Psicología del despertar


El cielo, la tierra y el ser humano



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El cielo, la tierra y el ser humano


Las tres dimensiones de la condición humana de las que habla la filosofía china tradicional -el cielo, la tierra y el ser humano pueden ayudarnos a sortear estos tres grandes peligros: el bypass espiritual, la absorción egocéntrica en uno mismo y la distracción que conduce a la insensibilización.

Dicho en palabras muy sencillas, somos seres que permanecemos erguidos con los pies sobre el suelo y la cabeza orientada hacia el cielo. Nuestros pies se asientan en la tierra y no tenemos más remedio que permanecer donde estamos, lo cual implica la necesidad de respetar el mundo y a nosotros mismos en el plano horizontal, algo que trata de eludir el bypass espiritual. Este es el principio terrenal. Pero nuestra cabeza también se halla simultáneamente orientada hacia el cielo que nos rodea y nos permite ver cosas que se hallan mucho más allá de los intereses y preocupaciones ligadas a la supervivencia inmediata, como el horizonte, las estrellas, los planetas y el espacio inmenso que rodea la Tierra. A pesar del aparente significado de las preocupaciones terrenales, basta con ascender tres mil metros para que las cosas empiecen a perder parte de su importancia. Y, si todavía subimos más arriba –como hacen los astronautas-, todo acaba convirtiéndose en una mancha diminuta. Cuanto más ascendemos verticalmente -algo que nuestra conciencia siempre puede hacer—, más nos adentramos en el espacio insondable. Y es que la conciencia humana no pertenece tan sólo a esta tierra, y nuestra vida sólo cobra sentido en el trasfondo que le proporciona el espacio infinito. Éste es el principio celestial.

La postura humana básica -con la cabeza y los hombros erguidos y los pies firmemente asentados en la tierra que nos sostiene expone al mundo nuestra parte delantera. Los animales que caminan a cuatro patas protegen su parte delantera y las púas del puerco espín mantienen alejados a los predadores, pero el ser humano camina exponiendo al mundo su vientre y su corazón, los centros en que se asienta el sentimiento. Sentir es responder corporalmente al mundo que nos rodea, algo que, le prestemos atención o no, está ocurriendo de continuo. Y es precisamente esta exposición al mundo de nuestra parte delantera más vulnerable la que permite que el mundo y los demás puedan conmovernos. Este es el tercer elemento -el elemento específicamente humanode la tríada cielo-tierra-ser humano.

Cuando no prestamos la atención debida a estas tres dimensiones, nuestra vida se distorsiona y desequilibra. Si sólo nos ocupamos de las cuestiones ligadas a la supervivencia y a la existencia inmediata acabamos pegados a la tierra y hundiéndonos en el fango".' Si, por otra parte, no tenemos adecuadamente en cuenta nuestras necesidades terrenales, acabamos desconectándonos de la tierra y perdiéndonos con la cabeza en las nubes. Si, por último, tratamos de dejar de lado nuestra ternura, acabamos atrapados en la coraza del carácter que desarrollamos para proteger nuestros vulnerables centros sensibles. Y es que, aunque no tengamos el caparazón del armadillo ni las púas del puerco espín, nosotros desarrollamos las defensas del ego. Ser plenamente humano significa tender puentes entre la tierra y el cielo, entre la forma y el vacío, entre la materia y el espíritu. Y nuestra humanidad se expresa en el corazón, en la profundidad y la ternura que se abre en la intersección entre esos dos polos.

Convendrá ahora prestar atención a los tres tipos de trabajo interno que pueden ayudarnos a cultivar y equilibrar estas tres dimensiones de nuestra naturaleza.


Conectar con la tierra y asumir forma: El principio terrenal


Las prácticas espirituales apuntan a liberamos de la identificación exclusiva con la estructura egoica estrecha y condicionada hasta llegar a comprender que somos mucho más que todo eso. Pero, para cosechar los beneficios de este tipo de práctica. deberemos disponer previamente de una estructura egoica con la que poder trabajar. Eso es, precisamente, lo que significa estar arraigado en la tierra.

