Psicología del despertar


El enfoque meditativo de las emociones



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El enfoque meditativo de las emociones


La práctica de la meditación nos enseña a relacionamos con las emociones de un modo más directo y no conceptual y, en consecuencia, nos permite conectar más directamente con nuestra vitalidad esencial. A diferencia del enfoque psicológico, el enfoque meditativo de la emoción no está orientado hacia el contenido de los sentimientos, su significado o las estructuras psicológicas subyacentes. Muy al contrario, la meditación nos permite establecer un contacto más directo con los sentimientos, sin tratar de descubrir su significado. En este sentido, la meditación nos enseña a permanecer abiertos a la energía encerrada en las violentas irrupciones de la emoción.

Mientras que la psicoterapia se ocupa de desplegar los significados de nuestros sentimientos, la meditación se relaciona con los sentimientos en tanto que expresiones energéticas de nuestra vitalidad esencial. Poner de relieve la energía que se halla atrapada en las emociones es como adentrarnos en las profundidades del océano, más allá de las olas del torbellino emocional y más allá del sentimiento, donde todo permanece en calma y en donde nuestra lucha se desvanece en el fundamento más amplio de la vida.

De este modo, la meditación nos permite descubrir una conciencia más libre y abierta que siempre se halla disponible, aun cuando permanezcamos atrapados en nuestras reacciones emocionales. Al ayudarnos a reconocer los huecos y discontinuidades que aparecen espontáneamente en la lógica espesa de nuestros guiones vitales, la meditación durante las irrupciones de la emoción también puede contribuir a nuestro despertar. En medio de una erupción de enfado, por ejemplo, un meditador podría preguntarse: «¿Por qué estoy tan furioso?», «¿es necesario todo esto?» «¿son las cosas, en realidad, tan importantes como las estoy viviendo?», «¿están estas personas tan equivocadas como creo?»



Transmutación


El budismo tántrico denomina transmutación, un término aiquímico que implica convertir algo aparentemente inútil (como el plomo) en algo sumamente valioso (como el oro), al uso de la emoción como un vehículo de la iluminación.

El primer paso para domar el león de la emoción y transmutar su energía en iluminación consiste en sentirla y permitirle ser, sin juzgarla como buena o mala. El intento de escapar de un animal feroz o de tratar de reprimir su energía sólo provoca un nuevo ataque. Tenemos que aprender a abrirnos plenamente a la energía encerrada en nuestras emociones y a llegar a fundirnos con ellas. Como dice Chógyam Trungpa «cuando somos capaces de fundirnos completamente con la irritación o de sentir su cualidad tal cual es, la irritación no encuentra a nadie a quien irritar y acaba convirtiéndose en una clase práctica de judo». Habitualmente parecemos estar atrapados en las emociones pero, en cuanto les prestamos la adecuada atención, no encontramos en ellas nada más sólido ni fijo que nuestros juicios o historias al respecto. En su estado más puro. las emociones son expresiones de nuestra energía vital. Es sólo nuestra reacción y la historia vital con la que la revestimos («mi enojo es correcto porque...» o «mi tristeza es mala porque...») lo que las convierte en algo denso y pesado.

En lugar, pues, de tratar de controlar las emociones, censurarnos a nosotros mismos o reaccionar ante ellas, podemos aprender a experimentarlas en la inmediatez de la presencia pura. Trungpa describe del siguiente modo los distintos aspectos de este proceso:


Existen diversos estadios en nuestro modo de relacionarnos con las emociones: verlas, escucharlas, olerlas, tocarlas y transmutarlas. Cuando vemos las emociones tenemos una conciencia global de que tienen su propio espacio, su propio desarrollo y las aceptamos, sin cuestionarlas, como un aspecto de las pautas del funcionamiento mental. Escucharlas supone experimentar la pulsación de esa oleada de energía. Olerlas consiste en advertir que es posible hacer algo con esa energía. Tocarlas es sentir que puedes palparlas y relacionarte con ellas, que las emociones, asuman la forma que asuman, no son especialmente destructivas ni disparatadas, sino meras oleadas de energía.
Si el ego refleja la tendencia a aferramos a nosotros mismos y el intento de controlar la experiencia, el hecho de sentir directamente nuestras emociones y dejar el libre flujo de su energía amenaza nuestra estructura de control. Cuando dejamos de tratar de controlar y de juzgar nuestros sentimientos y nos abrimos a su textura real, el «yo» (la actividad de tratar de aferramos a nosotros mismos) comienza a disolverse en el «ello» (la vitalidad primordial más amplia que se halla presente en el sentimiento). Cuando nos abrimos plenamente al dolor tal vez se intensifique durante un tiempo y sintamos todo el pesar encerrado en él. Pero el hecho de abrirme a ese dolor, dejando de lado todo tipo de relatos, también me hace sentir más vivo. Y es que, cuando miro cara a cara a mis demonios, éstos acaban revelándose como una expresión de mi propia energía vital.

