Psicología del despertar



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El espacio sentido


El espacio vivido puede ser experimentado de formas burdas y de formas más sutiles. En este sentido es posible distinguir la existencia de tres niveles distintos en nuestra experiencia del espacio, el espacio propio de la orientación corporal, el espacio del sentimiento y el espacio abierto del ser, tres dimensiones que se corresponden aproximadamente con la distinción realizada por el budismo tibetano entre los espacios extemo (ordinario), interno (sutil) y secreto (muy sutil).2

A nivel externo, el cuerpo se orienta en las distintas dimensiones del espacio "extemo" -planos horizontal y vertical, localización, tamaño y distanciaque constituye el entorno en que nos movemos.

Desde una perspectiva interna nos desplazamos por distintos estados-sentimientos que también poseen una cierta cualidad espacial. El espacio sensible es. por tanto, el paisaje afectivo en el que habitamos y nos movemos instante tras instante. Si usted observa el modo como se siente ahora mismo -el paisaje afectivo en que ahora se halla y lo compara con el espacio en que se hallaba esta mañana al despertar o la última vez que se sintió desbordado por una intensa emoción, podrá advertir la existencia de diferentes espacios internos que poseen cualidades emocionales completamente diferentes.

Hay espacios emocionales que parecen fluidos y acuosos, mientras que otros son mucho más definidos. Los hay difusos y evanescentes, mientras que otros, por el contrario, son intensos y fuertes. Algunos parecen chatos, mientras que otros poseen profundidad y textura. En última instancia, cada uno de los distintos entornos afectivos por los que atravesamos constituye una especie de atmósfera que nos rodea y nos envuelve, y que posee su propia cualidad, textura y densidad.

Y, al igual que ocurre con el clima, el espacio sentido se halla en un proceso de cambio continuo cuyas cualidades se modifican en función de la relación que mantengamos con nuestra naturaleza más profunda. Así. cuando estamos en contacto con el fundamento de nuestro ser nos sentimos más expansivos, dinámicos, ligeros y plenos, y disponemos de más espacio en el que movernos y ser. A esta dimensión se refería precisamente el poeta Baudelaire cuando hablaba de «pensamientos inmensos», «perspectivas inmensas» y «silencios inmensos». En cambio, cuanto más alejados nos hallemos de las dimensiones más reales y vívidas de nuestro ser, el espacio en el que habitamos se vuelve más denso, agobiante y claustrofóbico, hasta el punto de llegar a oprimirnos y dificultar nuestro movimiento. En este caso el cuerpo se siente más pesado, la gravedad más intensa y el espacio que nos rodea más denso. Entonces nos sentimos agobiados por nuestras limitaciones como si tuviéramos «poco espacio para movemos».

Además de oscilar entre los polos de la expansión y la contracción, el espacio sentido también se mueve entre los polos de lo superficial y lo profundo. Cuando estamos desconectados de la presencia viva de nuestra fuente, nuestro paisaje afectivo se experimenta de un modo más chato, superficial y bidimensional. En este caso la vida se siente como un páramo árido, monótono e interminable en el que estamos atrapados como si de una cárcel se tratara. En cambio, cuando estamos profundamente conectados con nuestro propio ser, el espacio sentido cobra profundidad y textura y se halla, en palabras de Rilke, «poblado de innumerables presencias».


El espacio abierto

Dado que el espacio sentido se expande, profundiza y fluye cuando estamos arraigados en nuestro ser y se contrae, seca y achata cuando nos alejamos de él, es evidente que los distintos espacios sentidos que habitamos son como arroyos distintos procedentes del mismo manantial, es decir, la relación que mantenemos con el espacio abierto del ser, la conciencia pura. Por esto experimentamos el alejamiento de la esencia de nuestro ser como si estuviéramos encerrados en una habitación mal ventilada de la inmensa mansión de la conciencia pura. En cambio, cuando permanecemos más cerca de nuestro ser es como si se abrieran las ventanas que permiten la entrada de aire fresco. En realidad, nuestra naturaleza más elevada ejerce sobre nosotros un impulso magnético que se experimenta incluso en los estados mentales claustrofóbicos en lo que tan a menudo nos quedamos atrapados.

