Psicología del despertar


La vacuidad y el yo fabricado



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La vacuidad y el yo fabricado


El existencialismo trata de llenar con un nuevo sentido el vacío que se abre en los momentos de colapso del mundo con el intento heroico de forjar una respuesta auténtica e individual a la realidad. El budismo, por su parte, no trata, en modo alguno, de llenar ese vacío, sino que proporciona herramientas para adentrarnos más profundamente en él. De hecho, cuando leía las divertidas historias sobre maestros zen, parecía que estuvieran disfrutando de ese vacío, lo cual supuso un cambio radical en mi punto de vista. Y es que. desde la perspectiva proporcionada por el budismo, la desesperación que acompaña al colapso del mundo no es una condición final o última, sino un hito más en el camino de la transformación.

Al igual que el existencialismo, el budismo constituye una respuesta a la experiencia de colapso del mundo. El mismo Buda era un príncipe indio que nació en un mundo cargado de tradiciones y de significados sociales. Su vida estaba determinada de antemano por su padre y por su casta social, y estaba destinado a ser el heredero del reino de su padre. No obstante, el impacto que le provocaron cuatro momentos de colapso del mundo -la vejez, la enfermedad, la muerte y la visión de un santo errante fue tan demoledor que socavó los cimientos en que hasta entonces se había sostenido su vida y le llevó a tomar la determinación de emprender su propia búsqueda personal. Después de entregarse a las prácticas propias de los ascetas de su tiempo, decidió sentarse a meditar hasta llegar al fondo del problema, llegando a descubir la naturaleza ilusoria del yo convencional. Entonces fue cuando el Buda descubrió que todas las ideas que tenía sobre sí carecían de fundamento, substancia, solidez y continuidad. De hecho, esas mismas ideas eran las que le impedían tener una experiencia directa e inmediata de sí mismo y de la vida.

La psicología occidental también afirma que el yo convencional no es algo propio de la naturaleza de las cosas, sino un mero constructo. Nosotros somos quienes creamos nuestra identidad a partir de las «representaciones sobre uno mismo» y de las imágenes interiorizadas de las interacciones tempranas que sostuvimos con nuestros padres y con el entorno social. De este modo. nuestra conciencia acaba identificándose con distintos objetos de conciencia, ideas sobre nosotros mismos y sobre el mundo, nuestro trabajo, nuestras posesiones, nuestra historia personal, nuestros dramas, nuestros logros y nuestras relaciones más queridas. A todo ello nos aferramos porque nos hace sentir que existimos y que somos reales.

La palabra identidad proviene de un término latino que literalmente significa «lo mismo». En este sentido, tener una identidad literalmente significa tratar de ser el mismo día tras día. De este modo. nuestra identidad nos proporciona cierta solidez y la utilizamos para huir de la aterradora experiencia de colapso del mundo. Pero la identificación no deja de ser una forma de falsa conciencia. Una identidad fabricada nunca podrá ser real porque se basa en la identificación con cosas extrínsecas y, en consecuencia, jamás podrá proporcionamos una auténtica satisfacción y seguridad.

Pero ¿por qué necesitamos identificamos con cosas ajenas a nosotros como creencias, imágenes, posesiones, conductas, estatus social, etcétera? En este punto el análisis del Buda fue más profundo que el de los existencialistas, ya que su experiencia meditativa le permitió descubrir que la naturaleza de la conciencia era una apertura radical a la totalidad de la realidad.

Es cierto que Sartre también describió la conciencia como una no-cosa. Pero, desde su perspectiva, el ser humano está condenado a sentir eso como una carencia, como algo que contrasta porfundamente con la aparente solidez de una piedra o de un árbol (lo que llamó en-soi, el en-sí de las cosas). Un árbol es simplemente un árbol. Pero ¿qué es un ser humano? Mi padre es mi padre y un árbol es un árbol pero ¿quién soy yo? Queremos poseer el mismo tipo de solidez que tendemos a percibir en el Otro. «Los demás parecen no tener ningún problema en ser lo que son pero ¿por qué resulta tan difícil ser lo que soy?»

Pero, al envidiar la realidad aparentemente sólida del Otro, no llegamos a darnos cuenta de que nuestra conciencia es una presencia resplandeciente que permite que las cosas destaquen y se revelen tal cual son... en su talidad. Lamentablemente, sin embargo. tendemos a considerar nuestra amplitud y falta de solidez como una deficiencia, como algo que debe ser llenado o que debe ser consolidado. Pero el mismo hecho de vernos afectados por las cosas y de ver a los demás como algo sólido, significa que nosotros no somos sólidos, sino vacíos como un espejo y abiertos como el espacio.