Resulta lamentable que la acelerada sociedad urbana y tecnológica en que vivimos no nos enseñe a conectar con nuestra propia experiencia. La crisis de la familia y de la comunidad alienta el desarrollo de personas cada vez más neuróticas que pierden parte de su vida repitiendo inconscientemente las pautas distorsionadas que aprendieron durante su infancia. Es por ello por lo que el fundamento para el establecimiento de una individualidad auténtica que no se vea compulsivamente limitada por las tendencias condicionantes del pasado -las imágenes limitadoras de uno mismo, la negación de las necesidades, el autocastigo, los guiones aprendidos en la infancia, las pautas disfuncionales de relación interpersonal y el miedo a amar y a perder el amor exige reconocer, trabajar y trascender esas pautas inconscientes, un trabajo, obviamente, más psicológico que espiritual.

El principio terrenal, pues, nos obliga a conectar con la tierra para poder habitar más plenamente nuestro cuerpo, trabajar con nuestras pautas psicológicas y asumir nuestra auténtica forma. En el mejor de los casos, la psicoterapia puede servir para convertirnos en personas más asentadas. Pero este tipo de trabajo también puede resultar muy doloroso, porque supone lo que Robert Bly denomina «descender a nuestra propia herida». Todos nosotros padecemos el dolor de estar desconectados de nuestro propio ser, una desconexión que se originó en nuestra infancia cuando nos contrajimos reactivamente ante un mundo que no pudimos ver ni admitir plenamente. Cuando se practica en un contexto espiritual, la psicoterapia puede ser una forma de trabajo del alma que nos ayude a encontrar un sentido más profundo en el sufrimiento. Es así como el dolor y la neurosis particular nos muestran, exactamente, los lugares en que nos hemos cerrado y. en consecuencia, los puntos en los que debemos seguir desarrollándonos en tanto que individuos. En este sentido, el término alma apunta hacia el interior, hacia una experiencia profunda de significado, objetivo y vitalidad individual.

Los distintos enfoques psicológicos afrontan de modo distinto el trabajo de conectar con la tierra. Son muchos los sistemas que comparten la idea de que el auténtico cambio no tiene tanto que ver con la charla o la comprensión intelectual como con el funcionamiento energético del cuerpo. En el método denominado focusing, por ejemplo -un método desarrollado por Eugene Gendlin-, resulta esencial pasar de la mente pensante al cuerpo vivido, conectar con la sensación corporal sentida de lo que está ocurriendo y dejar que el cuerpo sentido encuentre y exprese su propia voz. Otros enfoques, como la gesfalf o la bioenergética, por su parte, ayudan al cuerpo a abrirse y responder de formas nuevas. -*La práctica espiritual también implica la conexión con la tierra, lo que podríamos llamar el movimiento descendente Como dicen ciertas tradiciones orientales, como el aikido y el tai-chichuan, por ejemplo, para asentarse firmemente en la tierra es preciso conectar con el centro de gravedad corporal que se ubica debajo del ombligo y al que los japoneses y chinos denominan hará y tan tien inferior, respectivamente. Y lo mismo sucede en la tradición zen con la postura de la meditación sedente, que subraya el trabajo, la atención minuciosa a los detalles y la atención plena al cuerpo (). Pero, por más que la conexión con la tierra desempeñe un papel importante en el camino espiritual, no constituye, sin embargo, su esencia.


Soltar: El principio celestial
Mientras que el trabajo del alma implica bajar a tierra y asumir una estructura y una forma, la esencia del trabajo espiritual consiste en aprender a entregarse y renunciar a toda forma. Tal vez hayamos trabajado ya con nuestras neurosis, nuestros guiones y las confusiones emocionales en las que estábamos atrapados. Pero, aun en el caso de que seamos lo que los psicólogos de orientación humanista denominan una persona "autorrealizada" y "plenamente funcional", existen multitud de modos de seguir aferrado a uno mismo. Es difícil permitirse ser, sin identificarse con ninguna estructura, agenda, meta ni actividad. Nos ponemos nerviosos cuando nos hallamos en un espacio vacío, cuando existe un silencio en la conversación, cuando no sabemos qué decir o cuando no hay ninguna revista en la mesilla de la sala de espera.