De hecho, la atracción que experimentamos por los inmensos espacios abiertos de la naturaleza -la misteriosa atracción que ejercen sobre nosotros los territorios inexplorados, el extraordinario horizonte del océano o las insondables profundidades del espacio exteriorno hacen, en última instancia, sino reflejar el anhelo de conectar con la dimensión más amplia y expansiva de nuestra naturaleza. Como dijo el lama Govinda:
Cuando los hombres se dirigen al espacio celestial invocando a un poder que se supone reside allí, lo que en realidad invocan son sus propias fuerzas internas que. al proyectarse al exterior, se visualizan o se sienten como el cielo o el espacio cósmico. Cuando nos dirigimos hacia la misteriosa profundidad del firmamento azul. lo que realmente contemplamos es la profundidad de nuestro ser interno, la misteriosa y omniabarcadora conciencia en su inmaculada pureza primordial, una pureza que no se ve mancillada por los pensamientos [...] ni dividida por las discriminaciones, los deseos y las aversiones.
Pero nosotros experimentamos una cierta ambivalencia con respecto al espacio abierto que ocupa el centro de nuestra naturaleza ya que, por una parte, nos sentimos atraídos por esa inmensidad, pero también la tememos y tenemos miedo a su falta de solidez, que no nos proporciona térra firma alguna en la que anclar nuestra identidad convencional. Así. aunque a menudo anhelemos más espacio, también huimos de él y nos apresuramos a llenarlo. Como hacen quienes huyen de la congestión de las grandes ciudades llevando consigo todos los artilugios de la vida urbana -con lo que acaban convirtiendo el campo en un suburbio de la ciudad-, nosotros nos sentimos inicialmente atraídos por el espacio abierto del ser, pero no tardamos en atiborrarlo de nuestros puntos de referencia familiares.

El espacio abierto del ser irrumpe de continuo en nuestra conciencia a través de todo tipo de destellos y vislumbres inesperados, cosa que ocurre, por ejemplo, cuando tropezamos con algún misterio insondable en nosotros o en las personas a las que amamos. Este simple despertar también sucede a veces durante la meditación cuando, por ejemplo, un estado mental opresivo se desvanece súbitamente. Entonces nos damos cuenta súbitamente de que hasta los estados mentales más densos flotan como boyas en la superficie del océano abierto de la conciencia. Y es que la meditación nos abre las puertas a este espacio, relajando la tendencia a identificarnos con los pensamientos compulsivos con que habitualmente lo llenamos. Es por ello por lo que el budismo mahamudra tibetano describe la meditación como «mezclar la mente y el espacio». Aquí es cuando cerramos el círculo de la escisión dualista que hace Descartes en estos dos dominios.

Cierto texto zen refiere las siguientes diez características que asemejan la naturaleza de la conciencia al espacio abierto:


  • no obstruida, es decir, que no se halla limitada ni confinada por los pensamientos o sentimientos que emergen en ella;

  • omnipresente, en el sentido de que siempre se halla inmediatamente disponible expandiéndose en todas direcciones;

  • ecuánime, es decir, que permite que todo sea tal cual es;

  • inmensa, por cuanto se extiende infinitamente más allá de todas las limitaciones de la mente;

  • sin forma o, lo que es lo mismo, que no puede verse contenida por ningún esquema conceptual;

  • pura. es decir, que no se ve contaminada por nada que emerja de su interior;

  • estable, es decir, que nunca nace y que nunca muere, sino que es el fundamento omnipresente de toda experiencia pasajera;

  • más allá de la existencia, ya que no puede situarse en ninguna forma definida;

  • más allá de la no-existencia. puesto que no es simplemente nada sino, muy al contrario, una presencia clara y luminosa;

  • inasible, porque no hay forma alguna de fijarla ni de aprehenderla.

La tradición tántrica también califica como secreto al espacio abierto del ser, porque no puede ser localizado ni definido por la mente. Es tan insondable e inescrutable para la mente conceptual que sólo puede ser representado de manera simbólica, como hace el budismo tántrico a través del mándala, una representación de la danza creativa de los fenómenos en el campo dinámico del espacio abierto. En el centro del mándala se halla la sabiduría del espacio abierto que carece de centro y todo lo impregna. A diferencia de la mente egoica -que aspira a convertirse en el protagonista o el director de su mundo-, la naturaleza amplia y espaciosa de la conciencia carece de centro fijo (de punto definido de origen) y de circunferencia (o límite extemo). No está aquí en tanto que algo opuesto a allí, no es mío como algo opuesto a suyo y tampoco es el producto de un pensador, actor o director central. Como dijo Chógyam Trungpa:


Según la versión tántrica del mándala, todo gira en tomo al espacio sin centro en el que no hay perceptor ni observador alguno. Y, puesto que no hay observador ni perceptor, todo se vuelve extraordinariamente vivido. El principio del mándala se asienta en la interrelación existente entre todos los fenómenos [...]. Las pautas de los fenómenos se hacen claras porque no hay parcialidad alguna en la propia perspectiva. Todos los rincones son visibles, la conciencia lo impregna todo... [y] cada punto del espacio es centro al mismo tiempo que borde.
Aunque Jung estudió el simbolismo del mándala en las religiones orientales y reconoció que expresan una actitud psicológica ajena a toda fijación egoica, no llegó a advertir su principal significado en tanto que representación del inmenso espacio de la mente-sabiduría. la apertura y potencialidad creativa del ser en la que se despliega el juego de la conciencia y que no permanece atada a la referencia central del yo. La visión junguiana de los mándalas orientales era mucho más estrecha, porque los consideraba símbolos destinados a «fomentar la concentración estrechando el campo psíquico de visión y restringiéndolo al centro [...], un centro de personalidad, una especie de centro de la psique con el que todo está relacionado». De este modo, la interpretación de los mándalas realizada por Jung muestra el típico sesgo dualista de la psicología occidental cuando trata de estudiar las dimensiones más elevadas de la conciencia.


