Psicología del despertar


La conexión con las cualidades superiores del Ser



Descargar 1.01 Mb.
Página21/24
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño1.01 Mb.
1   ...   16   17   18   19   20   21   22   23   24

La conexión con las cualidades superiores del Ser


Si nuestro corazón es como una llama, nuestro karma o nuestros hábitos condicionados son el combustible que alienta ese fuego. Es cierto que quemar el viejo karma crea una gran turbulencia, pero no lo es menos que también libera poderosos recursos internos que se hallaban ocultos detrás de nuestras pautas habituales. Y, cuando esas pautas empiezan a disgregarse podemos acceder a un espectro más amplio de nuestras potencialidades humanas.

Todas las cualidades más universalmente valoradas -como la generosidad, la ternura, el humor, la fuerza, el valor o la paciencia nos permiten ser más plenamente humanos y nos capacitan para afrontar todo lo que la vida nos depare. Cada uno de estos recursos nos permite afrontar una faceta diferente de la realidad. Por esto. cuanto mayor sea nuestra apertura a todas estas dimensiones, más dispuestos estaremos para abrazar la totalidad de la existencia con sus alegrías y sus tristezas, sus gozos y sus aflicciones.

Cada uno de nosotros tiene acceso -al menos de un modo potencialal espectro completo de estas cualidades humanas, pero lo cierto es que, en la práctica, la mayoría de nosotros sólo hemos desarrollado un tipo de cualidad, como la fuerza, por ejemplo, a expensas de su opuesto, la ternura. Es precisamente por esto por lo que habitualmente somos seres desequilibrados e incompletos y esa sensación de incompletitud es la que determina que nos sintamos atraídos por determinadas personas. En este sentido, es más probable que sintamos una mayor atracción por aquellas personas que manifiestan cualidades de las que carecemos y que nos obligan a desarrollar una mayor plenitud y profundidad de ser que todavía no hemos descubierto.

El fuego alentado por la relación de pareja libera nuestras cualidades humanas más genuinas. Cuando, por ejemplo, ya no podemos seguir manteniéndonos en guardia ante alguien a quien amamos, y renunciamos al viejo escudo protector, podemos sentirnos bastante desnudos y vulnerables. Pero esa misma desnudez también nos vuelve más transparentes a nuestra auténtica naturaleza. Cuanto menos necesitamos defender, más en contacto estaremos con lo que realmente somos, y esa conexión más profunda con nosotros mismos también nos permitirá acceder a los recursos internos que más necesitamos después de haber renunciado a nuestra coraza, la verdadera fortaleza que proviene del interior y no tiene nada que ver con blandir la espada en alto. Esta es la lógica a que se atiene la alquimia del amor.


Los tres niveles del camino: evolutivo, personal  y sagrado

El camino del amor consciente posee tres dimensiones diferentes interrelacionadas. Desde una perspectiva colectiva, tiene una importancia evolutiva. Siglos de desequilibrio entre las maneras de ser masculina y femenina han dejado una profunda herida en el psiquismo humano de la que nadie puede escapar y cuyas consecuencias impregnan tanto nuestra vida interna como nuestra vida extema. Internamente considerada, se trata de una división entre la mente y el corazón, entre el sentimiento y el pensamiento, entre la ternura y la fuerza que se manifiesta externamente en la guerra entre los sexos y en una actitud estúpida ante la naturaleza que está poniendo en peligro nuestro planeta. Hasta que la conciencia humana pueda transformar el antiguo antagonismo entre lo masculino y lo femenino en una alianza creativa seguiremos fragmentados y en guerra con nosotros mismos, como individuos, como parejas, como sociedades y como especie.

Desarrollar una nueva profundidad y una nueva intimidad en nuestra relación es un paso importante en la curación de esta vieja escisión de modo que podamos reunir las dos mitades de nuestra humanidad. En la medida en que empezamos a movernos en esa dirección, la relación entre hombres y mujeres asume un propósito más elevado que trasciende las meras necesidades de supervivencia y seguridad, y que se convierte en un camino evolutivo, un vehículo para la evolución de la conciencia humana.

En segundo lugar, el hecho de considerar la relación como un camino personal nos ayuda a superar las dificultades individuales que nos impiden abrimos, conectar con los niveles más profundos de nuestro ser y acceder a un abanico más amplio de nuestros recursos humanos. Al abrimos más a las posibilidades creativas de la vida, la relación íntima nos perfecciona como individuos y puede transformarnos en seres humanos más despiertos y desarrollados.

Más allá de todo ello, el amor entre una mujer y un hombre supone también un reto sagrado que nos lleva a ir más allá de la búsqueda de gratificaciones exclusivamente perswonales, superar la lucha entre el yo y los demás y descubrir así lo más esencial y real: las profundidades y alturas de la vida en su conjunto. Al ayudarnos a curar nuestra alienación de la vida, de otras personas y de nosotros mismos, la relación se convierte en un camino sagrado. Con ello no quiero decir que una relación, en y por sí misma, sea un camino completo que pueda sustituir a otras prácticas espirituales. Lo único que digo es que la relación puede convertirse en un poderoso vehículo para establecer contacto con un nivel más profundo de la verdad que, combinado con una práctica adecuada, puede contribuir muy positivamente a despertar nuestra auténtica naturaleza.

Desde esta perspectiva, los difíciles retos que pueden afrontar los hombres y las mujeres que trabajen juntos no son meros afanes personales, sino invitaciones a abrimos a la sagrada obra de lo conocido y lo desconocido, de lo visto y de lo no visto, y a las verdades más elevadas que dimanan del contacto íntimo con el gran misterio de la vida.




16. DANZANDO EN EL FILO

DE LA NAVAJA

La relación humana es una danza, a menudo vertiginosa, de opuestos que en ocasiones es agradable y seductora, en otras intensa y combativa, en otras sumamente estimulante y en otras, por último, realmente agotadora. Esta danza nos obliga a bailar entre los polos del acercamiento y el distanciamiento, coger y soltar, comprometernos y mantener una cierta distancia, asumir y dejar ir, renunciar y mantenemos en nuestro sitio, etcétera. Y, como todo el mundo sabe, no es un baile nada sencillo, porque son muchos los casos en los que la pareja pierde el paso y acaba sumida en la lucha. Hay muy pocos profesores de este tipo de baile y, con el paso de los años, los bailes tradicionales que nos enseñó nuestra cultura van pasando de moda. ¿Cómo podemos aprender este tipo de danza?

