Psicología del despertar



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PARTE I

LA INTEGRACIÓN 

ENTRE LA PSICOLOGÍA 

Y LA ESPIRITUALIDAD

INTRODUCCIÓN

¿Cuál es la relación que existe entre el trabajo psicológico (y el crecimiento personal) y el trabajo espiritual (y el desarrollo espiritual)? ¿Qué podemos hacer para convertirnos en personas maduras y auténticas que, al mismo tiempo, reconocen en sí algo que trasciende completamente su personalidad? Estas preguntas nos colocan en el meollo mismo de lo que significa ser humano.

En última instancia, la práctica espiritual nos lleva a investigar qué somos y cuál es nuestra auténtica naturaleza, es decir, nuestra naturaleza esencial, la naturaleza que compartimos con todos los seres humanos. Las tradiciones contemplativas orientales se han especializado en la realización experiencial directa de nuestra auténtica naturaleza. Hablando en términos generales, todas ellas subrayan la importancia de vivir desde nuestra naturaleza más profunda, invirtiendo la dirección de la mente para que, en lugar de permanecer siempre orientada hacia el exterior y ocupada en atrapar y manipular tareas y objetos, pueda comenzar a vislumbrar lo que existe en su interior. El reconocimiento de la naturaleza esencial de nuestra conciencia en tanto que presencia abierta, despierta, luminosa y compasiva, profundiza y enriquece toda nuestra vida. Esta realización es la que nos permite liberarnos de las cadenas del condicionamiento pasado al que, en Oriente, se conoce con el nombre de karma.

Desde esta perspectiva, la tarea más importante de la vida consiste en descubrir nuestra verdadera naturaleza, un descubrimiento que implica el logro del bienestar, la felicidad y la libertad. Los yoguis y los santos iluminados de Oriente testimonian palpablemente el poder de esa inmensa dimensión no personal del ser a la que todo el mundo, ya sea oriental u occidental, puede acceder.

La sabiduría oriental se ha ocupado de la naturaleza última del ser -más allá del mundo, más allá de la persona, más allá de las relaciones humanas y más allá de la historia-, mientras que las tradiciones occidentales, por su parte, se han centrado en un aspecto muy diferente. Desde este último punto de vista, no sólo estamos aquí para comprender nuestra naturaleza divina, sino también para encamarla en forma humana. Dicho en otras palabras, Oriente se ha centrado en la dimensión vertical y atemporal, mientras que Occidente lo ha hecho en la dimensión horizontal, en el desarrollo temporal de la vida individual.

Occidente también ha dado a luz una idea auténticamente revolucionaria, el llamado «principio de individuación», según el cual el individuo no sólo debe cumplir con las obligaciones impuestas tradicionalmente por la familia, la sociedad y la religión convencional, sino que también debe descubrir sus singulares talentos y encamarlos en su vida cotidiana. Y esta concepción característicamente occidental nos ha liberado de la necesidad de someternos a ortodoxias estrictas y nos ha abierto las puertas a la posibilidad de formularnos preguntas e investigar libremente la naturaleza de las cosas, dando lugar al método científico que, a su vez, ha acabado conduciendo al desarrollo de la psicología occidental.

La psicología occidental se ha dedicado al estudio de la mente condicionada y la ha investigado de un modo tan brillante como lo ha hecho Oriente con la conciencia incondicionada. Así es como nos ha permitido comprender, por primera vez en la historia, el funcionamiento del psiquismo individual, su proceso de desarrollo, los conflictos que le aquejan y cómo reproduce, en la vida adulta, las contradicciones internas, las pautas defensivas y la dinámica interpersonal que aprendió en los primeros años de la infancia. Desde esta perspectiva, la curación psicológica exige  la comprensión, la explicación y el trabajo con esa dinámica evolutiva.