Vivir en el espacio

En un nivel personal, nuestra necesidad de situarnos en el centro de las cosas nos impide advertir el continuo despliegue de los fenómenos en el mándala de la conciencia humana. Y. puesto que el espacio abierto que se halla en el núcleo de nuestra naturaleza no proporciona apoyo ni confirmación alguna a nuestro proyecto de identidad, solemos volvernos contra él llenos de miedo y acabamos convirtiéndolo en un enemigo, como si el espacio abierto fuera un agujero negro que amenazara con engullirnos.

Desde esta perspectiva, la psicopatología no es más que el resultado de los distintos intentos realizados para rechazar nuestra naturaleza esencial en tanto que espacio abierto. Y es precisamente por ello por lo que nos contraemos y nos refugiamos en espacios en los que acabamos sintiéndonos claustrofóbicamente atrapados y de los que continuamente tratamos de escapar. Como señala W. Van Dusen, cada tipo de patología representa una forma distinta de luchar contra esta experiencia del agujero negro:
Cada vez me resultaba más evidente que estos agujeros [...] encierran la clave tanto de la patología como del cambio psicoterapéutico [...j^En el caso del obsesivo compulsivo representan la pérdida de orden y de control; en el del depresivo son el agujero negro del tiempo detenido y en los trastornos del carácter reflejan la invasión del absurdo y del terror. En cada uno de estos casos representan una amenaza anónima y desconocida, la fuente la ansiedad y de la desintegración. Son la nada, el no ser, la amenaza [...]. Hay quienes no paran de hablar para llenar ese espacio vacío, mientras que otros huyen de él sumiéndose en una actividad desentrenada. En todos estos casos el espacio se vive como algo que llenar o erradicar. Todavía no conozco ningún tipo de psicopatología que tolere bien el vacío.
Por esta razón, desde la perspectiva psicoterapéutica, me parece esencial que las personas aprendan a valorar el espacio abierto de su ser y a considerarlo como algo amistoso en lugar de amenazante. Así, el esfuerzo terapéutico no debe dirigirse tanto a conspirar con el cliente para llenar el espacio, sino en ayudarle a cobrar conciencia de la presencia del espacio abierto y de enseñarle a relajarse en él.

La resolución de los problemas psicológicos sólo tiene lugar cuando comenzamos a relacionarnos con ellos en el espacio abierto del ser. Cuando nos esforzamos en corregir esos problemas, lo único que solemos hacer es dividirnos internamente y utilizar una de esas partes para luchar contra la otra, con lo cual acabamos estrechando nuestro espacio interno y generando más tensión. Así es como funciona nuestra mente la mayor parte del tiempo, como una especie de calle estrecha y atestada de tráfico en todas direcciones, en la que algunos pensamientos se mueven en una determinada dirección, mientras que otros lo hacen en dirección contraria («¿Estoy enfadado?» «¡No debería estarlo!» «¿Por qué no debería estarlo?» «¿Qué pensarán los demás?»), contradicciones internas que acaban provocando un colapso que hace más angosto nuestro espacio interno. Cuando abrimos el espacio interno de nuestra conciencia, todo ese atasco empieza a disolverse. Tal vez entonces no hayamos solucionado el problema, pero al menos habremos descubierto la existencia de un espacio más amplio en donde pueden desplegarse los problemas y tener lugar la auténtica curación.

Cuando nos permitimos experimentar sentimientos difíciles o cuando comienza a debilitarse una vieja identidad, se pone de manifiesto el amplio espacio del ser que este sentimiento o esa identidad habían estado eclipsando. Ése es un momento muy difícil porque suele experimentarse como si estuviéramos cayendo en el espacio. Si, en tal caso, nos resistimos al espacio, la caída puede convertirse en algo aterrador y podemos tratar de abortar la experiencia "recomponiéndonos", contrayéndonos y tensándonos, le cual nos impide liberarnos de la fijación que estaba empezando a disolverse.

Si, por el contrario, aprendemos a relajarnos en esta nueva expansión, podremos descubrir que e! espacio constituye un apoyo y que es el fundamento que sostiene a todo nuestro ser. Entonces nos sentimos sumamente ligeros, como si estuviéramos flotando en un lecho de nubes, momento a partir del cual el abandono de las viejas identidades deja de ser algo aterrador.