Podríamos decir, en este sentido, que las emociones son la sangre derramada por el ego, ya que comienzan a fluir cada vez que la armadura que protege nuestro corazón se ve perforada y nos conmueve. Tratar de controlarlas es un esfuerzo por impedir la rotura de esa cáscara. Por otra parte, permitir que el ego sangre, abre nuestro corazón. Entonces nos redescubrimos como seres expuestos al mundo e interconectados con todos los demás. Renunciar a nuestros juicios y a nuestros guiones vitales y experimentar la cualidad desnuda que conlleva el hecho de estar vivos nos despierta y alienta la compasión por nosotros mismos y por los demás.

Hacer frente a la turbulencia de las emociones es como entrar en el ojo de un huracán. Pero, por más intensos que sean los vientos circundantes, finalmente llegamos a un claro abierto en mitad de la tormenta. Como dice Tarthang Tulku:
Cuando usted se halle emocionalmente confuso, manténgase en contacto con la emoción [...] pero no trate de aferrarse a ella [...] Igualmente, cuando emerja la ansiedad o cualquier otro sentimiento perturbador, concéntrese en el sentimiento, no en los pensamientos que tenga al respecto. Concéntrese en el centro del sentimiento y penetre en ese espacio [...]. ¡Si entramos en el centro de la emoción nos daremos cuenta de que ahí no hay absolutamente nada! [...]. Lo único que percibiremos entonces es una densidad de energía clara y distinta. Esta energía tiene un gran poder y puede transmitirnos una gran claridad [...]. Nosotros podemos transmutar esta mente samsárica porque la mente misma es vacuidad, apertura total, claridad total [...J. visión directa, liberación total, receptividad completa en cualquier situación.
Al comienzo, la maniobra de adentramos en las emociones puede ser sumamente delicada. Quizás vislumbremos entonces por un momento el espacio que se halla dentro de ellas, pero pronto nos vemos arrastrados por nuestros guiones vitales habituales. La práctica de la meditación puede ayudarnos a desarrollar la atención necesaria para no vernos "secuestrados" por nuestros pensamientos. Cuando nos acercamos de este modo a una emoción, no puede persistir durante mucho tiempo porque, separada de nuestros conceptos o reacciones, carece de existencia independiente y sólida.

Este tipo de comprensión también puede ayudar más directamente a que los clientes que se hallen en un proceso terapéutico afronten más directamente sus emociones. Por ejemplo, un hombre con el que trabajé se sentía terriblemente mal a causa de su necesidad de afecto. Nuestro primero objetivo se centró en interrumpir sus juicios críticos acerca de esa necesidad, («debería ser más independiente», «esta necesidad es terrible»). El siguiente resumen ilustra el modo como descubrió su propia vitalidad apenas se permitió sentir más directa y plenamente su necesidad:


terapeuta: ¿Qué ocurre cuando deja que esa necesidad se manifieste?

cliente: Me siento desgraciado. Estoy solo. Estoy asustado. Es difícil estar solo. Necesito que alguien me quiera y cuide de mí.

terapeuta: ¿Puede permitirse experimentar ahora mismo esa necesidad de amor? ¿Cómo se siente cuando se permite sentir esa necesidad?

cliente: (Larga pausa) En realidad, cuando lo hago las cosas cambian en mi interior [...j Cuando realmente entro en ese sentimiento tengo un sentimiento de poder [...] me siento diferente [...] me siento más equilibrado [...] más seguro [...] hay mucho más espacio [...]. No tengo miedo ni me siento desesperanzado [...]. Cuando me permito tener esta necesidad me siento alimentado incluso estando a solas (...] me siento pleno.
Son muchas las metáforas que se han utilizado para describir esta transmutación de la energía emocional. El psicoanalista francés Hubert Benoit la compara con la metamorfosis del carbón en diamante «en la que el objetivo no consiste tanto en la destrucción del ego como en su transformación. La aceptación consciente permite que el denso, oscuro y opaco carbón se transforme súbitamente en un diamante completamente transparente».

