Psicología del despertar



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Coemergencia


La escuela mahamudra del budismo tibetano considera a la mente despierta y la mente confusa como dos aspectos de la misma realidad. Desde esta perspectiva, se dice que la neurosis y la salud, el encadenamiento y la libertad, la existencia y la inexistencia, la patología y el camino emergen simultáneamente como la trama y la urdimbre de la misma tela. Una imagen de esta tradición ilustra la coemergencia con la imagen del gusano de seda que se encierra en un capullo construido con su propia seda, una analogía según la cual la seda es una representación de los poderosos recursos con que cuenta nuestro ser que nos permiten construir una estructura de personalidad que comienza protegiéndonos de las vicisitudes de la vida y acaba convirtiéndose en una prisión.

Veamos ahora algunos ejemplos que ilustran perfectamente la inteligencia oculta detrás de algunas estrategias y síntomas patológicos:

• Cierto hombre había desarrollado una identidad de mutilado psíquico que parecía decir algo así como: «no puedo hacerlo: soy incapaz», una estrategia que cumplía con la función de desviar los ataques de su madre a su propia autonomía. Cuando, a lo largo del proceso terapéutico, nos acercábamos a cuestiones importantes y estaba a punto de entrar en contacto con algo que podía llevarle más allá de las limitaciones de su identidad, su mente se veía cubierta de una especie de niebla y decía: «no puedo hacerlo... está más allá de mis posibilidades». Cuando finalmente comprendió la inteligencia oculta en aquella estrategia -una estrategia que no era tanto una prueba de su incompetencia como un brillante mecanismo de protección-, la niebla se disipó y pudo comenzar a trabajar más directamente con aquella vieja identidad. Se trataba de una ingeniosa mascarada que le había protegido, al mismo tiempo que también había servido para engañar a su madre.

• Cierta mujer había desarrollado la estrategia de agradar a los demás y sentía una gran ansiedad cuando no lo hacía. Pero esa maniobra también encerraba el deseo de ayudar, algo que comenzó a desarrollar para tratar de aportar cierta luz a los miembros infelices de su familia. De hecho, era una mujer que tenía una gran luz dentro de sí; el problema era que se había identificado con el «portador de la luz» y había acabado creyendo que, de no hacerlo, corría el riesgo de desmoronarse.

• Una mujer que había desarrollado el hábito de mentir comenzó a sentir que su vida entera era una impostura, una estrategia que comenzó a desarrollarse en su infancia cuando se sentía internamente buena y no comprendía por qué sus padres no la veían así y empezó a mentir para protegerse de sus críticas.

• Un hombre que estaba desesperado acabó cayendo en una depresión. Cuando finalmente indagó en aquella depresión, descubrió un pozo de tristeza que estaba ligado a su infancia en una familia desestructurada. En realidad, el hecho de sentirse triste cuando era niño le había servido para sentirse más vivo y más real que su familia y, en ese mismo sentido, era una forma de diferenciarse de ellos y de encontrarse a sí mismo. El problema era que había acabado identificándose con su tristeza y creyendo que él mismo era su propia tristeza. Cuando finalmente comprendió que la tristeza era la puerta de acceso a la espiritualidad, la profundidad y la sensibilidad a la vida, se dio cuenta de que ya poseía aquellas cualidades sin tener que identificarse con un marginado condenado a estar alienado el resto de su vida.

Es frecuente que nuestros recursos internos acaben tan entrelazados con nuestras estrategias defensivas que acabemos teniendo dificultades para separar el trigo de la cizaña. Pero la enseñanza tántrica de la coemergencia nos enseña el modo de hacerlo, ya que si todas las pautas defensivas desempeñan una función inteligente y encierran un recurso esencial importante, debemos ir con mucho cuidado para no rechazar de un plumazo nuestra personalidad. Por el contrario, lo que hay que hacer es abrirnos a ella y así descubrir y acceder a la inteligencia y a los recursos que se ocultan en su interior.




La crisis de identidad y la elección existencial

Más pronto o más tarde, todas las estrategias que adoptamos en la infancia para sobrevivir a las circunstancias familiares que nos depara la vida acaban convirtiéndose en un obstáculo que inevitablemente aboca a una crisis de identidad que nos obliga a cobrar conciencia de lo que, hasta ese momento, habíamos estado haciendo. Así es como la crisis de identidad suele jalonar el acceso a la inteligencia, la salud y los poderosos recursos internos que se hallan ocultos en nuestra personalidad condicionada.

