Psicología del despertar



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Poder y vulnerabilidad


En cambio, aprender a aceptar y relacionamos con nuestra vulnerabilidad es una fuente de poder y fortaleza real interna. El poder falso del macho* -que, en realidad, es una forma de control, contracción y tensión muestra una actitud manifiestamente débil, porque nos mantiene atados a la frágil sensación del ego. A fin de cuentas, la vida desafía continuamente todo intento de controlarla, y la energía que invertimos en mantener nuestras detensas no hace más que despojarnos de nuestra fortaleza.

Cuando nos relajamos en el fundamento abierto del ser y nos hacemos amigos de la desnudez y vulnerabilidad encontramos una fuente de poder más profunda y más real. Se trata de un tipo de fortaleza semejante a la del agua, el más vulnerable y blando de todos los elementos, por cuanto que todo puede penetrarla y se amolda a cualquier recipiente. Tal vez sea por esto por lo que, como dice el Tao Te King, termina desgastando incluso lo más duro. Así pues, el camino que conduce de la vulnerabilidad al poder pasa por la amabilidad y la bondad. De hecho, la bondad y la amabilidad son la respuesta más natural a la vulnerabilidad. Cuando vemos a un recién nacido, a un cachorro o a un amigo que sufre nuestra respuesta natural es la amabilidad. Sin embargo – y por más extraño que pueda parecernos-, no hacemos lo mismo con nosotros mismo con nosotros mismos ya que. para ser amables con nosotros mismos, tenemos que aprenderlo.

Quisiera ilustrar esto con un ejemplo. Un cliente de treinta y tantos años, a quien llamaré Ray. acudió a mi consulta aquejado de problemas de exhibicionismo, alcoholismo y un miedo a la homosexualidad que se derivaba de sus dificultades de relación con las mujeres. Su madre le había abandonado a la edad de seis años y había sido adoptado por uno de sus tíos, un macho que mantenía a raya su ternura y era incapaz de ser amoroso. No obstante, a pesar de ello Ray acabó identificándose con su tío.

He elegido a este cliente porque todos sus síntomas están, de un modo u otro. relacionados con la vulnerabilidad. Su exhibicionismo, por ejemplo, era un síntoma un tanto extraño, aunque simbólicamente perfecto, porque le permitía poner al descubierto su vulnerabilidad sin renunciar por ello a un cierto control y poder. Su homofobia estaba ligada al miedo a la sensibilidad. El alcoholismo -que le llevaba a emborracharse y degradarse era la forma que había encontrado su vitalidad para escapar del férreo control al que le sometía el ego. Su frialdad hacia las mujeres, por último, estaba claramente relacionada con el miedo a asumir una posición vulnerable.

La forma en que Ray se sentía fuerte y varonil consistía en, en sus propias palabras, en «estar siempre al borde». El alegorizaba la situación diciendo que era «como si estuviera conduciendo un coche por una autopista y los demás le impidieran correr porque iban demasiado despacio» simbolizando de ese modo la forma en que se controlaba a sí mismo. «Permanecer al borde», pues. era la forma en que controlaba la situación y se sentía como un hombre.

* En castellano en el original. (N. del T.) 214

Mi trabajo consistió en acompañarle y permanecer junto a él Aunque yo nunca pronuncié la palabra vulnerabilidad —ya que eso fue algo a lo que llegó por sí sólo-, era evidente que el trabajo pasaba por el reconocimiento de su vulnerabilidad y el descubrimiento de que el hecho de ser vulnerable no necesariamente significa ser una víctima. Cierto día dijo:

Ray tenía otra imagen de «estar al borde» según la cual se sentía como si estuviera colgado al borde de un abismo, un lema al que volvimos con cierta frecuencia investigando lo que podíamos hacer en esa situación. Si su amor no era correspondido o si su pareja le abandonaba, temía caer en un abismo y ser engullido por la angustia, el terror y el vacío. En cierta sesión en la que estaba experimentando esta sensación le pedí que prestara atención al sentimiento de «si ella me abandona no quedará nada». Cuando finalmente pudo permanecer presente ante aquel vacío sin juzgarlo, reaccionar ni sacar ninguna conclusión, experimentó un calor interno de un color rojo amarillento emergiendo del vacío, una experiencia que acabó con su equiparación mental entre la vulnerabilidad y la sensación de ser una víctima.

