Psicología del despertar



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El Malestar Básico


Continuamente estamos juzgando, rechazando y eludiendo aquellos aspectos de nuestra experiencia que más incomodidad. sufrimiento y ansiedad nos provocan, embarcándonos en una lucha interna que nos escinde interiormente y nos aleja de la totalidad. Esto es algo que aprendimos en nuestra más temprana infancia, cuando nuestro sistema nervioso se veía desbordado por sentimientos que no podíamos gestionar... y mucho menos todavía comprender. Así fue como aprendimos a cerrarnos y a contraer nuestro cuerpo y nuestra mente fundiendo, por así decir, los fusibles para que nuestros circuitos internos no sufrieran un mayor daño cada vez que nos veíamos desbordados por experiencias demasiado intensas y los adultos de nuestro entorno no supieron ayudarnos. Así fue como aprendimos a protegernos... y a separamos, simultáneamente, de nuestro enojo, de nuestra necesidad de afecto, de nuestra ternura, de nuestros deseos y de nuestra sexualidad. Y así fue también como aprendimos a emitir todo tipo de juicios negativos sobre las facetas que más sufrimiento nos causaban y, al mismo tiempo, a retirar nuestra conciencia de ellos.

Por ejemplo, cuando, nuestra necesidad de amor se veía frustrada era demasiado doloroso experimentar esa necesidad. Así fue como aprendimos a cerrar nuestra conciencia para alejarnos de esa necesidad y del sufrimiento asociado que le acompañaba. Es por ello, que seguimos contrayéndonos cada vez que nos sentimos desbordados por la necesidad de amor y somos incapaces de funcionar en aquellas regiones de nuestra vida que evocan sentimientos que nunca hemos aprendido a aceptar. Y esta huida del sufrimiento primordial origina un nivel secundario de sufrimiento que restringe nuestra conciencia y nos sume en la contracción.


Crear una identidad basada en la contracción

Llega un momento en el que todas estas contracciones se articulan en un estilo global de evitación y rechazo que nos lleva a desarrollar una identidad o una visión de nosotros mismos basada en el rechazo de los aspectos dolorosos de nuestra experiencia. Si, por ejemplo, no podemos hacer frente al enfado, tratamos de convertirnos en «una buena persona», pero esa identidad siempre es parcial y limitada, y jamás recoge la totalidad de nuestra experiencia, la totalidad de lo que somos. Se trata de una identidad basada en la identificación con los aspectos de nuestra experiencia que más nos gustan y en el rechazo de aquellos otros que nos desagradan.

Y, puesto que se trata de una identidad ajena a lo que realmente somos, requiere un continuo esfuerzo para protegerla de los ataques de una realidad que amenaza con socavarla. Es como si continuamente nos viéramos obligados a apuntalar un frágil dique para no vemos desbordados por las olas del océano que, siguiendo con esta metáfora, es como el océano, siempre dispuesto a romper nuestra visión limitada de nosotros mismos que obstaculiza su libertad de movimientos. Y esta necesidad incesante de controlar la experiencia para alejamos de todo aquello que ponga en peligro nuestra identidad genera un tercer nivel de sufrimiento, un estado continuo de tensión y ansiedad.

Así pues. el sufrimiento psicológico está fundamentalmente compuesto de tres estratos diferentes: el sufrimiento básico de los sentimientos que amenazan con desbordarnos; la contracción corporal y mental para evitar sentir ese dolor, y el esfuerzo continuo por mantener y proteger una identidad basada en la evitación y el rechazo.

Una de las formas en que tratamos de mantener nuestra identidad consiste en el desarrollo de un complejo conjunto de racionalizaciones -narraciones sobre lo que somos y sobre lo que es la realidad que nos sirve para justificar la evitación y el rechazo. Estas narraciones –que no tiene por qué ser conscientes y que a menudo son como los sueños, y están compuestas de imágenes y expectativas subconscientesson interpretaciones mentales de nuestra experiencia, un modo de organizar nuestras creencias en una visión global de la realidad.

