Psicología del despertar


Forma y vacuidad en la corriente de la conciencia



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Forma y vacuidad en la corriente de la conciencia


Nuestra experiencia más común de la vacuidad -o no pensamiento reside en el espacio que separa un pensamiento del siguiente, un espacio que siempre se halla presente, seamos o no conscientes de él. Después de pronunciar una frase, por ejemplo, existe una pausa natural que el lenguaje escrito marca con un signo de puntuación que jalona el retorno a la conciencia indiferenciada. Y el mismo silencio y hueco (que el lenguaje verbal traduce como «hum» o «ah») existe también entre las distintas palabras de una frase que nos deja una fracción de segundo que nos permite prestar atención a una sensación preverbal de lo que queremos decir.

William James fue uno de los pioneros en la exploración occidental de la conciencia y estaba especialmente interesado en estos momentos indiferenciados del flujo de la mente a los que, para diferenciarlos de los momentos más substanciales del pensamiento y la percepción formal, denominó «zonas transitivas».James también se dio cuenta de la imposibilidad de usae la atención focal para observar esos difusos espacios de transición que tienen lugar entre los momentos más sustantivos de la mente. «Resulta muy difícil -dijo, en este sentido observar introspectivamente las zonas transitivas. En el caso de tratarse de hitos provisionales antes de haber llegado a una conclusión, el hecho de detenernos a observarlos termina aniquilándolos (...] y, en tales casos, el análisis introspectivo se asemeja a detener una peonza para comprender su movimiento o encender el gas deprisa para ver cómo es la oscuridad».

La dificultad de aprehender los momentos indiferenciados a través de la atención focal ha llevado a la psicología occidental a dejarlos completamente de lado. lo que James ha calificado como la falacia del psicólogo: «si resulta tan difícil observar las zonas transitivas de la corriente del pensamiento, el principal error en que incurren las escuelas de psicología consiste en el fracaso en registrarlas y su desproporcionado interés en las facetas más sustantivas de la corriente».

La tendencia de la mente hacia las formas sólidas la asemeja al pájaro en vuelo que siempre anda buscando una rama en que posarse, un enfoque limitado que nos impide movernos en el espacio y experimentar lo que cierto maestro jasídico denominó el «estadio intermedio», el estado de potencialidad primordial del que emergen nuevas posibilidades. La búsqueda continua de una creencia, una actitud, una identidad o una reacción emocional a la que aferramos nos impide advertir, en el flujo de la mente, la interacción entre forma y vacío de la que brota toda creatividad.

La belleza depende de esa interacción. Las cosas sólo son hermosas en el contexto en que se hallan, como puede verse fácilmente si colocamos una antigüedad en una habitación desordenada y atiborrada de objetos. Del mismo modo, el repentino ruido del trueno no se debe tanto al sonido como al silencio que interrumpe. Como dice James: «En nuestra conciencia del trueno resuena y reverbera la conciencia del silencio que le precedió. Por esto, lo que escuchamos cuando oímos el sonido del trueno no es tanto el trueno puro, como el –trueno-rompiendo-el-siliencio-y-contrastando- con él (...j Y es que la sensación del trueno es también la sensación del silencio que acaba de romperse».

El carácter distintivo de los sentimientos que aparecen en el flujo de la conciencia depende también del espacio que los rodea. A diferencia de las reacciones emocionales, los verdaderos sentimientos brotan en el espacio de la quietud y la contemplación. Por ejemplo, la sensación de tristeza que sigue a un momento de reflexión serena puede llevamos a la comprensión de una verdad profunda, algo muy distinto del sufrimiento que acompaña a un estado mental cargado de sentimientos de culpa.

Y lo mismo sucede en el caso de la música, en donde el significado y la belleza de la melodía se deriva de los intervalos existentes entre las notas. En cierta ocasión, el gran pianista Artur Schnabel, buen conocedor de este punto, escribió: «yo no toco las notas mejor que muchos pianistas, pero las pausas entre las notas... ¡ahí es donde reside el arte!». Aisladamente considerada, una sola nota carece de significado, pero dos notas se relacionan por la forma del espacio o intervalo que las separa. En este sentido, las notas individuales son de una importancia secundaria y el diferente sentimiento que nos transmiten un intervalo de tercera y un intervalo de quinta depende fundamentalmente del espacio que las separa.