En cierto sentido, Ray se hallaba atrapado en la trampa clásica del macho, según la cual sólo podía sentirse fuerte manteniendo el control, lo cual le obligaba a permanecer siempre al borde. Pero había ocasiones en las que, detrás de su firme determinación a seguir acudiendo a consulta y trabajar con sus problemas, sus ojos dejaban entrever una sombra de impotencia y espontaneidad (que se expresaba a través del descontrol de la borrachera), revelando así la presencia de una ternura profunda que estaba intentando encontrar el camino de salida. De una u otra manera necesitaba, sin llegar a comprenderlo, mostrar su vulnerabilidad, algo que nunca antes había experimentado. Y con ello quiero decir que necesitaba ver, reconocer y aceptar su vulnerabilidad, es decir, asumirla conscientemente. Después de todo, nuestra conciencia es el sostén último de todos nuestros sentimientos y experiencias para que nunca más puedan desbordarnos ni aterrorizarnos.



Recuerdo que pasamos mucho tiempo suspendidos al borde del precipicio ahí y lo que pasaba si se abandonaba y se permitía caer en el vacío, en el entorno atento y compasivo de la terapia. Aquel trabajo le ayudó a darse cuenta de que la vulnerabilidad no necesariamente significaba aniquilación, desgracia, humillación, deshonor o abandono alguno, y descubrir, para su sorpresa, la posibilidad de ser. al mismo tiempo, amable y fuerte. Finalmente pudo superar su alcoholismo y casarse, un matrimonio que le obligó a asumir niveles de vulnerabilidad todavía más profundos.

Obviamente alguien podría objetar: «tal vez las personas que posean un ego fuerte puedan mostrar su vulnerabilidad, pero ¿qué ocurre con aquellas otras cuyo mundo está continuamente derrumbándose y no logran llegar a un acuerdo consigo mismos?». Desde luego que no trabajaría del mismo modo con los clientes que tienen una estructura egoica débil que con aquellos otros que poseen un sólido sistema de defensas porque, en aquel caso, mi primera preocupación se centraría en ayudarles a desarrollar la confianza y el respeto interno. Aunque, hablando en términos absolutos, el ego convencional sea una ficción, desde otra posee una utilidad relativa, especialmente para quienes carecen de una sensación de identidad estable. Una vez que se ha establecido cierta sensación de apoyo y confianza, es posible abrirse a la vulnerabilidad que acompaña al hecho de permanecer abiertos. Este tipo de confianza y amistad con uno mismo es especialmente importante en el caso de los clientes altamente perturbados, para que la vulnerabilidad no se convierta en una fuente constante de ansiedad.

Cuanto más desconfía el terapeuta de su propia vulnerabilidad, más probable es que se pregunte: «¿Qué es lo que ocurrirá si permito que mis clientes se acerquen al vacío existencia!? ¡Podrían saltar al abismo!» De hecho. Ray había pasado tiempo atrás por esa experiencia. En cierta ocasión en que estaba drogado experimentó que su mundo se desmoronaba y se vio obligado a ingresar en un hospital mental durante varias semanas, una experiencia que reforzó su decisión de .

Sin embargo, en mi opinión, el problema no reside tanto en el vacío como en nuestro miedo a esos sentimientos y a nuestra propia vulnerabilidad. Así pues, los llamados «malos viajes» no tienen tanto que ver con el vacío como con el modo en que reaccionamos a él y nos quedamos atrapados en el pánico. Es como si, de repente, apareciese una placa de hielo en la carretera y frenásemos bruscamente, perdiendo por completo el control del vehículo. Lo importante, pues, es el modo en que las personas se relacionan con su vulnerabilidad y con su miedo. Y ahí es donde la meditación puede ser de un valor incalculable, especialmente para el terapeuta ya que, si aprende a trabajar directamente con su propia vulnerabilidad y pérdida de identidad, se hallará en mejores condiciones para acompañar sin ansiedad a sus clientes hasta el borde mismo del abismo.

La meditación nos enseña a permanecer abiertos y a ser amables para permitir el colapso de nuestro mundo y descubrir que no sólo no acaba con nosotros, sino que nos hace más fuertes. El hecho de afrontar las situaciones más difíciles nos capacita para ser más compasivos con los demás y ayudarles también a aceptar su propia vulnerabilidad. Desde el punto de vista del budismo, la vulnerabilidad básica constituye el germen de la iluminación que ya se halla presente dentro de cada uno de nosotros. Es por esto por lo que, desde esta perspectiva, cuando permitimos que la ternura de nuestro corazón madure y se desarrolle, se transforma en una fuerza poderosa que puede traspasar todas las barreras internas creadas por los seres humanos. Y, en su forma plenamente desarrollada, ese corazón tierno y vulnerable se convierte en bodhichitta, el corazón despierto.