Cuando aprendemos a abrimos a ese espacio, como, por ejemplo, sucede en el caso de la meditación sedente, llegamos a advertir la sutileza y omnipresencia del apego a la fijación central en el yo, en mí o en lo mío. En este sentido, el trabajo espiritual nos ayuda a comprender y a liberarnos de la identificación con una imagen limitada de nosotros mismos y realizar así nuestra naturaleza más elevada que subyace más allá de toda forma, estructura o pensamiento. Si comparamos la psicoterapia con la acción de podar y fertilizar un árbol para que pueda crecer y dar frutos, la práctica espiritual es la medicina radical, la medicina que va a la misma raíz de la identificación con una concepción limitada del yo que nos impide relajarnos y sumergimos más profundamente en el fundamento mismo de nuestro ser.

La práctica budista aspira a la liberación de las cinco tendencias universales causantes del sufrimiento, los llamados kleshas o venenos raíz: el apego, la agresividad, la ignorancia, los celos y el orgullo. Mientras sigamos identificados con una visión limita da de nosotros mismos, estos kleshas seguirán presentándose, sin importare! trabajo psicoterapeutico que hayamos realizado.

Según cierta metáfora del budismo tibetano que asimila los kleshas raíz a una planta venenosa, existen tres niveles distintos de práctica espiritual. El primero de ellos aspira a reemplazar las tendencias nocivas con sus correspondientes disposiciones virtuosas. Pero, para ello, hay que arrancar la planta, un procedimiento limitado por cuanto puede romper la conexión con la tierra. Y es que cualquier intento de superar los sentimientos y emociones negativas mediante la trascendencia celestial -elevándonos por encima o tratando de purificamos mediante la negación de los impulsos inferiorespuede acabar conduciendo al bypass espiritual y, en suma, a la ruptura intema.

El segundo nivel de práctica no apunta tanto a erradicar la planta como a desarrollar el correspondiente antídoto. En el budismo mahayana, por ejemplo, el antídoto para la actividad venenosa de los kleshas es el descubrimiento de sunvata o la vacuidad, la dimensión abierta del ser que disuelve la tendencia a identificarse con cualquier cosa. Este nivel, sin embargo, también puede llevamos a preferir la vacuidad por encima de la forma, una discriminación sutil que también acaba escindiéndonos internamente.

El tercer nivel de práctica -siempre según esta analogíaconsiste en desarrollar la inmunidad al veneno mediante la ingestión juiciosa de la planta. Este es el camino seguido por budismo tántrico o vajrayana que transmuta los venenos en amríta, el jugo de vida, el néctar de nuestra auténtica naturaleza. Es evidente que, para poder asimilar realmente el veneno y llevar a cabo esta clase de transmutación, se precisa mucho entrenamiento y preparación. Ésta es, precisamente, la función de la meditación. Cuando aprendemos a abrirnos a los venenos de nuestra mente y reconocemos que todos ellos son fijaciones que emergen de la desconexión de nuestra auténtica naturaleza, comenzamos a sustraernos a su poder. Este tercer camino es el único que nos permite acceder a la energía vital contenida en los venenos, una energía que puede ayudamos a mantener nuestra conexión con la tierra, nuestra pasión y nuestra vida cotidiana. En la medida en que dejamos de vernos obligados a rechazar nuestras tendencias neuróticas, aumenta también nuestra compasión y comprensión por los demás, lo cual nos permite trabajar más directa y hábilmente con ellos. 