Cuando luchamos con el espacio, éste se convierte en algo amenazador y experimentamos el peligro de perdernos en el agujero negro del no ser. Una forma habitual de perdemos en el espacio es a través del "espaciamiento", cuando la mente conceptual pierde provisionalmente su rumbo y nuestra atención se diluye. Cuando, por el contrario, confiamos en el espacio y nos relajamos en él en tanto que nuestro fundamento esencial, el espacio se convierte en un lugar en el que encontramos. En lugar de ser "espaciosos", nos convertimos en espacio y, en ese espacio expansivo, descubrimos nuestra verdadera esencia.

Esta capacidad de relajamos y confiar en el espacio abierto del ser resulta también esencial en el ámbito de la actividad creativa. Los artistas, los científicos, los inventores y los matemáticos suelen hacer sus descubrimientos más interesantes y creativos en los momentos en que no están concentrándose directamente en el problema, sino relajándose y abriéndose al espacio abierto del ser. De esa dimensión vacía y alerta emergen las comprensiones espirituales más profundas que permiten a la mente adentrarse en el silencio que hay «más allá del silencio» y trascender los puntos de referencia convencionales, lo que, en la tradición budista, se denomina "la sabiduría nacida de sí misma".

Es posible experimentar esta apertura al espacio en presencia de un maestro espiritual despierto, alguien que mora en la cualidad espaciosa del ser. En ocasiones, al encontrarme frente a esos maestros. he sido muy consciente de que su inmensa presencia activaba simultáneamente en mí una extraordinaria atracción, al tiempo que un gran miedo y una gran resistencia. Y, dependiendo del sentimiento dominante en ese momento, el maestro se me presentaba como alguien sumamente atractivo o como alguien muy amenazador, como si la inmensidad de su espacio pareciera acomodarse a todas mis proyecciones, lo cual actuaba como una invitación a abrirme más todavía. Y no es que encontrara barreras, limitaciones o límites en el espacio habitado por el maestro, sino que llegaba a experimentar que su espacio no excluía el mío, que eran uno y el mismo espacio, un descubrimiento que me ha ayudado a relajar mis límites y a abrirme a la poderosa presencia del maestro.3

Aunque el espacio abierto pueda antojársenos como algo frío o impersonal, es la condición que posibilita todo amor y contacto humano íntimo o, dicho en palabras de Rilke, lo que permite que «los amantes se vean completos en la inmensidad del amplio cielo». ¿Qué es, a fin de cuentas, lo que vemos cuando nos asomamos a los ojos de la persona amada? ¿Por qué, después de todo, eludimos tanto el contacto ocular tan revelador, tan avergonzante y tan potencialmente "cósmico"? Al igual que los ojos que contemplan el exterior abren una ventana al espacio físico, los que miran al interior abren una ventana al espacio abierto del ser. Cuando miramos a los ojos de la persona amada, no vemos su pupila y su iris, sino una presencia innombrable que en modo alguno se halla separada de nuestra propia presencia esencial, una luz interna que despierta nuestra propia luz interna. A partir de ese momento no podemos objetivar ni encasillar a esa persona ni mantener tampoco con ella una separación artificial. El contacto ocular es una comunicación directa a través del espacio que nos transporta más allá de la división sujeto/objeto.

Tal vez sea éste el motivo por el cual resulta difícil establecer un contacto íntimo telefónico -o por intemet con alguien, ya que, sin conexiób ocular , toda comunicación es limitada e incompleta. De hecho, quizás sea esa conexión con el espacio abierto la que nos permita comprender a los demás. ¿No es acaso, ver. un sinónimo de comprender? En este sentido, los ojos son como las puertas de un mándala a través de las cuales nos adentramos en el mundo de la conciencia expansiva y luminosa.

Así pues, el espacio abierto del ser -que sentimos en nuestra receptividad al mundo, que experimentamos en nuestra ternura y sensibilidad, que compartimos en el contacto amoroso con los demás y que podemos conocer en la transparencia y plenitud de la presencia humana es lo que nos permite conectar íntimamente con la realidad y descubrir la libertad que se encuentra más allá de los límites de la mente condicionada.



7. EL DESPLIEGUE DE LA EXPERIENCIA

¿Acaso existe alguien, por más materialista que sea, que no quiera desarrollarse? Tal cosa no es posible, porque el objetivo de la vida consiste, precisamente, en el desarrollo del alma.



hazrat inayat khan
Yo quiero desarrollarme, no quiero permanecer contraído porque, en tal caso, soy falso.

rainer maría rilke


El camino de la vida discurre a través de un proceso que permite la continua emergencia de nuevos hallazgos, pone de manifiesto lo oculto y vuelve accesible y claro lo que antes era oscuro. Existen, al menos, dos tipos diferentes de desarrollo, el desarrollo gradual u "horizontal» (en el que progresivamente van apareciendo nuevos descubrimientos y desarrollos, cada uno de los cuales se erige sobre los que le precedieron) y el desarrollo "vertical" más súbito y sorprendente (en el que inesperadamente irrumpe un tipo de conciencia más amplia y profunda que nos permite ver las cosas bajo una luz completamente nueva). Este proceso orgánico ilustra la naturaleza creativa y emergente de la experiencia humana y explica la forma en que actúa el cambio en el ámbito de la psicoterapia y la relación que existe entre el cambio terapéutico, la creatividad y el despertar espiritual..