En la ecología de la mente, la música nos ofrece una interesante analogía de la interacción existente entre la forma y el vacío. Aunque habitualmente pensemos en una melodía como una sucesión de notas, no es menos cierto que, al mismo tiempo, también es la sucesión de espacios separados por las notas. En este sentido, la forma es el vacio (por cuanto que la melodía también es la pauta de los intervalos existentes entre las distintas notas) y el vacío es la forma (porque una pauta de intervalos configura una determinada progresión melódica que puede ser cantada y recordada). El trasfondo de los tonos y de los intervalos es el silencio que engloba a la melodía y permite que se distinga y se escuche.

La habitual tendencia de la mente a aferrarse nos lleva a pasar por alto los espacios existentes entre los pensamientos, esa penumbra sentida que impregna de sentido y belleza nuestra experiencia. Desdeñar el espacio fluido existente en el flujo de la mente nos lleva a identificarnos desproporcionadamente con los contenidos y a asumir que nosotros somos sus creadores y sus custodios. Pero la discutible equiparación del yo con los pensamientos sobre la realidad crea una sensación limitada del yo y una ansiedad que lleva a considerar a los pensamientos como un territorio que tenemos que defender.



El significado sentido


Hasta ahora hemos considerado al vacío como la sucesión de huecos en el flujo mental que constituyen el contexto o penumbra en el que destaca nuestra experiencia. Sin embargo, apenas nos adentremos en uno de los momentos indiferenciados de la mente podremos descubrir una complejidad experiencial prearticulada rica y difusa que todos experimentamos de un modo tácito antes siquiera de articularla. Antes, por ejemplo, de escribir estos signos en el papel, existe lo que Gendiin denomina una sensación sentida de lo que estoy queriendo decir, la modalidad prerreflexiva que me indica hacia dónde estoy moviéndome antes siquiera de articularlo en palabras.

Y lo mismo ocurre cuando usted está leyendo este párrafo ya que, aun cuando todavía no puede comprender con detalle lo que estoy queriendo decir, usted ya tiene una sensación global de ello. Es precisamente esto, que se transmite de palabra en palabra, de frase en frase y de párrafo en párrafo, lo que le permite comprender el significado de lo que estoy diciendo.

Una sensación sentida es aquello a lo que internamente se refiere cuando alguien le pregunta: «¿Cómo se siente ahora mismo?», una pregunta que le lleva a observar las respuestas automáticas que primero acuden a su mente y a sentir interiormente “algo” que comienza de un modo amorfo y rudimientario. Tal vez entonces mueva los ojos hacia un lado, haga una pausa, suspire, masculle o se siente a reflexionar en esa sensación sentida preverbal que va cobrando poco a poco forma hasta permitirle el reconocimiento: «¡Sí, eso es!». Entonces es cuando puede retornar a la atención focal y formular detalladamente los distintos matices de esa sensación sentida como, por ejemplo: «Aunque estoy cansado, frustrado y algo enfadado, no por ello estoy desesperado».

Como Gendiin ha mostrado, la acción y el habla se atienen a los dictados de esta experiencia subyacente implícita y prearticulada. El pensamiento, la imaginación y la acción son diferentes modos de formular y expresar esas sensaciones prearticuladas relativamente vacías.

Lo que suele ocurrir cuando decimos que tenemos «la mente en blanco» o «la mirada vacía» está estrechamente ligado a ese rico sustrato de significados sentidos indiferenciados. En opinión de James, «una buena tercera parte de nuestra vida psíquica está compuesta de visiones rápidas de esquemas de pensamiento que todavía no se han articulado». Es por esto por lo que, en sus propias palabras: «"La sensación de ausencia" no es lo mismo que "la ausencia de sensación"». Y es que, en la profundidad de los momentos de relativo vacío, es posible descubrir la difusa riqueza de nuestro compromiso con la vida.

Para llegar a dar forma a una sensación sentida prearticulada es preciso relajar nuestra habitual dependencia de la atención focal y emplear una modalidad de atención más difusa que nos permite contemplar de un modo más holístico la complejidad experiencial. El pensamiento, la acción, la toma de decisiones creativas, la comprensión espiritual o psicoterapéutica y la expresión artística emergen de esta visión holística de lo que sentimos sin. no obstante, llegar todavía a conocerlo. Como dijera Mozart en cierta ocasión con respecto al proceso de composición musical: «lo que más me gusta es escucharla toda de una vez».