Despertar el corazón: El principio humano

La interacción entre la tierra y el cielo, entre asumir una forma y dejar de asumirla, da lugar al tercer principio del trabajo interno, despertar el corazón que, en el pensamiento filosófico chino, se corresponde con el principio humano (principio humano). Así pues, despertar el corazón significa despojarnos de la coraza de nuestro carácter y permitir que la realidad y los demás entren en nosotros. Mantener el corazón abierto es la fuente del coraje (una palabra, dicho sea de paso, derivada del término francés coeur, que significa corazón) que nos permite permanecer abiertos a lo que la vida nos depare y dejar que nuestro corazón se conmueva.

Aunque el trabajo psicológico pueda despejar el camino de apertura de nuestro corazón, su despertar pleno requiere una entrega que sólo es posible desde la realización espiritual. Sin la inmensa amplitud proporcionada por el principio del cielo tal vez pudiéramos abrirnos a los demás, pero seríamos incapaces de permitirles ser. Esta entrega también va acompañada de la recuperación del sentido del humor que aparece precisamente cuando dejamos de estar atrapados en una estructura. Para poder reímos es necesario salir de la estructura en que anteriormente estábamos atrapados ya que, sin esa sensación de espacio, humor y entrega, nuestro corazón podría volverse demasiado empalagoso, sentimental, pesado o identificado.

Pero para despertar el corazón también es preciso seguir conectado con la tierra ya que, sin esa conexión, no puede haber ningún tipo de compasión. Si sólo sabemos renunciar pero ignoramos el modo de comprometernos y si nuestra única preocupación tiene que ver con el espacio y el espíritu, jamás podremos zambullirnos plenamente y trabajar con nuestras propias circunstancias y con las de los demás seres sensibles. La auténtica compasión sólo dimana de la implicación en el mundo de la forma, la limitación, la personalidad y el kanna. Si sólo estamos orientados hacia el espíritu, nos impacientaremos con las debilidades que descubramos en los demás y en nosotros mismos.




El trabajo con el sufrimiento

El camino del desarrollo interno, el camino que nos permite abarcar tanto nuestra psicología personal como nuestra naturaleza espiritual más profunda, necesita los tres principios mencionados -conectar, renunciar y despertar el corazón que contrarrestan los correspondientes obstáculos del bypass espiritual, la absorción egocéntrica en uno mismo y la distracción adormecedora. El elemento esencial de tal camino podría ser una práctica como la meditación (que sirve para conectar con esos tres principios), complementada con un trabajo psicológico (que nos ayude a corregir las pautas y complejos emocionales inconscientes que impiden el logro de una vida más auténtica, asentada, abierta y despierta).

En mi trabajo como psicoterapeuta he descubierto que debo permanecer en contacto continuo con el cielo, la tierra y el corazón. Para comenzar, tengo que escuchar y respetar los problemas reales del cliente que pertenecen al reino de la forma y de la tierra porque, en caso contrario, no es posible establecer ningún tipo de conexión. Pero si sólo me centro en la forma, es decir, en los problemas, pierdo el contacto con la mente, el corazón y el espacio abierto que los rodean, en cuyo caso el trabajo psicológico se convierte en algo demasiado serio y pierde su magia y su chispa creativa. Cuando, poco después de haber terminado la carrera. empecé a hacer terapia, tenia una visión demasiado estrecha de la naturaleza humana y me tomaba demasiado en serio el contenido de los problemas. Más tarde, la meditación me ha permitido desarrollar y abrir mi conciencia, y descubrir que ya no me identificaba con los problemas de mis clientes y no me hundía con ellos, y que mis respuestas provenían de un lugar mucho más profundo.

