela del crimen. En todas partes es lo mismo. El militar profesional francés, alemán, inglés, ruso, español, italiano, belga, americano, argentino, holandés, etc., es en todas partes lo mismo: violento, brutal, insensible, infatuado de sí mismo y de su poder. En todas partes donde la guerra estalla surge el robo, la violación, el saqueo, el asesinato, el incendio, la mentira, el espionaje y otros actos viles que disminuyen la moralidad del individuo y a veces la atrofian.
No decimos ninguna novedad afirmando que el militarismo es una escuela del crimen. No hacemos más que repetir en esta forma lo que la Iglesia católica decía antiguamente y que parece haber olvidado hoy. En el siglo X, el Pænitentiale de Reginón, abate de Prum, habla de las expiaciones impuestas a los que han matado en el curso de una guerra. Las leyes de la Iglesia colocaban el homicidio cometido durante la guerra entre los actos criminales. (Véase El Estado social de la Francia en tiempos de las Cruzadas, por L. Garreau, París 1899, pág. 398).

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En el capítulo II de esta Psicología del Militar Profesional, decimos: en suma, la profesión militar es un oficio como otro cualquiera, ejercido como todos los demás. Algunos han querido ver en esto la expresión de una identidad cuando no es más que la expresión de una similitud. No quisimos decir que la profesión militar es idéntica a cualquiera otra. Quisimos significar que la profesión militar se ejerce como todos los demás oficios, con un fin absolutamente individual, en vista de un interés puramente particular, interés del individuo que la ejerce.
Todo militar de profesión ejerce su oficio, no por amor a la Patria, sino para progresar en la carrera que abrazó, para obtener gloria, riquezas, honores, en una palabra, por interés personal. El objetivo es el mismo para todos los hombres, para el hombre de ciencia, para el literato, el tendero, el ingeniero, el comerciante, el militar, etc. Únicamente difieren los medios para llegar a este resultado. Varían según la profesión.
Decir, cómo escribió en su nota el editor italiano de nuestro libro, que el militar profesional obra por espíritu de sacrificio en beneficio del interés social, es un error mayúsculo. Todos los hechos lo contradicen. Citaremos algunos sacándolos de las correspondencias de los oficiales generales, correspondencias íntimas en que se desahogan con toda sinceridad:
Del primero al último, escribe el mariscal Forey, vamos corriendo todos en pos del bastón de mariscal después de las estrellas y las charreteras y ocultamos nuestra ambición detrás del sentimiento del deber. (Campañas de África de 1835 a 1848, Correspondencias enviadas al mariscal Castellane).4
Algunas veces son las celebridades del ejército que benévolamente buscan hacer matar hombres para tener la ocasión de redactar boletines ampulosos con unas miserables fusiladas de retaguardia. La exageración, mejor aún, la mentira, están a la orden del día. Todos buscan hacerse pasar por grandes vencedores y podría decirse que el objetivo de la guerra estriba más en hacer ganar cruces y grados a ciertos protegidos, que obligar a los árabes a hacer la paz (obra citada, carta del general Cler).
Para mí, lo esencial es no desaprovechar esta ocasión que se me presenta de avanzar en mi carrera, que de otro modo no sería posible (carta del jefe de batallón Changarnier, más tarde general, al mariscal Castellane, ob. cit.).
¿Pero porqué nuestros generales se preocupan más de sus intereses privados que de los de sus subordinados? (carta del capitán Bouteilloux, luego general, ob. cit.).
Francia gasta tesoros, millones, en África, sin más objeto que el de labrar la fortuna de algunos individuos y hacerles aumentar de grado… (carta del coronel Smidt, ob. cit.).
En aquel solemne momento (señal del asalto por Constantino) todos, oficiales y soldados, estábamos sumidos en recogimiento… Los oficiales estaban animados de un sentimiento ambicioso: con el deseo de pescar un grado más, o con la esperanza de obtener una cruz. Los soldados, más tranquilos, no esperaban ninguna recompensa… (Souvenirs, del Mariscal Canrobert, tomo I, pág. 298).
Todo esto demuestra muy bien que lo que anima al militar profesional en el ejercicio de su carrera es un cuidado puramente individual y no el del engrandecimiento de su patria. Mantenemos, por lo tanto, la verdad de este pensamiento: La profesión militar es una profesión como todas las demás, distinguiéndose de estas por la naturaleza de su ejercicio, pero no por el objetivo de los que la ejercen.

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Así, que, los militares profesionales tienen la psiquis que exponemos en el curso de este libro y la tienen por el mismo hecho de la profesión que ejercen. La profesión militar, tal como dejamos sentados en las conclusiones de esta obra, tal como hace seis años, en 1899, escribió el sabio profesor Giard, es una sobrevivencia de las edades bárbaras, es un vestigio patente, clarísimo del pasado. ¿Es susceptible de perfección esta profesión en el sentido de instituciones democráticas? El señor Giard responde: No. Participamos nosotros de su mismo modo de ver, como se verá en las conclusiones. De todos modos, nosotros creemos que se pueden atenuar los efectos de esta profesión disminuyendo su diferenciación de las demás. Algunas reformas legales lograrían este objeto permitiendo una ligera y lenta mejora de las mentalidades de los profesionales militares y disminuirían sus nocividades.
La desaparición de los efectos totales del militarismo no puede ir aparejada sino con la desaparición del mismo militarismo. El ejército no puede ser democratizado. Es de esencia autoritaria, ya lo ha dicho el mariscal Canrobert. «Los soldados no son republicanos, dijo. Acostumbrados a obedecer están contentos de ver a los burgueses sometidos como ellos… Los ejércitos son esencialmente monárquicos».

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Con entera confianza entregamos esta edición española de nuestro libro a la crítica de los científicos de España, de Méjico, de la América Central, de Colombia, de Venezuela, de la Argentina, del Uruguay, del Chile, del Ecuador, del Perú. Filósofos, sociólogos y pensadores de estos países no verán en este libro, estamos de ello seguros, sino lo que efectivamente es: un estudio objetivo, científico, de la mentalidad determinada en el individuo por la profesión militar.
Esperamos que el gran público que nos haga el honor de leernos no se servirá del aforismo que hemos deducido, el militarismo es una escuela del crimen, para injuriar e insultar a los militares profesionales, como algunos han hecho. En efecto, sería absolutamente ilógico e infantil, no de hombres que piensen y reflexionen. No nos cansaremos de repetirlo; al obrar criminalmente los militares profesionales no tienen demérito ninguno. Dadas las condiciones, son lo que debían ser. Los medios, agregados a sus predisposiciones naturales, los condicionaron de este modo. No pueden ser diferentes de lo que son. No pueden obrar de otro modo del que obran. Es infantil guardarles rencor.
A. Hamon

Kerhuel en Camlez (Bretagne), Agosto 1904.





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