Psicología del despertar


La meditación, la psicoterapia y la amistad incondicional



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La meditación, la psicoterapia y la amistad incondicional


Cuando estudiaba terapia rogeriana en la facultad, solía estar intrigado y confundido por el término «consideración positiva incondicional» de Carl Rogers porque, aunque me parecía una actitud terapéutica muy interesante, me resultaba sumamente difícil de llevar a la práctica. Porque debo decir que la psicología occidental no me había enseñado nada acerca del corazón o bondad intrínseca subyacente a la psicopatología. Además, no existía ningún programa de formación concreto al respecto y, por tanto, no sabía hacia dónde dirigir mi atención. Más tarde la meditación me enseño a descubrir la bondad incondicional que yace en el centro mismo del ser humano y, consecuentemente también, a comprender el amor incondicional y el papel que desempeña en el proceso curativo.

El correlato budista de la consideración positiva incondicional es la amabilidad amorosa incondicional (maitri. en sánscrito y metta en pali), la cualidad que nos permite aceptar a los demás y a su experiencia. Pero es evidente que, antes de poder aceptar a los demás, debemos aceptamos a nosotros mismos. Y eso fue, precisamente, lo que me enseñó la meditación.

La meditación cultiva la aceptación incondicional enseñándonos simplemente a ser tal como somos, sin tener la necesidad de hacer nada en especial, sin aferrarnos a nada, sin tratar de tener buenos pensamientos, libramos de los malos pensamientos ni lograr un determinado estado mental. Se trata de una práctica radical que carece de todo parangón. Normalmente hacemos todo lo posible para evitar ser tal cual somos. No es infrecuente que. por ejemplo, cuando estamos a solas con nosotros mismos nos pongamos nerviosos y comencemos a juzgarnos o a pensar lo que deberíamos estar haciendo o sintiendo. Entonces nos ponernos condiciones y tratamos de ajustar nuestra experiencia a ciertas normas, un esfuerzo tan doloroso que siempre acabamos buscando algo que nos distraiga para no estar a solas con nosotros mismos.

Durante la práctica de la meditación, uno trabaja directamente con sus estados mentales confusos, sin emprender cruzadas contra este o aquel aspecto de su experiencia. Uno permite que las cosas se presenten tal cual son, sin tratar de mantener ni de eliminar nada, sin manipular en forma alguna la experiencia y sin tratar de acomodarla a ningún ideal. No conozco modo más amoroso y compasivo de tratarse a uno mismo y de aceptar el abanico completo de nuestra experiencia que abrirnos el espacio necesario para ser tal cual somos y dejar que las cosas se manifiesten sin detenernos en ellas y regresando a la simple presencia.

Entonces es cuando uno ya no tiene que seguir demostrando que es bueno porque ha descubierto la presencia de una salud que se encuentra más allá de todo pensamiento y de todo sentimiento, y se da cuenta de la simple belleza de estar despierto, receptivo y abierto a la vida. Esta sensación profunda y básica de bondad representa el nacimiento de maitri, la amabilidad incondicional hacia uno mismo.

Las tradiciones budista y taoísta han asimilado el descubrimiento de esta bondad esencial al proceso de clarificación del agua turbia. Naturalmente, el agua permanece clara y transparente, pero la agitación puede levantar el lodo del fondo y enturbiarla. Lo mismo ocurre con nuestra conciencia, esencialmente limpia y transparente, pero que también puede verse enturbiada por los pensamientos y emociones contradictorias. ¿Qué otra cosa podemos hacer -si queremos limpiar el agua sino dejar que se sedimente? Si hacemos cualquier esfuerzo por limpiarla, no haremos más que seguir ensuciándola. No conviene, por tanto, que nos digamos: «los pensamientos positivos me liberarán de la tristeza» porque así sólo conseguiremos hundirnos más en ella hasta acabar en la depresión. Tampoco nos interesa decirnos: «la expresión del enfado me liberará de la ira» porque, en tal caso, no haremos más que extender la suciedad. El agua de la conciencia sólo recupera su transparencia cuando nos damos cuenta de la suciedad y reconocemos que nosotros no somos el ruido provocado por la turbulencia del pensamiento y del sentimiento. Y es que, cuando dejamos de reaccionar ante él -lo que sólo enturbia más nuestra conciencia el barro puede volver a sedimentarse en el fondo.