Oriente y Occidente han dado origen a dos modalidades de psicología que se basan en métodos distintos y que apuntan en direcciones completamente diferentes.' Por su parte, las psicologías contemplativas orientales se han basado en la práctica meditativa y enseñan el modo de alcanzar el conocimiento directo de la naturaleza esencial de la realidad que subyace más allá de nuestra mente conceptual convencional. La psicología terapéutica occidental, por su parte, se basa en la práctica clínica y el análisis conceptual y nos permite rastrear las causas y condiciones concretas que determinan nuestra conducta, los estados de nuestra mente y la estructura global de nuestra personalidad. Pero, aunque el énfasis oriental -en la conciencia no personal y en la realización directa de la verdad y el énfasis occidental -en la psicología individua! y en la comprensión conceptualpuedan parecer contradictorios, también son, desde otra perspectiva, complementarios. En última instancia, ambos enfoques resultan esenciales para una comprensión plena de los potenciales intrínsecos a la existencia humana.

El hecho es que, más allá de sus diferencias geográficas, étnicas y culturales. Oriente y Occidente representan dos facetas diferentes de nosotros mismos cuya relación podríamos asimilar a la que existe entre la inspiración y la espiración. En este sentido, el énfasis oriental en abandonar toda fijación a la forma, los rasgos individuales y la historia se parece a la espiración, mientras que el énfasis occidental en la forma, la individuación y la creatividad personal se asemeja a la inspiración. Y del mismo modo que la inspiración culmina en la espiración, la espiración concluye en una nueva inspiración. Se trata de dos facetas tan complementarias que resulta inconcebible separarlas ya que una, sir la otra, sólo representa la mitad de la ecuación.

Así pues, las dos modalidades en que ha evolucionado la conciencia humana en ambos extremos del mundo resultan esenciales para forjarnos una visión mas completa del mundo y una comprensión más plena del viaje que debe realizar el ser humano. Para descubrir nuestra plenitud en tanto que seres humanos -algo ciertamente esencial para la supervivencia y la evolución de la humanidad y del planetadebemos reconocer y reconciliar estos dos aspectos de nuestra naturaleza, el absoluto y el relativo, el suprapersonal y el personal, el cielo y la tierra. Ésta es, precisamente. la gran promesa de la nueva psicología integradora del despertar y éste es también el tema en el que se centran los primeros capítulos de la Primera Parte del libro.

En el Capítulo 1 -originalmente escrito en 1984 presenté por vez primera el término bypass espiritual para referirme a la tendencia, demasiado frecuente entre los buscadores espirituales occidentales, a utilizar las nociones y las prácticas espirituales como justificación para soslayar los problemas emocionales inconclusos. Este capítulo describe el trabajo de transformación interno en función de tres principios -cielo (soltar), tierra (conexión con la tierra) y ser humano (despertar el corazón)y muestra los distintos modos que tienen la práctica psicológica y la espiritualidad de abordar estos principios.

El Capítulo 2 traduce a términos psicológicos el principio, derivado de la tradición budista tibetana, de la coemergencia, según el cual, la esclavitud y la libertad, como la confusión y el buen juicio, constituyen dos aspectos complementarios de la misma realidad. Basándose en este principio, este capítulo nos ayuda a descifrar el significado, intención o inteligencia profunda que se oculta en los distintos elementos aparentemente neuróticos de nuestra personalidad, un descubrimiento que nos ayuda a servirnos de nuestra personalidad condicionada como un hito en el camino del desarrollo, en lugar de considerarla como una patología que nos mantiene atrapados en el pasado. Y la clave para ello consiste en no ver a la estructura de la personalidad como un problema o un enemigo —que debamos, en consecuencia, corregir, condenar o erradicar-sino como un peldaño absolutamente necesario del proceso del desarrollo.