Esta imagen de transparencia y luminosidad en la que la emoción se transforma en una ventana abierta a una vitalidad más profunda es particularmente relevante en el caso del budismo tántrico o vajrayana. Vajra es la claridad indestructible y diamantina del estado despierto de la mente que manifiesta como la sabiduría del espejo. El vajrayana (que literalmente significa «camino del diamante»), la claridad absoluta, considera que el mundo se halla naturalmente iluminado. Luchar por afirmar nuestra propia imagen sólo genera una cortina de humo que oscurece el resplandor natural de nuestra conciencia. Transmutar las emociones es una forma de transformar el mundo oscuro de la mente confusa en el resplandor de la visión clara.

La transmutación puede tener lugar de un modo súbito o de un modo más gradual a través del proceso que nos lleva a hacemos amigos de nuestra experiencia. Hay muchas otras metáforas que subrayan la naturaleza gradual y orgánica de este proceso. En palabras de Trungpa: «Los campesinos torpes malgastan sus ahorros comprando estiércol a otros campesinos. Pero aquellos que, a pesar del mal olor y el trabajo sucio, se ocupan de recoger sus propios desperdicios y de utilizarlos para abonar la tierra, verán cómo crece su cosecha [...]. La semilla de la realización crece en medio del estiércol». Suzuki Roshi habla en un modo parecido de la ventaja que supone utilizar las malas hierbas de la mente como abono para el despertar de la conciencia: «Enterremos las malas hierbas junto a la planta para alimentarla [...]. Deberíamos estar agradecidos a la cizaña, porque ése es el mejor abono de nuestra práctica. Si utilizamos la cizaña de nuestra mente como abono, nuestra práctica avanzará considerablemente».

La transmutación tiene lugar a través del descubrimiento del espacio abierto que se halla en el centro de toda experiencia, un espacio en el cual nuestras emociones cobran una dimensión diferente. Cuando superamos el miedo a nuestras propias emociones aumenta también nuestro valor para afrontar la vida, una actitud que el budismo conoce como «el rugido del león»:


El rugido del león es la clara proclamación de que cualquier estado mental, incluyendo las emociones, puede trabajarse. Si no oponemos resistencia no hay nada que pueda desbordamos, nada que nos controle y, de ese modo, hasta las más poderosas energías se vuelven completamente manejables. El arte indio del período de Ashoka representa al rugido del león con cuatro leones orientados hacia las cuatro direcciones, hacia los cuatro frentes, simbolizando así la idea de no tener espalda, la conciencia que todo lo impregna. Y es que la ausencia de temor abarca todas las direcciones.
Resumiendo, pues, la aproximación meditativa a las emociones tal y como la cultiva prácticamente el budismo tántrico implica mantenemos en nuestro lugar y permanecer presentes en medio de cualquier tormenta emocional, dejar de lado los juicios y guiones al respecto, y llegar a sentir las emociones más directamente y abrirnos a toda su energía y poder. Si lo hacemos así podremos descubrir la intensa ternura de nuestra vitalidad.

Amigarnos de este modo con las emociones también nos permite descubrir la gran inteligencia que se oculta dentro de ellas. Liberado de la reactividad, el enfado puede convertirse en un medio de la comunicación directa más que en un arma. De este modo, el miedo deja de ser un desencadenante de la huida y se transforma en una señal de alarma que reclama nuestra atención. Cuando advertimos que la soledad es un anhelo de una mayor conexión y la tristeza una plenitud del corazón, estos sentimientos recuperan su dignidad esencial y dejan de vivirse como una carga.