Por ejemplo, a este propósito recuerdo el caso de una mujer cuyo padre había permanecido muy distante durante su infancia. que tenía dificultades para reconocer su necesidad de contacto emocional y que justificaba su rechazo de esta necesidad con la siguiente historia: «los hombres no están emocionalmente disponibles y. puesto que una nunca puede confiar en ellos, sería estúpido que me permitiera necesitar a un hombre». Era precisamente por esto por lo que, cuando mantenía una relación, se contraía como para mantenerse alejada de su propia necesidad y no hallarse nunca en una posición vulnerable. Pero, como resultado de todo ello, los hombres acababan abandonándola porque no podían establecer un contacto real con ella, lo cual no hacía sino reforzar su guión vital de que «con los hombres no se puede contar».

Y es que las historias acaban convirtiéndose en una suerte de profecías autocumplidas. Una historia crea una realidad que, a su vez, refuerza la historia, ocasionando así un círculo vicioso que nos encierra cada vez más en un falso yo y en una visión distorsionada de la realidad.

¿Por qué malgastamos tanta energía en mantener un falso yo que nos aleja de la totalidad de nuestro ser? A pesar del sufrimiento que ocasiona, la imagen que tenemos de nosotros mismos se mantiene porque al menos nos proporciona una sensación de que «yo soy esto». Es cierto que este ego falso genera una tensión y una escisión interna, pero también lo que es, al menos, nos proporciona una cierta ilusión de estabilidad y permanencia en medio de la incertidumbre y del flujo de la existencia. Y, aun en el caso de que su historia sea «yo no soy nada ni nadie» eso, al menos, es algo y, en consecuencia, nos proporciona una cierta seguridad.




La presencia incondicional y la curación

Si pudiéramos identificamos completamente con el falso yo no nos causaría tanto sufrimiento, porque simplemente sería lo que somos. El sufrimiento se deriva de un estrato internamente más profundo que se siente limitado por esta identidad y sufre cuando no estamos completamente vivos. Esa inteligencia más profunda que se oculta en nuestro interior sufre cuando se siente atrapada en una intrincada red de historias, creencias, guiones y conductas que la mantiene alejada de su naturaleza esencial. Y es que, cuando no realizamos todas nuestras posibilidades expansivas, nos vemos abocados al sufrimiento.

El primero y más difícil de los pasos del proceso de curación consiste en darse cuenta de la desconexión de nuestro ser más profundo y del sufrimiento que de ello se deriva. En ese mismo dolor se asienta nuestra curación. Es por esto por lo que, cuando nos alejamos de él, no hacemos más que agregar un nuevo eslabón a la cadena de la contracción y el rechazo en los que se asienta nuestro malestar. En cambio, cuando nos abrimos a esta herida volvemos a establecer contacto con aquellos aspectos de nuestra experiencia de los que nos habíamos alejado. Por tanto, el primer paso de la curación consiste en reconocer nuestro malestar.

Obviamente, no resulta tan sencillo admitir nuestro dolor y nuestra desconexión de nosotros mismos ya que, apenas empezamos a mirarla, aparece una historia, una creencia, un pensamiento o una fantasía que cumple con una función distractiva. En cuanto nos preguntamos «¿qué es esto?» o «¿por qué me siento tan mal?», nuestra mente se pone inmediatamente en marcha y dice: «Ah, ya sé. Esto es x o esto es y. Estoy identificado con mi madre. Éste es mi complejo de inferioridad. No es nada importante, nada que merezca mi atención. Todo el mundo tiene problemas». Sin embargo, todas esas historias, constituyen un obstáculo para la curación, porque nos mantienen atrapados en la contracción y el rechazo y lejos, en consecuencia, de nuestra propia experiencia.



Éste es el motivo por el cual es impórtame que los psicoterapeutas ayuden a sus clientes a discriminar claramente entre sus historias y su experiencia vivida. Cuando, por ejemplo, le pregunto a un cliente cómo se siente y él me responde: «Me siente estúpido», yo me veo obligado a apostillar: «Ése no es un sentimiento. Usted no se siente estúpido. Ésa no es más que una historia que usted se cuenta sobre sí mismo. ¿Qué es realmente lo que siente?» Tal vez entonces responda: «Bueno, la verdad es que. cuando trato de hablar con mi mente, me siento inseguro y asustado». Ése sí que es un sentimiento.