Este descubrimiento fue el que me permitió aceptar incondicionalmente a mis clientes. Cuando empecé a practicar terapia y me di cuenta de que detestaba a ciertos clientes o a ciertas facetas suyas, me sentía culpable o hipócrita, pero finalmente llegué a comprender las cosas de otro modo. Aceptar amable e incondicionalmente a mis clientes no significa que tengan que gustarme, como tampoco significa que tengan que gustarme las distorsiones e intrigas de mi propia mente sino, muy al contrario, abrir el espacio para que esos nudos puedan comenzar a desenredarse.



Y es que, hasta aquel momento, había estado confundiendo la consideración positiva incondicional con la personalidad de Carl Rogers y con su forma no directiva de trabajar. Al fin comprendí que la amistad incondicional no siempre significa ser bueno y no directivo con mis clientes. A decir verdad, no siempre me gusta ser bueno y hay ocasiones en las que incluso me gusta desafiarles. De modo que, cuando finalmente conseguí desembarazarme de mi superego centrado en el cliente que me susurraba al oído que debía ser como Carl Rogers y que siempre tenía que albergal sentimientos positivos hacia mis clientes, pude comenzar a estar más plenamente presente con ellos. Era como si, cuando más podía estar conmigo, más podía estar también con los demás y permitirles ser ellos mismos.

Fue un gran alivio comprender que no tenía que aceptar ni amar incondicionalmente lo que es esencialmente condicionado: la personalidad. La amistad incondicional, por el contrario, es la respuesta natural a lo incondicional, la bondad y la apertura de] corazón que se halla detrás de todas nuestras defensas, racionalizaciones y pretensiones. El amor incondicional no es un sentimiento sino la voluntad de permanecer abierto, no es un amor de la personalidad, sino un amor del ser, un amor que se asienta en el reconocimiento de la bondad incondicional del corazón humano.

Afortunadamente, la amistad incondicional no supone tener que admitir lo que está ocurriendo sino, muy al contrario, permitir que emerja cualquier cosa e invitarlo a desplegarse más plenamente. Cuando trato de ayudar a que mis clientes orienten su amistad incondicional hacia un sentimiento difícil, suelo decirles: «No tiene por qué gustarle. Basta con abrir el espacio necesario como para que ese sentimiento se manifieste... y dejar también el espacio suficiente como para que también se manifieste su aversión».

La metáfora de dejar que el agua se sedimente y recupere sola su transparencia también se aplica al trabajo terapéutico. En el mejor de los casos, la terapia no implica analizar los problemas ni tratar de encontrar soluciones. Cuando un terapeuta puede tratar con una amabilidad incondicional cualquier cosa que aparezca en su cliente -permitiéndole estar y acompañándole-, está ayudándole a aceptarse a sí mismo y a su experiencia. Entonces es cuando pueden dar el siguiente paso -conectar con su experiencia y permitir que se ponga de manifiesto lo que está ocurriendo por debajo de la superficie.

La salud de los organismos vivos depende del libre flujo de la energía, algo que podemos ver claramente en el interminable ciclo del agua, la cuna de la vida, purificándose a través de la evaporación de los océanos, precipitándose en forma de lluvia sobre las montañas y regresando nuevamente al mar siguiendo los ríos. Lo mismo ocurre con la circulación de la sangre, que aporta oxígeno a las células al tiempo que permite la eliminación de las toxinas, un flujo cuya interrupción jalona el inicio de la enfermedad.

Cuando no reconocemos nuestra bondad esencial comenzamos a desconfiar de nosotros mismos, una desconfianza que obstaculiza el libre flujo natural del amor hacia uno mismo que nos mantiene sanos. Y es que la interrupción de este flujo natural provoca obstáculos y acorazamientos que acaban enfermándonos física y psicológicamente. Es también por esto por lo que, cuando el terapeuta extiende maitri, la amabilidad amorosa incondicional, hacia la experiencia y el ser de su cliente, pone las condiciones para que comiencen a disiparse las nubes de la autocensura y la energía pueda circular de nuevo libremente.