El modo como gestionemos esa crisis de identidad determina la dirección que, a partir de ese momento, asumirá nuestra vida. Tal vez reconozcamos que la estructura de nuestra personalidad constriñe nuestra vida pero ¿cómo vamos a abandonar aquello que nos ha proporcionado una sensación segura de existencia? «¿Quién yo soy sino esta identidad? ¿Cómo podría sentirme seguro y sobrevivir sin ella?» No olvidemos que nuestra identidad se erige como una defensa ante la inexistencia y que, en consecuencia. la perspectiva de abandonarla nos enfrenta al miedo primordial a la muerte y a lo desconocido. En cualquier proceso de crecimiento, ya sea psicológico o espiritual, siempre llega un momento crítico en el que tenemos que decidir si queremos avanzar hacia lo desconocido («¿Qué será de mí si abandono los hábitos familiares?»).

En ese momento se abren ante nosotros tres posibilidades diferentes, de las cuales sólo la última nos proporciona un camino hacia delante (mientras que las dos primeras no hacen sino reforzar la patología).

La primera posibilidad consiste en no mover las cosas y no arriesgarnos a entrar en lo desconocido, aunque nuestras viejas pautas hayan dejado ya de servirnos. En los clientes que se hallan en terapía, esta alternativa asume la siguiente racionalización neurótica: «Las cosas no van tan mal. Es cierto que mi forma de ser puede causarme algunos problemas, pero. al menos, es algo conocido». Pero sucede que, cuando las personas deciden no dar el paso hacia delante que podría liberarles, quedan atrapadas en su propio capullo y su identidad se vuelve más patológica, porque ahora están utilizándola de un modo deliberado para encubrir las potencialidades más elevadas de su ser.

La segunda opción consiste en castigamos a nosotros mismos por la personalidad en la que nos hemos convertido o luchar con todas nuestras fuerzas para vivir de acuerdo con nuestros ideales. Pero debo decir que evitar lo desconocido sustituyendo la vieja identidad por otra más "espiritual" tampoco sirve de gran cosa.

La tercera -y única elección posible consiste en dejar de violentarnos y de tratar de convertirnos en algo que no somos y abrirnos a nuestra experiencia tal cual es, una posibilidad que requiere el previo desarrollo de la capacidad de permanecer presentes en medio del dolor, el miedo y las experiencias por las que atravesemos. Es esta presencia la que nos permite establecer contacto con las potencialidades más profundas de nuestro ser y trascender las limitaciones implícitas en cualquier personalidad.


Trabajar con nosotros tal cual somos

¿De qué modo podemos convertir los miedos y fijaciones de la personalidad en peldaños del camino del despertar? Antes de emprender el verdadero camino tenemos que darnos realmente cuenta de que lo que nosotros consideramos la realidad no es más que una versión de lo que es, algo nada sencillo, por cierto, ofuscados, como estamos, por las esperanzas, los miedos, las creencias y las opiniones y formas habituales de sentir y percibir. Es por esto por lo que el primer paso para transformar a la personalidad pasa por aceptamos tal cual somos, sin dejarnos arrastrar por el miedo a lo que podamos descubrir.



Una práctica de conciencia, como la meditacion o la indagación contemplativa interna, por ejemplo, resulta útil para desarrollar la capacidad de ver lo que estamos haciendo sin juzgarle como bueno o malo. Aprender a permanecer serenamente sentados nos ayuda a darnos cuenta de que continuamente estamos tratando de mantener nuestra identidad y de que nuestros pensamientos son el aglutinante de la estructura de esta identidad nuestra. En este sentido, la conciencia de los compulsivos esfuerzos realizados por nuestra mente para aferrarse a las cosas, sin juzgarla ni culparla por ello, puede actuar como un disolvente que debilite la rigidez de la estructura de nuestra personalidad y ponga de relieve las cualidades más profundas y amplias de nuestro ser que hasta ese momento habían permanecido ocultas.

A menudo nos desagrada lo que descubrimos cuando nos vemos tal cual somos. Entonces es cuando nos sublevamos contra el dolor de nuestro karma, la intrincada pauta de acciones, reacciones, condicionamientos acumulados, hábitos, inconsciencia y miedo. Como dice un conocido proverbio espiritual: «el autoconocimiento siempre trae consigo malas noticias»... al menos al comienzo.

A esas alturas ya no basta con reconocer lo que es, sino que es preciso entablar una relación más plena con ello, lo cual significa abrir nuestro corazón a la situación en la que estemos, para sentirla, observarla directamente y dejar que nos afecte. Y ello no significa que tenga que gustarnos lo que descubramos. Si, por ejemplo, aborrecemos ciertos aspectos de nosotros mismos, también podemos reconocer y trabajar con este sentimiento como parte de lo que es. Sea lo que sea lo que aparezca, debemos aprender a observarlo e indagar más profundamente en ello.