Es evidente que, para ello, los terapeutas y los sanadores tendrán que saber distinguir muy claramente entre sus propias historias de lo que está ocurriendo y las historias de sus clientes. Y ese no es nada sencillo porque a los terapeutas les gusta pensar que saben lo que les ocurre a sus clientes; a fin de cuentas, ellos son profesionales que se han entrenado durante muchos años y conocen bien el funcionamiento del psiquismo. Pero hay que decir que, en el trabajo terapéutico, el conocimiento no es un agente curativo porque, aunque pueda ser una ayuda muy valiosa, el cliente puede experimentarlo como otra forma de rechazo. El único modo de alentar la curación consiste en acabar con el rechazo mismo que origina el malestar.

No debemos olvidar que el malestar psicológico se deriva de una visión fija y limitada de nuestra experiencia y que, en consecuencia, el simple hecho de asumir un punto de vista diferente no alienta la verdadera curación. Tal vez se trate de un punto de vista más adecuado, de un buen punto de vista, de un punto de vista maravilloso o del mejor de los puntos de vista pero, si sólo es otro conjunto de creencias y de actitudes, jamás será curativo, porque no dejará de ser otro marco de referencia que no puede dar cuenta de todas las dimensiones de la experiencia, otras gafas a las que, más pronto o más tarde, tendremos que renunciar.

En lugar de elaborar compartimentos más grandes o más elegantes, necesitamos desarrollar el único antídoto posible para todas nuestras visiones limitadas de la realidad, permanecer presentes con nuestra experiencia tal cual es. Ésta es la presencia incondicional a la que algunos denominan mente del principiante. Como dijo Suzuki Roshi: «En la mente del principiante existen muchas posibilidades, en la del experto solo hay unas pocas». Todos nosotros somos expertos en nosotros mismos y, en ese sentido, hemos perdido la capacidad de estar presentes con nuestra experiencia de un modo fresco y abierto.

Aunque los terapeutas piensen a menudo en sí mismos como expertos en el conocimiento del ser humano, la verdad es que no existe ningún experto en el dominio de la experiencia humana. Y esto es así porque la naturaleza de la experiencia humana es ilimitada y abierta. Si usted es un experto, su pericia se basa en lo que sabe y lo que usted sabe no deja de ser un conjunto de cajas, una colección de conceptos, recuerdos, creencias e ideas sobre la realidad, pero no la realidad misma.

La mente de principiante supone estar dispuesto a afrontar de un modo nuevo cualquier cosa que aparezca, sin mantener ninguna idea fija sobre lo que ello significa o sobre el modo como debe desplegarse, un estado de apertura que trasciende todos los prejuicios y creencias, y nos permite ver las cosas de un modo nuevo y descubrir nuevas posibilidades. Y aunque se trate de lo más sencillo del mundo también es, simultáneamente, lo más complicado.

Si yo le preguntara: «¿Cómo se siente ahora mismo?, ¿qué está pasando en usted?» y usted mira en su interior, lo más honesto sería responder: «No lo sé». Porque si, en ese momento, usted ya sabe lo qué está ocurriendo, probablemente no sea más que un pensamiento, su mente aferrándose a una de las islas conocidas del gran océano de lo desconocido. En lugar de ello, pues, renuncie a toda respuesta y siga sencillamente preguntándose.

Si observa en su interior descubrirá que no hay nada a lo que pueda aferrarse, nada que pueda acomodarse fácilmente a cualquier respuesta concebida de antemano. De hecho, nuestra experiencia presente es mucho más amplia y rica que cualquier cosa que podeamos saber o decir en un determinado momento. Para conectar con el poder curativo de nuestro interior es preciso que nos permitamos no saber y que establezcamos contacto con la textura fresca y viva de nuestra experiencia, más allá de todo pensamiento familiar. Cuando realmente expresamos lo que estarnos sintiendo nuestras palabras se llenan de un poder verdadero.