Uno de los principales frutos de la meditación ha sido el de ayudarme a distinguir entre la experiencia inmediata y las interpretaciones mentales de esa experiencia, lo cual, a su vez, me ha permitido permanecer más abierto al sufrimiento de mi cliente y no tomarme tan a pecho la seriedad de sus problemas. Sentir la experiencia genuina y viva de alguien nunca resulta pesado. Lo único pesado son las fijaciones mentales, las "narraciones", las creencias y los juicios sobre nuestra propia experiencia. En última instancia, mi atención no se centra tanto en el contenido de los problemas de las personas como en el ser que está luchando con ellos. Y es que el principio celestial -que nos proporciona espacio y nos permite renunciar a la forma desempeña una función muy importante en el trabajo psicológico, aunque no tanto, obviamente, como lo hace en el trabajo espiritual. De este modo, cabalgar a lomos del proceso experiencial -es decir, respetar el sentimiento de los demás manteniendo, al mismo tiempo, el contacto con la sensación subyacente de apertura que nos permite conectar con el otro en su inmediatez y desnudezse convierte en una forma de meditación en acción.

La práctica de la meditación me ha permitido disfrutar del gozo de la terapia aunque estuviera trabajarlo con clientes que atravesasen un gran sufrimiento. Y es que el sufrimiento y la neurosis no dejan de poseer su propia belleza. En el núcleo mismo de todo conflicto psicológico siempre se oculta una gran inteligencia. No me resulta difícil descubrir y reconocer, en este sentido, que la coraza del carácter tras de la cual nos protegemos constituye un artificio tan inteligente como las púas del puerco espín o la coraza del armadillo.


Dado que el desarrollo y la transformación humana emergen de la interacción entre la tierra y el cielo, entre lo limitado y lo ilimitado, la práctica esencial, común tanto a la psicoterapia como a la meditación, consiste en cobrar conciencia de nuestras rígidas estructuras kármicas. Muy a menudo, esta conciencia se halla oscurecida, ya sea porque está soterrada bajo nuestros problemas y emociones, ya porque está alienada y disociada flotando sobre ellos. Resulta esencial, por tanto, aprender a cultivar la conciencia y llevarla a aquellos lugares en que estemos contraídos y atrapados. Sólo así podremos descubrir los venenos que confunden a la mente y transmutarlos.

En cierta ocasión tuve un sueño que refleja perfectamente la interacción entre el cielo y la tierra que se desarrolla en el núcleo mismo de la vida humana. Me hallaba en una enorme tienda, con un techo muy alto, que bullía de actividad. Y, aunque yo participaba de toda aquella actividad, era simultáneamente consciente de la cualidad mágica del espacio que me rodeaba y permitía toda aquella celebración.

Y es que nuestra naturaleza como seres humanos se despliega dentro de estructuras y marcos de referencia terrenales que se hallan impregnadas y rodeadas de un espacio inmenso. La estructura de la tienda de mi sueño era necesaria para proteger la vida interior. El trabajo psicológico y de arraigo se centra en la forma o la estructura y supone algo así como mantener la tienda en condiciones y reparar las goteras. Pero, como ocurría con la tienda de mi sueño, ninguna estructura es completamente sólida, sino que siempre está llena de vacío, la dimensión abierta del ser. Asi pues, el trabajo psicológico nos ayuda a asumir forma, mientras que el trabajo espiritual subraya lo ilimitado, lo que está más allá de toda forma. El cultivo de esa apertura a la inmensidad del espacio que rodea todas nuestras estructuras es lo único que permite que la brisa fresca del cambio renueve de continuo nuestra vida.

2. LA PERSONALIDAD


¿Camino o patología?

El desarrollo psicológico y espiritual gira en torno a lo que creemos ser y al modo como protegemos nuestra identidad, el elemento fundamental del bienestar psicológico y de la realización espiritual.

Por más extraño que pueda parecer, tenemos pocas cosas que decir sobre nuestra personalidad porque, en el momento en que empezamos a cobrar conciencia de ella -habitualmente en la adolescenciase halla ya firmemente establecida. ¿Cuál es la relación que mantenemos con esa forma que se ha desarrollado en nuestro interior? ¿Debemos tratar a nuestra personalidad condicionada como un obstáculo en el camino del desarrollo espiritual y, en consecuencia -y en última instancia-, como una patología? ¿O acaso -como afirman ciertas tradiciones esotéricasno se trata de un error arbitrario sino, muy al contrario, de un hito muy importante en el camino del desarrollo espiritual?