Todo empieza en el mismo momento en que nos sentimos atraídos por otra persona. Por una parte queremos romper nuestro aislamiento y conocer a esa persona que representa un mundo inexplorado completamente nuevo. Pero, al mismo tiempo, adentramos en ese nuevo mundo entraña grandes riesgos y nos sume en la inquietud porque no tardamos mucho en descubrir que estamos aferrados a la misma separación que tanto anhelamos superar. Es como si simultáneamente nos expandiéramos y nos contrajésemos o, al menos, como si alternásemos rápidamente entre ambas posiciones.

La practica de la meditacion puede eneñarnos muchas cosas útiles parz aprender a bailar la danza de la relaciôn, porque su objetivo fundametal es el de superar la divisiôn interna existente entre el yo y lo otro. Digamos, para comenzar, que el hecho de permanecer sentados en silencio atendiendo a la respiración y permitiendo que los pensamientos y sentimientos aparezcan y se desvanezcan por sí solos nos ayuda a superar la separación de nuestra propia experiencia. Entonces advertimos que el intente de aferramos a las experiencias que nos gustan y de alejarnos de las que nos desagradan nos impide estar completamente presentes y nos mantiene atrapados en la mente reactiva. En cambio, cuando dejamos de luchar con nuestra experiencia advertimos la presencia de una naturaleza superior despojada de toda reactividad y capaz, por tanto, de permanecer presente con todo lo que ocurra.

La meditación también nos ayuda a trabajar con las tensiones polares inherente, a la vida humana que, obviamente, se ven intensificadas por la relación, como la tensión entre el cielo y la tierra, entre el vacío y la forma, etcétera. Aprender a permanecer quietos y en silencio, ocurra lo que ocurra en nuestra mente, nos ayuda a permanecer anclados en tierra. Entonces descubrimos que no hay modo alguno de huir de nuestra forma, de nuestro cuerpo, de nuestras necesidades, de nuestros sentimientos, de nuestro karma y de nuestra historia personal. Al permanecer atentos a la respiración, renunciar a las fijaciones mentales y descansar una y otra vez en el momento presente, conectamos también con la apertura y el espacio, el principio del cielo (ver Capítulo 1 para una discusión más detallada sobre los principios «celestial» y «terrenal»). Y cuando más tiempo permanecemos sentados utilizando la respiración para soltar, más se abre la parte delantera y sensible de nuestro cuerpo a través de la cual el mundo y los demás entran en nosotros, una apertura que refleja nuestra humanidad y unifica los cielos y la tierra.

En lo que respecta al ámbito de la relación, el hecho de permanecer sentados significa conservar nuestra sensación de integridad ante las demandas y manipulaciones del exterior y ante los miedos y compulsiones del interior; mientras que la práctica meditativa de renunciar a las fijaciones mentales, por su parte, se corresponde con el hecho de no permanecer atados a una actitud fija, no convertir a nuestro ego en una fortaleza y estar dispuestos a abrir nuestro corazón, dejar de defendemos y arriesgamos a amar.

El Buda asimiló la conciencia meditativa al hecho de afinar un instrumento musical para que las cuerdas no estén demasiado tensas ni demasiado flojas. Si tensamos o aflojamos las cuerdas demasiado perdemos el equilibrio tan esencial en el ámbito de las relaciones. Así pues, por más importante que sea respetar nuestras necesidades (principio terrenal), también lo es no identificarnos con ellas (principio celestial). Y, del mismo modo, debemos ser capaces de comprometemos con los demás (forma), sin perder por ello la capacidad de soltar la relación, renunciar a nuestras agendas e ideas preconcebidas y abrir el espacio suficiente para que la relación discurra tal cual es (vacío). Además, para unirnos a otra persona debemos diluir nuestras fronteras, pero si lo único que hacemos al respecto es fundimos con ella, acabaremos perdiéndonos a nosotros mismos, lo que suele conducir al desastre. El mundo de la relación está plagado de esta clase de contradicciones. Anhelamos la libertad pero sin renunciar por ello a la estabilidad y al compromiso. ¿Es posible tenerlas ambas? ¿Podemos seguir siendo amables cuando aparecen el enfado y la crítica? ¿Cómo podemos entregarnos a una relación sin perder nuestro poder y acabar siendo controlados por otra persona? ¿Cómo llegar a conocer a otro y seguir, sin embargo, viéndolo con ojos nuevos?

Las cosas serían mucho más fáciles si pudiéramos mantener una distancia segura o un conjunto de límites claros que nos protegieran sin arriesgamos demasiado o fundirnos sin perdernos, por ello, en la relación. Pero ninguna de estas alternativas es posible ni satisfactoria. Cuando aprendemos a movernos entre la tensión y la distensión, nuestros movimientos se vuelven más fluidos y entonces es cuando empieza la danza



Existe un camino para trabajar con las polaridades y contradicciones inherentes al ser humano -que el budismo denomina «camino medio»que consiste en no identificarse con nada. ni con el placer ni con el dolor, ni con la separación ni con la fusión. ni con la identificación ni con la separación. No se trata, en modo alguno, de una especie de insípido punto medio, sino que. muy al contrario, exige estar lo bastante atentos y despiertos para no quedarnos atados a ninguna posición, sin importar cuan justo pueda parecer. Este es el único modo de darnos cuenta de lo que en cada momento requiere la danza de la relación. Cuando las personas se aferran a sus actitudes (cuando se empeñan, por ejemplo, en mantener posturas opuestas del tipo «necesito más proximidad» frente u «necesito más espacio»), acaban polarizándose y poniendo así fin a la danza.

