Psicología del despertar



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Un ejemplo


Uno de los clientes que puso a prueba mi fe en la bondad básica fue un exitoso abogado de mediana edad al que estuve tratando durante un par de años. Cuando vino a verme, Ted estaba atravesando una de las depresiones más profundas que nunca había visto. Había crecido durante la Gran Depresión en el seno de una familia de inmigrantes que le enseñaron a odiar y a temer al mundo anglosajón blanco y había alcanzado el éxito material y profesional. Pero, por más que hubiera llegado a la cúspide de su profesión, se sentía completamente miserable y desesperanzado. Su cuerpo daba la impresión de estar blindado, su tono de voz era impostada, como si siempre estuviera dando una conferencia, y su salud física se hallaba muy mermada.

Ted tenía una mente muy perspicaz que literalmente devoraba cualquier cosa en la que ponía su atención. Su mente se hallaba continuamente en funcionamiento elaborando todo tipo de argumentos para apuntalar su lóbrega visión de la vida. Sus temas eran siempre los mismos: el cansancio que le provocaba la vida, el miedo a la muerte y a soltar, el absurdo de todo, las continuas demandas de las personas que le rodeaban, la dependencia de sus obligaciones y una desconfianza generalizada, como si su vida se rigiera por una sola regla: «ataca o te atacarán».

Y es que su vida reflejaba el infructuoso esfuerzo por superar las tres marcas de la existencia. Cuanto más luchaba por controlarlas, más víctima se sentía de las circunstancias que trataba desesperadamente de eludir. Había tratado de escapar del miedo a la insustancialidad escalando los peldaños más elevados de su profesión, pero la tensión que ello le generaba estaba literalmente matándole. Luchaba desesperadamente por ser alguien, pero la desesperación misma de su lucha por lograr el reconocimiento le había convertido en una persona tan dominante que los demás acababan rechazándole... con lo cual su sensación de no ser nadie se veía acentuada. La misma lucha por escapar del sufrimiento había acabado sumiéndole en un estado de profunda depresión en el que continuamente se veía asediado por las tres marcas de la existencia en forma de desesperación, soledad y muerte en vida.

Al principio me sentí invadido por su presencia y su carácter. En consecuencia, lo primero que tuve que hacer para poder permanecer presente con él fue pasar varios meses practicando una especie de "esgrima mental". Estos encuentros -que pasaron por confrontaciones muy intensas me permitieron finalmente entrar en sus "narraciones" y descubrir al ser humano que había en él. Cuando empezó a darse cuenta de la diferencia existente entre sus sentimientos reales y su actitud de rechazo, comenzó también a advertir el modo en que sus "narraciones" negativas ahondaban el surco por el que hasta entonces había discurrido su vida. Y, cuando empezó a no tomarse tan en serio todas aquellas historias, dejó de sentir la necesidad de proclamarlas en voz alta, lo cual le ayudó a disminuir el ritmo de su vida y a empezar a prestar la atención a lo que estaba sintiendo.

El siguiente paso se centró en el reconocimiento de la voz interna que le decía «lo que tenía que hacer» -a la que calificamos de varios modos como «el crítico», «el chófer», «el tirano» o «el juez»y ayudarle a mantener una cierta distancia. Entonces no tardó en descubrir que su vida había apuntado al objetivo principal de conseguir la aprobación y el reconocimiento de los demás y de su propio crítico interno para no sentir la vulnerabilidad que escondía su propia necesidad de afecto, una necesidad que le aterraba porque le ponía en contacto con la impotencia y la desesperación que había experimentado en su infancia. Y es que Ted odiaba tanto su vulnerabilidad que había terminado renunciando a su propio corazón. Cuando comprendió esto, dejó de culpar al mundo y estableció un contacto más directo con su enfado, su tristeza y su miedo.

Finalmente llegó a un punto en el que pudo renunciar a la muerte-en-vida y elegir la vida. Bajo todos sus compulsivos esfuerzos por tratar de lograr e] reconocimiento de los demás se hallaba el tremendo dolor de haber perdido el contacto con su corazón. Y, aunque no le resultó fácil llegar a establecer contacto con aquel dolor, cuando lo hizo, empezó a reconocer su simple necesidad de ser, sin tener la necesidad de ser alguien. Entonces fue cuando comenzó a sentir su plena humanidad.