La textura multinivel de la experiencia

La experiencia humana es un rico y complejo tapiz de sentimientos. sensaciones y conocimientos. En cada momento estamos procesando mucha más información y experimentando muchas más cualidades de la experiencia y niveles de significado de los que explícitamente somos conscientes. Se trata de una cualidad holística que William James describió muy elocuentemente con las siguientes palabras: «en el pulso de nuestra vida interna se entretejen de continuo el pasado, el futuro, la conciencia de nuestro propio cuerpo y de los demás, niveles sublimes, aspectos ligados a la geografía, al sentido de la historia, de la verdad, del error, de lo bueno, de lo malo y quién sabe de cuántas cosas más».

Y es que. de una forma sutil y no verbal, sabemos mucho más de lo que somos capaces de articular, y en nuestra conciencia irrumpen de continuo nuevos significados (nuevas formas de ver y, en consecuencia, nuevas cosas vistas). Según la psicología profunda, esos nuevos significados provienen del inconsciente, pero ese modelo cerrado y determinista considera a la experiencia consciente como el producto de contenidos inconscientes preexistentes, como los instintos, los impulsos, los arquetipos o las relaciones objétales. El enfoque de William James, por el contrario, nos proporciona una visión mucho más dinámica y no determinista que contempla a la emergencia del material inconsciente como el despliegue de un conocimiento sutil del cuerpo-mente que se halla holísticamente implícito en la conciencia. Desde este último punto de vista, el despliegue de esas nuevas revelaciones va explicitando el campo ricamente texturado -anteriormente implícitode la continua interrelación existente entre nuestro cuerpo-mente y el mundo.

Por ejemplo, tal vez una persona se sienta vacía después de haber mantenido una breve conversación telefónica con su padre sin saber exactmente por qué. Pero, aunque su mente superficial -que opera mediante la atención lineal y focalignore lo que está ocurriendo, su cuerpo-mente siente y sabe de un modo tácito —en forma de una sensación de vacío en el plexo solar, por ejemplo sus implicaciones más profundas. Si, después de colgar el teléfono, se centrase en desentrañar la complejidad de la experiencia sentida, podría advertir la presencia de diversos aspectos, como la culpa, la resignación ante el hecho de no ser escuchado, la impotencia y el anhelo de una relación más auténtica. Y es que, aunque algunas de estas facetas sean respuestas inmediatas a lo que acaba de experimentar y otras estén ligadas a una relación que tal vez tenga treinta años de antigüedad, todas ellas se hallaban ya implícitas en la sensación inicial de vacío.




La naturaleza holografica de la experiencia sentida

El modelo holográfico utilizado por Kari Pribram para explicar algunos aspectos del funcionamiento de la memoria puede servir para ilustrar el modo como se despliega la experiencia implícita. El holograma es una placa fotográfica en la que se registran pautas complejas de interferencia entre ondas luminosas y que puede utilizarse para proyectar una imagen tridimensional. Las pautas de onda luminosas se hallan uniformemente repartidas por todo el holograma, de modo que cualquier fragmento contiene información sobre la totalidad y un área diminuta encierra una cantidad inmensa de información. Como dice Pribram: «en un centímetro cúbico se almacenan diez mil millones de bits de información». Las ondas luminosas del holograma se solapan de formas complejas ("pautas de interferencia") que configuran una forma global que no se asemeja al objeto fotografiado ni tampoco tiene una forma reconocible. Es la complejidad de las interferencias existentes entre las ondas la que proporciona su tridimensionalidad a la imagen holográfica proyectada.



La pauta ricamente texturada de la experiencia interna guarda cierta semejanza con la estructura del holograma. Lo primero que aparece cuando por ejemplo, nos preguntamos cómo nos sentimos ahora mismo -o cómo sentimos a otra persona es una totalidad difusa e indiferenciada. ¿Cuál es, pongamos por caso. la sensación sentida global que tiene de su padre? Deje de lado todos los recuerdos, pensamientos o imágenes concretas y permítase sentir la cualidad global de su relación con él. Deje de lado cualquier imagen y trate de conectar con la sensación sentida difusa de su padre y de la relación que mantiene con él. Se trata de una experiencia que no es clara ni definida, sino que se caracteriza por una textura, una cualidad y un tono global sentidos que no resultan fáciles de articular. A pesar de ello, sin embargo, la sensación sentida que tiene de su padre es distinta de la que tiene de otras personas, como podrá advertir fácilmente si la compara con la sensación sentida que tiene de su madre.