La conciencia del dolor que nos provoca el hecho de estar atrapados en nuestras pautas reactiva una profunda tristeza interna a la que yo denomino «tristeza purificadora», una tristeza del alma, el reconocimiento del precio que hemos debido pagar para permanecer atrapados en pautas que han acabado alejándonos de nuestra naturaleza superior. Pero si le prestamos la suficiente atención, ese dolor nos revela el profundo anhelo de despertar, ser más sinceros y más reales y hacer lo que sea necesario para estar más vivos. Hacernos amigos de nuestra experiencia -abrir un espacio para que se manifieste lo que es y también todos nuestros sentimientos al respectofavorece ese movimiento y permite que el deseo del cambio -un anhelo sagrado deje de ser una cruzada contra nuestros fracasos y se convierta en la expresión natural del respeto por nosotros mismos.


La transmutación de la neurosis

La reactivación de la inteligencia superior que se oculta en nuestro ser va acompañada de la desaparición de ciertos rasgos periféricos de nuestra personalidad, aunque los aspectos más anquilosados, sin embargo, todavía posean demasiada energía psíquica como para rendirse fácilmente. Insisto en que no se trata aquí tanto de emprender una cruzada, como de una transmutación amable que pasa por la comprensión profunda de la naturaleza de los obstáculos, un modo de proceder perfectamente ejemplificado por Padmasambhava, que llevó el budismo al Tíbet y que, en lugar de declarar la guerra a los viejos demonios de la cultura chamánica prebudista, los convirtió en protectores del Dharma. Y es que el reconocimiento de la profunda inteligencia que se oculta en nuestros demonios nos ayuda a encauzarlos en una dirección más positiva.

Recuerdo el caso de un cliente que tenía dificultades para superar una vieja identidad de franca oposición que se había convertido en un verdadero problema. El mensaje básico que transmitía esta actitud era algo así como: «yo no quiero y tú no puedes obligarme», una actitud que, en su infancia, había cumplido con una importante función de supervivencia como defensa contra una madre controladora e intrusiva. Este «no» encerraba una gran fuerza e inteligencia, era su forma de conservar su integridad y de negarse a ser engullido por una madre demasiado dominante, aunque tambien le causó una profunda ansiedad y contracción interna que limitaba mucho su capacidad de relacionarse con los demás.

Durante su vida adulta había tratado de librarse de esta negatividad y de "pensar positivamente" sin lograrlo. El problema era que se sentía más fuerte cuando afirmaba su «no», por lo que el rechazo de esta actitud iba necesariamente acompañado de una pérdida de su vitalidad y de su poder. Él se sentía como si tuviera un monstruo en el vientre (la zona de su cuerpo en donde más tenso se sentía) que apretaba las tuercas de su "fontanería interna" para no sentirse nunca desbordado por el Otro (por el afecto, el amor o la estimulación emocional del mundo).

Su familia no le había proporcionado ningún modelo de fuerza y de poder. De este modo, la tensión abdominal era su forma de desarrollar lo que los japoneses denominan hará -el asentamiento en el vientre-, algo de lo que su familia parecía carecer. En la medida en que fue comprendiendo el propósito fundamental de aquella tensión interna -protegerle, conservar su integridad y desarrollar una fortaleza que nadie le había enseñado desapareció la necesidad de tratar a patadas a ese monstruo.

Cuando se alineó conscientemente con el propósito básico implícito en su actitud negativa, descubrió que era un amigo cuya energía podía ser encauzada de un modo más positivo. Así fue como, en lugar de decir «no» al mundo, pudo comenzar a servirse del poder de aquella energía para hacer frente a las situaciones amenazadoras que se le presentaban, sin verse desbordado por ellas, un cambio que le permitió descubrir, detrás de su «no», una energía genuina y afirmadora de la vida.

Este ejemplo ilustra perfectamente que, aun las cosas que más terribles nos parecen, encierran un significado profundo que clama por ser descubierto y reorientado hacia una afirmación más positiva de la vida. Y es que, detrás de cada herida, siempre se oculta una bendición. Por esta razón, si lo único que hacemos es culparnos por las pautas de nuestra personalidad, no podremos disfrutar de a los dones que encierran en su interior y no haremos más que empobrecernos. cualquier cosa contra la que luchemos, por más neurótica que parezca, puede convertirse en un hito importante del camino del despertar; cualquier problema o confusión, cualquier cosa que nos parezca imposible puede, si lo afrontamos directamente, si lo vemos, lo sentimos y lo convertimos en nuestro amigo, transformarse en parte de nuestro camino.