Como sucede con cualquier otro encuentro íntimo entre dos  seres humanos, el diálogo terapéutico está lleno de misterio y de sorpresas. Es por esto por lo que los grandes terapeutas están más interesados en lo que ignoran de sus clientes que en lo que saben Cuando el terapeuta opera desde el conocimiento es más probable que caiga en la manipulación, mientras que, cuando lo hace desde el no conocimiento, es más probable que lo haga desde la presencia auténtica. Cuando nos permitimos no saber lo que tenemos que hacer, a continuación abrimos las puertas a una cualidad de atención más serena y más profunda.

El trabajo de supervisión de terapeutas me ha permitido descubrir que éstos suelen temer los momentos de incertidumbre. El entrenamiento terapéutico rara vez enseña al profesional a permanecer abierto y atento a lo desconocido. Por esto, cuando los terapeutas no saben bien qué hacer o qué decir, suelen sentirse incómodos y en seguida echan mano a su arsenal de técnicas o no tardan en desviar la atención de sus clientes hacia un terreno más seguro y familiar, desaprovechando así las posibilidades creativas que les proporciona el momento presente.

¿De qué manera podemos permanecer presentes con nuestra experiencia? Aunque habitualmente no nos demos cuenta de ello, la presencia más profunda se halla presente siempre en el fondo de nuestro ser. Lo que normalmente advertimos son las islas que hay en la corriente de la conciencia, nuestros pensamientos, los lugares en los que va aterrizando nuestra mente. Sólo nos damos cuenta de los lugares en los que nuestra mente aterriza y no advertimos el espacio que conduce de uno a otro que, dicho sea de paso, nuestra mente atraviesa volando como si fuera un pájaro. Aunque siempre esté presente, no solemos percibir el espacio que existe entre un pensamiento y otro. Tal vez, si hablo muy despacio. usted... puede... comenzar... a... darse... cuenta... del... espacio... existente... entre... las... palabras.

¿Qué es lo que ocurre en esos huecos? Normalmente no nos damos cuenta de ellos porque estamos demasiado ocupados relacionando nuestro pensamiento con nuestra identidad egoica. Y es que el ego se asusta ante esos huecos, porque representan una pérdida de control. Pero lo cierto es que esos huecos representan los puntos de la entrada en la conciencia serena y no conceptual que siempre está presente. Cuando nos asentamos en ella, se convierte en la presencia incondicional que consiste simplemente en permanecer abierto y desinteresado a todo lo que es sin tener que cumplir ninguna agenda. Así pues, cuando nos relacionamos con nuestra experiencia de un modo amable, no reactivo y permisivo, nos abrimos al abrazo de nuestra naturaleza incondicionada superior. Y es precisamente ahí-donde se pone de manifiesto nuestra salud básica, como un loto que emerge del estiércol de la neurosis y de la confusióndonde realmente puede tener lugar la curación de nuestro yo condicionado.

De hecho, es imposible fabricar la presencia incondicional porque siempre está ahí, como el sol, detrás de las nubes de nuestra mente ocupada. Éste es, precisamente, el gran descubrimiento realizado hace ya miles de años por las grandes tradiciones meditativas. La conciencia pura es el conocimiento directo, no creado, claro y fluido como el agua. Aunque nadamos en el océano de la conciencia pura, nuestra mente está continuamente ocupada saltando de isla en isla, de pensamiento en pensamiento, sin descansar nunca en su fundamento. Sin importar cuan ocupada se halle nuestra mente, nuestra conciencia incondicionada siempre opera silenciosamente en el trasfondo. Esto es algo a lo que todo el mundo tiene acceso, es nuestra realidad más íntima, tan próxima que resulta lo más difícil de ver.

Cuando nos abrimos a la presencia superior, nuestra personalidad condicionada trata de escapar o de aferrarse a ella y situarla en sus casilleros favoritos. Aunque, por ejemplo, podamos abrimos de un modo nuevo a alguien a quien amemos, esto también puede dar miedo, de modo que nos cerramos rápidamente. En un determinado momento podemos estar escuchando muy atentamente una pieza musical y al instante siguiente ya nos hemos distraído o tratamos de capturar ese momento, que es otro modo de cerrarnos a la presencia. Tampoco se trata de que no nos cerremos. ya que todo lo que podemos hacer es darnos cuenta, una y otra vez. del modo como nos afecta. El único modo de despertar de nuestra distracción consiste en cobrar conciencia de nuestra falta de conciencia y permanecer presentes con nuestra falta de presencia.

Los terapeutas suelen cerrar inadvertidamente la experiencia de sus clientes situándola en casilleros conocidos. Si el terapeuta, por ejemplo, no puede permitir que su cliente permanezca abierto al espacio más amplio de su ser, si no puede dejar que esa apertura siga su propio ritmo o la interpreta convencionalmente, el cliente puede regresar rápidamente a su vieja identidad conocida. Hay ocasiones en las que el cliente puede abrirse a un sentimiento que el terapeuta se resista a experimentar. En tal caso es necesario que el terapeuta esté dispuesto a aventurarse en territorio desconocido porque, en caso contrario, se verá obligado a dar un paso atrás, ofrecer una receta rápida o tratar de dirigir al cliente en otra dirección.

En mi opinión, los terapeutas más eficaces son aquellos que pueden incorporar a su trabajo una presencia auténtica. Permitir que una persona tenga su propia experiencia tal vez sea el mejor de los regalos que pueden ofrecerse. Pero, aunque la presencia abierta sea natural y espontánea, la capacidad de reconocerla y sostenerla en medio de las distracciones de la mente requiere un entrenamiento y una práctica adecuados. Lamentablemente, sin embargo, la formación profesional de los psicólogos se centra fundamentalmente en el conocimiento y la información, sin mencionar siquiera lo que, para mí, resulta más importante: la capacidad de permanecer ecuánimemente presente a la experiencia tal cual es.

Este es el motivo por ei cual la meditación constituye una herramienta muy provechosa para los terapeutas y sanadores, ya que nos enseña a permanecer con nuestra experiencia tal cual es y nos permite estar más cómodos con los huecos en los que se desvanece nuestra identidad. Entonces es cuando descubrimos que, si dejamos de aferramos a nuestra identidad familiar, no pasa nada especialmente negativo. Entonces nos damos cuenta de que el sufrimiento y el miedo sólo se consolidan y nos atrapan cuando nos contraemos ante ellos. Entonces vemos que ningún estado mental tiene ninguna finalidad y que sólo se estanca y consolida cuando constituimos historias en torno a su significado. Entonces aprendemos a confiar en lo desconocido como una guía viva y fresca del momento presente. Esta confianza permite que los terapeutas puedan empezar a desembarazarse de su conocimiento y poner las condiciones necesarias para esto, que es necesario para ayudar a sus clientes, emerja también espontáneamente.

La presencia incondicional promueve la curación permitiéndonos ver el modo en que estamos contraídos y sentir su impacto en nuestro cuerpo y en nuestra relación con el mundo. No basta simplemente con ver, ni tampoco con sentir, sino que debemos ver y sentir. Es evidente que, ver, sentir y penetrar con la conciencia en una pauta en la que estamos atrapados puede requerir meses o incluso años de trabajo pero, cuando esa pauta se debilita y se hace más transparente, aparecen huecos, puertas que nos permiten conectar con los recursos más profundos que la pauta ha estado bloqueando.

Por ejemplo, cuando alejamos el miedo de nuestra conciencia, lo estancamos en nuestro cuerpo y sólo se manifiesta como una ansiedad, una tensión, una preocupación o una inseguridad profunda. Cuando finalmente prestamos una atención plena al miedo, sintiéndolo y abriéndonos a él, nuestro ser superior establece contacto, tal vez por vez primera, con el miedo, en cuyo caso empieza a debilitarse ya que, en la presencia amable e incondicional, no puede seguir contraído. Y, cuando el miedo comienza a debilitarse, podemos a acceder a la compasión, el verdadero antídoto del miedo. Obviamente, cuanto más profundas y antiguas sean las pautas con las que nos encontremos, más veces deberemos trabajar con ellas antes de que puedan relajarse y transformarse.

Cuando un niño sufre, lo que necesita no son tanto palabras de consuelo o tiritas como esta clase de presencia. El niño debe saber realmente que estamos acompañándole. Y esto es también le que necesitan heridas más profundas, que permanezcamos con ellas. En modo alguno sirve decir: «las cosas van cada día un poco mejor». La presencia plena de nuestro ser es curativa en y por si misma.

Tratar de corregir un problema sin estar completamente presente es como utilizar la medicación para crear un estado de salud porque, si bien es cierto que los fármacos pueden aliviar los síntomas, la mera liberación de los síntomas no produce la salud. Lo que mantiene sano al organismo es el sistema inmunológico y los recursos vitales del cuerpo. Si éstos no se activan poco importa el alivio de los síntomas. Es por esto por lo que, si bien ciertas tecnologías terapéuticas pueden aliviar los síntomas, no alientan, sin embargo, la auténtica curación.

Los «apaños» no promueven la auténtica curación, porque nos mantienen atrapados en la misma actitud mental «fija» -de querer que nuestra experiencia sea distinta a lo que es que originalmente creó el problema. Nuestros recursos curativos naturales sólo se movilizan cuando vemos y sentimos la verdad, el sufrimiento que nos causamos a nosotros mismos y a los demás rechazando nuestra experiencia y desconectándonos así de nuestra capacidad de permanecer completamente presentes. Cuando reconocemos esto, el malestar empieza a convertirse en sufrimiento consciente y, cuando tal cosa ocurre, empieza a despertar nuestro deseo y nuestra voluntad de vivir de un modo nuevo.




La auténtica compasión

Cuando nos abrimos a la experiencia de la vida tal cual es solemos descubrir que no cuadra con lo que esperamos de ella. Tal vez seamos nosotros los que no cuadremos con esa imagen, quizás las personas a las que amamos no satisfagan nuestros ideales o nos desalentemos o incluso nos asustemos ante el estado del mundo. En cualquiera de los casos, el hecho es que la realidad rompe de continuo nuestro corazón porque no se acomoda a cómo nos gustaría que fuese.

La cualidad que acompaña a «abrir nuestro corazón roto» es ciertamente agridulce. Por una parte, la realidad nunca se acomoda a nuestras esperanzas (éste es el lado amargo) y, por la otra, esa conmoción nos permite descubrir la ternura hacia nosotros y hacia los demás, y la frágil belleza de la vida en su conjunto.

Este es el origen de la compasión hacia las dificultades que la vida nos depara a nosotros mismos y a los demás. Cierta amiga que estaba muriendo de cáncer probó todos los tratamientos posibles, pero ninguno funcionó. Al principio se culpó, pero finalmente acabó comprendiendo que lo fundamental no era tanto curar el cáncer como relacionarse con él de un modo nuevo. Todos nosotros debemos salvar nuestra separación de la realidad y nuestra lucha con ella. El mundo entero lo necesita.

Las dificultades que nos vemos obligados a afrontar también representan una extraordinaria oportunidad para practicar la presencia incondicional. Lo que resulta más especialmente útil de esta práctica es el reconocimiento de que nuestra experiencia no es tan firme como creemos. En realidad, nada es lo que creemos que es. Esto es algo que la meditación nos ayuda a reconocer permitiéndonos advertir los huecos o espacios abiertos de nuestra experiencia de los que emerge la verdadera claridad y la verdadera sabiduría.

Cuando asumimos este enfoque, las viejas heridas del pasado pueden revelarnos la presencia de un tesoro oculto. Ahí donde nos habíamos contraído o alejado de nuestra experiencia podemos descubrir entonces cualidades genuinas de nuestro ser que han permanecido ocultas durante mucho tiempo. En los rincones  más dolorosos de nuestra experiencia siempre se oculta algo vivo y dispuesto a emerger. Es por esto por lo que el hecho de aprender a abrirnos, ver, sentir, abrazar y descubrir la verdad que se oculta en el interior de cualquier sufrimiento o problema que se nos presente, puede ayudarnos a profundizar en la cualidad de nuestra presencia, que es nuestra curación.