El camino medio no tiene nada que ver con el establecimiento de un sistema de compensaciones o contrapesos que equilibren los dos platillos de la balanza, sino que es un proceso mucho más dinámico e inmediato que requiere la toma de conciencia del modo como perdemos el equilibrio. Cuando tal cosa ocurre experimentamos una sacudida que nos despierta y nos permite recuperar nuevamente el equilibrio. Entonces volvemos al presente, renunciamos a nuestra identificación con esta o aquella actitud y echamos un nuevo vistazo a lo que ocurre y a lo que, en ese mismo instante requiere la situación. Y con ello no quiero decir que nunca debamos asumir una determinada postura; de hecho, la situación puede requerir hoy en día defender algo que es importante para mí y hasta luchar por ello. Pero tal vez mañana las circunstancias pueden exigirme renunciar a esta actitud, ceder y dar prioridad a las necesidades de mi pareja.

La relación es paradójica en el sentido de que nos obliga a sri nosotros mismos, expresar quienes somos sin vacilación alguna y asumir una determinada postura y, al mismo tiempo, renunciar a toda identificación con una actitud fija. El hecho de no identificarse no significa carecer de necesidades o no prestarles la atención debida. Tengamos en cnenla oiiesi ignoramos o ngeamo nuestras necesidades acabaremos separándonos de nosotros mismos y en consecuencia, tendremos menos que ofrecer a nuestra pareja. La no identificación, por el contrario, significa no atamos a nuestras necesidades, nuestros gustos y nuestras antipatías, porque. si bien es cierto que tenemos ciertas necesidades, también lo es que estamos conectados con nuestro ser superior, donde esas necesidades dejan de ser perentorias. Así pues, en un determinado momento puede ser necesario afirmar nuestros deseos y, en el momento siguiente, renunciar a ellos.

El budismo tántrico compara el camino medio -vivir en el presente sin estrategia ni agenda preconcebida -sa caminar por el agudo filo de una navaja. Cuando nos identificamos y atamos a una determinada posición -afirmando exclusivamente la proximidad. el espacio, la separación, la unión, la libertad o el compromiso. por ejemplonos «casamos» con un determinado aspecto de nuestro ser. perdemos el contacto con la totalidad, nos alejamos del fiel de nuestra balanza interna y podemos acabar dañándonos a nosotros mismos. Por ello es necesario aprender a volver una y otra vez a la cualidad abierta del momento presente, que es tan angosta como el agudo filo de una navaja.

Encontrar el camino para volver al impredecible ahora es un acto de reequilibrio dinámico que nos sacude y nos despierta. Estos momentos de despertar al presente -la llamada «mente de principiante»se presentan a un ritmo un tanto incierto y evidencian que realmente ignoramos lo que está ocurriendo. Cuando despertamos de nuestras fantasías y contemplamos con ojos nuevos a nuestra pareja descubrimos súbitamente que «no sabemos quién es» y, más allá de eso, que tampoco sabemos quiénes somos nosotros y qué es la relación. En esos momentos somos libres para volver a empezar de nuevo, porque no estamos atrapados en nuestras esperanzas o imágenes sobre quiénes somos o hacia dónde va la relación.

Sin embargo, al mismo tiempo también debemos conocemos asumiendo actitudes concretas. Danzar en el filo de la navaja significa vivir desde el fundamento de nuestro ser superior, lo qu nos permite abrirnos y asumir todolo que somos en tanto que seres humanos. Por ejemplo, despué s de pelearme con mi pareja



una parte de mí quiere seguir enfadada, mientras que otra desea expresar el amor, una situación incierta que pone nuevamente de relieve el filo de la navaja del momento presente. Es cierto que el hecho de experimentar todo lo que siento en ese instante -estoy enfadado y también te amo intensament epuede resultar sumamente inquietante, pero no lo es menos que entonces también podemos advertir más claramente lo que significa ser humano: tener esas emociones sin por ello, vernos obligados a negarlas o a trascenderlas. Tampoco tenemos que aferramos a nuestros pensamientos de enfado y utilizarlos para justificarnos a nosotros mismos o para justificar el ataque a otra persona. Ahí, en el borde mismo de la incertidumbre -en la que simplemente estamos presentes con lo que eses posible responder de un modo nuevo. Cuando experimentamos todo lo que somos y nos abrimos hasta incluirlo todo sin fterrarnos a una determinada postura, nuestro corazón se expande y permite que fluya un amor más grande, libre de la prisión impuesta por cualquier punto de vista.

Hay personas que prefieren meditar en soledad a relacionarse con los demás, mientras que para otras, por el contrario, la relación es mejor que la meditación. Sin embargo, personalmente, considero que la meditación y la relación constituyen dos aspectos imprescindibles para el adecuado desarrollo de todo el amplio abanico de nuestras capacidades humanas. Y la meditación es la práctica más poderosa que conozco para aprender a hacer frente a los problemas de relación, una práctica preliminar que nos permite amar realmente a los demás. Desde mi punto de vista, ambas son igualmente necesarias.


17. PURIFICANDO EL ORO

En cierta ocasión el poeta Rilke escribió: «amar a otra persona es la más difícil de todas las empresas, el preludio de muchas otras actividades, una invitación a acometer empresas colosales». Con esas pocas palabras Rilke resume el significado de la relación de pareja, la más difícil de todas las tareas y. al mismo tiempo, una invitación a afrontar grandes retos. Y es que toda relación profunda y amorosa nos empuja en dos direcciones diferentes que resultan imposibles de separar, expandiéndonos en todas direcciones y alentándonos simultáneamente a acometer grandes empresas.

Ahora que parecen haberse marchitado las motivaciones dl matrimonio tradicional y que es evidente que el sueño moderno de vivir felices para siempre en la beatitud romántica no ha dado el fruto esperado, debemos reconsiderar el objetivo de la relación de pareja. Ha llegado el momento de replanterrmos, pues, qué es una pareja y cuál es el objetivo y el significado de la relación de pareja..