Una sensación sentida encierra un determinado significado implícito. Veamos ahora lo que queremos decir con cada uno de estos términos. La palabra significado implica la presencia de algún tipo de conocimiento o pauta (que no ha de ser necesariamente de tipo lógico y conceptual). El término sentido se refiere al componente corporal. El término sensación indica que ese significado todavía no está claro. La palabra implícito, por último, se refiere a algo que está literalmente "encerrado" o "envuelto". Y, al igual que el holograma es difuso porque constituye el registro comprimido de muchas pautas de onda solapadas, la sensación sentida también lo es, porque contiene los diferentes significados que para usted tiene una determinada situación en función de las distintas formas como se ha relacionado con ella. En este sentido, la sensación sentida que tiene de su padre incluye las múltiples formas en que ha experimentado la relación con él, como un registro holográfico que englobase todas las alegrías, heridas, desilusiones, enfados, etcétera: en suma, todas las experiencias, que han teñido su relación con él. La sensación sentida es difusa por cuanto incluye implícitamente todo ello y opera a modo de contexto global.




El proceso del desarrollo

El proceso de indagación psicológica consiste en ir explicitando el significado sentido implícito, un proceso que suele comenzar con una especie de atención receptiva difusa -más allá de todo pensamiento a la sensación sentida global de una determinada situación. Las personas que tienen dificultades para renunciar a la atención focal y no toleran fácilmente la ambigüedad tienen muchas más dificultades para trabajar en este sentido, porque sus palabras no provienen tanto de la sensación sentida, como de las elucubraciones de las muchas ocasiones previas en que han pensado al respecto. Y es que. en tal caso, el modo como hablan de sus problemas no es fresco y vivo y no se halla conectado con la experiencia presente, con lo cual nada nuevo puede ocurrir y no tiene lugar ningún tipo de desarrollo.

Pero cuando, en lugar de hablar de nuestras ideas, conectamos con una sensación sentida difusa y hablamos desde ella. es posible articular de un modo nuevo lo que antes no era accesible ni expresable. Sólo desde esa sensación difusa inicial puede desplegarse algo nuevo que al principio resulta incomprensible. Y es que, antes de poder descubrir algo nuevo, tenemos que permitimos no saber.

Eugene Gendiin desarrolló e\ focusing a partir de una investigación que sugirió que la psicoterapia más eficaz es aquélla en la que las palabras del cliente están conectadas con una experiencia sentida presente que, al comienzo, parece un tanto incierta y ambigua. La investigación realizada por Gendiin también puso de relieve que la terapia no suele enseñar al cliente a conectar con el conocimiento implícito del cuerpo-mente. En este sentido, el focusing supuso una gran innovación porque muestra el modo concreto de utilizar la atención difusa para poner de manifiesto la sensación sentida difusa.

Supongamos, por ejemplo, el caso de un cliente que se sienta deprimido con respecto a su matrimonio. Al comienzo habla de su infelicidad y expresa sus quejas, su culpa y su frustración, pero sus palabras careceran de vida poeque está hablando desde su cabeza", sin referencia interna alguna. En tanto que terapeuta, mi tarea es la de ir orientándole hacia la sensación sentida de esa situación que subyace a todos sus pensamientos y reacciones emocionales al respecto. En tal caso podría, por ejemplo, preguntarle «¿cómo registra corporalmente esa situación?» y dejarle experimentarla durante algún tiempo sin decir nada. Y es que la simple conexión con la sensación sentida proporciona un cierto alivio que sirve de acicate para seguir profundizando en las sensaciones.

Cuando el cliente comienza a describir la sensación sentida, tal vez diga algo así como: «es una sensación de pesadez en el estómago». Después de haber establecido contacto con esa sensación puede comenzar a desplegar su significado implícito, lo cual le obliga a prestar una atención más precisa a la sensación global de pesadez. Se trata de algo análogo a lo que ocurre cuando resaltamos los grandes contornos de un holograma para poner de relieve sus rasgos concretos. En tal caso puede resultar de utilidad preguntarle algo así como: «¿qué es lo que le resulta tan pesado?», con lo cual retoma a la sensación sentida y espera la emergencia de algo nuevo.