10. VULNERABILIDAD, PODER Y RELACIONES CURATIVAS

En algún momento de nuestra vida todos nos vemos obligados a atravesar alguna experiencia que nos conmueve hasta las mismas raíces. Se trata de una experiencia -a la que, a falta de un término mejor, he decidido llamar momento de colapso del mundo que nadie quiere reconocer y que tratamos de ignorar sumergiéndonos en nuestras rutinas habituales. Para las tradiciones existencia] y budista, sin embargo, la experiencia en la que parece desvanecerse el suelo que nos sostiene constituye una experiencia fundamental. Para el existencialismo se trata de la fuente de la angustia existencial, mientras que, para el budismo, jalona el comienzo del camino que conduce a la iluminación, el despertar o la liberación.

El momento de colapso del mundo tiene lugar cuando inesperadamente se desploman los cimientos en los que, hasta ese momento, se apoyaba nuestra vida. Todo lo que hasta entonces sostenía nuestra vida pierde significado y deja de interesamos. Tal vez antes estuviéramos preocupados por el éxito, el dinero, el deseo de ser amados o de alimentar a nuestra familia pero ahora, súbitamente, comenzamos a cuestionamos por qué estábamos haciendo todo eso. De poco sirve entonces buscar alguna justificación absoluta e inmutable y en vano tratamos de apoyar nuestros pies sobre suelo firme, porque lo único que vemos es la arbitrariedad y nuestro desesperado intento de encontrar algo y seguro a lo que agarramos.

Cuando las viejas estructuras se desploman y no tenemos nada con que reemplazarlas nuestra sensibilidad se exacerba, poniendo de relieve una fragilidad y una ternura que hasta entonces habíamos tratado de encubrir y de ocultar. La práctica de la meditación me ha permitido familiarizarme con el hecho de que, cuando se desvanecen los puntales que sustentaban nuestra identidad, se pone de manifiesto nuestra vulnerabilidad esencial. Mi experiencia como psicoterapeuta existencial que ha practicado la meditación durante muchos años me ha permitido valorar en su justa medida la importancia del colapso del mundo y de la consecuente emergencia de nuestra vulnerabilidad básica como puerta de acceso a las cualidades más profundas de nuestra naturaleza.




El heroísmo existencial

Desde la perspectiva existencial, el sentimiento que acompaña a los momentos de colapso del mundo es la llamada «angustia existencial» o, en palabras de Kierkegaard, la ansiedad (angst), algo que los existencialistas consideran como una angustia ontológica, es decir, una respuesta a la pérdida potencial de ser. Cuando cobramos conciencia de que nuestros proyectos finitos carecen de fundamento real comenzamos a dudar de nuestra sensación de identidad y experimentamos una ansiedad que se encuentra estrechamente ligada a la naturaleza de la existencia humana. El significado, el propósito, el apoyo, el sentido, la estabilidad y la coherencia no son datos en los que podamos confiar, puesto que son creaciones de nuestra mente y, en consecuencia, pueden desvanecerse en cualquier momento. Es muy probable que el miedo a la muerte represente el caso más dramático de esta pérdida de apoyos y puntos de referencia familiares.

Entre las distintas amenazas a nuestra autoestima, nuestro placer y nuestra seguridad, la psicología existencial establece una diferencia entre la angustia ontológica y la angustia neurótica ordinaría. Ésta última suele ser una cortina de humo que nos permite sustraernos de la falta de fundamento en que se apoya nuestra vida. En este sentido, por ejemplo, la preocupación por lo que los demás piensen de nosotros o por «abrimos camino» nos evita tener que afrontar la profunda angustia existencia! que acompaña a la pérdida de fundamento. Hay ocasiones en que hasta parece que estemos enamorados de nuestra neurosis porque ésta, por lo menos, nos ocupa y nos proporciona algo concreto a lo que aferramos, algo imposible en los momentos de colapso del mundo en los que no parece haber nada firme a lo que aferrarse.