Pero, para responder a estas preguntas, convendrá comenzar reconsiderando lo que confiere una importancia tan extraordinaria a la experiencia de estar enamorados. En este sentido, las personas suelen valorar cualidades tales como la verdad, la pasión, la aceptación, la vitalidad, la entrega, la inocencia, el poder, la magia, la apertura, la curiosidad, la creatividad, el despertar, el propósito, la autenticidad, la confianza, la estima y la expansión, facetas diferentes, todas ellas, de nuestra auténtica naturaleza. Es evidente, por tanto, que el enamoramiento representa una apertura que no permite vislumbrar nuestra auténtica naturaleza. Abrirnos al amor de otra persona nos ayuda, pues,a degustar el sabor de estar completamente presentes y despiertos, y la posibilidad de acceder al amplio espectro de los recursos que dimanan de la profundidad de nuestro ser. Enamorarse es un acto de gracia que despierta nuestras potencialidades latentes. Hay quienes consideran al enamoramiento como una forma de ilusión o de psicosis temporal, pero ello sólo es cierto cuando creemos que nuestra pareja es la fuente de esas cualidades y concluimos erróneamente que el otro está dándonos algo que en realidad ya es nuestro.

Para la mayoría de nosotros, nuestros potenciales más profundos son como semillas que permanecen aletargadas o se han ido deformando con el correr de los años. Y es que cuando, en nuestra infancia, los demás no nos aceptaron incondicionalmente o no nos sentimos vistos y alentados a ser nosotros mismos, acabamos desconectándonos de nosotros mismos para protegernos así de la inmensidad del sufrimiento que amenazaba con desbordarnos. En uno de sus poemas, Emily Dickinson escribió

:

Existe un dolor tan absoluto



que devora nuestro Ser.

Entonces el abismo se cubre con el manto del trance

para que la memoria pueda caminar

en torno a él, a través de él y sobre él.

El sufrimiento que solemos experimentar en nuestra infancia cuando no somos respetados ni amados es tan intenso que acabamos contrayéndonos y desconectándonos de la apertura primordial de nuestro ser. Y esta pérdida deja tras de sí un vacío que debe cubrirse con el manto del letargo, de las creencias, de las imágenes y de las «narraciones» acerca de lo que creemos ser. El ego es una estrategia para sobrevivir en un mundo que no nos ve ni nos sustenta, un caparazón protector que desvía nuestra atención del abismo de la pérdida de ser para que nuestra mente pueda caminar, parafraseando a Dickinson, «en trnno a ella, a través de ella y sobre ella» sin llegar a perder pie .Pero la misma cáscara de nuestra identidad construida se convierte en un obstáculo que nos impide acceder a los potenciales más profundos -la pasión, la sabiduría, la alegría, el poder, la sabiduría y la presencia de nuestra naturaleza esencial..

Cuando, más tarde establecemos una relación profunda con alguien -ya sea una pareja, un maestro espiritual o un ami goes como si el calor del sol hiciera germinar las semillas que yacen aletargadas dentro de esa cascara. Pero. en tal caso. su desarrollo nos lleva a topar con los barrotes de la estructura condicionada de nuestro ego que acaba así convirtiéndose en una jaula para nuestra alma .

El comienzo de una relación representa, pues, un proceso de expansión hasta el momento en que topamos con el caparazón limitador de las ideas que tenemos acerca de nosotros mismos, ideas basadas, por otra parte, en la interacción que mantuvimos, en nuestra infancia, con los adultos: «soy malo», «soy una buena chica», «soy especial», «no necesito a nadie», «estoy desvalido», «soy inapropiado», «debo mantener el control» o «tengo que agradar a los demás» .

Cuando la fuerza expansiva del amor pone en peligro estas identidades obsoletas caemos sobre el filo de la navaja -esa zona incierta que aparece cuando pasamos de lo conocido a lo desconoci doy dejan de serrnimos las viejas pautas, pero todavía no estamos en condiciones de utilizar las nuevas. Entonces es cuando tenemos la oportunidad de experimentar el ser, sin necesidad de aferrnamos a ninguna idea preconcebida. Se trata de un lugar que puede resultar sumamente incómodo, un punto en el que las personas suelen empezar a sentir «no sé si puedo seguir con esta relación; esto no es lo que había previsto» .

Un maestro jasídico citado por Martin Buber describía esta zona crepuscular del siguiente modo: «nadie en el mundo puede cambiar de una realidad a otra a menos que antes pase por el estadio intermedio de nada. Sólo entonces se convierte en una nueva criatura y el huevo se transforma en polluelo. El momento que



que el huevo ha dejado de existir pero todavía no puede hablarle de polluelo es la nada, un estado primordial inasible, una fuerza que precede a la creación, un momento que recibe el nombre de caos». Todos nosotros experimentamos esos momentos de caos cuando vemos amenazada una vieja identidad y, con ello, la sensación de seguridad que nos proporcionaba. Se trata de uno de los momentos más creativos de una relación, el único momento en que puede aparecer algo nuevo. Como señaló Chógyam Trungpa en cierta ocasión: «el caos es una oportunidad extraordinariamente positiva» .

Cuanto más profunda es una determinada relación, más ilumina las facetas anteriormente oscuras y dolorosas. La verdadera relación entre dos personas siempre pone en cuestión todo aquello que dificulta el libre flujo del amor (como, por ejemplo, la creencia de que «yo no puedo tener esto» o de que «no me lo merezco»). Aun cuando hayamos descubierto un nivel de profundidad anteriormente desconocido, la creencia subconsciente de que no nos lo merecemos no tardará en llegar a su fin. Y es que el verdadero amor exige la muerte del falso yo. Como dijo el poeta sufí Ibn Al Faradh


:

Morir a través del amor es vivir;

agradezco a mi amada haberme ofrecido esta oportunidad,

 porque quien no muere por su amor

 es incapaz, de vivir por él

.

Obviamente, la perspectiva de renunciar a nuestra vieja y querida identidad alienta todos nuestros temores y resistencias. Pero si dejamos que nuestras resistencias -indicadores, a fin de cuentas, de aquellos aspectos en los que permanecemos identificados con una vieja identid adse manifiesten y trabajamos con ellas, podremos dar un gran paso hacia delante. Y es que todo avance -tanto el de las ruedas de nuestro vehículo sobre el pavimento como el de nuestros pies sobre el sue loexige superar la correspondiente resistencia. Es por esto por lo que los problemas pcologicos que acompañan a una determinada relación representranan una extraordinaria oportunidad espiritual para superar los obstáculos propios de nuestras pautas condicionadas y conectar más profundamente con los recursos internos de nuestra esencia .