La vulnerabilidad es lo que permite la relación profunda entre el cliente y su terapeuta, entre el amante y el amado y entre el gurú y el discípulo. No debemos olvidar que uno de los atributos de Afrodita -la diosa del amor de la mitología griegason las armas, y que Eros también llevaba flechas consigo. Ello significa que sólo podemos amar de verdad si estamos dispuestos a ser heridos. En este sentido, vulnerabilidad significa

11. LA PSICOTERAPIA COMO PRÁCTICA DEL AMOR

El auténtico eros psicoterapéutico brota del desinterés y la reverencia ante la existencia y singularidad de cada paciente.



medard Boss
En una carta a Jung, Freud admitió que el psicoanálisis es, esencialmente, «una cura a través del amor». Pero, por más que muchos psicoterapeutas estén personalmente de acuerdo en la importancia del amor en el proceso terapéutico, el término amor  se halla curiosamente ausente de la literatura terapéutica... hasta un punto tal que bien podríamos decir que la psicología carece de corazón.

Mi interés por el papel que desempeña el corazón en la psicoterapia se originó en mi experiencia con la meditación. Aunque el pensamiento occidental defina a la mente como razón y al corazón como sentimiento, los budistas utilizan el mismo término sánscrito china para referirse a la mente y al corazón (de hecho, cuando los budistas tibetanos hablan de la mente, señalan a su pecho). Siglos de experiencia meditativa han acabado poniendo de relieve que la mente -el rasgo fundamental de la conciencia humanano es tanto la mente pensante como la gran mente, el conocimiento directo abierto y amoroso hacia todo lo que es.




Mi corazón y la bondad básica

El corazón no tiene nada que ver con el sentimentalismo, sino que es una presencia directa que nos permite sintonizar plenamente con la realidad. En este sentido se trata de la capacidad de conmover a los demás y de ser conmovidos por ellos, de conectar con los demás y de permitir que los demás conecten con nosotros. una doble actividad que nuestro lenguaje expresa cuando decimos, por ejemplo, «le entregué mi corazón» o «le abrí mi corazón», equiparando el corazón a una puerta batiente que se abre en ambas direcciones. Y es que. al igual que ocurre con el movimiento de sístole y diástole, la mente-corazón implica tanto la apertura receptiva a los demás (o dejar ser) como la salida activa para encontrarse con ellos (o ser con ellos). De formas muy diferentes, el trabajo psicológico y el trabajo espiritual engrasan las bisagras que permiten la apertura completa de esa puerta en ambas direcciones.

Nuestro corazón se cierra cuando no nos permitimos tener nuestra propia experiencia, sino que comenzamos a juzgarla, criticarla o tratar de convertirla en algo diferente de lo que es. No es infrecuente que, cuando nos sintamos enfadados, necesitados, dependientes. solos, desconcertados, tristes o asustados creamos que algo funciona mal en nosotros. Continuamente estamos poniéndonos condiciones a nosotros mismos y a nuestras experiencias: «Algo debe funcionar mal en mí cuando me siento así... Yo sólo puedo aceptarme cuando mi experiencia se ajusta a mi ideal».

El trabajo psicológico dentro de un contexto espiritual nos enseña a aceptar incondicionalmente nuestra experiencia, más allá del gusto o del desagrado. Y esto es algo que, obviamente, se ve alentado por la cordialidad, el respeto y la aceptación incondicional con que el terapeuta se abra a la experiencia de su cliente, sin importar cuál sea ésta. Los niños occidentales no suelen recibir este tipo de aceptación incondicional, por lo que acaban interiorizando las condiciones impuestas por sus padres o por la sociedad -«Sólo serás una persona aceptable cuando cumplas nuestras normas>- y, en consecuencia, siguen imponiéndose condiciones que no hacen sino seguir alienándose todavía más.

El Dalai Lama y muchos otros maestros tibetanos han expresado reiteradamente su sorpresa por el odio hacia sí mismos que los occidentales encierran en su interior, algo ajeno a las culturas budistas tradicionales, en las que existe una comprensión de que la mente-corazón -también conocida como naturaleza del Buda es incondicionalmente abierta, compasiva y sana. ¿Por qué deberíamos odiarnos si todos somos budas potenciales?

Según Chógyam Trungpa, la esencia de nuestra naturaleza es la bondad. Y con ello no quería tanto decir que las personas sean moralmente buenas -lo cual, considerando el mundo que nos rodea. resultaría un tanto ingenuo como que nuestra naturaleza primordial es incondicionalmente sana. porque se halla conectada con la realidad. Este tipo de bondad primordial trasciende las nociones convencionales de bondad y maldad, y se encuentra más allá de la personalidad y de la conducta condicionada que siempre entremezcla tendencias positivas y negativas. Desde esta perspectiva, las conductas malas y destructivas no son sino el resultado de la acción de personas que ignoran la salud que se oculta en su naturaleza esencial.






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