«Es el enfado -diceque se asienta en mi vientre y me carcome desde dentro». Tras este nuevo paso hacia delante, sus palabras empiezan a cobrar cierta fuerza. Una vez que el enojo ha comenzado a articularse, estamos ya en condiciones de dar el siguiente paso: «Pero más que enfadado, me siento defraudado por ella -dice-. Ya no la siento tan próxima como antes». Pausa. Ahora sus palabras están muy cargadas y parece que está a punto de aparecer algo nuevo. «Pero también estoy muy decepcionado conmigo mismo. Las cosas entre nosotros iban muy bien y ahora ni siquiera nos escuchamos.» En la medida en que va acercándose al núcleo del problema suspira más profundamente y el tono inseguro de su voz me advierte que estamos a punto de llegar a algo más importante y significativo. Ahora ya no está hablando acerca de su sensación sentida, sino que lo hace directamente desde ella, como pone claramente de relieve su siguiente comentario: «sabe?, aho ra me doy cuenta de que hace tiempo que no siento que la quiera. Eso es lo que me resulta tan pesado. Hace meses que estoy cerrado al amor». Algo en su cuerpo está liberándose, respira más profundamente, las lágrimas comienzan a resbalar por su rostro y la sangre vuelve a circular por su rostro. Ahora se halla en un punto muy distinto a cuando comenzamos a trabajar hace ya una hora.

La Figura 2 ilustra perfectamente esta progresión en zigzag, en la que el cliente va alternando entre la conexión con una vaga sensación sentida (representada por los círculos) y la articulación del significado implícito en esa sensación. Y lo que importa aquí no es tanto el contenido de la comprensión porque, más importante todavía que el descubrimiento concreto del enfado, la decepción o el bloqueo al amor, es la puesta en marcha que posibilita el cambio espontáneo de la sensación sentida que permite articular lo que el cuerpo-mente ya siente de una manera implícita.

Este proceso que oscila entre lo articulado y lo no articulado resume la esencia misma de todo descubrimiento creativo, ya sea en el ámbito de la terapia, de las artes o de las ciencias. Como dice el terapeuta Edgar Levinson: «el proceso del cambio terapéutico tiene su propia fenomenología que no se diferencia, en modo alguno, del camino seguido por el artista o el matemático para expresar un nuevo concepto visual o una nueva fórmula, respectivamente». Y en palabras que resultan tan aplicables al campo de la poesía como al de la psicoterapia, el filósofo Max Picard señala que el lenjuage sólo tiene potencia y profundidad cuando surge del espacio indiferenciado más amplio que se encuentra más allá de las palabras, en un proceso que va «desde el silencio a la palabra, de ahí nuevamente al silencio, y así sucesivamente, de modo que la palabra siempre proviene del centro de silencio [...] El mero ruido verbal, por su parte, se atiene ininterrumpidamente a la línea horizontal de la frase [...] Las palabras que sólo se derivan de otras palabras son áridas». El físico David Bohm describe de un modo similar la forma de operar del físico creativo, utilizando un lenguaje que también resulta adecuado para la terapia: «uno tiene que observar la nueva situación de un modo amplio y "sentir" los nuevos rasgos concretos».
Por ejemplo, cuando empecé a escribir este capítulo, lo hice con la vaga sensación sentida de lo que quería decir, una sensación a la que he tenido que remitirme de continuo. El único modo de saber lo que quiero decir consiste en permitir que vaya desplegándose palabra a palabra y frase a frase. De este modo, cada frase conduce a la siguiente que, a su vez, se construye sobre las anteriores. Al final de este capítulo habré desplegado el abanico completo de mi intento... aunque, obviamente, siempre quedan cosas en el tintero. En este sentido, es muy probable que, en la sensación sentida global de su padre por la que anteriormente le pregunté, se halle holográficamente contenida toda una novela de hasta seiscientas páginas.

En el momento en que una determinada sensación sentida comienza a desplegarse -ya sea en el ámbito de la terapia como en el descubrimiento de una nueva teoría científicalas cosas ya nunca vuelven a ser las mismas. Lo que resulta creativo o curativo del proceso del desarrollo es que nos permite experimentamos de un modo más pleno. Y esta «modalidad más plena y amplia» se deriva de la oscilación dinámica entre dos formas de conocimiento, el conocimiento concreto de la mente superficial y focal y el conocimiento más amplio del cuerpo-mente. Cada nuevo paso hacia delante arroja luz sobre una nueva faceta de la sensación sentida que, de este modo, va desenredándose y dando paso al nudo que debemos desatar a continuación, asi como la forma del problema va cambiando gradualmente y ya no vuelve a experimentarse del mismo modo.

Aunque los problemas de la vida puedan ser contemplados desde ángulos muy distintos y presentar multitud de facetas, suelen girar en tomo a un núcleo problemático (y, en ocasiones, dos y hasta tres). Y el hecho de cobrar conciencia de este núcleo -la forma habitualmente confusa de relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con la vidacontribuye a desenredar la situación problemática.