Es fácil desalentarse por los problemas que nos depara la vida y preguntarse «¿por qué resulta tan difícil ser humano?», «¿por qué tengo que pasar por esto?», «¿por qué no estoy más iluminado?» Y ese desaliento nos impide advertir la cualidad de camino de la evolución humana. La iluminación no es un objetivo ideal, un estado perfecto de mente o un reino espiritual situado en los cielos, sino un viaje que tiene lugar en esta tierra. Es el proceso del despertar a lo que somos y de abrirnos plenamente a ello.

Al comienzo de nuestra vida nuestra conciencia se halla tan abierta y somos tan vulnerables, que no tenemos más alternativa que protegernos con la máscara de la personalidad. Pero a esa edad todavía no podemos comprenderlo ni afrontarlo, y tenemos que comenzar convirtiéndonos en una entidad sólida y limitada para sentir que realmente existimos. Todas las defensas de nuestra personalidad poseen su propia inteligencia y son completamente comprensibles, todas nos proporcionan un camino. Pero experimentar el peso y las contracciones de la personalidad condicionada es precisamente lo que nos motiva a buscar nuestra naturaleza superior. El problema no reside tanto en nuestra personalidad como en nuestra negativa a seguir creciendo, con lo cual acabamos atrapados y nuestro desarrollo se estanca.

El budismo tántrico describe el proceso del despertar utilizando la metáfora de la serpiente que se desenrosca. En este sentido. nuestra energía se halla atrapada en los recovecos de nuestra neurosis, pero, para desentrañar esta maraña y dejar de estar atrapados, no tenemos que matar a la serpiente ni sublimar su energía en formas socialmente aprobadas sino, muy al contrario, permitirle hacer lo que naturalmente quiere hacer –desenroscarse y poder asi acceder a su poder y su vitalidad. Y lo que permite desenroscarse a la serpiente enrollada es la conciencia y la compasión. La compasión no trata de domar a la serpiente, sino que utiliza la energía asociada a la neurosis para ayudarnos a proseguir nuestro camino, el camino interminable que libera las cualidades más profundas de nuestro ser al tiempo que las proclama, las celebra y las utiliza para ayudamos a nosotros mismos y a los demás.




  1. LA FORTALEZA DEL EGO 

Y LA AUSENCIA DE IDENTIDAD

DEL YO

La sensación del ego de la que ahora somos conscientes [...] no es más que el mero vestigio de una sensación mucho más amplia, una sensación que abraza al universo entero y expresa la inexorable conexión existente entre el ego y el mundo externo.

sigmund freud

Las nociones diametralmente opuestas de «ausencia de identidad del yo» y de «fortaleza del ego» ilustran claramente las diferencias existentes entre las psicologías de Oriente y de Occidente. Por una parte, la psicoterapia occidental subraya la necesidad de contar con un ego lo suficientemente fuerte como para poder controlar los impulsos, tener una adecuada autoestima y funcionar eficazmente en el mundo. Las psicologías contemplativas, por la otra, consideran al ego -la instancia defensiva, separada y limitada que parece hallarse a cargo del psiquismo como algo superfluo y, en última instancia, irreal. Esta última perspectiva, en consecuencia, no pretende consolidar un ego fuerte, sino que aspira, por el contrario, a una cualidad del ser más elevada, despojada de ego y ajena a las limitaciones impuestas por la sensación de identidad separada. Teniendo, pues, en cuenta estos distintos puntos de partida, no resulta nada extraño que los buscadores espirituales que sólo posean un conocimiento somero de la psicología occidental interpreten equivocadamente el objetivo terapéutico de la fortaleza del ego, mientras que los psicólogos occidentales, por su parte, consideren la noción de la ausencia de identidad del yo como una abierta invitación a la psicosis.

¿Pero acaso las nociones de «fortaleza del ego» y de «ausencia de identidad del yo» representan dos visiones irreconciliablemente antagónicas? ¿O es posible, por el contrario, dejar de lado las diferencias superficiales existentes entre ambas visiones y encontrar algún sustrato común que las unifique? Y debo decir que éste no es, en modo alguno, un tema baladí, porque en torno a él giran cuestiones fundamentales en torno al significado y el objetivo de la vida. ¿Qué es, pues, el ego y en qué medida, exactamente, es un problema? ¿Es posible funcionar en el mundo occidental sin disponer de un ego lo bastante fuerte?




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