Los temas fundamentales de la tradición existencial -el concepto sartriano de náusea, el ensayo de Camus sobre el suicidio, la alienación de las estructuras racionales, filosóficas y religiosas convencionales de Kierkegaard y el intento nietzschiano de establecer un sistema de valores que no se basara en el miedo sino que dimanara de la vida -surgieron de la percepción clara de la imposibilidad de seguir manteniendo las viejas estructuras de significado que habían estado dotando de sentido al ser humano. Como dijo Nietzsche, «Dios ha muerto» o, lo que es lo mismo, la vida carece de todo fundamento absoluto. El existencialismo no encontró ningún principio absoluto y sólido en el que asentar la existencia y dirigió todos sus esfuerzos a que el ser humano creara el sentido de su propia existencia. Desde esta perspectiva, la única posible fuente de sentido es la convicción, la acción y la libertad individual.

Es por ello por lo que la existencia asumió, para los existencialistas, una dimensión heroica en donde cada cual debe descubrir y crear su propio sentido en un mundo sin sentido, una empresa heroica que Camus ejemplificó con el arquetipo de Sísifo, condenado eternamente a subir una roca a lo alto de una montaña para acabar viendo cómo ésta caía una y otra vez al abismo poco antes de conseguirlo, un mito sumamente ilustrativo del poder de la voluntad y de la determinación.

Desde esta perspectiva, la angustia existencial es un hecho y no hay modo alguno de superar la sensación de falta de fundamento. Después de todo, tenemos la garantía de que el sentido que le damos a nuestra vida perdure durante mucho tiempo especialmente ante la omnipresencia de la muerte. Tal vez lo que hoy nos da sentido no nos lo proporcione mañana, y lo que nos ha dado sentido durante toda la vida puede dejar de dárnoslo en e] momento de la muerte. En ese instante siempre podemos mirar hacia atrás y preguntarnos: «¿qué es lo que he hecho en mi vida que realmente merezca la pena?» Y. puesto que el significado creado por nosotros mismos no puede proporcionamos ningún fundamento absoluto, no hay modo alguno de escapar de la angustia.

Antes de entrar a explicar el papel que desempeña el colapso del mundo y la vulnerabilidad esencial en la curación psicológica, me gustaría describir la transición que experimenté cuando pasé de la perspectiva existencial (el esfuerzo heroico de crear mi propio significado) a una visión más budista (inspirada en la práctica contemplativa). En los comienzos de la década de los sesenta -con poco más de veinte años de edad fui a vivir y a estudiar a París que, por aquel entonces, rezumaba existencialismo y era el lugar ideal para empaparme del clima existencia! de la época. El mundo en que había crecido había perdido para mí todo su sentido, y los existencialistas. con su heroico intento de crear un nuevo sentido para sí y para el mundo, eran. por aquel entonces, mis héroes personales. De modo que me senté en los cafés que frecuentaba Sartre y paseé por las calles sobre las que Rilke había escrito. Hasta las piedras, las calles y las paredes de París exudaban una cierta aura existencia!. Crucé una y otra vez los puentes sobre el Sena desde los que imaginaba que Camus había pensado arrojarse. Todo era simultáneamente romántico y angustioso, pero yo no me sentía satisfecho aceptando el absurdo del mundo y luchando heroicamente contra él.

Por suerte, cuando estaba empezando a sentir que ya había subido la roca demasiadas veces a lo alto de la montaña, cayeron en mis manos las enseñanzas del zen que me mostraron el camino para salir del callejón sin salida existencial. En realidad, el problema no era que la existencia humana fuera absurda o que no hubiera el menor fundamento absoluto para dar sentido a la vida. Entonces comprendí que el problema no era tanto la vida como la misma naturaleza del «yo» que creamos y creemos ser, y mi vida comenzó a encaminarse en una nueva dirección. Entonces dejó de ser necesario negar la ansiedad, la falta de sentido y la desesperación, y pude asumirlos como hitos en el camino hacia algo mucho más profundo.






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