Esta comprensión me permitió acercarme a la psicoterapia de un modo completamente nuevo. Entonces descubrí que, en el mismo momento en que podía conectar con la bondad básica de mis clientes -el anhelo y la predisposición a ser quien uno es y a conectar plenamente con la vida-, no como un ideal ni como un mero pensamiento positivo, sino como una realidad viva, podía crear una especie de alianza con el núcleo esencial de salud que descansa en cada uno de nosotros. Y en tal caso podía ayudarles a permanecer consigo y atravesar cualquier cosa que estuvieran experimentando, por más terrible que pudiera parecer, como había aprendido sobre el cojín de meditación. De este modo, el hecho de estabecer contacto con la bondad básica que subyace a sus conflictos me permite conectar con la protunda vitalidad que circula en su interior y se mueve entre nosotros en el momento presente, lo que hace posible una conexión de corazón que alienta la auténtica transformación.

El modelo más ilustrativo de este método nos lo proporciona e) ejemplo de los bodhisattvas budistas que, en su compromiso por ayudar a todos los seres sensibles, unen la compasión a la sabiduría para descubrir al buda que se oculta detrás del sufrimiento de todos los seres humanos. Ver al buda en los demás no es un modo de negar o de quitar importancia a sus sufrimientos y a sus conflictos. Como dice Robert Thurman: «el bodhisattva ve al ser libre de sufrimiento que se oculta detrás del sufrimiento, lo cual le proporciona una compasión sumamente eficaz». Según el Vimalakirti Sufra, la compasión del bodhisattva «genera un tipo de amor que constituye un verdadero refugio para todos los seres vivos; un amor sereno que trasciende todo intento de apresar algo: un amor sosegado que está más allá de toda pasión; un amor ecuánime que coincide con la misma realidad; un amor que no pretende nada porque está más allá del apego y del rechazo; un amor no dual porque no depende de lo externo ni de lo interno; un amor que es inmutable porque está más allá del más allá».




El aikido de la terapia

Todas las pautas neuróticas y autodestructivas que nos generan sufrimiento son formas distorsionadas de la bondad básica que se oculta dentro de él. Por ejemplo, la hija de un padre alcohólico ve su infelicidad y quiere hacerle feliz para poder experimentar el amor incondicional, el amor del ser. Lamentablemente, sin embargo, su deseo de complacerle termina distorsionándose y llevándola a desatender sus propias necesidades y, en fin, a culparse, de no hacerle feliz, una situación que acaba condenándola a representar el papel de víctima con los hombres de su vida. Fijémonos en que, aunque su intento de complacer acabe desencaminándose, emerge originalmente de la generosidad y el respeto hacia su padre.

El agua cenagosa, a fin de cuentas, está compuesta de agua clara y, del mismo modo, todas nuestras tendencias negativas llevan consigo el germen de una bondad y una inteligencia básicas. El enfado, por ejemplo, puede ocultar una sinceridad que. despojada de todo reproche, puede convertirse en un auténtico regalo, del mismo modo que, la pasividad puede encerrar la aceptación y la capacidad de permitir que las cosas sean tal cual son, y por último, el odio hacia uno mismo puede contener el deseo de eliminar aquellas facetas de nuestra personalidad que nos oprimen y nos impiden ser más plenamente nosotros mismos. En consecuencia, debemos dejar de luchar en contra de las conductas negativas o contraproducentes que enturbian nuestra inteligencia más elevada.

Desde esta perspectiva, el trabajo psicológico se convierte en una especie de aikido, el arte marcial que no se opone a la agresión sino que trata de fluir con ella. Cuando advertimos el impulso positivo más profundo que se oculta detrás de nuestras estrategias egoicas ya no tenemos que seguir considerándolas como si fueran nuestro enemigo. Después de todo, estas estrategias son todas formas distintas de tratar de ser, lo mejor que pudimos hacer cuando éramos niños y, en este sentido, no resultan tan inadecuadas. Cuando comprendemos que hicimos las cosas lo mejor que pudimos dadas las circunstancias y cuando vemos al ego como un artificio -el intento de ser nosotros mismos en un mundo que no nos reconoció, no nos dio la bienvenida ni tampoco nos apoyó-, aumenta la comprensión y la compasión por nosotros mismos.

Nuestro ego es un testimonio claro de la fuerza del amor. Se desarrolló como una forma de protegernos de las amenazas percibidas a nuestra existencia, fundamentalmente, la falta de amor. Erigimos las defensas de nuestro ego precisamente en aquellas regiones en que era más patente nuestra carencia de amor, de modo que, cada vez que se pone en marcha una estrategia defensivas, prestamos tambien un homenaje implícito a la importancia del amor.

La meditación fue mi verdadero maestro de aikido. Cuando me sentaba en el cojín de meditación y veía desfilar ante mí multitud de «estados mentales patológicos», empecé a darme cuenta de que la depresión, la paranoia, la obsesión y la adicción son los climas cambiantes de la mente, estados mentales que no me pertenecen y que tampoco dicen gran cosa sobre quién soy. Este reconocimiento me ayudó a relajarme ante el espectro completo de mi experiencia y a investigarla con más detenimiento.

Y este aprendizaje resultó esencial para relajarme también con los estados mentales que aquejan a mis clientes. De este modo. por ejemplo, el hecho de trabajar con el miedo de un cliente constituye una excelente ocasión para aceptarlo como una experiencia muy intensa, sin dejar, por ello, que me perturbe, y también representa una oportunidad para trabajar una vez más con mi propio miedo. De la misma manera, las ocasiones en que debo ayudar a alguien a explorar su vacío interno constituyen también una oportunidad para ver esa parte de mí mismo. Este aprendizaje me ha permitido advertir la presencia de una sola mente que, no obstante, puede presentarse bajo multitud de ropajes diferentes. Cuando estamos trabajando, la conciencia de mi cliente y mi propia conciencia son los dos extremos del mismo continuo. Y, aunque esto pueda parecer un tanto extraño y místico, lo cierto es que tiene un sentido muy práctico. El miedo es esencialmente miedo, la inseguridad es esencialmente inseguridad y el deseo bloqueado es deseo bloqueado, aunque puedan asumir multitud de formas y significados en el caso de individuos diferentes. Así pues, la comprensión de que comparto la misma conciencia con mis clientes me ayuda a abrir mi corazón y no cerrarme a una posición de distancia clínica.

Cuando dos personas se encuentran y conectan, comparten la misma presencia de conciencia y no hay modo alguno de dividir netamente «su conciencia» de «mi conciencia». Y debo decir que no estoy hablando aquí de perder los límites convencionales ni tampoco de identificarme con los problemas de mis clientes sino de permitir que la experiencia de la otra persona resuene a través de mi. El trabajo terapéutico resulta mucho más grato y eficaz cuando puedo considerarlo como parte de nuestro viaje común por las turbulentas aguas de la mente hacia el descubrimiento del fundamento auténtico de la presencia humana.




12. LA DEPRESIÓN COMO PÉRDIDA DEL CORAZÓN

La depresión, tanto en su modalidad crónica (de baja intensidad) como en forma de ataque agudo (realmente agotador), es uno de los trastornos psicológicos más extendidos de los tiempos modernos. Sin embargo, nuestra cultura en general y los profesionales de la psiquiatría en particular consideran la depresión come una «enfermedad mental» a la que hay que eliminar lo antes posible, con lo cual pierden la posibilidad de acercarse a esa experiencia con la curiosidad y el interés necesarios para descubrir en ella algún significado. Y es que, aunque la depresión posea un importante componente somático que pueda ser adecuadamente tratado mediante fármacos, ejercicios, cambios de estilo de vida, dieta, fitoterapia o biofeedback, los enfoques exclusivamente centrados en la erradicación de sus síntomas nos impiden advertir los mensajes que encierra acerca de la relación que mantenemos con nosotros mismos, con el mundo y con la vida. Si realmente queremos curar la depresión -y no sólo extirparla deberemos empezar a considerarla como una oportunidad para superar los obstáculos que obstaculizan el logro de una vida más plena.

La depresión es una pérdida del corazón, una pérdida de la apertura -que, en términos budistas, «carece de origen y de final»y de la sensibilidad básica a la realidad en la que se asienta la salud y el bienestar, y que nos permite relacionarnos inteligentemente con la vida y estar agradecidos por la maravilla de la existencia. La misma necesidad de erigir complicados sistemas de defensa para protegernos de la realidad no hace sino mostrar la extrema sensibilidad de la mente y del corazón abiertos. La bondad básica del corazón humano -su sensibilidad intrínseca a la vida es incondicional, no es algo que tengamos que lograr o demostrar.


La génesis de la depresión:

La amargura hacia lo que es

La depresión aparece cuando dejamos de experimentar la bondad y vitalidad de nuestro corazón, y es un sentimiento de pesar y opresión que muy a menudo se deriva de la represión del enfado y del resentimiento. Y es que cuando, en lugar de considerar al enfado como una expresión adecuada de nuestra vitalidad, lo amordazamos, acaba estancándose y convirtiéndose en amargura. Las personas deprimidas mantienen en su interior esta amargura y le dan vueltas hasta acabar enfermando. Comienzan perdiendo el contacto con su bondad esencial y acaban convencidos de que ellos o el mundo son intrínsecamente malos.