Recuerdo el caso de un cliente que acudió a mi consulta experimentando una falta de plenitud que afectaba a todos las ámbitos de su vida. Antes de poner de relieve la esencia del problema pasamos varias semanas explorando diversos aspectos de aquel vacío. Finalmente se dio cuenta de que a su vida no le faltaba nada y que no se permitía considerar los deseos de su corazón porque «eso me hubiera hecho sentir demasiado vulnerable». Y es que, antes de llegar a poder trabajar con la sensación sentida, son necesarios muchos pasos previos (del mismo modo que el artista o el científico tiene que pasar mucho tiempo considerado las distintas dimensiones de un determinado problema antes de que pueda tener lugar el descubrimiento). Ahora se daba cuenta de que el problema no era algo que hubiera perdido en su vida externa, sino que se debía a su mismo miedo a saber lo que realmente quería. Era como si se hubiera quitado las gafas con las que hasta aquel momento había estado contemplando el mundo y comenzara a darse cuenta del modo en que distorsionaban su visión de la realidad. Y esta toma de conciencia de que no era una mera víctima de las circunstancias le alivió, al tiempo que le permitió afrontar su vida de un modo completamente nuevo.

El proceso terapéutico discurre a través de tres fases fundamentalmente distintas: la expansión de la atención hasta llegar a experimentar la sensación sentida global de una determinada situación; la indagación en esa sensación sentida y su posterior articulación desde perspectivas consecutivamente distintas hasta poner al descubierto em núcleo problemático lo que abre nuevas posibilidades y acaba con el estancamiento. Es así como la confusión original va clarificándose gradualmente, al tiempo que se corrigen los errores y la desconexión deja paso a la conexión Como dice Gendiin, basta con que le permitamos desplegarse para que cada problema nos muestre el camino a seguir: «La sensación de lo que está equivocado señala ineludiblemente [...] la dirección que debemos seguir [...]. Si le permitimos el espacie suficiente, cada sentimiento negativo posee la capacidad potencial de moverse hacia una modalidad más adecuada de ser».

En el ámbito del trabajo psicológico, el diálogo entre terapeuta y cliente favorece el proceso del desarrollo. Lo que convierte a un terapeuta en un buen oyente no es tanto su capacidad de prestar atención a un determinado contenido como su capacidad de ayudar a su cliente a sintonizar con el silencio de la experiencia prearticulada y acompañarle en el proceso que conduce a una expresión cada vez más plena. En este sentido, es más importante la capacidad de apuntar y resonar con la sensación sentida (todavía incierta) del otro que el contenido concreto de lo que digamos. Como señala Levinson:


El aspecto más importante del terapeuta no reside tanto en la corrección de sus asertos como en su capacidad para conectar o resonar con lo que está ocurriendo en el paciente [...]. Tal vez alguien considere extraña la afirmación de que es posible hacer buena terapia sin comprender realmente lo que está ocurriendo, pero sinceramente creo que lo que más importa es que el terapeuta expanda su conciencia y únicamente intervenga para ayudar a elaborar y dar forma al mundo de su paciente. En este sentido, el terapeuta no debería ocuparse tanto en explicar el contenido como en expandir su conciencia.
No debe extrañamos que a menudo resulte difícil comprender la transcripción de una sesión terapéutica. Y es que, en tal caso, las palabras no son lo más importante. De hecho -y a diferencia de las imágenes holográficas tridimensionales que reproducen literalmente las pautas de onda complejas almacenadas en una placa holográficalas palabras nunca constituyen el reflejo literal de la experiencia sentida. Así pues, las palabras pronunciadas por el cliente y el terapeuta sólo poseen un efecto transformador cuando resuenan con lo que el cliente siente implícitamente y le ayudan a desplegar los sentimientos o, dicho en palabras de Gendiin, «a proseguir» un proceso que gradualmente va revelando nuevas profundidades y nuevas formas de ser y de relacionarse con la vida.

Esta visión del trabajo terapéutico en tanto que proceso interactivo de doble vía -que se refiere interiormente a una sensación sentida que más tarde va seguida de las fases de indagación y desplieguenos proporciona un enfoque terapéutico más dinámico y liberador que el modelo unidireccional que aspira a hacer consciente lo inconsciente. La vieja visión del inconsciente en tanto que región separada de la mente que posee sus propios contenidos e impulsos explícitos alienta un abordaje terapéutico determinista que aspira a destapar, mediante el análisis racional, los problemas almacenados en el psiquismo. Si no reconocemos ni aceptamos la riqueza y la apertura de la experiencia humana -que continuamente va desplegándose de formas nuevas e imprevisibles estamos alentando un enfoque determinista de la terapia que no hace sino reforzar la división entre la mente superficial focal y nuestra esencia más profunda que subyace a todos nuestros problemas. Y es que, como bien ha señalado James Hillman, «este tipo de análisis forma parte de la misma enfermedad y contribuye a transmitirla».






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