Los sufíes establecen una interesante distinción entre lo que ellos denominan «estados» y «estaciones». Un «estado» es un momento de acceso provisional a una cualidad humana esencial -como la vitalidad, la alegría, la fuerza o la amabilid adque aparece y se desvanece de manera espontánea más allá de nuestra capacidad de invocarla o mantenerla. En cambio, una «estación», consiste en la integración de esa misma cualidad esencial a la que, en consecuencia, podemos acceder de continuo siempre que lo necesitemos .

Durante el estado provisional de gracia que acompaña al enamoramiento podemos experimentar el estado de amor y presencia, pero todavía no estamos instalados en la estación del amor y la presencia. Así. si bien ya podemos vislumbrar el oro de nuestra auténtica naturaleza, todavía no podemos acceder plenamente a él, porque aún se halla mezclado con la ganga de nuestras pautas condicionadas. Para que el amor -o cualquier otra cualidad de nuestro ser esenci aldeje de ser un estado pasajero y se convierta en una estación debemos estar dispuestos a emprender el necesario proceso de purificación que acabe separando el oro de la ganga. Este proceso es, precisamente, el viaje del amor consciente.




18. EL AMOR CONDICIONADO Y EL AMOR INCONDICIONAL

Todo ser humano reconoce de manera intuitiva la importancia del amor incondicional porque todos experimentamos el mayor de los gozos cuando podemos abrirnos y amar al otro sin reservas, suspendiendo todo juicio y valorándole tan sólo por lo que es. Y lo mismo ocurre cuando los demás nos reconocen y valoran de este modo. El amor incondicional tiene la extraordinaria capacidad de despertar una presencia interna superior -la presencia del coraz ónque nos permite experimentar la inmensidad y profundidad que entraña el hecho de ser humano .

Con mucha frecuencia experimentamos con mayor intensidad el destello del amor incondicional en los momentos de inicio o de final -en el momento del nacimiento, en el momento de la muerte o cuando nos enamoramos por vez primera-, momentos en los que la esencia pura de la otra persona parece más resplandeciente y nos sentimos más directamente conmovidos por ella. El despertar espontáneo del amor nos estimula como el sol de primavera caldeando y disolviendo nuestras facetas más tensas y más rígidas. Pero lo cierto es que no tardamos -especialmente en la relación de pare jaen tropezar con los miedos y fronteras internas que impiden el libre flujo del amor. ¿Superaremos esas dificultades? ¿Podremos abrirnos? ¿Nos dañarán? ¿Confiaremos en esa persona? ¿Esta relación satisfará nuestras necesidades? ¿demos acaso vivir con las cosas que más nos irriltan del otro? Todasas estas dudas nos llevan a poner condiciones a nuestra apertura: «sólo puedo permanecer abierto y vulnerable [...] si satisfaces mis esperanzas [...] si me amas tanto como yo te amo [...] si no me dañas...» .

La discrepancia existente entre el amor incondicional y el amor condicionado exacerba la tensión entre dos facetas diferentes de nuestra naturaleza: la apertura incondicional del corazón y los deseos y necesidades condicionados que forman parte de nuestra personalidad. No obstante, el reconocimiento y el trabajo con esta tensión puede profundizar nuestra capacidad de amar, como si la fricción entre estos dos aspectos de nuestra naturaleza prendiese un fuego purifícador que despertase nuestro corazón a los desafíos, los riesgos y los extraordinarios dones del amor humano



.

El amor incondicional y el amor condicionad

La esencia del amor es la de circular libremente, sin cortapisa alguna que lo restrinja. El corazón aspira a trascender nuestra determinación racional de mantener una distancia segura, permanecer fríos o romper una relación demasiado dolorosa. En su esencia más profunda, el amor es completamente irracional y trasciende toda condición. Cuando nuestro corazón se abre a alguien que nos ha conmovido profundamente es muy probable que, sea cual fuere la forma que acabe asumiendo la relación, experimentemos una unión con esa persona durante el resto de nuestra vida. Y es que el amor incondicional se mueve por razones que la razón jamás podrá conocer .

El amor incondicional no impone ninguna forma determinada a la relación. Podemos amar a una persona muy profundamente pero, no obstante, ser incapaces de vivir con ella. No sólo somos corazón, sino que también tenemos gustos y aversiones, y todas esas condiciones determinan el modo en que nos impliquemos con una determinada persona. Esto es algo inevitable porque, apenas consideramos la forma de la relación que queremos con alguien nos adentramos de lleno en el dominio de lo condicionado. finir de cuentas, estamos en esta tierra y existimos dentro de ciertas formas y estructuras (el cuerpo, el temperamento, los rasgos distintivos de nuestra personalidad, las necesidades emocionales, los gustos y aversiones, las preferencias sexuales, el tipo de comunicación, los estilos de vida, las creencias, los valores, etcétera) que coinciden más o menos bien con las pautas de tal o cual persona. Para que una determinada relación funcione bien debe existir una especie de «química», compatibilidad o comunicación que la haga posible .

El amor condicionado es un sentimiento de placer y atracción que se basa en el modo como otra persona satisface nuestras necesidades. deseos y consideraciones personales. Por decirlo de otro modo, es nuestra respuesta al aspecto, estilo, presencia personal y disponibilidad emocional que otra persona nos muestra. Pero aunque, obviamente, esto no sea nada negativo, representa una forma menor de amor que puede desvanecerse apenas cambian las condiciones que le dieron lugar. En tal caso, por ejemplo, el hecho de que la persona a la que amemos actúe de un modo que nos desagrada puede hacer disminuir nuestro amor. Y es que, cuando nuestra personalidad entra en conflicto con la personalidad del otro, el amor condicionado deja inevitablemente paso a los sentimientos conflictivos del miedo, el enojo y el odio .