Según la tradición vajrayana, el camino de la transformación requiere una adecuada comprensión y una guía cualificada. Por ello es esencial tener un firme fundamento en la práctica meditatativa que nos ayuda a trascender el pensamiento y ia fantasía. También es importante trabajar con un maestro vivo y realizado que se halle firmemente asentado en las energías de la vida y pueda acompañar al discípulo a superar todos los obstáculos que aparezcan en el camino del desarrollo de su conciencia. De este modo, la disciplina y la práctica pueden ayudarnos a transformar la confusión emocional en una sabiduría que nos permita ver las cosas tal cual son.



14. ENCARNANDO LA REALIZACIÓN: EL TRABAJO PSICOLÓGICO AL SERVICIO DEL DESARROLLO ESPIRITUAL
El yoga más adecuado para un mundo que se halla en continuo proceso de cambio debe ser tan multiforme, sinuoso, paciente y global como el mismo mundo. ¿.Qué otro tipo de enfoque podría servimos para afrontar todas las dificultades que puedan presentarse?

sri aurobindo


Lo impersonal es una verdad: lo personal también lo es. Ambas cosas son la misma verdad contemplada desde dos facetas diferentes de nuestra actividad psicológica. Aisladamente considerada, ninguna de ellas nos ofrece una visión completa -y, en consecuencia, un planteamiento completode la Realidad.

sri aurobindo


Cuando, en los años sesenta, entré en contacto con el zen, me sentí especialmente atraído por el satorí, ese singular momento en el que, según se dice, desaparecen todos los velos, el practicante contempla directamente su auténtica naturaleza y experimenta tal transformación que jamás vuelve a ser la misma persona. En palabras de D.T. Suzuki, «la apertura que proporciona el satori provoca un auténtico cataclismo interno [...] que revoluciona toda nuestra vida». A partir de aquel momento mi vida comenzó a girar en torno a esa revelación que conducía a una nueva forma de ser.

Muchas de las personas que, hace ya varias décadas, emprendimos la práctica meditativa, hemos tenido la oportunidad de degustar, en alguna que otra ocasión, el sabor de esa gozosa e inspiradora realización que proporciona una visión y una lucidez completamente nuevas. Pero, al mismo tiempo, también hemos cobrado una aguda conciencia de las dificultades que supone integrar esa realización. Y esa dificultad resulta todavía más patente en el caso de los occidentales modernos que no viven en un entorno monástico, sino que se hallan inmersos en la vida cotidiana. Los retiros y la vida monástica están especialmente concebidos para ayudar a las personas a centrar su atención más allá de la mente condicionada y realizar su auténtica naturaleza en tanto que ser espíritu o conciencia pura. La encarnación plena de esa realización -que se manifiesta en una forma sabia y justa de ganarse la vida, de relacionarse con los demás y de hacer frente a los complejos retos que nos depara la vida modernano está exenta de problemas. Por esta razón, las personas que vivimos como cabezas de familia, maridos, esposas, padres o trabajadores, necesitamos apoyos que nos ayuden a integrar la realización espiritual en nuestra compleja y atareada vida.




La realización y la transformación

Comparada con su actualización e integración plena en el entramado de la vida cotidiana, la realización espiritual es una tarea relativamente sencilla. La realización tiene que ver con el reconocimiento directo de nuestra naturaleza última, mientras que la actualilización en todas las facetas de nuestra vida cotidiana. Cuando, en una situación de práctica o retiro intensivo, las personas experimentan una apertura espiritual, suelen creer que todo ha cambiado y que nunca volverán a ser las mismas. De hecho, el trabajo espiritual puede provocar una apertura muy profunda que nos libera provisionalmente de las compulsiones propias de nuestro condicionamiento, pero tarde o temprano llega un momento en que volvemos a encontrarnos con situaciones que alientan nuestra reactividad emocional y reestimulan los problemas psicológicos irresueltos, las identificaciones subconscientes, las tensiones y los mecanismos de defensa habituales, poniendo claramente de relieve que la práctica espiritual apenas si ha modificado las pautas condicionadas de nuestra personalidad que, en consecuencia, permanecen intactas.'