Si nos diéramos cuenta de las cualidades y la inteligencia que se ocultan en las facetas más rígidas y neuróticas de nuestra personalidad no querriamos desembarazarnos de ella para alcanzar una dimensión espiritual "superior" que la trascendiese. En tal caso, las facetas más limitadas de la estructura de nuestra personalidad nos revelarían todo lo que necesitamos para proseguir nuestro camino hacia la autorrealización, ya que, al igual que la personalidad puede convertirse en una herramienta que nos ayude a cobrar conciencia de las cualidades más profundas de nuestro ser esencial.




La agresividad terapéutica

Durante toda su infancia. Tara había experimentado una gran falta de afecto y de contacto, para sobrevivir a la cual había acabado adoptando una actitud dura e independiente que parecía proclamar a los cuatro vientos: «No necesito a nadie. Yo sola puedo cuidar de mí». Sin embargo -y como siempre ocurre, en una u otra medida, con todas las pautas de personalidad tiempo después su desmesurada independencia acabó haciéndose disfuncional porque le impedía recibir el afecto de los demás, lo cual no hacía sino alentar la privación y condenarla al sufrimiento.

Poco antes de cumplir los treinta años. Tara ingresó en una comunidad espiritual que consideraba al ego como un obstáculo para la realización espiritual y que, en consecuencia, dirigía todos sus esfuerzos a machacarlo. Esa comunidad cultivaba una forma colectiva de bypass espiritual que menospreciaba las necesidades y preocupaciones personales, al tiempo que trataba de implantar en sus miembros una identidad espiritual "ideal". Es por esta razón por lo que los líderes de la comunidad adoptaron una actitud agresiva hacia la excesiva autonomía de Tara que ella aceptó de buen grado, convencida, como estaba, de que sus viejas pautas eran un obstáculo para su desarrollo espiritual. Pero, en el mismo momento en que renunció a su actitud distante, perdió también todo contacto con la fuente de su poder, su voluntad y su determinación. Cuando, finalmente, la comunidad acabó disolviéndose, Tara era completamente incapaz de hacer frente a la vida cotidiana y se vio obligada a emprender un largo proceso de recuperación para el que necesitó varios años de terapia.

Para erigir una identidad independiente y fuerte que le permitiera superar las difíciles condiciones de su infancia. Tara se había visto obligada a desarrollar su fortaleza. Tal vez otra persona hubiera reaccionado ante la adversidad sumiéndose en la depresión o la huida, pero ella supo encontrar en su interior los recursos necesarios para seguir adelante. Es cierto que, de ese modo, su identidad se vio amordazada y constreñida, pero no lo es menos que la fortaleza era una de sus cualidades más notables. Por esta misma razón, en el mismo momento en que se sometió al ataque de la comunidad, perdió el contacto con su poder y con su voluntad.

Son muchos los terapeutas y maestros espirituales que creen erróneamente que el camino de la transformación requiere la desarticulación de la personalidad condicionada. Hay veces en que esta "agresividad terapéutica" es flagrante (como ocurrió en el caso de Tara), mientras que hay otras en que se manifiesta de formas mucho más sutiles, pero el mensaje implícito en ambos casos es el mismo: «serías mejor si fueras diferente».

La personalidad es una forma congelada de nuestra verdadera naturaleza y constituye, por así decirlo, el combustible necesario para el proceso del despertar. En este sentido, la descongelación de las facetas más anquilosadas de nuestra personalidad proporciona la energía necesaria para reactivar las estructuras egoicas excesivamente rígidas. Por esto, todo ataque a la personalidad acaba despojando al individuo de los recursos básicos con que cuenta para realizar su viaje hacia el despertar.