El Capítulo 3 – que se ocupa de la fortaleza del ego y de la ausencia de identidad del yo explora las diferencias existentes entre las psicologías oriental y occidental con respecto a la naturaleza y el papel que desempeña el ego central consciente de si mismo. Este capítulo también ilustra la diferencia existente entre las visiones orientales y occidentales en torno al ego, al tiempo que busca sus puntos de acuerdo. Además, también veremos en él la visión budista acerca del desarrollo del ego y la relación que existe entre el ego y la ausencia de identidad del yo en términos de conciencia contraída y de conciencia relajada.

El Capítulo 4 -que resume el material más antiguo de este libro inaugura una serie de tres capítulos que se ocupan de explorar la naturaleza y la dinámica de la conciencia en el marco de referencia proporcionado por las visiones oriental y occidental. En consecuencia, los lectores que no estén especialmente interesados en las teorías acerca de la conciencia tal vez quieran saltarse esos tres capítulos. En ellos presento una visión fenomenológica de la mente, al tiempo que trato de mostrar el modo como experimentamos la realidad en tres niveles diferentes: la mente conceptual superficial, el conocimiento más sutil del cuerpo-mente y, a un nivel todavía más profundo, la conciencia no conceptual y no condicionada.2 Lo que sigue es un breve resumen de esos tres niveles de conciencia que los Capítulos 4,5 y 6 exploran con más detenimiento.

En el nivel superficial, la mente utiliza las herramientas de la atención focal y del concepto para fijar su visión en un objeto tras otro. La mente conceptual superficial percibe formas sólidas. piensa pensamientos definidos y registra emociones familiares. Éste es el nivel en el que opera el ego a través de la formación de la imagen de uno mismo, estableciendo una división básica entre el yo y los demás que persigue el control y el dominio del funcionamiento cotidiano.

Por debajo de la mente conceptual se encuentra el conocimiento/sensación más amplio del cuerpo-mente que opera desde un sustrato más sutil. Este cuerpo-mente sutil contiene tanto elementos transpersonales. Es posible reconocer elte nivel del cuerpo-mente a través de un tipo de atención difusa capaz de sintonizar con los sentimientos e intuiciones sutiles, con el flujo de energía y con una sensación de interconexión con toda la existencia. En tanto que campo dinámico de energía, el cuerpo-mente está intrínsecamente ligado a las pautas y corrientes más elevadas del universo. De esta conexión emergen las visiones súbitas y sorprendentes, las inspiraciones y los descubrimientos creativos y las cualidades transpersonales más elevadas, como la claridad, la compasión, el gozo y la espontaneidad.

A un nivel todavía más profundo, la práctica de la meditación nos revela que la mente es una conciencia no conceptual y abierta que constituye la fuente última de todas nuestras experiencias particulares. Si consideramos a la superficie de la mente como la espuma y al cuerpo-mente como las olas, su esencia más profunda e incondicionada es el océano mismo que posibilita, al tiempo que impregna, toda la actividad que tiene lugar en la superficie. Las olas y la espuma representan el devenir -nuestra naturaleza cambiante y evolutiva-, mientras que el océano es el Ser, nuestra naturaleza inmutable.

Tal vez la forma más simple de vislumbrar la esencia de nuestra naturaleza más profunda consiste en preguntarse, mientras uno está leyendo: «¿Quién está escuchando estas palabras? ¿Quién está experimentando todo esto ahora mismo?» Si uno no trata de pensar en una respuesta, es decir, si uno sólo mira al experimentador -la propia conciencia de experimentar-, únicamente advertirá una presencia silenciosa que carece de forma y ubicación. Esta presencia que carece de nombre y de forma -esta presencia que se halla dentro, alrededor, detrás y entre todos nuestros pensamientos y experiencias particulareses lo que las grandes tradiciones espirituales consideran nuestra auténtica naturaleza, el fundamento último, al que también se conoce como Yo esencial o Espíritu Santo. No se trata de una experiencia más entre. las otras experiencias, sino de una presencia y transparencia radicalmente profunda, el fundamento mismo de toda experiencia que resulta completamente imposible de aprehender a través de la mente conceptual.