La pérdida del corazón suele originarse en la sensación de tristeza o fracaso que acompaña a ciertas pérdidas concretas, como la pérdida de un ser querido, de un trabajo, de nuestras ilusiones más acariciadas, de nuestras posesiones, de la autoestima o de alguna pérdida que se remonta a la infancia. Todas estas situaciones socavan los puntos de referencia estables que proporcionan seguridad y significado a nuestra vida. una pérdida que las personas deprimidas suelen interpretar de un modo muy personal, culpándose por la falta de amor en su familia de origen, por no cuidar adecuadamente a su madre, por no complacer a su padre, por sus dificultades para encontrar un trabajo que les satisfaga, por sus problemas de relación, por el hecho de que su vida no discurra por los cauces planificados, etcétera. Es por ello por lo que desconfían de sí mismos y experimentan una sensación de ineptitud y de pérdida de control.


Se trata, pues, de una condición patológica que gira en torno a dos cuestiones fundamentales: el sufrimiento que se deriva de algún tipo de pérdida y la creencia de que ése es un problema estrictamente personal, es decir, de que en ellos hay algo intrínsecamente malo que, en consecuencia, no pueden modificar. Es evidente que, cuando las personas creen que su sufrimiento es el signo de que en ellos existe algo esencialmente malo, resulta demasiado doloroso abrirse a estos sentimientos. Es por este motivo por el que acaban alejándose de su dolor... con lo cual no hacen más que congelar el dolor y consolidar la depresión.


La huida de la vacuidad

La práctica de la meditación nos permite cobrar conciencia de que los puntos de referencia aparentemente estables en los que habitualmente asentamos nuestra seguridad están desvaneciéndose continuamente, una situación a la que la psicología budista se refiere como «las tres marcas de la existencia», los tres imponderables que configuran el sustrato básico en el que se despliega la existencia humana.

La primera marca de la existencia es la impermanencia, el hecho de que nada permanece siempre igual. En el plano extemo. nuestros cuerpos y el mundo físico están en un continuo procese de transformación, mientras que, en el plano interno, nuestros estados mentales y emocionales nacen y mueren instante tras instante. Cada estado mental comienza como una nueva realidad que. a los pocos minutos, se ve reemplazada por otra realidad diferente. No existe ningún estado mental que sea completo o último.

La segunda marca de la existencia -a la que suele denominarse ausencia de identidad del yo se deriva de esa omnipresente provisionalidad. Como todo lo demás, el yo que creemos ser se halla también en un continuo proceso de cambio. Aunque la noción, de estructura egoíca funcional posea un cierto valor explicativo, resulta imposible fijar, localizar o establecer una identidad egoica sustancial concreta, continua y definitiva. Y ante esta situación existen dos grandes tipos de respuesta: considerarla como una amenaza (y, en consecuencia, asustamos) o como la puerta de entrada a una verdad más profunda (en cuyo caso puede ayudamos a encontrar una fuente de consuelo más profunda).

La tercera marca de la existencia es el sufrimiento intrínseco a la vida humana: el sufrimiento que acompaña al nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte: el sufrimiento provocado por el intento de aferramos a cosas que cambian continuamente; el sufrimiento de no poder alcanzar lo que queremos; el sufrimiento de vernos obligados a afrontar lo que no queremos y el sufrimiento de hallarnos condicionados por circunstancias que se encuentran más allá de nuestro control. No existe nada en la vida que sea definitivo o completo, todo se halla en continuo proceso de cambio y no podemos controlar lo que nos ocurre, de modo que la verdadera satisfacción se nos escapa de las manos con la misma rapidez con la que, al acabar de llover, se desvanece el arco iris.