Atacar a la personalidad no hace más que separamos de la inteligencia que se oculta en ella. Estos ataques alientan el miedo y las resistencias que impiden el avance, al tiempo que sumen a la persona en la incapacidad y la dependencia. El intento de desarticular la personalidad sólo aumenta la división, el conflicto y la tensión interna que constituyen el rasgo distintivo del ego. Para que la personalidad no se enquiste y se convierta en una patología sino que, muy al contrario, sirva de hito en el camino, es necesario aprender a trabajar con nosotros mismos tal cual somos, más allá de todo reproche y agresividad. Ësas son las condiciones que permiten que la estructura de nuestra personalidad se abra y de su interior broten las cualidades esenciales del ser. Parafraseando al maestro tibetano de meditación Chógyam Trungpa -que, en cierta ocasión, señaló: «cuando usted limpia su tetera, la tetera se convierte, para usted, en su camino hacia el despertar»-, podríamos decir que: «cuando usted trabaja con la estructura de su personalidad, la estructura de su personalidad se convierte, para usted, en su camino hacia el despertar».

Para convertir a su personalidad en un camino. Tara tuvo que renunciar a todo intento de cambiarla y trascenderla prematuramente y comenzar a investigar con más detenimiento su desmedida independencia, tratar de comprenderla y relacionarse con ella de un modo más directo. Entonces fue cuando empezó a darse cuenta de que su extrema dureza había sido una forma de cuidar de sí misma y de que, bajo ella, se ocultaba una gran vulnerabilidad e inseguridad. Y ese descubrimiento le mostró el camino para comprender y cuidar sus facetas más vulnerables y tratarse con más benevolencia, una actitud que la ayudó a recuperar su fortaleza y a reconocer su lado más amable y, en consecuencia también, las facetas más amables de los demás.




La formación de la identidad

En el momento del nacimiento todos nosotros estamos en contacto con ciertas cualidades innatas que nos preceden y se hallan entretejidas en la misma estructura de nuestra personalidad. Las distintas tradiciones se refieren a estas cualidades con nombres muy distintos. Los sistemas yóguico y alquímico, por ejemplo. hablan de elementos tales como la tierra, el fuego, el agua y el aire. El sufismo, por su parte, se refiere a capacidades como la voluntad, la paz, el conocimiento, la compasión, la alegría y la fuerza, y las asocia a distintos centros corporales y distintos colores (en este caso blanco, negro. verde, amarillo v rojo. respectivamente).

El budismo mahayana menciona ciertas cualidades humanas esenciales -o "perfecciones"que todos poseemos de forma potencial, pero que también pueden ser cultivadas, como la generosidad, la paciencia, la capacidad de esfuerzo, la presencia atenta, la compasión, el discernimiento, la disciplina, el poder y la sabiduría. El budismo tibetano, por último, habla de cinco energías-sabiduría básicas, la ecuanimidad, la lucidez, la eficacia, la amplitud del espacio y la discriminación, a las que también asocia con distintos colores y elementos. Se trata, en todos estos casos, de cualidades humanas que no son privativas de nadie y que emergen de manera natural con una intensidad y configuración distintas en cada individuo.

Para comprender el modo como nuestra personalidad se sirve de estas cualidades o capacidades convendrá revisar qué ocurre con los niños que, en su extrema vulnerabilidad, mantienen una conexión bastante leve con la existencia. Desde el mismo momento en que nacemos, todos nos vemos obligados a afrontar de un modo u otro la cuestión de la existencia frente a la no-existencia. Es por esto por lo que la falta de afecto o de cuidado representa una poderosa amenaza a la existencia del niño, porque pone en peligro su supervivencia, su misma existencia física o psicológica.

Poco importa cuál haya sido la historia de nuestra infancia, porque todos nosotros estamos inevitablemente condenados a tropezar, más pronto o más tarde, con lo que el budismo denomina las tres marcas de la existencia: el dolor, la inestabilidad y la falta de una identidad sólida y definida. El ser humano se diferencia del resto de los animales en que no existe prescripción fija alguna sobre el modo de ser humano y bien poco acerca del modo de conocernos y de ser nosotros mismos. Y ello significa que nuestra vida se halla inevitablemente ligada al miedo a la no-existencia, un miedo que pone en marcha nuestro peculiar proyecto de identidad que aspira a convertimos en algo sólido, sustancial y real.