Aquí es donde la práctica de la meditación puede revelarse como una herramienta sumamente provechosa, por cuanto nos ayuda a comprender que nuestra falta de solidez no es una espantosa carencia sino, muy al contrario, una presencia y una claridad extraordinarias. La meditación nos permite advertir los intentos realizados por la mente para aferrarse al flujo de pensamientos, sentimientos y percepciones provisionales y de identificarse con ellos, pero tal cosa nunca es posible. Quizá sea posible llegar a una conclusión provisional sobre las cosas pero, poco tiempo después, nuestra mente se halla en una posición diferente. Resulta imposible, pues, aferrarse a nada y, en este sentido, la meditación nos proporciona una experiencia directa de la falta de solidez del yo.

Pero esa necesidad no necesariamente conduce al terror existencia!. Cuando uno aprende a meditar, se descubre de continuo tratando de hacer algo con los pensamientos, identificarse o desidentificarse de ellos, luchar por asumirlos o por alejarlos, poseerlos, en suma, o rechazarlos. En la medida en que la práctica de la meditación va profundizándose, uno acaba descubriendo la imposibilidad de mantener continuamente esta actitud de identificación o de rechazo. Entonces es cuando descubrimos la presencia de espacios vacíos entre un determinado momento de fijación mental y el siguiente, espacios en los que ocurre algo completamente diferente y desconocido. Gradualmente vamos descubriendo la aparición de momentos de relajación en los que «soltamos nuestra presa». En la medida en que seguimos sentados y vamos relajándonos en el espacio abierto, descubrimos un sustrato más elevado de conciencia y de paz al que podríamos denominar el fundamento abierto de nuestro ser. un descubrimiento que nos revela un tipo de liberación que se encuentra más allá de la libertad existencia! que supone tomar decisiones significativas. Éste el comienzo del camino que trasciende la desesperación existencial.

Creo que la mayoría de nosotros sabemos que la vida se halla en un proceso de cambio continuo, que la esencia de la vida es ir hacia delante y que es imposible avanzar a menos que abandonemos lo que ya hemos sido. Pero, por más claramente que lo sepamos, el colapso de las viejas estructuras -y, en particular, el colapso de nuestra sensación de identidad resulta sumamente doloroso. La vida es un flujo incesante y, en consecuencia, debemos estar dispuestos a atravesar una serie de crisis de identidad, sobre todo en una época tan acelerada como la nuestra, en donde los significados que sustentan la vida de las personas se erosionan más rápidamente y las crisis de identidad experimentan una escalada sin precedentes.

La meditación nos proporciona una forma de aprender a aceptar y a soltar. Cuando nos sentamos a meditar podemos advertir que casi todos nuestros pensamientos giran en torno a nosotros mismos. De hecho, el pensamiento es una forma de mantener una cierta coherencia entre un momento y el siguiente. Es por esto por lo que, cuando dejamos de reforzar nuestros pensamientos, el yo que hemos estado tratando de erigir y adornar con tanto esmero se desmorona ante nuestros ojos. Es como si, en el mismo momento en el que dejamos de consolidarlo, se desarticulase ante nosotros y entonces pudiéramos ver con suma claridad cómo, al construirlo y mantenerlo, no hacemos sino grnerar más sufrimiento y malestar.

La naturaleza ilusoria de una identidad continua y sólida no es una idea exclusiva del budismo. Tambien en la tradición occidental nos encontramos con esa misma idea aunque, en este caso, no procede de la práctica meditativa, sino de un análisis exclusivamente filosófico. David Hume. por ejemplo, señaló que nunca podemos observar la presencia de un sujeto separado sino de distintos objetos de conciencia («por mi parte, cuanto más penetro en lo que llamo yo siempre tropiezo con una percepción u otra; nunca me atrapo a mí mismo»). También William James llegó a la conclusión de que el yo continuo es una creencia construida a partir de la interminable secuencia de pensamientos que se solapan y, en el proceso, generan una ilusión de propiedad (ver la cita de James que presentamos en el Capítulo 3). Esta ilusión -en la que cada pensamiento coge el testigo que le transmite el pensamiento precedente y lo pasa al pensamiento posterior crea la ilusión de un pensador central que se halla por encima -o por detrásde la corriente de la conciencia. Sartre también escribió acerca de la ilusoriedad del yo: «todo ocurre como si la conciencia estuviera hipnotizada por ese yo que ha construido y asentado, y se absorbiera en él como si fuera su custodio y su ley».




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