La vacuidad absoluta: El fundamento esencial  de la conciencia

Los huecos en la corriente de la mente -los espacios entre pensamientos, momentos de silencio y sensaciones sentidas difusas representan un tipo relativo de vacío. Comparado con otras modalidades como el pensamiento, la percepción o la emoción, éste es un espacio relativamente informe, pero su silencio sólo es relativo porque se ve fácilmente roto o desplazado por el siguiente momento de actividad que tiene lugar en la corriente del pensamiento. Y es que este tipo de quietud es una experiencia entre otras experiencias, lo que los libélanos denominan nyam (experiencia provisional).

Más allá del vacío relativo propio de los huecos en el flujo de la mente se encuentra el vacío absoluto mucho mayor de la conciencia no conceptual que el budismo considera como la misma esencia de la mente. Esta conciencia no conceptual es un silencio o vacuidad absoluta cuyo espacio y silencio impregna -y, en consecuencia, no puede verse desplazado or nada que emerja en la mente. En este sentido, la práctica de la meditación puede ayudarnos a encontrar la quietud que yace en medio del movimiento, el silencio que yace dentro del sonido y el no-pensamiento que posibilita el pensamiento.

En ausencia de una atención interna lo suficientemente disciplinada resulta casi imposible descubrir, adentrarse o morar en el fundamento absoluto y estable de la -conciencia. Mientras nos movamos en la superficie de la conciencia, los momentos de quietud se verán rápidamente rotos por la actividad del pensamiento. el sentimiento y la percepción. No obstante, la práctica de la meditación nos proporciona una forma directa de acceder a la dimensión superior de la conciencia no conceptual. Como dice cierto texto tibetano: «Hay ocasiones en que, durante la meditación, existe un hueco en la conciencia normal, una apertura súbita completa [...] Se trata de un vislumbre de la realidad, de un destello repentino que comienza de un modo esporádico y poco a

Poco va presentándose más a menudo. Y no tiene por qué ser una experiencia explosiva, sino que perfectamente puede tratarse de un momento de gran simplicidad».

El objetivo de la meditación apunta a trascender los contenidos superficiales de la mente. Por debajo de la actividad superficial de la mente y sin importar lo que ocurra en ella -por debajo de la espuma del pensamiento y de la emoción y de los flujos más sutiles de la sensación sentidayace en absoluto reposo el océano de la conciencia. Mientras sigamos atrapados en las olas del pensamiento y el sentimiento, éstos se nos presentarán como algo sólido y abrumador. Sin embargo, en el momento, en que descubramos el trasfondo de conciencia que yace por detrás de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos, perderán toda su solidez formal y nos liberemos de ellos. En palabras del maestro tibetano Tarthang Tulku: «Quédese en los pensamientos. Permanezca simplemente ahí [...] Conviértase en el centro de cada pensamiento. En el momento en que descubra que no existe ningún centro [...J en ese mismo momento [...] existe una completa apertura [...] Cuando pueda hacer eso, cualquier pensamiento se convertirá en meditación». Es así como la meditación termina revelándonos la quietud absoluta que mora por igual tanto dentro de la turbulencia de la mente como en medio de la calma relativa.

Éste es el sentido más profundo en el que la forma es el vacío: la esencia de todo pensamiento y de toda experiencia es la apertura y la claridad completa. En este sentido, la psicología budista nos proporciona una visión de la mente semejante a la que tiene la física cuántica con respecto a la materia. Las teorías del campo cuántico «trascienden por completo la diferencia clásica entre las partículas sólidas y el espacio que las rodea». Así como las partículas subatómicas son condensaciones de un campo energético mayor, los pensamientos son condensaciones momentáneas de la conciencia. Y, del mismo modo que la materia y el espacio no son sino dos aspectos del mismo campo unificado, el pensamiento y los espacios existentes entre un pensamiento y otro no son sino dos aspectos de ese gran campo de conciencia que el maestro zen Suzuki Roshi denominó gran mente. Si la pequeña mente es la actividad continua de apresar y de fijar propia de la atención focal, la gran mente es el trasfondo en el que se despliega todo ese juego, la presencia pura y la conciencia no conceptual.

La Figura 1 ilustra la relación existente entre los tres aspectos de la mente que acabamos de discutir. Los puntos representan los distintos momentos de la mente diferenciada que sólo se nos presentan como eventos distintos a causa del espacio que los separa. Los espacios, por su parte, aunque parezcan no ser nada comparados con los puntos, constituyen el contexto que permite que destaquen, al tiempo que los relaciona. Además, los espacios entre puntos también sirven de puertas de acceso al trasfondo, al espacio blanco de la página que representa el fundamento mayor de la conciencia pura en la que tiene lugar la interacción entre la forma y el vacío.


Figura 1. Los tres aspectos de la mente






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