Pero. en su esencia más profunda, el amor ignora toda condición porque, más allá del «sí» y del «no» condicionados se encuentra el «sí» incondicional del corazón

.

La confusión entre el amor condicionado y el amor incondicional
Cuando en una determinada persona coinciden el amor incondicional y el amor condicional -es decir, cuando una persona no sólo conmueve nuestro corazón, sino que también satisface las condiciones queremos de una pareja- es probable que nos sintamos fuertemente atraídos por ella. Las cosas se complican cuando ambos aspectos están en conflicto. Tal vez esa persona satisfaga nuestras condiciones pero no nos llegue o, por el contrario, conmueva nuestro corazón y nos induzca a abrirnos y a decir que «sí», pero nuestras consideraciones y criterios personales nos lleven a concluir que «no» .

Uno de los errores más frecuentes es el de tratar de imponer un «no» condicionado sobre el «sí» del corazón. Es muy común, en este sentido, que nos veamos obligados a poner fin a una relación porque el otro no puede satisfacer ciertas necesidades esenciales pero que. a pesar de ello, nuestro corazón siga amando a esa persona. En tal caso, negar o cortar el amor que todavía está fluyendo puede resultar demasiado doloroso, porque ello supone cerrar la espita misma de la alegría y de la vitalidad. Es por esta razón por la que, dondequiera que nos vemos obligados a cerrar nuestro corazón a alguien a quien amamos, sólo generamos más sufrimiento interno y nos ponemos las cosas más difíciles para abrirnos la próxima vez que nos enamoremos .

Cuando alguien a quien amamos nos daña y nos sentimos decepcionados o enfadados, solemos cerrar nuestro corazón y dejamos de amarle como una forma de castigo o de venganza. Pero lo cierto es que, en el fondo, todavía seguimos amando a esa persona y, en consecuencia, nuestro intento de cerramos no hace más que dañamos a nosotros mismos. El amor incondicional significa ser capaz de reconocer que amamos a alguien aun en medio del odio .

En realidad, es imposible cerrar el corazón, lo único que podemos hacer es desconectarnos de él erigiendo una barrera a su alrededor, una estrategia que acaba encerrándonos en nuestro interior y separándonos de los demás. Reprimir, pues, el flujo natural de salida de energía del corazón provoca un estancamiento energético que engendra todo tipo de problemas psicológicos.

Con todo ello no quiero decir que debamos seguir manteniendo una relación que no funciona por el mero hecho de que nuestro corazón siga abierto a el. En realidad, es posible que tengamo a romper el contacto y hasta la comunicación alguien para recuperamos del dolor que nos provoca la separación. Pero ello no significa que tengamos que reprimir el amor que fluye de nuestro corazón. De hecho, el odio sólo es posible cuando nuestro corazón ha estado muy abierto y nos sentimos vulnerables. Esto es algo que debemos entender muy bien para que nuestros sentimientos de odie no se congelen y puedan atravesamos sin convertirse en un arma con la que dañar a los demás o a nosotros mismos .

Otro error muy frecuente consiste en tratar de imponer el «sí» del corazón sobre el «no» de nuestras consideraciones personales. Amar incondicionalmente a alguien no significa necesariamente tener que aceptar todo lo que hace esa persona. Recuerdo un artículo de Scientific Amerícan que ilustra perfectamente esta visión errónea en donde puede leerse: «El amor y el apoyo incondicional pueden ser dañinos para el desarrollo de la autoestima del niño [...]. Son muchos los padres que se preocupan inadecuadamente de hacer la vida demasiado fácil a sus hijos».' Y es que el amor incondicional no tiene nada que ver con la aprobación, la permisividad o la tolerancia indiscriminadas .

Creer que debemos soportar incondicionalmente lo condicionado -la personalidad, la conducta o el estilo de vida de otra perso napuede tener consecuencias sumamente desastrosas. El amor incondicional no implica que tenga que gustarnos lo que detestamos o que debamos decir «sí» cuando necesitamos decir «no». El amor incondicional brota espontáneamente de una dimensión interna completamente ajena a los gustos, las aversiones, las simpatías y los rechazos condicionados. El amor incondicional es un reconocimiento de ser-a-ser de lo que, en sí mismo, es incondicional, la bondad intrínseca del corazón de otra persona, más allá de todas sus defensas y pretensiones. El amor incondicional dimana, en suma, de nuestra bondad esencial y despierta y pone de relieve la bondad de los demás.

La relación que sostuvimos con nuestros padres y nuestros hijos constituye nuestra primera experiencia de los mil modos distintos en que se en entremezclan el amor incondicional. Casi todos los padres sienten originalmente un amor inmenso y sin elección por su hijo recién nacido pero, de un modo tácito o explícito, acaban poniendo ciertas condiciones a su amor y lo utilizan como una forma de controlar al niño, una forma de recompensar las conductas deseadas. Como resultado de todo ello rara vez nos sentimos amados por ser tal cual somos y las condiciones que nuestros padres impusieron a su amor acaban interiorizándose en forma de un «padre interno» (el «superego» o el «crítico interno») que gobierna nuestra vida y nos obliga a tratar de acallar esa voz interna que continuamente nos está juzgando y condenando .

Así es como acabamos poniéndonos condiciones a nosotros mismos y condenándonos a tener que ganar el amor. que acaba conviniéndose en el premio que nos concedemos cuando somos buenos. Por esto sólo nos aceptamos a nosotros mismos cuando cumplimos ciertos criterios, cuando no tenemos miedo, cuando mantenemos el control, cuando superamos las pruebas que nos ponemos a nosotros mismos, cuando somos buenos chicos, cuando conseguimos lo que queremos, cuando somos buenos amantes, etcétera y, en caso contrario, es como si no fuéramos dignos de amor. Al interiorizar las represiones impuestas por nuestra familia acabamos erigiendo un elaborado sistema de diques, válvulas y controles que acorazan hasta tal punto nuestro cuerpo que impiden el libre flujo del amor. Y así es también como transmitimos y perpetuamos en nuestros hijos el dolor y la confusión resultantes de poner condiciones a un amor cuya naturaleza esencial es la fluir libremente desde el corazón .