Existen muchos niveles de realización que van desde las experiencias circunstanciales hasta los logros más estables que transforman todo nuestro ser. Sin embargo, aun en el caso de aquellos practicantes espirituales avanzados que han desarrollado un alto grado de visión, poder y claridad, existen ciertas islas -complejos inadvertidos de nuestro condicionamiento personal o cultural, puntos ciegos o regiones en las que prevalece el autoengaño-que no se ven afectadas por la realización. Incluso hay casos en los que las personas llegan a utilizar inconscientemente sus poderes espirituales para fortalecer sus viejas defensas y consolidar su actitud manipuladora. En otros casos la práctica espiritual puede alentar el distanciamiento, la falta de compromiso o hasta la indiferencia. ¿Cómo es posible que la realización espiritual fomente la separación y deje aparentemente intactas regiones enteras del psiquismo? Y, sobre todo, ¿por qué resulta tan difícil generalizar la expansión de la conciencia desarrollada por la meditación a todos los dominios de la vida?

Algunos dirán -con toda razón, por otra parte que esos problemas evidencian una realización o una práctica espiritual fragmentaria o incompleta pero, puesto que se trata de un problema casi universal , también ponen de relieve las dificultades de integrar el despertar espiritual en el entramado mismo de nuestra encarnación humana. Según afirma el dzogchen, la liberación plena que consiste en realizar la naturaleza esencial de la mente sólo es posible para unas pocas personas excepcionalmente dotadas. Desde esa perspectiva, pues, la realización no va necesariamente acompañada de la liberación. Como dijo Sri Aurobindo: «en sí misma, la Realización no transforma la totalidad de nuestro ser [...] Aunque, en la cúspide espiritual de la conciencia, uno pueda tener un vislumbre de la realización, las dimensiones inferiores siguen siendo las mismas. Este es un problema que he visto en multitud de ocasiones». Los problemas de integración se hallan tan extendidos que deberíamos considerar con más detenimiento la relación existente entre estos dos aspectos diferentes del desarrollo espiritual, la realización (o liberación) y la transformación (o generalización y aplicación de esa liberación a todas las dimensiones de nuestra vida).

La realización es un movimiento que parte de la personalidad y se dirige hacia el ser hasta acabar provocando la liberación de la prisión del yo condicionado. La transformación, por su parte, supone la integración de esa realización en las paulas condicionadas de nuestro cuerpo y de nuestra mente hasta que lo espiritual impregne plenamente nuestra vida personal e interpersonal, y nuestra personalidad se convierta en el receptáculo transparente de la verdad última o de la revelación divina.

En las culturas orientales tradicionales era posible que el yogui viviera completamente entregado al desarrollo espiritual impersonal y universal sin necesidad alguna de transformar su vida personal. Estas antiguas culturas proporcionaban un contexto religioso que honraba y apoyaba el retiro espiritual, y prestaba poca o ninguna atención al desarrollo individual.2 Como resultado de todo ello, los logros espirituales solían hallarse divorciados de la vida mundana y del desarrollo personal. En Oriente, los yoguis y los sadhus podían vivir alejados del mundo manteniendo un escaso contacto interpersonal y evidenciando conductas sumamente excéntricas sin dejar, por ello, de ser apoyados – e incluso venerados por la comunidad.

Son muchos los occidentales que han pretendido seguir ese modelo descuidando su vida personal y buscando la realización impersonal para acabar descubriendo su inadecuación. A fin de cuentas, el intento prematuro de trascendencia -que lleva a refugiarse en el absoluto impersonal suele ser una forma de eludir o negar los problemas que conlleva el desarrollo psicológico. Y, como lamentablemente ilustra el caso de tantas comunidades espirituales norteamericanas de los últimos tiempos, esto es algo que puede generar una sombra monstruosa que provoque efectos realmente desastrosos. Es muy problemático, por tanto, que los occidentales sigan ateniéndose a un modelo del desarrollo espiritual que no tenga en cuenta la integración plena en la experiencia personal y en las relaciones interpersonales.

Aquí es, precisamente, donde el trabajo psicológico puede convertirse en un aliado de la práctica espiritual y ayudamos a alumbrar los rincones más ocultos de nuestra personalidad condicionada y así hacerla más permeable al ser superior que constituye su mismo fundamento. Me refiero, claro está, a un tipo de autoconocimiento psicológico que proporciona un marco de referencia, una comprensión y unos objetivos más amplios que los propios de la psicoterapia convencional. Se trata de un trabajo al que tengo ciertas dudas en calificar como psicoterapia, porque este término está cargado de connotaciones médicas. Además, la terapia convencional se centra excesivamente en el diálogo y no suele reconocer la importancia del cuerpo en tanto que anclaje fundamental de las pautas defensivas y también de las energías del despertar. Cualquier tratamiento psicológico realmente transformador también debería ayudarnos a desbloquear las contracciones corporales y permitirnos acceder a sus energías más elevadas.

Obviamente, el objetivo del trabajo espiritual -la emancipación de la identificación con la estructura del yo y el despertar a la realidad expansiva del ser primordiales mucho más amplio que el propio del trabajo psicológico. Se trata de un objetivo posible de vislumbrar —e incluso de realizar sin importar que uno esté feliz, sano, individualizado, integrado, sensible y conectado con los demás. No obstante, después de siglos de divorcio entre la vida espiritual y la vida mundana, la situación humana en este planeta es tan desesperada que se necesita un nuevo tipo de integración psicoespiritual que antes sólo había existido de un modo muy ocasional: la integración entre la liberación (la capacidad de trascender el psiquismo individual y adentrarnos en el espacio no personal de la conciencia pura) y la transformación personal (la aplicación de esa conciencia a la transformación de todas las estructuras psicológicas condicionadas de un modo tal que permitan su completa metabolización y la consecuente liberación de la energía e inteligencia congelada que se halla encerrada en su interior, alentando así el desarrollo de una presencia humana más plena y rica que pueda movilizar los potenciales todavía no realizados de la vida en esta tierra).

He pasado mucho tiempo investigando -de un modo, por cierto, sumamente provechosolo que las tradiciones contemplativas orientales tienen que ofrecer a la psicología occidental. Siento el mayor respeto y gratitud por las enseñanzas espirituales que he recibido y por los maestros orientales que tan generosamente las han compartido conmigo. Sin embargo, en los últimos años, me he sentido igualmente interesado por una serie de preguntas completamente distintas ¿De qué modo, las comprensiones y métodos psicológicos occidentales podrían servir al propósito sagrado de alentar una encamación más integrada? ¿Es acaso nuestra individualidad, como señalan ciertas enseñanzas espirituales, un obstáculo en el camino de despertar o es que la verdadera individuación (en tanto que algo opuesto al individualismo compulsivo) puede servir de puente para conectar el camino espiritual con la vida ordinaria?




El reto de la integración psicoespiritual

La pregunta por el modo como la investigación psicológica puede servir al desarrollo espiritual nos obliga a considerar el complejo problema de la relación existente entre lo psicológico y lo espiritual, un punto en el que existe una gran confusión. Son muchos los terapeutas convencionales que contemplan con cierto desagrado las prácticas espirituales, pero también hay muchos maestros espirituales que desaprueban la psicoterapia. Se trata de dos actitudes radicalmente opuestas que ven a la otra como una fuga de la realidad.

Para comenzar debemos decir que el trabajo psicológico y el trabajo espiritual apuntan a dimensiones diferentes de la existencia humana. En este sentido, el trabajo psicológico apunta a la verdad relativa y el significado personal, el reino humano, que se caracteriza por la relación interpersonal y los problemas que se derivan de ella. En el mejor de los casos, el trabajo psicológico pone de manifiesto y ayuda a desarticular las estructuras, formas e identificaciones condicionadas en que se halla atrapada nuestra conciencia. La práctica espiritual, por su parte -especialmente la de orientación mística-aspira a trascender las estructuras, identificaciones y preocupaciones humanas condicionadas para que podamos acceder a la realización directa de lo transhumano. Se trata de una perspectiva que está interesada por lo atemporal, lo no condicionado y lo absolutamente cierto más allá de toda forma, una visión que nos revela la vacuidad, el inmenso espacio vacío que constituye la esencia y la raíz misma de la existencia humana. ¿Pero estas dos prácticas apuntan al sufrimiento humane en direcciones diferentes o, muy al contrario, podrían articularse de un modo compatible?