Estas tres marcas apuntan hacia la condición más fundamental de la existencia que la tradición budista conoce con el nombre de vacuidad, un término que apunta a la naturaleza inapresable e insondable de la realidad. No existe nada a lo que podamos aferrarnos que nos proporcione significado, satisfacción o seguridad duraderos. Nada es lo que esperábamos o creíamos que era. Nos casamos con la persona de nuestros sueños y acabamos dándonos cuenta de que ese matrimonio no nos proporciona la felicidad imaginada; gastamos una fortuna en un nuevo automóvil y pocas semanas después descubrimos que, después de todo, no era gran cosa; alcanzamos algo que deseábamos y acabamos descubriendo que no nos proporciona la plenitud que imaginábamos. En última instancia, no sabemos lo que estamos haciendo aquí, ignoramos lo que realmente queremos y desconocemos el sentido de nuestra vida. Todas estas experiencias ponen de manifiesto la verdad de la vacuidad, el hecho de que no hay nada realmente estable fuera del flujo de la realidad , nada a lo que podamos, en suma, aferrarnos. «Esto, sólo esto, siempre esto».

Pero la vacuidad sólo resulta terrible y desalentadora para quien trata de lograr algo o de alcanzar algún tipo de seguridad. Desde esta perspectiva, las diferentes psicopatologías son el resultado de nuestras distintas reacciones ante el vacío y ante las tres marcas de la existencia. El paranoico es el que cobra conciencia de su vulnerabilidad y trata de culpar a los demás («¿Quién está haciéndome esto?» «Todo el mundo está contra mí»); el sociópata trata de huir de cualquier modo de la provisionalidad de la existencia; el esquizoide y el catatónico se cierran para no sentirse afectados por las vicisitudes de la vida; el narcisista se empeña en consolidar a toda costa un yo, y el deprimido, por último, no deja de culparse a sí mismo por cómo son las cosas y por el sufrimiento que experimenta cuando descubre que la vida se le escapa de las manos.

La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya al sufrimiento, de sentimos vulnerables o tristes, de no poder descansar en los laureles, de que el trabajo, las relaciones o cualquier otra situación mundana no nos proporcione la plenitud. Si nos diéramos permiso para adentrarnos más profundamente en cualquiera de esas experiencias podríamos despertar al fundamento abierto de nuestra naturaleza esencial, la única fuente verdadera de felicidad y de alegría. Pero la depresión se empeña en moverse por derroteros diferentes, culpándonos y recriminándonos por no poder controlar la realidad, con lo cual dejamos de sentimos agradecidos por la vida tal cual es y perdemos toda capacidad de respuesta.

No obstante, la vacuidad -la naturaleza inapresable y abierta de la realidad no tiene por qué acabar conduciendo a la depresión. Ella es, precisamente, la que permite que la vida siga creándose y recreándose instante tras instante, la que posibilita la creatividad, la apertura, el crecimiento y la auténtica sabiduría. Si consideramos nuestra falta intrínseca de solidez como un problema o una carencia que debemos superar, esa actitud acaba volviéndose contra nosotros . entonces es cuando caemos presas de nuestro "crítico interno", la voz que nos recuerda de continuo que no somos lo bastante buenos. Esta actitud nos lleva a considerar las tres marcas de la existencia como la prueba palpable de nuestra culpabilidad en esa especie de juicio interno en e1 que nuestro crítico interno asume simultáneamente los papeles de fiscal y de juez. Es entonces cuando tomamos la visión del crítico por la realidad misma y acabamos creyendo que el mundo y nuestro yo son intrínsecamente malos.

La moderna cultura consumista no hace sino alentar la depresión. Todas nuestras adicciones materiales reflejan nuestro desesperado esfuerzo por huir de la vacuidad. Desde esta perspectiva, la única alternativa que se nos presenta cuando el matrimonio, la riqueza o el éxito no nos resultan satisfactorios es caer en la depresión.

Cierto joven acudió a mi consulta aquejado de una depresión clínica que se le había presentado de repente cuando dejó de encontrar satisfacción en las cosas que, hasta aquel momento, le habían interesado, como el surf, las chicas o salir con los amigos. Era evidente que estaba atravesando una crisis de identidad, pero se hallaba tan atrapado por la ideología materialista que no estaba en condiciones de afrontar aquella nueva situación. En lugar de advertir que la depresión podía encerrar un mensaje importante -el mensaje de que había llegado ya el momento de dejar atrás su antigua vida de perpetuo adolescente-, quería desembarazarse cuanto antes de ella para volver a su viejo estilo de vida. Desde su punto de vista, la depresión era un capricho del destino que se había cebado en él por razones que ignoraba. Y, si bien estaba a punto de tener su primer atisbo verdadero de las tres marcas de la existencia, el marco teórico de referencia de que disponía le llevaba a interpretarlas como una prueba palpable de su fracaso. No es de extrañar que, en tales circunstancias, se sintiera tan deprimido.