Pero, bajo todas las distorsiones del amor y más allá de la decepción y el enfado que pueda existir entre hijos y padres, en el fondo de cada uno de nosotros es posible encontrar un respeto y una preocupación más amplios que no precisan de justificación alguna y que simplemente son y jamás desaparecen. Por esta razón, sin importar las distorsiones que experimente, no hay modo alguno de cortar definitivamente la apertuura y el amor incondicional existente entre padres e hijos.




Confiar en la bondad del corazón

En tanto que actividad espontánea del corazón, el amor incondicional resulta más patente en los estadios más tempranos de una determinada relación, aunque a menudo se oculte detrás de los esfuerzos de la pareja por adaptarse, comunicarse o satisfacer sus necesidades. También puede ocurrir que el amor incondicional quede sepultado por las tensiones de la vida cotidiana, las responsabilidades familiares y las exigencias laborales. ¿Cómo podemos permanecer en contacto continuo con la revitalizadora presencia del amor incondicional ?

Es evidente que tenemos que aprender a confiar en nuestro corazón pero ¿cómo llevarlo a la práctica? No basta, para ello. solamente con creerlo, sino que debemos disponer de una forma real de alentar esa confianza y convertirla en una experiencia viva .

No conozco mejor modo de desarrollar esta confianza que la práctica de la meditación y del autoconocimiento. Al comienzo debemos cobrar conciencia de los desesperados esfuerzos que realiza nuestra mente para demostrarnos que somos buenos cumpliendo ciertas condiciones y de la tendencia a castigarnos cuando no lo logramos. Pero todas las cosas que más nos desagradan de nosotros mismos -los aspectos más tensos, contraídos y cerrados son como niños que reclaman nuestra atención y a los que privamos de nuestra aceptación incondicional. Y todo esto nos ayuda a darnos cuenta del tremendo sufrimiento que entraña todo este proyecto. Es entonces cuando podemos reconocer la importancia de abrir nuestro corazón sin imponernos ningún tipo de condiciones .

Tenemos que empezar con nosotros mismos porque, mientras sigamos poniéndonos condiciones, nos veremos inevitablemente condenados a poner condiciones a los demás


Abrir el corazón

Cuando conectamos nuevamente con el amor incondicional y aprendemos a abrir nuestro corazón a las facetas más heridas y más necesitadas de afecto de nosotros mismos y de los demás, la relación íntima puede convenirse en algo profundamente curativo. Pero la perfección celestial del amor incondicional que podemos conocer en nuestro corazón rara vez se traduce en el amor o la unión perfecta en el plano mundano. Las relaciones humanas se hallan en un proceso continuo de cambio, como la arcilla que debemos modelar continuamente para que acabe encamando y expresando el amor perfecto que constituye nuestra misma esencia. Los seres humanos vivimos en el espacio y el tiempo, y tenemos experiencias, temperamentos, ritmos, preferencias y aversiones diferentes. Por esto jamás podremos conseguir de un modo definitivo e ininterrumpido la unión incondicional absoluta .

De hecho, la misma apertura que experimentan los amantes alienta todo tipo de obstáculos internos que dificultan esa misma apertura, como los miedos condicionados, las esperanzas y necesidades irreales, las identidades y elementos inconscientes de la sombra y los problemas no resueltos del pasado. Así, aunque la relación despierte el anhelo profundo del amor perfecto, las condiciones impuestas por nuestra misma naturaleza terrenal conspiran para frustrar su expresión y realización. Por más que podamos experimentar momentos, vislumbres y hasta olas de apertura y unión total con el otro, jamás podemos esperar que la relación humana nos proporcione la plenitud total que buscamos .

El dolor que conlleva esta contradicción entre el amor perfecto y las imperfecciones que encontramos en el camino de la relación rompen nuestro corazón y lo abre. En palabras del maestro sufí Haztal Inayat Khan, el dolor del amor es «la dinamita que abre nuestro corazón, por más que sea tan duro como una piedra», poniendo a sí de relieve la desnudez esencial del ser humano que impone limitaciones terrenales a la perfección celestial. Pero hay que decir que, en realidad, resulta imposible abrir el corazó puesto que su nuaturaeza esencial ya es abierta y receptiva. Le que sí podemos es abrir el muro que hemos erigido a su alrededor, el escudo defensivo que hemos construido para tratar de proteger nuestras facetas más vulnerables, aquéllas en las que nos sentimos más profundamente conmovidos por la vida y por los demás .

Aunque advertir la presencia de todos estos obstáculos pueda entristecernos y enojarnos, el único modo de atravesar estas decepciones sin dañarnos a nosotros ni a los demás es permitir que el corazón se abra precisamente en los momentos en que más nos gustaría cerrarlo. Y es que. al igual que las piedras que obstaculizan el paso del agua en el arroyo aumentan su velocidad, los obstáculos que impiden la expresión del amor incondicional pueden ayudarnos a experimentar con más intensidad la fuerza de este amor .

¿Cómo podemos permanecer con el corazón abierto en los momentos en que el dolor nos impulsa a protegernos y a cerrarnos? Es importante no negar el dolor ni tratar de amar artificialmente, porque esto sólo profundiza nuestra herida e intensifica nuestro enfado. Tenemos que empezar precisamente donde estemos, lo cual implica permanecer con nuestra herida o nuestro enojo y permitirle ser sin tratar de corregirlo. Es cierto que permanecer abiertos en esas condiciones nos hace sangrar, pero no lo es menos que la aceptación amable y respetuosa de ese sufrimiento ayuda a despertar nuestro corazón y permite que la fuerza del amor siga fluyendo

Es así como los obstáculos que impiden el libre flujo del amor nos permiten descubrir lo que más vivo se halla en nosotros, la vulnerabilidad y ternura de nuestro corazón roto y, sin embargo, abierto. Porque, aunque nadie pueda proporcionamos todo el amor que necesitamos y del modo como lo queremos, la aceptación compasiva de nuestro sufrimiento puede abrir las puertas al amor incondicional .