Invitación a la danza

Todos nuestros puntos de referencia están en un continuo proceso de cambio. Jamás podremos alcanzar una posición o una identidad inexpugnable que nos garantice la felicidad y la seguridad. ¿Dejaremos que esto nos deprima o aprenderemos a bailar con ello? El gran baile cósmico de Shiva (del que habla la tradición hindú) o de Vajrayogini (en la tradición del budismo tibetano) tienen lugar en el escenario del fundamento sin fundamento en el que todo nace y muere continuamente. Estas antiguas imágenes del baile cósmico celebran la ausencia de identidad del yo y la provisionalidad de la existencia como una fuente de gozo, que no de depresión.

La depresión es la pérdida de corazón que acompaña a nuestro rechazo del flujo insondable de la vida. Pero en el núcleo mismo de esa condición -en la desnudez, vulnerabilidad y conmoción en que se asienta sigue alentando nuestra salud esencial. Por esto, al igual que ocurre con toda psicopatología, la depresión no es una mera enfermedad que deba ser erradicada, sino una auténtica oportunidad para despertar, nuestro corazón y profundizar nuestra conexión con la vida.

13. HACIÉNDONOS AMIGOS DE LA EMOCIÓN

El problema con las emociones es que nos llevan a sentirnos desbordados por fuerzas que se encuentran más allá de nuestro control. Con mucha frecuencia creemos que, si nos permitiéramos sentir el enfado o la depresión, por ejemplo, nos veríamos completamente desbordados y bloqueados o acabaríamos enloqueciendo y, en consecuencia, solemos considerarlas como una amenaza. Pero luchar contra las emociones es tan absurdo como tratar de enfrentarnos a brazo partido con una ola gigantesca, ya que es precisamente nuestra actitud de resistencia a las emociones la que provoca el desbordamiento y nos impide aprovechar la extraordinaria oportunidad espiritual que representan.

¿Acaso podemos hacemos amigos de nuestras emociones? ¿Cómo podemos aceptarlas? ¿De qué modo podemos aprender a dirigimos deliberadamente hacia ellas y convertirlas en un estímulo para el despertar?

Si aprendiéramos a sentir lo que estamos sintiendo, en lugar de reaccionar ante ello, condenarlo o tratar de eliminarlo, y nos adentráramos más profundamente en las emociones, tal vez pudiéramos aceptar más plenamente todo lo que la vida nos depare. A fin de cuentas, los problemas sólo son conflictivos cuando nos sentimos incómodos con los sentimientos que activan en nuestro interior.



El capítulo de las emociones es uno de los más confusos de toda la psicología moderna. Quien se acerque a la literatura de la psicología occidental con la intención de comprender lo que son las emociones, cómo surgen y cuál es su significado se encontrará con un desconcertante montón de teorías contrapuestas. Como dijo James Hillman después de haber realizado un exhaustivo estudio al respecto: «hasta el momento, las emociones siguen siendo un problema con solución inefable».'

A lo largo de toda su historia, la psicología occidental ha contemplado a las emociones con suspicacia y hasta con desdén como algo ajeno, diferente y separado de nosotros. Desde la época de Platón, las "pasiones" han sido consideradas como nuestra «naturaleza inferior». Según Freud. las pasiones se originan en el ello (en el "id"), «en ese caos primigenio, en ese caldero de bullente excitación», una visión que. obviamente, dificulta el proceso de llegar a aceptarlas como parte de nosotros mismos. Ésta ha sido la actitud tradicional con la que el pensamiento dualista occidental ha contemplado a las emociones como algo ajeno y separado de nosotros.

Es precisamente esta actitud la que alienta la necesidad de desembarazarnos de estas fuerzas extrañas a través del acting out o la represión. El mismo miedo que nos provocan pone claramente de relieve lo enajenados que estamos de nosotros mismos. Comenzamos alienándonos de nuestra propia energía, calificándola de un modo negativo, y acabamos concluyendo que se trata de algo ajeno. Luego empezamos a imaginar que las emociones son demoníacas y que albergamos monstruos en nuestro interior. Lo paradójico es que la misma actitud que nos lleva a juzgar y tratar de controlar a nuestras emociones es la que nos lleva a sentimos desbordados por ellas y alienta simultáneamente su irrupción, lo que aumenta nuestra alineación. Considerar las emociones como algo ajeno les otorga la posibilidad de que acaben controlándonos. Y es que este tipo de estrategias no hace sino dificultar su experiencia directa e inmediata.

El espectro de la experiencia sentida

Antes de entrar en el modo de trabajar más provechosamente con las emociones deberemos comprender cómo aparecen y de dónde extraen su fuerza. Nuestra vida sensible asume una gran diversidad de formas, desde las más globales y difusas hasta las más puntuales e intensas, un espectro de la experiencia sentida que podemos representar, como ilustra la Figura 3, con una campana de amplia base que va estrechándose en su parte superior:











Figura3. El espectro de la experiencia sentida

El fundamento del sentimiento: La vitalidad esencia
Nuestros sentimientos y emociones se originan en la corriente vital básica que discurre a través de nosotros. Según afirma el biólogo Rene Dubos, nuestra vitalidad básica es una sensación incondicional de fortaleza que subyace a todos los altibajos que nos deparan las circunstancias:

La mayor parte de la gente cree iiusoramente que sólo puede ser feliz si ocurre algo especialmente bueno. Por más extrañe que pueda parecer, sólo conozco una frase que exprese que la vida es buena per se. que el simple hecho de estar vivo es bueno... la expresión francesa joie de vivre, una expresión que significa que el mero hecho de estar vivo es una experiencia extraordinaria. Cualquiera puede ver la manifestación de esa experiencia observando los juguetones retozos de un niño o de un cachorro. Lo que ocurre en esos casos es algo completamente inmaterial que expresa la simple sensación de estar vivos. Con todo ello no estoy diciendo que nuestro estilo de vida nos haga necesariamente felices, ya que la evidencia patentiza de continuo la realidad del sufrimiento. Lo único que quiero señalar es que no. por ello, el mero hecho de estar vivo deja de ser una cualidad positiva.


Lo que Dubos describe aquí es el simple gozo de ser, la bondad básica, la sensibilidad primordial a la realidad que descansa en su núcleo y que no depende de que las circunstancias reales en que vivamos sean buenas o malas.

Al igual que el agua es el soporte de la vida en tanto que elemento universal presente en todos los tejidos vivos, esta vitalidad esencial es la fuente de nuestra sensibilidad y del flujo de la energía que nos alienta. Al igual que la tierra, la vitalidad y las sensaciones que dimanan de ella son el fundamento que nos sustenta y nos nutre. Al igual que ocurre con el aire que, cuando lo respiramos, estimula y vivifica todo nuestro cuerpo, la vitalidad abre un espacio móvil en el centro mismo de todo sentimiento que impide que nos quedemos fijados o cristalizados. Y, al igual que ocurre con el fuego, nuestra vitalidad esencial es un calor que irradia libremente en todas direcciones.

Esta vitalidad esencial es la fuente de nuestra sensibilidad y de nuestra salud. La fragilidad de nuestra piel y el complejo funcionamiento de nuestros sentidos, de nuestro cerebro y de nuestro sistema nervioso pone de manifiesto que el ser humano está organizado para permitir que el mundo penetre dentro de él, y nuestro sistema nervioso pone de manifiesto que el ser humano está organizado para permitir que el mundo penetre dentro de él, y nuestras emociones y sentimientos son respuestas distintas al modo en que el mundo nos afecta.
La sensación sentida

Entre la vitalidad pura y abierta y nuestros sentimientos y emociones más familiares se abre una zona de sensibilidad sutil a la que Gendlin denomina sensación sentida. Cuando, por ejemplo, me siento enfadado con un amigo, el enojo no es sino la punta del "iceberg" de una sensación más amplia de frustración. Este iceberg, mucho más amplio y profundo que el enfado, puede ser experimentado como una sensación sentida global en todo el cuerpo que asume la forma de un calor abrasador o tal vez de una tensión muy aguda. Y lo mismo podríamos decir con respecto a la desilusión, la desesperación, el dolor o la opresión, por ejemplo.

Para conectar con la sensación sentida que subyace a una determinada emoción podemos preguntamos: «¿cómo experimento globalmente esa situación?" Y, aunque una sensación sentida suela comenzar de un modo un tanto difuso -porque contiene muchas facetas de nuestra respuesta a una determinada situación-, una vez conectamos con ella y empezamos a articular lo que encierra, descubrimos mucha más información y posibilidades de las que fomentan nuestras reacciones emocionales familiares.
El sentimiento y la emoción

Los sentimientos -como la tristeza, la alegría o el enfado son más claramente reconocibles que las sensaciones sentidas, que suelen comenzar de un modo bastante incierto. Las emociones son una modalidad más intensa de las sensaciones. En este sentido, el sentimiento de tristeza puede erigirse sobre el sufrimiento, el sentimiento de irritación puede convertirse en rabia y el sentimiento de miedo puede transformarse en pánico. En cualquiera de los casos, uno de los rasgos distintivos de la emoción es que atrapa completamente nuestra atención, no puede ser ignorada y habitualmente asume una forma reiterada y predecible. Los sentimientos, por su parte, son más sutiles y fluidos que las emociones.




El origen de los conflictos emocionales

¿De qué modo acaban las emociones convirtiéndose en algo denso, claustrofóbico o explosivo? ¿Cuál es la diferencia que existe entre estar atrapados en las emociones y poder trabajar con ellas de un modo más constructivo? Supongamos que me despierto triste y que, en lugar de sentir la tristeza y dejar que me ponga en contacto con algo que está ocurriendo en mi vida. sólo presto atención a lo que amenaza mi sensación de identidad («Si me siento triste al despertar es que debe estar ocurriéndome algo grave. Sólo los fracasados se despiertan sintiéndose tristes»). Cuando un sentimiento amenaza la imagen que tenemos de nosotros mismos queremos alejamos naturalmente de él. Sin embargo, cuando calificamos negativamente la tristeza y la rechazamos, acabamos estancándola y perdiendo así el contacto con nuestra vitalidad esencial. Así es como acabamos sumidos en visiones oscuras y depresivas sobre nosotros mismos y en pensamientos e imágenes melancólicas que acabamos proyectando en el pasado y en el futuro («¿Qué es lo que me está ocurriendo?» «¿Por qué nunca estoy bien?).

Cuantas más vueltas doy a este tipo de argumentación, más triste me pongo y más oscuras se vuelven esas tramas arguméntales, entrando en una especie de círculo vicioso que aboca a las sensaciones más intensas de la depresión y la desesperación. Y. cuando la tristeza acaba estableciéndose como depresión y nos alejamos de ella, comenzamos a ver a todo el mundo, toda nuestra biografía y todos nuestros proyectos futuros bajo esa perspectiva. Así es como los pensamientos depresivos se expanden en todas direcciones y nos mantienen atrapados, y así es como lo que comenzó siendo un sentimiento fluido acaba convirtiéndose en algo denso, pegajoso y pesado.

Entonces reaccionamos en contra de nuestros sentimientos -tememos al miedo, nos indignamos con el enojo, nos deprimimos con la tristeza, etcétera-, lo cual es mucho peor que los sentimientos originales, porque acaba convirtiéndose en un circulo cerrado que se vuelve en contra nuestra. Entonces es cuando comenzamos

a girar en torno a sentimientos-que-dan-lugar-a pensamientos-todavía-más-intensos. enturbiando nuestras percepciones y llevándonos a decir o hacer cosas que luego lamentamos.

La disciplina de la meditación y la psicoterapia pueden ayudamos, de modos distintos, a salir de esta tendencia a quedar atrapados y perdernos en pensamientos y guiones emocionalmente cargados.




El enfoque terapéutico de las emociones

Al permitimos desplegar la sensación sentida más amplia que subyace a una determinada emoción, la terapia nos ayuda a salir de los círculos viciosos emocionales. Una sensación sentida contiene un abanico mucho más amplio de significados y de respuestas que el que nos proporciona la misma emoción. Cuando, por ejemplo, uno trabaja con una fuerte depresión, puede descubrir que está triste por no saber qué hacer con su vida, un descubrimiento que le lleva a salir de la depresión y a adentrarse más profundamente en el problema. O tal vez, bajo el enfado, podamos descubrir entonces la necesidad de comunicar algo esencial que pueda liberamos de nuestro estancamiento en el enfado.

La catarsis emocional puede ser importante y útil para la disolución de los problemas emocionales pero el despliegue de una determinada sensación sentida que clarifica nuestra relación con el problema en cuestión puede resultar mucho más liberador y conducir, a su vez, a un cambio corporal sentido que rompa la lógica de los guiones habituales y nos permita entablar un nuevo tipo de relación con la situación problemática. El cambio sentido, en suma, disuelve los estancamientos de la corriente de la conciencia y permite que vuelva a fluir con más libertad.

La terapia también nos ayuda a comprender la estructura de la identidad condicionada que genera los problemas emocionales.



Por ejemplo, trabajar psicológicamente con la tristeza y con la depresión, puede poner de relieve las fijaciones psicológicas que habitualmente permanecen ocultas -la inadecuación de la idea que tenemos de nosotros mismos para afrontar los retos que nos depara la vida o la inadecuación de nuestra visión del mundo como algo abrumador para poder hacerles frente más directamente. El trabajo psicológico con nuestras reacciones emocionales supone así un hito importante para liberamos de las pautas condicionadas que se hallan profundamente asentadas en la estructura de nuestra personalidad.

Pero una de las limitaciones del tratamiento exclusivamente psicológico de las emociones es la tendencia a convertir la investigación psicológica de los sentimientos en un proyecto interminable o en un fin en sí mismo. Una psicoterapia que sólo se centra en las pautas emocionales o psicológicas no suele ayudar a la persona a reconocer y acceder al fundamento mayor de la vitalidad primordial que se revela en los momentos de cambio y liberación sentida.






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