La depresión se mantiene mediante las "narraciones" -construcciones mentales, juicios o interpretaciones sobre la experiencia completamente equivocadas que nos contamos acerca de nosotros mismos o del mundo. Normalmente no nos damos cuenta de que nuestras historias son invenciones y creemos que constituyen el fiel reflejo de la realidad. Es por esto por lo que. para trabajar con la depresión, resulta esencial diferenciar nuestros verdaderos sentimientos de las historias que nos contamos acerca de ellos.

La meditación es un método muy eficaz para ir más allá de estas "narraciones". La atención plena nos permite cobrar conciencia del mismo acto de construcción de estas "narraciones", desvelarlas como tales y darnos cuenta de que siempre estamos tratando de sacar conclusiones acerca de quiénes somos, lo que estamos haciendo y lo que ocurrirá después. En este sentido, la práctica de la meditación enseña a desarrollar un sano escepticismo hacia las facetas narrativas de nuestra mente. Hablando en términos budistas, la práctica de la meditación alienta el cultivo de prajña, la sabiduría discriminativa que permite diferenciar la realidad de las creencias y la experiencia inmediata de nuestras interpretaciones mentales acerca de esta experiencia.

Por debajo de las historias que alientan la depresión descansan sentimientos más vulnerables como la incertidumbre, el dolor, el enfado, la impotencia y el miedo. Las distintas narraciones formuladas por el crítico interno -«no soy bueno», «nunca lo conseguiré» o «el mundo es un lugar frío y difícil»son juicios negativos y rechazos que no hacen sino consolidar nuestros sentimientos y es esa actitud -y no los sentimientos vulnerables que están debajo de ella la que acaba convirtiendo a la depresión en un problema.

Es posible trabajar con cualquier sentimiento en estado fluido pero, cuando lo interpretamos en función de nuestras "narraciones" negativas, lo estancamos y acaba convirtiéndose en una barricada. En este sentido, por ejemplo, el miedo fluido refleja la apertura y la sensibilidad de la vida, mientras que su estancamiento contribuye a la contracción, el desaliento y el letargo habitualmente asociados a la depresión. El enfado fluido, por su parte, puede proporcionarnos la energía necesaria para acometer el cambio, pero cuando se estanca se convierte -en manos del "crítico"en una especie de arma arrojadiza que se vuelve contra nosotros mismos. La incertidumbre, por último, permite abrirnos a nuevas posibilidades pero, cuando se estanca, aboca a la confusión y la apatía.

Además del miedo y el enfado, el principal sentimiento que subyace a la depresión es la aflicción o la tristeza. Es interesante señalar que el término inglés sadness ["tristeza"] está etimológicamente ligado a las palabras satisfecho o saciado, que significan pleno. Y es que la tristeza es una plenitud de corazón, un sentimiento de plenitud que aparece como respuesta cada vez que nos sentimos conmovidos por la cualidad dulce, transitoria e inapresable de la existencia humana. Esta plenitud "vacía" es una de las experiencias más significativamente humanas. La conmoción que nos provoca no saber quiénes somos y no poder controlar la fugacidad de nuestra vida nos conecta con la inmensidad y profundidad de nuestro corazón y nos invita a abandonar los puntos de referencia fijos en los que habitualmente nos apoyamos. Si censuramos o rechazamos esta tristeza, su inteligencia vital acaba congelándose y convirtiéndose en la depresión pero, si perdemos la oportunidad de conmover y despertar nuestro corazón que nos proporciona la tristeza, acabaremos literalmente perdiéndolo.

Por todo ello es importante que las personas aquejadas de una depresión aprendan a relacionarse más directamente con su experiencia inmediata instante tras instante hasta poder llegar a establecer contacto con su corazón y ver más allá de las historias negativas contadas por su crítico interno. Y es que, cuando experimentamos directamente lo que estamos viviendo, rara vez es tan malo como lo imaginamos. En realidad, resulta imposible experimentar nuestra naturaleza como algo intrínsecamente malo. A fin de cuentas, la misma noción de maldad básica nunca es una experiencia inmediata sentida, dino unas historia contada por nuestro crítico interno, una invención de nuestra imaginación. Pero. a diferencia de la maldad básica, la bondad básica puede ser experimentada concretamente cuando nos abrimos y conectamos incondicionalmente con la vida.






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