El rasgo distintivo del trabajo psicológico es la forma, mientras que el propio del trabajo espiritual es la vacuidad, la realidad inefable que trasciende todas las formas contingentes. Y, del mismo modo que forma y vacío no pueden separarse, el trabajo psicológico y el trabajo espiritual constituyen dos facetas indivisibles y, en muchos sentidos, solapadas. Es por esto por lo que ei uauajo psicológico puede conducir a la visión y la profundidad espiritual, mientras que la dimensión inmanente y transformacional del trabajo espiritual nos obliga a revisar las pautas de la personalidad condicionada que obstaculizan la integración.

Para comprender el modo más adecuado de poner el trabajo psicológico al servicio del desarrollo espiritual es necesario emprender una investigación que trascienda la ortodoxia y la tradición y nos permita adentrarnos en el territorio desconocido que conduce de la verdad absoluta a la verdad relativa. No nos apresuremos, pues, a extraer conclusiones fáciles y definitivas y comencemos formulando detenidamente nuestras preguntas con un espíritu lo más abierto posible. Tal vez así podamos descubrir de qué modo la espiritualidad, en general, y sus epígonos actuales. como el budismo occidental, en particular, pueden ayudarnos a transformar el mundo moderno.

Ésta es una cuestión que, como psicoterapeuta y budista practicante, me he visto obligado a plantearme. En la década de los sesenta comencé a interesarme por la psicoterapia y las tradiciones espirituales orientales. Mi interés original por la psicoterapia se derivaba de mi creencia de que podría tratarse de un camino de liberación típicamente occidental. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que la visión de la naturaleza humana propia de la psicología occidental era demasiado estrecha y limitada. Entonces me di cuenta de que no podía ayudar a los demás si ignoraba el modo de salir del laberinto del sufrimiento humano. Y, aunque tuve un gran maestro en la universidad -Eugene Gendiin, un auténtico pionero de la terapia existencia! que me enseñó cosas que después se han revelado muy útiles para en el ámbito de la terapia-, acabé desengañándome de la psicología occidental.

Entonces fue cuando busqué un método para trabajar conmigo mismo y comprenderme más profundamente, y me sentí cada vez más atraído por el budismo. Después de encontrar un verdadero maestro y de emprender la práctica de la meditación, pasé por un período de rechazo hacia la psicología y la terapia occidental. Era como si hubiera y, como suelen hacer los nuevos conversos, desdeñase todos los demás. Hasta entonces había sido una persona muy proclive a analizar mi propio proceso personal, y muy afecto a examinar y procesar eternamente los sentimientos y los problemas emocionales, pero en este tiempo caí en la trampa opuesta de negarme a tener en cuenta ningún tipo de "material" personal. A decir verdad, me sentía mucho más cómodo con la realidad impersonal y eterna que descubrí gracias al budismo que con mis propios sentimientos personales o con las relaciones interpersonales, que se me antojaban sumamente complejas y confusas comparadas con la paz y la claridad proporcionadas por la práctica de la meditación, sentado en silencio, atento a la respiración, soltando los pensamientos y descansando en el espacio abierto de la conciencia.

Pero, en la medida en que fui profundizando mi estudio del budismo tántrico y en su énfasis en respetar la verdad relativa, comencé a apreciar más plenamente, tal vez por vez primera en mi vida, los miles de facetas de la psicología occidental. Una vez que admití que la psicología jamás podría describir mi naturaleza última y dejé de exigirle respuestas acerca de la naturaleza de la existencia humana, empecé a darme cuenta del importante papel que desempeñaba en el esquema de las cosas. Entonces pude afrontar algunos problemas de relación sumamente dolorosos y acometer mi propio trabajo psicológico. A pesar de mi formación clínica, estaba sorprendido por el poder de la investigación psicológica para ayudarme a descubrir puntos ciegos, corregir los problemas del pasado, superar viejos miedos y abrirme de un modo más asentado y personal, tanto conmigo mismo como con los demás; un trabajo que también me ayudó a abordar la práctica espiritual de un modo más claro y que no se hallara tan distorsionado por motivaciones y agendas psicológicas inconscientes.






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