De un modo u otro, casi todo ser humano descubre, en su infancia, amenazas reales o percibidas a su bienestar, seguridad y supervivencia. Y puesto que, en esa época, el niño carece de la capacidad de reflexionar sobre sí mismo -la capacidad de verse y conocerse objetivamente, la capacidad de permanecer consciente de su experiencia-, necesita que los adultos le apoyen y reflexionen por él. Pero, cuando el niño no se siente visto, reconocido. amado o bienvenido por su familia o por la sociedad, ocurre algo parecido a cuando miramos en un espejo y no vemos a nadie, una situación que va acompañada de la sensación de deficiencia y de miedo («Tal vez yo no sea nada»).

Es frente a esta amenaza a su existencia cuando el niño se afirma creando algún tipo de existencia estable y desarrollando una identidad basada en las imágenes y relatos sobre sí («¿Quién soy?». «Yo soy yo») que se asienta en el conjunto de representaciones que van configurándose a través de nuestra interacción con los demás. Todos nos aferramos a esa identidad -por más negativa y limitada que sea-, sin importar que la historia de nuestra vida haya sido positiva o negativa -«Yo soy especial», «Yo no necesito que me amen», «Yo no soy bueno» o incluso «Yo no soy nadie»porque, a fin de cuentas, nos proporciona una sensación de existencia y el hecho de ser algo -aunque sea negativo— es mejor que no ser nada.

Los niños muestran una gran inventiva a la hora de convertir las amenazas a su existencia en una identidad que les libere de la ansiedad y les proporcione una sensación de existencia estable. El impulso inteligente que subyace a todo proyecto de identidad es el deseo de superar el miedo a ser imperfectos, conocemos y valorarnos a nosotros mismos y en suma, así, poder llegar a sentir que somos reales. Recuerdo el caso de Dan, un cliente que, durante su infancia, tuvo que hacer frente a una gran carencia afectiva en torno a la cual se vio obligado a construir su identidad. Y es que Dan sólo se sentía real cuando estaba vacío, carente y desposeído. Es por esto por lo que su proyecto de identidad giraba en mantener ese estado de privación interna, una estrategia que al principio le había servido para conservar la salud en una situación vital sumamente enfermiza.

De adulto, sin embargo, su identificación con la carencia se convirtió en un obstáculo que le impedía nutrirse de la vida y de las relaciones. Se sentía incómodo con las mujeres que le amaban, porque eso amenazaba la sensación de carencia en torno a la cual se había articulado su identidad y, en consecuencia, ponía en grave riesgo su personalidad. Y ése era también el tipo de relación que mantenía con el dinero. Así fue como su personalidad había acabado convirtiéndose en una trampa, una forma anquilosada de estar en el mundo que le alejaba tanto de la plenitud de su auténtica naturaleza como de la plenitud de su relación con los demás. Y es que cualquier identidad personal comienza siendo una estrategia de supervivencia inteligente elaborada a partir de los recursos naturales de la persona, pero acaba transformándose en un proyecto compulsivo que genera un gran conflicto interno y obstaculiza el desarrollo.

Pero, a pesar de que su identidad había terminado volviéndose en su contra. Dan se dio cuenta de la milagrosa creatividad implícita en el hecho de crear algo (una sensación de existencia) a partir de nada (una sensación de inexistencia). Y es que Dan era algo precisamente porque era nada, una estrategia que evidenciaba una creatividad muy ingeniosa que también expresaba a través del arte. Sus dibujos, inspirados en el zen y su estética del vacío, eran muy sobrios y consistían en simples líneas flotando sobre el fondo abierto del espacio. De este modo, su relación íntima con el vacío se había convertido en una auténtica cualidad que le permitía crear a partir de casi nada. Pero esta actitud, sin embargo, también poseía una contrapartida neurótica que le llevaba a equiparar erróneamente el vacío del zen con la sensación de privación interna y a utilizar la lógica budista para justificar y perpetuar su sensación de carencia.






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