Esos tres niveles de la mente impregnan la totalidad de nuestra experiencia. Continuamente nos hallamos sumidos en el océano de la conciencia silenciosa y no conceptual, una dimensión tan próxima, tan transparente y tan evidente que suele pasarnos inadvertida a menos que la contemplemos con una atención meditativa. Resulta mucho más sencillo, sin embargo, percibir la sensación sentida de la presencia corporal si centramos en ella nuestra atención, en cuyo caso entramos en la dimensión sutil del cuerpo-mente. Preste atención a cómo se siente usted ahora mismo en su cuerpo y podrá advertir ciertas cualidades sentidas que puede formular como "tensión" o "ligereza", por ejemplo. Al nombrar estas cualidades, usted se adentra en el nivel del pensamiento superficial que interactúa con el cuerpo-mente más amplio. Usted todavía puede seguir articulando y concretando más sus sentimientos como, por ejemplo, «deseo que el autor se apresure y acabe pronto este punto», «no estoy de acuerdo con lo que dice» o «estoy cansado y quiero irme a dormir».

Estos tres niveles de la mente conducen a tres órdenes de verdad diferentes. La mente pensante produce las verdades conceptuales, lógicas y científicas. Cuando la mente interactúa con la experiencia sentida, da origen a las verdades exponenciales. Finalmente, la verdad que nos llega a través de la realización de la naturaleza profunda de la mente es la verdad viva -la verdad contemplativaque nos revela una dimensión más profunda del ser que se encuentra más allá de la mente pensante y de la experiencia sentida.

Cuando investigué por vez primera estos tres niveles de la verdad no tardé en darme cuenta de su correspondencia aproximada con los tres kayas –o cuerpos del Buda de los que habla el budismo, las tres formas en que la realidad se manifiesta al ser humano. El nivel más evidente de la realidad es el nirmanakaya, el nivel de las formas diferenciadas en el que opera la mente superficial. Pero los objetos de la superficie de la mente superficial. Pero los objetos de la superficie de la mente –conducta, palabra y pensamiento emergen y expresan un nivel más sutil de la realidad, el sambbogakaya, en el que nos movemos como un campo dinámico de energía. En este nivel, yo no soy tan sólo mi cuerpo carnal, mis pensamientos, mis sentimientos o mi ego limitado. sino un campo de energía más grande que se halla íntimamente ligado al mundo y puede conectar con formas más sutiles de ser y de conocimiento. Este nivel constituye un puente entre el funcionamiento orientado hacia las formas de la mente superficial y la cualidad sin forma propia de la conciencia no conceptual.

El juego energético del cuerpo-mente emerge, a su vez, del dhamiakaya, la conciencia pura y no condicionada, el fundamento último de la existencia humana, al que la psicología budista denomina de muchos modos diferentes, como fundamento sin forma del ser, mente-como-tal, gran mente, no-mente. mente no-nacida o esencia de la mente. Se trata del fundamento silencioso que subyace y se halla contenido en todo sonido, del fundamento inmóvil que subyace y se halla contenido en todo movimiento, del fundamento no conceptual que subyace y se halla contenido en todo pensamiento y en todo sentimiento, etcétera. En tanto que esencia incondicionada del ser implícito en todo devenir, constituye el sustrato del que dimanan la sabiduría, la iluminación, la liberación y la reconciliación auténticas con la vida y con la muerte.

Si queremos desarrollar una psicología auténticamente integral del despertar que abarque todo el campo de la experiencia humana, es esencial reconocer la existencia de estos tres niveles.La psicología occidental se ha centrado fundamentalmente en el funcionamiento de la mente superficial y en el modo como se ve condicionada por las creencias, la cultura, las relaciones interpersonales y los acontecimientos de la infancia. Las psicologías orientales, por su parte, se han centrado fundamentalmente en los campos enérgicos sutiles del cuerpo-mente y en la dimensión superior de la conciencia no conceptual. Es por esto por lo que,