Permitir que el corazón roto nos despierte al misterio de amar, cosa que no podemos dejar de hacer, por

más que nos desagrade sin más razón que porque nos conmueve de un modo que no llegamos a comprender. Lo que amamos en los demás no sólo su corazón puro, sino también su lucha con todos los obstáculos que impiden su expresión más plena y resplandeciente. En tal caso, es como si nuestro corazón quisiera aliarse con el suyo y acompañarle en su lucha por alcanzar, más allá de todas sus aparentes limitaciones, la dimensión más elevada de su ser .

De hecho, si las personas a las que amamos se ajustasen perfectamente a nuestro ideal, no podrían llegar a conmovernos de un modo tan profundo. Son precisamente sus imperfecciones las que proporcionan a nuestro amor algo con lo que trabajar. Es así como los obstáculos que se presentan en una determinada relación constituyen el acicate necesario para que nuestro corazón se expanda hasta llegar a incluir la totalidad de lo que somos. También es así como el amor incondicional puede madurar más allá de su emergencia espontánea en la primera llamarada del enamoramiento y convertirse en una práctica continua de valor y de humildad, en un aprendizaje para llegar a ser plenamente humanos .

La apertura del corazón es la fuerza transmutadora de la alquimia del amor que nos permite ver la bondad incondicional de las personas más allá de las limitaciones de su yo condicionado. La apertura del corazón nos ayuda a recuperar la belleza que se halla oculta en la bestia y a comprender la profunda relación existente entre los aspectos condicionado e incondicional de nuestra naturaleza. El desbordamiento del corazón roto y abierto empieza con la bondad hacia nosotros mismos y luego irradia en forma de compasión hacia todos los seres que ocultan su ternura por miedo a ser heridos y que necesitan de nuestro amor incondicional para despertar su corazón.




19. EL CAMINO DE LA PASIÓN

No hay mejor amor que el amor sin objet

rumí

Si el hombre no reconoce el verdadero objeto de su amor-su auténtica naturalezase verá irremediablemente sumido en la confusión. Todos los esfuerzos realizados para saciar su sed de Totalidad con objetos demasiado pequeños son infructuosos y baldíos. ¡Cuánta energía malgasta el espíritu en una sola noche! 

teilhard de chardin

Según el filósofo danés Sóren Kierkegaard, la edad moderna carece de pasión. Pero tal vez no se trate tanto de carecer de pasión como de desperdiciarla sin comprender su auténtica naturaleza y sin encauzarla en una dirección que pueda proporcionamos una satisfacción verdadera.

La pasión puede asumir dos formas netamente diferentes. Por una parte se trata de una explosión de energía inspiradora que nos transporta más allá de nosotros mismos. Pero también, por otra parte, podemos obsesionarnos con el objeto que despierta nuestra pasión y acabar esclavizados por ella. caso en el que se convierte en una fuerza que nos arrastra a la dependencia y el autoengaño. Y esto es algo que puede referirse tanto a las pasiones mundanas (como el amor, por ejemplo), como a la pasión-identifícación con un maestro o con una enseñanza espiritual. Así pues, la pasión puede encumbrarnos a los cielos o arrastrarnos a los infiernos de la obsesión y la autodestrucción.

No debe sorprendernos, pues. que nuestra cultura mantenga una actitud tan ambivalente hacia la pasión, considerándola alternativamente como una escalera que conduce a los cielos o como un abismo que nos arrastra a los infiernos. Es por esto por lo que, durante la mayor parte de la historia de Occidente, la pasión ha sido contemplada con cierta suspicacia y miedo como un impulso irracional o incluso un instinto animal que nos encadena a nuestra naturaleza inferior y nos arrastra al infierno y que, en consecuencia, nuestra cultura haya alentado su represión y haya tratado de ocultarla bajo la fachada de la civilización.

Pero, en su intento de desmarcarse de esa actitud represiva, la modernidad se ha ido al otro extremo y ha acabado glorificando la pasión romántica como la culminación de la vida. Y es que, en ausencia de cualquier experiencia de lo sagrado, el sexo y la aventura amorosa es lo más próximo a la trascendencia. No es de extrañar que, en tal caso, la publicidad y la música pop aspiren a saciar el hambre de espíritu con todo tipo de remedos. Según dicen, bastará con utilizar tal o cual champú para que nuestra vida cobre sentido y nunca más nos sintamos solos. Y es que las agencias de publicidad conocen muy bien el poder adictivo de la pasión.

Estas dos visiones opuestas de la pasión reflejan perfectamente la división interna existente entre los cielos (la dimensión expansiva y visionaria de nuestra naturaleza) y la tierra (su faceta sensorial y concreta). La glorificación e idealización de la pasión constituye un intento de elevarnos por encima de nuestra naturaleza terrenal y de las limitaciones y sufrimientos propios de la vida cotidiana, una actitud que acaba convirtiendo a la pasión en una simple manía carente de todo fundamento. Pero el intento opuesto de desdeñar la pasión como un instinto primitivo que acaba extenuándonos o destruyéndonos conduce a la depresión porque, cuando negamos o reprimimos la pasión, perdemos también el contacto con nuestra naturaleza expansiva y celestial, en cuyo caso cortamos las alas de la inspiración e impedimos el vuelo de nuestro espíritu.

Es evidente, pues. que necesitamos una visión más ponderada de la pasión, una visión que pueda llevamos más allá de las actitudes maníacas y depresivas en que se halla atrapada nuestra cultura. A fin de cuentas, la pasión es la experiencia de la energía de la vida en su estado más puro. No estaría, pues, de más que aprendiéramos a relacionamos más provechosamente con esta energía. Si la pasión es como la electricidad ¿cómo podemos utilizar esa energía para que nos dé luz y calor sin electrocutarnos? ¿La derrocharemos para hacer funcionar nuestros electrodomésticos (el secador de pelo o la tostadora) o la aprovecharemos para propósitos más elevados que estimulen nuestra vitalidad, nuestro despertar y nuestra sabiduría? ¿De qué modo podemos convertir a la pasión en el combustible del viaje que nos convierte en seres más plenamente humanos?




Compartir con tus amigos:
1   ...   16   17   18   19   20   21   22   23   24


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad