Psicología del despertar


La meditación y el camino que conduce más allá de la angustia



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La meditación y el camino que conduce más allá de la angustia


Pero todavía podríamos preguntarnos: «¿de qué manera nos libera de la ansiedad y el sufrimiento el hecho de que nuestra identidad sea una construcción arbitraria?». Aunque hayamos descubierto la insubstancialidad de la identidad del ego, todavía necesitamos de un camino que nos ayude a ir más allá de las nociones convencionales y limitadas del yo de otro modo podríamos caer fácilmente en la desesperación nihilista.



Y, del mismo modo, no basta, en el ámbito de la psicoterapia, con ayuda a las personas a desconstruir su antiguo yo falso, de sino que también es esencial ayudarles a ver lo que se oculta detrás de él. En tanto que meditador, soy muy consciente de la belleza que acompaña al primer momento en que un cliente se da cuenta de que ignora quién es, un momento, en mi opinión, realmente sagrado, porque jalona el posible advenimiento de una nueva forma de ser. La comprensión de que «no sé quién soy» aparece en un momento de la terapia en el que las viejas estructuras han comenzado a derrumbarse bajo el peso de una conciencia más elevada, pero todavía no ha aparecido una nueva dirección, una especie de interregno que constituye el umbral de un nuevo nacimiento.

Si podemos permanecer presentes y no retroceder ante el vacío acabaremos descubriendo que, cuando nuestra sensación familiar de identidad se desmorona, no aparecerá un vacío carente de sentido, sino una presencia más viva y más despierta que se experimenta como una auténtica liberación. Resulta ciertamente lamentable que los terapeutas convencionales estén tan poco familiarizados con el camino que conduce a través de ese vacío que suelan incurrir en el error de invitar a sus clientes a huir de él. Y es que la cultura y la psicología occidental no sirven de mucho a la hora de ayudarnos a afrontar los momentos de pérdida de identidad. La mayoría de las terapias occidentales se basan en una determinada teoría de la personalidad y se dirigen más hacia el conocimiento que hacia el no conocimiento, porque suelen basarse en la creencia tácita de la necesidad de saber siempre quiénes somos y de que, en caso contrario, nos hallamos en un verdadero problema.

Es por esto por lo que, cuando una vieja identidad inadaptada empieza a desmoronarse y el cliente no encuentra nada a lo que aferrarse, el terapeuta suele sentirse tan amenazado como el cliente. ¿Qué es lo que puede hacer el terapeuta en este punto? ¿Debe tratar de apuntalar la vieja estructura, aprestarse a crear una nueva o tal vez debe dejar que el cliente siga suspendido al borde del abismo? En estos momentos confío en mi propia comprensión de que ninguno de nosotros sabe realmente quiénes somos, que ésa es la naturaleza de nuestro ser. que. si tenemos un auténtico yo, éste reside, de algún modo. en el corazón mismo de ese lugar ignoto que se abre cuando nos adentramos profundamente en nuestra experiencia y que, si pudiéramos mantenernos ahí. descubriríamos el modo de permitirnos ser. sin tener la necesidad de ser algo.

La meditación proporciona un contexto para trabajar terapéuticamente con esos momentos. Durante un retiro de tres meses con mi maestro de meditación tuve una clara experiencia de colapso del mundo. Al cabo de seis semanas de retiro, las pautas y significados que hasta entonces me habían proporcionado sentido comenzaron a desmoronarse con una intensidad varios grados superior a la de mis viejos días existencialistas. Entonces comprendí que, aunque se tratara de un yo mucho mejor que el que nunca antes había tenido, no creía realmente en el yo que estaba construyendo y al que tanto me aferraba. Ignoraba lo que podría ocurrir si lo abandonaba, sabía que podía desmoronarme y no tenía la menor idea de adonde me conduciría todo aquello.

Yo sabía que el retiro meditativo era el entorno más adecuado para trabajar con este miedo y descubrí que podía permitirme ese colapso. El mismo clima de la práctica me invitaba amablemente a dejarme ir, ya que el objetivo global de nuestro trabajo era precisamente el de permitir que nuestro mundo se colapsara. permanecer ahí y descubrir qué ocurría. Con ello no quiero decir que lo que sucedió fuera "significativo", porque no encontré ahí un nuevo sentido que fundamentara la construcción de una identidad nueva y más adecuada, pero lo cierto es que tampoco caí en la sensación de falta de sentido y en la angustia existencial.

Renunciar a la necesidad de ser alguien y abandonar la lucha por aferramos a los viejos significados que configuran nuestra identidad permite abrir, aunque sólo sea brevemente, un claro en nuestra mente. Y todo ello, a su vez, pone de relieve una inteligencia y un bienestar básico que la tradición budista conoce como naturaleza búdica, la claridad, transparencia y cordialidad básica intrínsecas a la conciencia humana. No se trata del vacío neutro o espantoso del que habla el existencialismo. sino de algo tan resplandeciente y luminoso que impregna la oscuridad más profunda de una plenitud de presencia que trasciende toda confusión, racionalización, proyección, autoengaño y demás engaños en que solemos incurrir.

Los terapeutas suelen invitar a sus clientes a alejarse de la vulnerabilidad absoluta que acompaña al hecho de no tener nada con lo que identificarse y, en consecuencia, de no saber quiénes son. Pero lo cierto es que esa vulnerabilidad constituye un hito importante que puede conducirnos a un reconocimiento más profundo de nuestra condición humana.

Es cierto que los seres humanos somos animales que permanecemos de pie exponiendo nuestro corazón y nuestro vientre al mundo, pero también lo es que esto, a su vez, permite que el mundo externo penetre en nosotros. Tener la piel sensible significa estar expuestos a ser heridos con facilidad, una vulnerabilidad que se refleja en nuestra constitución psicológica como una ternura y receptividad que puede hacernos sentir vulnerables, una vulnerabilidad que puede permitimos volver a establecer el contacto con nuestro corazón y cambiar el modo en que nos relacionamos con los problemas que se nos presentan. Y no se trata de algo que nosotros tengamos que hacer, porque la vulnerabilidad aparece por sí sola en cierto momento del proceso.

Es interesante señalar que. en nuestra cultura, la palabra vulnerabilidad tiene ciertas connotaciones peyorativas porque solemos identificarla con pérdida de poder y de fuerza. Cuando decimos que alguien es vulnerable solemos querer decir que es débil, hipersensible y frágil. Pero es importante distinguir entre esta vulnerabilidad, intrínseca a la existencia humana, y la fragilidad característica de la identidad del yo, ese caparazón que construimos para proteger ese núcleo receptivo a través del cual el mundo penetra en nosotros. Es precisamente la vulnerabilidad la que nos lleva a protegernos detrás de una fachada o máscara que impone una cierta distancia entre el mundo y nosotros. Pero esa concha tras la que nos escondemos siempre es frágil y puede verse dañada -y aun destruida en los momentos de colapso del mundo. Es frecuente que, por otra parte, los demás puedan ver a través de esa fachada y que la muerte y otras circunstancias la rompan de manera irreversible. La vulnerabilidad que nuestra cultura asocia con la debilidad es la que nos lleva a estar siempre en guardia y tener que construir y mantener continuamente esta fachada.




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