Cualquier psicología del despertar que aspire a ser realemnte completa, debe reconocer y tener en cuenta estos tres niveles.5

El Capítulo 4 se ocupa del funcionamiento de los tres niveles de la mente en términos de la interacción entre la forma y el vacío en la corriente de la conciencia. El Capítulo 5 presenta una nueva forma de entender el proceso inconsciente, no como una dimensión separada e incognoscible de la mente, sino en tanto que el sustrato holístico en el que el organismo humano se relaciona con la realidad. El Capítulo 6, por último, explora el modo como vivimos el espacio psicológico desde esos mismos tres niveles. Estos tres capítulos también discuten las implicaciones de esta visión para la salud psicológica, la creatividad, la relación humana y la realización espiritual.

El Capítulo 7 se centra en el proceso gradual de desarrollo que conduce al cambio de personalidad dentro del ámbito de la psicoterapia y también explora sus diferencias con la realización súbita que tiene lugar en el camino espiritual. Yo llamo desarrollo horizontal al proceso experiencial que conduce a la realización progresiva y explícita lo que anteriormente se hallaba implícito en el cuerpo-mente. Pero también existe un tipo de emergencia vertical más radical en la que súbitamente aparece una nueva profundidad que transforma por completo el contexto en que operábamos hasta aquel momento. En este sentido, el desarrollo horizontal y la emergencia vertical constituyen los rasgos distintivos fundamentales del trabajo psicológico y de la realización espiritual, respectivamente.

El Capítulo 8 recoge un escrito mucho más reciente que sintetiza mi visión de las semejanzas y diferencias existentes entre el trabajo psicológico y el trabajo espiritual. En este capítulo expongo la secuencia completa de las distintas formas en que nos relacionamos con nuestra experiencia, desde la alienación hasta la presencia pura no dual. Este capítulo se centra fundamentalmente en la relación existente entre la modalidad dualista de la reflexión terapéutica sobre uno mismo -en donde "aquí" existe un observador y "ahí" se hallan las pautas observadasy la inmediatez no dual de la presencia pura, tal y como se revela en la realización meditativa avanzada. Aunque estas dos formas de relacionarnos con nuestra percepción de la experiencia se experimenten de modos muy distintos, este capítulo pone de relieve que se trata de estadios complementarios de la dialéctica del despertar.



1. ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Los principios del trabajo interno
En los más de veinte años que llevo trabajando como psicoterapeuta y practicante de meditación me he visto repetidamente obligado a afrontar -tanto en mi propia experiencia como en la de mis clientes, alumnos y amigoscuestiones ligadas a la relación existente entre el trabajo psicológico y el trabajo espiritual y, durante todo este tiempo, he ido alternando entre dos perspectivas diferentes. A veces he creído que la indagación psicológica del ego es diametralmente opuesta -e incluso, en ocasiones, antagónicaal objetivo espiritual de trascender el ego y, en otras, me ha parecido un complemento muy valioso del trabajo espiritual. Se trata de un problema complejo que consideraremos detenidamente a lo largo del presente libro. Comenzaremos con una consideración básica de las dificultades comunes a estos dos caminos y del diferente modo como las abordan.

El bypass espiritual
A comienzos de los años setenta empecé a darme cuenta de la presencia de una inquietante tendencia entre los integrantes de las comunidades espirituales. Ciertamente, muchos de ellos estaban haciendo un buen trabajo, pero también advertí una tendencia muy común a servirse de la práctica espiritual como excusa para eludir los problemas emocionales o las situaciones no resueltas. Durante miles de años, el deseo de liberarnos de las estructuras terrenales que parecen atrapamos -el karma. el condicionamiento, el cuerpo, la forma, la materia o la personalidadha sido una de las motivaciones fundamentales de la búsqueda espiritual. Tal vez por ello exista la difundida tendencia a utilizar la práctica espiritual como un modo de soslayar los conflictos emocionales y personales y los problemas no resueltos que nos abruman, una tendencia a la que denominé bypass espiritual y que consiste en tratar de eludir o trascender prematuramente las necesidades, los sentimientos y las tareas evolutivas básicas.

En una época y una cultura como las nuestras, en las que los hitos que anteriormente jalonaban el paso a la madurez -como ganarse el pan con un trabajo digno, crear una familia, conservar un matrimonio o pertenecer a una comunidad que nos dé sentido se han convertido en cuestiones sumamente esquivas para grandes segmentos de la población, el bypass espiritual resulta especialmente tentador para aquellas personas que tienen dificultades en afrontar los desafíos evolutivos que les presenta la vida. Son muchas las personas que, cuando todavía no se han encontrado a sí mismas, se ven inmersas en enseñanzas y prácticas espirituales que les instan a renunciar a sí mismos y, como resultado de todo ello, acaban sirviéndose de las prácticas espirituales para crear una nueva identidad "espiritual" que, en realidad, no es más que el ropaje bajo el que se oculta una vieja identidad disfuncional basada en la evitación de los problemas psicológicos.

Es por ello por lo que el compromiso con las enseñanzas y prácticas espirituales puede proporcionar una justificación racional que no haga sino consolidar las viejas defensas. Quienes, por ejemplo, necesiten considerarse especiales subrayarán la singularidad de su visión, de su práctica espiritual o de la relación que mantienen con su maestro como un modo de apuntalar su sensación de autosuficiencia. Es así como muchos de los «peligros que acechan –como el materialismo espiritual ( el uso de las ideas espirituales en provecho personal), el narcisismo, la inflación (el delirio de grandeza) o el "pensamiento grupal" (la aceptación acrítica de la ideología del grupo)se derivan del uso de la espiritualidad para soslayar las deficiencias del desarrollo.


Identificación, rechazo e insensibilización

Según muchas tradiciones espirituales, existen tres tendencias básicas que nos mantienen atados a la rueda del sufrimiento: la tendencia a rechazar lo que nos resulta difícil o doloroso, la tendencia a identificarnos con algo sólido que nos proporcione consuelo y seguridad y la tendencia a insensibilizarnos para no experimentar, de ese modo. los problemas inherentes al placer y al dolor, a la pérdida y a la ganancia.

El bypass espiritual es un síntoma de la primera de estas tendencias, la tendencia a huir de lo que nos resulta difícil o desagradable. El ego débil -el ego que no se siente lo bastante fuerte como para afrontar las dificultades busca el modo de eludir los sentimientos. Así pues, el intento de escapar de los problemas no resueltos de la personalidad condicionada constituye uno de los principales peligros del camino espiritual, sobre todo para los occidentales modernos.

La segunda tendencia -la tendencia a la identificación y el estancamiento suele ser una de las trampas más sutiles de la psicoterapia. Hay personas que encuentran tan fascinante escarbar en sus sentimientos, arquetipos, sueños y relaciones, que permanecen continuamente absortos en su mundo psicológico. Y es que el hecho de considerar al trabajo psicológico como la culminación del viaje puede abocar a un callejón sin salida que no haga sino alentar el egocentrismo. Como dijera Freud en cierta ocasión, nunca llegaremos a drenar por completo el pantano: por esto, el hecho de centrar desproporcionadamente nuestra atención en los estados o conflictos internos de la estructura de nuestra personalidad puede convertirse en una trampa sutil que nos impida trascenderla.

La tercera tendencia, la tendencia a insensibilizarnos tanto de nuestra experiencia personal como de nuestra vocación espiritual, es una de las trampas más comunes de nuestra sociedad. Todos nosotros tenemos una parte a la que le gustaría ocultarse y pasar la vida realizando el menor esfuerzo posible. Esto es, precisamente, lo que conduce a las dependencias tan frecuentes en Occidente -como la dependencia de la televisión, de los espectáculos deportivos, el consumismo, el alcohol y la drogadicción formas de adormecernos y evitar así afrontar las dificultades de la vida.




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